¡YAHOI! Bueno, qué de tiempo sin pasarme por Hijos de la yakuza. ¿Qué? ¿Habéis sido niños buenos en mi ausencia? ¿O voy a tener que sacar la zapatilla por si alguno se me ha desmandao? (?).

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertencen, son propiedad de Masashi Kishimoto. Lo mismo para Yakuza, cuya autora principal es Ivorosy. Gracias infinitas por dejarme hacer esto.

(Por cierto, tenéis plena libertad para ignorarme. A estas horas ya no soy persona).


XI. Aclarando las cosas

―¡Quiero que busquéis en todas partes, en todos los rincones, hasta en los vertederos, si hace falta! ¡No quiero que dejéis piedra sin levantar! ¡Echad mano de vuestros conocidos y amigos, familiares y todo aquel que sepáis que os va a ayudar o que os deba un favor! ¡Amenazad, incluso, si es necesario! ¡Pero quiero que traigáis a mi hijo sano y salvo, ¿entendido?! ¡Cómo me entere de que sufre algún daño estando con alguno de vosotros o que no os tomáis en serio esta tarea, ateneos a las consecuencias!―Naruto levantó uno de sus meñiques, dando a entender lo que les ocurriría como se les pasara por la cabeza ignorar sus órdenes.

Algunos de los hombres del clan Uzumaki tragaron saliva y escondieron las manos en los bolsillos.

―¿Alguna idea de dónde puede haber ido, jefe?―preguntó la voz seria de Konohamaru.

Naruto lo pensó unos segundos y luego negó, suspirando.

―Desgraciadamente, no. Por eso quiero que busquéis por todas partes. ¡Vamos, moved esos culos! ¡¿A que estáis esperando?!―Todos empezaron a moverse, saliendo en tropel de la sala y a todo correr. Omoi, Karui y Konohamaru se quedaron un tanto rezagados, fingiendo que comprobaban que llevaban sus armas y sus móviles.

Pero los tres se acercaron a la vez a su jefe, quién ya se encontraba de nuevo al lado de Hinata, abrazándola en un vano intento por consolarla.

―No se preocupe por nada, jefe―dijo Karui. Miró entonces fijamente para Hinata, sintiendo la compasión invadirla al ver el dolor desgarrador en su níveo rostro. Aquel debía de ser el amor de una madre que amaba con todo su ser a su hijo―. Lo encontraremos―le dijo, mirándola fijamente. Hinata levantó la cabeza y la miró, con los ojos llorosos y los mocos saliendo de su nariz.

―Tiene razón, señora. Lo encontraremos―ratificó Konohamaru.

Hinata tragó saliva y asintió, incapaz de hablar o de decir nada más. Omoi fue algo más atrevido, acercándose a ella y dándole un apretón en el hombro.

―Confía en nosotros, Hinata. Lo encontraremos. ―Los labios femeninos temblaron. Los tres subordinados de Naruto salieron por fin de la sala, dejando a la pareja sola.

Naruto abrazó entonces más fuerte a Hinata, arrastrándola hasta tenerla sentada sobre su regazo. Sollozando de impotencia y de preocupación, Hinata se hizo un ovillo sobre su pecho, aferrándose a su camiseta y hundiendo el rostro en la áspera tela. Naruto le acarició la espalda arriba y abajo, lenta y suavemente, mientras le susurraba palabras tranquilizadoras en su oído.

―Tranquila, Hina, tranquila. No te preocupes, seguro que está bien. Es nuestro hijo, al fin y al cabo. Es listo y fuerte, sabe defenderse, no le pasará nada, de veras. Estará bien y volverá sano y salvo. Te lo prometo… ―Hinata hipó, rodeando el cuerpo masculino con sus brazos.

―L-lo siento… ―Naruto arqueó una ceja sin dejar de abrazarla.

―¿Por qué lo sientes, mi amor?

―To-todo esto es c-culpa mía―farfulló entre sollozos. Naruto la apretó con más fuerza contra él.

―No digas eso, Hina. Ni se te ocurra pensarlo siquiera. Nada es culpa tuya. Nada, ¿me oyes? Tú lo has hecho todo bien, he sido yo el que lo ha jodido todo, para variar… ―Hinata se separó de su pecho y se limpió las lágrimas con el brazo, al tiempo que negaba con la cabeza.

―N-no es verdad. No quieras hacerme sentir mejor… E-era mi responsabilidad… Boruto era mi responsabilidad y y-yo… l-lo he estropeado todo… ―Naruto le puso las manos en los hombros, clavando sus intensos ojos azules en ella.

―Hinata, escúchame y escúchame bien, grábate esto en la cabeza: tú-no-tienes-la-culpa-de-nada. Eres una mujer maravillosa y la mejor madre del mundo. No querría a ninguna otra como la madre de mis hijos. No habría escogido a nadie que no fueras tú para compartir mi vida. Te amo. Y sé que amas a nuestros hijos. No necesito más. ―Hinata sollozó nuevamente, hipando.

―Na-Naruto… ―Tragó saliva, cerró los ojos, respiró hondo y, cuando lo miró de nuevo, ya estaba más calmada. Sus palabras la habían tranquilizado. Elevó las manos hasta posarlas en las bronceadas mejillas y acunó su rostro con cariño. Se acercó para besarlo dulcemente en los labios. Naruto apretó la cintura, correspondiendo la tierna caricia―. Por favor, encuentra a nuestro pequeño. ―Él sonrió.

―No lo dudes, mi amor. Lo encontraré y lo traeré a casa sano y salvo. ―Hinata asintió y se desplazó al otro lado del sofá para dejarlo levantarse. Naruto se inclinó hacia ella para darle un último beso antes de sacar el móvil y empezar a hacer llamadas mientras se dirigía a la puerta de la casa.

Llamó a todo aquel que se lo ocurrió: amigos, aliados, conocidos, y también a aquellos que le debían favores. Movilizó a todos los que sabía que iban a responder su llamado, sin olvidarse, por supuesto, de sus más cercanos, como Shikamaru y, por supuesto, los Hyūga.

Neji y Hanabi no dudaron ni un momento en levantarse de sus camas y en prestarle su total cooperación y apoyo.

―Enviaremos a todos nuestros hombres. Coordinaremos una búsqueda con la policía de aquí de la zona, tenemos algunos infiltrados y a algunos de los jefes en nómina… Neji saldrá también a buscarlo. Lo encontraremos, Naruto―le dijo su cuñada, mientras por detrás se escuchaba la grave y autoritaria voz de Neji, dando órdenes―. ¿Cómo está mi hermana?―preguntó la joven, tras un segundo de silencio.

―No muy bien, como imaginarás―le dijo él, sin dejar de conducir con la otra mano, escudriñando la oscuridad de las calles en busca de una alborotada cabellera rubia. Algunos vehículos que tenía detrás le pitaron por lo lento que iba, pero los ignoró olímpicamente―. Se culpa, Hanabi. Ya sabes cómo es… ―suspiró él.

―Ella no tiene la culpa de nada. Espero que se lo hayas dejado claro. ―A pesar de las circunstancias, Naruto sonrió por la leve nota amenazante en la voz de su cuñada.

―Por supuesto que sí… ―Sus ojos azules toparon con las luces de neón de un salón de videojuegos y una bombillita se le encendió en la cabeza. A Boruto le gustaban los videojuegos, ¿no? Igual que a él a su edad. Y los salones que ofrecían ese tipo de entretenimiento habían sido un refugio para él cuando era adolescente―. Hanabi, tengo que dejarte.

―Sí, claro. No te preocupes por Boruto. Aparecerá. ―Naruto paró el motor y asintió.

―Gracias, Hanabi.

―No hay por qué darlas. Se trata de mi sobrino. Cuida… cuida de Hinata.

―Lo haré. ―Cortó la llamada tras una breve despedida y salió del coche, guardando las llaves en el bolsillo del pantalón.

Se dirigió a toda prisa al salón de videojuegos y entró. Las potentes luces del lugar y de las diferentes pantallas lo cegaron momentáneamente, y tuvo que parpadear hasta que sus pupilas se acostumbraron. Empezó a caminar entonces entre las distintas máquinas, escrutando a los escasos jóvenes que allí había, buscando el rostro níveo y ovalado de su primogénito.

―Señor, ¿puedo ayudarlo?―Uno de los encargados del establecimiento se acercó a él, haciendo que diera un respingo. Estaba tan concentrado en lo suyo que ni lo había sentido acercarse.

El empleado tenía una sonrisa tensa y Naruto comprendió lo que el muchacho debía de estar pensando. Antes de que se hiciera una idea equivocada, sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón y extrajo de su interior una foto de Boruto, dónde aparecía mirando sonriente a la cámara.

―Estoy buscando a mi hijo―dijo, enseñándole la fotografía al dependiente. El chico la tomó con algo de reticencia―. Es rubio… de ojos azules, como yo, pero de piel más blanca, eso lo sacó de su madre… también tiene dos marcas muy distintivas en sus mejillas… ―Respiró hondo―. Discutimos y se ha escapado de casa. Estamos muy preocupados… Si lo ha visto… ―El muchacho cambió su expresión recelosa por otra comprensiva. Aquel hombre se notaba preocupado por la desaparición repentina de su hijo. Y él que había pensado que se trataba de un pervertido… ―Tiene catorce años y no es muy alto para su edad, pero es espabilado, mucho y… ―El dependiente miró para la instantánea, intentando recordar si aquella noche había entrado algún adolescente que cuadrara con esa descripción.

―Lo siento―dijo al fin, tras varios minutos de silencio. Le devolvió la instantánea a su dueño, quién suspiró, resignado―. Pero, si me deja su número, le avisaré enseguida si lo veo… ―El rostro de Naruto se iluminó.

―¿De verdad lo haría? ¡Muchísimas gracias! ¡Tenga!―Escribió en un trozo de papel que encontró en un bolsillo con el boli que el chico le tendió el número de su móvil―. Si lo ve, llámeme enseguida, por favor. No importa la hora que sea, de veras. ―El dependiente tomó el papel y lo metió en el bolsillo trasero de su pantalón, asintiendo.

―Se lo aseguro. Y… no se preocupe, seguro que el chico está bien. Y seguro que ahora mismo ya está volviendo arrepentido a casa―le dijo, con una sonrisa tranquilizadora―. Se lo digo por experiencia. ―Naruto intentó devolverle la sonrisa.

―Ojalá sea cierto―susurró, antes de despedirse definitivamente del encargado de la sala de videojuegos.

Volvió a salir a la calle y el frío nocturno le impactó en el rostro. Dio una bocanada de aire, dejando que el frescor le aclarase las ideas. Luego se volvió a meter en el coche y siguió con su búsqueda.

Tenía que encontrar a Boruto. Pronto.

No se lo perdonaría jamás si algo le ocurriera.


En la residencia Uzumaki, Hinata había quedado a solas con Himawari. A pesar de que se habría sentido más cómoda en su habitación o en la de su hija, fuera de la vista de ojos ajenos, los pocos hombres que se habían quedado encargados de su seguridad habían insistido, con mucho tacto, en que se quedara exactamente donde estaba, en el salón.

Observó para Himawari, quién, ajena a todo lo que había ocurrido en las últimas horas, moldeaba un trozo de goma eva. En un intento por distraerla y por distraerse ella misma, Hinata había ido a buscar algo que haría a Himawari concentrarse y no ponerse a pensar sobre la repentina ausencia de su hermano.

―Mami, ¿me ayudas con el lazo del vestido?―Hinata sonrió algo forzosamente y tomó el trozo de goma que su hija le tendía. Era de color rosa. Lo manipuló hasta conseguir hacer la forma de un lazo, pegado a un vestido del mismo tono rosado―. Va a ser la muñeca más bonita del mundo. ―Hinata le devolvió el lazo a la niña, quién seguía a lo suyo, ahora con el ceño fruncido, mirando con detenimiento para el kit de "Construye tu propia muñeca", cuyo contenido estaba esparcido por todo el suelo.

Era consciente de que aquel tipo de cosas era más bien para niñas más pequeñas que Himawari, quién ya tenía doce años. Pero Hinata había querido explotar el lado infantil de su hija todo lo humanamente posible. La infancia era una época que no duraba mucho y, dada su nefasta experiencia de niña, había luchado contra el hecho de que sus hijos crecían cada vez más rápido para que pudieran disfrutar todo lo más posible de ser, simplemente, niños. Felices, despreocupados…

Un carraspeo llamó su atención y Hinata se giró, levantando al tiempo la cabeza. Se puso inmediatamente al ver a Sai, quién tenía los labios apretados y sujetaba con suavidad pero con firmeza el brazo de Inojin. El adolescente se miraba las puntas de los pies, y un rubor teñía su piel blanca. También distinguió rastros de lágrimas en sus mejillas y la compasión la invadió.

―Sai…

―Señora, he venido a presentarle mis disculpas personalmente. Lo que ha ocurrido ha sido responsabilidad mía. Le prometo que no volverá a ocurrir.

―No es necesario que- ―empezó ella. Pero Sai tensó aún más la mandíbula.

―Con todo respeto, señora, creo que sí es necesario. ―Hinata pasó la mirada del adulto al chico, y suspiró, intentando que la sonrisa que quería tirar de sus labios no asomara a los mismos.

Sai estaba siendo excesivamente formal, queriendo darle una lección a su hijo. Que todo acto tenía sus consecuencias, y que si estas resultaban ser malas, lo correcto era afrontarlas, como un hombre. Ah, la mente masculina. Suerte que ella sabía cómo funcionaba.

Adoptó ella entonces también un aire regio, irguiéndose todo lo que su altura le dio y echando los hombros hacia atrás.

―Entiendo que lo que ha pasado ha sido un tremendo error, ¿verdad? Inojin no pretendía causar problemas. ―Miró directamente para el chico, penetrándolo unos segundos con la mirada.

Inojin se removió, frotándose un pie contra la pantorrilla del contrario.

―Inojin―llamó su padre, empujándolo ligeramente hacia delante, apremiándolo a que contestara a la señora de la casa.

El adolescente encogió los hombros e hizo una reverencia torpe, evidenciando así la tensión que le atenazaba el cuerpo.

―Lo… lo siento, mucho, señora. De verdad. No sabía… no sabía que Boruto ni siquiera lo sospechaba… yo… no pretendía… ―Hinata asintió, todavía seria.

―Lo sé. Y Naruto también, estoy segura, pero tendrás que volver a disculparte con él en cuanto te sea posible. ―Aquella posibilidad pareció aterrar a Inojin, porque notó como la delgada figura del muchacho temblaba mientras se incorporaba.

―Lo hará, señora, yo mismo me encargaré. Inojin―dijo, dirigiéndose ahora a su hijo―. Termina de recoger tus cosas. Te llevaré a casa de tu madre. ―No hizo falta que se lo repitieran dos veces: salió prácticamente escopetado hacia los aposentos de su padre, donde normalmente dormía cuando iba a la casa Uzumaki de visita.

En cuanto salió por la puerta, Sai dejó que la tensión se disipara de sus músculos. Volvió nuevamente a mirar a Hinata, con el arrepentimiento en sus ojos negros como el carbón.

―Lo siento, Hinata, de verdad. No pensé…

―Está bien, Sai. Lo hecho, hecho está. ―Luego, clavó la vista en la puerta por la que Inojin había desaparecido momentos antes―. Se parece a ti, menos en el pelo y los ojos. ―Un destello de orgullo asomó a los orbes oscuros de Sai.

―Sí, ¿verdad? Tiene mi tono de piel y sus rasgos son los míos, también ha heredado mi talento para el dibujo, aunque no lo parezca… ―Hinata no pudo evitar que se le escapara una risita. Se tapó la boca al ver cómo los pómulos de Sali se teñían de un leve rubor. Caraspeó―. Si no me necesita para nada más…

―Es un buen chico, Sai. Estoy segura. ―Sai suspiró y asintió, hundiendo un tanto los hombros.

―Hago lo que puedo, pero a veces me da la impresión de que no es suficiente. Su madre tan solo me permite tenerlo conmigo un fin de semana al mes, el resto del tiempo tengo que limitarme a visitas esporádicas cuando puedo… ―Hinata sintió empatía; la historia de Sai se parecía mucho a la suya propia con Naruto, con la diferencia de que Sai, por vivir en la misma ciudad, tenía, quizás, más oportunidades de estar con Inojin que el propio Naruto hasta hacía unos meses.

―Seguro que su madre es una mujer comprensiva―dijo, en tono suave, tocando el brazo de Sai en un acto de entendimiento.

Sai sonrió, triste. No una sonrisa falsa ni fingida, sino una sonrisa triste de las de verdad.

―Al menos, tengo la suerte de que me deje verlo siempre que mis obligaciones me dejan tiempo, y que el jefe también es bastante comprensivo a ese respecto. Tal vez… porque él y yo vivíamos una situación parecida. ―Miró para Hinata y esta tragó saliva, sintiendo como la culpa quería volver a invadirla.

―¿Puedo preguntar… quién es su madre? Tal vez, yo podría hacer algo, interceder por ti… Estoy segura de que si le hablo de madre a madre… ―dijo, queriendo con todas sus fuerzas ayudar a Sai.

Sai la miró fijamente durante varios segundos en silencio, como sopesando sus palabras, intentando averiguar si lo decía en serio o no.

―¿Lo dices de verdad? ¿Harías eso por mí… por nosotros?―Hinata sonrió.

―Claro. Durante estos últimos días he aprendido… he aprendido que un hijo necesita de una madre, sí, pero también de un padre―contestó, en un tono triste que le llegó al alma a Sai.

El pelinegro se atrevió a poner una mano en su hombro y apretárselo, en un gesto de consuelo.

―Hinata, lo hiciste lo mejor que pudiste y supiste, dadas las circunstancias. Eras joven, más que le jefe y… con el tiempo, he llegado a entenderlo, aunque no te lo creas. Pero no podía perdonarte, ninguno podíamos. Te entendíamos, pero tú no sabes… no tienes ni idea de lo devastado que se quedó Naruto. Era como si hubiera muerto en vida. Siempre anheló tener una familia y, de pronto, cuando tenía su sueño hecho realidad al alcance de la mano… va y todo se derrumba de un día para otro. Fue demoledor. Para todos. Si no hubiese sido por Karin, tal vez y nos habríamos ido a la mierda otra vez. ―Hinata tragó saliva.

―No sabes… no sabes como lo siento… En aquel momento, solo podía pensar en Boruto… en que no quería que viviera los horrores que su padre y yo habíamos vivido. Le escogí a él en vez de a Naruto, porque-

―Porque es lo que hacen las madres. Lo sé. ―Sai suspiró―. En el fondo, sentía envidia, ¿sabes? Ojalá mi propia madre me hubiese amado la mitad de lo que tú quieres a Boruto y a Himawari, o una pequeña porción de lo que la madre de Inojin lo quiere a él. ―Hinata tragó saliva de nuevo.

―¿Cómo es? La madre de Inojin―aclaró, al ver la mirada curiosa que le lanzaba Sai.

Una leve sonrisa asomó al rostro del pelinegro. Con un gesto de la mano, la invitó a sentarse en uno de los cómodos sofás. Asegurándose de que Himawari seguía entretenida construyendo su muñeca, Hinata aceptó la invitación y ambos adultos se sentaron, ambos agradecidos por la distracción que la conversación les iba a proporcionar.

―La conoces―dijo Sai, tras varios segundos de silencio―. Bueno, la conociste, en un determinado momento de tu vida, hace casi quince años. ―La intriga invadió a Hinata.

―¿Ah, sí? ¿Quién es? ¿Cómo se llama?

―Ino, Ino Yamanaka. Rubia, alta, ojos azules y curvas impresionantes. ―Hinata hizo memoria. Yamanaka… Yamanaka era uno de los clanes más conocidos, de hecho, había conocido a su líder en la cena a la que había acudido el día anterior con Naruto.

Ahora que lo pensaba… Inojin se parecía mucho a Inoichi Yamanaka: mismo pelo, mismo color de ojos… Y el jefe del clan Yamanaka, según sabía, tenía una hija, su único vástago y, por tanto, la heredera del clan. Pero, según los rumores, la chica no quería saber nada del asunto. Se había forjado un futuro lejos de la influencia de su padre.

Y ese nombre, Ino… ¿de qué le sonaba? Le sonaba mucho… muchísimo. Tuvo que estrujarse el cerebro. Hacía quince años que la había conocido, según Sai. ¿Cuándo estaba embarazada de Boruto…?

La comprensión le llegó de golpe y miró a Sai boquiabierta.

―¿La… la doctora Yamanaka? ¿Ella es la madre de Inojin? ¿La ginecóloga que me trató durante las primeras semanas de mi embarazo?―Sai asintió, sonriendo.

―Si lo recuerdas, yo era quién te acompañaba a las citas la mayoría de las veces. En una de esas, me tropecé con ella sin querer, una vez que te dejó mientras terminabas de cambiarte y ella salía para ir a otro sitio. Creyó que yo era tu pareja y no veas la bronca que me echó. Cuando me dejó hablar y le aclaré que yo no era el padre de la criatura, creo que el rojo debió de llegarle hasta las puntas de su reluciente y bonito cabello rubio. ―La risa escapó de la garganta de Sai, haciendo a Hinata mirarlo con algo de extrañeza.

Era la primera vez que lo escuchaba reír con tal sinceridad.

―Después, insistió en invitarme a un café para disculparse. Y, bueno, no pude decirle que no, puede llegar a ser muy insistente. Una cosa llevó a la otra… y, bueno, salimos durante un tiempo. Yo iba en serio con ella, ¿sabes? Pero… al final, tuve que sincerarme con ella y, cuando supo a lo que me dedicaba y para quién trabajaba… ―Sai meneó la cabeza, con un suspiro―. Yo ya sabía quién era ella y quién era su familia. Ino había luchado mucho por desligarse lo más posible de sus raíces, no quería saber nada de ese mundo… pero, para ese entonces, ya estaba embarazada de Inojin. Le propuse que nos casáramos pero se negó en redondo. Me insultó y me gritó, todo lo que quiso y más. Pero… fue entonces cuando lo comprendí. ―Miró fijamente para Hinata―. Entendí el por qué tú habías decidido irte, el por qué querías criar a tu hijo lejos de los yakuza. Porque, en esos momentos, nada me habría gustado más que darle a Inojin todo aquello de lo que yo había carecido de niño: una familia, una vida normal, amigos…

―Sai…

―Así que ya no te culpo por eso, Hinata, no te culpo por desear para tus hijos una vida fácil y sin complicaciones, una vida feliz. Pero… ―Hinata asintió.

―Lo entiendo, Sai. Eres leal a Naruto…

―No es solo lealtad, Hinata: es hermandad. La señora Kushina fue la que me acogió en el seno del clan, sí, pero fue Naruto el que logró hacerme sentir que era parte de la familia, el que logró que, por fin, tuviera un lugar al que volver y al que podía llamar hogar con orgullo. ―Los ojos perlas de Hinata se llenaron de lágrimas no derramadas.

―Sai, yo…

―Mami, necesito ayuda con el pelo. ―Himawari se había acercado y le tiró a Hinata de la ropa, para llamar su atención.

Limpiándose el rastro de las gotas saladas, Hinata se giró a mirar a su hija.

―Ahora voy, cariño. ―Miró para Sai una última vez y este asintió.

―Ve. Yo iré a llevar a Inojin con su madre y luego me uniré a los demás en la búsqueda. Aparecerá, Hinata. Cree en nosotros. Cree en Naruto. ―Hinata tomó la mano de Himawari, apretándosela con fuerza.

―Lo hago, Sai. Siempre he creído en él. ―El de ojos negros asintió, dándose la vuelta para salir por fin del salón, dejando a madre e hija solas―. Bien, Hima, veamos qué pasa con ese pelo…


En las calles, Boruto no sabía qué hacer o adónde ir. Estaba tan enfadado que simplemente había salido corriendo de la casa Uzumaki sin pensar en nada más. Se sentía dolido, traicionado por sus propios padres. Toda su vida, de pronto, se había convertido en una burda mentira. Él siempre había creído que su madre era la buena y su padre el malo. Así de simple. Pero ahora, tras escuchar la verdad tras la cortina de humo en la que lo habían hecho vivir, ya no estaba tan seguro de que aquello fuera tan sencillo. Todo en lo que creía se había venido abajo como un castillo de naipes, , ahora, no sabía quién era ni en qué debería creer.

¿Debía creer a su madre? ¿Debía creer que lo había hecho por su bien? ¿O tan solo era que estaba tratando de manipularlo para que las cosas no sonasen tan malas como eran en realidad? Su padre… aquel hombre que siempre había creído era un simplón y un malnacido cuyo trabajo era más importante que su propia familia, ahora, de repente, era un ser humano de lo más complejo.

Cerró los ojos, sintiendo las lágrimas picarle detrás de los párpados. Ahora lo entendía, ahora entendía muchas cosas. Como el hecho de que su padre siempre le permitía tratarlo mal e insultarlo, siempre le había permitido salidas de tono y contestaciones de lo más groseras. Y todo… ¿por proteger a su madre? Boruto sintió un pinchazo en el corazón al pensar en ella, en la mujer que lo había traído al mundo y que, hasta hacía unas horas, había pensado que era la mujer más buena, dulce, amable y sincera del mundo.

Ahora, tan solo le parecía una astuta y hábil mentirosa. Lo, los, había hecho vivir un teatro, una irrealidad, algo que no existía.

Los había alejado deliberadamente de su padre, había sido ella la que se fue, la que los privó de la presencia paterna durante todos aquellos años. Y él… él la había creído como un imbécil, siempre defendiéndola y pensando lo mejor de ella.

Sacudió la cabeza, con el corazón latiendo dolorosamente en su pecho.

Ahora… ¿qué era real y qué no? Ya no lo sabía. Todo se había ido a la mierda de la peor forma posible. Absolutamente todo.

Detuvo su andar errante y suspiró. Levantó la cabeza al cielo y tuvo que parpadear, dándose cuenta de que este brillaba más de lo que sería normal en una noche oscura como aquella. Miró a un lado y a otro, intentando ubicar dónde había ido a parar. Estaba tan sumido en su miseria que ni se había percatado de adónde lo habían llevado sus pies.

Se encontraba en una calle concurrida. Los establecimientos que había a un lado y a otro anunciaban sus productos y servicios con carteles brillantes cuyas luces de neón te cegaban como te los quedaras mirando mucho rato directamente. Había hombres por doquier con trajes elegantes arrugados y mujeres ligeras de ropa que les reían las gracias.

Se le revolvió el estómago al pensar en que, sin darse cuenta, había acabado en uno de los barrios cuyos principales negocios vivían de la prostitución, del juego y del alcohol. Había oído hablar de ellos infinidad de veces en las noticias y a algunas de las mujeres más conservadoras de Esashi, madres algunas de sus propios amigos y ex compañeros del colegio.

Un trueno retumbó en la quietud nocturna y Boruto, como el chico de campo que era, se percató de que, por el sonido, no debía de andar lejos, y que la tormenta era inminente.

Buscó con la mirada algún sitio en el que pudiera meterse para refugiarse de la lluvia que no tardaría en caer, pero supo, nada más echar un vistazo, que ninguno de aquellos locales o edificios le valía.

Era menor de edad y, por tanto, no le dejarían siquiera traspasar el umbral de ninguno de ellos.

Enfadado, se internó en un angosto callejón, cuyos edificios estaban lo bastantes pegados como que los tejados de ambos se tocaran e hicieran de parapeto improvisado contra las gotas de agua que ya calaban a los ingenuos transeúntes de la noche de Osaka.

Se dejó caer contra la pared y miró para arriba, como pidiendo que alguien, algún ser invisible e indeterminado, le diera las respuestas que ahora necesitaba.

¿Por qué sus padres le habían hecho aquello? ¿Por qué le habían mentido? ¿Por qué no habían confiado en él? ¿Por qué había dejado su madre que pensara lo peor de su padre? ¿Y por qué este no se había defendido nunca? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Un haz de luz procedente de uno de sus costados lo hizo girarse de un salto, asustado. Vio cómo, de la zona recientemente iluminada, salía alguien. Una chica, se fijó, dado que llevaba el pelo largo hasta la cintura y un vestido corto que lo hizo sonrojarse en cuanto sus traicioneros ojos se percataron de que dejaba al descubierto gran parte de sus pechos y de la parte superior de sus muslos. Si se agachaba un poco, Boruto estaba seguro de que le vería el trasero y lo que no era el trasero…

Sacudió la cabeza, murmurando una maldición y girándose antes de que la chica se diera cuenta de su presencia y de lo que la de ella había provocado en sus revolucionadas hormonas adolescentes.

No obstante, no fue lo bastante rápido, porque ella volvió la cabeza y lo vio, extrañándose al ver a un crío escondido en aquel oscuro y claustrofóbico callejón.

―Eh, tú. ―Maldiciendo en silencio una vez más, Boruto se giró, sin poder disimular el sonrojo de sus mejillas.

―Y-yo lo siento, de verdad. N-no sabía que esto era privado… y-ya me voy… de verdad lo siento, yo… ―La chica alzó una ceja, sacando un paquete de cigarrillos y un mechero de su pronunciado escote. Boruto no se atrevió a mirarla en lo que ella sacaba un pitillo y lo encendía, dándole posteriormente una calada.

Ella lo estaba observando fijamente.

―¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?―preguntó, sintiéndose ridícula al momento. Seguramente sería hijo de algún depravado que andaba por ahí dándose una buena juerga. Había hombres que disfrutaban enseñándoles a sus hijos "a ser hombres", o que simplemente les gustaba más cuando alguien miraba, y sus vástagos solían ser los escogidos para el espectáculo; y dado que era algo relativamente normal y aceptado por la mayoría de la sociedad, nadie decía nada mientras las cosas no se salieran de madre.

Boruto vaciló. Podía mentirle y darle un nombre falso, podía decirle que se había perdido o algo así, pero… ¿no había ya suficientes mentiras en su vida como para que fuese él mismo el que añadiera más? Así que suspiró y levantó la vista.

―Hyūga… Boruto Hyūga… ―La chica detuvo el cigarrillo a medio camino de su boca y se volvió a mirarlo, retorciendo la cabeza de golpe.

Se fijó mejor entonces en el crío. Rubio, ojos azules. Con dos marcas distintivas en las mejillas… El corazón comenzó a latirle con violencia. ¡Era él! ¡Dios Santo, era él! ¡El hijo de Naruto Uzumaki! ¡Su primogénito! Quiso gritar de pura alegría pero consiguió reprimirse a tiempo, adoptando una pose aburrida e indiferente ensayada a lo largo de los años.

―Encantada. Yo me llamo Shion. ―Boruto se la quedó mirando, como esperando a que dijera su apellido. La chica sonrió―. Solo Shion, ¿vale? Así está bien.

―Supongo… ―Una corriente de aire que se coló en el estrecho callejón lo hizo estremecerse. La chica terminó de fumar y lanzó la colilla al suelo, aplastándola con sus altos tacones de aguja.

―Oye, si no quieres pescar un buen catarro, te aconsejo que entres. ―La chica abrió la puerta y la sostuvo abierta, indicándole con la cabeza que pasara. Boruto la miró con recelo.

―Yo…

―Vamos, no muerdo. Y te garantizo bebida caliente y refugio. No haré nada malo… salvo que tú quieras, claro. Me encantan los chicos inocentes… ―Ante la broma subida de tono Boruto se ruborizó todavía más, lo que hizo a Shion soltar una sonora carcajada―. Estoy de coña. Venga, pasa. ―Tras pensárselo, Boruto asintió, aceptando su ofrecimiento.

Shion esperó a que entrase y cerró la puerta tras ella. Dentro de aquel edificio, Boruto se encontró directamente ante un pasillo algo más ancho que el callejón que acababan de abandonar, tenuemente iluminado por una luz violeta. A los lados había puertas que daban a diversas habitaciones, y encima de cada una de las puertas había un indicador luminoso, algunos estaban encendidos y otros apagados. Boruto se preguntó para qué serían hasta que vio abrirse a una puerta, apagarse dicha luz y ver salir a una chica a medio vestir y a un tipo que estaba arreglándose los puños de la camisa.

Antes de que la pareja pudiera verlos, Shion lo empujó al interior de una de las habitaciones y cerró la puerta, dándole al botón que daría a entender que estaba ocupada con un supuesto cliente.

―E-ellos… e-estoy en…

―En un prostíbulo, sí. No te sorprendas tanto, cielo. Seguro que ya lo sospechabas. ―Boruto tragó saliva, viendo el insinuante movimiento de caderas femenino ir hacia una mesa que había en un rincón de la habitación.

La estancia en la que estaban era amplia. Había un cuarto de baño bastante grande y también un tocador. Un armario empotrado en una de las paredes y una ventana enfrente de la cama.

Intentando no pensar en qué lugar se encontraba, Boruto aceptó el vaso de agua que ella le tendía.

―Tienes suerte de que aquí seamos medio civilizados. El jefe de este lugar―miró para Boruto esperando alguna reacción, pero viendo que esta no llegaba, continuó―es bastante majo, ¿sabes? Aparte de guapo. Nos deja vivir aquí sin ningún coste adicional y todas recibimos un sueldo fijo, independientemente de la cantidad de… clientes a los que recibas en el mes. Luego, cada cual recibe sus propinas, y podemos quedárnoslas y hacer lo que queramos con ese dinero. Hay algunas chicas que incluso han retomado los estudios, animadas por él. Yo no me lo planteo. Siempre se me dio fatal estudiar. ―Se encogió de hombros mientras se sentaba en la cama, al lado del adolescente que parecía más perdido que un pez fuera del agua.

Boruto no dijo nada, se limitó a escuchar y asentir de vez en cuando. Cuando al fin se hizo el silencio, miró para la chica, detallando por vez primera sus rasgos físicos. Era alta y esbelta, de cabello rubio platino y exóticos ojos violeta. Tenía la piel blanca y piernas largas, de esas interminables que hacían a todos los hombres babear. Era hermosa, sin duda, y estaba seguro de que triunfaría en la dura profesión que le había tocado desempeñar.

―A ti… ¿a ti te gusta esto?―Se atrevió a preguntar. Cualquier cosa para no volver a sucumbir al caos de sus pensamientos. Necesitaba distraerse.

Shion volvió a levantar los hombros y miró para el techo.

―Bueno, no lo sé, nunca me lo he planteado. Simplemente lo hago y ya. Es lo único que sé hacer para ganarme la vida. ―Boruto miró para el vaso que tenía en la mano, sintiendo que, de pronto, sus problemas familiares eran nimios comparados con la vida de aquella desconocida.

―¿Y… y tus padres?―La expresión de la rubia se volvió ahora dura.

―Mi madre era puta, igual que yo. Era una zorra desalmada, pero me enseñó el oficio desde bien pequeña y al final consiguió que acabara en un buen lugar. No me quería, pero le resultaba útil. Había clientes suyos que les gustaba tener público, por eso del morbo, y más si se trataba de una niña ávida de curiosidad. A otros les gustaba que participase… ―Boruto sintió que se le revolvía el estómago y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no salir corriendo al baño a vomitar―. A mi padre no llegué a conocerlo. Sé quién era, pero nada más. Él no tenía ningún interés en mí y yo ningún interés en él. Fui un desafortunado accidente. ―Shion calló y Boruto aprovechó para terminarse el agua, esperando calmar así las náuseas que lo asaltaban.

Pensó en sus propios padres. En su madre, siempre amorosa y sonriente, dispuesta a consolarlo y a escucharlo cuando tenía algún problema. Pensó en su padre, que aunque ausente la mayor parte del tiempo, implicado al cien por cien en eso de la paternidad cada vez que los visitaba. Por primera vez, Boruto se dio cuenta de que su padre sí lo quería, los quería, a él y a Himawari.

¿Acaso no había sido él quién le había hecho descubrir lo mucho que le gustaban los deportes cuando de niño jugaba siempre con él a todo lo que le proponía? ¿No había sido él el que una vez llegara corriendo en mitad de la noche al hospital cuando Himawari había enfermado de una gripe muy fuerte cuando apenas había cumplido los cuatro años? Lo había abandonado todo, incluido su importante trabajo, para poder estar allí, con ellos. Recordó las veces en que habían ido de picnic al campo, o de excursión a algún pueblo cercano. Recordó los cuentos y las historias que le solía relatar de niño. Recordó la primera vez que le dejó coger en brazos a su hermanita recién nacida, cuando su madre dormía tras una noche de insomnio a causa de Himawari.

Cuando lo llevaba a caballito… cuando dejaba que Himawari lo peinara y lo maquillara en sus juegos, los abrazos y los dulces besos que le daba a su madre y que siempre la hacían reír y sonrojarse… Cuando se iba a dormir con él alguna noche en que se despertaba gritando por alguna pesadilla, haciéndose sitio en la diminuta cama individual que Boruto tenía en su casa de Esashi… Lo bien que se sentía apoyar la mejilla en su pecho y escuchar el latido fuerte de su corazón, mientras sus grandes brazos lo rodeaban y su profunda voz le susurraba que todo estaba bien, que papá estaba allí y que derrotaría a los monstruos que quisieran venir a perturbar su descanso.

¿Acaso había olvidado todos aquellos buenos momentos? Negó con la cabeza. No, no los había olvidado, simplemente los había bloqueado, no queriendo pensar en ellos. ¿Por qúe?

Porque había sido más fácil odiar que sentir el dolor de no tenerlo allí con él. Porque había sido más fácil dejarse llevar por la ira que por la tristeza y el anhelo de suplicarle, cada vez que iba, que no se fuera, que haría lo que fuera, que sería el mejor alumno en el colegio, el mejor hijo y el mejor hermano, el mejor deportista y el mejor en todo, pero que no volviera a abandonarlos.

Miró para Shion, sintiendo el calor de las lágrimas en su rostro, pero negándose a derrumbarse allí, en un prostíbulo de mala muerte frente a una total y absoluta desconocida.

―Lo siento―le dijo. Y se lo dijo de verdad.

Los grandes ojos azul claro del chico, tan parecidos a los de su padre, hizo que algo se removiera en el interior de Shion. Su conciencia, aquella que creía perdida hacía ya tiempo, intentó colarse en su mente y susurrarle alguna cosa, pero la aplastó antes de entender siquiera lo que estaba tratando de decirle.

Era una superviviente. Y hacía lo que fuese necesario para sobrevivir.

Unos golpes en la puerta seguidos de una autoritaria voz femenina los hizo a ambos respingar.

―Shion, ¿ya has vuelto de tu descanso? ¿Por qué no has vuelto al trabajo? ¡Y no me vengas conque estás con un cliente, porque ni te has aparecido por la parte de delante!―El rostro blanco de Shion se tornó aún más pálido.

Agarró a Boruto del brazo con brusquedad y lo arrastró hasata el baño, donde lo metió de un empujón.

―¡No hables, no respires, no puede saber que estás aquí, ¿estamos?!―Aturdido, Boruto asintió, dejando que le cerrara la puerta en las narices.

Respirando hondo y maldiciendo a la madame por ser tan inoportuna, fue hacia la puerta y abrió, apagando el indicador luminoso que estaba sobre su puerta.

―Jefa, ¿qué tal? ¿Cómo va la noche?―La mujer frunció los labios y la miró, de forma acusatoria.

―Iría mejor si mis chicas dejaran de comportarse como unas vagas. ¿Qué estabas haciendo?―Shion suspiró.

―Necesitaba un pequeño descanso, eso es todo…

―Y te lo concedí. Pero se suponía que era de veinte minutos y llevas una puñetera hora desaparecida. Varios clientes han preguntado por ti y les he tenido que decir que estabas ocupada. ―Shion se mordió el labio inferior. En el fondo, lamentaba la pérdida de aquellas posibles ganancias, pues le habrían venido más que bien.

Pero por otro, tenía en su poder la llave que le abriría las puertas de una vez por todas al clan Uzumaki. Tenía en su poder, por fin, el acceso directo a Naruto Uzumaki.

―Vuelve al tajo… ―La madame estaba por darse la vuelta cuando se fijó en el vaso vacío que Boruto había dejado sobre la mesilla. Alzó una ceja en dirección a su empleada, intrigada―. ¿Desde cuándo tú tomas agua?―Shion sonrió, intentando que no se le notaran los nervios.

―¿Acaso insinúa que soy una borracha?―dijo, en tono distendido y relajado, a modo de broma.

La mujer no se rio. Por el contrario, frunció aún más los labios y la hizo a un lado antes de que Shion pudiera reaccionar.

―Jefa…

―¿Quién más hay aquí?―Shion tragó saliva, pero intentó que la voz no le delatase cuando habló.

―¿Es que acaso se ha olvidado de tomar su medicina? Venga, que solo estamos usted y yo…

―No me mientas, Shion. ―La mujer se inclinó y cogió del suelo una prenda de ropa, una prenda de ropa masculina. Era demasiado pequeña para ser de un adulto, y demasiado grande para ser de algún niño perdido―. Cómo hayas metido aquí a algún menor… ¡¿Sabes la que nos puede caer si el jefe se entera?!

―¡No hay nadie más, lo juro! ¡Esa cazadora la encontré el otro día en el contenedor y pensaba pedirle a Yuriko que me hiciese un bolso… ―Antes de que Shion pudiese terminar su mentira, la puerta del baño se abrió y Boruto hizo su aparición, corriendo hasta ponerse delante de Shion.

―¡No ha sido culpa suya, sino mía! ¡Yo le pedí que no le dijera a nadie que estaba aquí! ¡En serio!―Durante un segundo, la mujer mayor se quedó mirando con atención para el muchacho rubio.

Luego, se giró lentamente hacia su empleada.

―No sabes de la que te acabas de librar… ―le dijo, mientras sacaba el móvil del escote de su camiseta y marcaba un número, sin apartar los ojos ni un segundo del adolescente, quién parecía estar más y más confuso por momentos.


Salió arrastrando los pies del milésimo salón de videojuegos que visitaba. Estaba seguro de que, si echaba cuentas, había visitado más locales de ese tipo en aquellas horas que en toda su adolescencia y juventud.

El móvil le empezó a vibrar en el bolsillo del pantalón y lo sacó, contestando sin molestarse siquiera en comprobar la pantalla para ver quién era el emisor.

―¿Sí?

―¡Lo hemos encontrado, jefe!―Las palabras de Omoi hizo que espabilara en el acto.

Con el corazón latiéndole al mismo ritmo acelerado que sus piernas, Naruto corrió como nunca hasta su coche. Maldijo cuando no acertó a hacerse con las llaves a la primera.

―¡¿Dónde está?! ¡¿Está bien?!

―¡Está bien, sí! ¡Las chicas están ocupándose muy bien de él!―Naruto frunció el ceño. ¿Las chicas? Los ojos se le abrieron de golpe mientras metía la llave en el contacto y le daba vuelta, arrancando el motor.

―Omoi, dime que mi hijo no está… donde creo que está. ―Escuchó el carraspeo incómodo de su subordinado al otro lado de la línea.

―Si quiere se lo digo… ―Naruto soltó un improperio y pisó el acelerador a fondo, colándose entre el tráfico y recibiendo varios pitidos de los demás conductores por su maniobra arriesgada y sorpresiva.

―¡Llegaré en cinco minutos! ¡Que ni se les ocurra dejarlo escaparse!―Colgó el teléfono y lo lanzó sobre el asiento libre del copiloto; colocó la otra mano en el volante y usó la derecha para cambiar de marcha, dándole al coche toda la caña que pudo―. Por favor, por favor, que no haya visto nada. Por favor, Dios, por favor, tan solo me faltaba eso… Cuando Hinata se entere me matará… aunque tampoco tiene por qué enterarse… Digo, no es necesario… Su bebé está a salvo y no creo que quiera preguntar ni saber más… ―Espoleado por sus pensamientos, Naruto aceleró todavía más, deseando llegar en menos de los cinco minutos que le había prometido a Omoi.


Sentado en el sofá de un amplio y confortable despacho, junto a la que parecía la jefa de aquel… lugar (Boruto no quería ni pensar en la función principal de aquel local), se removía nervioso. La mujer se encontraba tras una recia y elegante mesa hecha de alguna madera cara, revisando unos papeles pero mirando de reojo de vez en cuando para él, como asegurándose de que seguía en su sitio. Tenía en las manos una botella de refresco, que la señora prácticamente le había obligado a coger, pero no había hecho amago de abrirla.

Un alboroto procedente del exterior hizo a la mujer dejar los papeles esparcidos de cualquier forma por encima del escritorio y precipitarse hacia la puerta. Justo en el momento en el que los enjoyados dedos de la mujer rozaban la manija esta se abrió de golpe, revelando el rostro de un ansioso y fatigado Naruto.

Boruto sintió que se encogía en su sitio, tal y como aquella vez en el hospital. No se atrevió a mirarlo, consciente del escrutinio de su progenitor.

―Señor… ―Rompió la madame el tenso silencio que se había formado. Naruto se volvió entonces hacia ella.

―¿Podría dejarnos a solas, por favor? Necesito hablar con mi hijo. ―La mujer tragó saliva y asintió.

―Por supuesto, enseguida. ¿Prefiere aquí o en alguna de-

―Aquí está bien―espetó Naruto en tono brusco, sintiendo un ligero escalofrío bajarle por la espalda al pensar en meter a su hijo en una de las habitaciones que estaba a punto de ofrecer su empleada.

Ni de coña.

La mujer apretó los labios pero se limitó a asentir, saliendo y cerrando con suavidad la puerta tras ella. Se oyó su voz amortiguada a través de las paredes, mientras dispersaba al corro de curiosas que se había formado al otro lado de la puerta.

Solo entonces Naruto fue capaz de relajarse y destensar los hombros. Se pasó la mano por el pelo, varias veces, nervioso, mientras se paseaba en círculos por el despacho, rumiando algo ininteligible para Boruto.

Cuando el silencio se le hizo insoportable, Boruto se atrevió entonces a mirarlo y hablar.

―Papá… ―llamó, casi en tono de súplica. Naruto paró su andar y, tras dejar escapar un largo suspiro, se volvió a mirarlo.

―¿Estás bien?―preguntó. Boruto parpadeó y asintió. Naruto suspiró nuevamente, dejándose caer a su lado en el sofá. Boruto se sintió fatal al ver la preocupación en el rostro bronceado del adulto. Su padre parecía haber envejecido veinte años de golpe.

―Papá, yo… lo siento―dijo al fin. Naruto pestañeó, como si no lo hubiera oído bien―. Siento… siento haberme ido así. No pensé, yo… estaba enfadado y… ―Naruto suspiró una tercera vez.

―Boruto, lo entiendo, comprendo que estuvieras enfadado, pero deberías haberte quedado a escucharnos. Tu madre está muy disgustada por cómo… por cómo se dieron las cosas. ―Naruto cayó y tomó aire, irguiéndose en el sofá y encarándolo―. Habíamos… habíamos planeado decírtelo, hoy mismo. Habíamos pensado la forma de explicártelo y de hacerte entender… ―Un suspiro entrecortado salió de los labios de Naruto―. Dios, a Hinata se le dan mejor estas cosas que a mí…

―¿Por qué?―preguntó Boruto―. ¿Por qué no me lo contasteis nunca? ¿Por qué Hima y yo no sabíamos nada?―Naruto se llevó una mano a las sienes, masajeándoselas.

―Sería mejor esperar a llegar a casa para discutir esto. ―Boruto sintió que se enfadaba nuevamente.

―¿Casa? ¿Y eso dónde está, si puede saberse, eh? ¿En Esashi? ¿Acaso Esashi sí era mi hogar o tan solo fue una pantalla de humo? ¿Acaso mi madre es mi madre? ¿Acaso sí me llamo Boruto? ¿Acaso… acaso me queréis?―Eran preguntas que llevaban atormentándolo durante las últimas horas.

―No digas tonterías. Tu casa está dónde estemos tu madre, Hima y yo. Y por supuesto que Hinata es tu madre. Y claro que te llamas Boruto. Yo mismo te puse el nombre―dijo Naruto, con suavidad, recordando el momento exacto en el que lo había tenido en brazos por primera vez y había sentido que Boruto era el nombre perfecto para él, que había escogido bien―. ¡Y ni se te ocurra pensar siquiera en que no te queremos! ¡Claro que te queremos, más que a nada ni nadie en el mundo! ¡¿Cómo puede siquiera pensar lo contrario?!

―¡Porque no lo sé!―Boruto se levantó de golpe y señaló con un dedo acusador para su padre―. ¡Ya no sé quién soy, ni quién sois vosotros! ¡Creía que todo estaba claro: mamá era la buena, tú el malo! ¡Mi casa estaba en Esashi, no en una ciudad grande, desconocida y aterradora! ¡Mi familia se componía de tres personas, esporádicamente cuatro, no de ochocientas mil! ¡Mi madre era legal y un ejemplo a seguir, y ahora me entero de que pertenece a una gran familia yakuza, igual que tú! ¡Sois criminales! ¡Tú estuviste en la cárcel, por el amor de Dios! ¡A saber qué atrocidades…

―Quieto ahí―le dijo Naruto, en tono duro, haciéndolo callar en el acto. Meneó la cabeza en cuanto el ceño de su hijo fruncirse aún más―. No sabes de lo que hablas Boruto, no tienes ni idea… ―Respiró hondo y se acercó a él, poniéndole las manos en los hombros y apretándoselos con fuerza, traspasándolo con una mirada tan azul como el mismísimo cielo―. Tu madre y yo… ya te dijimos que tuvimos unas infancias… atípicas, por no decir horribles. No es que yo no tuviera gente que me quisiera, a diferencia de tu madre, pero fui un niño muy solitario, porque todos sabían a lo que se dedicaba mi familia. Allá adonde fuera, todo el mundo enseguida averiguaba que yo era el hijo de la Habanera Sangrienta Kushina Uzumaki, la líder yakuza del poderoso clan Uzumaki. No fue hasta los dieciséis años que pude hacer amigos, amigos de verdad, y uno de esos amigos resultó ser uno de los hijos del líder, por aquel entonces, del clan Uchiha. ―Boruto parpadeó, dibujando en su mente el rostro serio y pálido del hombre con cuya hija lo habían secuestrado durante su visita a Tokio―. Y sí, tienes razón: fui a la cárcel, durante dos años. Pero no fue por… por las razones horribles que tú crees. Mis intenciones eran nobles, pero es cierto que las consecuencias fueron devastadoras. Alguien tenía que pagar y, si no era yo, era Sasuke. Tomé una decisión: mi libertad a cambio de proteger a mi mejor amigo. Sasuke estaba muy mal en aquella época, necesitaba ayuda, y si acababa en prisión no iba conseguirla. ―Boruto tragó saliva al observar el rostro grave y el tono serio de su padre.

Por primera vez en años, Naruto le estaba hablando de igual a igual, de hombre a hombre. Estaba confiando en él como nunca había confiado antes.

―¿Fue esa la razón por la que mamá y tú os separasteis?―se aventuró a preguntar. Naruto sonrió y negó con la cabeza, soltándolo y yendo a sentarse nuevamente en el sofá.

―No, mamá y yo nos conocimos unos años después.

―¿Y por qué la dejaste? ¿Por qué permitiste que se fuera? ¿Es que os habíais peleado o algo? ¿Es que aún no te habías dado cuenta de que la amabas?―Naruto amplió su sonrisa.

―Boruto, yo amo a tu madre. Me enamoré de ella poco a poco, no fue algo instantáneo. Nuestros sentimientos evolucionaron lentamente y he de decir que yo me di cuenta más tarde que ella. Además, no es como si nos hubiésemos conocido en circunstancias normales, que digamos… ―Boruto pareció intrigado por sus palabras, sobre todo por el sonrojo que había teñido el rostro de Naruto.

―¿Qué quieres decir? ¿Cómo la conociste?―preguntó, con la curiosidad reemplazando a la ira―. Mamá nunca nos lo ha querido contar… ―Naruto carraspeó y se frotó la nuca. Parecía avergonzado.

―Bueno, es que fue algo… fuera de lo común. Aunque… creo que si no hubiera hecho lo que hice… tal vez, no nos habríamos conocido nunca…

―¿Pero qué hiciste? ¡Habla de una vez, en serio!―Naruto desvió la vista, incómodo de repente, murmurando algo que Boruto no entendió―. ¿Qué? ¿Qué has dicho? No te oigo, padre estúpido. ―Naruto enrojeció aún más, clavando la vista en su hijo, articulando algo en voz tan baja que Boruto apenas lo oyó―. ¡Que no te oigo, leches!

―¡Que la secuestré, joder! ¡¿Contento?!―Boruto abrió mucho los ojos, impactado ante semejante revelación.

―Tú… ¿cómo que la secuestraste? ¡¿Secuestraste a mamá?! ¡¿De verdad la secuestraste?!―Naruto asintió, avergonzado.

―No estoy orgulloso de lo que hice, pero en aquel momento… estaba desesperado. El clan estaba pasando su peor momento, apenas nos manteníamos a flote y Hiashi, tu abuelo, no nos daba tregua. Pensé… pensé que si tenía algo que le importara, algo que él quisiera… tal vez podría negociar y sacar un trato ventajoso para los míos. Desgraciadamente para el clan pero afortunadamente para mí… no funcionó. Y Hinata… tu madre se vio obligada a quedarse un tiempo con nosotros.

―Fue así como… como os enamorasteis… ―Naruto asintió, iluminándose su rostro de pronto con una sonrisa―. Ahora me explico toda esa devoción. Seguramente mamá todavía padezca el síndrome de Estocolmo.

―¡No ensucies el amor que tu madre y yo nos tenemos!

―¡Pero es que es cierto!―Naruto cerró los ojos, pidiendo paciencia―. Tú… ¿la quieres? ¿La quieres de verdad?―preguntó la voz de Boruto de pronto, en un murmullo quedo. Naruto abrió los ojos y los clavó en su primogénito.

―Con todo mi corazón, Boruto. Por y para siempre. ―Boruto tragó saliva, viendo en la profundidad de su mirada que estaba siendo del todo sincero―. Por eso―prosiguió Naruto, viendo que Boruto no lo iba a interrumpir―, no me rendí. La busqué, os busqué. No paré de buscaros, Boruto. Porque no podía ni quería, vivir sin vosotros. Mamá, Himawari y tú sois lo mejor que hay en mi vida, y no os cambiaría por nada.

―¿De verdad… de verdad nos buscaste?―cuestionó, adoptando un aire tímido.

Naruto suavizó su expresión y sonrió. Había llegado la hora, lo sentía.

Se acercó a la puerta y la abrió, mirando por sobre su hombro a Boruto.

―Ven conmigo. Tengo una historia que contarte. Pero primero… ¿qué tal una cena? ¿Hamburguesa y patatas?―El estómago de Boruto rugió en ese momento y el adolescente se sonrojó, saliendo con aire digno delante de su padre.

―Pero quiero el combo gigante, nada de happy meal. No soy Himawari. ―Naruto soltó una carcajada y lo siguió hasta el exterior del prostíbulo.

Sí, había llegado el momento. Boruto tenía que saberlo todo. Y tenía que ser él el que se lo contara.

Fin XI. Aclarando las cosas


Pues na, ahora Boruto ya sabe la verdad y su papá guapo y que está como un tren (?) le contará también su historia, la suya y la de Hinata, para que entienda y sepa realmente como fueron las cosas.

¿Me dejáis un review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

¡Muchísimas gracias por los suyos a: Nana y a Lilipili!

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y follow y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.

P.D.: perdonad mi falta de elocuencia, pero tengo a un pequeño demonio de tasmanina destrozándome la casa. Así que tengo que ir a intentar contener el desastre.