Hola nuevamente!!!

Como se darán cuenta, esta vez me retrasé un poco más en la actualización, mil disculpas por ello.

Veamos, contestaré comentarios rápidamente:

SMaris: Me las he arreglado para que Ron en este fic sea simplemente adorable, en conclusión, tú quieres uno así para ti, y yo quiero uno así para mí también =P… gracias por leer!!

hiilsu-weasley-granger: Vaya… son muchas cosas las que me has comentado… pero resalta sobre todo tu insinuación de si tengo una sorpresa… bueno, pues la tengo =D… gracias por las ranas, me hace falta endulzarme!.. besos!

En fin y con eso termino comentarios y gracias a todos por leer, espero que les siga gustando la historia!

Saludos!!!

Aquella mañana el sol estaba oculto tras una rara nube, una especie de estela blanquecina que lo escondía como a una flor silvestre; Ron, golpeado por una rara sensación de angustia, salió al jardín con la vaga idea de moverse, de ponerse activo para ahogar ese desasosiego; buscando algo qué hacer, dio rápidamente con algunos objetos muggles en el jardín, la profesora McGonagall guardaba cosas de ese estilo en el granero, la idea era que si alguien se inmiscuía en el terreno debía ver que era una casa normal. Sacó de entre el montón de metal una enorme podadora, tan empolvada que apenas lograba moverla sin terminar asfixiado, la llevó con lentitud hasta el jardín y aprovechando que ya conocía un poco sobre ese artefacto (Arthur tenía una por mera diversión), la hizo arrancar y procedió a arreglar el jardín.

Estaba soñando, soñaba balsas, balsas pequeñas en las que cabían pocos niños, iluminados por faroles, faroles de un tamaño considerable, el castillo era imponente, enorme, majestuoso; había gárgolas, escaleras, un comedor, todo era grande, todo era divino; sonrió al ver aquellas velas flotando en el aire, al ver los tazones llenos de comida y el cielo estrellado. Sonrió y quiso que él también sonriera, estiró el brazo bajo la sábana con la esperanza de tocar su costado, quería sentirse tibia, como las mañanas de invierno pasadas y él estaba ahí para protegerla; cuando notó el hueco a su lado se dio la vuelta para acercarse un poco más, quizá se había movido mucho hacia la orilla y por eso no lo alcanzaba; pero no había nada, sólo ausencia. Abrió los ojos y al hacerlo vio la almohada, la cobija y el colchón intactos; no estaba con ella y tras fruncir el ceño, se preguntó a quién buscaba, no tenía sentido esperar abrir los ojos para ver a alguien que no recordaba.

-El rose de la persona a la que quiero. –Repitió en medio de la luz leve que entraba por la cortina medio abierta, suspiró sonoramente, se volvió al techo blanco y se llevó la mano a la frente, la misma mano con que intentara tocar lo inexistente.

Intentó recordar, pensar en algo que no fuera lo de los últimos días, apenas se le venía a la mente Ron con sus túnicas raídas, Ron con sus pecas, Harry con sus gafas rotas, Ginny con sus coletas, Luna leyendo una revista al revés, Neville con un sapo en la mano, Arthur Weasley, Molly, Bill, Fleur, libros, la biblioteca, el comedor, sonreír, abrazar, respirar, pero nada más. Intentó nuevamente ver algo más en todo lo que había en su mente, necesitaba recordar; sabía que por alguna razón estaba ahí, oculta, resguardada por una anciana profesora y un joven despistado, pero no podía recordar por qué.

-El rose de la persona a la que quiero. –Volvió a decirle a la almohada, intentando entender por qué tenía la sensación absurda de que el rose estaba cerca, cerró los ojos y sólo podía ver el rojo que se produce luego de mirar la luz y cubrir nuestro ojo con el párpado; rojo, ese era el color que más veía y que de alguna forma más la rodeaba. –La persona que quiero. –Murmuró y entonces lo escuchó, era un gruñido, como un ronroneo, se levantó y se asomó a la ventana; abajo en el jardín, Ronald cortaba el césped, sintió un vuelco y sin siquiera peinarse abrió la ventana y salió a la terraza. -¡Ron!... buenos días…

-Hola… ¡Buenos días! –Contestó alegremente, levantando la mano y sonriendo. –¿Por qué no bajas?, el día es hermoso, no hace calor.

-Voy… ya voy… -entonces se recargó en la balaustrada y miró al cielo sonriendo; la podadora pareció dar un respingo, Ron soltó un bufido y ella, tras verlo un segundo, le gritó. -… ¡Dale un golpe cerca de la banda!... mi padre lo hacía cuando la suya fallaba. –Exclamó sonriendo, Ron la miró serio, ella no lo notó, ni siquiera cayó en la cuenta de que había dicho algo nuevo; entró corriendo, se metió unos jeans y bajó las escaleras.

-Su padre. –Murmuró Ron viendo la podadora, luego se volvió al suelo y suspiró, los recuerdos sí volvían con demasiada velocidad.

Corría, era lo único que le quedaba, sangraba profusamente y si no se daba prisa lo iban a alcanzar; se tiró por la pendiente pensando que no estaría tan escarpada, pero se equivocó y rodó muchos metros. Rezó por no terminar muerto, chocó contra una roca y tras resoplar un par de veces, logró ponerse de pie, desorientado, dolorido, exhausto. Miró atrás, la primera vez en quince minutos, nadie le seguía; pero no estaba a salvo, siguió corriendo, como si el mismo Voldemort le siguiera de cerca, miró al frente, un autobús enorme, eso era, un autobús.

-¡Hey!... –gritó alzando las manos, tenía que llegar a la carretera, debía llegar; si lograba que los muggles le vieran, quizá lo dejarían vivir. -… ¡Hey!... esperen… ¡Esperen! –Paró un auto ya que el autobús no lo había visto, un auto azul en el que viajaban dos hombres y tres chicas; le miraron sorprendidos, la ropa era rara, su cara estaba manchada de lodo y sangre, él tartamudeaba.

-Señor… señor ¿Está usted bien? –Preguntó el chofer cuando pudo bajarse tras quitarse el cinturón, él había caído al suelo empapado en sudor, mirando a todos lados, temiendo que aún le siguieran. -¿Está herido?

-Por favor… p-por favor… lle-lléveme a la ciudad… por f-favor, n-no me deje solo… -Clamó lloroso, el hombre le miró fijo y asintió confundido, lo ayudó a levantarse y abrió la portezuela trasera, donde las tres chicas esperaban ansiosas como niñitas a las que va a regalárseles algo.

-¿Estás bien?...

-¡Dios, está herido!

-E-estoy b-bien… sólo s-sáquenme de aquí. –Murmuró buscando dónde posar una mirada nerviosa y asustada.

-¿Cómo te llamas?

-O-Oliver… Oliver Wood. –Exclamó mirando a todos lados por la ventanilla, claramente distinguió a aquél hombre de capucha junto al viejo tronco de un árbol a la orilla del camino, tragó saliva y frunció el ceño; volvió a mirarlo fijamente y casi se arrancó la lengua de una mordida, cuando el sujeto le dijo adiós, con un movimiento de dedos infantil y juguetón.

-Veamos… se supone entonces que yo era buena en esto, ¿No? –Preguntó molesta mirando el tablero, Ron sonrió de lado, la verdad es que no pensaba decirle que él siempre le había ganado.

-Digamos que sí. –Contestó quedamente, ocultando una sonrisa confianzuda.

-Mi pregunta va en serio, Ronald… ¿Era o no buena? –Sospechaba que le estaba mintiendo sólo para hacerla sentir bien y eso le causaba alegría, era casi un halago según pensaba, sobre todo viniendo de alguien tan bueno para el ajedrez.

-¡Vamos Hermione! –Ron movió una pieza, de inmediato uno de los peones de ella terminó hecho añicos, infló las mejillas y deseó golpear la mesa con fuerza.

-Me estás mintiendo… dime la verdad… para esto no soy buena, ¿Cierto? –Volvió a preguntar al tiempo que movía una pieza, la verdad es que ni siquiera ponía atención a lo que hacía, sólo le interesaba ver la reacción de Ron, su sonrisa, su negación, su desfachatez.

-Eres buena para todo… -comenzó pensando en la pieza, luego notó que lo miraba, levantó los ojos y se puso a verla, ella no desvió su mirada. -… desde tareas, hasta hechizos, pociones, incluso para astrología, runas y herbología… no hay nada que…

-Nuestra Hermione no pueda hacer. –Exclamó una ronca voz desde la ventana, Hermione perdió el contacto con Ron con una clara mueca de molestia, pensaba que estaba por sacarle algo más que datos sobre juegos; Ron se irguió de un salto y sonrió al ver semejante humanidad visitándolos, Hermione se volvió y tras una mueca de confusión, sus ojos brillaron como dos luceros y sonrió emocionada.

-¡Hagrid! –Gritó al tiempo que se dirigía a la puerta corriendo, el gigante entró carcajeando, Ron no se movió ni un centímetro, sonreía pensando que la visita le caería bien; miró el tablero y revisó todas las jugadas posibles de Hermione y de él.

-Gané otra vez. –Rectificó levantándose lentamente.

Abrió la puerta, entró sonriendo, tarareaba una melodía suave y jactanciosa, apenas había dado un paso dentro de la casa cuando recordó que llevaba el bote de helado en la bolsa; presurosa anduvo hacia la cocina y puso todo sobre la mesa, comenzó a sacar los víveres de a poco, puso el helado en el congelador y recordó que había dejado la puerta entornada. Volvió sobre sus pasos y cerró revisando el pasillo, nadie en la puerta, nadie en la escalera; cerró con todos los pasadores, no creía en las cerraduras, pero Neville las había puesto para "protegerla" como si ella no tuviera manos para defenderse sola.

Volvió sobre sus pasos, arregló todo en su sitio, fue al baño y preparó la tina, se sujetó el cabello en una coleta y tarareando todavía, se dirigió a su cuarto; sacó ropa del armario, colores vivos, naranjas, morados, rojos, rosas, colores que le volvieran el calor al cuerpo, colores que le dieran vida; tomó la toalla, la ropa y algunos otros accesorios y fue al baño. Se desnudó dando de saltitos, sonriéndose a sí misma, canturreando como una niña que está a punto de jugar algo muy divertido.

Se metió en la tina con lentitud, el agua estaba apenas tibia, se podría decir que se le quitó a medias lo helado, no hizo muecas de rechazo, por el contrario, se emocionó y entró en ella por completo, amaba esa frescura, le devolvía la paz. Cerró los ojos y se entregó al momento, si había algo que su madre le decía era eso, el baño siempre se disfruta, con o sin testigos.

-¡Tienes que venir pronto!... las calabazas están enormes, verás como pronto serán perfectas para la noche de brujas… apuesto a que querrán una para ponerla por aquí. –Hagrid levantaba las manos con algo de emoción, Hermione traía con ella galletas y té, Ron asentía sonriendo; era algo que quería escuchar, felicidad, festejos, paz.

-Dudo que a la profesora McGonagall le gustara encontrar una de esas enormes moles naranjas, pero lo tendremos en cuenta, ¿Verdad, Hermione? –Preguntó Ron con una amplia sonrisa, la castaña aceptó alegremente.

-Le preguntaré en cuanto la vea, seguramente a mí no me dice que no, ya verás Ron… vas a ver que sí quiere, y si es Hagrid quién la trae, con mayor razón… -Hermione se sentó a su lado, Ron sonrió confiado, Hagrid los miraba fijamente, le llamaba sobremanera la atención ver que realmente la chica estaba muy repuesta; tras una breve plática que en apariencia no tenía mucha importancia, se despidió dándoles unos abrazos tan fuertes que los hizo tambalear, así los dejó a los dos en la sala; Hermione recogía con lentitud las tazas y los restos de las galletitas, mientras Ron guardaba las piezas y el tablero de ajedrez. -¿Podemos ir mañana a ver a Molly?

-Pues… -Ron no estaba muy seguro de si la condición de su madre sería ya la apropiada, el nuevo ataque de los mortífagos estaba empeorando la situación, Oliver secuestrado había empeorado las cosas. -… le enviaré una lechuza para saber si estarán en casa… ya ves que ahora le ha dado a Bill por llevarla a todos lados.

-Cierto. –Hermione no era tonta, pero por mero respeto a la decisión de Ron de decirle todo con lentitud no insistió más; las cosas mejoraban con su memoria, pero no a la velocidad que deseaba, tenía tantas sensaciones nuevas que necesitaba reconocerlas todas de una buena vez, no a cuenta gotas como se las estaban dando. –Ron, ¿por qué perdí la memoria? –El pelirrojo se irguió de golpe y se le quedó viendo un largo rato, ella fingió demencia mirando a otro lado, quizá la pregunta había sido muy brusca.

Se sentía en deuda con ella por la gran ayuda cuando limpió el muro de la Madriguera, por eso, pese a las ordenes explicitas de Harry de no salir sola, Ginny cruzó media ciudad para dar con el departamento de Luna; la tarde era cálida aunque con el cielo medio nublado, quizá la lluvia estaba a la vuelta de la esquina y apresuró el paso a sabiendas de que no traía consigo paraguas; llegando al edificio se encontró con un par de niños jugando a la pelota en la calle, por mera diversión los observó un rato y al cabo de unos minutos, terminó jugando con ellos. Ginny jamás notó la sombra de aquél hombre entrando por la ventana abierta al departamento al que se dirigía; Ginny nunca se volvió a mirar cuando el sujeto desmontaba su escoba, tampoco pensó si quiera en ver si Luna estaba en casa.

Aún con los ojos cerrados, Lovegood tarareaba insistentemente, había canciones muggles que se le pegaban, tonaditas que no podía quitarse aún con mucho empeño, eso de "Chiquitita you and I cry, but the sun is still in the sky and shining above you" se le quedaba pegado como cinta adhesiva; sonriendo pensó que tendría que visitar más seguido esas enormes tiendas muggles y llevar un carrito, nada más para divertirse viendo esas bellezas por los pasillos, mientras la música suena en todo el establecimiento.

Dio un salto y golpeó la bola, esta impactó contra una baranda y salió disparada a toda velocidad contra un muro cercano, reían los tres, los niños y ella; se quitó los mechones de cabello de la frente empapada en sudor y miró su reloj, era tarde, pero seguramente Luna estaría en casa y como era su costumbre, de llegar a salir, lo haría a la usanza muggle, no había pues, temor de perderla, sonriendo volvió al juego con los niños; por otros diez minutos Ginny se concentraría en volver a ser niña. Luna, podría mientras tanto concentrarse en descansar, luego en oler, después en sentir el agua.

Se estiró un poco y sonrió más tranquilamente, suspiró profundo y apenas había retraído nuevamente sus músculos, tuvo la sensación de que todos los vellos de su brazo derecho, único que permanecía fuera de la tina, se ponían tiesos como las espinas de un puerco espín; frunció el ceño sin siquiera abrir los ojos y dio paso al siguiente sentido: el olfato.

No estaba sola, lo sabía porque olía a tierra, tabaco y cerveza, una cerveza fuerte y rancia, mezclada con un olor dulzón que de primer momento no pudo reconocer; abrió los ojos y lo vio, esa mirada clavada en sus ojos azules, por un momento creyó que era una broma, pero cuando una mano la tomó por la cabeza, la otra entró al agua para tomarla por la cintura y el olor dulzón se le reveló como el perfume de la sangre seca, supo que no, esto no era un chiste.