– Pero... no hace ni unas semanas que empezamos esto...
– Venga, ¿ahora no te atreves?
– Creo que prefiero a tu otra yo, la tímida. ¿Recuerdas? La que se escondía detrás del maestro.
– No digas tonterías. Empecemos de una vez.
– ¿Pero seguro que estás preparada?
Mitsuko no contestó, se abalanzó sobre mí y no pude hacer nada por remediarlo. Me había cogido desprevenido. Entre otras cosas porque yo no tenía ganas en aquel momento, tenía otras cosas en las que pensar. Además, necesitaba descansar un rato, había sido una noche ajetreada: mi primera misión en solitario en el mundo mortal. No estaba para jueguecitos aquella mañana.
En esos momentos lo que más me preocupaba era qué pasaría con aquella chiquilla. El sector 72 era ya de por sí una zona peligrosa, pero además aquella chiquilla parecía tan indefensa. No sólo eso, ¿y si la técnica fallaba? Nunca antes lo había intentado, no sabía si daría resultado... ni por cuánto tiempo conseguiría haber sellado aquel recuerdo. Sólo sabía que quería estar allí cuando todo aquello saliera a la luz y...
– ¡Espabila! No dejarás que te gane, ¿verdad? – gritó una voz desde lo lejos.
Maldije un par de veces a Eliaz, que miraba divertido desde el porche de su casa mientras tomaba una taza de té, por haber preparado aquello y luego a mí mismo por haberlo aceptado antes de comenzar a devolver los golpes de mi oponente, que hasta entonces sólo había tratado de esquivar.
Mitsuko mejoraba rápidamente y pronto estaría preparada para las pruebas de acceso a la academia. Poseía un gran talento para el combate. El tacto de una espada, aunque fueran aquellas viejas espadas de madera, le cambiaba en carácter de una forma increíble. Abandonaba aquella timidez que la caracterizaba y se convertía en un auténtico maestro de espada.
Pasamos buena parte de la mañana entre los sonidos de aquellas espadas de madera y los jadeos de cansancio. Cuando faltaban un par de horas para la comida detuvimos el entrenamiento y entramos dentro de la gran casa de Eliaz a tomar un pequeño refrigerio y reponer fuerzas. Pasaron unos minutos y Mitsuko se disculpó y fue a asearse.
– ¿Qué fue eso? – me preguntó de repente mi compañero, que me miraba intrigado.
– ¿Qué fue qué? – contesté intentando esquivar la pregunta.
Estaba bastante claro que no había estado tan concentrado como habitualmente en el entrenamiento. Había estado toda la mañana absorto en mis pensamientos mientras combatía con Mitsuko. No podía olvidar lo pasado aquella noche. No podía evitar pensar en qué sería de aquella chica. No podía evitar pensar en lo mucho que se parecía a mí.
– ¿Ves? Ya estás otra vez. ¿Sigues aquí conmigo?
– Sí... Sí, perdona... Supongo que es el cansancio.
– El cansancio, ya.
Sabía que Eliaz sabía perfectamente por qué estaba yo así. Simplemente quería escucharlo salir de mis labios. Era algo que hacía habitualmente cuando veía que no todo iba bien como debería. Pero aquella mañana no tenía ganas de hablar. Sólo podía pensar una cosa.
– Oye... – dije finalmente – Tú eres noble y todo eso... ¿No podrías hacer algo?
– ¿Por la chica? Demasiado tarde. Ya ha sido asignada al sector 72, si me hubieras avisado antes, quizás. Ahora llevaría demasiado tiempo cambiar la asignación, si es que es posible. No estoy seguro de que lo sea. Eso sin contar el hecho de que queda encontrarla y... convencerla. Y por lo que dices no es muy amigable.
– Ya veo... pero...
– Rido, en serio, no te atormentes. Si lo que dices que viste es verdad, sus sentimientos le ayudarán a seguir adelante sea como sea. Y estoy seguro que algún día la encontraráss de nuevo.
– Sí, claro, eso si sobrevive... – dije pensativamente.
Entonces no había remedio. Aquella chiquilla, Kara, tendría que sobrevivir en el sector 72, artormentada por su pasado y su presente, pero yo borraría las tormentas de su futuro. Se merecía una segunda oportunidad para ser feliz y abandonar todo sufrimiento, como yo. Aquel era el propósito de mi nueva vida.
– En fin, Eliaz. Se hace tarde. Deberíamos volver al cuartel, si Arturo no nos ve a la hora de la comida no le va a sentar muy bien. Sobre todo tú, que ya sabes que no te pasa ni una.
Nos dirigimos al cuartel de nuevo. Afortunadamente, cuando llegamos aún quedaba un rato para la comida, suficiente para poder darme un buen baño y asearme antes de acudir al comedor junto con el resto de compañeros. Y por la tarde, con suerte, me esperaría un buen descanso.
Llegué a mi dormitorio después del almuerzo y me tumbé en la cama. Había avisado a Eliaz para que me viniera a despertar antes de ir a la cena. Quizás si dormía podría despejar mi mente y descansar el cuerpo después de la misión nocturna y la mañana de entrenamiento. Pero el ruido de mis pensamientos hizo que me costara cerrar los ojos.
Cuando por fin conseguí olvidar el ruido de mis pensamientos y comenzar a descansar, me encontré de nuevo en aquel monasterio. Todo era igual, pero diferente a la vez. Ya no llovía, el suelo estaba seco y el lugar no estaba en ruinas.
Recordé las palabras de aquel monje que me habían emplazado hasta un próximo encuentro. El momento había llegado y sabía perfectamente hacia dónde tenía que ir. En aquel momento no se trataba de buscar demonios sino de encontrar a aquel hombre y el primer sitio donde miraría era donde lo había visto la primera vez.
Repetí el recorrido que había realizado la primera noche que había visitado aquel lugar. Atravesé el claustro por mi izquierda, hasta llegar a la puerta que comunicaba con el patio ajardinado. La crucé y subí las escaleras de mi derecha hasta el final.
Crucé la puerta y me encontré delante del gran cuadro del monje, que aún con luz seguía pareciendo tenebroso. Continué hacia la izquierda y crucé otra puerta de mayores dimensiones que me llevó a la parte superior del gran claustro.
Me asomé a la ventana, y observé la fuente. La diferencia que había entre aquella ocasión y la anterior era impresionante. La fuente que otrora me había aterrorizado, plagada de zarzas y cubierta de musgo y líquenes ahora lucía imponente y manaba de ella un agua límpida, cristalina.
No me entretuve más y busqué la entrada a las escaleras del campanario. Subí a lo mas alto y salí al exterior. Allí estaba. Debajo de la campana principal, la figura del monje lucía tan enjuta, austera y misteriosa como en nuestro primer encuentro.
– Hola, Rido – dijo, dándose la vuelta hacia mí y rompiendo el silencio. – ¿Qué te trae por aquí?
– Me estoy preguntando lo mismo – contesté. – Desperté aquí, así que supuse que había llegado el momento de nuestro encuentro.
