Bueno, ahora todos me diréis que soy una sádica, una bestia, y que me vaya a dar un paseo por un campo de amapolas a ver si así se me pasa el ataque este violento que me ha dado, pero no hay tu tía. VnikLord, te recomiendo coger un cojín o algo a lo que golpear, porque vas a querer matarme cuando termines de leer.
De nuevo, perdón por la brevedad. La uni me está matando T3T
Con las manos atadas
— ¿Sherlock?
Podía escuchar el sonido acelerado y medio difuso de una respiración acelerada en la distancia, reverberante contra el cristal.
— Sherlock, ¿estás ahí? — pregunté, inquieto. No tenía ni la más mínima idea de qué le habían hecho. El haber visto la fusta manchada de sangre no me aportaba ningúna pista. Eso podía haber sido solo una pequeña parte de lo que había pasado -. Por favor, dí algo. Lo que sea.
No escuché nada. Tal vez una tos, pero con la distancia y el eco, no fuí capaz de distinguir entre uno y otro. Esperé, sin nada más que hacer, empezando a encontrar la oscuridad tediosa y estresante. Mis ojos habían intentado adaptarse, y sin lugar a dudas veía ciertas cosas, pero no podía apreciar los detalles de aquello que tenía delante. Miré el techo y las paredes, en busca de una ventana que no había. Estábamos en la parte del casco, entonces. En una de las salas del motor, probablemente. Suficientemente alejada y ruidosa como para esconder los posibles gritos al resto de los tripulantes.
Empezaba a preocuparme en serio cuando escuché algo más parecido a una frase. Estiré la cabeza hacia la abertura de la pared, como si así pudiera ver por ella. Al estirarme, me moví inconscientemente, y la herida abierta de la pierna me ardió. Gruñí, apretando los dientes, y volví lentamente a mi posición inicial.
— Nunca volveré... a subirme en un barco...
— ¿Estás bien? —pregunté, esperanzado. Necesitaba seguir escuchando su voz para saber que, como mínimo, seguía consciente.
— He estado mejor...
El sonido de sus cadenas retumbó en una agudo gemido cuando se movió en la sala de al lado, y escuché un gruñido en forma de queja. Parpadeé, molesto por la oscuridad penetrante en la que nos habían dejado a ambos. Por los menos, yo no veía ni un miserable atisbo de luz a través de la rendija de respiración que nos habían dejado. ¿Sería ese su plan? ¿Dejarnos sin luz hasta que decidieran matarnos? No parecía tan terrible.
— ¿Se te ocurre algo para salir de aquí?
Sabía que las probabilidades de que pudiéramos escapar eran remotas, y mis propias posibilidades de supervivencia estaban muy por debajo de la media aceptable. Tanto porque no estaba en condiciones de correr, no digamos de un enfrentamiento directo, y porque la herida abierta se iba a infectar (si es que no lo estaba ya) porque no tenía acceso a los antibióticos del camarote que Mycroft nos había proporcionado. Si conseguíamos escapar, con toda seguridad, tendrían que amputarme la pierna. En el mejor de los casos, a la altura de la rodilla.
No obstante, la esperanza es lo ultimo que se pierde. Y estaba dispuesto a sacar a Sherlock de allí, aunque yo no pudiera. Siendo tan racional como era, esperaba que comprendiera que mis opciones eran nulas y que me ayudara a ayudarle. Si estaba en mi mano sacarle de allí, lo haría, sin importar el esfuerzo.
— John...
Carraspeé.
— Sé que es improbable... pero Dios, hemos hecho cosas más locas. Y de verdad que creo que puedes salir si...
— No voy a dejarte.
La rotundidad que imprimió en la frase me hizo estremecer. Apreté las manos en puños, intentando mantener la calma. Necesitaba que entendiera que solo él tenía una oportunidad, y no iba a rendirme hasta que lo aceptara. No quería morir pensando que había sido el responsable de su muerte, solo porque no hubiera querido abandonarme.
— Piénsalo. Utiliza ese intelecto tuyo. Sabes que yo... no voy a poder salir de aquí. No a menos que se pongan las pilas ¿Cual es la opción más lógica, Sherlock?
— No.
— Escúchame...
— No, John.
Tomé aire despacio.
— Pero entiendes que si hay una oportunidad, por pequeña que sea, te obligaré a aprovecharla, ¿verdad?
— ¿Y entiendes tú que desde esa habitación no puedes obligarme a nada, doctor Watson? No podemos salir de aquí. Ninguno de los dos. Las entradas están permanentemente vigiladas por los sicarios, las esposas no van a ceder, y aún no tengo información suficiente como para establecer un patrón de visitas en lo que respecta a la capitana. Podría presentarse dentro de dos horas o diez minutos.
El silencio reinó después de eso, y yo sentí como todo mi cuerpo se relajaba, presa de la derrota. había estado satisfecho pensando que por lo menos él iba a salir de ese lugar horrible. Para mí era suficiente con eso. No era como si me estuviera volviendo conformista debido a la situación en la que me encontraba, pero tampoco era como si debido a unas argollas de metal en las muñecas y un balazo en la pierna, fuera a convertirme de golpe y porrazo en el más negativo de los hombres. Sherlock siempre había dicho que yo era el optimista de los dos. En esa situación, las perspectivas no eran nada halagüeñas, pero si no mantenía mi rol, ¿qué me quedaba? No podía simplemente hundirme porque la situación no jugaba a mi favor.
— De todas formas, si alguien puede salir de esto con vida eres tú. Así que júrame que al menos lo intentarás. Júrame que si ves una posibilidad la cogerás y te irás.
Un nuevo ruido de cadenas. Creí escuchar un suspiro.
— El mundo no me necesita, John. Por Dios, soy un Detective Consultor. Ese trabajo ni siquiera existe. Me lo inventé yo, ya lo sabes. Nadie lamentará mi pérdida, créeme.
— Yo sí. Y Lestrade, y la señora Hudson. Y tu madre. Y Mycroft, aunque nunca te lo diga. Tú no viste lo que yo cuando te tiraste de aquella azotea, pedazo de idiota. Hasta Anderson se sentía mal. Puede que el mundo necesite un Detective Consultor, pero que aún no lo sepa ¿Vas a dejar que vivan en la ignorancia? Eso es tan poco propio de ti...
Oí como se reía.
— Ya viven en la ignorancia de forma habitual. No será un gran cambio.
Gruñí, exasperado ¿Era tan difícil hacerle entender algo tan simple?
— Júramelo, Sherlock.
— Está bien, John.
Cuando el equipo de la Policía Marítima regresó a comisaría para informar, Mycroft Holmes ya estaba que se tiraba de los pelos... metafóricamente. Nunca haría algo tan cutre como tirarse del pelo solo por estar estresado. Prefería pagar su frustración consigo mismo de una forma mucho más discreta. Esperó a que la patrulla de la Marítima llegara con la información y se la expusiera, tan paciente como podía estar. Lestrade había dejado la comisaría para ir a por u café a uno de los bares que habían visto en el puerto, porque según él el que servían en las máquinas de la central era asqueroso. A Mycroft no le importaba el puñetero café, pero prefirió no decir nada. Sabía que esa era la única manera que tenía Greg de no sentirse un completo inútil en aquel lugar. No le culpaba. Por lo menos él podía distraerse ligeramente con algo tan banal como ir a por un café.
El jefe de la patrulla que fue a inspeccionar el barco con los sensores térmicos dejó caer una carpeta llena de informes impresos sobre la sala de reuniones de la comisaría. Acababan de llegar, a juzgar por el intenso olor a mar que desprendían. A mar y a sudor. Echaba de menos Londres.
— Hemos pasado el sensor por todo el crucero —dijo, con un fuerte acento en su chapurreado inglés —, pero ha sido complicado. Había muchos puntos de calor... demasiados tripulantes a bordo, entre pasajeros y servicio. No obstante, hemos encontrado dos puntos calientes en la zona que se encuentra por debajo de la superficie —Mycroft alzó una ceja, esperanzado, cuando el jefe extendió un enrollado papel azul repleto de líneas blancas. Reconoció el plano del barco en él —. hemos solicitado los planos del modelo de crucero en el que van, y esto es lo que nos ha llegado. Si está estructurado según la legalidad y el sentido común, lo más probable es que se encuentren en la sala de máquinas, o en alguno de los módulos continuos. Sería un lugar muy fácil de vigilar, y también cómodo a la hora de... torturar. Los sonidos quedarían ahogados por las gruesas planchas que hay entre esa zona y la primera cubierta.
Mycroft tomó aire, aferrándose a su paraguas con fuerza.
— ¿Qué táctica sugiere? Es su terreno, al fin y al cabo.
El jefe de la Marítima cogió un rotulador negro, y marcó unos cuantos puntos. Mycroft se cernió sobre la mesa, observando los movimientos de la mano sobre el papel.
— Dependería de lo que sus hombres pudieran aguantar, claro. La mejor opción, la más segura, sería esperar a que atracaran o, como mínimo, hasta que estuvieran lo suficientemente cerca como para contar con apoyo de tierra y preparar una evacuación para los pasajeros en caso de que las cosas se torcieran. Una intervención inmediata sería realizable en cuarenta y ocho horas aproximadamente, aunque el riesgo aumenta. Por lo que nos ha proporcionado, necesitaran atención médica de forma inmediata, por lo que la planificación de dos días sería perfecta.
— ¿A partir de cuando empezaría el cómputo?
El jefe de la Marítima le miró.
— A partir de este preciso momento. Somos rápidos en estos casos. No es la primera vez que pasa algo así dentro de nuestras fronteras y, lamentablemente, no será la última. Nos pondremos a trabajar de inmediato.
Greg entró con los cafés justo en ese momento. El jefe se giró para mirarle, y mientras, Mycroft observó los planos dibujados que había hecho el Policía. Si lo estaba entendiendo bien (y por supuesto que lo entendía perfectamente), la idea era enviar un equipo encubierto para asegurar la cubierta mientras otro, de número mucho más reducido, entraba apara sacara a Sherlock y a John. Lo que no estaba seguro de que estuvieran teniendo en cuanta era el método de retención, y contra quién estaban jugando. Había tenido la suerte o la desgracia de conocer bastante a James Moriarty, y no le apetecía comprobar lo bien que había adiestrado a su hija. Y, aunque deseaba encarcelarla o neutralizarla como el que más, sus prioridades en ese preciso momento estaban en que tanto su hermano como el Doctor Watson salieran de ese barco lo antes posible, rápido y limpio.
Carraspeó y, cuando Greg dejó los cafés sobre la mesa, apretándole la mano en un pequeño gesto de simpatía que no le pasó desapercibido al portugués, éste se giró hacia Mycroft, todo seriedad y concentración.
— ¿Me permite hacer unas sugerencias?
— John, deberías descansar ahora que puedes.
La voz de Sherlock me sacó del estupor en el que estaba sumido. De vez en cuando iba moviendo la pierna para mantenerme despierto con el dolor. Tenía el sueño bastante ligero, fruto de los años en Afganistán, pero con la herida infectada y las primeras señales de fiebre en el cuerpo, no creía que fuera lo más apropiado del mundo. Además, quería estar consciente si cualquiera de ellos se acercaba a nosotros.
— Nunca creí que justamente tú me dirías eso.
— Pues ya no necesitas creerlo. Estoy aquí y te lo estoy diciendo: descansa.
Negué con la cabeza antes de darme cuanta de que no podía verme.
— Quiero estar despierto. No quisiera pasar mis últimas horas durmiendo, si te soy sincero.
Soltó una risita entre dientes.
— Tan optimista como siempre, Watson —se burló, aunque había un deje de dolor en su voz. No un dolor emocional, sino uno físico. me pregunté por sus heridas, y por cómo estaría. Esta vez no se había ofrecido a adarme un diagnóstico —. John, nunca te lo he preguntado, pero ¿crees que hay algo... después? De morir, me refiero.
Apoyé la cabeza en la tubería tras de mí, cerrando los ojos y soltando un suspiro. Lo último que me apetecía era hablar de metafísica y religión co el ser más científico del mundo, pero era una buena forma de mantenerme despierto.
— Hubo un tiempo en que creía, sí. Pensé que había un Dios ahí fuera, en alguna parte, cuidando de nosotros. Que todo pasaba por un motivo que, aunque no viéramos... estaba ahí. Y que algún día, las cosas malas tendrían sentido. Pero he visto demasiadas cosas horribles en mi vida como para pensar eso. Aunque bueno, no puedo evitar pensar que la gente buena tiene una recompensa al final de todo... supongo que siempre habrá una parte de mí que cree en a justicia —contesté, empezando a sentir los brazos agarrotados de estar en esa posición —. Quizá solo es que tengo miedo de que todo se acabe, y que el sufrimiento y todo lo que he pasado no haya servido para nada en absoluto.
No sé por qué intentaba perder mi tiempo explicándole esas cosas a Sherlock. Él sería incapaz de comprender el simple hecho de que alguien necesitara creer que un orden superior controlaba su vida. O de algo tan simple como la existencia del cielo y el infierno. Eran conceptos demasiado abstractos para él, o al menos lo parecían.
— Yo nunca he creído en nada que no fuera científicamente comprobable. Nada que no pudiera experimentar. Intenté meterme en ese tren una vez, pero encontré que era un callejón sin salida, y que una vez entrabas, salir era complicado. Pero sinceramente espero que tengas razón, John, aunque sea solo esta vez. Ojalá haya algo más después, porque espero verte allí. No creo que vaya al lado de los buenos, de todas formas, pero...
— Encontraría una forma de colarte, sin duda.
— Seguro —dijo, medio divertido.
— No cuestiones mis métodos, Holmes.
Escuché como iba a añadir algo, cuando el chirrido de la puerta al abrirse me alertó. Me puse todo lo en guardia que me permitía mi posición cuando vi sus figuras recortadas bajo el dintel de la puerta pasar de largo hacia la habitación de Sherlock.
— Oh, ¿de nuevo aquí? Me honras, Elisabeth —apreté los labios, pensando que, si sobrevivíamos, tendría que hablar con él seriamente a cerca de por qué es una buena idea no provocar a la persona que puede desmontarte en cachitos diminutos durante un cautiverio. Escuché en silencio —. Vendarme los ojos. Ya. Eso está tan visto...
— Traedle.
Me alarmé. Iban a venir, y yo sin poder moverme por la maldita pierna. Intenté colocarme en una posición en la que pudiera pelear cuando me soltaran. Si había entendido bien, iban a soltarme para llevarme a la habitación de Sherlock. De tener mi pierna en buenas condiciones, seguramente eso habría sido una gran noticia. Ahora... era simplemente una señal de "inténtalo".
Cuando entraron los sicarios en el cuarto, encendiendo la luz, me hice el desmayado. Era una técnica arriesgada, pero podía funcionar. Esperé hasta que se acercaron. Uno de ellos me sujetó los brazos mientras el otro me soltaba una de las esposas para poder trasladarme y que la cañería no estorbara. Esperé, aguantando la presión, intentando que mi respiración fuera lenta y acompasada, la propia de alguien inconsciente, y ralentizar mis latidos. Tenía solo una oportunidad para hacerlo bien. Si fallaba, a la siguiente tomarían muchas más precauciones.
Tan pronto como sentí el peso de la cadena que unía las esposas tocarme la piel de la muñeca, dejé caer el pie izquierdo al suelo, y me puse en pie de un bote. Con las esposas, golpeé a uno de ellos en la cara, haciéndolo retroceder, y aproveché para clavar el codo en su estómago. El primero se incorporó y me impulsé en mi pierna, a la pata coja, para darle un rodillazo con la derecha. Agarré uno de los palos alargados que había junto a la pared, y con un gruñido, aticé al primero en la cabeza con tanta fuerza que probablemente lo había matado. No me importó. Me giré para encarar al siguiente, pero agarró la barra al mismo tiempo que yo. Forcejeamos unos instantes, antes de que recordara que contaba con su peso a mi favor. Me desvié a un lado, dejándome caer sobre el costado izquierdo, y empezaba a saborear la libertad cuando noté el filo de un cuchillo en mi garganta. Me detuve en seco, sintiendo como la sangre me huía de la cara y de las extremidades. Unos dedos se hundieron en mi balazo. Grité.
— No se mueva, doctor. Eso ha estado muy feo. Venga conmigo o rajaré ese bonito cuello y se acabará la diversión.
Sentí el cuerpo de la capitana Rogers tras el mío, insultantemente alto, casi como el de Sherlock. Sus manos estaban ásperas al contacto donde la que sostenía el cuchillo rozaba la piel descubierta de mi clavícula. Sentí como me arrastraba, y tastabillé, sintiendo el cuchillo cortar la piel. Siseé.
— Con los dos pies, Johnny. No queremos accidentes.
Hice lo que me dijo, y sentí el músculo arder cuando hice presión sobre él. Iba a perder pie cuando apreté los dientes y me dejé arrastras hacia atrás. Entramos en un cuarto muy parecido al que yo había estado ocupando. Sherlock estaba sentado en una silla, sin camisa, con las manos atadas por delante a un pilar más alto que cualquiera de nosotros. No un pilar. Una columna de metal, grande como una viga. Tenía el torso descubierto, y su espalda, de lado, sangraba, con heridas cuadradas y rectangulares, algunas incluso triangulares, piezas de piel en carne viva. Apreté los puños, deseando revolverme y matar a la capitana, pero el cuchillo en mi cuello podía más. Me mataría antes de que pudiera hacer algo que mereciera la pena. Sherlock estaba lo suficientemente cerca de mi como para tocarle si estiraba la mano.
Ya no me estaba manteniendo vivo por mí, sino por Sherlock. Me mantenía vivo para buscar darle una posibilidad.
— ¿Elisabeth? ¿Te cansas tan pronto? —preguntó Sherlock. Llevaba una venda gruesa en los ojos, improvisada con un paño manchado con aceite de motor, o algo que se le parecía mucho. Su respiración estaba acelerada, pero su todo de voz parecía estar calmado. Yo sabía que había auténtica preocupación.
— Te he traído compañía, Holmes. Tu doctor se ha portado muy mal. Ha matado a uno de mis hombres, y herido al otro —chasqueó la lengua con desaprobación, y sentí sus manos en mis hombros, mientras el cuchillo no abandonaba mi cuello —. Toma asiento, Johnny. Te noto fatigado —gruñó, empujándome hacia abajo. Mi culo chocó con una silla de metal, dura y fría, y gruñí por lo bajo. Tiró de mis esposas y me ató a la silla. Intenté moverme, tirarla y rodar, pero estaba soldada al suelo o algo porque no se movió ni un centímetro. Forcejeé un rato más, hasta que me di cuenta de que era completamente inútil.
— ¿John?
Sherlock giró la cabeza en todas direcciones, intentando ubicar mi posición.
— Estoy aquí. Delante de ti.
Un golpe de algo seco cayó sobre mi herida y contuve un grito, lo que hizo que Sherlock se tirara hacia adelante, por impulso, quedando colgado de las esposas.
— No, Johnny. Nada de pistas. Holmes está castigado. No puedes hablar con él.
Miré al frente, a donde estaba Sherlock. Cuando la capitana salió de detrás de mi, y vi la maldita fusta en su mano. Caminó hasta una especie de mesa, y dejó la fusta. Jugueteó con el cuchillo, y de su cinturón sacó una pistola. Me tensé cuando apuntó a Sherlock, retirando el seguro.
— ¡Espera! ¿Qué quieres? —pregunté, intentando ganar algo de tiempo.
Elisabeth sonrió, sin dejar de apuntar a Sherlock, que intentaba averiguar qué estaba pasando. Yo no podía dejar de mirar la pistola, apuntándole.
— ¿Querer? Yo no quiero nada, Johnny. Solo pasar el rato.
Se acercó a Sherlock, y apoyó el cañón de la pistola en su sien, tumbándole la cabeza ligeramente. Sherlock contuvo el aliento, y yo con él. Se me paró el corazón.
— No es por provocar, pero si lo que quieres es pasar el rato, dispararle en la cabeza no va a ser muy efectivo —intenté, necesitando que alejara el arma de él. Pareció pensárselo, porque al final guardó la pistola. Vi como Sherlock tomaba aire y volvía a buscarme con la mirada atrapada por la venda.
— Tienes razón, doc.
Suspiré cuando, increíblemente, se sacó un cigarrillo y un mechero de la chaqueta, y se puso a fumar. Increíble pero cierto.
Luego, observando la llama prender el tabaco, y el humo elevándose, supe que no había nada bueno en que un interrogador o un torturador se pusiera a fumar. Cosas malas pasaban cuando había fuego de por medio.
— Me han dicho que te gusta fumar, Holmes. Fumar mata, ¿lo sabías?
Sonrió.
— Algo he oído, sí.
Algo estaba mal en la forma en la que Elisabeth sonreía. Algo que me recordaba muchísimo a su padre y que me hacía querer poner pies en polvorosa, alejarme lo más rápido y lo más lejos posible entre ella y yo. Cuanta más tierra de por medio, mejor.
Dio una calada, soltando el humo frente a Sherlock, que aspiró, probando.
— ¿Malboro? Me parecías más de Lucky Strike... —dijo Sherlock.
— Es una confusión comprensible.
La capitana bajó el cigarrillo, y lo presionó suavemente contra la piel del hombro de Sherlock. Él apretó los dientes, con el cuerpo en tensión, reprimiendo un grito cuando la punta encendida tocó la carne. Me removí con más fuerza, viendo como iba de camino a repetir el proceso.
— Moriarty no fumaba, pero encontraba el humo fascinante, ¿sabías? Y a veces, cuando estaba aburrido, jugaba conmigo y los cigarrillos. Toda mi espalda es un puto mapa por su culpa, Holmes. Y tu eres exactamente igual que él. Tratas a la gente como mierda, como algo que poder usar y luego romper. Crees que el mundo es tuyo por ser más listo que los demás, pero no es cierto. Eres un jodido psicópata —rugió, poniendo de nuevo la punta del cigarro sobre la piel de Sherlock de nuevo.
No entendía a qué venía todo aquello. Parecía que tenía un patrón de conducta, que aquello era simplemente por venganza por haber arruinado sus contratos, pero era tan voluble de carácter, que me hizo pensar si el único motivo por el que nos tenía vivos, era porque Sherlock, de alguna manera macabra y extraña, estaba asociado con su padre en su cabeza. Llegué a pensar que incluso estaba sustituyendo el lugar de Moriarty por el de Sherlock, descargando su ira sobre él con el pretexto del tráfico y el espionaje, pero no encajaba. Era como si ella misma no pudiera separar en cajas mentales el odio por su padre y el cabreo por que habíamos arruinado su negocio. Y su forma de llamarme me desconcertaba, también. A veces era Doctor Watson, y otras simplemente era Johnny.
Y luego estaba Sherlock, con esa extraña tendencia de llamarla por su nombre, repitiéndolo una y otra vez, con cualquier excusa. Su promesa de que no volveríamos a vernos, pero sin embargo aquí estábamos. Algo no estaba bien en todo eso. Algo más a parte de que nos estaba torturando. Empecé a repasar todo lo que sabía de medicina. No era un psicólogo, pero tenía algunas nociones de investigaciones que hice durante la carrera, y aquello parecía un problema mental.
La solución vino a mi en forma de libro de trastornos de la biblioteca de la universidad.
Trastorno disociativo de la personalidad.
La capitana Rogers tenía doble personalidad. Como mínimo.
— Elisabeth — dije, intentando sonar calmado. Tal vez lo que Sherlock había estado haciendo todo ese tiempo era apelar a una de las personalidades. La menos violenta, seguramente. Quizá entre dos lo consiguiéramos —. Elisabeth, ¿qué piensas hacer conmigo? Si lo que quieres es pasar el rato, y aquí sí que te aconsejo, deberías darme antibióticos o algo, o no llegaré a mañana.
Eso pareció distraerla de su tarea de quemar a Sherlock con el cigarrillo. Sherlock tenía la cabeza colgando, jadeante y dolorido. Sus hombros y su pecho estaban cubiertos de quemaduras circulares, pequeñas y rojas. No me atreví a contar cuantas.
— No se meta en esto, doctor Watson. No va a conseguir que le suelte otra vez. Mientes.
Negué con la cabeza, y vi como Sherlock alaba la cabeza en mi dirección, como si así pudiera ver mi expresión.
— Toma mi temperatura. Te apuesto lo que quieras a que estoy cerca de los cuarenta. Y con la herida infectada como está por el alcohol de ayer, si estoy consciente tres horas más22, será una suerte. Voy a morirme, Elisabeth. Y no podrás seguir con tu juego.
Algo cambió en su cara por un momento, y pensé que lo estaba consiguiendo, cuando dio un grito, tirando el cigarrillo y pisoteándolo. Se acercó a mí, furiosa, con las mejillas rojas.
— ¡No vas a jugar conmigo, Johnny! ¡YO TENGO EL CONTROL AQUÍ! —bramó. Sus manos se cerraron sobre mi cuello, y sus pulgares me apretaron la tráquea. Luché por respirar, intentando mantener los músculos del cuello hinchados para contrarestar sus pulgares presionando, pero podía notar la presión creciente en mi cabeza — ¡YO TENGO EL CONTROL!
Intenté respirar, moverme, pero no fui capaz de deshacerme de su agarre, sus uñas clavándoseme en la piel. Empece a notar como la consciencia me abandonaba rápidamente, cuando sus manos dejaron mi cuello. Tosí, respirando a grandes bocanadas, reprendiéndome mentalmente por haber intentado semejante estupidez, y cuando mis ojos se adaptaron de nuevo, vi que estaba cortando la piel de Sherlock con el cuchillo en tajos uniformes y controlados, demasiado para el estado que reflejaba su cara.
— ¡Tú no tienes permiso para hablar! — gruñó, entre dientes. Sherlock tenía la mandíbula apretada y los músculos de los brazos tensos de sujetarse de las cadenas mientras el filo del cuchillo cortaba la carne de la espalda — Voy a hacerte sangrar, Holmes. Voy a ver como toda la sangre que tienes en el cuerpo sale de tus venas, gota a gota. Y será lo suficientemente lento como para que tengas tiempo de ver a tu doctor morir.
Su tono de voz me puso los pelos de punta, y estuve a punto de ponerme a gritar para llamar su atención y separarla de él, cuando la puerta se abrió.
— ¡Capitana! ¡Hay problemas fuera!
El grito de frustración que dejó escapar Rogers me heló la sangre. Tiró el cuchillo con una escalofriante precisión, clavándolo al otro lado de la habitación, antes de salir hecha una furia de allí. Sherlock jadeaba, y con cada respiración, brotaba más sangre de su espalda. La puerta se cerró tras nosotros, y volví a forcejear. Con el primer golpe, una de mis manos se movió, rozando contra el acero de las esposas. Abrí los ojos de golpe.
Teníamos una posibilidad.
Lo sientoooooo!
Nos vemos la semana que viene!
MH
