Capítulo 11
Sabias decisiones…
El boleto de primera clase fue algo inesperado y deliciosamente placentero, me atendieron mejor que una reina y prácticamente se los agradecí de corazón. Llegué a Aspen horas después. En el aeropuerto, encendí el móvil para poder ver los mensajes y encontré satisfactoriamente, uno de Adrian, enviado minutos después de mi partida.
Cuando llegues no dudes en llamarme, hermosa.
Te amo con todo mi corazón, cuídate por favor y no olvides que te estoy esperando.
A.
Mi cabeza giró levemente, ¿es que acaso aún seguía celoso? Sonreí negando lentamente, ¿cómo podría olvidar que me estaba esperando en casa?
Tecleé el número telefónico y esperé el tono de llamada, pero nadie atendió y el buzón de voz mostraba apagado. Opté por dejarle un mensaje de voz, quizás debía estar volando a Sacramento por su junta de trabajo.
— He llegado sana y salva a Aspen, cuídate por favor y confía en mí. Llámame cuando puedas, ya te estoy extrañando. Te amo.
Colgué y esperé a que el mensaje fuese escuchado pronto. Salí del aeropuerto para tomar un taxi rumbo a un mi lugar de hospedaje. El simple hecho de salir, me hacía sentir nerviosa, mucho en verdad.
…
Aspen era una ciudad en el condado de Pitkin, en el estado de Colorado. Con sus 6, 658 habitantes, gozaba de un clima fresco por sus montañas. Me gustaba visitar Colorado por sus lugares turísticos, como el parque Nacional de Mesa Verde o el parque Nacional de montañas rocosas.
El taxi viajaba a una velocidad media mientras de fondo se escuchaba a Frank Sinatra con su melodiosa voz. Recargué mi cabeza en el vidrio en cuanto el viaje hacia mi lugar de residencia llegaba: una pequeña casona donde vivió una vieja amiga de la abuela Marie y que había salido de la ciudad a visitar a sus nietos en Denver, quien amablemente, sabiendo de mi situación, me ofreció su casa por un par de días — u horas — esperaba yo.
La señora Pitckens me conoció cuando yo tenía 16 años y desde que yo fui novia de Mathew. Ella siempre creyó que nos casaríamos por la manera estúpidamente enfermiza en que yo le hablaba de él. Creo que debió creer que estábamos predestinados o algo así.
— Llegamos, señorita — apuntó el chofer sacándome de mi ensoñación.
Miré a través del vidrio cristalino de la ventana y suspiré. La fachada se veía casi igual como la recordaba, a excepción de unos pocos arbustos que la adornaban de frente y las paredes tenían su color original desgastado. Las azaleas se veían frescas y salí con paso firme hacia el exterior. Pagué el servicio y el taxista amablemente me ayudó con su equipaje. Tomé la llave de la puerta y entré.
— Feliz estancia en Aspen— se despidió el buen hombre y yo asentí con amabilidad.
Al entrar me quedé estática en la puerta, el lugar no había cambiado tanto como para decir que habían pasado años desde la última vez que yo había estado ahí. La señora Pitckens me había dado un espacio en su hogar muchas veces, cuando por laguna razón yo me había quedado hasta tarde en la librería, así que, prácticamente yo tenía mi propia habitación.
El vestíbulo seguía teniendo las miles de fotos familiares que iban desde generaciones de niños usando boinas esponjosas y overoles cuadrados, hasta pequeños recién nacidos desde cuneros de mimbre y familias a cuadro, ella tenía una familia muy grande. Sin detenerme subí las escaleras, 10 escalones de aspecto color caoba que rechinaban levemente en cada paso que daba; y entré a la tercera habitación de fondo que alguna vez ocupé. La puerta era de color blanca, pero al paso de los años ese color se había marchitado a un color beige o grisáceo.
Giré el picaporte y mis labios formaron una perfecta 'O'. Todo estaba en su lugar y perfectamente limpio: como yo lo había dejado. La cama donde y había dormido tenía sábanas de cambio de color morado y un enorme espejo de cuerpo completo al fondo. Las paredes eran de color verde pistache y en algunos lugares, había enredaderas de un tono más oscuro que terminaban en flores de lámparas que colgaban en las paredes.
En el fondo estaba un escritorio de color café y un sillón reclinable donde había otra lámpara alta que se podía usar fácilmente como zona de lectura. A la derecha estaba un librero, con un par de volúmenes manoseados y la pasta gastada, desde mi punto de vista pude distinguir algunos de mis favoritos en la preparatoria: El silencio de los corderos, Sublime amor juvenil — con el cual había incluso llorado por el terrible suicidio de Billy Joe—, El diario de Ana Frank y hasta donde mi vista alcanzaba, mi Antología de Mario Benedetti. De solo pensarlo, incluso me hacía recordar a Adrian.
Todas mis pertenencias aquí estaban, la señora Pitckens había sido realmente muy amable al salvarlas también de la condenada hipoteca. Sonreí para mis adentros y avancé.
Decidida, comencé a desempacar mis cosas y ponerlas en el pequeño mueble que estaba en la habitación — aunque esperaba no quedarme demasiado tiempo—. Cuando menos me lo pensé, terminé haciendo el aseo y mi celular comenzó a sonar. Como colegiala, salí corriendo a contestar esperando escuchar la voz del hombre más maravilloso del universo.
— Hola, mi amor. Te extrañé, ¿por qué no me habías llamado?
— ¿Bella? — preguntó la voz desconcertada que definitivamente no era Edward.
— ¿Jacob?
— Disculpa por decepcionarte — explicó —, pero fui a tu casa para verte. Hace días que no sabía de ti y Rose me dijo que saliste de la ciudad.
— Sí — respondí sentándome en una pierna en el borde de la cama —, volví por unos asuntos de mi familia.
— Ella me comentó que era lo de la hipoteca— y se hizo un silencio incómodo—, por lo que has trabajado todo este tiempo.
Suspiré, no quería que me lo recordara.
— En realidad espero tener noticias buenas.
— Y las tendrás — aseguró—, yo creo que el viaje valdrá la pena. Pero, ¿estás bien?
— Perfectamente, ¿Y tú?
— Bien — respondió pero hubo algo en su voz que no me lo confirmó del todo—. Yo también salí de Los Ángeles. Tenía que aprovechar la semana libre de Larry, para venir a Georgia por lo del… Trabajo.
Oh.
— No sabía que ya saldrías tan pronto — comenté apenada evidentemente por la situación en la que él mismo nos había metido.
— Sí bueno… Tenía un poco de prisa antes por lo de…— y carraspeó sutilmente—. Mejor dime, ¿cómo está todo por allá? ¿Tu novio te acompañó?
— No— respondí incómoda aún más —, Adrian tuvo que salir.
— Parece todo un ejecutivo lleno de trabajo — rio.
Y yo me quedé en silencio.
— Vaya, en verdad lo es…— consiguió entender.
— No lo sé, en realidad no sé a qué se dedica realmente — confesé apenada—, y no me importa. No en el mal sentido, solo me importa quién es él, sin apellidos ni cosas por el estilo.
— Por quien en realidad es— musitó.
— Sí — recalqué con orgullo.
— Me alegra que estés feliz, Bells. Al menos lo eres — dijo taciturno y aquello aplastó mi corazón, no quería hacer sufrir a Jake—. Pero bueno — interrumpió mis pensamientos—, en realidad solo quería llamarte para saber cómo estabas. Tengo que tomar un vuelo en media hora, así que, ¿Hablamos luego?
— Claro — le aseguré —, cuídate mucho Jake.
— También tú, nena. Hasta pronto… Te quiero— se despidió.
— También yo, Jake… Adiós— y la llamada terminó.
Coloqué el celular a más de unos centímetros de mi mano para luego tirarme de espalda hacia la cama. Me sentía culpable de cierto modo, pero no dejé que eso aplastara al completo mi corazón. Estaba completamente consciente de que Jake prepararía — en un mundo donde yo hubiese aceptado su propuesta de matrimonio — todo lo necesario para nuestra boda. Justo en ese instante, estaría con él, verificando lo de su graduación en la UCLA y habría tomado un vuelo para ir a Georgia e instalarnos para su nuevo trabajo. ¿Qué me hubiese deparado el destino?
Sí, habría conocido a Edward pero yo ya habría estado comprometida y eso me habría impedido aceptar siquiera su cercanía como aquel atrevimiento — que yo misma me di — al aceptar la invitación. Creo que de igual forma se habría enamorado de mí ¿y yo de él? ¡Por supuesto que sí! Lo habría amado de todas formas, porque yo no estaba ni estaría nunca enamorada de Jacob, solo habría de ser — como dijo Rose — mi salida de aquella vida.
Negué dos veces con la cabeza, contenta de mis sabias decisiones: no obligarme a amar a alguien solo por no querer romperle el corazón. No era una máquina de conceder deseos, así que no podía interponer mi felicidad ante las de otros. Hubiese sido más que egoísta conmigo misma.
Suspiré contenida, jamás podría amar a otro como a Adrian.
Y abrí los ojos de golpe. ¿Dónde estaba él y por qué no me llamaba? Busqué de nuevo mi móvil y miré la hora. Eran las 6:30 pm y era lo suficientemente tarde como para decir que no había llegado a su destino, puesto que eso le llevaba menos de 45 minutos en auto y con Riggs el tiempo era lo de menos y suponiendo que había viajado en avión, eso le debió llevar menos tiempo.
Torcí mis labios y decidí hablarle por cuenta propia.
Marqué su número telefónico y de nuevo, escuché el sonido de espera, pero nadie contestó de nuevo.
Y una vez más, y otra… Hasta que empecé a preocuparme.
— Adrian, tengo horas tratando de hablarte… Por favor… Al menos dos minutos para mandarme un mensaje de texto y saber que estás bien… Te amo y te extraño… Besos, cariño.
Y esperé a que mi corazón no saliera a flote debido a la preocupación que embargaba mis venas.
…
Bajé a la cocina con la disposición de buscar algo en la alacena y poder cenar, aunque algo me decía que quizás la señora Pitckens no había dejado nada a disposición ya que hacía un tiempo que no estaba en su casa. Cuando revisé en los estantes, verifiqué lo que tanto creí: estaba vacío.
Salí a la calle para poder ir al súper que quedaba a unas cinco cuadras de mi ubicación o al menos comprar algo de comida rápida.
A pesar de que era Junio, el clima se sentía fresco debido a las montañas. Me porté una camisola gruesa de mangas largas y ajustadas y unas botas de tacón y punta puntiaguda negras que me llegaban a las rodillas, con un pantalón deslavado gris. Me coloqué el gorro para cubrir mis oídos del fresco — ya que me había desacostumbrado del lugar totalmente— y cargué mi bolso. Cuando salí, metí ambas manos en los bolsillos y caminé entre la gente como una desconocida. Muchos me miraban extrañados y a pesar de que yo alguna vez había sido muy conocida por esos lugares, no quería llamar la atención: los chismes corrían rápido.
Seguía con la idea de que aquello me llevaría el menor tiempo posible.
Caminé en dirección Norte con la disposición de encontrar rápidamente el súper mercado Henry's, pero hasta ese punto ni siquiera sabía si me encontraba en la mejor disposición de ponerme a cocinar y lograr no incendiar la casa, a causa de que no me encontraba totalmente dispuesta a hacerlo. Suspiré. Mi mirada se mantenía cabizbaja aún mientras escuchaba el barullo de la gente al pasar, quizás despidiéndose entre ellos mismos después de un arduo día de escuela o de trabajo.
Los tacones de mis botas resonaban en el pavimento duro mientras pasaba al lado de la librería Light Moon y me detenía momentáneamente en el aparador. Mi mirada se fijó en las letras deslavadas de los anuncios que se mantenían fieles al vidrio. Ahí, la señora McCarthy mantenía la vista fija en el periódico y las gafas le caían perezosamente en el puente de la nariz.
Sonreí de solo verla.
— ¿Isabella Linton? — preguntó una voz femenina que me hizo salir de mi ensoñación y me hizo tensarme.
A espalda mía, podía escuchar unos ruidosos tacones que se acercaban a mí con paso normal y yo no quería siquiera imaginarme quién era.
— ¿Isabella? — volvió a preguntar con insistencia.
Sin poder hacer más, me giré encarando a la voz que tanto insistía en mi llamado y suspiré levantando la vista.
Ahí estaba ella, igual de rubia, poco vestida y glamurosamente fastidiosa. Christina Blake, mi ex mejor amiga del instituto y la zorra más grande de Aspen. Me erguí de manera mecánica de tan solo verla, como si aquello significase estar en un mecanismo de defensa para cualquier palabra suya o hiriente.
Llevaba una falda de mezclilla plisada que le llegaba a no más de 20 centímetros por encima de sus rodillas, una polera sin mangas que se amarraba un poco más debajo de sus pechos y unos botines cafés que hacían juego con su bolso pequeño. Los rulos de su cabeza le caían con gracia hasta la base de su cuello, con un moño rojo haciendo juego con su pintalabios y sus pestañas cargadas en rímel. Si alguien no la conociese y la viese por vez primera, diría que Christina Blake era una de las chicas más bellas de la ciudad.
Hice una mueca muy parecida a una sonrisa.
— Christina — la saludé como si su encuentro me causara alegría —, tanto tiempo sin verte.
Y se acercó a mí, quizás a menos de un metro de distancia. Su perfume dulzón y barato me escoció la nariz como un tufo empalagoso.
— Lo mismo digo, Isabella. ¡Sólo mírate! Estás… Cambiada.
Me crucé de brazos a modo serio y asentí sin decir más. ¿Qué quería que le dijera? No era la misma chica de casi 18 años que se había largado de Aspen sin ningún dólar en los bolsillos y con el corazón roto en más de mil pedazos, quedando casi irreconocible.
Sin embargo, ella seguía completamente igual que como la recordaba, pero un poco más alta pero hasta donde podía entender — y no es que fuese una prejuiciosa, es que ya la conocía —, igual de vulgar.
— Tú no has cambiado nada— le comenté haciendo una señalación con la cabeza.
Abrió sus manos como presumiendo lo que vestía.
— Se hace lo que se puede — y luego volvió toda su atención a mí —. Pero tú… Mírate… En serio estás... 'Desarrolladita'.
— Supongo que tenía que crecer.
— ¿Cuánto ha pasado? ¿Un año?
— Casi tres — le recalqué.
O qué, ¿Ya no se acordaba cuanto tiempo había pasado desde que la había encontrado follando con el aquel entonces perfecto Don Nadie?
— Sí, creo que eso fue… — y colocó su dedo índice sobre su labio como haciendo memoria—. Fue poco después de los de tu abue… ¿Verdad?
Aspiré con violencia.
— Sí.
— Pero dime, ¿Qué te hizo volver?
El tacón de mi bota jugaba contra el suelo en forma circular, como un tic nervioso. No quería contarle el motivo por el cual yo estaba ahí. Me habría de sentir extraña y con Christina, solo estaba logrando lo que desde el principio, yo quería evitar: que se enterasen de mi presencia.
Si mis cálculos eran correctos, ella le diría a su padre. Como su padre era el mecánico más conocido del lugar — y además empleaba a Mathew Prestt—, este último, se daría y en el peor de los casos, me buscaría.
Aunque cuando terminó conmigo, me había dejado muy en claro que nunca había significado nada para él. Mi subconsciente frunció el ceño con pesadez. Ese hijo de…
— Asuntos personales — me limité a decir.
— Aaa ya— comentó —, pensé que buscaría a Matty— pestañeó coqueta—. Sigue trabajando con papá.
Como me supuse, un Don Nadie fracasado y estancado en su estúpido empleo de preparatoria por más de 5 años.
— No vine a buscar a nadie — le aclaré—. Mi estancia aquí no tiene nada que ver con lo que viví en este lugar.
— ¿Segura? — preguntó tentándome—. Creo que sería bueno que pasaras a saludarlo.
— No creo que sea buena idea — e instintivamente di un paso hacia atrás y ella dio uno hacia enfrente.
— ¿Por qué? — insistió.
— No me interesa — repliqué.
Y Christina Blake soltó una risotada exagerada.
— ¿Tú, Isabella Linton? ¿Rechazando a Mathew Prestt?
¿Qué se sentía esta zorra?
— ¿Qué es lo raro? — Inquirí levemente irritada.
— Que cuando éramos amigas, morías por él… ¿No me dijiste incluso que hasta te desvirgó?
Mis dientes tronaron con violencia cuando mis manos se apuñaron a mis costados.
— No sé de lo que hablas — contesté tajante.
— Podrás decir lo que quieras, cariño — se burló—, pero lo recuerdo todo. ¿Quién crees que le enseñó a hacer todo lo que te hizo?
¡MUCHA PERRA! Tranquila, Linton… No tienes pasado aquí, tu primer hombre y tu primer amor es Adrian Cullen, solo él… Sólo él, pensé.
— ¿Para eso me hablaste, Christina? ¿Para presumir las asquerosidades que hacían juntos? — y negué sonriendo—. No me importa — la miré a los ojos con suficiencia —, nunca me importó menos que ahora, porque no tienes idea de lo mucho que ha cambiado todo desde la última vez que nos vimos, ¿Lo recuerdas? — y de me paré erecta con la frente muy en alto—. Ustedes piensan que se burlaron de mí, pero ¿Quién perdió el tiempo con quién? Yo al menos me descubrí los ojos y me libré de una arpía bruja pechos planos — y su boca se abrió como una perfecta 'O' con ceño ofendido — y de un hijo de puta de virilidad microscópica. ¿Me vienes a presumir eso a mí? — Bufé—, ¡Por Dios! ¡Madura Christina Blake! Ya no más reina de graduación… Ya no más Isabella temerosa, ya no.
— ¿La ciudad te ha puesto la agallas para venir a pararte así de muchos huevos frente a mí? — y negó burlona—. Perdóname, maldita fracasada huérfana… Pero jamás serás más que yo.
Estuve a punto de lanzármele encima por sus palabras, por meter a mi familia pero me contuve. Quizás yo no tenía un futuro prometedor pero definitivamente era mucha mejor persona que la zorra que tenía enfrente.
— Di lo que quieras… No me importa — y me giré de espalda, avanzando.
— ¡Suerte, nena! ¡No querrás que el ratón asustadizo de Bella Linton te pillé!
Y su risa grotesca de cabaretera resonó por la calle mientras yo aceleraba el paso.
Mi vista ni siquiera se inmutó de cuanto iba avanzando conforme el tiempo corría. Con las manos en los bolsillos y la mirada firme, avancé un poco más sin detenerme siquiera a ver con quien me tropezaba y entonces, no supe por qué razón, mi memoria volvió hacia casi tres años.
La señora McCarthy me había dejado de encargo toda la semana que revisara los libros que estuviesen en estado descontinuado y los rebajara de precio. En el Moon Light, a veces la gente también optaba por beber café si compraban un libro. Desde la estantería más alta me encontraba yo con mis pantalones descoloridos y mi suéter de color azul marino de la universidad de Princeton, que había sido de mi madre.
Esa tarde, mientras me acomodaba el cabello tras la oreja, recordé que había quedado en mi casa con las dos únicas personas que contaba en el mundo, además de mi adorada nana: mi novio y mi mejor amiga Christina. Como la abuela Marie se estaba quedando con la señora Pitckens — porque había enfermado— yo me quedaba en casa sola y me daba el permiso de las pequeñas reuniones en mi habitación, después del trabajo.
Mientras me enfrascaba acomodando los géneros de ficción, decidí mandarle un mensaje a mi mejor amiga.
Chris: Llegaré tarde. Por favor, ¿Podrías al menos ver una película con Mathew hasta que llegue? La señora McCarthy me ha pedido ayuda extra. Llego como en una hora. Te quiero.
x
Bella.
Y para entonces, recibí su contestación inmediata.
Bella: Claro, tendré que buscar entre tus cachivaches algo que tu novio le agrade ver, ¿Qué tal algo de Walt Disney? ¡No se me ocurre algo más que buscar entre tu biblioteca!
xx.
Xtina.
Sonreí como una tonta mientras acomodaba un tomo enorme que hablaba sobre un castillo que ocultaba una piedra poderosa, custodiada por un perro de tres cabezas.
— ¡Bella! — me llamó mi jefa.
— Dígame, señora McCarthy — le tuve que gritar desde mi altura.
— ¿Te falta demasiado?
— Ammm… Un poco.
— Baja de ahí, muchacha… Necesito hablar contigo.
— En seguida — le grité deslizándome por la escalera con ademán intrépido y casi varonil.
Cuando llegué al suelo, la mujer dio un pequeño salto.
— Oh, me has sacado un susto— y colocó la mano sobre su corazón.
— Lo siento — me disculpé—, pero ¿Qué se le ofrecía?
— Realmente, nada — musitó—. Pero creo que es tiempo de que te marches a casa. También iré a ver a la señora Pitckens, junto con tu abuela. Así que no creo que sea necesario que te quedes más.
— ¿¡En serio!? — casi grité aliviada—. ¡Vaya!
— Lo siento por haberte retenido estos últimos días, querida… Pero en serio necesitaba la ayuda, ahora creo que has trabajado demasiado. Además, no quiero que Marie se enoje conmigo.
Yo reí bajando de las últimas escaleras a paso lento.
— No se preocupe, en lo que pueda ayudar lo haré con gusto.
La señora McCarthy sonrió con suficiencia.
— Me recuerdas mucho a tu madre, Isabella… Anabelle Swan era igual que tú…
Mi madre había trabajado un tiempo — cuando era joven y estudiaba en el instituto — en la misma librería. En ese entonces, la señora McCarthy tenía poco en la ciudad y junto con su difunto marido, dirigían la librería. Mi jefa me platicaba que en ese mismo lugar, mis padres se habían conocido. Justo cuando Charles Linton pasaba buscando un libro acerca de geometría fractal y ni siquiera sabía de qué se trataba el tema.
"Lo hubieras visto, querida. Tu padre se quedó mudo cuando conoció a Anabelle" Siempre me decía mi jefa.
Yo no perdía las esperanzas de encontrar un amor así, porque precisamente, así había conocido a Mathew Nicholas Prestt, solo que él no leía libros y solo había ido porque 'en la escuela se lo habían ordenado'.
— La abuela Marie me dice lo mismo— le contesté un poco conmovida.
— Tienes la misma calidez de ella, sus ojos pero en contraste… También te pareces mucho a tu padre… — sonrió con ganas —, eres muy bonita, linda.
Me acomodé un mechón tras el oído y suspiré.
— Bueno, no te quito más el tiempo. Anda, ve a casa y has tus deberes o lo que sea que tengas que hacer.
— Está bien, señora McCarthy — sonreí con ganas y bajé de las escalerillas.
— Que te vaya bien — gritó por encima de su hombro mientras yo tomaba mi bolso pequeño y salía de la librería, y me despedía con ademán de mi mano.
Afuera estaba fresco, pero eso era normal en Aspen. No me cabía duda de que me sentía tremendamente afortunada por la suerte de contar con personas que me apreciaban mucho y sobre todo que apreciaran las memorias de mis padres. Siempre había sido una chica muy cerrada respecto a mis demás compañeros del instituto, fue ahí cuando había conocido a Christina Blake, una chica muy popular y muy linda, a quien le habían asignado un tutor de matemáticas — y ahí fue donde nos conocimos—, a decir verdad, ella no era muy buena en ello pero hacía todo por ayudarle. Y como tal chica popular, conocía a Mathew, mi novio, jugador de basquetbol del equipo local. Y como tal, no les fue difícil congeniar. Eran como: perfectos.
La idea me hacía retorcerme de la incomodidad.
Caminé hacia donde estaba mi pequeña bicicleta. Como era el único medio de llegar, no me resultaba muy difícil de usar en esa ciudad. Estaba feliz pensando en que podría llegar lo suficientemente rápido como para estar con mi segundas personas favoritas en el mundo. Así que, no podía darme el lujo de llegar más tarde.
La rodé tan velozmente como mis piernas me lo permitieron y en el trayecto me permití comprar alguna golosinas y refrescos para disfrutar, aunque sabía que a Christina la idea no le parecería.
Cuando menos me lo pensé, estaba fuera de casa colocando la bicicleta con la cadena y entré depositando las llaves en el bowl especial.
— ¡Chicos, llegué! — grité quitándome el suéter y dejando las cosas en el comedor. Como nadie me respondía, me extrañé demasiado y caminé escaleras arriba para poder ir a verlos. Seguro debían estar demasiado ofuscados con la pantalla.
Mis pasos — usualmente— eran muy silenciosos. Como yo era una bailarina nata de Ballet, igual que mi madre, me era muy fácil ser escurridiza por mera inercia. La puerta blanca de mi habitación no me llevaría más de algunos segundos en llegar así que me apresuré.
— Chicos, no me…
Y me voz se quedó atorada en mi garganta en cuanto abrí la puerta y los vi a los dos en mi cama, desnudos y…
— ¡Isabella! — gritó Mathew cubriéndose mientras Christina hacia una mueca de fastidio, como si la hubiese interrumpido.
— ¿Mat? — Pregunté estúpidamente mientras las lágrimas amenazaban con salir—, ¿por qué…?
— No es lo que crees…— contestó sínicamente.
— ¿Entonces…? ¿¡Qué carajo es esto!? — Grité perpleja.
Blake se sonreía desde su lugar mientras cómodamente se acomodaba las bragas.
— Cálmate, Isabella… No es para tanto — bufó como si nada.
— Christina… ¿Qué estás diciendo? ¡Él es mi novio! — la apunté llorando.
— ¿Qué querías que hiciera? — Inquirió de manera perversa—, no le bastas y honestamente… Te hice un favor.
No podía contenerme.
— ¡Fuera de mi casa! ¡Ahora! — Y en ese impulso homicida, lo único que pude hacer es comenzar a lanzarle cosas a él por la cabeza con cualquier objeto que estuviese en mi camino. No me importaba cómo pero quería lastimarlo.
Mi corazón se sintió crujir de la manera más cruel que jamás pude imaginar. Justo en ese instante pude hacer memoria de las múltiples veces que los había dejado solos, ¿Cuántas veces más se habían revolcado los dos? ¡En mi cama! Donde se suponía que era el lecho de 'amor' entre Mathew y yo. Lo odiaba como nunca logré pensar.
Ambos caminaron a paso lento escaleras abajo mientras yo seguía lanzándoles cosas sin rumbo. Mathew no dijo nada, se limitó a musitar un pequeño 'lo siento', que ni siquiera estaba segura que era honesto.
Los maldije a los dos como nunca pensé y esa noche, lloré desconsoladamente, esperando que mi abuela Marie jamás se enterase de lo sucedido.
Los recuerdos iban y venían de manera siniestra a mi memoria. No quería recordarlo, el solo pensarlo me llenaba de asco. Sin proponérmelo, llegué a un Subway que estaba de camino al súper mercado y entré de manera mecánica a mirar el tablero del menú.
Y por un momento, recordé que Adrian no me había llamado. Miré nerviosa el tablero del reloj y eran más de las 7:00 pm. Fruncí el ceño, me estaba preocupando y mucho. Generalmente él nunca tardaba en hacerme notar que veía o escuchaba mis mensajes.
No vayas por ese pensamiento, Isabella… Él está perfectamente, me regañé.
Suspiré y noté que un chico adolescente, pasaba una mano frente a mi rostro. Parpadee sorprendida.
— ¿Tomo su orden?
— Aaa si, lo siento — me disculpé —. Me gustaría una orden especial…
…
Mientras degustaba con mucha lentitud mi Sándwich, miré hacia la el vidrio que nos separaba de la calle. Me sentí tensa del solo pensar lo que me depararía al estar aquí y sobre todo, el hecho de que Adrian aún no me había llamado.
¿Qué pasaba con él?
Salí del restaurante y de nuevo volví a mi furtiva posición de Isabella en incognito. Me limitaba en llevar la cabeza cabizbaja mientras pasaba por una plazoleta donde varias parejas se sentaban y las personas pasaban para dirigirse a sus destinos. A lo lejos podía ver las montañas por donde ya no había sol y sin pensarlo, tuve nostalgia.
Extrañaba a mi abuela, extrañaba a mis padres… Extrañaba la vida que tenía, sin embargo, no me arrepentía del hecho de haberme enterado de la verdad respecto a las personas que estaban a mí alrededor.
Y parecía que tenía 16 años de nuevo.
La chica pálida, delgada, de melena castaña y ojos verdes que alguna vez había sido feliz en esa ciudad. Siempre después de mi estudio de ballet, me sentaba ahí por simple costumbre. No sabía por qué pero aquello me traía tranquilidad aunque en ese momento no surtiese el mismo efecto en mí.
Era devastador sentirme incompleta y sabía a qué se debía.
¿Dónde estás, Adrian? Solo cinco minutos… Por favor… Llámame, decía como plegaria mientras colocaba mis manos apuñadas sobre mi frente.
Y entonces, sentí un escalofrío en mi espalda y alcé la vista de manera in mediata.
— ¿Isabella…? — dijo alguien que se encontraba a mi derecha y mi cuerpo se tensó por la sorpresa.
Giré mi rostro lentamente para luego arrepentirme.
Ahí estaba él, algunos años más viejo pero la cara era casi la misma, a excepción de que se veía más alto y su cabello menos salvaje de lo que recordaba. Me paré de manera mecánica y pasé un enorme trago de saliva, ¿qué debía hacer? ¿Alejarme era una opción?
Mis pensamientos no mantenían coherencia o no sabía en realidad a qué se debía y en el intento de tranquilizarme, di un paso hacia tras haciéndome tambalear.
La punta de mi tacón se había atorado en un tabique cuarteado en el suelo y mis manos se agitaron en el aire.
— ¡Cuidado! — gritó a la par que me sostenía entre sus brazos para no estampar mi cabeza en el suelo.
Yo parpadee asustada y mis ojos se encontraron con los suyos.
— Siempre tan descoordinada, Isabella — rio—, no entiendo cómo fuiste bailarina de ballet con tan poco equilibrio.
Yo fruncí el ceño, ¿Así me recibía después de tanto tiempo sin vernos? Sentí sus manos tensarse alrededor de mi cuello, ¿Qué pasaba? ¿Por qué se tomaba tantas libertades en seguir tocándome y no ayudarme a poner en pie? Quise zafarme de su agarre pero si lo hacía, mi cabeza rebotaría en el suelo.
— Tan quisquilloso— musité poniendo los ojos en blanco con indignación.
— La chica que recordaba, no era así de contestona— se burló, otra vez.
Y entonces, haciendo uso de mis intrépidos movimientos de piernas y brazos, me salí de su agarre y me paré erguida con total decisión. Me sacudí polvo inexistente y acomodé mi chaqueta de las solapas.
Mientras lo hacía, podía sentir su mirada inquisidora sobre mi cuerpo, como un animal olisqueando su presa o degustando una carne que no es de su propiedad. ¿Así me sentí yo con todos los hombres? Con todos menos Adrian, por supuesto. Alcé mi vista y lo pesqué infraganti.
— ¿Qué?
— No te recordaba tan guapa— susurró.
Fruncí el ceño por el colmo de los colmos, me crucé de brazos y suspiré con las piernas bien estiradas y a la vista de cualquier admirador. Las botas al estilo que llevaba, me sentaban muy bien.
— ¿Ahora te parezco guapa, Mathew?
MALDITO PRESTT
