Capítulo 10:

Si un año atrás le hubieran dicho que se encontraría en la misma situación, probablemente se hubiera encerrado en una torre para evitar todo contacto humano. Pero no podía hacer eso, y ahora debía estar ahí, soportando las miradas y los susurros de todo el mundo.

Tras 6 días, la información se había filtrado, y El Profeta había utilizado la primera plana de la edición de ese día para anunciar a los cuatro vientos el secuestro de Sirius Black y Lily Evans por el Innombrable. Apenas había agarrado el ejemplar le prendió fuego; no necesitaba leer lo que ese periódico amarillista pudiera decir.

Como si ya no fuera suficiente lidiar con esa angustia que se había estancado en su pecho, impidiéndole comer, hablar y respirar correctamente. Su padre le había enviado una carta esa misma mañana prometiéndole que hundiría al dueño de todos esos periódicos en la miseria, y que luego lo invitaría a verlos caer en desgracia. Sonaba bastante macabro, pero a Harry no le importó, incluso hasta le pareció una perspectiva optimista sobre el futuro. Tampoco podía pedirle a su padre que mantuviera a raya su humor sombrío, con lo desolado que se debería sentir. Lo extrañaba más que nunca en esos momentos.

Ron y Hermione habían tenido que asistir a una reunión de prefectos, y él había decidido visitar la biblioteca, para intentar distraerse haciendo deberes. Pero las miradas se volvían más inquisitivas y los susurros más intensos. Lo que más lo desesperaba era esa compasión y esa lástima que nadaba en la gran mayoría de los alumnos cuando fijaban la vista en su persona.

Los murmullos se escuchaban desde todos lados.

"He escuchado que el Ministerio no tiene ninguna pista desde el día del secuestro."

"Oí que su padre se ha vuelto loco."

"Pobrecito, y después de todo lo que ha sufrido…"

Era suficiente. No podía seguir soportándolo. Aquellas palabras no hacían más que alimentar sus peores miedos. Agarró sus cosas, metiéndolas como pudo en la mochila, apresurándose por salir de la biblioteca.

Caminó por el pasillo, haciendo ojos y oídos sordos, mirando fijamente el suelo. No quería volver a escuchar a nadie hablando sobre su vida, nadie tenía ningún derecho de meterse en sus asuntos privados. Sólo quería que lo dejaran en paz, quería ser un adolescente normal, ojalá siendo ignorado por todos, y sobretodo, quería tener a su Mamá a su lado, teniendo como mayor preocupación la comida de la pronta cena navideña.

Trató de liquidar rápido ese último pensamiento, porque la sola idea de pensar que la primera Navidad que pasaría con toda su familia, fuera sin su madre y Sirius, le daban ganas de tirarse en el suelo a llorar.

No se dio cuenta de dónde estaba. Sólo sintió la colisión, el porrazo que se dio contra la piedra, y un gritito ahogado. Parpadeó. Estaba en una esquina, y al doblar, guiado por el mero movimiento mecánico de sus pies, chocó con la persona que iba en dirección contraria. Quien resno ultó ser otra persona más que Cho Chang.

"¡Cho!" exclamó, apurándose por ayudarla a levantarse del suelo y recoger sus cosas. "¡Lo siento! No me di cuenta por dónde iba, yo…"

"Ay, no te preocupes, Harry. Estoy bien." Lo tranquilizó ella, obsequiándole una sonrisa sincera. Harry recordó que no la veía desde su cita en Hogsmeade.

"¿Cómo has estado?" nunca supo cómo logró decir aquello, ni por qué. Ella pareció sorprenderse por el curso de la conversación, abriendo los ojos con sorpresa.

"He estado bien, pero… Harry, tú…" la detuvo negando con la cabeza, intuyendo hacia dónde se dirigían sus intenciones.

"No… no quiero hablar de eso, Cho." La cortó. No le importó ser un poco pesado, pero es que ya era demasiado. Para acentuar su estado, en ese momento un grupo de chicas de Hufflepuff pasaron por su lado, dirigiéndole miradas compasivas, como si estuvieran viendo a un cachorrito abandonado.

Resopló.

"Estoy tan cansado de todo esto." Se pasó las manos por el cabello, tratando de mantener a raya su desesperación. "Sólo quiero desaparecer un rato de aquí."

"Hey, si quieres, podemos ir a un lugar que conozco." Le propuso ella. La miró fijamente a los ojos.

"¿Dónde? ¿Hay mucha gente?" le cuestionó. La vio arrugar el ceño mientras pensaba. Le sorprendió encontrar adorable su gesto. En ese instante reparó en que tenía el largo cabello negro tomado en el costado izquierdo con una pinza para el pelo, dejando caer su cabellera en desnivel por su hombro. El flequillo le había crecido, y jugaba con tocar sus largas pestañas, dándole una apariencia un tanto desarreglada, y salvaje.

Oh, Merlín. ¿En serio podía albergar pensamientos como aquellos en ese momento?

Parecía que sí.

"Estoy segura de que muy pocos conocen su existencia." Dijo Cho finalmente. La posibilidad lo animó como nada lo había hecho en varios días. Hace 6 días exactamente.

"Pero… ¿puedes hacerlo? Quiero decir, ¿no ibas a estudiar, hacer deberes, o algo así?" inquirió, señalando la mochila pesada que llevaba encima. Ella negó lentamente con la cabeza, sacudiendo su cabellera.

"No, he repuntado en clases de Pociones, y eso era lo único que me tenía complicada." Y se permitió sonreír, orgullosa de su pequeño triunfo.

Ante eso, Harry no tenía mayores reparos. Si hubiera sido otra ocasión, se habría resistido más, pero ahora de verdad necesitaba escapar de las miradas y los susurros. Iba a volverse loco si no lo hacía.

Charlaron medianamente animados mientras bajaban las escaleras hasta el primer piso. Harry pensó que seguirían bajando, pero en lugar de ello, Cho se dirigió a la salida, hacia los jardines. Arrugó el ceño, un tanto extrañado. El frío aire de principios de diciembre le sentó bastante bien al golpearle la cara.

Cho caminó por el borde del castillo hacia los invernaderos donde la profesora Sprout impartía su clase de Herbología. Pasaron del invernadero que usaban generalmente para las clases, hasta llegar al último, que estaba medio escondido en el límite entre el castillo y el Bosque Prohibido.

Lucía descuidado, y esa impresión no mejoró en cuanto entraron; las mesas estaban vacías y cubiertas de tierra de hojas. Había sacos de tierra por aquí y por allá, maceteros apilados, regaderas oxidadas, varias palas y rastrillos rotos, bancos desvencijados, y un pequeño armario que en otro tiempo fue blanco, que estaba cerrado con un candado.

Cho fue a sentarse sobre uno de los bancos, que estaba en la esquina del fondo, escondido detrás de las mesas. Para su sorpresa, había otro banco al frente del de ella. Harry la imitó, dejando la mochila en el suelo.

"Este invernadero es usado como bodega. Nadie suele venir por aquí, excepto Filch de vez en vez, cuando necesitan reponer algún material de las clases de Herbología." Le contó ella de forma despreocupada para tranquilizarlo. Se había echado hacia atrás hasta apoyar la espalda contra la pared.

Harry también se echó hacia atrás, mirando el techo del invernadero. Estaba cubierto por enredaderas, dejando que muy poca luz se filtrara hacia el interior. Por eso el lugar, además de callado y abandonado, era bastante oscuro.

"¿Cómo conoces este sitio?" susurró, bajando la mirada hasta posarla en ella. Cho desvió la vista, removiéndose un poco incómoda.

"Él… me lo enseñó. Solía venir aquí cuando quería estar solo." Contestó en un débil murmullo.

"Oh." Fue lo único que se le ocurrió decir. Trató de evitar que Cedric se inmiscuyera demasiado en sus pensamientos, porque lo único que haría sería deprimirlo aún más. "Es un buen lugar." Añadió para cambiar el tema. Cho asintió.

El silencio que siguió fue tan abrumador que Harry pudo escuchar los latidos de su corazón. Al fijar nuevamente la mirada en su compañera, percibió cómo los latidos aumentaron la frecuencia al percatarse que estaba completamente solo con ella.

Tirada sobre el banco, la falda se le había subido por la rodilla, que chocaba con la suya, mostrando la piel suave y lisa. Tenía la capa y la túnica abiertas, sin sweater y sin la corbata bicolor azul y plateada, dejando ver cómo su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración pausada, tensando los botones de la blusa blanca mientras lo hacía; debajo de ella, Harry podía apreciar unos generosos senos, los cuales se insinuaban por los primeros botones desabrochados de su blusa. Sólo entonces Harry recordó que Cho tenía un año más que sus compañeras, 16 años.

Tragó saliva, perdido en ese botón que aguantaba toda la tensión de la situación.

"Harry…" le llamó ella.

Levantó la vista, dirigiéndola hacia sus ojos. Algo había oscurecido su mirada, más de lo normal. Sus labios rosados estaban levemente entreabiertos. Incluso podía ver las pecas de su nariz.

"Harry…" volvió a llamarlo, con la voz extrañamente enronquecida. Sintió cómo la erección chocaba contra sus pantalones por allá abajo, oculta por la túnica. "Te habían dicho, que… este año volviste… muy guapo."

Sintió que la boca se le secaba. Su corazón estaba dando saltos cada vez más desesperados, y su estómago se encogía hasta adoptar el tamaño del puño de un niño pequeño.

Atinó a negar con la cabeza.

Ella alargó la mano hasta posarla sobre su mejilla. Todo el calor de su cuerpo se concentró en el contacto de sus dedos, sintiendo que la piel le hervía. El mundo, en ese instante, sólo se reducía al tacto de sus dedos fríos.

Tenía 7 pecas.

Sentía su respiración sobre el rostro, entrechocando con la suya. El aroma inconfundible de su perfume impregnaba sus fosas nasales, mareándolo con su esencia. Se atrevió a posar la mano sobre su pierna, por encima de la falda. Estaba tan caliente como su propio cuerpo.

"Cho…" susurró con esfuerzo. Se sorprendió del grado de gravedad de su voz. Ella también, porque emitió un sonido parecido a un quejido, provocando que su erección se moviera inquieta y dura.

"Oh, Harry…" gimió ella sobre sus labios, tan cerca, que Harry casi podía saborear la humedad de su boca. Apenas estaba consciente de que iba a dar su primer beso, y en qué circunstancias. El pensamiento de que si no lo hacía ahora no lo iba a hacer nunca fue el que finalmente lo impulsó hacia delante.

Lo único que importaba en ese momento, era que todo lo demás había desaparecido de su mente.

Todo lo que no fuera besar a Cho Chang, enredarse en su lengua, degustar su sabor, mordisquear sus delgados y rosados labios, e impregnarse de su aroma.


El día siguiente había amanecido frío y gris, poblado de espesas nubes que anunciaban lluvia.

Se había olvidado del curso del tiempo encerrado en el Invernadero con Cho. Cuando miró el reloj, descubrió que habían pasado varias horas, y que la cena ya había empezado. Se apresuraron por coger sus cosas y volver al Castillo, sin mirarse ni dirigirse la palabra. Al llegar al vestíbulo, Cho se excusó diciendo que no tenía hambre, y se marchó subiendo las escaleras hacia la Torre de Ravenclaw muy apurada, como si quisiera apartarse de él lo más rápido posible. Eso sólo lo hizo sentirse abatido y desgraciado.

El vacío que había experimentado todos esos días no tardó en volver, con una profundidad mayor que antes. Estuvo consciente de las miradas preocupadas de sus dos amigos mientras jugueteaba con la comida, quienes optaron por respetar su silencio y no hacerle ninguna pregunta.

Aquella mañana se había levantado con aún menos ánimo que los días anteriores.

Pero se llevó una enorme y grata sorpresa al descubrir, que de pie en el vestíbulo, su padre le devolvía la mirada con un intento de sonrisa.

"Papá." Musitó con la voz ronca, como si llevara días sin hablar. Antes que Ron y Hermione, que se dirigían al Gran Salón en su compañía, se hubieran percatado de su detención abrupta, bajó rápidamente las escaleras para abrazar a su padre con fuerza. Se veía mucho más pálido, delgado y demacrado que la última vez que le había visto, hacía una semana.

Se estaba consumiendo en sí mismo, y aquello no podía ser ninguna buena señal.

James le devolvió el abrazo, envolviéndolo con la capa negra que se arrastraba por el suelo. A pesar de todo, ser estrujado por los fuertes brazos de su padre seguía dándole la sensación de seguridad frente a cualquier evento. Su calor, su olor, el mero gesto de encontrar sosiego en su abrazo, pese a que su padre estaba lejos de hallarlo para sí mismo, no eran más que signos de lo mucho que Harry necesitaba a su padre en ese instante, y a nadie más.

Se sentía mucho más tranquilo con él ahí.

"Merlín, Harry… Te he echado tanto de menos estos días..." masculló su padre contra su cabeza, con la voz quebrada, como si fuera a echarse a llorar. Pero cuando alzó los ojos, no encontró ningún rastro de lágrimas en su rostro.

"Me alegro mucho que estés aquí, Papá."

"Lamento no haber estado más presente. He estado… ocupado, tratando de localizarlos." A ese punto, ya se habían acercado sus amigos, quienes también fueron recibidos por un efusivo saludo de James. "El departamento de Aurores ha puesto a mi disposición un escuadrón permanente para efectos de investigación y rastreo. Incluso la Orden se ha puesto a ello con principal preferencia, pero Voldemort ha estado inusualmente inactivo desde el secuestro." Lo dijo todo con el rostro impasible, pero Harry podía leer el sufrimiento que se marcaba en todos los poros de su piel. "Remus me ha relevado por hoy. Insistió en que necesitaba… algo de descanso." Se toqueteó distraídamente el anillo de piedra esmeralda que llevaba por encima del guante en el dedo anular de su mano izquierda.

"¿Vas a quedarte todo el día?" inquirió, levemente esperanzado ante esa posibilidad. Su padre curvó las comisuras de sus labios, tratando de dedicarle una sonrisa, pero no lo logró.

"Exacto. Dumbledore me ha autorizado para estar contigo. También tienes permiso para saltarte las clases." Entonces se puso dubitativo, mirando a Ron y Hermione. "Lo siento, chicos, pero creo que ustedes no entran dentro de los términos del permiso." Dijo con aire abatido, sintiéndolo de verdad.

"No te preocupes, James. Los acompañaremos en las comidas, ¿Verdad, Ron?"

"Claro, no hay problema."

Así fue como los cuatro ingresaron al Gran Salón para desayunar. James les dijo que Dumbledore había adecuado la sala que estaba escondida detrás de la mesa de los profesores para que pudieran comer sin ser objeto de miradas indiscretas. Esperaron a que bajaran Fred, George y Ginny, y los siete se dirigieron a la sala, charlando y riendo, tratando de mantener el humor arriba. Los gemelos realmente lograron sacarles más de una sonrisa, mostrando los nuevos productos que estaban creando para su futura tienda de bromas. James les contó algunas de las aventuras que había tenido con Los Merodeadores durante su época en Hogwarts, y así fue como la hora se pasó volando. Prometieron encontrarse allí a la hora del almuerzo, para seguir conversando.

Harry y su padre se despidieron de Ron y Hermione en el vestíbulo, quienes debían ir a clases de Transformaciones. Hermione le prometió que se aseguraría de tomar buenos apuntes para prestárselos más tarde, para que no se preocupara. Su padre, por su parte, le comentó que él podría enseñarle de forma personalizada la materia, dado que los cursos básicos de Transformaciones que se impartían en Hogwarts se los sabía al revés y al derecho; no por nada se había convertido en animago a los quince años.

Salieron a los jardines, paseando con aire desganado, dado que ninguno de los dos sabía dónde ir. Parecía que se iba a poner a llover en cualquier momento.

Ahora que caminaba junto a su padre, se dio cuenta que llevaba un atuendo distinto al que solía utilizar. La larga capa negra que arrastraba por el suelo ocultaba un elegante y simple traje negro de dos piezas, con chalequillo y corbata incluido, todo del mismo color. Daba la impresión de que quería demostrar algo vestido de esa manera, tan estoica y formal, aunque Harry no estaba muy seguro de entender qué.

"¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid? Hace harto tiempo que no lo veo." Dijo entonces su padre, fijando la mirada en la cabaña del guardabosques y profesor de Cuidado de las Criaturas Mágicas.

Fue él quien golpeó la puerta cuando llegaron. Se escuchó la voz de su amigo decir 'Un momento', seguido de un trajín de sonidos de diferentes naturalezas. Harry aguardó junto a su padre, hasta que la puerta se abrió, y el rostro del guardabosques y profesor de Cuidado de las Criaturas Mágicas los recibió con una enorme sonrisa.

"¡Harry! ¡James!" exclamó, y antes de que padre o hijo pudieran hacer algo, fueron estrechados en un abrazo de oso de Hagrid.

Después de almuerzo, sus amigos se marcharon a clases de Pociones. Agradeció nuevamente que su padre lo haya salvado de tener que asistir a aquella clase, porque no tenía ninguna intención de soportar a Snape y sus comentarios mordaces.

Volvieron a salir a los terrenos, paseando por el borde del lago, hablando de distintas anécdotas y vivencias personales. Aunque Harry podía percibir que su padre estaba mucho más intranquilo que durante el transcurso de la mañana.

Se sentaron hombro con hombro sobre un tronco caído, en la entrada del Bosque Prohibido, alejados de la cabaña de Hagrid, y de cualquier alumno que pudiera verlos. Su padre guardó silencio, y por alguno minutos, lo único que Harry escuchó fue el sonido del viento pasar entremedio de las copas de los árboles, botando hojas. Hasta el Bosque se había quedado callado.

"Papá… ¿qué pasa?" masculló, sintiendo que más silencio iba a volverlo loco. James parpadeó antes de dirigir la vista en su dirección. Su expresión era extrañamente seria. Nunca lo había visto así, y por un momento creyó que lo peor había pasado, y que su padre procedería a contárselo.

"Verás, Harry… Aún no estoy muy seguro si deba contarte esto o no. Tengo muchas dudas." Pausó. Harry sentía que se le iba a salir el corazón por la boca. Hizo un gran esfuerzo por no vomitar el almuerzo que intentaba digerir. "Pero creo que debes saberlo, para entenderlo todo. Mereces saber el por qué de todas las cosas que nos han pasado durante todo este tiempo." La ansiedad disminuyó al darse cuenta que no iba a decirle nada horrible sobre el paradero de su madre y su padrino.

Finalmente, los secretos se iban revelando.

Su padre se pasó las manos por el rostro, cubriéndose los ojos mientras pensaba. Le transmitió un poco de su angustia, pero no lo suficiente para amedrentarlo. Las ganas de saber eran más fuertes.

"Harry…" dijo entonces su padre, mirando el horizonte, pero sin ver nada en realidad. "Recuerdas cuando te conté… que Voldemort había asesinado a mis padres… ¿Verdad?"

"Sí." Respondió sin pensar. ¿Cómo iba a olvidarlo? Era como si sus destinos estuvieran malditamente interconectados por las desgracias.

"Y recuerdas que te dije, que después de eso, mi tutor legal se hizo cargo de mí todos esos años, hasta que cumplí los 17, ¿cierto?"

"Sí, sí me acuerdo. Era el señor McDeere, Víctor McDeere." Contestó. No tenía ni la más remota idea de por qué le estaba contando todo eso, quizás el señor McDeere tenía algún problema o le había pasado algo, y necesitaba de su ayuda.

James dirigió los ojos hacia él. Harry no recordaba haberlo visto tan pálido, como si estuviera enfermo. La desesperanza de su mirada era abrumadora. Hasta creyó percibir algo parecido al miedo.

Oh, por Merlín. ¿Qué podía causar esa angustia en su padre? El corazón se le empequeñecía con su sufrimiento.

"Bueno… en realidad, Víctor McDeere es una falsa identidad." Su padre se lamió los labios, muy nervioso. "Era Voldemort. Voldemort fue quién me llevó aquél día, el mismo que asesinó a mis padres. Voldemort…" suspiró largamente, como si no pudiera hacer otra cosas para amortiguar el sentimiento de derrota. "Fue quien me 'crió' todos esos años, Harry."

No se oyó nada. Ni siquiera oía su respiración. Podría haber muerto, porque estaba seguro de que tampoco tenía pulso.

¿Qué es lo que acababa de decir su padre? ¿Qué Voldemort lo había 'criado'? ¿Es que había escuchado bien?

"Sí, suena increíble la primera vez que lo oyes." Continuó su padre con cierta ironía. "Pero por desgracia, es verdad."

"¿Có… cómo?" logró decir con una voz que sonaba extraña. No parecía suya. James parpadeó.

"Hacía un tiempo que Voldemort saboreaba la idea de tener un heredero. No para sucederle, por supuesto, porque como bien sabemos, él no tiene ninguna intención de morir." Su padre apartó la mirada, y lo agradeció. No sabía si podía soportar con el tormento de su alma reflejada en sus ojos en ese instante. "Pero sí a alguien para dejar a cargo mientras él estuviera preocupándose de otros asuntos. Como un segundo al mando."

'Quería a alguien sangrepura, poderoso, y joven, para poder instruirlo desde pequeño.' El viento volvió a aullar, levantando pequeños remolinos de hojas secas por doquier. Se iba a largar a llover en cualquier momento. 'El elegido resultó ser el hijo de Charlus y Dorea Potter.'

'Voldemort estuvo planeándolo durante años. De algún modo, logró modificar el testamento de mi padre, introduciendo una cláusula que decía expresamente, que si algo le sucedía a él o a mi madre, Víctor McDeere cuidaría a su hijo y administraría todo el patrimonio Potter hasta que éste cumpliera la mayoría de edad.'

'Creo que logró echar una maldición Imperius sobre mi padre para que lo dejara entrar a la casa voluntariamente. Lo demás… ya te lo puedes imaginar.'

"Pero Papá, ¿qué hizo contigo todos esos años? ¿Qué… qué te hizo?" preguntó cuando halló de nuevo su voz. A medida que su padre hablaba, la historia iba cobrando mayor verosimilitud, aunque no dejaba de estar sorprendido.

Su padre esbozó una sonrisa triste.

"No vale la pena repetir esas cosas, Harry. Sólo es necesario decir que él me entrenó, para que pudiera ser, en un futuro próximo, su persona más confiable. Intentó hacerme una persona tan fría y cruel como él." A Harry lo recorrió un escalofrío. No podía ni terminar de comprender la cantidad de situaciones a las que su padre fue expuesto para lograr ese cometido." Quiso desligarme de todos los lazos que me ataban al mundo, para que funcionara como una máquina, cuya única lealtad le pertenecía a él."

'Pero falló.'

'Quizás su error estuvo en apartarme de mis padres cuando ya tenía algo de consciencia -7 años-, o tal vez, en enviarme a Hogwarts como un niño normal, cuando yo no era muy normal. Pero lo importante es que falló.'

Una genuina sonrisa atravesó los labios de su padre.

"Sirius, Remus, e incluso aquél traidor fueron el cable que me devolvió la cordura. Su amistad fue demasiado trascendental para recordarme que no estaba solo; que el mundo seguía siendo un lugar amable, y que las personas buenas, como mis padres, también seguían existiendo."

"¿Ellos lo saben?" inquirió en un hilo de voz. Su padre asintió.

"Lo mejor de todo, es que cuando se los conté, ellos no me dejaron, sino que todo lo contrario. Permanecieron a mi lado, hasta el día de hoy."

'Sirius y Remus son mis mejores amigos. Más que eso, son como mis hermanos. Hemos pasado por muchas cosas juntos. Por eso es que siempre que vayamos, a dónde sea que vayamos, ellos estarán con nosotros. Son nuestra familia, Harry.' Había demasiada vehemencia en las palabras de su padre. Asintió, dándole la razón. Él también los consideraba su familia.

"Y, por supuesto, está tu madre. Cuando terminamos el colegio, todos nos fuimos a vivir juntos. Dumbledore había creado la Orden, y aceptamos unirnos. Yo ya había tomado una decisión; pelearía contra Voldemort, por todas las cosas horribles que había hecho. Por haber intentado borrar toda la humanidad que había en mí. Y, por encima de todo, porque protegería a los que amo."

'Aquello, como lo podrás imaginar, Voldemort no lo toleró. No vio con buenos ojos mis amistades, que me habían alejado del camino que él había escogido para que yo siguiera. Tampoco encontró ningún buen antecedente en la relación que tenía con tu madre.'

'Las relaciones se volvieron hostiles.'

'Pero todo se complicó aún más cuando descubrimos que tu madre estaba embarazada.'

Tragó saliva. En ese momento, su padre se giró para mirarle de frente, tomándole los brazos. Posó su intensa mirada en la suya, para que sus ojos se encontraran.

"Harry, quiero que entiendas que no hay una persona que ame más en este mundo que a ti." Volvió a tragar saliva. Los dedos de su padre lo aferraban con la fuerza de unas tenazas. "Y que no hay nada que no haga para mantenerte a salvo."

'El día que me enteré que iba a ser padre, muchas cosas cambiaron en mí. Estaba muy asustado, eso es verdad, porque habían infinidad de cosas que podían salir mal. Pero también fue el día más feliz de mi vida. Porque finalmente me di cuenta de que podía ser un hombre normal, a pesar de todas las atrocidades. Porque podía tener de nuevo a mi propia familia.'

'Tu madre, Sirius, Remus, pero sobretodo tú, Harry, me recuerdan que aún puedo ser un humano, un hombre, y no el monstruo en que Voldemort quería convertirme.'

Sentía cómo la mirada de su padre le empezaba a escocer los ojos, acumulando lágrimas. Probablemente en otra circunstancia menos visceral las habría podido contener, pero estaba tan superado por un sinfín de emociones distintas e intensas, que no pudo aguantar más.

"Cuando tu madre quedó embarazada, ideamos un plan para desaparecer, abandonar esta guerra estúpida, y vivir en paz. El Fidelius ya no funcionaba bien por la traición de Pettigrew, por eso había que moverse rápido. Tu madre ya te contó toda esa historia, ¿verdad?" Asintió secamente, rememorando sin quererlo aquella noche llena de tensión y de emociones encontradas.

Su padre suspiró, botando todo el aire que probablemente había estado reprimiendo.

"Esa es la razón de por qué Voldemort se empeña tanto en perseguirnos. No puede aceptar el hecho de que lo haya abandonado por todos ustedes. Por eso, en venganza, quiere destruirnos. Por eso nos la tendrá jurada siempre. La vociferadora negra el día de la mudanza era suya. Para recordarnos que no olvida… ni perdona." Acabó su padre con un susurro quedo, como si se sintiera avergonzado.

Se quedó muy callado. Sus labios parecían estar unidos por pegamento, porque no los podía separar para decir nada. Estaba abrumado por la cantidad de cosas que se había enterado, mientras intentaba procesarlas, al mismo tiempo, en que sacaba una serie de conclusiones por su cuenta.

Ahora entendía por qué su padre sabía cocinar tan bien. Por qué sabía remendar ropa. Por qué sabía curar heridas, tratar enfermedades simples como resfriados, dolores de cabeza y cólicos estomacales. Por qué sabía administrar una casa. Por qué tenía tantas heridas y cicatrices repartidas por todo el cuerpo. Por qué era tan serio todo el tiempo, menos con aquellas personas que había reconocido como sus seres más amados. Por qué le tenía esa aversión a Dumbledore.

Por qué estaba sufriendo tanto en ese exacto mismo momento.

Siempre había sabido que su infancia con los Dursley había sido horrible. Pero no podía imaginar qué tanto más espantoso tenía que haber sido estar bajo la custodia del Diablo en persona.

Sintió que algo dentro suyo se quebraba, algo que no sabía que había estado ahí hasta ahora.

Su padre continuaba mirándole, expectante, a la espera de que reaccionara.

Papá…

"Oh, hijo mío." Exclamó, atrapándolo en un fuerte y necesitado abrazo. "Sabía que no tendría que haberte dicho esto ahora, eres tan pequeño. Lo siento, lo siento, lo siento tanto…" James lo apretujó contra sí, enterrando el rostro contra su hombro.

El calor que emanaba de su padre le era indiferente. Parecía que nada cálido volvería a brotar en su interior. Estaba helado. La tormenta estaba a punto de desatarse.

"No, está bien." Logró balbucear, sabiendo que si no decía algo, su padre iba a preocuparse aún más. "Siempre prefiero la verdad antes que me oculten cosas." Cerró los ojos con fuerza y apretó los labios, esperando que las lágrimas se fueran por dónde habían vuelto.

Una profunda tristeza empezó a extenderse por su pecho. Trató de detenerlo, porque su padre jamás le permitiría que lo mirara con compasión. Él también lo detestaba.

No podía imaginar todos los horrores que su padre había tenido que pasar para llegar a ese instante. Para poder estar con él ahí, incluso desafiando a la muerte.

No se lo merecía. Nadie merecía tanta tristeza y tanto horror en su vida.

Se mordió los carrillos internos, tratando de tragarse la pena. Tenía que ser fuerte.

"Me gustaría quedarme más tiempo contigo, Harry." Sintió retumbar las palabras en la caja toráxica de su padre. "Pero ahora tengo que irme. Quedé de reunirme con Remus antes de hacer la ronda con los aurores, que es las 5.30." Se separaron.

Asintió.

"Está bien." Pero su padre no lo soltó.

"Voy a encontrarlos, Harry. Y tú serás el primero en saberlo. Te lo prometo." La determinación en su mirada espantó un poco a la pena. Era la mirada de aquél que siempre vuelve a levantarse después de la caída. De aquél que sabe que siempre hay que seguir adelante.

Y si era su padre el que se lo decía, él no iba a amilanarse. No se lo podía permitir.

Volvió a mover la cabeza asertivamente.

Nunca había estado más orgulloso de su padre que en ese momento.

"Vamos a lograrlo, Papá. Todos juntos." James lució algo perdido con su comentario, pero finalmente, le dedicó una media sonrisa cargada de algo parecido a la esperanza.

"Así es, Harry."

La lluvia empezó a caer.


Abrieron la puerta bruscamente, sin darles oportunidad de reaccionar. Apenas los vieron entrar, el hombre intentó abalanzarse sobre ella para protegerla, pero ya lo había mandado a encadenar contra la pared, completamente inmovilizado. Él mismo reforzó las cadenas, por cualquier eventualidad. Lucius lo estaría vigilando personalmente, por si acaso la situación se descontrolaba.

Se acercó a ella. No lo miraba con miedo, la muy estúpida. Si sólo supiera…

"Sujétenla." Ordenó a los otros dos hombres que lo acompañaban. Amycus y Crabbe la tomaron de los brazos cada uno, y la obligaron a ponerse de pie. Sonrió al percatarse que las piernas apenas la sostenían. Le mantuvo la mirada fijamente, sin parpadear. Escarlata contra esmeralda. Veía la misma ridícula insolencia que en su estúpido hijo, la misma mirada esmeralda.

Podía entender por qué a él le resultaba tan atractiva, dado que ambos eran igual de prepotentes.

Sacó el diminuto frasco del bolsillo de su túnica, y se lo mostró, permitiéndole reconocerlo. Cuando lo hizo, su rostro abandonó toda templanza, siendo sustituida por aquello que esperaba ver, el miedo más puro y absoluto.

"No…" masculló ella, removiéndose inquieta. Los mortífagos no cedieron ni un milímetro. "No… no…"

Le quitó el corcho al frasco con una sacudida de su varita. ¿Habría imaginado ella, alguna vez, cuando le solicitó esa pócima, que podría ser usada en su contra?

Era deliciosamente irónico.

Su mano enguantada tomó el mentón de la bruja (porque, evidentemente, él nunca la iba a tocar de forma directa), obligándola a echar la cabeza hacia atrás.

Escuchaba los estridentes gritos de Black. Las Cruciatus de Lucius se sucedían sin cesar contra su primo político. Si Sirius Black no pensaba continuar con la pureza de su estirpe, entonces no importaba mucho si seguía vivo.

Le apretó la boca para que la abriera, dejándole el espacio suficiente para verter el contenido de la poción. Cuando vació el frasquito por completo, le tapó la boca y la nariz.

"Traga." Ordenó. El pavor nadaba en los ojos verdes, mientras se sacudía para todos lados, como si estuviera pataleando en medio de un naufragio. Negaba, cerraba y abría los ojos, pero nada funcionaba, y aunque su intención no era asfixiarla, si ella así lo quería…

Finalmente, tragó. Se aseguró tres veces de que lo hubiera hecho y no lo había engañado. Los mortífagos la soltaron y ella se desplomó, cayendo de rodillas. Complacido, observó cómo la poción empezaba a actuar casi de forma inmediata; la piel se le comenzó a tornar violácea, y sus venas y arterias a colorarse moradas.

No lo dudó.

"Crucio." Los gritos que rebotaron por toda la habitación fueron como un canto divino. Lucius detuvo su propia sesión de tortura, para permitir que Black también fuera espectador. Ella gritaba mientras se retorcía en el suelo, y lo único que hacía era aferrarse el vientre desesperadamente.

No pudo evitar reír. Reír, reír sin parar, mientras la mujer pelirroja se desgarraba la garganta gritando.

Los gritos y las carcajadas sonaban como uno solo.

.

..

Se despertó riendo. Fue lo primero que oyó, y en ese mismo instante se detuvo, horrorizado y asqueado de sí mismo.

Estaba cubierto por una capa de sudor, con las sábanas pegadas en torno al cuerpo y las extremidades. El cuerpo le dolía increíblemente por tener los músculos en tensión por tanto tiempo.

Intentó tranquilizarse. Tratar de recordar quién era. En dónde estaba. Por qué tenía los brazos vendados, y por qué estaba durmiendo solo. Cuando tuvo plena conciencia de su identidad, se cubrió el rostro con las manos, sintiendo unas terribles ganas de ponerse a llorar de angustia.

Era la segunda vez que tenía ese sueño, si es que podía llamarse así, en menos de veinticuatro horas. Lo que, sin duda, no auguraba nada bueno. Había tenido pesadillas toda la noche, y suponía que se debía en parte a la conversación que había sostenido con Harry la tarde anterior en Hogwarts.

Revivir tantos malos recuerdos había sido más difícil de lo que había imaginado. Y eso que se había guardado detalles bastante escabrosos. Habían cosas que, simplemente, un hijo jamás debería escuchar de su padre.

Pero ahora tenía horrores más presentes de los que preocuparse. Le desesperaba no tener certeza respecto a ese sueño. Si se le repetía tanto, era porque se trataba de un suceso reciente, el cual le causaba gran placer a su ex tutor.

Tic, toc, tic, toc. El tiempo está corriendo.

Alguien tocó a la puerta.

"¿James?" llamó una voz femenina desde el otro lado. "¿James, estás bien?" por un momento llegó a pensar en su delirio que vería los ojos verdes de Lily, mirándole preocupada, asegurándole que sólo era una pesadilla. Pero en su lugar, apareció la rizada y larga cabellera negra de Emmeline.

"¿Estás bien?" repitió, con expresión preocupada. "Oí… risas."

Emmeline lo había estado evitando desde que se había enterado del secuestro de Lily y Sirius, pero a él no podía importarle menos. La bruja se sentía profundamente avergonzada y arrepentida, eso se notaba a una legua de distancia, como si el hecho de haber estado liándose con él al momento de la tragedia lo volviera todo aún más terrible.

"Sí… estoy bien." Susurró, asegurándose de esconder los brazos vendados debajo de las mantas. Ella evitaba su mirada, pero no sabía si era porque se sentía incómoda en su presencia, porque se hallaba medio desnudo, con el torso descubierto, o por ambas cosas. En ese instante, respecto a ella, no albergaba ni un solo sentimiento.

La atracción carnal que había sentido hacía algunos días había desaparecido para no volver jamás. Emmeline Vance le era completamente indiferente.

"Puedes irte. Estoy bien." Le repitió, preocupándose de sonar autoritario. Ella asintió.

"Te he traído estas cartas; ha llegado correo para ti esta mañana. Pensé que podía ser importante." Y le dejó las dos cartas encima de la cama, antes de cerrar la puerta y desaparecer.

Un tanto sorprendido, alargó una mano para coger el correo. La primera carta era de Carmilla De Large; iba dirigida a él, y le preguntaba por Lily, dado que había visto la noticia en la edición internacional de El Profeta. Estaba bastante preocupada, y le había ofrecido su ayuda y la de su esposo para cualquier cosa que necesitara, insistiéndole que si sabía algo sobre el paradero de Lily y Sirius, por favor se lo hiciera saber. James sopesó lo primero, pensando. No había nada que ligara a Voldemort a Rumania, así que podía descartar ese país como un lugar donde buscarlos. Apartó la carta a un lado.

La segunda misiva tenía un sello con forma de llave. El sello de los Baskerville, se cruzó el pensamiento por su cabeza. Meditó bastante tiempo antes de dejar la carta a un lado, sin abrir, junto a la primera. Cualquier cosa que Alanna Barma pudiera decirle, no podía procesarlo en ese momento. Se prometió que volvería a echarle un vistazo en cuanto pasara la emergencia.

Volvió a restregarse los ojos antes de colocarse las gafas y levantarse. El reloj continuaba corriendo en su cabeza.

Cada segundo le dolía más que el anterior.


Eres patética.

Oh, sí. Podía estar segura que se veía ridícula en esa posición. Si no hubiera dejado de sentir sus extremidades, podría hacer el intento de moverse y adoptar una postura menos incómoda.

Pero no podía. Prácticamente ninguna parte del cuerpo le respondía ya. Sólo tenía sus pensamientos cada vez menos lúcidos, y el retorcijón. Tenía que ser un dolor espantoso para que incluso habiendo perdido la sensibilidad, pudiera sentirlo con intensidad.

Ahí venía otra vez. Se retorció, incapaz de gritar, aunque el dolor era suficiente para ello. Era como si quisiera romperle la piel para salir al exterior, si es que así podía librarse de toda la tortura que le significaba estar encerrado allí dentro.

Pobre criatura.

Continuó torciéndose, amenazando con quebrarle otra costilla. Esta vez vio luces blancas, y se preocupó.

Cerró los ojos, o eso intentó, y se aferró a la vida con todas sus fuerzas. Pensó en James, en Harry, en Remus, en Sirius, y en aquella criatura que estaba pudriéndose dentro suyo. Quiso llorar, pero ni siquiera le quedaban las ganas.

Sólo sabía que no se podía rendir. Que lucharía con el último hálito de vida, ese que estaba tardando menos en llegar por segundos. Simplemente, no podía terminar ahí. No podía, no podía, no podía. Había desafiado demasiados oponentes, hasta el Diablo y la Muerte, para acabar tirada en ese suelo mugriento, empapada de su propia suciedad, siendo menos que un humano.

Recordó las clases de primaria, cuando le enseñaron sobre los campos de concentración nazi y el exterminio masivo de miles de personas. Se preguntó si todas esas personas, esos hombres, esas mujeres, esos niños y niñas, también lo sintieron mientras se les venía la muerte encima. Si ellos también sentían que la vida se les escapaba de entre los dedos.

Recordó que le había repugnado ver sus cuerpos esqueléticos, sus expresiones tristes y avergonzadas, vestidos con harapos, las cabezas rapadas, y los grilletes que se cerraban en sus muñecas y tobillos. Estaba segura que ahora se veía mil veces peor que todos ellos juntos.

Se atragantó con su propia carcajada.

La puerta se abrió un poco para luego volver a cerrarse. No escuchó ningún paso.

El lanudo perro negro depositó una piedra verde sobre su mano fracturada y bañada de sangre fresca. Luego caminó, cojeando de su pata delantera derecha, para llegar hacia su rostro y lamerle la mejilla.

Oh, Sirius. No lo lamentaba tanto por ella sino como por él.

El perro se acurrucó en su cabeza, emitiendo un sonido lastimero. Tendrían que haberle dado una enorme paliza al ver un animal deambular por la casa. Pero, a pesar de ello, agradecía que nadie recordara que tenían un animago no registrado como rehén.

Ese error les costaría muy caro.

Hizo un esfuerzo sobrehumano por aferrar la esmeralda en su palma. La apretó con toda la fuerza que fue capaz de reunir, sin importarle si se la enterraba contra la piel.

Había estado recordando, desde el momento en que la metieron allí y le arrebataron su collar, en aquellas palabras. Reunió toda la energía que le quedaba, que no era mucha, para conservar el conocimiento, y aprovechar aquella única oportunidad. No tendrían otra.

Recitó las palabras en latín, asegurándose que fuera capaz de pronunciarlas, aunque fuera en un susurro quedo. Supo que lo había logrado, porque la garganta comenzó a arderle por el esfuerzo.

Un nuevo retorcijón atacó su vientre, pero aguantó el dolor, sin permitirle desconcentrarla de su conjuro. El breve calor que inundó su mano era un indicio de que estaba funcionando, así que continuó hasta el final.

Encuéntrame.

Su ubicación geográfica exacta había sido enviada a James Potter, a través del hechizo localizador que tenía la piedra esmeralda de su collar.


Entró a la cocina revolviéndose el cabello corto de la nuca.

Tenía la túnica revuelta, la camisa muy arrugada y los botones mal abrochados, porque se había saltado uno por la prisa de abotonarse otra vez. Pero lo más intenso era el olor. Lo sentía por todos lados, en su boca, en su piel, en sus manos, esa loción masculina que se le adhería y no se le quitaba, a menos que tomara una ducha.

Todo indicaba que había tirado un polvo de aquellos. Afortunadamente, nadie parecía darse cuenta, o si lo hacían, tenían la discreción que a ella le había faltado, y no decían nada. Había sido rápido, porque con todo lo que estaba pasando, no había mucho tiempo para sexo. Las piernas le habían quedado algo resentidas y lacias, dado que lo habían hecho contra la pared.

No había podido evitarlo. Cuando llegaba a ese punto de estrés supremo, no había retorno. Y es que tampoco podía resistirse a los exquisitos y devoradores besos de Swire.

Remus alzó la cabeza al verla entrar. Estaba inclinado sobre un mapa, que tenía varios sectores marcados con rojo. Lucía ojeroso y muy pálido.

La preocupación y el cansancio eran una muy mala combinación.

"Hola." Susurró con la voz extraña. Estaba segura de que tenía cara de imbécil. Sacudió la cabeza, tratando de recuperar la compostura. "Me haré un chocolate caliente, ¿quieres uno?"

"Gracias Tonks." Murmuró Remus cuando recibió la taza humeante. Se sentó al frente suyo.

"¿Dónde están todos? No he visto a nadie." Comentó, echando un vistazo alrededor.

"Todos tenían algo que hacer. James está en su cuarto tratando de descansar. No ha tenido noches muy buenas." Se lamentó su amigo. Frunció los labios, sin saber qué decir, porque sabía que James y Remus no se habían quedado quietos desde el día del secuestro, y ya les había dicho todo lo que les tenía que decir en una situación como aquella.

Por toda respuesta, bebió un sorbo de su chocolate. Estaba hirviendo.

"¡Ay!" chilló cubriéndose la boca con la mano, mientras se paraba de un salto, botando la silla, y volteando la taza sobre la mesa. Remus levantó el mapa en el acto para que no se manchara. "¡Lo siento! Estaba muy caliente y me quemé…" se excusó, maldiciendo por milésima vez su torpeza. ¿Cómo podía ser tan bruta?

"No te preocupes." Masculló Lupin mientras enrollaba el mapa para hacerlo desaparecer. Se pasó la mano por el flequillo, en un gesto muy parecido al que hacía James cuando estaba exasperado. No había imaginado que pudiera verse tan atractivo haciendo eso. "¿Te encuentras bien? Por ese dejé mi taza a un lado, para que se enfriara." Dijo, posando los ojos color miel en los suyos.

"Sí… estoy bien." Limpió la mesa con una sacudida de su varita. Ahora tendría que prepararse otra taza. "Lo siento." Repitió, increíblemente avergonzada.

"No ha sido nada." Le aseguró el antiguo profesor de Hogwarts con su habitual aire calmado, mientras se sentaba otra vez. Se apresuró por prepararse la nueva taza, para sentarse a la mesa, teniendo mucho cuidado esta vez.

Se quedaron en silencio algunos minutos.

"¿Hay alguna nueva pista?" preguntó después de un rato. El mago meneó la cabeza negativamente.

"Nada muy significativo. El Profeta sólo arruinó más las cosas con su reportaje. Los mortífagos están siendo aún más recelosos en su comportamiento. Tendrá que pasar un tiempo antes de que alguno cometa una estupidez que los delate."

Tenía los ojos pegados en su tazón, sintiendo cómo la desesperanza de Remus se le pegaba. Sus palabras estaban cargadas de un dolor horrible y agónico. Quería hacer cualquier cosa por ayudarlo a sentirse mejor.

"Y no creo que tengamos mucho tiempo." Sentenció el mago después de una pequeña pausa, con la voz rota y la vista perdida.

Esperaba que hubiera algo que le ayudara a aliviar su carga emocional.

El silencio se rompió por una estampida proveniente de los pisos superiores. Sonaba como si estuvieran tirando los muebles por las escaleras, seguido de un ejército de personas. Remus se paró rápidamente, alertado por el movimiento. Ella lo imitó, con la varita preparada.

James apareció por la puerta. Tenía el cabello alborotado, las gafas torcidas sobre el puente de la nariz y la ropa a medio poner.

Pero era la primera vez en una semana que Tonks lo veía tan despierto.

"¡Ahí estás!" le espetó a Remus, como si llevara horas buscándolo.

"¿Qué pasó, James? ¿Qué tienes?" inquirió su amigo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

"Ya sé dónde están." Y acto seguido, se empezó a abotonar una capa corta entorno al cuello.

Tonks se quedó de una pieza.

"¡¿Qué?! ¡¿Cómo lo sabes?!" inquirió Remus, con la voz un poco más aguda de lo normal. James no le respondió, sólo le tiró una capa similar a la que él se había puesto recién.

"No hay tiempo para explicaciones, Remus. Vamos, apresúrate." Lo apremió. Entonces James dirigió su vista hacia ella. "¿Nos acompañarás?" no lo dudó ni un segundo, sintiendo a la adrenalina recorriendo sus venas.

"Por supuesto que sí." Antes que terminara de hablar, James ya le había tirado una capa a ella también.

"Andando entonces." Y sin más, abandonó la cocina, subiendo las escaleras hacia el vestíbulo. Tonks vaciló medio segundo sobre quitarse la túnica de auror o no, pero entonces se le ocurrió que la túnica púrpura podía llamar demasiado la atención, y por eso James le pedía que guardara las apariencias. Siguiendo esa lógica, cerró los ojos y se mentalizó para que su cabello se oscureciera. Al verse en el reflejo de la encimera de la cocina supo que lo había logrado; tenía el corto cabello negro.

Rápidamente se quitó la túnica y se colocó la capa, agradeciendo que llevara ropa oscura ese día.

"¿Qué hay con los aurores?" oyó que le preguntaba Remus a James cuando estaba a punto de abrir la puerta. Éste se volvió, deteniendo la máquina, mirándole con desesperación.

"No podemos quedarnos a esperarlos, Lunático. Tenemos que irnos ahora, ¡ya! Antes de que sea muy tarde." La urgencia de sus palabras era apremiante.

"No te preocupes, yo los llamaré para que nos encuentren allá." Dijo, aunque no tenía ni la más mínima idea de hacia dónde se dirigían. James se vio satisfecho con eso, y sin perder más tiempo, abrió la puerta y desapareció en la oscuridad de la noche. Remus y ella lo siguieron.

Avanzaron hacia uno de los callejones estrechos, donde se encontraban los contenedores de la basura. Fue entonces que Tonks vio que James llevaba su taza de chocolate en la mano, el cual había tirado al suelo.

"¡Portus!" dijo, apuntando la taza con la varita.

"¿A dónde vamos?" le preguntó Remus. Pero James no alcanzó a decir nada, porque la taza había empezado a brillar. Tonks se apresuró por tocar la superficie de loza, preparándose para un nuevo viaje con traslador.


Comentarios:

Lamento haber dejado el capítulo ahí, es que sino iba a ser muy largo, y me iba a tardar mucho en actualizar. Aproveché de hacerlo ahora, porque en unos días empieza un nuevo período de exámenes, y como saben, eso significa que desapareceré.

Lo terrible ahora, es que mi computador se murió; se le fundió el disco duro, y eso sólo significa que tendré que comprarme uno nuevo, a saber cuándo. Sólo les pido que tengan paciencia, mientras tanto, seguiré escribiendo, aunque sea a mano.

Y no me maten por el capítulo, sé que cada vez van siendo más raros!

Saludos!

Nr.-