Resumen: En el fic Zutara completo más largo de este sitio, Iroh envía a Zuko y Katara en una búsqueda para prevenir la caída de la Sociedad del Loto Blanco. Deben encontrar a la Princesa Ursa, antes de que el otoño de paso al invierno. Un cuento épico de una legendaria historia de amor.
La caída del Loto Blanco
Capítulo 11: Habilidad
Música: The Track Team, Uncle's Tsungi Horn (Avatar: The Last Airbender)
De pie en el muelle del pueblo portuario del Reino Tierra, Katara olió la salada brisa marina mientras asimilaba la vista sobre el puerto. Acababan de llegar tras una tranquila caminata por el último cordón serrano entre la Aldea de la Llanura y el puerto.
Bajo el sol vespertino, docenas de barcos atracados, originarios del Reino Tierra y la Tribu Agua, se balanceaban en el agua. Los angostos barcos de la Tribu Agua se distinguían claramente de los del Reino Tierra más robustos. Solo un navío de la Nación del Fuego, un barco relativamente pequeño, enteramente de metal, estaba amarrado al muelle del Reino Tierra, y sobresalía entre los barcos de madera aún más pequeños que él.
El puerto sur parecía ser un pueblo próspero de tamaño promedio y los cansados viajeros fueron recibidos por una atmósfera agradablemente ajetreada al llegar. El pueblo portuario estaba ubicado sobre una bahía entre la aldea de Ching y la vieja ciudad de Gaoling, donde los padres de Toph residían, y estaba rodeada por bosques exuberantes que brillaban con los colores del otoño. A la distancia todavía podía verse la silueta azul de las sierras.
Fascinada por el paisaje, Katara observó a la gente sobre cubierta cumplir con sus tareas, preparando los barcos para zarpar a un destino incierto.
Su mirada iba una y otra vez a los barcos de la Tribu Agua con sus velas azul oscuro. Había una posibilidad de que conociera a una de esas personas porque ese puerto era el que estaba más al sur del Reino Tierra y era el más fácil de llegar para los barcos que venían del Polo Sur.
-Probablemente no los conoces –Katara giró ligeramente la cabeza hacia la ronca voz de su compañero, que de la nada apareció junto a ella, siguiendo su mirada al mismo tiempo que ella le entregaba las riendas del caballo-avestruz.
-¿Cómo puedes saber? -Le preguntó, sin desviar la mirada de los navíos de la Tribu Agua, con una expresión de añoranza en sus facciones.
La mirada de Zuko demostró una ligera empatía mientras se encogía de hombros.
-Eché un vistazo a los libros cuando el capitán del puerto no estaba mirando -Sorprendida, Katara alzó la vista y lo encontró con una sonrisa divertida jugueteándole sobre los labios-. Oye, es con el Espíritu Azul con él que estás hablando –le recordó con sequedad, y los ojos de Katara se suavizaron un poco, agradecida por su intuición.
-Bueno entonces… tiene, usted, mi gratitud, oh, poderoso espíritu, ¿pero también descubriste cuál barco se dirige a Kyoshi en un día?
Zuko asintió y señaló uno de los barcos atracados.
-Ese –era el navío de la Nación del Fuego.
-Ahora, eso es lo que uno llamaría coincidencia –murmuró Katara mientras estudiaba la nave de acero que, en contraste a las demás, parecía completamente vacía. Luego curvó los labios con una sonrisa irónica-. Al menos asumo que no van a rechazar al Señor del Fuego como pasajero.
Katara había estado en lo correcto. El capitán y su tripulación hincaron la rodilla y tocaron el suelo con la cabeza cuando Zuko les informó de su presencia; y cuando se fueron tras haber hecho los arreglos para su paso a Kyoshi, la tripulación todavía los miraba con los ojos como platos y con expresiones estupefactas en las caras.
-Espero que sobrevivan el paso a Kyoshi –comentó Katara con preocupación mientras echaba un vistazo por encima del hombro. Vacilante, saludó con la mano a la tripulación de la Nación del Fuego. Ninguno respondió.
Zuko estaba acostumbrado a ello y no notó la falta de reacción mientras contemplaba vagamente el callejón que conducía al puerto. La gente en la calle, acostumbrada a recibir extraños en la ciudad, no les prestaba atención. Se alegraba por ello tras haber tenido que revelarle su identidad a la tripulación del buque de la Nación del Fuego.
-El barco se va mañana por la mañana, así que necesitamos un lugar para pasar la noche. ¿Qué te parece si rentamos una habitación en la posada con camas de verdad? –Inquirió.
No habían dormido en camas de verdad desde que habían dejado Omashu. Dos cuevas habían seguidos la noche que pasaron en el granero de la familia de Lee. La despedida había sido muy conmovedora y Zuko había prometido regresar.
Pero ahora, por lo único que se morían era por una buena noche de sueño. Sus miradas se encontraron y asintieron en simultáneo.
-Y un baño –agregó Katara con ansiedad.
A un par de cuadras del puerto, en un calmo callejón rodeado de casas blancas, se encontraron con una puerta discreta que conducía a un pequeño y acogedor alojamiento de caballeros. Una clemátide florecida fuera de temporada decoraba la entrada con sus pequeñas flores amarillas, dándoles la bienvenida a los huéspedes. El lugar era cómodo sin ser demasiado lujoso.
-¿Y a nombre de quién será la habitación? –Inquirió el posadero, un hombre simpático de cuarenta y tantos, paseando discretamente la mirada viajando sobre sus ropas oscuras e insulsas.
-Mi nombre es Lee –respondió Zuko, volviendo automáticamente a su alias del Reino Tierra y se giró-. Y… -vaciló.
-Zafiro –le cortó Katara, destellando su mejor sonrisa-. Fuego. Lee y Zafiro Fuego.
Zuko agrandó los ojos, pero de inmediato recuperó la compostura y asintió en confirmación. Si el mesonero se sorprendió por los nombres extraños, no lo demostró mientras enrollaba el pergamino grueso y les hacía señas para que lo siguieran.
El posadero les mostró la habitación, después de haberle indicado a su hijo que llevara a los cansados caballos-avestruces al establo. Una sonrisa de felicidad les apareció en la cara cuando entraron en una recámara limpia e iluminada que contenía una cama lo suficientemente grande como para albergar a una familia de cinco. La cubría una ropa de cama inmaculada y delicada.
Katara tuvo que resistir el impulso de saltar sobre las suaves y esponjosas colchas y dormir en ese mismo instante. En vez de eso, echó un vistazo por la ventana y admiró la vista del mar azul, refulgiendo detrás de los curvos techos verdes y marrones.
El posadero se retiró respetuosamente tras asegurarse que todo estaba en orden y Zuko se paró junto a Katara. La miró fugazmente antes de aclararse la garganta.
-¿Zafiro Fuego? –No podía ocultar su incredulidad que rozaba el horror.
Katara sonrió de oreja a oreja.
-Lo siento, es lo mejor que se me ocurrió. Es un alias que usé cuando fingí ser la mamá de Aang en la Nación del Fuego.
En opinión de Zuko esa explicación no mejoraba la credibilidad. Alzó una ceja con aparente escepticismo.
-Fingiste ser la mamá de Aang… -repitió lentamente-, con el nombre de Zafiro Fuego –Zafiro Fuego. Fuego azul. El color característico de su gente mezclada con mi elemento. Además, era también uno de los tipos de fuego más difícil de crear. Como el relámpago.
La imagen del rostro durmiente de su hermana cruzó por su mente y por un momento estuvo distraído, hasta que el resplandeciente rostro de Katara lo alcanzó.
-La mamá embarazada de Aang, en realidad –especificó, una sonrisa socarrona cruzó sus facciones cuando Zuko quedó boquiabierto. Parecía absolutamente horrorizado.
-Creo que no quiero saber –gimió. Se estremeció ante la idea de su propia novia haciéndose pasar por su madre, y encima embarazada.
Pero Katara rió ligeramente cuando le respondió.
-Se lo creyeron por completo. Aparentemente, la Nación del Fuego no tiene una buena opinión sobre la gente de las colonias.
-Parece –bufó Zuko y sacudió la cabeza-. Bueno, esta brillante interferencia tuya no solo ha dejado al mesonero con la impresión de que somos de la Nación del Fuego sino también que estamos casados, así que ahora estamos compartiendo una habitación, Señora Fuego.
Él saboreó el nombre en sus labios. No era exactamente el nombre que hubiera elegido para él, pensó irónicamente.
Pero Katara se limitó a encogerse de hombros y se giró. Estaba secretamente contenta de que Zuko no supiera que era ya la segunda vez que había dejado a alguien con la impresión de que estaban casados. Sin duda, tenía que dejar de hacerlo.
-No veo la diferencia después de los últimos días.
Cuando se sentaron a comer en el ajetreado comedor, sintiéndose felizmente limpios tras los tibios baños que se habían dado, Katara continuó la conversación sobre alias mientras tomaba uno de los dim sum (*).
-¿Qué hay de tu alias, entonces? ¿Lee? –Inquirió Katara, sus ojos azules le escudriñaban la cara desde debajo de sus pestañas mientras empezaba a comer lentamente.
Zuko encaró su mirada y negó con la cabeza.
-No es lo que piensas. Ya usaba ese nombre antes de conocer a Lee –explicó-. A pesar… del hecho que mi Tío intentó endilgarme Junior –se le oscurecieron las facciones de disgusto ante el recuerdo y Katara sonrió ampliamente, divertida. Él tomó los fideos-. Lo hizo para vengarse en realidad –añadió con indiferencia-, por encajarle el nombre Mushi.
Katara dio un grito ahogado de consternación.
-¡No lo hiciste! Eso es muy rudo.
Pero los labios de Zuko solo se curvaron en una especie de sonrisa avergonzada y se encogió de hombros.
-¿Qué puedo decir? Era un muchacho enojado en ese momento. Pero… -cambió de tema-, si tú pretendías ser la mama de Aang… ¿entonces quién pretendía ser su padre?
-Un Sokka con barba –Katara confirmó sus sospechas, sonriendo taimadamente de repente. Se encorvó hacia delante y cambió la voz-. Wang Fuego –anunció, acariciándose una barba imaginaria.
Y mientras se ahogaba con el arroz, Zuko se dio cuenta que ella claramente era la hermana de ese demente.
Si Katara había creído que dormir en la misma habitación o cama con Zuko no sería diferente de los últimos días, se equivocaba. Cuando dormían en graneros de heno y cuevas húmedas, simplemente se conformaban con desenrollar las bolsas de dormir ya que se dormían casi de inmediato. La distancia entre ellos dependía de la temperatura del alojamiento.
Sin embargo, la noción de ello lentamente le cayó cuando tras un silencio incómodo, Zuko bajó la vista y sugirió que Katara subiera primero y que él iría luego.
Katara se quitó la ropa con rapidez y casi saltó de alegría cuando encontró un camisón en el tocador. Un camisón era un artículo lujoso que el General Iroh no se había molestado en incluir en su bolso de viaje. Deprisa, se deslizó bajo las colchas y suspiró de satisfacción antes de acomodar el suave cubrecama alrededor de sí.
Solo un momento después, Zuko entró en la habitación, como si hubiera estado escuchando afuera. Katara se escabulló bajo las frazadas, dándole privacidad, y no reapareció hasta que sintió que levantaba las mantas del otro lado de la cama. De repente las velas se extinguieron con un brusco chasquido de los dedos de Zuko.
La oscuridad los cubrió mientras yacían completamente inmóviles, sin atreverse siquiera a respirar.
En tanto Katara dejaba que sus ojos se ajustaran a la oscuridad, se volvió consciente de la calidez que irradiaba el cuerpo al otro lado de la cama, alcanzándola lentamente. Relajó los músculos ante la sensación, pero la intimidad de compartir una cama con Zuko la ponía nerviosa.
Para distraerse, giró sobre su costado y observó el contorno vago de su perfil en la débil luz de la luna que traspasaba la ventana de papel de arroz.
-Cuando lleguemos a Kyoshi mañana será la última pista que tenemos de tu Tío.
Un suspiro le llegó a los oídos. Zuko se volvió para enfrentarla y ella vio la expresión de almendrados ojos dorados devolviéndole la mirada.
-Lo sé –asintió en voz baja. También le preocupaba-. Solo espero que en verdad haya algo en la Isla Kyoshi y que no estemos mal encaminados.
Katara frunció el ceño.
-No creo que tu tío haría eso, especialmente porque el futuro de su Orden está en peligro –por un momento guardó silencio, luego añadió en un tono más suave-. Encontraremos a tu madre, Zuko. Lo sé.
Por un instante, él miró fijamente y en silencio sus ojos brillantes. Tan cerca pero tan lejos.
Desde que tío lo había llamado a Omashu, el énfasis había estado constantemente en la importancia de su madre para el futuro de la Orden del Loto Blanco. Hasta que Katara le hizo reconocer la importancia que tenía personalmente para él, con solo un par de palabras quedas. Cerró los ojos, agradecido con su comprensión.
-Gracias, Katara –susurró.
-De nada –le respondió bajito, su mirada no se desvió de sus facciones relajadas. Resistió el impulso de tocarlo, temerosa de no poder soltar ese cuerpo cálido una vez que lo tocara. Y con un pequeño suspiró cansinamente siguió el ejemplo de Zuko.
A la mañana siguiente, Zuko se despertó sin saber donde estaba. Su mente adormilada registraba solamente que parecía haber pasado la noche en una cama de verdad, lo que momentáneamente lo llevó a creer que estaba de nuevo en el Palacio Real. La blandura del colchón era un cambio muy bienvenido después de las rocas puntiagudas y ortigas y se permitió relajarse contra la almohada suave, las mantas calientes y el perfume sutil de Katara a lirios de agua… Abrió los ojos súbitamente.
Al girar la cabeza, se encontró con el rostro pacíficamente dormido de Katara, tenía apoyada la cabeza sobre el brazo de él, y apenas los separaban unos centímetros. La respiración de ella le acariciaba el cuello mientras sus espesas pestañas a veces se agitaban sobre sus mejillas bronceadas. Los rulos sueltos y castaños oscuros le caían desparramados por el hombro, rozándole a él el brazo. No fue hasta que ella se removió en sueños que él se percató del brazo con el que ella le rodeaba suavemente la cintura, brazo que él cubría con su propia mano.
Se quedó sin aliento cuando la fría batista de su camisón le acarició la piel desnuda. De repente fue muy consciente de la frescura del brazo de Katara que traspasaba la delgada tela y del hecho que él le sostenía el brazo en el lugar. Se le aceleró el corazón.
Sin saber que hacer, se quedó completamente inmóvil por un rato, mirando con atención ese adorable rostro durmiente. Su estado actual la hacía parecer más joven, como si todo el cansancio y las preocupaciones hubieran desaparecido de sus bonitas facciones. Tuvo que resistir el impulso de envolver el cuerpo delgado de Katara con sus brazos y atraerla hacia su pecho.
En lugar de eso, levantó lentamente una mano para sacar las largas mechas del pelo de Katara que le hacían cosquillas en el cuello con la mirada fija sobre la maestra agua acurrucada junto a él. Ella no reaccionó. Movió la mirada de su rostro al rulo que tenía en la mano. Era de un cálido marrón oscuro y lo sentía suave al tacto. Dejó que el rulo se le deslizara entre los dedos, disfrutando de la agradable sensación.
Se veía hermosa con ese desparramo de rulos a su alrededor y Zuko lamentó que pronto hubieran de estar restringidos en una trenza. Con cuidado, apoyó el rulo sobre el hombro de ella, y contuvo la respiración cuando Katara suspiró por lo bajo. Para su alivio, ella no se despertó.
Zuko volvió su cabeza levemente hacia la ventana y observó la salida del sol, saboreando ese raro momento en el que se sentía completamente en paz. Sabía desde hacía mucho tiempo que la maestra agua que ahora descansaba en sus brazos tenía un lugar especial en su corazón, desde aquel momento en las catacumbas de Ba Sing Se, cuando ella fue la primera persona en el mundo a la que le permitió tocarle la cicatriz. Ella siempre había tenido esa capacidad de hacerlo sentir a gusto estando con ella, y le gustaba pensar que el sentimiento era mutuo cuando miraba la pacífica expresión de su rostro dormido. Pero temía la aceleración de su pulso cada vez que ella lo miraba con esa cálida expresión en sus ojos azules, o cuando la mano de ella accidentalmente rozaba la suya. Incluso en ese momento, se preguntaba cuanto faltaría para que se despertara por sus latidos no tan regulares.
Se apartó de sus pensamientos cuando Katara se movió. Una expresión de pesar cruzó sus rasgos cuando miró hacia abajo, esperando verla abrir los ojos. Pero, para su sorpresa ella levantó de la nada el brazo de su cintura y lo puso sobre su pecho, donde la cicatriz del Agni Kai con Azula resaltaba violentamente contra su piel desnuda.
-Zuko, lo siento… -murmuró suavemente-,… Espíritu de los Oasis…
El estómago de Zuko dio un vuelco. Pasó unos momentos escuchando la sangre latiéndole en los oídos, y mirando a la mano bronceada y delgada sobre su corazón, aplicando una ligera frescura a la piel bajo ella. La respiración se le atracó en la garganta. ¿Por qué le pedía perdón por su cicatriz? ¿Acaso se lamentaba de sus acciones para salvarla? Un temor agonizante le encogió el estómago mientras consideraba la posibilidad.
Pero al mirar el rostro dormido y pacífico de Katara, se calmó. Él sabía que ella no lo lamentaba. Solo se lamentaba no haber podido curar la cicatriz que él apreciaba en silencio…
Sonrió tristemente mientras le cubría la mano con la de él. Y por un momento deseó que pudieran quedarse así para siempre. Luego se desenredó de su agarre, su mano rozó suavemente la piel de la de ella más pequeña al hacerlo.
Aang va a matarme.
Deslizó los dedos por los suaves rulos sobre la almohada una última vez al levantarse.
Y Mai también.
Katara despertó con el sonido de las ventanas de papel de arroz abriéndose. Vio a Zuko ya vestido y esperando que se levantara mientras parpadeaba contra la desgarradora luz solar. Le dedicó una sonrisa adormilada, pero para su sorpresa él evitó mirarla mientras se giraba para salir de la habitación. Katara arqueó las cejas, pero decidió y ignorarlo y también se levantó.
La última vez que Katara había estado en una nave de la Nación del Fuego fue durante el corto período de tiempo entre la caída de Ba Sing Se y el despertar de Aang. La gente en el buque de guerra había vivido en constante temor, muerta de miedo de que la Nación del Fuego pudiera vez más allá de su pantalla.
Un eco de ese miedo asomó en la superficie de su memoria, apoderándose de Katara, mientras seguía a Zuko y al capitán por un angosto corredor, todo de acero y poco iluminado. Ralentizando sus pasos, dejó que sus ojos recorrieran el entorno inexorable, se ajustó más la capa sobre sí cuando un escalofrío le recorrió la espalda.
Zuko pareció perder su presencia tras él, porque se volvió y le dedicó una mirada penetrante. Luego una sonrisa melancólica atravesó brevemente sus facciones, suavizándolas y mientras le hacía señas al capitán para que esperara regresó junto a Katara. Le dirigió una ligera inclinación de cabeza con una mirada de comprensión que suavizaba sus ojos dorados. Juntos, cruzaron el pasillo, sus pasos eran un eco hueco en los alrededores de metal.
Y Katara estaba aliviada de sentir que el frío agarre en su corazón cedía.
De pie junto al capitán, con las manos detrás de la espalda, Zuko miraba por la ventana de la timonera. Calculaba que les llevaría hasta el mediodía del día siguiente para llegar a la Isla Kyoshi, midiendo la posición del sol sin mirar en el mapa. Todavía tenía un conocimiento excelente de las aguas más meridionales, ya que las había cruzado infinidad de veces antes de encontrar finalmente rastro del Avatar en el Polo Sur. Y por supuesto estaba aquella vez, en que había visto la oportunidad de prender fuego a la aldea de las Guerreras Kyoshi…
El capitán le estaba echando un vistazo disimuladamente al alto joven, junto a él, quién tenía la vista fija en el horizonte, con una expresión pensativa en la cara. Todavía no podía creer que estaba junto al mismísimo Señor del Fuego, apenas reconocible por el cabello desgreñado y la ropa sencilla. Pero a pesar de la apariencia engañosa, parecía tener experiencia por encima de sus años, tras haber sido cargado con la responsabilidad de gobernar la más poderosa de las tres naciones a una edad tan joven. Mientras estudiaba la expresión indescifrable del Señor del Fuego, el capitán se preguntó que asuntos habían traído al Señor del Fuego a esa parte del mundo, vestido como un plebeyo, con tan solo la Princesa del Agua como acompañante.
Zuko sintió las contemplaciones sobre su persona y se giró apenas. Luego deliberadamente interrumpió el hilo de los pensamientos del hombre con un calmo-: Capitán, puede decirme… - preguntándole objetivamente sobre el estado de los negocios de la Nación del Fuego en esa área.
Agradecido con la comprensión que el Señor del Fuego le ofrecía, el capitán empezó a informarle de la situación actual.
La noche ya había caído cuando Zuko, Katara, el capitán y su timonel se sentaron a cenar en el camarote del capitán.
Para el gran alivio de Katara, la tripulación se había recuperado de la conmoción de tener al Señor del Fuego a bordo y vacilantemente empezaba a responderle cuando ella pedía algo. Sin embargo, hablar con Zuko, era todavía una brecha demasiado grande para franquear para la mayoría de la tripulación, así que pasaba su tiempo a bordo en relativa soledad a comparación de Katara. Pero notó que no parecía importarle mucho, se contentaba con tener a Katara para hablar y con las pocas palabras que intercambiaba con el capitán.
Cuando Katara dejó los palillos, Zuko alzó la vista encontrando la mirada de ella.
-Su Majestad –se dirigió a él formalmente, por respeto a la posición de Zuko entre sus súbditos y él le dedicó una breve sonrisa de disculpa cuando el capitán y el timonel no estaban viendo-. Esta tarde fuimos invitados por la tripulación a una noche musical que se llevara a cabo esta noche.
Zuko reprimió un gemido.
-Entonces, la noche musical viajó más allá de mi barco –indicó sin alterar la voz, suspirando por dentro. Justo lo que necesitaba.
El capitán asintió en reconocimiento.
-Cortesía del Comandante Jee, a quién tuvimos el honor de conocer hace un par de meses, mi Señor. Nos inspiró con sus historias de las noches musicales en vuestro barco –tras un momento de vacilación, añadió-: Aparentemente, Su Majestad es bastante hábil tocando el Cuerno Tsungi.
La cabeza de Katara dio un respingo y Zuko observó con horror como sus ojos azules empezaban a brillar.
-¡Eso quiero verlo!
Debido a que el invierno se acercaba con paso rápido hacia demasiado frío para que la noche musical se realizara sobre cubierta, entonces la tripulación de la Nación del Fuego se acomodó en el camarote del capitán, el que había puesto a disposición sin problemas. Trajeron un par de liuqines, una flauta, un tambor y un cuerno Tsungi.
Zuko aceptó el Cuerno Tsungi que le entregaron y examinó con disimulo el maltrecho instrumento mientras se acomodaba junto a Katara. Dudó que pudiera sacar un tono propiamente dicho de él. Las veces que había pateado el suelo y gritado para no tocar el Cuerno Tsungi estaban bien en el pasado y, si era honesto consigo mismo, le gustaba la idea de tocar para Katara.
Se necesitaron algunas palabras de aliento de parte del Señor del Fuego para que los miembros de la tripulación cogieran sus instrumentos, y entonces la noche comenzó con algunas canciones animadas, interpretadas por el cocinero y el bombero que concluyeron su contribución dual con Las chicas de Ba Sing Se.
Al ser la única muchacha en ese entorno varonil, Katara notó el extraordinario entusiasmo con el que los hombres, que habían estado escuchando tranquilamente hasta ese momento, participaron. Por el rabillo del ojo miró a Zuko, que le sonrió con complicidad pero no participó de la canción.
Con un resoplido despectivo, Katara susurró:
-Las chicas de Ba Sing Se, ¿eh?
Zuko sonrió de oreja a oreja, misteriosamente.
-Por supuesto. Siempre hay una chica de Ba Sing Se.
Katara agrandó los ojos como platos y abrió la boca para preguntar, pero Zuko la cortó girándose hacia los hombros y hablando casi apresuradamente.
-A la dama le gustaría continuar con la noche musical, por favor.
Acto seguido el capitán y el timonero empezaron a tocar el liuqin y la flauta, y además el capitán cantó un par de canciones de la Nación del Fuego, no todas familiares para Katara. Lo escuchó tranquila y aplaudió con entusiasmo cuando sus voces se apagaron.
Entonces fue el turno de Katara. Porque no había tenido oportunidad de aprender a tocar un instrumento en casa, decidió cantar una nana que su madre solía cantarle cuando era pequeña. Cerró los ojos e inhaló hondo.
Cuando Katara empezó a cantar, lo hizo con voz frágil pero clara y de inmediato cautivó a su audiencia. La melodía pura de la canción pintaba el entorno helado e inclemente en el cual los niños de los polos crecían, protegidos por el cálido abrazo de una madre.
Mientras Zuko escuchaba con atención, vagamente reflexionó que en verdad nunca había escuchado catar a Katara antes pero amaba su voz, fresca y dulce al mismo tiempo. Estaba encantado con la manera en que cerraba los ojos y dejaba que su voz se apagara al final de la ligeramente misteriosa canción.
El aplauso que alcanzó sus oídos quebró el hechizo y solo un momento después, se unió a la muestra de respeto.
Katara sonrió con un poco de timidez ante la calurosa respuesta a su canción. Paseó la mirada sobre los miembros de la tripulación al hacer una reverencia y atrapó a Zuko mirándola con admiración mientras le aplaudía. Un dejo de rosa le coloreaba las mejillas cuando se sentó, e inmediatamente desvió los ojos de la mirada intensa de él.
Zuko suspiró. Era su turno ahora. Lentamente cogió el Cuerno Tsungi y en seguida todas las miradas estuvieron sobre él. Tener al Señor del Fuego presentándose en su noche musical era una experiencia única en la vida de la tripulación.
-Mi tío tocaba esta pieza de música siempre en las noches musicales –con esa breve introducción Zuko se llevó el Cuerno Tsungi a los labios y cerró los ojos.
Un sonido oscuro y melancólico invadió el camarote, ascendiendo y descendiendo con diferentes ritmos, tocado con calma y sentimiento para con el instrumento y Katara agrandó los ojos. No había imaginado que sería así de bueno.
El instrumento se curvaba alrededor de sus hombros hacia el cuerno ante su pecho y mientras mantenía la cabeza gacha, Zuko extraía notas suaves del cuerno con extraordinaria destreza. Katara sentía que la música seductora la transportaba, las notas exóticas y vibrantes ilustraban un retrato de la Nación del Fuego; las notas nostálgicas hablaban de un misterio esquivo y un débil salvajismo, debajo de un orgullo solitario. La dejó sin aliento.
Aang odiaba tocar el Cuerno Tsungi, tenía poco talento para él también, pero ahí estaba Zuko, tocando el instrumento con un sentimiento abrumador. Su reticencia inicial se había desvanecido para dejar lugar a una expresión que Katara solo podía describir como perfectamente serena. Dejó una profunda impresión en ella.
Y mientras los ojos le se le llenaban inexplicablemente de lágrimas, de repente se dio cuenta que esa canción era sobre Zuko. No, la canción era Zuko. Puede que su tío la hubiera compuesto, pero la había formado a partir de su sobrino. Sin que el resto de los presentes lo supiera, Zuko estaba exponiendo su alma para ella.
La melodía le quemó el corazón con la ira, las dudas, la profunda pena y la confusión de un Zuko más joven. A eso se agregaba ternura infinita, esperanza y lealtad, enlazadas a su vez con el orgullo y la amenaza que venían con su herencia de la Nación del Fuego.
Se sentía como si el hombre que tocaba el Cuerno Tsungi se hubiera convertido en una versión más joven de sí mismo, la escasa luz destellaba sobre su pesada armadura roja, tenía la cabeza completamente rapada a excepción de su furiosa cola alta. Y cuando alzó brevemente los ojos, una profunda tristeza habló desde su mirada. A Katara se le nubló la vista.
Un silencio llenó el aire, cuando las últimas notas de la canción murieron. Zuko se enderezó lentamente y su mirada se encontró con un par de ojos azules que lo miraba fijamente. Brillaban como zafiros a la débil luz de las velas. La cara de Katara estaba cubierta de lágrimas, inexplicablemente estaba llorando por cosas que le habían pasado de las que ella ni siquiera sabía.
Con una sonrisita de pesar, Zuko dejó a un lado el Cuerno Tsungi.
-Creo que ya es suficiente para esta noche –le indicó al capitán, pretendiendo no ver a varios de esos rudos hombres derramar una lágrima. El capitán asintió sin palabras y con eso la noche musical terminó.
N/A: ¡Gracias a todos por comentar en el capítulo anterior! Me alegra que a todos les gustara el interludio Taang y prometo que habrá más. Espero que les haya gustado este capítulo también.
Para elaborar sobre un par de cosas mencionadas en este capítulo me gustaría señalar que la reacción de Katara al nombre Mushi sugiere que el nombre no es exactamente halagador ya que significa en realidad cadáver en chino. En verdad, no muy halagador. Además, la chica de Ba Sing Se a la que Zuko se refiere es obviamente Jin.
Cuando escribía este capítulo me inspiré naturalmente en la pieza de música llamada Uncle's Tsungi Horn de The Track Team que escribió la maravillosa banda de sonido para Avatar: La Leyenda de Aang. El Cuerno Tsungi del show es en realidad un duduk, un instrumento armeniano de lengüeta doble que está emparentado con el oboe que es mi instrumento favorito.
Muchas gracias por leer y como siempre quiero agradecer a mi beta Lieta por distinguir manos y brazos cuando Zuko y Katara están durmiendo.
¡Hasta la próxima vez!
(*) Dim sum: El dim sum es una comida china liviana que se suele servir con té. Se come en algún momento entre la mañana y las primeras horas de la tarde. Contiene combinaciones de carnes, vegetales, mariscos y frutas. Se suele servir en pequeñas canastas o platos, dependiendo del tipo de dim sum.
NT: Ay espero que hayan quedado con tantas ansias del próximo capítulo como yo. :) Gracias por la paciencia y la buena onda. Rendí mal, pero esta vez no me pegó tanto y pude traerles este capítulo. Espero lo hayan disfrutado. A mí personalmente me encantó.
¡Fernanda Marchi, Heero Kusanagi, Bell Star, Marazula, CaFanel, Earanel, Funny-life y Azrasel muchas, muchas gracias por leer y comentar en el capítulo pasado! :) Espero que la demora no se haya hecho eterna y hayan disfrutado de este capítulo. ¡Que tengan un buen finde! :)
¡75 reviews!
¡Y más de dos mil visitas!
Son lo más de lo más
*Tiraconfetiybaila*
