¡Socorro! ¡Hilfe! ¡Pomogitye! Acabo de crear el lemon más largo de mi historia (No, en realidad no jaja, ¡pero son diez páginas en word!). Sé que dije que no iba a haber más warnings, pero no quiero que quede en mi conciencia ninguna muerte por sobredosis de azúcar (aderezado con chili y salpicado con cianuro, podría decirse). Pero he de decir que he tratado de que sea algo más que sexo. He intentado que sea bello, espiritual, sexy y natural. ¿Qué puedo decir? Soy ambiciosa y tengo un alma prusiana. Ya crearé algún otro fic en un futuro no muy lejano con hard yaoi sin sentimientos (?) —se aceptan sugerencias, ya que estamos xD— pero lo siento, aquí los señores Braginski y Beilschmidt me han ordenado que las cosas evolucionen así. ¿Y quién soy yo para oponerme a los deseos de estos caballeros?

En fin... la mitad del capi es un lemon bastante "opuesto" (opuesto, ¿vale? *sonrisa maligna*) a todos los anteriores, la otra es el comienzo del fin. ¿Preparados para una extraña mezcla de sexo, amor romántico bonito, política, acuerdos rastreros, torturas, traiciones, y promesas eternas de caballeros teutónicos? Pues hale. :)

Notita: Lo iba a subir el 1 de julio porque no hace mucho que subí el de Leningrado y aún no se lo ha leído mucha gente, pero no sé, soy una impaciente. Soy-lo-peor.


Capítulo 7. Hohenschönhausen.

Gilbert no durmió demasiado aquella primera noche. Se estuvo despertando cada diez minutos —o al menos eso le parecía a él— y perdido a medio camino entre el sueño y la vigilia, entreabría los ojos, comprobaba que Ivan sí dormía, sonreía más tranquilo y con un sentimiento extraño que no identificaba aún del todo en su estado adormecido, trataba de volver a sumirse en la inconsciencia.

Si Gilbert hubiera estado en pleno uso de sus facultades conscientes, se habría dado cuenta de que el sentimiento que lo embargaba era un pronunciado deseo de protección hacia el hombre cuya mejilla reposaba ahora sobre su pecho. El hombre que le había abierto por fin su alma, exponiéndose a sí mismo con todo lo que aquello conllevaba. Pero en cuanto llegó el alba e Ivan abrió sus ojos, le dio los buenos días en su propio idioma, con una alegría sencilla y libre —¡Guten Morgen, Gilbert!—, lo comprendió de inmediato. Gilbert haría lo que fuese por él, por protegerlo, por evitar que nunca más volviera a pasar una tristeza como la que Ivan había vivido.

Dobroe utro —le respondió él, en ruso, devolviéndole la sonrisa, haciendo esfuerzos titánicos por no lanzarse encima de él y deshacer la sonrisa del ruso con sus propios labios.

Ivan seguía mirándolo desde un poco más abajo, sin decidirse a renunciar al calor de su pecho, mientras su rostro se movía arriba y abajo, al ritmo de la respiración de Gilbert.

—¿Qué tal has dormido? —preguntó el prusiano, más que nada para volver a oír el sonido de la voz de Ivan, que le gustaba aún más en aquel tono susurrado, amable, cómplice, dedicado a él en exclusiva.

—Sorprendentemente bien, la verdad.

El resplandor del sol estaba matizado por las cortinas de la ventana, y un repentino pensamiento cruzó la mente de Gilbert, que deseó destapar el cuerpo de Ivan y descorrer la cortinas para ver a su amante en todo su esplendor, cubierto tan solo por la luz de la mañana, dorado sobre oro, rosa sobre violeta, cobre sobre nieve.

—¿Y tú?

—Bueno... me he esforzado tanto por velar tu sueño, que no he sido capaz de concentrarme en el mío —respondió Gilbert jovial, intentando apartar de su cabeza aquella imagen de Ivan con un halo luminoso antes de que este percibiera su excesiva y muy física animación matutina.

La preciada risa de Ivan era otro aliciente para él, demasiado poderoso como para resistirse.

—Eres tan idiota, prusiano, que te adoro.

Gilbert fingió indignación de forma muy poco convincente.

—Si serás desagradecido, russkiy...

Ivan entornó los ojos, adoptando una clara mueca traviesa.

—Lo digo porque ahora estarás demasiado cansado para... —se calló, con la sonrisa más pilla y adorable que Gilbert le había visto jamás.

—¿Para qué? —inquirió siguiéndole el juego mientras se incorporaba a medias y se apoyaba con el codo sobre el colchón.

—No sé, échale imaginación.

Y siguió mirándolo con aquellos ojos suyos, retadores, los más hermosos del mundo.

Gilbert extendió un brazo y comenzó a acariciarle la nuca y el cuello de arriba abajo, con suavidad, con la punta de los dedos.

—Por ahí dicen que los alemanes no tenemos imaginación —comentó Gilbert con una media sonrisa—. Y no lo entiendo, porque ahora mismo se me ocurren mil cosas que hacer contigo.

—Hmmm... Eso quizás sea porque no eres alemán.

—¿Qué soy entonces, si puede saberse?

—Eres mío.

Sí, aquello debía de ser la felicidad. Aquella sensación de desbordamiento, de querer gritar, reír, o llorar al mismo tiempo. Le habría gustado decirle justo en aquel momento lo que sentía, lo que sentía por él, ponerlo en palabras, sacarlo de su interior y regalárselo en forma de juramento eterno. Pero a veces es tan difícil expresar con valentía un corazón... Lo que hizo fue redoblar la intensidad del roce de sus dedos sobre su nuca, y cuando vio que Ivan entreabría muy ligeramente los labios ante la fuerza incrementada de sus inocentes carantoñas, fue demasiado tarde para que se diera cuenta de la traición involuntaria de su propio cuerpo.

—Pero bueno, Gilbert —dijo riendo el ruso al percibir su erección bajo las sábanas contra su pierna desnuda—. Si ni siquiera te estoy tocando.

—Pues imagínate lo que pasaría si me tocaras.

Ivan hizo entonces el ademán de incorporarse, pero el otro lo detuvo con un brazo y lo hizo volver a recostarse sobre la cama.

—No, no. Tú quédate ahí y relájate —le ordenó Gilbert con recompuesta seriedad—. ¿Sabes qué es lo que me gustaría hacerte ahora mismo, Ivan?

El eslavo obedeció y sacudió la cabeza con aspecto divertido.

—Sorpréndeme.

—Quiero acariciarte. Todo tu cuerpo. Acariciar cada rincón de tu ser hasta que tú mismo me supliques que me detenga porque no puedes más.

Una luz relampagueó en las pupilas de Ivan. Sabía que un ligero rubor se había extendido por sus mejillas, pero no le importó. Pensó incluso que sería muy agradable recibir caricias de alguien por una vez en lugar de prodigarlas él. Y si procedían del prusiano... bueno, aquello era aún mejor.

—Bien. Pues házmelo —dijo en un tono desafiante.

Gilbert experimentó un violento escalofrío ante el "permiso" de Ivan, pero logró recomponer su actitud y recuperar su sonrisa autosuficiente y burlona de siempre.

—Pero antes deseo observarte —advirtió tomando la sábana con la que ambos se cubrían para retirársela de encima a Ivan escasos segundos después. Y esta vez sí, se deleitó en el cuerpo desnudo que yacía junto a él y recorrió con la mirada cada maravilloso centímetro de su piel revelada. Se detuvo unos instantes en su miembro, que estaba semierecto y, satisfecho, terminó ahogándose de nuevo en sus ojos.

Gilbert se inclinó ligeramente hacia él y con bastante maldad por su parte, acercó sus labios a los suyos sin llegar a tocárselos, insinuando un beso que no llegaría, pero que Ivan esperaba. El ruso volvió a abrir los ojos y frunció el ceño y el prusiano se rió ante su leve desconcierto. Luego, Gilbert lo tomó de la barbilla y jugó una vez más con él, acercándose a él para apenas rozarle, disfrutando de la mirada de reproche que Ivan le dirigió cuando había entreabierto inútilmente sus labios para recibir su beso. El albino le apartó con suavidad el flequillo de los ojos, le acarició las mejillas en el proceso y, aunque se moría por besarlo, lo que hizo fue alcanzar uno de sus oídos para terminar por susurrarle con voz inflamada:

—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me gusta tu polla, Ivan?

Ivan inspiró ruidosamente al oír aquello y aunque intentó escapar de sus ojos escarlata como ascuas encendidas, Gilbert no le dejó. Lo tomó de ambas mejillas, le obligó a que centrara su atención en él, y se miraron a los ojos con intensidad durante un buen rato, como si estuvieran decidiendo un asunto de capital importancia. Sería el ruso quien rompería aquella súbita conexión con un tono que pretendía ser ligero y distendido.

—Pues si tanto te gusta, prusiano, podrías hacer algo con ella.

—Quizás después —Gilbert reanudó las caricias con las manos en su rostro, en sus párpados, en sus cejas, en sus pómulos, y recorrió la forma de su nariz con delicadeza hasta llegar a sus labios, donde se detuvo. Ivan aprovechó para tomarlo repentinamente por sendas muñecas e impedirle que moviera las manos y le lamió la punta de los dedos. Después, con intención, Ivan deslizó su lengua entre sus dedos índice y corazón y jugueteó un rato entre la intersección entre ambos dedos, adelante y atrás, provocando de tal modo a Gilbert, que este tuvo que descender sobre él y besarlo al fin en la boca. El jadeo de ambos fue simultáneo.

Gilbert pensó que se moría por devorar a besos a aquel hombre, de la cabeza a los pies.

Ivan pensó que no le importaría nada que aquella preciosidad recorriera todo su cuerpo con su lengua.

Y así siguieron besándose, al principio con consensuada delicadeza, acariciándose mutuamente con los labios, lentamente, más tarde con mayor apremio, cuando Gilbert le introdujo la lengua en la boca y se apoderó de la de Ivan mientras sus manos hacían lo propio con su cuerpo. Gilbert bajó las manos hasta sus hombros, probó la firmeza de sus músculos y se entretuvo en los de sus brazos. Sin embargo, cuando el ruso se animó y le envolvió la espalda con sus brazos, Gilbert interrumpió el beso, se apartó de él y se incorporó de nuevo.

—No, no. Espera.

—Quiero besarte —protestó Ivan.

—Y yo a ti.

—¿Y entonces cuál es el problema?

Sin responderle, Gilbert apoyó sus manos esta vez sobre el pecho de su pareja y deslizó sus dedos por sus pectorales, con parsimonia, hasta alcanzar sus pezones, tan claros y suaves como dos malditas flores de cerezo. No hizo falta más que un leve roce para que reaccionaran a su contacto, e Ivan lo miró con tanto deseo en aquel instante que Gilbert se sonrió y hasta se permitió pellizcarle con suavidad.

—Deja que te toque —y volvió a acariciárselos con la yema de los dedos—. Quiero asegurarme de que estás aquí, Ivan. Conmigo. Que todo tú eres mío. Quiero sentirte —se agachó y besó uno de sus pezones.

Solo quería expresarle con su cuerpo lo que le parecía insuficiente mediante las palabras. Ivan asintió de forma casi imperceptible, más para sí mismo que otra cosa, y cerró los ojos.

Así que se abandonó a su compañero y dejó que él tomase la iniciativa sobre su cuerpo expuesto. Aquello era nuevo. Jamás habría pensado en que llegaría el día en que confiara tanto en alguien como para dejarse llevar al ritmo y arbitrio impuesto por otro ser humano. Y no estaba nada mal, la verdad. Gilbert lo besaba con una deliciosa e impresionante mezcla de sentimientos: de respeto, de anhelo, de un fervor atropellado y entrañablemente masculino.

El prusiano estuvo un rato dedicándole sus atenciones sobre aquella frágil piel suya del pecho, lamiéndola, besándola, alternando con cuidado sus dientes y sus labios y cuando comenzó a oír con mayor nitidez el sonido inevitable de la respiración del ruso, subió de nuevo hasta su cuello, dejando un rastro húmedo a medida que su lengua recorría su piel.

—Oh, Gilbert...

El modo en que articuló aquella única palabra tuvo el poder de electrizarlo. De pronto, todo cuanto Gilbert ansiaba era que Ivan siguiera pronunciando su nombre con aquel suave acento ruso que lo volvía loco, con su respiración cada vez más grave y agitada.

No podía haber una melodía más hermosa que aquella. Era imposible.

Gilbert se las arregló para arrodillarse sobre el colchón y situarse entre las piernas del ruso y mirarlo desde arriba con una expresión codiciosa. Ivan había abierto los ojos ante su repentino cambio de posición, por lo que los dos hombres cruzaron sus miradas de nuevo unos segundos, durante los cuales casi pareció congelarse el tiempo para ambos, demasiado conscientes el uno del otro.

El albino fue ahora el primero que sonrió y rompió el hechizo, inclinándose hacia delante sobre él, para tomarlo por las muñecas, fingiendo posesividad. Dominándolo. Estaba tan bello así, allí tumbado, sus cabellos tan pálidos sobre la almohada, y con su ligera y dulce sonrisa, algo titubeante ahora ante su decidido arranque.

—Ahora tú eres mío, Vanya —le aseguró Gilbert con voz profunda—. Ahora soy tu dueño. ¿Qué vas a hacer?

La sonrisa de Ivan se hizo más amplia, pero no abandonó su actual ternura entreverada de una leve timidez. A Gilbert le gustaba más cuando sonreía así, tan adorable, más incluso que cuando adoptaba una actitud sarcástica y distante. Quizás le había gustado que lo llamara "Vanya". Siguió mirándolo extasiado un momento hasta que empezó a acariciarle la cara interna de las muñecas con aquellos dedos con que lo había inmovilizado. Entonces, sin darle más vueltas, inspirado por la situación, superados sus propios miedos y reticencias, Gilbert le devolvió la sonrisa con creces y decidió abrirle su corazón justo en aquel instante:

—Ivan "Vanya" Braginski, voy a hacerte un juramento —empezó con esforzada solemnidad—. A partir de ahora soy tuyo. Soy en exclusiva de Rusia. Tus enemigos serán los míos. Tus intereses serán los míos. Consagraré mi alma a tu causa y daré mi vida por ti si es necesario.

Ivan parpadeó y su sonrisa flaqueó, pero su pareja continuó tras hacer una breve pausa:

Cuando sea necesario.

Mientras así hablaba, Gilbert se había comenzado a mover sobre él, muy poco a poco, pero lo suficiente como para que el ruso sintiera el roce de su erección sobre la suya, y entre aquella cercanía física y la espiritual que el prusiano había conseguido con sus ardorosas palabras, Ivan dejó de sonreír.

—Te quiero, Vanya. Y siempre estaré contigo, porque voy a ser tu espada y tu escudo. Para siempre.

Al llegar hasta sus oídos aquella referencia a su propio juramento profesional, así como la sincera devoción que se desprendía del prusiano, Ivan notó que se le nublaban los ojos y que alguna lágrima amenazaba con perturbar su serenidad. Aquello no lo podía consentir.

—Bésame, Gilbert, por favor.

Apenas había terminado de decirlo y Gilbert ya había atrapado su rostro entre sus manos y se había estirado hasta alcanzar sus labios. El roce de sus miembros se hizo mucho más evidente entonces. Ivan quiso ahogar sus renovados y delicados gemidos en el beso compartido, pero aquello tuvo el efecto de exacerbar aún más al prusiano, de modo que excitándose el uno al otro cada vez más gracias a los gemidos de ambos, sus gestos se volvieron más audaces y, desde luego, más rudos. Mientras lo besaba y le devoraba los labios, Gilbert notó que Ivan abría un poco más las piernas por debajo de él y los latidos de su corazón se le aceleraron en el pecho peligrosamente. Aquello era una clarísima invitación. ¿Lo era? ¿Estaba aquel maldito bastardo al que amaba hasta la locura ofreciéndose del todo por él?

Clavó los ojos, febriles, en él. Lo deseaba. Joder, lo deseaba a morir. Y fue entonces cuando se lo dijo.

—Voy a hacerte el amor, Vanya.

—No seas un opushchennye, prusiano. No te pega.

Gilbert soltó una poderosa carcajada. Luego recuperó su sonrisa torcida de siempre.

—¿Prefieres que te diga entonces que te voy a follar?

—Quizás. Prueba a ver. Quiero ver cómo suena.

El hombre que estaba arriba se inclinó entonces para reformulárselo al oído.

—Ivan, voy a follarte. Voy a tomar mi polla, voy a colocar tu cuerpo según me plazca más y te la voy a meter hasta que te falte el aire. Hasta que grites mi nombre, o grites que continúe, o grites que me detenga. No me importa demasiado. Solo quiero hacerte jadear de placer y que te corras debajo de mí, russkiy. ¿Qué tal así? ¿Mejor?

Esta vez el sonrojo del ruso fue exactamente como el que habría tenido un adolescente ante su primera e inocente alabanza amorosa. En realidad, fue un sonrojo compartido entre los dos, pero aquello no les impidió proseguir. Es más, los incitó todavía más.

—Bien, pues cállate de una vez y házmelo. Te quiero dentro de mí.

En momentos como aquellos, uno era simplemente incapaz de pensar con frialdad, o de sopesar los posibles resultados futuros de las acciones presentes. En situaciones así, es cuando uno pierde el control. Personas incluso como Gilbert Beilschmidt, acostumbrados a mantener la calma y a acatar las normas a fuerza de voluntad y eso a pesar de su carácter más bien explosivo. O personas como Ivan Braginski, cuya vida fue una represión constante desde su mismísimo nacimiento, y que logró experimentar por fin la liberación y la libertad solo mediante el ejercicio de poder y el dominio sobre otros.

Personas tan distintas, y a la vez tan iguales. De alguna forma, ambos lo sabían —eran cosas que tenían interiorizadas, cosas que sabían de sí mismos pero de modo inconsciente—; que los dos eran cara, pero que también podían ser cruz. Que habían pasado por horrores similares, pero que habían sobrevivido con todos los medios que habían tenido a su alcance. Que eran supervivientes. Que estaban solos.

Pero ahora el prusiano quería romper las normas y destruir las cadenas, y el ruso deseaba ser libre, liberarse, sobre todo, de sí mismo.

Y por supuesto, ya no estaban solos.

Ya no era solo aquel sentimiento maravilloso e inconmensurable que experimentaba Gilbert cada vez que sorprendía a Ivan mirándolo —con dulzura, casi como si fuera otra persona que estaba dentro del Ivan externo de hielo y nieve—, o la emoción que embargaba a Ivan cuando se daba cuenta de que Gilbert sonreía de veras, sin imposturas, sin contenerse, con las compuertas de su corazón abiertas de par en par. Era algo mucho más fuerte que un simple enamoramiento, que una pasajera fascinación: era la plenitud de un alma reflejada en otra. Era la justificación de sus vidas, cuyo sentido y grandeza se había perdido cuando la maldad y también la estupidez, sumieron al mundo que conocían en el caos de un verdadero infierno en la Tierra.

Pero ellos no pensaban ya en las guerras pasadas. Quizás una de las razones por las que el sexo era tan increíble es porque les daba la oportunidad de no pensar. De ser solo ellos, sus cuerpos, y de transformar la soledad que los asfixiaba a ambos en una compañía mutua y plena.

"Deseo tanto que Ivan se olvide de todo... De Leningrado. De todo lo que ha sufrido", pensaba el prusiano, acariciándole con cariño la pierna que él mismo había tomado con cuidado para situársela sobre uno de sus propios hombros.

"Daría lo que fuera por no volver a hacer daño a este hombre. Lo quiero, joder. Lo quiero tanto", se decía a su vez el ruso sin apartar su mirada del bello rostro del prusiano, dejándose hacer por él. En aquellos momentos se le antojaba un ángel blanco, demasiado resplandeciente, demasiado distinto a todos, demasiado inalcanzable para ser real.

Pero lo era, era bien real, y sus dedos, desde luego, lo eran también.

El propio Ivan participó en el reajuste de la postura de sus cuerpos y rodeó la cintura de Gilbert con su otra pierna. La anticipación consumía a este último, pero sabía que debía atemperarse; era la ocasión perfecta para poner en práctica su asombrosa capacidad prusiana de autocontrol. Porque, maldita sea, se moría por entrar de una vez en el ruso y proporcionarle un orgasmo de tal calibre que jamás pudiera olvidarlo. Así que procedió con extremada cautela y se demoró lo que consideró necesario para evitarle cualquier malestar innecesario. Aunque nunca podía prescindirse de un poco de dolor, él lo sabia bien. Era parte de ello.

Pero podía distraer su atención dentro de lo posible. De modo que Gilbert se inclinó sobre él una vez más para reanudar sus apasionados besos allí donde antes los habían dejado, e Ivan le correspondió con ganas, con una entrega difícil de superar. Así cuando las tiernas caricias que Gilbert le había estado dedicando alrededor de su entrada con sus dedos bien lubricados se convirtieron en la antesala de lo que estaba por venir, e introdujo levemente la punta de uno de ellos en su interior, Ivan no solo no se quejó, sino que lo animó a proseguir susurrándole tranquilizadoras palabras en ruso sobre sus mismos labios.

Sin embargo, por mucho cuidado que empleó en los preparativos, el diámetro de los dedos no era en absoluto equiparable al de su miembro, y cuando se abrió camino dentro de Ivan —y aunque solo fuera un par de cautos y comedidos centímetros—, este último no pudo evitar que se le escapara un quejido de dolor al tiempo que, en un acto reflejo, echaba la cabeza hacia atrás y le clavaba los dedos al prusiano en la espalda.

—¿Estás bien? —le preguntó con preocupación el atribulado invasor. Por toda respuesta, Ivan lo estrechó aún más con las piernas, asintió y relajó un poco las uñas sobre su espalda desnuda.

—Sigue, sigue, Gilbert, no te me pares ahora.

Gilbert afianzó sus manos sobre las piernas de Ivan y empujó como consideró oportuno, sin excesiva fuerza pero con decisión, y todo ello sin apartar de su rostro aquellos ojos carmesíes tan letales como hermosos. El ruso había cerrado los ojos, se había mordido ligeramente los labios y se había abandonado del todo al dominio del otro hombre sobre él.

El prusiano tomó aire y trató de relajarse. Estaba en él, formaba parte de él. Ahora era él. Y casi parecía más nervioso y desbordado por la situación que el propio ruso. Gilbert extendió una mano hacia el rostro de su pareja y volvió a apartarle con suavidad los mechones clarísimos que contorneaban sus mejillas, adorablemente cubiertas por un infrecuente rubor. Ivan abrió los ojos y le sonrió de corazón y el prusiano creyó derretirse de felicidad, o lo que fuera aquello que le recorría todo el cuerpo como una devastadora llamarada.

—Te quiero, Vanya.

—Te quiero, prusiano idiota. Pero no te me vayas a poner a llorar, ¿eh?

Gilbert se rió. Como nunca lo había hecho, con una risa que lo era todo a la vez.

—Vamos —siguió el ruso con una perfecta imitación de la sonrisa ladeada de su alter ego—. ¿No me vas a demostrar un poco de esa asombrosa e increíble eficiencia prusiana de la que tanto alardeas?

En aquel punto, Gilbert le tapó la boca con una mano y denegó varias veces con la cabeza, aguantando la risa.

—Anda, calladito estás más guapo, russkiy del demonio —y se sonrojó como un colegial. Notó que bajo su mano censora, Ivan se reía en silencio y decidió entonces iniciar por fin el movimiento de cadera que su propio cuerpo le había estado suplicando que pusiera en marcha desde que había invadido al ruso. Enseguida percibió cómo las risas ocultas de Ivan se transformaban en gemidos apagados y retiró la mano de sus labios para liberar los jadeos que se moría por oír.

Y no fue nada difícil hacerle jadear al ritmo que quiso imponerle. Desde aquella postura privilegiada, de rodillas y entre sus piernas, Gilbert podía observar a gusto a Ivan mientras lo penetraba. Sus ojos entornados, relucientes tras la cortina de sus pestañas, el modo exquisito con que trataba de acallar sus gemidos sin éxito, y claro, el oro blanco derramado sobre la almohada. Era lo más bonito que había contemplado en toda su vida. Gilbert imprimió entonces al cuerpo de Ivan un ritmo perfecto. El prusiano era muy bueno en ello. Solo debía pensar en una marcha militar. Todo música, compás —un-dos—, todo orden, perfección. Gilbert comenzó a gemir al unísono con él y aquello también debió de gustarle a su ruso, porque sintió cómo le estrechaba con fuerza con las piernas con las que le rodeaba. Ante el nuevo y poderoso ímpetu con que el prusiano le estaba acometiendo, Ivan llevó sus brazos hacia atrás y sus manos buscaron a tientas los barrotes de su cama, y cuando se asió ávidamente a ellos con los dedos y cerró los ojos, Gilbert se volvió loco de excitación.

No tuvo más remedio que variar la cadencia a paso ligero.

Aquello era magnífico. ¿Cómo podía haber estado tantos años sin volver a experimentar la sensación de subyugar a otro cuerpo? Y, Dios, qué bien sonaba su cuerpo contra el suyo, el restallido de la piel contra piel, el crujido de los muelles de su cama, el golpeteo del cabecero contra la pared y los jadeos de Ivan perfectamente acoplados a los suyos y a cada una de sus embestidas. Como en un concierto, mejor incluso que una orquesta, y él, claro, era el director.

Entonces se detuvo.

—¿Qué te pasa? ¿De qué te ríes? —le preguntó con una leve sonrisa, aprovechando para recuperar el aliento durante el receso.

—Me río porque eres demasiado recto, demasiado perfecto, prusiano.

—Lo sé —accedió él con una mueca de altanería a medias real y a medias fingida.

El ruso soltó los barrotes y llevó las manos libres hasta las caderas del otro hombre. Gilbert lo observó hacer con una ceja ligeramente arqueada y no se opuso cuando Ivan comenzó a moverle las caderas él mismo con sus propias manos.

—Así... Relaja un poco, mi amor —le dijo el ruso con aquella voz grave y dulce y agitada y vibrante de deseo, que le provocó un brutal estremecimiento—. Menos técnica, Gil. Déjate llevar.

—Me pareció que te estaba gustando mucho.

—En efecto. Demasiado —Ivan se rió—. Pero no me quiero correr tan pronto.

Con las mejillas en llamas, Gilbert reemprendió sus movimientos y esta vez agarró el pene de su pareja para estimularlo al mismo tiempo, por lo que pilló por sorpresa a Ivan y lo silenció de inmediato.

—No veo cuál es el problema. Porque pensaba hacerte llegar al orgasmo unas veinte veces—dijo con un destello burlón a medias oculto tras su reconcentrada seriedad.

—¿Ah... ah sí? ¿Es que vas a... vas a contarlas?

—Voy a perder la cuenta.

Una vez más, los benditos gemidos de Ivan inundaron la habitación, aunque Gilbert creyó entender perdidos entre su musicalidad algo así como "maldito prusiano prepotente". Y riendo de puro éxtasis, Gilbert se dijo que era el hombre más feliz del mundo.

xxx

Unas horas más tarde, con el sol adueñándose ampliamente de la mañana berlinesa, Gilbert se encontraba tan en paz y armonía, tendido junto a aquel ángel medio dormido, que ni siquiera se le ocurrió que a aquellas horas su amado debería estar en su despacho de Karlshorst.

Aunque era un ferviente amante de la más meticulosa limpieza, por nada del mundo se habría separado del calor vital que desprendía el ruso, que de vez en cuando le musitaba algo entre sueños y le hacía sonreír de pura satisfacción. Estaba en la gloria. Nada podía ir mal nunca más.

Siguió acariciándole con suavidad y observando su desnudez con adoración. Sentía verdadera idolatría por su cuerpo. Aquel cuerpo que había hecho suyo.

Gilbert notó que el cansancio amenazaba con sumirlo también a él en aquel estado de duermevela, pero no quería olvidarse de nada de lo que habían hecho. Así que rememoró la primera eyaculación del ruso y cómo se había aferrado a él con una fuerza tremenda con cada fibra de su ser, cómo Ivan había arqueado la espalda, había ahogado el involuntario grito en su garganta y finalmente le había sonreído, tembloroso y agradecido. Recordar la bella estampa que le había ofrecido Ivan, sobre todo cuando sus temblores se incrementaron en cuanto Gilbert descendió sobre él para lamerle cada perla de su semen de su vientre y de su pecho, le hizo acercarse de nuevo al durmiente y besarlo en una mejilla con delicadeza.

Ivan se desperezó y buscó sus labios instintivamente. Se estuvieron besando un rato, abandonándose, acaramelados, a un silencio repleto de cariño mutuo.

—No sabes cuánto te eché de menos, Vanya —dijo entonces apoyando el dorso de su mano en la mejilla de su compañero.

—Apuesto a que por las noches me echabas aún más de menos —comentó, malicioso.

—Sí, sobre todo cuando me masturbaba, imbécil.

La risa de Ivan le hizo pensar en que no sabía si prefería verlo reír de aquel modo, o suplicar por que siguiera follándoselo con fuerza, como había terminado por hacer el ruso varias veces en el transcurso de la mañana.

—Hmm, ¿entonces me has sido fiel?

—Pues claro, ¿cómo no iba a serlo, si eres la persona más preciosa que existe sobre la faz de la Tierra?

Ivan enrojeció al oírle decir tal cosa sin un breve asomo de burla ni sarcasmo en la voz.

—Te equivocas, prusiano —y antes de que pudiera protestar, añadió con rapidez—. Porque esa persona eres tú.

Aquel momento sublime, conmovió el corazón de Gilbert hasta lo indecible, pero por desgracia resultó ser demasiado corto. Percibió un centelleo en la mirada de Ivan que le indicó que algo no marchaba bien. Acaso era... ¿tristeza?

—¿Vanya? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño?

—No, no, estoy bien.

—No me mientas, porque tú ya sabes en lo que trabajo.

Ivan soltó una carcajada al reconocer su propia frase en labios de Gilbert, la que él mismo le había dedicado a él siglos atrás. Pero fue una carcajada teñida de un dolor ominoso, que no presagiaba nada bueno. Gilbert se sentó en la cama y lo miró con evidente preocupación.

—Es solo que... bueno, en algún momento supongo que tendría que decírtelo —Ivan deslizó su mano derecha sobre el torso de su amado y jugueteó un rato con los dedos sobre su piel de alabastro.

—Ivan, ¡joder! —Gilbert apresó su muñeca y detuvo de raíz sus caricias.

Cuando el ruso le confesó aquello que lo había mortificado durante todos aquellos meses de soledad, —y de lo que Gilbert no tenía ni el más remoto conocimiento—, comprendió al fin el sutil cambio que había advertido en él.

—Me han expulsado de los servicios de inteligencia y me han degradado, Gilbert.

No, era imposible. Porque aquello era la vida de Ivan. De su Ivan. Tenía que ser una broma. O eso o le había oído mal.

—¿Cómo dices?

—Se acabó, Gil. Estoy acabado. Kaputt —y los ojos se le inundaron de lágrimas.

Gilbert lo miró con los ojos desencajados y la sangre se le heló en las venas. Sintió como si le hubieran dado un brutal mazazo en el pecho. No, Ivan llorando no. El ruso llorando, ¡no! Podría soportar cualquier cosa menos eso.

—Pero... ¿qué? ¿Pero qué ha pasado? —exclamó debatiéndose entre una angustia y una ira cada vez mayores.

—Bueno, han pasado unas cuantas cosas mientras no estabas.

—¿Pero qué cosas, joder?

Con aquellas lágrimas silenciosas que le estaban resquebrajando el alma, Ivan le confesó entonces que había permanecido dos meses en prisión. Que lo habían sometido a varios interrogatorios. Primero la Stasi y luego el MGB. Y todo a raíz de una grabación que habían enviado al cuartel general de la Stasi.

—No fueron excesivamente duros conmigo, dadas las circunstancias y mi rango —dijo con una sonrisa retorcida de dolor, que era casi peor que ser testigo de sus lágrimas—. Pero no fue agradable, eso te lo aseguro. Y ahora me han arrancado mis estrellas, Gilbert. Y sin mis estrellas, yo ya no sé quién soy.

Gilbert apretó los puños sobre sus rodillas. Tanto, que sus huesos crujieron. Por otro lado, la exclamación de rabia contenida que lanzó, enmudeció al ruso.

—¿Quién cojones te ha hecho esto, Ivan?

Porque no estaba dispuesto a que nadie dañara a aquel hombre y se saliera con la suya. No, señor.

—Una mujer. Una noruega llamada Norell Bondevik.

¿Norell...?

—Me hizo chantaje, pero no la tomé en serio. Fui... fui un estúpido, pero te echaba tanto de menos, Gilbert, que yo...

—Escúchame bien, Ivan. ¿Me estás escuchando? —dijo de repente tomándolo del mentón para forzarle a que lo mirara a los ojos.

El ruso asintió, sorprendido y sobrecogido por lo que vio en su compañero.

—Voy a encargarme de todo esto, porque una sola de esas putas lágrimas, Vanya, una sola de esas es suficiente para que me recorra el mundo entero hasta que encuentre a esa puta y le haga lamentar lo que ha hecho.

—Gilbert...

—Te lo juro. Te lo juré por mi vida, ¿recuerdas? —dijo ahogando a duras penas su propia rabia—. Y voy a arreglarlo todo por ti —le aseguró con las manos crispadas sobre su cuello—. O moriré en el intento.


2

Norell Bondevik. No se había olvidado de aquel nombre, claro que no. Gilbert solo recordaba una ocasión en la que la ira lo había consumido de forma parecida, y había sido tras la muerte de Roderich. No, el asesinato de Roderich. Si hubiera podido, en aquella ocasión habría matado con sus propias manos a Ivan.

Sin embargo, ahora era incluso peor, porque aquella mujer diabólica no solo había destruido la carrera del hombre al que amaba, sino que había sido por su propia culpa por lo que ella se había acercado a Ivan Braginski. Si no se hubiera emborrachado, si hubiera sido más fuerte, si no hubiera confiado en una bella desconocida y si hubiera tenido el coraje de encararse y sincerarse con su amante, nada de aquello hubiera sucedido. Por si fuera poco, el chantaje había sido consecuencia de su relación sexual con Ivan. Era consciente de que era un delito penado por la ley, tanto en la URSS como en la RDA, pero aún así, había creído —y seguía creyendo— que ellos estaban por encima de la ley. Desde luego, aquella mujer no sabía con quién se había metido. Bueno, ahora ya debería saberlo.

Gilbert sonrió con una maldad suprema, satisfecha, cruel y retorcida cuando Ivan le dijo que ella estaba encerrada en la prisión de Hohenschönhausen, desde hacía poco bajo el control directo de la Stasi.

—Gilbert, por favor, ten cuidado —suplicó Ivan anudándole la corbata del uniforme, con un aspecto de suma preocupación. Jamás había visto así al prusiano. Es decir, lo había visto a punto de acabar con su propia vida en Königsberg, sí, había visto el fuego arder en sus ojos cuando fue a acusarlo de la muerte de aquel idiota en el Gulag, y también cuando ambos habían compartido aquel sexo destructivo y doloroso y maravilloso, pero jamás había percibido aquella determinación ciega, racional, oscura y fría como la que demostraba Gilbert ahora.

—Cuidado debería haber tenido esa zorra antes de haberse cruzado contigo —dijo Gilbert mirándolo fijamente a los ojos mientras Ivan terminaba de ayudarle con el uniforme. Había decidido reincorporarse al trabajo con su uniforme de gala. Necesitaba toda la autoridad que pudiera desplegar antes de actuar.

—Dime al menos qué piensas hacer en el cuartel.

—Ya te lo dije. Arreglar las cosas.

—Gil, me han degradado por deshonor. Eso ya no tiene arreglo.

—Confía en mí, joder.

—Pero si ni siquiera entra en la jurisdicción de tu ministerio —Ivan le tomó de los brazos, tratando a la desesperada de que recapacitara—. ¿Estás loco? ¿Acaso piensas ir a Karlshorst y hablar con los altos mandos soviéticos?

—Haré lo que haga falta —Gilbert se desasió de sus manos y se apartó unos pasos hasta ponerse firme ante él—. ¿Qué tal estoy?

—Increíble —en los ojos del ruso se debatía una ardua pugna entre el dolor, la admiración y el deseo reactivado. Apenas había pasado un rato desde que había disfrutado de su desnudez, y ya echaba de menos su cuerpo.

Gilbert avanzó un par de pasos y lo besó en los labios.

—Quédate conmigo —insistió Ivan rodeándolo con los brazos—. No quiero que eches tú también por la borda todo lo que has conseguido. ¿Y si llegas allí y te acusan también? Gilbert, en las pruebas mencionaban explícitamente tu nombre.

El ángulo de las cejas de Gilbert se acentuó aún más, pero se las arregló para seguir aparentando despreocupación y seguridad en sí mismo.

—Aún no lo entiendes, ¿verdad, Vanya? Lo arriesgaría todo por ti.

Ivan cerró los ojos y apretó los puños a los costados.

—Esa puta ya tiene lo que se merece, Gil.

—No. No tiene lo que se merece —respondió con suavidad—. Eso lo decidiré yo.

Sabía que era inútil. Así que tomó a su amado de las manos y le besó los nudillos con sincera devoción y cariño.

—Si te meten en prisión también a ti, Gilbert, me moriré.

Y a pesar de todo, en su tono se adivinaba ya la aceptación y una muda resignación. Gilbert sonrió como lo habría hecho el mismísimo diablo.

—Si saben lo que les conviene, no lo harán.

Ivan, muy a su pesar, sonrió también. Casi compadecía a la noruega y a quienquiera que fuera a cruzarse en el camino del prusiano.

Casi.

xxx

Lo primero que fue a hacer Gilbert en el cuartel general, antes incluso que personarse ante sus superiores para dar constancia del éxito de su misión en Berlín Oeste, fue acudir al archivo donde se almacenaban las pruebas y los registros de los casos que llevaba la Stasi. Ni siquiera prestó atención a los cuchicheos que se levantaban a su paso, ni a los rostros asombrados que lo saludaban por los pasillos del edificio.

—¡Camarada Hauptmann! —exclamó el archivero poniéndose en pie en cuanto entró en la oficina—. ¿En qué puedo servirle? Hacía mucho que no le veía.

—Necesito comprobar todos los registros del caso Bondevik, así como las pruebas que fueron recogidas.

El hombre parpadeó unas cuantas veces tras las gruesas gafas, pero consiguió mantener el tipo.

—Sí, señor. El de la noruega rubia, ¿no es así?

Gilbert no respondió, pero la frialdad de sus ojos descendió unos cuantos grados más, de modo que el archivero carraspeó y le extendió el manifiesto diario en que registraba cada movimiento y retirada de los archivos.

—Tiene que firmar aquí, camarada capitán. Y deme unos minutos, por favor.

Mientras esperaba su regreso, Gilbert caminaba de un extremo a otro de la habitación afectado por un nerviosismo cada vez mayor. Sabía que lo primero que debía haber hecho era presentar sus respetos a sus jefes, pero antes necesitaba comprobar por sí mismo los detalles del caso, del sumario, y las pruebas que habían llevado a Ivan a ser interrogado por partida doble y, lo que era aún peor, lo habían conducido a estar dos meses tras las rejas de un calabozo. Lo que no comprendía era cómo no habían ido a arrestarlo ya a él, pues a aquellas alturas todo el cuartel sabría que había regresado. Mirando hacia la puerta de vez en cuando, se preguntó cuánto faltaría para que algunos de sus compañeros policías se acercaran a él y lo esposaran.

"¿Y qué cojones les importará a todos estos a quién me follo en mi casa?", se dijo apretando los labios, taconeando briosamente en aquella oficina mal iluminada.

Debía controlar su ira, o lo echaría todo a perder. Pero ciertamente, lo que más le aterraba era la idea de ir hasta el cuartel general soviético. Aquello podría ser un suicidio en toda regla.

—Aquí tiene —le dijo el archivero al regresar, evitando su mirada. Sin duda, el tipo conocía los detalles del caso. Gilbert tomó sendas carpetas y la cinta de audio que las acompañaba y se despidió del otro hombre con un seco movimiento de cabeza antes de desaparecer rumbo a su despacho.

—Guten Tag, Frau Bergen —dijo Gilbert a una mujer joven que caminaba silenciosamente sobre la moqueta gris del pasillo subida a unos tacones rojos.

—Oh, guten Tag, Herr Beilschmidt, ¡ha regresado usted!

—Así es —asintió él abriendo la puerta de su despacho que, por fortuna, habían mantenido vacío durante su ausencia—. Sea una buena chica y tráigame uno de esos magnetófonos de cinta, ¿quiere?

—Por supuesto. ¿Desea que le traiga alguna otra cosa? —le ofreció ella con una sonrisa coqueta.

—Tráigame un café. Bien cargado —dijo él guiñándole un ojo.

Jawohl, Herr Capitán.

Cerró la puerta tras de sí, se sentó en el borde de su escritorio y abrió enseguida la primera de las carpetas, mucho más abultada que la segunda. Correspondía al caso Norell Bondevik. Observó con rencor la fotografía de la mujer que le devolvía desde el papel aquella odiosa mueca de prepotencia oculta tras una máscara de impasibilidad. Era ella, la mujer rubia que había conocido hacía año y medio en una cervecería, a la que había abrazado con inocencia bajo aquella farola de luz tenue e intermitente. La recordaba a la perfección.

Tuvo que esforzarse por no rasgar la fotografía en mil pedazos.

Alguien llamó a la puerta.

—Pase, Frau Bergen —e iba a alabar su rapidez y eficiencia germánicas cuando unos ojos azul celeste se lo quedaron mirando con intensidad desde la puerta.

Mathias.

Por un lado, casi le dio un vuelco el corazón de pura alegría al ver allí a su amigo. Por otro, se le encogió todo por dentro al recordar el secreto del danés. Antes de actuar, debía, asimismo, cerciorarse de que Mathias hubiera servido, en efecto, junto a los nazis. Y aún así, aunque así hubiese sido —al ver aquellos inmensos ojos claros y francos—, Gilbert comprendió que no deseaba delatarlo. Era su amigo. Lo que hubiera hecho en el pasado no contaba, ¿no era así? Porque ahora Mathias estaba del lado correcto de la frontera.

—Mattie...

El danés vaciló unos instantes en el umbral. Parecía tremendamente afectado por verlo. Gilbert se dio cuenta de que tenía los archivos del caso abiertos de par en par sobre la mesa, y los cerró de golpe antes de ponerse en pie.

—¿Cómo estás Gilbert? —preguntó su amigo con aquella mirada extrañamente suplicante. Desde luego, no parecía ser el mismo de siempre.

—He estado mejor —respondió vagamente. ¿Sabría Mathias de la encarcelación de Ivan Braginski?

—¿Y qué tal... humm ? —el danés se interrumpió y se mordisqueó el labio inferior, con aspecto avergonzado.

—¿Qué tal qué? ¿Mi misión?

—Ajá. Eso. Tu misión.

—Es secreta. Ya lo sabes.

El rubio trató de sonreír como solía hacer, pero solo consiguió parecer aún más sospechoso a ojos de su colega.

—Oye, Mattie, ¿te ocurre algo, tío? Parece como si te hubiera atropellado uno de esos tanques pesados rusos. Varias veces.

El danés cerró la puerta del despacho a sus espaldas y su semblante se ensombreció. Aquello al menos era mejor que su sonrisa dolida y desvalida, tan fuera de lugar en él.

—¿Cómo está tu... tu... ? —se detuvo una vez más y chasqueó la lengua antes de soltarlo—. Me refiero a... bueno, al señor Braginski.

De modo que lo sabía. Gilbert entornó los ojos.

—¿Sabes lo que le sucedió a Ivan? —preguntó el prusiano con la voz grave.

—N... no... Es decir, solo me han llegado rumores.

—Pues te agradecería que no los difundieras tú también.

—Claro, Gil. No debería hacer falta que te lo diga, pero puedes confiar en mí. Lo sabes, ¿verdad? —dijo con un tono más exaltado de la cuenta. No era la primera vez que Mathias le decía algo así. Que confiara en él. Recordó aquellas palabras ya lejanas que Ivan le había dedicado a él poco antes de darle su primer beso. "La segunda regla, Gilbert, es que nunca has de confiar en nadie. Y menos en otro camarada de la policía secreta." Y aunque por entonces le había parecido una exageración, tenía que reconocer que algo de razón tenía. Uno no podía confiar en nadie. En la Stasi lo sabían bien. Estaba cansado de ver cómo algunos traicionaban a sus propios amigos para reducir o librarse de un castigo. Hasta los propios familiares lo hacían.

Y mientras observaba el errático comportamiento del danés, pensó que si podía confiar en Ivan y él era un miembro de policía soviética, ¿por qué no iba a poder confiar también en Mathias, que era su único amigo en la RDA?

El albino suspiró y rehizo su rostro como pudo para ofrecerle un gesto amable a pesar del agotamiento que ya sentía. En aquel momento volvieron a llamar a la puerta y se escuchó la dulce voz de la señora Bergen al otro lado. El capitán de la Stasi la mandó pasar y ella apenas esbozó una sonrisa extrañada al ver allí, plantado en mitad del despacho, al teniente segundo Mathias Køhler.

—Aquí le traigo su café y su magnetófono, Herr capitán —dijo ella pasando junto a Mathias con un contoneo de caderas.

—Déjelo ahí sobre la mesa —indicó Gilbert con un gesto despreocupado para volverse de nuevo hacia su amigo—. Mattie, tengo que despachar unos cuantos asuntos y ponerme al día. Pero me gustaría hablar contigo. ¿Tendrías algún momento para mí en los próximos días?

—Por supuesto. Espero a que tú me digas fecha y lugar, ¿de acuerdo? —dijo el danés rápidamente. Parecía contento de dar por finalizada la conversación y desapareció por donde había venido justo detrás de la joven auxiliar.

Definitivamente, había algo sumamente raro en la actitud de su amigo. Gilbert se frotó los ojos y exhaló un suspiro de cansancio. Luego colocó la cinta en el aparato, lo encendió, y se arrellanó en su sillón de piel con el alma en vilo hasta que la voz que tanto amaba, aquella voz clara, dulce, grave y llena de matices que poseía Ivan alcanzó y reverberó en cada rincón de su despacho.

Y cuando comprobó la incuestionable lealtad de Ivan hacia él, cómo había estado a punto de sucumbir frente a aquella mujer, y aún así se sobreponía y proclamaba: "Lo conozco, es mi prusiano", y que confiaba en que él no le haría ningún daño, Gilbert se sintió tan profundamente conmovido, que volvió hacia atrás para escuchar aquellas declaraciones una y otra vez, con las manos trémulas sobre el rostro.

Se sentía tan agradecido, tan vencido y triste y emocionado por la sinceridad que demostraba Ivan en aquella grabación rastrera e inculpatoria —a pesar de que él lo había dejado para alejarse de su lado—, que Gilbert tomó entonces una decisión firme e irrevocable.

La noruega debía morir.

La noruega moriría.


3

Gilbert se detuvo, se apretó el nudo de la corbata, e inspiró profundamente antes de entrar en el santuario de Mielke. Aquel hombre ambicioso era su mejor baza. Y aunque estaba dispuesto a arriesgarlo todo como él mismo le había asegurado a Ivan, no vacilaría en sacar toda la artillería pesada si fuera necesario.

Erich Mielke se levantó de su sillón en cuanto el agente Beilschmidt lo saludó con un taconeo de las botas y esperó a que le concediera el permiso para sentarse.

—¡Camarada capitán! Tome asiento, por favor —le ofreció el jefe adjunto de la Stasi con un movimiento ampuloso del brazo—. No podía esperar a reunirme con usted.

—Confío en que recibiera puntualmente mis informes —dijo Gilbert sentándose.

—Debo decirle que estoy impresionado. ¿Cinco informantes en territorio del enemigo y en su primera misión de infiltración? Es usted un fuera de serie.

—Lo sé —dijo el prusiano con una sonrisa acerada, cortante—. Estoy especialmente orgulloso por la captación del secretario del americano idiota. Arthur Kirkland, ese sí que está hecho de otra pasta. ¿Se leyó usted todos los informes?

—La mayoría. Es una delicia leerlos. Ojalá más agentes tuvieran la meticulosidad y la atención al detalle que usted posee, camarada Beilschmidt.

"Excelente", pensó Gilbert. Todo parecía marchar como la seda.

—¿Cómo lo captó usted? Me dio la impresión de que su informe del señor Kirkland era mucho más... elusivo e impreciso que todos los demás.

¿Había acaso un asomo de reproche, de acusación velada, de burla, de diversión en los ojos de Mielke? ¿Es que a partir de ahora todos iban a mirarlo con aquella sonrisilla odiosa, que parecía querer decir: "ándate con mucho ojo, conozco tu secreto"? La sonrisa de aquellos seres —débiles, insignificantes, anodinos, mediocres—, que se regodean y regocijan en la caída de los grandes.

—Teníamos muchas cosas en común —respondió Gilbert sin dejarse intimidar lo más mínimo—. Lo importante es que ahora tenemos acceso a información muy valiosa y de primera mano. Y yo respondo por Iggy. Totalmente.

—Desde luego. Parece un hombre íntegro.

"Sí, bueno, lo bastante como para traicionar a su jefe", pensó con ironía.

Gilbert se acomodó hacia atrás en la silla y abandonó la rigidez de su postura. Había llegado la hora de acometer el asunto que verdaderamente lo había llevado hasta allí. El prusiano nunca había sido de los que se andaban por las ramas.

—Camarada Mielke —Gilbert colocó sus manos enguantadas sobre la mesa y tamborileó con los dedos unos instantes sobre la madera hasta que la actitud arrogante del jefe remitió un tanto.

—¿Sí?

—Estuve hace un rato revisando ciertos archivos. Los correspondientes al caso Bondevik sobre chantaje a un alto cargo soviético en la RDA —se detuvo y esperó a la reacción de su interlocutor. Mielke no parecía en absoluto sorprendido. Quizás en todo caso un poco más cauto.

—Sí, lo conozco. ¿A dónde quiere ir a parar, agente?

—En la segunda carpeta faltaban varias hojas. Y no se mencionaba el nombre de la víctima del chantaje, pero tanto usted como yo sabemos bien de quién se trata.

Mielke se aclaró la garganta.

—Ivan Braginski —confirmó—. Sí, esos registros fueron confiscados por el servicio secreto soviético.

—Necesito su ayuda aquí.

—Camarada... —el jefe denegó varias veces con la cabeza con pesar aunque Gilbert no supo si llegaba a ser sincero del todo o no—. No puedo hacer nada por él, aunque en el pasado fuese uno de mis más queridos amigos. Ni aunque me brindara toda su apoyo cuando yo más lo necesitaba. Ni usted tampoco puede. Ahora es cosa de los rusos, ¿debo explicarle cómo funciona la jurisdicción de la policía soviética y la alemana?

—Somos colaboradores, somos aliados.

—Sí, agente Beilschmidt. Pero en el fondo son los rusos quienes tienen la última palabra. Lo sabe, ¿verdad?

—Señor, ¿por qué no se me ha implicado a mí? Le aseguro que aquí follamos tanto él como yo. Es una cosa de dos, lo sabe, ¿verdad?

—¡Beilschmidt! —Mielke parecía escandalizado y había palidecido notoriamente—. Compórtese, porque aún estamos a tiempo de enmendarlo, si es que tanto lo desea.

—¿De arrestarme? —las palmas de Gilbert se extendieron sobre la mesa, ofreciéndole las muñecas al otro hombre—. Hágalo entonces.

—Haré como si no hubiera oído sus disparates. Los rusos nos dejaron su acusación y posible condena bajo nuestra responsabilidad. La de Braginski, por el contrario, recayó sobre ellos. Y, como es natural, lo han mantenido dentro del más estricto secreto. No desean escándalos, y usted debería seguir el ejemplo, camarada, por su bien.

—¿Y por qué mi participación en el... delito se ha pasado por alto? —la sonrisa de Gilbert se torció aún más en la comisura de sus labios—. Le diré lo que yo creo. Porque soy útil a la RDA. Porque daría mi vida por protegerla. Porque en el fondo, a la RDA le importa más la eficiencia de uno de sus mejores agentes que el número, la calidad y el tipo de orgasmos que tenga ese agente en la intimidad de su casa.

—La homosexualidad es un elemento desestabilizador para el Estado, y usted lo sabe. Y no vuelva a mencionar ninguna de sus... depravaciones en mi presencia, o le juro que yo mismo le pondré esas esposas.

Gilbert se levantó y apoyó desafiante la palma de la mano sobre la mesa.

—Le agradezco la confianza que ha depositado en mí, señor. Le agradezco su... generoso indulto —el prusiano torció el gesto y sus ojos resplandecieron de ira—. Al menos con ello demuestra cuáles son las verdaderas prioridades para un estado socialista. Para el estado socialista de Alemania. La Unión Soviética también debería pensar bien en qué centrar su atención y no perder de vista sus objetivos principales. Porque si no lo hace, está perdida. Tan solo fíjese en Stalin. ¿Ha visto toda la propaganda antijudía que abunda por Rusia?

—Cálmese, camarada capitán, o le juro que hará una visita a los calabozos —pero por su tono, más bien parecía una amenaza vacía, protocolaria, temerosa incluso.

—Escúcheme bien, Mielke. Todo es política. La política lo domina y lo impregna todo, ¿no es así? Y sí, Ivan Braginski ha sido un héroe para la Unión Soviética y ha dedicado su vida a la misma, pero Ivan es pro-estalinista, al igual que usted. Ahora Stalin ha perdido el rumbo, se le ha escapado el timón. Incluso Beria no sabe qué hacer para huir del mismo barco que se está hundiendo. A la URSS no le importa lo más mínimo los logros del pasado de un camarada, eso está más que claro.

—¿Pero cómo se atreve? ¿Qué intenta decirme? Tenga cuidado, ¿es acaso usted un trotskista?

Gilbert se inclinó hacia delante, adoptando una actitud cómplice que Mielke no pudo rehuir.

—Sea práctico. Stalin tiene ya 70 años. Y ya sabe qué sucede cuando cae el guía de Moscú, ¿verdad? Sucede como con aquellos antiguos reyes a los que enterraban con su séquito o sus caballos o sus sirvientes. Stalin lo arrastrará todo consigo cuando caiga. A sus más allegados, a sus más fervientes defensores —Gilbert enarcó una ceja con elocuencia—. Y usted no quiere verse impelido por la estela de ese huracán, ¿no es así, Mielke?

—De acuerdo, creo que ya veo por dónde van los tiros.

—Es sencillo. Ayúdeme y yo le ayudaré a usted. Pondré todo de mi parte, todo, removeré cielo y tierra para ayudarle a alcanzar la cima del ministerio. Le conviene tener amigos cuando llegue el momento del cambio de guardia, Herr Mielke, camarada —y se cuadró respetuosamente ante él con otro chasquido de sus botas relucientes e impolutas.

El otro hombre lo contempló con cierta fascinación.

—Es usted un hombre leal, Beilschmidt. De eso no me cabe duda.

Gilbert sonrió, triunfal.

—Nos conviene además procurar el mutuo entendimiento con nuestros amigos soviéticos. Y créame, yo también soy ya una suerte de experto en la materia.

—Bueno, supongo que podría hacer alguna llamada...

Herr Mielke le juro por mi honor que usted llegará a ser un día el jefe supremo de la Stasi. Porque sé que bajo su mando, se convertirá en el mejor aparato policial del mundo. Superaremos incluso a los rusos, ya lo verá. La RDA necesita a alguien como usted.

El otro le devolvió una sonrisa de oreja a oreja.

—De acuerdo. Una vez le dije que me gustaba su estilo directo. Ahora lo reitero.

—Gracias, señor.

—Pero retírese ya, por favor. Su brutal sinceridad me ha agotado —Erich Mielke se levantó asimismo para estrechar la mano del otro hombre, pulcramente uniformado—. Le daré un consejo yo también antes de que se vaya. Haría bien en buscarse una buena muchacha alemana y formar una familia. O rusa, ¿por qué no? Sería mucho más beneficioso para usted.

—Soy un hombre de lealtad inamovible, ¿recuerda? Pero sí, deseo buscar a una mujer en concreto. A una belleza rubia, nórdica... una fémina de armas tomar pero francamente estúpida. ¿Puede que le suene de algo?

—Ya conoce mi respuesta. No juegue conmigo.

—Quiero que me autorice visitarla. Tengo entendido que se halla alojada en las nuevas dependencias de Hohenschönhausen —dijo con cinismo—. Quiero asegurarme de que la dama se encuentra a gusto.

—Camarada...

—Es una cuestión personal, mein Kamerad. Esa mujer no es nadie para la RDA pero para mí lo es todo.

El que años más tarde se convertiría en el inflexible e indiscutible líder de la Stasi durante más de treinta años y hasta la caída del Muro de Berlín, apoyó los codos sobre la mesa, se crujió los nudillos uno a uno ruidosamente y se rió.

—La mujer es suya. Pero por lo que más quiera, sea discreto.


4

Para cuando pudo acudir a las instalaciones de Hohenschönhausen, cedida a la Stasi por la Policía Política Soviética aquel mismo año, el sol ya se había ocultado por el brumoso horizonte berlinés.

Lo cierto es que habría preferido volver a casa aquella noche, cargado de vodka y marcarse una fiesta privada con Ivan, meterse los dos en la cama hasta que se olvidaran de todo, de cualquier cosa que no implicara un placer inmediato y ajeno al mundo exterior. No podía apartar de su mente la imagen de aquel hombre con cuerpo de dios junto al suyo, ni su expresión inundada por el deseo, su inquietante sonrisa, tan bella pero tan difícil de leer en ocasiones, y cuya mera contemplación le provocaba una intensa sensación de vacío en la boca del estómago.

El ruso a veces se le antojaba una preciosa pistola, cargada con una sola bala, sin seguro y apoyada sobre la sien. Como su propia y novísima Makarov, de la que le habían hecho entrega aquel mismo día y que Gilbert llevaba ahora en la cintura, en la pistolera de cuero. A simple vista parecía una pistola dulce, inofensiva, simple, pero en su interior albergaba las mismas balas —o casi, porque tenían un calibre ligeramente mayor— que su precisa, sofisticada y sexy Luger p08.

Una sonrisa siniestra asomó a sus labios; incluso las pistolas, la soviética y la alemana, eran como ellos.

Los soldados que montaban guardia en Hohenschönhausen lo dejaron pasar tras verificar sus credenciales y Gilbert entró en aquel edificio al que habían apodado "el Submarino" debido a las viejas y estrechas celdas que guardaban sus sótanos oscuros. Ahora contaba con celdas de reciente construcción que los propios prisioneros habían erigido, la noruega no podría quejarse.

Un guardia lo condujo por varios pasadizos asépticos y tétricos hasta que se detuvieron junto a una puerta gris y triste, exactamente igual a todas las demás. Gilbert había esperado que el carcelero se quedara por allí cerca, pero se limitó a despedirse y marcharse cabizbajo por donde había venido, dejándolo solo y con la llave de la celda en su poder. Todo iba a resultar mucho más fácil de lo que había imaginado.

Abrió la puerta, se guardó la llave en el bolsillo de la chaqueta del uniforme y penetró en la pequeña celda en la que apenas había un catre diminuto, un taburete destartalado y un retrete en la esquina del fondo. La mujer estaba allí sentada sobre el catre, la espalda sobre la pared de yeso y los brazos rodeando sus piernas. Gilbert se detuvo unos instantes para disfrutar del momento y de su temor cuando ella vio más allá de su uniforme y reconoció a su intempestivo visitante nocturno.

—Buenas noches, Frau Bondevik —dijo Gilbert llevándose los dedos a la gorra gris en un saludo caballerosamente paródico.

Ella, por supuesto, no contestó y se refugió en un expresión neutra.

"Qué fácil me lo pones, gatita sin uñas".

—Norell, ¿verdad? —preguntó de forma casual, tomando asiento en la cama mientras se sacaba un paquete de cigarrillos del bolsillo delantero y le ofrecía uno con expresión divertida. Ella no movió un solo músculo. El prusiano encogió los hombros y se encendió un cigarrillo con cuidada parsimonia. Luego le dio la primera calada y expulsó la primera bocanada de humo mientras examinaba en silencio a la mujer, cubierta por un pijama informe que ocultaba demasiado bien sus exiguas formas femeninas. Estaba aún más delgada de lo que recordaba, pero seguía siendo hermosa. Incluso sin su maquillaje, sin su peinado ondulado con tenacillas y sin su modelito ajustado.

—Debe de estar realmente asustada de mí si ni siquiera me acepta un cigarrillo —comentó sin esperar a recibir aún una respuesta. Una chantajista debía tener una fuerza de voluntad superior a la del común de los mortales, aunque aquello no haría sino más divertido el juego entre ambos. A pesar de todo, Gilbert distinguió un breve destello en las pupilas de la mujer cuando esta recorrió disimuladamente con la mirada el uniforme de la Stasi que él llevaba.

Gilbert le dedicó una sonrisa sinuosa.

—Bueno, quien no arriesga no gana. Eso dicen, ¿verdad? —continuó él acercándose más a ella sobre el colchón y sobre las ásperas sábanas—. Lo malo es que quien arriesga, también puede perderlo todo. Claro que eso no lo suelen decir. Es triste, pero en este mundo edulcorado siempre se tiende a ocultar una parte de la historia.

El prusiano extendió la mano y la posó sobre la rodilla de la mujer, y percibió con satisfacción cómo ella se encogía sobre sí misma a pesar de sus esfuerzos por convertirse en una estatua impasible.

—Oh, Norell, Norell, ¿pero cómo se te ocurrió entremezclar tus asuntos con los nuestros? Qué mala investigadora eres. Tan bella, tan joven... —sus dedos enguantados en cuero acariciaron su rodilla con premeditada lentitud—. Qué desperdicio.

Ella apartó su mirada de él y de alguna forma su gesto encendió una leve llama de excitación en el prusiano. Si aquello era lo que se sentía al ejercer el dominio y el poder sobre otra persona ahora empezaba a comprender muchas cosas.

Pues bien, había llegado la hora de divertirse un rato y de destruir la fortaleza de la noruega.

—Norell, desnúdate.

Se dio cuenta de que los dedos de la mujer se aferraban a la tela de sus propios pantalones grises, aunque seguía haciendo un esfuerzo por no caer ante él. Estúpida mujer, aquello hacía mucho más entretenido todo el asunto.

—Quítate la ropa —insistió mientras seguía fumando tranquilamente y viciaba el poco aire respirable que reinaba aún entre aquellas cuatro paredes—. Hace años que no veo a una mujer desnuda. Quiero decir en carne y hueso. Sería una agradable novedad para mí, la verdad. Aunque estoy seguro, aun sin verte, de que prefiero mil veces a mi ruso antes que a ti y a tu escuálido cuerpo de ramera —Gilbert dio la última calada al cigarrillo y apagó la colilla con movimientos suaves y circulares sobre la piel de la mano de la mujer, que consiguió no gritar a pesar de la oleada de dolor que la sacudió—. ¿Sabes qué hicimos esta mañana Ivan y yo? Hmm, creo que entre los dos nos corrimos unas ocho veces.

Norell ya no se mostraba tan imperturbable como antes, e incluso se había puesto a temblar.

—Creo que me gustaría que él estuviera ahora aquí con nosotros. Entre los dos podríamos hacerte gritar un poco, Norell. Y yo creo que en el fondo te gustaría. Pero es una lástima porque no quiero que Ivan vuelva a ver tu cara en lo que te resta de vida. Que no es mucho —dijo riendo, con una malicia que sobrecogió a la mujer.

Gilbert sabía que en algún momento le suplicaría piedad.

—Así que dado el poco tiempo que te queda sobre este mundo, yo que tú me quitaría la ropa y acabaría con esto antes de que empeores las cosas. Porque si no me obedeces, querida, voy a apagar el siguiente cigarrillo entre tus piernas.

La muchacha entonces comenzó a despojarse de las prendas arrugadas que llevaba encima.

—Buena chica —musitó él sin perderse detalle a medida que Norell iba descubriendo su cuerpo. Y añadió con severidad al ver que ella titubeaba—. La ropa interior también.

Norell se bajó las bragas hasta los muslos y el prusiano la detuvo en ese momento para tomar la última prenda que le quedaba y quitársela él mismo con delicadeza por los tobillos. Al ver que él se acariciaba su propia entrepierna con un gesto ausente mientras la contemplaba, Norell decidió acabar con su mutismo antes de que fuera demasiado tarde.

—Señor... Beilschmidt. Por favor, no hay día que no me arrepienta de lo que hice —su voz sonaba casi como un graznido, como una nota desafinada en mitad de una hermosa aria.

Pero aquello fue mucho peor. La cólera prendió en los ojos del hombre y sustituyó la esforzada frialdad que había estado mostrando hasta aquel momento.

—Tu arrepentimiento es irrelevante —su expresión se contrajo de pura irritación y Norell lo miró, atemorizada, sabiendo que no tenía ya nada que hacer—. ¿O acaso tienes alguna forma de devolverle lo que le has quitado? Devuélvele su honor. —Gilbert llevó una mano hasta la funda de su pistola—. Devuélvele su cargo, sus estrellas rojas —desabrochó el cierre de la funda y acarició la culata de la Makarov con la punta de sus dedos envueltos en cuero—. Devuélvele la sonrisa al dueño de mi alma, furcia. —extrajo al fin la pistola y la empuñó con un movimiento fluido de la mano.

—No vas a matarme —dijo ella recuperando parte de su fortaleza a la desesperada—. Y si lo haces, siempre será mejor que estar aquí encerrada. Así que, adelante, mátame, albino.

El hombre bajó la pistola con el ceño fruncido pero adelantó el arma y apoyó el cañón de frío metal en una de las piernas de la mujer.

—Eres una mujer poco común —reconoció—. ¿Pero de dónde ha sacado una criatura tan insignificante como tú toda esa valentía? ¿Es por tu sangre noruega?

Ella no respondió.

—No voy a matarte aún. Pero puedo hacerte otras cosas —le introdujo la pistola entre los muslos y ella trató de quitárselo de encima. Gilbert la agarró por los cabellos con la otra mano y la tumbó sobre el lecho con suma facilidad.

—Mátame, albino —insistió ella con un tono de voz que ya ni evidenciaba siquiera un poco de temor—. Véngate. Es lo que quieres, ¿no? Pues hazlo.

—¿Acaso vas a decidir tú cómo y cuándo he de vengarme? Scheiße, ni siquiera me pones un poco —exclamó él mirando su desnudez con desagrado. Cuando el cañón de su pistola rozó su entrepierna, ella lanzó un gemido y él apenas esbozó una ligera mueca.

—¿A... así es como hacéis las cosas en... en la puta Unión Soviética? Perros comunistas... —soltó ella perdiendo la serenidad cuando el hombre había empezado a mover el arma adelante y atrás sin preocuparse demasiado por la fuerza empleada en la fricción.

Gilbert se rió a carcajadas.

—¿Esa es tu última baza? ¿Insultar a la Unión... ? —Gilbert enmudeció y detuvo la mano antes de ir más lejos—. Un segundo, ¿eres una anti-comunista de verdad o solo es tu patética manera de evitar que te meta esta pistola por las entrañas?

La respiración de la joven se había acelerado como consecuencia de sus palabras y actos, y se negó a contestarle. Pero ya era demasiado tarde. Una luz de alarma parpadeaba en la mente del prusiano, sacudiendo el instinto de policía que había llegado a adquirir con la práctica.

—¿Quién eres, Norell Bondevik?

—Una mujer a la que estás a punto de violar, hijo de puta.

—¿Ese es tu nombre real?

—Vamos, sé un hombre y haz lo que tengas que hacer. Pero con la polla. ¿O es que solo se la metes a los hombres? Seguramente eres un invertido de los que prefieren que le den por detrás. ¿Te da bien fuerte tu ruso?

Se habría reído si no hubiera estado concentrado en analizar las posibilidades que surcaban a toda velocidad por su cabeza. Además, ella estaba intentando cambiar de tema. Había algo tremendamente sospechoso en todo lo que concernía a aquella mujer, y le daba la impresión de que había pasado por alto algo muy importante al leer los archivos del caso. Gilbert se guardó el arma en el cinto y volviendo a asirla de sus cabellos, le repitió lentamente:

—¿Quién eres, Norell Bondevik?

Y ante su silencio, él se impacientó y le obsequió con una bofetada que restalló como un látigo en la quietud de aquel sótano.

—Soy de la Stasi. Lo sabemos todo, puta valquiria inconsciente. Y te juro que si averiguo que eres alguien que finges no ser... Y si averiguo que tienes algún cómplice... te juro que hubieras preferido que te hubiera introducido la pistola por aquí y hubiera apretado el gatillo.

Al decir aquello, Gilbert le indicó el "lugar" con la mano, aprovechando para acariciarla, desdeñoso, con los dedos sobre el sedoso vello rubio que poseía entre las piernas. Ella soltó otro gemido y rehuyó su contacto como pudo.

—¡No me toques, cerdo!

Pero se habría dejado tocar por él y lo que hubiera hecho falta si con ello hubiera podido evitar que aquel bastardo indagara más en su vida personal. Si lo hacía, llegaría sin duda hasta Mirja, que, para tratar de ayudarla, había sido quien había enviado la maldita grabación a la Stasi mientras ella estaba siendo interrogada en uno de los calabozos por acusación del maldito ruso. La mera posibilidad de que ella se viera también envuelta en la cruzada del prusiano, la mortificaba.

No le quedaba otra que jugarse su último triunfo en una jugada demencial.

—Soy una agente del enemigo. De tu enemigo. Una espía.

Gilbert no se rió. En realidad, no hizo nada. Se limitó a observar los pequeños pechos desnudos de la mujer, y después sus ojos azules, que lo miraban con un odio y rencor extremos.

—Si no me crees, te daré datos que podrás verificar. ¿Tienes contactos en el Oeste? Ellos podrían ayudarte en esto —y agregó con firmeza—. Además, no puedes matarme porque te valgo muchísimo más viva.

Se estaba arriesgando como nunca, porque a veces se intercambiaban espías entre el Este y el Oeste por beneficio mutuo. También podía darle la oportunidad de convertirse en un agente doble. En otras ocasiones, por desgracia, se fusilaba sin más a los infiltrados, aunque eso se solía reservar para los traidores a la patria.

El prusiano siguió sin reaccionar. Aquello no lo había esperado. Pero de repente volvió a sonreír, y fue de una forma tal, que Norell estuvo a punto de echarse a llorar.

—Norell, querida, aunque fueras el mismísimo papa de Roma, no podría importarme menos. Voy a acabar contigo. Voy a recrearme en tu final. Lentamente. Y además tu muerte me proporcionará algunos beneficios entre los jefes. Ya verás por qué —le dio unas palmaditas paternales en una mejilla—. Oh sí, comprobaré si de verdad eres una espía, aunque eso no cambiará nada, valquiria incompetente. Porque solo me importa tu historial como chantajista. Es una cuestión personal, como bien sabes.

Se acabó. Había jugado, y había perdido. Pues bien, ahora solo quedaba una cosa por hacer.

—Muy bien. Quizás podamos llegar entonces a un acuerdo, albino.

Norell sabía que no llegarían a ningún acuerdo, pero debía hacerlo por el bien de Mirja.

—Oh, no te molestes...

—Mi contacto en Berlín Este y mi cómplice en todo este asunto es el teniente segundo del Ministerio para la Seguridad del Estado, Mathias Køhler.

Al menos tuvo el dudoso consuelo de disfrutar de la confusión que obró en el albino y luego del estallido de dolor que dominó su rostro y acabó por fin con aquella abominable y despreciable sonrisilla de superioridad.

—De hecho, fue él quien me condujo hasta ti. Quien me hablo de ti. De vosotros dos, cerdos invertidos —terminó con frialdad.

Con aquella cortina de humo, quizás el maldito prusiano se olvidara de seguir buscando más cómplices para llevar a cabo su vendetta. Quizás aún pudiera salvar a Mirja.