Ni la historia ni los personajes me pertenecen


Por fin, un baño

El tercer día la marcha empezó a ser más difícil, porque la llanura daba paso a terreno montañoso. Bella se adelantó para colocarse detrás de Edward y miró hacia adelante con ansiedad.

-¿Y ahora qué buscas? -preguntó él.

Sabía lo que Bella debía de estar buscando: peligro. Podía haber peligro delante o los podía estar esperando en cualquier lugar. Podía llegar en forma de flecha porque las tribus indígenas aisladas se irritaban cuando alguien osaba entrar en su territorio, o podía ser tan simple como un enjambre de abejas venenosas. Su trabajo consistía en observar cada detalle, en estar preparado para todo.

-Estoy buscando una montaña de cima redondeada -contestó ella.

-¿Y se supone que debe estar cerca?

-No lo sé. De todas formas no importa, porque no tendremos que llegar hasta allí. Es simplemente una manera de conocer nuestra posición. Se supone que debería resultar visible a un día de caminata, contando desde el momento en que el terreno empieza a ascender.

-¡Diablos! -exclamó él con tono sarcástico-. No sabía que las instrucciones fueran tan precisas.

Bella entrecerró los ojos y clavó la mirada en su ancha espalda, mientras pensaba que tenía ganas de golpearlo con una piedra, aunque lo más probable sería que la piedra rebotara contra esa superficie dura. El día anterior, Edward decidió que le molestaban las mangas de la camisa, porque le impedían usar el machete con comodidad, de modo que se las arrancó. Tenía los brazos extraordinariamente musculosos y ella no pudo más que babear.

-Supongo -continuó diciendo Edward-, que si en un día de marcha no alcanzas a ver esa montaña, empezaremos a caminar hacia adelante y hacia atrás hasta que la encuentres.

"Tal vez convenga que le tire la piedra a la cabeza", pensó Bella. Por supuesto que era probable que la cabeza fuese la parte más dura del cuerpo de Edward, pero si la piedra era lo bastante grande quizá lograra llamar su atención.

-¡Qué buena idea! -dijo en voz alta y con particular suavidad-. Ahora no me preocuparé tanto si no la encontramos a la primera.

Edward sabía que ese tono de dulzura indicaba que ella estaba pensando en hacerle o decirle algo desagradable, y la miró por encima del hombro. La expresión de Bella no era nada dulce. Tenía todo el aspecto de estar pensando en descuartizarlo. ¡Mierda! Jamás había conocido una mujer como ella. Era hermosa, fuerte, segura de sí y equilibrada, exceptuando la primera, esas cualidades nunca le habían resultado atractivas; hasta entonces él siempre buscaba, en las mujeres, sentido del humor, falta de inhibiciones y poca conversación. Bella decididamente carecía de las dos últimas cualidades, aunque poseía un sentido del humor sutil que lo tenía constantemente en guardia. Edward no conseguía intimidarla, ni avergonzarla, ni seducirla. Empezaba a preguntarse si habría algo que pudiera conseguir con ella.

Durante más de quince días nunca permitió que se alejara a más de tres metros de distancia y sólo la perdía de vista cuando ella se retiraba para hacer sus necesidades o cuando se encerraba en la carpa por la noche. Hasta cuando se alejaba para ir al baño, él se mantenía vigilante, y sobre todo no perdía de vista a Felix. Un contacto tan estrecho con cualquier otra mujer ya lo hubiera vuelto loco de aburrimiento; Bella lo estaba volviendo loco, sin duda, pero no de aburrimiento.

La verdad era que le ponía ansioso no estar junto a ella por la noche para poder vigilarla mejor. ¿Y si Felix intentara meterse en la carpa? Por supuesto que Demetri debía de haberle advertido a ese cretino que le convenía portarse bien durante el viaje de ida, pero eso no significaba que Edward confiara en él. Bella trababa el cierre de la carpa y tenía su pistola, pero ¿y si Felix cortaba el nailon y entraba? ¿Bella lo oiría y despertaría a tiempo para defenderse? Esa mujer le había demostra do que era muy capaz, en realidad siempre se encontraba a un paso por delante, y eso resultaba molesto.

Edward se detuvo y se volvió a mirarla. Detrás de Bella todos los demás se detuvieron también, pero él ni siquiera los miró.

-¡Te advierto que tendrás que quedarte donde yo te diga! -aconsejó con furia, y se volvió con el machete hacía un arbusto descargando contra él su furia.

-El calor te ha sentado mal, Cullen -murmuró ella.

-No es el calor sino la frustración -contestó Edward.

Ella tuvo que morderse los labios para no reír. ¿Así que Edward estaba frustrado, eh? Muy bien. Era lo menos que merecía.

De repente Edward volvió a detenerse y permaneció inmóvil, y Bella estuvo a punto de chocar contra él. A sus espaldas todos los demás se detuvieron y algo en la actitud de Edward los puso en guardia. Con lentitud, Edward empuñó la escopeta.

Le susurró algo a Nathan en quileute y el indio le respon dió también en un susurro.

-Retrocede -ordenó Edward-. Con mucho cuidado. No hagas ruido.

Era más fácil de decir que de hacer, pero dirigidos por Nathan y Laurent todos retrocedieron pisando con cuidado para no partir ramas secas.

Edward volvió a detenerse y Bella trató de mirar hacia adelante, pero las anchas espaldas de él le impedían ver. Hizo un leve movimiento con la mano para indicarle que no se moviera.

Entonces Bella lo vio. Unos feroces ojos dorados clavados en Edward, que encabezaba la columna. Una magnífica piel dorada con manchas negras que se confundía con el follaje. Una gruesa cola cuya punta se crispaba como si tuviera vida propia.

El jaguar se agazapó, esperando, cos sus poderosos músculos en tensión. Bella estaba tan nerviosa que apenas podía respirar. Quería apartar la mirada de ese felino enorme que parecía hipnotizarla, pero no se animaba a dejar de observarlo por miedo a que atacara.

Permanecieron inmóviles durante tanto tiempo que las aves, que un principio se callaron, alarmadas, reiniciaron sus cantos.

Y ellos permanecían allí, como petrificados, bajo la mirada fija y amarilla del felino.

Si el jaguar atacaba, Edward tendría que matarlo. Si alguien se movía, eso podría desencadenar un ataque. Bella empezó a rezar, rogando que, por una vez, James lograra controlar su impaciencia.

Entonces de repente los monos comenzaron a gritar, alarmados, y Bella levantó la mirada. En lo alto se había producido una conmoción; las ramas se movían y las lianas bailoteaban y temblaban. Edward seguía sin moverse. Bella oyó un ruido fuerte y profundo, y se le pusieron los pelos de punta. Cuando volvió a mirar hacia adelante, el jaguar había desaparecido.

Siguieron inmóviles durante un rato que le pareció una hora, y probablemente lo fuese. A espaldas de Bella alguien, Demetri o James, hizo un sonido de impaciencia que fue rápidamente sofocado por Laurent. Por fin Edward le indicó a Nathan que se le acercara. Él y Edward avanzaron y diez minutos después volvieron caminando con normalidad, aunque sus miradas eran todavía cautelosas.

-Un jaguar -explicó Edward.

-¡Demonios! -exclamó James con impaciencia-. ¿Quiere decir que estuvimos una hora inmóviles porque vio un maldito gato? ¿Por qué no le pegó un tiro?

-Lo habría matado si hubiera atacado. Pero no atacó. No tenía sentido matarlo. -Además había estrictas leyes que impedían la caza de esos animales. Pero Edward supuso que a James eso no le interesaría, de modo que agregó: -No quiero disparar a menos que sea absolutamente necesario. En primer lugar porque hay tribus que adoran a los jaguares y habrían vengado la muerte de uno de ellos, y en segundo porque no quiero señalar nuestra ubicación.

Bella no veía ninguna montaña redondeada. Se dijo para sus adentros que no debía dejarse llevar por el pánico, que todavía no habían caminado un día entero desde que el terreno comenzó a ascender. Tal vez no viera esa montaña hasta el día siguiente.

Empezó a temer que, si se habían desviado un poco de su curso, no llegaría a ver la montaña. Además, el suelo era cada vez más irregular, así que debía mantener la vista baja casi todo el tiempo. Si hubieran tenido que caminar por un terreno así durante el primer día de marcha, ella no habría podido hacerlo.

Ahora, pese a que sólo era el tercer día, todos se habían acostumbrados al esfuerzo, aunque se daba cuenta de que su respiración era cada vez más difícil y que le dolían las piernas.

Tal vez Edward la oyó jadear, porque empezó a caminar más lento. Ahora Bella comprendía por qué tenía ese cuerpo duro como una roca. De haber tenido un solo gramo de grasa, lo habría quemado durante la primera hora de marcha. El machete de Edward nunca estaba quieto, constantemente abría camino para los que lo seguían. Su paso nunca vacilaba, siempre estaba alerta.

Edward y los dos quiluetes no habían bajado de peso porque eran puro músculo, pero los demás sí. Bella sospechaba que debía de haber adelgazado por lo menos dos kilos; los pantalones le quedaban sueltos en la cintura y las caderas.

Empezaron a oír truenos y el ruido de gotas de lluvia que golpeaban contra las hojas de la copa de los árboles.

Durante la peor parte de la tormenta hicieron un alto y se refugiaron bajo las telas impermeables que llevaban. Ese día la tormenta fue breve y a la media hora reanudaron la marcha. La humedad era tan irritante que durante esa parte el día ni siquiera conversaban y el hecho de caminar por terreno irregular aumentaba el esfuerzo.

Bella no se dio cuenta de cuánto habían trepado hasta que de repente la vegetación se tornó menos densa y el sol la atravesó. Se encontraban al borde de un arroyo resplandeciente y poco profundo. Levantó la vista y frente a ella, se alzaba una montaña de cima redondeada y ancha. Una montaña más bien insignificante y pacífica.

-Allí está, Edward -indicó Bella.

Él se detuvo y miró.

-Está bien -dijo-. Avanzaremos un poco más y acamparemos para pasar la noche mientras tú trazas las coordenadas de mañana. A menos que me falle el oído, un poco más adelante debe de haber una pequeña cascada. Si Nathan nos da el visto bueno, esta noche podremos bañarnos.

Había una cascada, no demasiado grande ni con demasiada fuerza. Sólo era una caída de agua de tres metros de altura por entre las piedras y hacia el arroyo que corría al encuentro del río Negro.

Nathan y Laurent dictaminaron que el agua era pura. El único que no mostró entusiasmo ante la perspectiva de un baño fue Felix, pero siguió a los demás. Bella permaneció en el campamento, esperando su turno, y Edward se quedó con ella.

-Si se te ha ocurrido la idea de bañarte conmigo, desde ya puedes sacártela de la cabeza -advirtió ella.

-¿Quieres desnudarte y bañarte sin que nadie te vigile?-preguntó él con toda tranquilidad-. Montaré guardia mientras te bañas y tú podrás hacer lo mismo por mí. Hubiera ido con los demás, pero no me gustaba la idea de dejarte sola. Por supuesto que si no te molesta que Felix te mire mientras te bañas...

-Me has convencido. -No le gustaba el plan de Edward, pero comprendía que era necesario. No se trataba tanto de una cuestión de modestia sino de intimidad; no le resultaría cómodo estar desnuda delante de Edward, y para el caso tampoco le parecía seguro, pero la alternativa era seguir sucia y ya no toleraba la falta de higiene. Se quedaría de espaldas a él y terminaría el asunto con la mayor rapidez posible. Edward tomaba con mucha seriedad ese asunto de cuidarla, y no se arriesgaría a abandonar ese papel para intentar seducirla.

Mientras esperaban el regreso de los otros, Bella envolvió un jabón, champú y una muda limpia de ropa en una toalla, y Edward hizo lo mismo.

-¿Piensas dejar aquí tu mochila? Con toda seguridad Demetri la revisará.

Bella le dirigió una mirada pensativa y enseguida sacó la pistola de la mochila y la envolvió en la toalla.

-¿Y el mapa?

-No lo podrá leer -afirmó ella, sonriendo-. ¿Quieres verlo?

-Sería estúpido si te dijera que no.

Ella sacó su anotador y desplegó una gruesa hoja de papel sobre la que había algunos toscos dibujos, pero nada que señalara una ubicación. Las instrucciones eran el galimatías más grande que había visto en su vida.

-¿Y tú puedes leer esto? -preguntó, pensativo.

-No. Pero lo sé descifrar.

Edward lanzó una risita.

-¿Dónde estamos ahora?

Bella señaló una frase más o menos a mitad de la página.

-Exactamente aquí.

-¡Bárbaro! Eso me aclara todo. ¿No tienes el código escrito en alguna parte?

-¿Te parezco tonta? -preguntó ella.

-¿No tuviste que escribirlo cuando descifrabas este galimatías?

-No olvides que lo descifré y lo memoricé todo antes de viajar a Brasil; esto no es más que para verificar, por si hubiera algún error. De todos modos, el código cambia con cada palabra. A menos que uno conozca la clave, que también he memorizado, nada de esto tiene sentido.

-Demetri va a ponerse furioso -dijo Edward con satisfacción-. En este momento debe de estar muerto de ansiedad, sabiendo que por lo menos durante media hora estaremos lejos del campamento.

-Tardaremos más de media hora -aclaró Bella-. Ahora que se me presenta la oportunidad, pienso lavar toda mi ropa.

-Buena idea. Y ya que estás en eso podrías lavar la mía.

-Lávala tú mismo.

Con expresión triste, Edward se puso la mano sobre el corazón.

-Eres una mujer desnaturalizada. ¿No sabes que deberías estar deseando ocuparte de tu hombre?- dijo con tono de burla.

-No recuerdo haberte reclamado como mío, de modo que este asunto no tiene sentido. Además no sé porqué va querer una mujer a un hombre tan perezoso que ni siquiera es capaz de lavar su propia ropa.

Edward la miró con expresión triste.

-No me sorprende que no te hayas casado.

-Nunca quise casarme.

-Yo tampoco.

Edward la observó un instante, con los ojos brillantes por el intercambio de confidencias. Después le acarició la punta de la nariz.

-¿Alguna vez tuviste alguna relación seria?

Ella lo pensó, luego se encogió de hombros.

- ¿Estuviste comprometida?

-No. Mientras estaba en la Universidad, una vez Jacob me pidió que me casara con él. Pero no me interesaba.

- ¿Quién es Jacob?

- Un buen amigo- dijo un poco triste recordando la ultima conversación que tuvo con él.

Edward lo malinterpreto

-¿Te rompió el corazon?- pregunto, apretando los puños con fuerza.

Bella no pudo hacer otra cosa que echarse a reír. Ante la expresión de sorpresa de Edward, dijo.

-No, no,-dijo aún riendo- Él siempre a intentado algo conmigo, yo solo lo veía como un hermano. Pero…-dijo eliminando su sonrisa- la ultima conversación que tuvimos no terminó muy bien.

-¿Por qué?

-Porque le pedí su apoyo para venir aquí y me tomo por loca.-dijo secamente.

Edward no quiso seguir por ese camino. Así que retomo la conversación.

-¿Y desde entonces? ¿Alguien importante?

-He salido con varios hombres -contestó Bella-. Pero nunca demasiado tiempo con nadie.

-¿Y qué haces para divertirte?

-Trabajo. -La expresión de incredulidad de Edward la hizo lanzar una carcajada.

-Trabajar es mucho más divertido que salir con un hombre -aseguró-. No me interesa casarme, de modo que no tiene sentido que salga con tipos. Si me gusta la compañía de alguien, muy bien, pero sería poco inteligente dedicar mucho tiempo a una relación que no va a llegar a nada.

Edward se puso de pie y la miró echando chispas por los ojos.

-¿De manera que hacías el amor en el balcón con un tipo a quien apenas conocías? -preguntó con rencor.

Durante algunos instantes Bella no supo a qué se refería. Después recordó la conversación sobre la hamaca y rió.

-Nunca me he acostado en un balcón con un desconocido -aseguró-. Y, para el caso, no lo he hecho con nadie.

Edward notó que había vuelto a hablarle con ese tono de voz tan dulce. Tuvo ganas de sacudirla.

-¡Bárbaro! Por lo menos te lo habían presentado.

-¿A qué viene tanto sarcasmo? ¿Nunca has tenido una aventura de una sola noche?

-Muchas, cuando era joven, pero ahora soy mucho más cuidadoso.

Ella se encogió de hombros, como si no comprendiera su problema.

El sonido de los hombres que volvían al campamento interrumpió la conversación. Bella se volvió a recoger sus cosas, y Edward hizo lo mismo.

Ninguno de los dos habló mientras los hombres entraban en el campamento. Edward se colgó la escopeta al hombro.

A Bella le resultó fácil seguir el sendero trazado por los otros. El sendero terminaba junto a una pequeña cascada.

Edward estudió el terreno.

-Cruzaremos al otro lado -decidió-. Así podré vigilar mejor el sendero. Detrás de la cascada hay un lugar para pasar.

Cruzaron al otro lado por entre las rocas. Edward le entregó la escopeta.

-Yo me bañaré primero.

Bella no protestó. De alguna manera, si él se desnudaba primero, a ella no le resultaría tan difícil hacerlo después. A veces, como cuando le masajeó la espalda dolorida, ese hombre hasta era capaz de ser considerado.


Bella es de armas tomar eh¿?

Laura, aquí tienes tu rio... con su cascada y todo.

Bueno, bueno, a Edward parece que no le gusta mucho imaginarse a Bella con aventurillas de una noche. Jejejeje. El prox. Cap. Esta cañon… la mezcla de Edward, Bella, falta de ropa, y cascada es una combinación que no se puede subestimar. Jejeje. Nos leemos guapas. Bstes.

NOTA: hay alguien que me ha pedido, unos cap. del señor de la guerra. recordar que no puedo ver vuestro e-mail. por motivos de seguridad cuando FF, detecta un E-mail. lo borra del RW, por lo tanto, no me llega la dirección. si alguien quiere que le envie algo a través de correo. por favor. poner vuestra dirección con separaciones entre y el . com. No he podido contestaros a través de privados porque no estais registradas... grácias