Capítulo 11: Al fin sale el sol

Decidió confiar en él. Se agarró las faldas del kimono, saltó la barandilla y se tiró justo en el último segundo antes de que otra bomba explotara a su espalda, recubriéndolo todo de fuego y cenizas. Inuyasha con los brazos extendidos la recibió, sujetó su cintura y logró ponerla de nuevo en el suelo, sin sufrir ni el más mínimo rasguño. Menos mal que había decidido confiar en él porque un segundo más y estaría muerta.

- ¿Estás bien, Kagome?

- Sí…

De repente se descubrió a ella misma queriendo saber más y más de él, hasta el último detalle sobre ese hombre. Descubrió que deseaba recordarlo con todas sus fuerzas pues no podría haber encontrado más verdad en las palabras de Sango. Ese hombre tenía que amalar, ¿por qué sino habría armado todo aquello para rescatarla? ¿Por qué sino habría ido a buscarla en lugar de buscar a otra mujer que la sustituyera? Él no se rindió e hizo lo imposible para encontrarla. Si supiera lo mucho que se lo agradecía. De hecho, decidió decírselo.

- Gracias.

- No podía dejarte morir. – él aún no la soltaba- Pero todo dependía de ti. Si no hubieras decidido seguirme…

- No, no me refería a eso.- sacudió la cabeza.

- ¿Entonces?- preguntó sin entender.

- Gracias por todo. Has removido cielo y tierra para encontrarme y no has parado hasta impedir esta boda, - evaluó con la mirada el estado del palacio en llamas- por todos los medios posibles.

Los dos se rieron por su broma y se volvieron a mirar sin soltarse y sin atreverse a desviar la mirada el uno del otro. Aquel momento, era tan perfecto.

- ¿Tú, me amas?

Esa pregunta sí que lo pilló totalmente por sorpresa. Kagome no recordaba, no era ella misma en ese momento y estaba seguro de que en otra situación en la que fuera totalmente consciente, no le preguntaría algo así. Era la pregunta trampa, la pregunta que tanto había temido. Durante cincuenta años creyó que amaba a Kikio y la aparición de Kagome en su vida lo había confundido desde el primer momento. Se había negado a admitirlo, pero el solo verla una vez bastó para hacerlo dudar de su amor por Kikio.

Sí, amaba a Kagome. Él era cabezota, impulsivo, caprichoso y egoísta, pero todo eso desaparecía cuando Kagome estaba cerca. Ella le hacía ser bueno. Ella no veía ninguno de esos defectos porque cuando estaba cerca se volvía una persona diferente. Su madre le dijo una vez que algún día encontraría a la mujer perfecta y ésa sería aquella que lo hiciera sentirse bien consigo mismo. Kikio hizo que deseara cambiar; Kagome lo quiso tal y como era y lo ayudó a ser mejor, a sentirse bien.

Si había un momento para decirle lo mucho que había cambiado su vida desde que ella apareció, era ése.

- Kagome, tú lo cambiaste todo. Admito que no soy una persona fácil de tratar, pero tú no te amedrentaste y seguiste a mi lado aún así. – agarró sus manos entre las suyas- Incluso me ayudaste a hacer grandes amigos. Nunca antes tuve verdaderos amigos.

¿Él le estaba hablando en serio? ¿Ella había hecho algo así? Se sorprendió ante tal idea. Le resultaba difícil creer que ella hubiera podido cambiar así a una persona, que ella le hubiera ayudado tanto. Seguro que estaba siendo modesto y que él también la ayudó a ella de alguna manera.

- Mi madre te adoraría si te conociera. Nuestros amigos te quieren con locura. Tu familia te ama. Todo el que te conoce acaba amándote por tu buen corazón.

- ¿Y tú?- preguntó.

- Yo…- musitó- Verás, yo…

- ¿Quién te has creído que eres, hanyou?

Frunció el ceño al escuchar el shogun interrumpiendo su interesante conversación. ¿Acaso no se daba cuenta de que no era un buen momento? Inuyasha y ella estaban a punto de dar un importante paso y no necesitaban su molesta presencia amargándoles el momento.

- ¿Acaso estás sordo?- se quejó- ¡No te amo!

- ¡Kagome!- le suplicó- Tienes que casarte conmigo, por favor. ¡Yo te he escogido a ti!

- Ése es justamente el problema.- lo señaló con su dedo índice- Tú me has escogido a mí pero yo no quiero saber nada de ti.

- ¡Te amo!

Si otra persona diferente se lo hubiera dicho, tal vez hubiera llegado a creérselo, tal vez se hubiera sentido honrada o tal vez avergonzada. Cuando se lo dijo él, sintió nauseas. No la amaba, ni a ella, ni a ninguna otra mujer fuera o dentro de ese sitio.

- Tú no puedes amar.

Sintió los brazos de Inuyasha estrechándola entre sus brazos y no pudo menos que dejarse caer contra su pecho y aferrarse a él con todas sus fuerzas. No quería que ese hanyou la soltara nunca. Quería quedarse para siempre de esa forma, abrazados y diciéndose el uno al otro palabras tiernas. No más peleas, no más secuestros y no más shogunes psicópatas. Sólo ellos dos.

- ¡Maldito hanyou, bastardo!

Por lo visto, el shogun no tenía ninguna intención de dejarlos solos.

- ¡Esto no quedará así!

El shogun desenvainó su espada demoníaca dispuesto a atacarlos. Ella empujó a Inuyasha y se puso frente a él con los brazos extendidos.

- Tendrás que pasar por encima de mí.- le advirtió.

- ¡Apártate, Kagome!- le exigió el shogun.

- No lo haré.- se mantuvo firme.

- ¡Kagome, no hagas estupideces!- le pidió Inuyasha.

No pensaba moverse de allí, no hasta que jurara dejarlos marchar en paz.

- Tú tenías que casarte conmigo…

- Ya te dije que amo a otro hombre.- repitió.

- ¡Pero si no recuerdas!- le gritó- Bebiste lo mismo que las otras, ¡no puedes recordar!

Al parecer, su pérdida de memoria también era cosa del shogun. Aquel hombre estaba acumulando una lista de delitos demasiado larga. Cuando al fin fuera al infierno tendría mucho por lo que pagar.

- ¿Nos traicionan nuestros oídos?

Dio un paso atrás temblorosa cuando los demonios lagarto aparecieron allí frente a ella. Habían saltado desde alguna parte. La primera vez que vio a uno de ellos ya se llevó un susto lo bastante grande como para repetir la experiencia. Quiso agarrar a Inuyasha y exigirle que se marcharan antes de que se fijaran en ellos, pero él insistió en que eran amigos y que debían esperar.

- ¿Qué hacéis vosotros aquí?- les gritó el shogun- ¡Matadlo!- ninguno se movió- ¡Tenéis que obedecerme!

- Ya no. – dijo uno de ellos- La mujer que has escogido ama a otro hombre, shogun.

El shogun dejó caer la espada al suelo en claro signo de derrota y se miró las manos. No pudo dar crédito a lo que estaba viendo mientras lo observaba. Sus manos estaban envejeciendo a pasos agigantados y pasaba lo mismo con el resto de su cuerpo.

- Pero, ¿qué has hecho?- la acusó.

Fue la voz de un anciano la que le gritó acusadora.

- ¡Kagome!- gritó- ¡Tú me has hecho esto!

- Yo… Yo no…- balbuceó asustada.

- No te sientas culpable, era hora de que pagara por todos sus crímenes. – le dio un suave apretón de consuelo- Ahora debemos irnos, el palacio se viene abajo.

Inuyasha tenía razón. En cualquier momento todo el palacio se hundiría en el lago y no querría estar allí cuando eso ocurriera.

- ¡Nos veremos fuera!- le gritó a los demonios.

- ¡Esperad!

Los demonios aún no se ocupaban del shogun que los había condenado, ¿por qué?

- El pacto ha sido roto y eso tiene más consecuencias de las que podéis imaginar.

- ¿Qué queréis decir?

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al escuchar a ese demonio. ¿Acaso no tenían ya bastantes problemas? Acababa de rescatar a Kagome, ¿no podían darle un mísero respiro?

- Esta dimensión va a desaparecer. Tenéis que salir de aquí y sacar a todas las mujeres.- les explicaron.

- ¿Cómo?

Fueron los dos los que gritaron asustados al escuchar al demonio.

- ¿Cuánto tiempo tenemos?- preguntó Inuyasha.

- Menos de una hora.

- ¡Eso es imposible!- le tocó el turno de hablar a ella- La entrada está muy lejos de aquí, no nos dará tiempo a llegar, ni a salvar a nadie. ¡No podemos hacerlo!

- La verdad es que cuando tú y tus amiguitas intentasteis fugaros, - ella se sonrojó recordando ese momento- utilizasteis la salida menos convencional. Eso es muy arriesgado. Nosotros usamos un camino más sencillo y más rápido.

Aquel día, cuando la descubrieron intentando salir de allí por un lugar que era solo una entrada, debieron pensar que era tonta. Ahora bien, esos demonios tuvieron la educación y la delicadeza de abstenerse a decírselo a la cara.

- ¿Por dónde podemos salir?- preguntó Inuyasha.

- El lago. Bucead hasta el fondo siguiendo un brillo verdoso. Tenéis que traspasar la tierra en ese punto y apareceréis en la cascada de vuestra dimensión.

- De acuerdo. ¡Kagome, vámonos!

Agarró su mano y tiró de ella para sacarla de allí, pero a mitad de camino lo hizo detenerse y se volvió.

- ¿Y vosotros?- preguntó Kagome.

- No os preocupéis por nosotros. Saldremos de aquí antes de que este sitio se hunda por completo.

Kagome aprovechó el momento para echarle un último vistazo al shogun. Lo vio arrodillado en el suelo, cubriéndose toda la cabeza con la capucha de su larga capa negra. Sus manos se veían como si tuvieran cientos de años: retorcidas, arrugadas y con uñas podridas. Estaba segura de que bello rostro jamás volvería a ser así. En cierto modo sintió algo de pena por él, pues si había montado todo aquel tinglado fue por miedo.

Antes de salir de la sala del trono tras Inuyasha, vio a los demonios rodeándolo mientras que él gritaba que se alejaran. Era muy evidente lo que sucedería y ella no quería presenciarla. Volvió la vista al frente y salió de allí ignorando los gritos agonizantes del anciano shogun. Tenía lo que se merecía.

El puente había quedado destruido por completo y allí se encontraban todas las mujeres gritando que iban a morir. Se encontraron con Sango y le explicaron lo que había sucedido y el modo de salir. Ella no dudó en lanzarse al lago en una perfecta zambullida y buceó en busca de la salida que les habían señalado. Esperaron con el corazón en un puño y cuando ella al fin volvió a asomar la cabeza suspiraron aliviados. Sango había encontrado la salida.

- ¡Señorita Kagome!

El monje que había visto acompañándolos apareció a su lado con un niño aferrado a su hombro.

- ¿Disculpe?

- ¿Todavía no recuerda? ¡Es una lástima!- se lamentó- Aunque tal vez pueda ayudarla.

No lo entendió, pero sintió una mano acariciando su trasero y gritó.

- ¡Eh, monje pervertido!- le gritó Inuyasha a la vez que pellizcaba su mano- ¡No te aproveches!

- ¡Kagome!

El niño que estaba anteriormente subido sobre el hombro del monje se lanzó sobre ella y lo agarró asustada de que cayera. Cuando lo tuvo su alcance lo miró sin conocerlo, pero sabiendo que no podría abandonarlo. ¡Le encantaban los niños!

Fue difícil calmar a las masas para explicarles la situación. Las mujeres no dejaban de gritar y se mostraban más asustadas cuando los nuevos hombres intentaban interactuar con ellas para hacerlas entrar en razón. Se estaban poniendo realmente imposibles y estaba a punto de perder por completo la paciencia cuando localizó con la mirada a Chiyako y a Hitomi. Les explicó a ambas la situación a grandes rasgos y que necesitaban apurarse. Fue Hitomi la que se subió a la barandilla, siendo sujeta por ellas y habló. Todas las mujeres del lugar confiaban en Hitomi, en la primera, y escucharon sus palabras. Cuando terminó empezaron a gritar de nuevo, temiendo su destino incierto, pero ella logró volver a calmarlas y les pidió que obedecieran a Inuyasha.

Inuyasha fue rápido y certero en explicarse y señaló a Sango en el agua. Les dijo que ella ya había hecho la prueba y que fue todo un éxito. Pidió que las mujeres que supieran nadar se fueran lanzando mientras que las otras se apartaran en otro grupo. Esas fueron tirándose en grupos de dos para que Sango las ayudara. El demonio zorro que ella estaba abrazando anteriormente se convirtió en una bola enorme rosada y transportó sobre él unas seis mujeres que llevó hacia el agua. El monje también se lanzó para ayudar. Ellos dos se encargaron de imponer un poco de orden arriba y ayudar a todas a bajar.

A penas quedaban un par de mujeres más cuando todo el lugar tembló como si hubiera un terremoto y perdieron el equilibrio.

- ¡Tenemos que darnos prisa!

Ayudaron a las mujeres que quedaban a bajar y quedaron ellos dos solos. Nadie más volvería, eran los últimos en bajar. Se miraron cuando se encontraban justo en el borde del puente quebrado y se agarraron la mano.

- Juntos. – dijeron los dos al mismo tiempo.

Cuando salió a la superficie y pudo volver a coger aire, se encontraba en una diminuta charca en la que chapoteaban muchísimas mujeres. Inuyasha apareció a su lado con el flequillo cubriéndole los ojos. Ella se lo apartó amorosamente y se sonrieron victoriosos por hacerlo logrado. En la orilla, las mujeres que ya habían logrado salir ayudaban a las demás y ellos dos fueron los últimos en salir.

Había destrozado un kimono precioso y carísimo que se le estaba adhiriendo a la piel por la humedad, había destruido toda una dimensión y tenía a su lado al único hombre al que amaba. Sin duda alguna, ése fue un día productivo.

- Es un alivio volver a tenerte entre nosotros, Kagome.

Sango le dio un gran abrazo y se sintió en verdad querida.

- Aún no recuerdo pero lamento haberos preocupado y estoy deseando volver a recordarlo todo.

Justo en ese momento se escuchó el sonido de más cuerpos apareciendo en el agua. Se volvieron a tiempo de encontrarse con aquellos demonios con forma de lagarto que tanto los habían ayudado. Al principio, pensaron que eran enemigos pero finalmente, habían encontrado a unos buenos aliados en ellos. Les debían mucho.

- No sé cómo podríamos agradeceros vuestra ayuda. – fue el monje el que ejerció de diplomático-Sin vosotros jamás lo habríamos logrado.

- Odio admitirlo pero el monje tiene razón. – coincidió Inuyasha- ¿Hay algo que podamos hacer por vosotros?

- Hay una cosa. Nos gustaría que desaparecieran las señales de aviso.

Un demonio era un demonio al fin y al cabo.

- No nos mal interpretéis por favor. ¡No es para raptar, ni suplantar a nadie!- aseguró- En estos últimos veinte años aprendimos a vivir sin necesidad de eso.

- Entonces, ¿por qué queréis que hagamos eso?- preguntó la exterminadora.

- Porque nos vamos a sentir solos aquí.

Se le enterneció el corazón al escucharlo y miró a Inuyasha suplicándole que les concediera su deseo. Él afirmó con la cabeza y se cruzó de brazos.

Propusieron volver a la aldea, pero Hitomi pidió que esperaran y se separó del grupo para acercarse a la orilla de la charca. Ella se acuclilló elegantemente para estar a la altura del demonio e intercambió unas palabras con él. Los dos asintieron con la cabeza como si hubieran llegado a un acuerdo y se dieron la mano.

- Prometo que vendré a veros todas las semanas. – les prometió Hitomi.

- Te esperaremos Hitomi.

Y después de eso al fin se dirigieron hacia la aldea. Los parientes de algunas de esas mujeres seguramente continuarían con vida, pero la mayor parte de ellas se sentirían solas allí. Explicarían todo lo que había sucedido y que la cascada ya era un lugar seguro y encontrarían la forma de que esas mujeres se reincorporaran a la vida normal, recordaran o no su pasado. En muchos casos, lo mejor sería que no recordaran.

Rodearon la montaña y descendieron hacia la aldea. Todas las mujeres estaban muy emocionadas ante la idea de ser libres y de poder hacer lo que quisieran con su vida. Era como si al salir de esa dimensión, hubieran recobrado el sentido común y las ansias de libertad. Ella lo único que deseaba en ese momento era pasar el resto de sus días junto a cierto medio demonio. Ya no había angustia en su corazón, ni pesar y tampoco se sentía sola, ni con ganas de estarlo. Ahora tenía a Inuyasha.

Cuando apareció todo el grupo en los lindes de la aldea, los aldeanos dejaron sus tareas y se acercaron asombrados por tan extraño evento. Ahora bien, la noticia de que la pesadilla había terminado, cayó muy bien en toda la aldea.

- ¡Meiko!

Chiyako, quien estaba apostado justo a su lado, se volvió al escuchar que la llamaban buscando aquella voz. Su mirada se cruzó con la de un anciano que apenas podía mantenerse en pie con la ayuda de un bastón de madera. Ella lo miró fijamente como si no supiera qué hacer y de repente sus ojos se iluminaron como si acabara de recordarlo todo.

- Meiko… Me llamo Meiko… - sonrió- ¡Yoshiguin!

Se separó del grupo y corrió hacia él como alma que llevaba el diablo. Lo abrazó en cuanto lo tuvo a su alcance y los escuchó llorar a ambos.

- Llevo esperándote aquí sentado- señaló un taburete- veinte años, Meiko. Cuando aún era joven y podía andar te estuve buscando durante cuarenta años.

- No hables más, mi amor. – le tapó la boca con los dedos- Verte me hace tan feliz…

Eso sí que era inesperado. Debía ser duro volver de un largo cautiverio sin recuerdos y encontrarse con un hombre que llevaba sesenta años buscándola.

- ¿Recuerdas a nuestro hijo?

Un hombre anciano que debía ser ya abuelo se acercó a la pareja. Meiko lo estrechó entre sus brazos.

- ¡Takun!- lloró- ¿Cómo pude olvidarte, mi vida?

- Nadie me llamaba Takun desde que desapareciste, mamá.

Meiko asintió con la cabeza al escucharlo y le llenó la cara de amorosos besos maternales. Y pensar que Chiyako o Meiko, no sabía cómo llamarla entonces, era de las que no querían recordar.

- Mamá, quiero presentarte a mis hijos y a mis nietos.

Ellos se desviaron en ese momento pero pudo ver a Meiko rodeada de gente encantadora que estaba deseando conocerla y se sintió feliz por ella. La mayor parte de las mujeres no tenía ningún familiar conocido vivo pero muchas de ellas encontraron descendientes de sus hijos o hermanos. Vio a la misma Hitomi abrazando a su tatatatataranieta.

La llevaran a la posada en la que tenían un par de habitaciones alquiladas. Ella y Sango se dieron un largo baño en las aguas termales y se vistieron. En su mochila tenían un kimono tan extraño como el que llevaba puesto cuando apareció en la dimensión del shogun sin recordar nada. Ahora bien, al ponérselo recordó la sensación de comodidad y naturalidad que sentía al llevarlo. Se notaba que en verdad era suyo. Después, bajaron a comer arroz y pescado asado.

- Estoy deseando volver a tomar la comida casera de la señorita Kagome. – comentó el monje.

- Es cierto. Kagome, ¿cocinarás para nosotros cuando te encuentres mejor?

Sí que debía cocinar bien si se lo pedían así.

- Yo también estoy deseando volver a tomar la deliciosa comida de Kagome.

De repente, cuando el hanyou pronunció esas palabras en voz alta, la conversación se detuvo y tanto Miroku como Sango y Shippo se quedaron mirándolo fijamente. Ella no entendió lo que sucedía y continuó comiendo arroz sin perderlos de vista.

- Creo que Inuyasha tiene fiebre… - musitó el kitsune.

- Tal vez esté muy cansado por todas las emociones. – sugirió la exterminadora- A penas ha dormido desde que secuestraron a Kagome.

- O puede que haya aprendido un poco de cómo seducir a una mujer. – intervino el monje.

- ¿Qué os pasa?- se quejó- ¡Siempre me ha gustado la comida de Kagome!

- Eso es mentira. – le rebatió Shippo- Siempre te quejas y la molestas y eso por no hablar de cuando la dejas sola para ir a ver a Kikio…

- Shhhhhhhhhh.

Entre los tres agarraron al pequeño kitsune y le taparon la boca por haber dicho aquel nombre que habían acordado no pronunciar en presencia de Kagome. Se volvieron hacia ella para darle alguna explicación, pero Kagome tenía los ojos ocultos bajo su flequillo y jugueteaba con el arroz. Ella se levantó con los puños apretados y alzó la cabeza para mirarlos. Al instante supieron que recordaba absolutamente todo.

- ¡Inuyasha, siéntate!- el hanyou cayó al suelo destrozando la mesa y agrietando el suelo- ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntateeeeeeeeeee!

Cuando terminó el hanyou estaba fuertemente incrustado en la madera del suelo y gemía débilmente mientras que intentaba mover sus brazos para ayudarse a salir.

- Me alegra tenerla de vuelta señorita Kagome.

- ¿Quién iba a decir que sería tan sencillo hacerla recordar?- plantó el kitsune.

- Pero es un alivio que haya recordado.

Ella se disculpó y salió de la posada para caminar un poco mientras pensaba en lo sucedido, en todo lo sucedido. Cuando Inuyasha fue a buscarla, cuando él evitó la boda, fue como si ellos dos hubieran empezado de cero. Él se comportaba como si acabaran de conocerse y la había tratado de una forma cortés y educada que ella nunca antes había conocido. Él nunca mostraba su cara más dulce durante tanto tiempo. Sintió arder sus mejillas al recordar su primera aparición allí, su conversación con Sango, el beso que le dio y como ella se lanzó a sus brazos aún sin saber quién era. ¡Mentira! Ella sí que sabía quién era. Él era el hombre al que ella amaba.

- Kagome, ¿por qué has hecho eso?- escuchó a su espalda.

Ya estaba allí. Había llegado el momento de ajustar cuentas.

- Inuyasha, ¿todo lo que dijiste cuando yo no recordaba era cierto?

- Bueno, yo…- musitó.

- Ten cuidado con lo que dices porque ya no habrá vuelta atrás. – le advirtió- No podrás cambiar de opinión algún día.

No pensaba dejarle escapatoria al hanyou y tampoco hizo falta.

- Todo era cierto, Kagome. Lamento no habértelo dicho antes.

- ¿Y si Kikio vuelve algún día?- ese temor todavía la atenazaba- ¿Cambiarás de opinión? ¿Volverás a dejarme?

- Nada me haría cambiar de opinión, pero tengo que pedirte una cosa. – se puso serio- No podemos estar juntos,- estuvo a punto de gritarle- todavía. Naraku ya nos tiene en su punto de mira y si nos ve más cercanos de lo normal intentará chantajearnos.

Debió admitir que Inuyasha tenía razón en sus palabras.

- Cuando todo esto haya acabado, nos casaremos.

Ninguna otra cosa podría haberla hecho más feliz. Asintió con la cabeza con lágrimas en los ojos y cuando el hanyou le ofreció su mano aceptó y caminaron por la aldea juntos. No había división lo bastante grande entre demonios y humanos para separarlos. No había ninguna otra mujer u hombre que los distanciara. No había enemigo que pudiera aspirar a destruirlos. Inuyasha y ella estaban destinados a la eternidad y por fin lo sabía.

FIN