Capítulo 10

Saber lo qué Edward había planeado, y verlo realmente puesto en práctica fueron dos cosas diferentes. Bella se encontró con que mirar a los hombres converger en un proyecto era casi aterrador.

Los Chicos Traviesos no eran conocidos por jugar agradablemente, de ninguna manera. Pero viendo a los hombres duros, fríos estudiar las orillas mientras maniobraban en la ensenada ancha y desierta, le recordó que habían sido guerreros durante años. Marines que habían sobrevivido a una larga y sangrienta guerra. Los hombres se reunieron en el salón. Emmet se paró en las puertas vidrieras correderas que llevaban a la cubierta, mientras Jasper miraba a la trasera y Edward seguía comprobando la orilla del lado del río.

Sus ojos estaban estrechados, los cuerpos tensos y preparados, y todo lo que Bella podía hacer era preocuparse. E intentar detener las mariposas que le subían desde el estómago.

—Estas demasiado callada, nena. —La voz Edward era suave, llena de profundidades ocultas mientras miraba a donde estaba sentada en el sofá, mirándole fijamente.

—No parece que haya mucho que decir —respondió calladamente, viendo las sombras que llenaron sus ojos.

Deseaba que no fuera tan guapo, tan masculino. Y deseaba que sus primos no la atrajeran casi tanto como el mismo Edward. Era una de las cosas contra las que había luchado desde el ataque. Su violador la había llamado una buena chica, pero ella sabía que no lo era, no realmente, y eso la asustaba. Ninguna mujer había sostenido jamás uno de los corazones de los primos Cullen. ¿Qué le hacia pensar que ella podría? ¿Qué la hacía creer que podría sostener los tres?

—Te lo dije, Bella, cuando suceda, será solo tú y yo.

Sí, lo había hecho. De camino al puerto deportivo, su voz tranquila y latiendo con lujuria, pero había oído el tinte de pena también. Como si estuviera roto en sus necesidades, en sus deseos.

Fue consciente de Emmet escuchando, de espaldas a ellos, su cuerpo tenso.

—¿Los Chicos Traviesos se atreverían a jugar separadamente? —Ella arqueó la ceja con el comentario—. Eso no es lo que he oído, Edward.

Emmet bufó, Edward sacudió la cabeza, los ojos verdes regañando.

—Tu lengua se ha afilado con el paso de los años, cariño —gruñó—. Soy un hombre hambriento en este momento. No es agradable tentar a hombres hambrientos.

Ella se asentó en el rincón del sofá, levantando las piernas a los cojines y estirándolas al lado. La mirada Edward siguió el movimiento con una chispa de interés.

—Mi lengua siempre ha sido afilada, solo que no has estado lo bastante alrededor para darte cuenta. —Se encogió de hombros—. Emmet y Jasper deberían haberte advertido de eso. ¿No fue eso parte de su descripción del puesto?

Saber que la habían estado vigilando y espantando a potenciales amantes no le había encajado bien. Era una cosa condenadamente buena que no lo hubiera sabido antes de que Edward volviera a casa.

—El trabajo fue lo bastante duro como fue, mocosa. —Emmet giró la cabeza, dirigiéndole un ceño simulado sobre el hombro—. No tenía sentido hacerlo más complicado.

Edward rió entre dientes mientras Bella miraba a Emmet maliciosamente. Él guiñó con una bajada lenta y sensual de un párpado de gruesas pestañas. Y ella sabía que el movimiento no debería haberla afectado, desafortunadamente, siempre lo hacía. Emmet era un coqueto natural.

—Lo haces sonar como si fuera difícil de vigilar. —El puchero fingido estaba apuntado a Edward—. Y aquí que pensaba que estaba siendo una… —Las palabras se desvanecieron mientras atrapaba lo estaba a punto de decir.

Pensaba que había sido una buena chica. Se levanto de un tirón del sofá, ignorando la protesta suave de Edward mientras salía a zancadas del camarote de la casa flotante a la plataforma trasera.

Por un momento, no estuvo segura de que pudiera mantener su cena en el estómago mientras el temor daba bandazos por ella. Un sudor frío le cubrió la piel y se sintió desnuda, expuesta con el breve traje de baño que Edward la había convencido de llevar.

Ignorando a Jasper, se movió a la baranda, mirando fijamente hacia abajo al agua que batía en el casco y tragó apretadamente. Había sido una buena chica. Había esperado a Edward, sabiendo instintivamente que le pertenecía. Podía tener momentos de inseguridad en sostener su corazón, pero siempre había sabido que ella le amaba. Siempre había sabido que él sería el primero. Y había esperado eso. No porque fuera una buena chica, sino porque sabía que ningún otro hombre podría jamás tranquilizar la ferocidad que había estado creciendo dentro de ella durante su adolescencia.

Agarró la baranda, forzando atrás sus temores mientras recordaba el sonido de sus propios chillidos resonando por la cabeza.

—Él ha ganado.

El sonido de la voz de Natches la tuvo respirando pesadamente mientras sacudía la cabeza.

—Apuesto a que te sientes como que deberías haber llevado ropas. Que estabas desnuda, en exhibición —continuó.

—No, Jasper. —Luchó contra los temores que la arrollaban—. Por favor.

—¿Tienes piel de gallina, Bella?

Lo estaba. La sensación de él detrás de ella, sabiendo que podía ver su piel desnuda, que quería tocarla, fue aterradora de repente.

Era Jasper. Era casi una extensión de Edward, un protector, un amigo.

—No deseo esto —cuchicheó ella—. No quiero estar asustada porque estoy a punto de decir la cosa equivocada. No quiero olvidar cada sueño que he tenido jamás, ni perder al hombre que he amado desde siempre porque no puedo controlar las pesadillas.

Apenas era consciente de las lágrimas.

—Nunca perderás a Edward, Bella —habló detrás de ella, lo bastante lejos para que ella no saltara fuera de su propia la piel, pero lo bastante cerca para que pudiera oírle claramente—. Te ha esperado durante ocho años. No te desharás de él fácilmente.

Su respiración se hizo difícil.

—Si no sucede esta noche, Bella, entonces esperará hasta que estés lista. —Su voz era calmante, apacible.

Bella giró hacia él, mirando fijamente su expresión compasiva, ignorando la llama de furia que ardía detrás de la simpatía en los ojos.

—¿Y tu y Emmet?

Los labios tironearon en una sonrisa torcida mientras sus pálidos ojos verdes parecieron oscurecerse con una mirada hambrienta.

—Perteneces a Edward, Bella, y viceversa. Si eso es lo que quieres, entonces Edward nos lo hará saber. Hasta entonces, nada ha cambiado con nosotros. No somos diferentes de lo que siempre hemos sido para ti, y nuestros sentimientos por ti no han cambiado.

Su mirada parpadeó sobre ella rápidamente y bella recordó que él la había mirado de la misma manera durante años. Con un tinte de excitante lujuria que nunca se permitió liberar. Emmet siempre había hecho la misma cosa, sabiendo que llegaría el día en que Edward la reclamaría y posiblemente ellos también.

Ella miró a la puerta mientras Edward de repente la llenaba, sus ojos verdes brillantes mientras repasaban su cuerpo. Se detuvo en los muslos, centrando su mirada en la materia negra de las bragas del bikini que llevaba antes de levantarla al tejido que se estiraba sobre los senos.

—Nunca te confundí con una buena chica —murmuró, su voz profunda, áspera—. Eras mi chica, Bella. Siempre.

Su chica. El aliento se le atascó en la garganta mientras le miraba fijamente. No su buena chica, su chica mala o su chica traviesa. Solo suya.

—Apuesto a que has fantaseado sobre ello. —La voz de Edward envió ondas de calor por su matriz antes de que golpearan en su clítoris, en sus pezones.

Había fantaseado con ello. Con Edward sosteniéndola, cuchicheando en la oreja, mirando… Se mordió su gemido ante el pensamiento de esas fantasías.

—Regresa dentro, Bella. —Su voz fue un gruñido áspero ahora, su expresión pesada con la lujuria mientras sus ojos se oscurecían de un profundo esmeralda.

Miró fijamente la mano extendida antes de que la mirada parpadeara a Jasper. Estaba atento, tenso, más que hambrientos, sus ojos tenían calidez y deseo.

—Estoy asustada, Edward —susurró.

—Solo vamos a entrar y pilotar el barco hasta la ensenada, nena. Vamos a relajarnos, nada pesado, ninguna decisión que tomar, lo prometo.

Mantuvo la mano extendida hacia ella, ancha, fuerte. Bella se estiró, colocando los dedos contra la palma, sintiendo el calor y fuerza allí mientras los de él los cubrían. Luego la empujó contra él, contra su cuerpo, la mano llevando la suya hasta que el brazo se curvó detrás de la espalda y la estuvo arqueada contra él. La longitud de su polla apretó contra el vientre, una cuña gruesa de calor y dureza que le dejó las rodillas temblando.

—Solo déjame tocarte, Bella. Solo yo. Eso es todo. —Bajó la cabeza hasta que los labios acariciaron la concha de la oreja, enviando temblores por su espina dorsal.

Él la seducía. Levantó la mano libre al bíceps, sosteniéndolo apretado mientras sus labios viajaban por el cuello, acariciando la carne sensible, enviando chispas de intensa necesidad deslizándose por cada terminación nerviosa.

Él levantó la cabeza, una sonrisa sensual le curvaba los labios mientras la atraía de vuelta al camarote, reteniendo su asidero en la mano mientras volvía al timón.

Emmet se apartó, volviendo a su poste en las puertas del balcón mientras Bella vislumbraba la estrecha apertura de la ensenada de delante.

Ellos pertenecían en la noche, lo sabía. Ella sabía eso. El primer paso para atraer fuera a un loco. Bella permitió que Edward la empujara delante de él, entre él y el timón. El aliento se le atascó cuando él colocó la mano en su desnudo estómago, justo sobre las mariposas que golpeaban violentamente dentro.

El estaba detrás de ella, pegado a ella, su erección descansando en la parte mas estrecha de su espalda, cubierta tan solo por el delgado material de sus pantalones cortos.

—¿Piensas que sabe donde vamos? —Apenas podía forzar las palabras por los labios.

—Estudia a sus víctimas —suspiró Edward—. Sabrá de mí, de Emmet y Jasper. Si nos sigue, por lo menos será consciente de donde estás.

—¿Cuan cerca ha estado vigilándome? —Sabía que Carlisle y su madre la habían estado protegiendo, dándole tiempo de curar, de reenfocar su vida. Ahora comenzaba a sospechar que había cometido un error al permitirlo.

Los planes de Edward se dirigían a alguien que estaría mirando, esperando. Lo cuál significaba que su violador la había estado vigilando más de cerca de lo se había imaginado jamás.

—Nos ocuparemos de ello, Bella.

Sentía su mentón descansando levemente en su cabeza mientras la sostenía cerca.

—¿Cómo de cerca? —repitió.

Suspiró contra ella.

—Sospechamos que ha estado ocultándose en el montículo enfrente de tu cuarto. Estuvo definitivamente allí anoche.

—¡Oh Dios! —El cuchicheo horrorizado se arrastró del pecho mientras sentía la fuerza abandonar momentáneamente sus piernas.

—Bella, lo agarraremos. —Su asidero se apretó en ella—. Te lo prometo, nena, nos ocuparemos de esto. Te cuidaremos. Lo juro.

—Debería haber escuchado —susurró ella—. Todos me advirtieron acerca de la ventana. Debería haber escuchado.

—No lo habría detenido, Bella. No ayudó a las otras mujeres que violó. Mujeres solas, que hicieron todo bien. Todavía llegó a ellas. Esto no es tu culpa.

Lo sabía, en su cabeza. Sus temores y su vergüenza le decían otra cosa.

No. No. No. Se agachó en el precipicio sobre la ensenada, oculto por los pinos y la maleza que lo rodeaba, meciéndose de aquí para allá sobre sus tacones mientras luchaba contra el dolor dentro del pecho.

Estaban todos allí. Los tres estaban allí con ella. Las lágrimas corrieron por su cara mientras miraba a Emmet y Jasper Cullen bajar las pesas del ancla a cada lado del barco antes de volver a la cabina.

Las cortinas se cerraron. Gruesas y pesadas que no mostrarían mucho más que una sombra una vez que la noche cayera. No habría manera de saber cuanto les permitía Bella a esos bastardos para desvalorizarla.

Se sorbió la nariz, refrenando los sollozos y permitiendo que la rabia se construyera dentro de él, ardiente. Había pensado que ella era una buena chica. Un ángel puro, dulce que merecía su gentileza y su amor.

Era una puta. Como las otras putas que habían permitido que los primos Cullen las tocaran en el pasado. No había nada inocente en ella. Nada bueno. Nada puro.

Pero ella era su único amor verdadero.

Y le estaba rompiendo el corazón. Se había negado a mancharla, le había dado el corazón, y esta era su devolución.

La había apreciado muchísimo. Le había mostrado su cuidado, su respeto y consideración.

No más.

Un pequeño sollozo escapó mientras se daba cuenta de lo que tenía que ser hecho. Le había robado el corazón. La única manera de deshacerse del tormento, era deshacerse de Bella. Tendría que morir, pero primero… Primero le mostraría como eran tratadas las chicas malas.

Ella estaba nerviosa, asustada. Edward no era ignorante de cómo miraba cautelosamente a Emmet y Jasper. Partes iguales de curiosidad y temor rabiaban en sus ojos, asegurándole que su necesidad de tomarla sólo esta primera vez no era inapropiado. Lo desconcertaba que la necesidad no rabiara dentro de él. Por mucho que recordara nunca había tenido problema en compartir una mujer con Emmet y Jasper.

Pero cuanto más pensaba en la inocencia de Bella y en el hecho de que ella había guardado no solo su cuerpo, sino el corazón para él también, le causaba que algo se apretara en el pecho. Una emoción que no podía denominar, un hambre, un deseo que no podía definir.

Pero Bella siempre había atraído tales emociones dentro de él. Podía girarle el corazón cuando nadie más podía, y sacarle los instintos protectores que no pensaba que poseía.

Cuando se sentaron a mirar uno de los últimos DVD de acción-aventura, la sintió moverse contra su costado, acercándose a él, su casi cuerpo desnudo metiéndose mas cerca del suyo.

Ni Jasper ni Emmet la miraban. Habían bromeado por la tarde, bebido unas pocas cervezas y parecían tan embelesados con la película como cualquier hombre debería estar. Pero la tensión subía. La tensión de Bella, no la de ellos.

Apretó el brazo alrededor de ella, atrayéndola más cerca de su pecho y sintiendo el calor alzándose de ella. La mano de ella se aplastó en su abdomen musculoso, los dedos curvándose en la carne mientras él miraba fijamente hacia abajo con la cabeza inclinada.

Estaba duro, dolorido, su polla latía bajo los pantalones cortos con furiosa demanda.

Ocho años la había esperado. Había suprimido la necesidad de tocarla, de saborearla, hasta cuatro años antes y entonces se refrenó hasta no más que la más ligera caricia. Había intentado huir de su hambre por ella, había tratado de olvidarla. Y había amenazado a Emmet y Jasper con la muerte si permitían que otro hombre la tocara.

Pero otro hombre la había tocado. Había tomado una parte de ella, la había llenado de miedo, de inseguridad.

El aliento se le atascó con un siseo mientras sentía su mano acariciándole los músculos apretados del abdomen. Los dedos inquisitivos corrieron por la banda de los shorts, enviando señales imperiosas a su polla excesivamente apretada.

—Te vas a meter en problemas —susurró contra su cabello mientras la cabeza de su polla comenzaba a latir en demanda. Si no aliviaba la constricción contra su miembro, los dientes de la cremallera eran una amenaza definitiva.

—Soy traviesa, ¿recuerdas? —Giró la cabeza, los labios presionando contra su esternón mientras él levantaba la mano, enredando los dedos en el pelo.

—No bromees, Bella —gruñó—. Cabalgo en un borde muy fino en este momento.

Ella le lamió. Hijo de puta, casi saltó fuera de su piel mientras sentía el lento lametón de su pequeña lengua caliente.

—¿De veras? Extraño, podía decir la misma cosa acerca de mi misma. Te he esperado mucho tiempo, Edward.

No era ignorante de Emmet y Jasper escuchando atentamente, o la preparación cuidadosa de sus cuerpos. Estaban tan excitados como él, tan hambrientos.

Ella levantó la cabeza, su esbelto y ágil cuerpo moviéndose, alzándose mientras él miraba, embelesado. Se puso de pie delante de él antes de sentarse a horcajadas elegantemente sobre sus muslos y bajarse en su regazo.

—¡Hijo de puta! —La cabeza cayó al sofá, las manos la agarraron por las caderas mientras la atraía contra la longitud atormentada de su polla.

Su coño estaba caliente, el calor ardía a través de su escaso traje de baño así como a través del raído material de sus vaqueros recortados.

—No estamos solos, nena. —Inclinó la cabeza mientras sus labios se movían por su cuello. Cada toque le recordaba su inexperiencia, su atrevimiento.

Ella sabía que Emmet y Jasper podían oír cada movimiento, cada suspiro apasionado.

—Soñé contigo —susurró en la oreja un momento después, el aliento suave enviaba placer por la carne—. Mientras estabas fuera, soñé con tocarte, besarte, todas las cosas que sabia que disfrutabas. Que sabía que disfrutarías. —La admisión vacilante le hizo tensar su cuerpo aún más.

Sintió el temblor que la agitaba, la insinuación de temor y de excitación. El suave peso de su cuerpo contra el suyo lo enloquecía. La necesidad de tirarla atrás en el sofá y devorarla lo hacía sudar. La sensación de ella a horcajadas en su regazo, las manos moviéndose sobre su pecho, los labios en su cuello eran demasiado.

Ella había iniciado el contacto, había sabido que Emmet y Jasper estaban en el cuarto. Debería dejarlo en eso, pensó. Debería seducirla, como sabia que quería ser seducida. Pero la seducción y los actos en que quería verla implicada no iban cogidos de la mano. Edward conocía la inocencia de Bella, conocía a los demonios que sobrellevaba y se juró que no se añadiría a ellos.

Si esta era su elección, entonces ella lo encararía. Y lo encararía desde el principio.