MI GRAN BODA MUGGLE
Disclaimer: Los personajes que aparecen en la siguiente historia no son ni serán jamás de mi propiedad. Le pertenecen a Jotaká que, aunque tenga sus errorcillos, fue la creadora del maravilloso mundo de Harry Potter. Ella se enriquece, no yo. ¿Qué le vamos a hacer?
Resumen: ¡Percy y Penny se casan! Una novia histérica, un novio acojonado y dos familias totalmente opuestas. ¿Conseguirán llegar al altar, o todo terminará en desastre?
CAPÍTULO 11
El día de la boda
Percy estaba seguro de que no dormir ni siquiera cinco minutos la víspera de tu propia boda no podía ser bueno, pero eso era lo que le había pasado. Tenía demasiadas cosas en la cabeza para sentirse tranquilo. A los más que comprensibles nervios ante el acontecimiento que estaba a punto de tener lugar, estaban todas las preocupaciones que Penny y él se habían encontrado en su camino al altar: la relación extramatrimonial de Rebecca Clearwater y el consentimiento de Gilbert Jr, la presencia imprevista de Casper J. Rowling y todas las cosas que eso implicaba y todas las cosas horribles que George y Aaron podrían estar planeando.
Cuando se levantó esa mañana, la cabeza le dolía casi tanto como el día después de su despedida de soltero y sus manos temblaban de una forma sorprendente e incontrolable. Percy maldijo un par de veces y se tomó una pócima para los nervios, aunque sólo consiguió que su estómago se revolviera y, para su eterna desgracia, había tenido que hacer tres visitas al cuarto de baño. Y ni siquiera había desayunado.
Charlie, que una vez más compartía dormitorio con él, alzó un poco la cabeza cuando lo escuchó levantarse, pero no se molestó en decirle nada. No es que hubiera mucho que decir y, después de todo, él sí que podía dormir. Así pues, aunque ni siquiera había amanecido y aún faltaba por lo menos una hora para que todo el mundo estuviera levantado, Percy se vistió lo más cómodamente posible y acudió a la cocina. Pensaba tomarse unas cuantas tilas, para ver sí así la sensación de nauseas desaparecía. Lo que no pensaba era encontrarse a su suegro allí, sentado frente a la mesa y dando buena cuenta de un copioso desayuno. Quiso darse media vuelta, pero Gilbert lo vio y le sonrió. Era extraño, pero lo hizo.
-¡Weasley! Eres asombrosamente madrugador.
Percy bufó y se dio media vuelta totalmente resignado. Decidido como estaba a no dejarse intimidar por ese maldito muggle, su voz sonó excesivamente ruda cuando le habló.
-Hoy es el día de mi boda, señor Clearwater. No me gustaría empezarlo discutiendo con usted, así que me marcho.
-¡Vamos, muchacho! No quiero discutir –Y parecía sincero el muy condenado –No soy tan ogro para no respetar este día. Te recuerdo que Penny también se casa y, a pesar de todo, me gustaría poder llevarla al altar.
Percy se planteó la posibilidad de ignorar aquellas palabras, pero Gilbert había sonado tan conciliador que le pareció un gesto de muy mala educación dejarlo con la palabra en la boca, así que suspiró profundamente y se sentó frente a él, mientras una solícita criada le preguntaba qué quería desayunar. Gilbert sonrió casi con malicia cuando anunció que se conformaría con una tila y Percy le fulminó con la mirada.
-No has pasado una noche agradable. ¿Verdad? Yo recuerdo perfectamente que no pude pegar ojo el día antes de mi boda con Becky.
-Bueno, debo reconocer que estoy un poco nervioso.
-Y así seguirás hasta que te hayas casado. Después, el tiempo pasará tan deprisa que ni te darás cuenta de cuando termine la fiesta.
Percy guardó silencio. Su suegro nunca había sido tan amable con él y, aunque su instinto le decía que no había motivos para preocuparse, su parte racional le invitaba a estar alerta por si intentaba envenenarlo o algo así.
-¿Por qué me dice todo esto? Yo no le caigo bien, no tiene que darme ánimos ni nada de eso.
Gilbert sonrió y agitó la cabeza. Parecía resignado ante el destino de su hija y, por primera vez, no se le veía enfadado o con ganas de matar a alguien. Simplemente estaba derrotado.
-Sólo quiero que Penny sea feliz. Y si, por algún extraño motivo que jamás alcanzaré a comprender, ella es feliz contigo, yo puedo aceptarlo. Además –Sonrió malicioso –Ninguno de mis intentos por separaros ha dado resultado, así que debo ser un buen perdedor y aceptar la derrota. Soy un caballero, después de todo.
Percy alzó una ceja, captando el aire divertido en las palabras de aquel hombre.
-Usted invitó a Casper. ¿Verdad?
Gilbert cabeceó, ampliando su sonrisa y mostrándose muy orgulloso de sí mismo.
-Claro que sí. Tenía que quemar un último cartucho antes de aceptar la derrota. ¿No te parece lógico?
Percy bufó y se encogió de hombros. No le parecía lógico en absoluto, menos aún cuando él era la víctima de la mayoría de sus planes maléficos.
-Además, he descubierto que no todo está perdido con mis hijas –Gilbert pareció realmente feliz ante ese hecho –Cierto que con Maggie y con Penny toda esperanza está perdida, pero Anna. Mi pequeña y maravillosa Anna puede casarse con alguien digno de la familia.
-¿Ha organizado una boda por conveniencia? –Inquirió Percy, incapaz de captar el sentido de esas palabras.
-Como si eso fuera a funcionar –Musitó tan bajo que el mago apenas lo escuchó. Entonces, volvió a sonreír y se llevó un enorme trozo de bacon a la boca –Me refiero a Simon, por supuesto.
¿Simon? ¿Conocía Anna algún chico que se llamara Simon? Percy podría preguntarle a Penny sobre ello llegado el momento, pero en cualquier caso dudaba que al tipo raro, pese a vivir en su mundo, le hiciera gracia que su suegro –o lo que fuera- pretendiera casar a su novia con otro chico. Y, entonces, recordó cómo había llamado Casper a ese joven el día anterior y una bombillita se encendió en su cabeza.
-¡Oh! ¡Ese!
-Exactamente.
Era increíble que, de entre todos los chicos que existían en el mundo, Gilbert encontrara adecuado precisamente a ese Simon. Durante un segundo Percy se sintió molesto y menospreciado porque, vale, él era un mago y a su suegro no le hacía ni pizca de gracia la magia, pero no era peor que el novio de Anna. ¿Verdad? Tenía un buen empleo, buenos modales y era medianamente normal, pero ese Simon no era normal en absoluto. Era un hippie enganchado a la marihuana que odiaba trabajar y se mostraba incapaz de mantener una conversación coherente con cualquier ser humano.
-Pero. ¿Por qué? –Inquirió casi lastimeramente, arrancándole una carcajada a Gilbert, que le palmeó el hombro amistosamente y le instó a probar el zumo de naranja.
-No te lo tomes como algo personal, Weasley. Si obviamos el hecho de que eres un brujo, podría admitir que eres un buen partido para Penny, pero Simon fue al ejército. ¿Puedes creerlo?
-Simon dejó el ejército para dedicarse a la vida bohemia, señor.
-¡Oh, pero eso no tiene importancia! Un militar siempre puede volver a ser un militar. Estoy convencido de ello.
Sin duda alguna se estaba intentando convencer. No es que Percy no lo comprendiera. Después de todo, los tres novios de sus hijas le habían salido rana. El primero desapareció de la faz de la tierra tras dejar preñada a Maggie. El segundo podía desvanecerse en el aire y volar en escoba. Y el tercero... Bueno, el tercero era ese Simon. Bastaba con decir eso.
-Supongo que no está tan mal –Dijo, más para contentar al otro hombre que porque lo pensara realmente. Gilbert sólo suspiró y durante un segundo se le vio nuevamente derrotado.
-Penny está enfadada conmigo. ¿Verdad?
Gilbert había tardado unos segundos en hablar y, cuando lo hizo, Percy no distinguió ni pizca de la anterior alegría en su tono de voz.
-Debería preguntárselo a ella, señor.
-Y ella debería saber que realmente no me estaba esforzando por estropearle la boda.
Percy suspiró. No debería meterse en los problemas que Penny pudiera tener con sus padres, menos aún después de lo ocurrido el día anterior, pero algo le impulsó a hablar. Quizá, el ánimo amable y pacífico de Gilbert o, quizá, su propia inquietud ante la forma en que una posible separación entre sus suegros afectaría a Penny.
-No está enfadada por eso. De hecho, sospecho que no es usted a quién está dirigida la mayor parte de su ira.
-Entonces... –Gilbert se mordió el labio inferior y miró a Percy casi suplicante -¿Es por Becky?
Una vez más, Percy debía permanecer con la boca cerrada, pero no pudo. Afirmó lentamente con la cabeza, miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los estaba escuchando y compartió la primera –y última- confidencia con su suegro.
-Ayer vimos algo que no debimos haber visto. Apuesto a que usted sabe lo que quiero decir.
Percy no esperó una respuesta. Se levantó, apuró su tila y regresó a su habitación. Se ducharía, despertaría a Charlie y se prepararía para la boda. Todavía quedaban unas cuantas horas, pero no deseaba perder ni un solo segundo de tiempo. Además, no sentía ningún deseo de seguir hablando con Gilbert. Absolutamente ninguno.
-Despierta, Rebecca.
Gilbert abrió las ventanas de par en par y destapó a su esposa. Ella gruñó un par de veces, acurrucándose en la almohada y colocándose el diminuto camisón de dormir, y abrió los ojos para fulminar al hombre con la mirada. Estiró los brazos y se incorporó, dudando entre seguir durmiendo después de darle una patada en el culo a esa molestia, o darle una patada en el culo a esa molestia y darse un baño. Era la boda de Penny y se suponía que debía echarle una mano. ¡Qué demonios! Le apetecía echarle una mano. Ella era su hija después de todo.
-¿Qué puñetas se te ha perdido aquí, Gilbert?
-Te vio –Soltó de sopetón el hombre. Había puesto los brazos en jarra y estaba rojo de ira. Rebecca no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, pero sabía que era mejor no hacerlo enfadar aún más.
-¿Quién me vio?
-Penny. Ayer, mientras estabas con Robert.
Rebecca se puso pálida y se levantó de la cama de un salto. Aquello no era una muy buena noticia. Se suponía que sus hijas jamás deberían saber lo que ella solía hacer en sus ratos libres –y también en los ratos que estaba ocupada- y ya había metido la pata dos veces. Aunque, claro, ella estaba segura de que nadie la había visto. Pese a lo que pudiera parecer, era cuidadosa. Sobretodo con las chicas.
-Eso no es posible.
-Lo es. Weasley estaba con ella. Afirma que vieron algo que no debían y Penny está cabreada contigo. ¿Qué conclusión extraes de todo eso?
Rebecca se mordió el labio inferior y se envolvió en una bata de casa, preocupada por Penny, por Gilbert y por ella misma. Precisamente en ese día. No podía negar que la boda le desagradaba –todos los Weasley lo hacían, en realidad –pero se trataba de la felicidad de su hija.
-Sólo te he pedido que tengas cuidado. Nunca me ha importado a quién te tires, pero te pedí que las chicas no supieran nada –Gilbert hablaba con los dientes apretados. Si alguno de sus yernos lo hubiera visto en ese momento, se habría planteado seriamente la posibilidad de salir corriendo para estar lo más alejado de él que fuera posible –Cuando lo de Maggie lo pude controlar. ¿Qué se supone que debo hacer con Penny? Ella no es una niña y si ha hablado con sus hermanas...
-Yo me encargaré, Gil.
-¿Tú? –El hombre sonrió con sarcasmo –Tú has sido incapaz de encargarte de nada en toda tu vida. ¿Por qué iba a ser diferente ahora?
-Me descuidé. ¿Vale? Me aseguraré de que Penny entienda cómo son las cosas. Sé que hemos intentado retrasar este momento todo lo posible, pero ha llegado la hora de decirles la verdad. No quiero que Penny tenga la cabeza en otro lugar durante este día.
Gilbert gruñó y se sentó sobre la cama. Rebecca fue a sentarse junto a él y le cogió la mano. No estaban enamorados –ella al menos no lo estaba- pero Gilbert había sido su amigo algunas veces. Era un buen padre y sabía lo preocupado que debía estar.
-La verdad –Suspiró él, sonriendo tristemente.
-No debía ser así, pero ambos sabemos que este momento tenía que llegar. No podemos seguir estando juntos, Gilbert.
-No. Supongo que no. Además, hace siglos que realmente no estamos juntos.
Rebecca sonrió y le pasó un brazo fraternal por la espalda. Él apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, aspirando el aroma que le había encandilado de joven.
-No debiste enamorarte de mi –Aseguró ella, lamentando no haber sido capaz de quererlo.
-Tranquila, querida –Él se puso en pie, aparentemente más tranquilo –Esa enfermedad se me pasó cuando descubrí que eres una arpía.
-Bien. Me alegra oír eso.
Intercambiaron una mirada que podía ser cómplice. A pesar de no haber sido un matrimonio de verdad nunca, se conocían perfectamente y eran capaces de comunicarse sin necesidad de hablar. Eso era algo que ningún divorcio podría quitarles. Incluso cabía la posibilidad de que se llevaran mejor una vez que no estuvieran juntos.
-Robert te gusta de verdad. ¿Me equivoco?
-No –Rebecca sonrió y su mirada se iluminó por completo –Es un buen chico.
-No lo dudo, pero como jardinero es un desastre. Voy a buscar otro a partir del lunes. ¿Podrías decírselo?
-Sólo haces eso porque estás celoso –A pesar de que su tono de voz era grave, Gilbert no necesitó esforzarse mucho para comprender que estaba bromeando.
-Por eso y porque estoy harto de ver morirse a los árboles y de arreglar yo mismo los rosales que plantó mi madre –Rebecca sonrió y se acercó a él. Sin más palabras, le dio un abrazo y un beso en los labios -¿Os iréis a Londres? Puedes quedarte con el apartamento.
-Quizá. Pero ahora tenemos una hija a la que casar. Ponte tu uniforme y no hagas nada. Quiero que esto salga bien y espero que tú también lo quieras.
El vestido estaba en perfecto estado. Comprobarlo fue lo primero que hizo Penny al levantarse aquella mañana, asegurarse de que al menos eso no se había echado a perder. Después, abrió las ventanas de su habitación de par en par y aspiró el gélido aire matutino. Estaba en su dormitorio de la infancia y se sintió un poco melancólica de repente. Se acababa de dar cuenta de que iba a casarse de verdad y algo se removió en su interior. De pronto se encontró francamente mal y volvió a sentarse en la cama, ansiosa porque alguien entrara para ver cómo se encontraba y, al mismo tiempo, queriendo estar sola el máximo tiempo posible.
Cuando la puerta se abrió no pudo evitar asustarse un poco. Esperaba que fueran Maggie o Anna que llegaban dispuestas a ponerle las pilas, no su madre. Penny dudaba mucho que a Rebecca Clearwater le apeteciera ayudarla con los preparativos de la boda y, sin embargo, ahí estaba, con los rulos en el pelo y una expresión afable en el rostro. Penny sonrió, contenta porque estuviera allí. Aunque estuviera enfadada con ella y nunca hubieran estado muy unidas, había algo especial en la mirada de su madre, algo que nunca podría encontrar en los ojos de nadie más.
-¡Oh, ya te has levantado! Perfecto, entonces.
Rebecca se deslizó elegantemente por la habitación y con movimientos rápidos y precisos hizo la cama en un abrir y cerrar de ojos. Penny, que jamás la había visto realizar ninguna clase de tarea doméstica, se sorprendió ante la mañosa que la otra mujer demostraba ser. De hecho, estaba tan asombrada que no se movió mientras Rebecca se dedicaba a colocar toda su ropa sobre la cama, claramente dispuesta a organizarlo todo con mano de hierro.
-¿Te has bañado ya, cariño? –Preguntó, colocando la liga y las medias perfectamente estiradas sobre el colchón.
-No. Iba ahora...
-Bien. Haré que la peluquera venga dentro de media hora. ¿Te parece bien?
-Sí, claro. Pero Maggie iba a ocuparse de eso.
-Me temo que tu hermana estará entretenida con Aaron y con su propio cabello. Yo me encargaré de todo.
Penny no supo qué decir. Le sabía mal recordarle a su madre que a ella no le hacía ninguna gracia esa boda y que no podía entender por qué quería ayudarla ahora. ¿Era acaso una última y desesperada artimaña para alejarla de Percy?
-Mamá –Dijo sin moverse del sitio, a pesar de que Rebecca prácticamente la empujaba hacia el baño -¿Qué estás haciendo aquí?
Rebecca entendía sus reservas. Ni ella ni Gilbert se habían portado nunca demasiado bien con Percy y Penny desconfiaba de sus intenciones. No era para menos, aunque lamentaba que su hija fuera capaz de pensar que quería estropearle el día de su boda.
-¿Cómo que qué hago aquí? Soy tu madre, Penélope. Se supone que es aquí donde debo estar.
-¿Y quieres estar aquí o lo haces obligada?
Rebecca suspiró, asió a Penny por los hombros y la hizo sentarse en la cama.
-Podría decirte que quiero que la boda salga bien para que todo el mundo hable de lo buenos que somos los Clearwater organizando eventos, pero no es así. Quiero que tu boda salga bien para que seas feliz, aunque sea con ese chico –Penny entornó los ojos. Era evidente que no creía demasiado en ella, pero no hizo ademán de interrumpirla –Eres la primera de mis hijas en casarse, Penny. Para serte sincera, creo que serás la única en hacerlo. Maggie, aunque encuentre al hombre adecuado, no creo que quiera una celebración de este tipo. Ya sabes cómo es. Odia ser el centro de atención y, además, está Aaron. Por algún motivo no considera correcta una gran boda estando él. Y, en cuanto a Anna, dudo que quiera casarse siquiera. Su novio y ella no están muy apegados a los convencionalismos. ¿No crees?
-Entonces –Aunque Penny había sonreído, viéndose obligada a darle la razón a su madre, había un deje de tristeza en su mirada –Haces esto porque seré la única en tener una boda como las que te gustan. ¿Es eso?
-Tienes la mente retorcida de tu abuelo –Rebecca chasqueó la lengua con fastidio.
-Eso no es verdad y, de cualquier forma, no me disgustaría en absoluto parecerme al abuelo.
Rebecca entornó los ojos pero no hizo ningún comentario. Un par de segundos después, palmeó la espalda de su hija y la animó a ponerse en marcha una vez más. Le hubiera gustado poder hablar de Gilbert y de Robert, pero no le parecía que Penny estuviera muy receptiva. Se la veía bastante malhumora y no sentía ninguna necesidad de discutir con ella. Quizá fuera mejor esperar un par de vidas antes de soltarle la bomba. Pero, desgraciadamente, Penny nunca había sido de las que se callaban las cosas que las preocupaban y antes de meterse en el baño se dio media vuelta para mirarla fijamente.
-Le prometí a Percy que esperaría para hablar de esto con vosotros, pero no puedo hacerlo, mamá –Dijo con voz tensa, acercándose lentamente a Rebecca –No podría casarme como si no hubiera ocurrido nada.
Rebecca cabeceó. Sabía perfectamente lo que su hija quería decirle con esas palabras y, en cierta forma, le alegró que fuera ella quién empezara aquella conversación.
-Ayer te vi en el jardín –Soltó Penny de sopetón –Estabas tonteando con Robert. El jardinero.
La mujer cerró un instante los ojos y llenó sus pulmones de aire. Por una vez debía ser completamente franca con una de sus hijas y no sabía muy bien cómo hacerlo.
-Conocí a Robert antes de que empezara a trabajar en la casa –Explicó con suavidad, tomando asiento nuevamente y animando a Penny a hacer lo mismo –Lo traje aquí porque quería tenerlo cerca. Me gusta.
-¿Te gusta? –Penny no sabía si sentirse molesta o abrumada por tanta sinceridad -¿Y papá?
Rebecca suspiró y la cogió fuertemente de la mano. Había tanto que decir que no sabía por dónde empezar.
-Tu padre es un buen hombre, Penny, pero nunca he podido enamorarme de él. Hubo un tiempo en que lo intenté con toda mi alma, pero no pude. Y, en cierta forma, lo lamento mucho.
Penny permaneció callada mientras asimilaba aquella noticia. No es que no hubiera sabido antes que sus padres no estaban enamorados, pero escucharlo de boca de esa mujer era demasiado duro.
-¿Por qué estáis juntos entonces? –Acertó a preguntar, algo temerosa de la respuesta.
-Sonará terriblemente mal, cariño, pero la verdad es que tu padre quería tener una familia y yo la vida que él me ha proporcionado. Eso es todo.
Penny quiso sentirse furiosa, pero no pudo. Le daba demasiada pena para estarlo y, de cualquier forma, ya era demasiado mayor para saber que los cuentos de hadas no existían.
-¿Por qué se casó contigo, mamá? No lo entiendo. Él debía desear estar con alguien a quién querer, no...
"Contigo" fue lo que quiso decir y lo que se calló para no despreciar de ninguna manera a su madre. A pesar de que no estaba segura de poder respetar los motivos que tuvo para casarse, no quería herirla. No es ese día, al menos.
-Tu padre sí me quería, Penny. Durante un tiempo quise que saliera bien, pero cuando comprendí que no podía enamorarme de él se lo dije. Nunca lo he engañado, ni una sola vez en todos estos años.
Penny suspiró, organizando sus ideas e intentando comprender a sus progenitores. Quizá estaba demasiado abrumada por sus propios nervios, pero fue incapaz de juzgarlos negativamente. El día anterior había estado furiosa, pero esa mañana se sentía tan tranquila que le resultó extraño y, tal vez, algo preocupante.
-Pensamos en divorciarnos, pero ya conoces a tu padre. Maggie y tú habíais nacido y él se resistía a ver su familia rota, así que decidimos que seríamos un matrimonio perfecto de cara a la galería y que tendríamos nuestras vidas privadas de puertas para adentro. Él se dedicó a vosotras por completo después de dejar el ejército y yo... –Rebecca tragó saliva y no terminó esa frase. Hubo un tiempo en que su comportamiento no fue precisamente el deseado por nadie –Sé que poco a poco dejó de quererme también. Después de que naciera Anna, nos distanciamos por completo. Yo conocí a alguien y tu padre... Fue tan generoso, Penny. Él decía que era feliz con sus niñas y no le importaba que yo tuviera un amante –Rebecca se interrumpió y volvió a ponerse en pie. Si no la conociera tan bien, Penny hubiera jurado que estaba a punto de echarse a llorar –No seas dura con él. Ambas sabemos que no podría soportarlo.
Penny sonrió. A pesar de todos los defectos que tenía su padre, era incapaz de soportar el desprecio o el desdén de sus hijas. Normalmente era demasiado sobre protector y a veces se ponía insoportable, pero sólo era porque las adoraba. Tal vez porque se había aferrado a ellas después del fracaso de su matrimonio y, en el fondo, sentía que era lo único que le quedaba.
Aunque estaba convencida de que aún quedaban muchas cosas de las que hablar, Penny se acercó a su madre y le dio un abrazo. Hacía años que no tenían un acercamiento físico de aquella índole, desde que la guerra mágica terminara, y la bruja sintió a su madre estremecerse entre sus brazos. Rebecca Clearwater podía ser una arpía, pero en el fondo tenía corazón. A Penny le alegró mucho poder encontrarlo.
-Vamos a hablar con tus hermanas y contigo, Penny. Después de la boda. –Rebecca la había alejado de su lado y la miraba con los ojos aguados –Tenemos muchas cosas que explicaros. Vamos a divorciarnos.
La joven retuvo el aire en los pulmones. A ningún hijo le gustaba oír eso de labios de sus padres, pero sabía que era mejor. Estaba segura de que a su madre le gustaba Robert y, quizá, su padre tuviera la oportunidad de encontrar a alguien que lo quisiera. No era tan mal tipo una vez lo conocías algo mejor.
-Será mejor que te bañes de una vez. No querrás llegar tarde a tu propia boda, jovencita.
Penny la volvió a abrazar, sintiéndose más unida a ella de lo que había estado jamás, y se encerró en el cuarto de baño. No es que acabara de recibir la mejor noticia de su vida, pero se encontraba considerablemente mejor. Mucho más tranquila y lista para asumir su propio matrimonio.
Charlie seguía dormido. A Percy le pareció increíble que pudiera hacerlo con todo el jaleo que estaba empezando a montarse fuera. Por supuesto, Charlie vivía casi todo el tiempo rodeado de dragones y se había criado en La Madriguera, pero no era normal que siguiera roncando con los gritos de los obreros que, en ese momento, terminaban de montar la carpa para la boda en el jardín. Suspirando profundamente, Percy caminó hacia la cama de su hermano para despertarlo. Odiaba tener que preocuparse de todo el mundo, así que pensó en regarlo con agua o gritarle en el oído. Estaba lo suficientemente estresado para hacer cualquiera de las dos cosas, por menos adecuadas que resultaran, y entonces su mirada se desvió hacia el armario y lo vio.
Su traje. Su querido traje de boda, su elegante traje gris estaba destrozado. Sucio, totalmente echo jirones. Inservible.
Percy se llevó una mano al pecho y comenzó a respirar agitadamente. Eso no podía ser posible. No ese día, cuando era imposible arreglarlo o comprar uno nuevo. Le faltaban un par de horas para casarse y no tenía traje. Penny lo mataría y él mataría a quién hubiera hecho eso. Porque un traje de novio no se estropeaba de esa forma él solo. No. Alguien debía haberlo hecho, con Charlie ahí, roncando como una bestia.
Percy descubrió que se había quedado paralizado. Podía sentir los latidos de su corazón golpeando su mano y el sudor frío bajándole por la espalda. Con pasos vacilantes, caminó hasta el armario y acarició la tela, antes suave y brillante y ahora... Gimió lastimeramente, agitó la cabeza y explotó. La incredulidad dio paso a la furia más potente y se dio media vuelta, varita en mano, para conjurar un buen chorro de agua y arrojarlo directamente contra Charlie.
-¡Despierta de una jodida vez, imbécil!
Charlie se cayó de la cama. Literalmente. Abrió los ojos totalmente alarmado y empapado y miró a Percy apuntándolo amenazadoramente con su varita.
-¿Qué...? –Masculló mientras se ponía de pie y se retiraba el pelo mojado de la cara -¿Qué coño haces, maldito psicópata?
-¿Qué hago yo? ¿Qué hacías tú mientras alguien destrozaba mi traje de la boda?
-¿Qué...?
Charlie parpadeó y miró hacia el armario. Debía reconocer que Percy no fue su persona más grata cuando lo despertó de semejante manera, pero después de comprobar que su ropa no lucía el aspecto debido, entendió perfectamente su cabreo. Sin duda había algo raro en todo eso, pero lo que Percy decía era verdad. Había estado tan ocupado durmiendo que no se había dado cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
-¡Oh, mierda! Lo siento, Perce –Dijo atropelladamente, cogiendo su propia varita y apuntando al traje con ella –Lo arreglaremos, ya verás.
-¡No puedes arreglarlo! Es un traje especial. Por más reparos y fregoteos que le eches, no conseguirás nada –Percy jadeó, ahogándose con el aire, y se sentó en la cama, hundiendo la cabeza entre los brazos –No será igual. ¡Es mi traje de boda!
-¡Vamos, Percy! Es solo un traje. Nadie se dará cuenta...
-¡No es solo un traje! ¡Es...! ¡Era mi jodido traje!
Charlie iba a decir algo cuando escucharon las risotadas saliendo de alguna parte junto a la ventana. Alcanzaron a ver como George retiraba un hechizo desilusionador sobre él, Aaron y un impecable traje gris de novio, y se miraron totalmente confundidos.
-¡Oh, Merlín! ¡Deberías haber visto tu cara! ¿Lo has grabado, Aaron?
-Por supuesto que sí. Será un momento antológico. El tío petardo a punto de ponerse a llorar.
George dejó cuidadosamente el traje auténtico sobre la cama, sin dejar de reír ni un solo segundo, eso sí. Charlie abrió la boca y la cerró, totalmente en blanco, y Percy se levantó y caminó hacia su ropa. No sabía si estaba aliviado o cabreado, pero sí que la broma no le había hecho ninguna gracia. Quizá, en un par de milenios, cuando se le hubiera pasado el susto, podría apreciar la gracia de todo eso, pero no ese día. Conocía a George y debía haberse esperado algo parecido, pero no podía dejar que eso quedara así. Gritar y despotricar no le serviría de nada, así que pensó rápido y supo lo que hacer para sentirse mejor.
Devolverle el susto.
Se llevó la mano al pecho y comenzó a respirar entrecortadamente. George y Aaron seguían riendo e incluso Charlie sonreía débilmente, más tranquilo aliviado que otra cosa. Percy se quejó lastimeramente y se apoyó en la cama, doblándose sobre sí mismo. Charlie se quedó serio y fue hasta él, poniéndole una mano en la espalda. George disminuyó considerablemente la intensidad de sus carcajadas y Aaron prácticamente estaba llorando.
-Percy, tío. ¿Estás bien?
Nadie sabía que Percival Weasley tenía una capacidad innata para palidecer y fingir desmayos. Era, quizá, el único talento Weasley para gastar bromas que tenía, pero como fingirse enfermo nunca le había parecido demasiado gracioso, nunca necesitó hacer uso de él. Tampoco para escaquearse de los exámenes en Hogwarts o para irse a casa cuando estaba harto de su trabajo en el Ministerio. De hecho, hacia tanto que no lo hacía que dudaba que fuera a salirle bien, pero tuvo suerte. Cuando alzó la vista para mirar a Charlie, estaba más pálido que un muerto y temblaba como si ardiera en fiebre.
-¡Oh, Merlín! ¡Oh, Merlín! –Musitó con debilidad, dejándose caer sobre sus rodillas.
George dejó de reír y Aaron, quizá presintiendo que algo horrible estaba pasando, hizo lo propio, aunque no se acercó a Percy ni lo sostuvo por un brazo como hiciera su cómplice de esa mañana. No estaba muy seguro de si le agradaba que el tío aburrido estuviera enfermo, así que prefiero mantener las distancias.
-¡Eh, Perce! Sólo era una broma. No te pongas así, hombre.
Percy se sintió bastante satisfecho cuando comprobó que George estaba claramente preocupado. Charlie, en cambio, parecía algo suspicaz. Estaba disfrutando de la cara de desconcierto de su hermano mayor –suponía que debía ser muy parecida a la suya cada vez que le gastaban una broma- pero decidió que ya había sido suficiente y se irguió por completo, enrojeciendo de ira y golpeando acusadoramente a George en el pecho.
-Una broma y una mierda. Si tuviera tiempo, te destriparía aquí mismo, pero tengo que ducharme y prepararme para una boda. La mía.
Percy se encerró en el cuarto de baño dando un sonoro portazo. Charlie parpadeó, cayendo en la cuenta de que seguía empapado, y George se rascó la cabeza sin saber muy bien qué había pasado. Aaron sólo sonrió enigmáticamente. Acababa de descubrir que había algo de ese pelmazo que le agradaba.
-Tengo que conseguir que el tío Percy me enseñe a hacer eso. Será muy útil para engañar a mamá cuando quiera obligarme a ir al destinta.
-James, cielo, deja el nudo de la corbata en paz. ¿Quieres?
El niño parpadeó y dejó que su abuela le ajustara esa cosa en el cuello. Le molestaba muchísimo, a juzgar por los numerosos movimientos que hacía para quitársela, pero no volvió a tironear de ella. Era pequeño, cierto, pero sabía perfectamente que la abuela Molly no lo dejaría en paz. A él no le gustaba cuando los mayores le apretaban las mejillas y le revolvían el pelo, diciéndole que era monísimo, así que sonrió y se aferró a la mano de su padre. No le gustaba que no le defendiera, pero Harry también había aprendido que era mejor no interrumpir a Molly Weasley cuando hacía esas cosas.
-Harry, cariño. ¿Dónde está Ginny? –Y Molly lo agarró a él por la corbata. Realmente no hacía falta que lo hiciera, pero no podía resistirse.
-Se ha quedado arriba con Hermione. Tenían que hacerse no sé qué montón de cosas en el pelo.
-¡Oh, eso está bien! –Molly encaró a Ron, se humedeció un dedo con saliva y le quitó una inexistente manchita del rostro –No te has afeitado bien, Ron. Deberías ir ahora mismo.
-Mamá –Ron se apartó de ella, algo abochornado porque siguiera tratándolo como a un niño a pesar de que hacía años que no lo era –Estoy bien así.
Molly chasqueó la lengua. Iba a echarle un discurso al menor de sus hijos varones, pero acababa de llegar carne fresca. Bill, Fleur y Victoire acababan de llegar acompañados por Charlie. Dos hijos a los que acicalar eran mejor que uno terco y que no la escucharía, así que le dio una palmada a Ron en las mejillas y se fue a por ellos. Sólo faltaba una hora para la ceremonia y todo debía ser perfecto.
-Bill. ¿No te has puesto corbata? Insisto en que deberías recortarte el pelo. ¡Oh, Victoire, cariño! ¡Estás guapísima! Deja que la abuela Molly te vea bien.
Arthur suspiró. El hombre había tenido la suficiente astucia como para mantenerse alejado de su mujer todo el tiempo que le estaba siendo posible. La mañana no había empezado muy bien, con Molly diciéndole lo que tenía que hacer y cuándo y cómo hacerlo, así que había sido una suerte encontrarse con sus hijos. A ellos podía torturarlos todo lo que quisiera y no podrían quejarse, y eso era mucho mejor que torturarlo a él.
Escuchó a alguien chasquear la lengua a su lado y vio a Gilbert Clearwater, su futuro consuegro. Esperó verlo vestido con su elegante uniforme militar, pero en vez de eso se había puesto un sobrio traje azul marino. Curiosamente no parecía tan hostil como en otras ocasiones, pero Arthur dudaba mucho que estuviera con buenas intenciones. Dudaba que ese hombre pudiera actuar sin ocultar algo a los demás.
-Su esposa es muy vitalista, Weasley –Comentó entre bufidos. No era posible saber si hablaba con sarcasmo o no –Es capaz de manejar a una familia de no sé cuántos miembros sin parpadear. Y ni siquiera ha ido a ver al novio aún.
-Lleva mucho tiempo lidiando con los chicos. Tiene bastante práctica.
-Sí. Apostaría a qué sí –Gilbert carraspeó y se apoyó en la pared como si tuviera intenciones de quedarse a hablar -¿Le apetece un whisky? Creo que yo lo necesito.
-¿Intentando asimilar en hecho de que su hija vaya a casarse con mi hijo?
-Desgraciadamente, eso lo asumí hace mucho tiempo. Lo que necesito es evadirme un poco de todo este follón. Odio las bodas en general y las que se celebran en mi casa en particular.
-Cómo si usted se estuviera encargando de algo.
-Creo que con supervisar que ese atajo de vagos haga su trabajo tengo suficiente –Gilbert miró a Arthur fijamente, adivinando que escondía su varita en el pantalón de su traje –Apuesto a que con la magia todo es menos complicado.
Arthur no podía creerse que hubiera hecho ese comentario. Definitivamente el muggle necesitaba tomar una copa. O eso, o él mismo se había tomado un par de ellas y ni siquiera se había dado cuenta.
-No es tan fácil como parece –Acertó a decir con desconcierto.
-Claro –Gilbert se irguió y se acercó a él un poco más –Admito que no empezamos con buen pie y dudo mucho que la magia pueda llegar a resultarme agradable después de todo lo que pasó, pero si vamos a tener nietos en común, supongo que debemos tener un trato cordial.
-¿Un trato cordial? –Arthur alzó una ceja -¿Se encuentra bien, Clearwater?
-Aún no estoy borracho –El hombre agitó la cabeza con desdén –Me ha costado un poco aceptar mi derrota, pero Penny va a casarse con Percy y supongo que querrá ser feliz con él. Que las familias de ambos no se soporten no les ayudará demasiado.
-No –Arthur sonrió –No lo hará.
-En tal caso –Gilbert estiró una mano que Arthur estrechó con fuerza –Voy a buscar a Aaron. Debe estar echando matarratas en el ponche o algo parecido.
-¿Estás cabreado? –George estiró un par de invisibles arrugas de las mangas de la camisa de Percy -¡Vamos, tío! Era una broma. No es para que te pongas así.
-¿Una broma? Yo no le he visto la gracia, la verdad –Bufó Percy que, efectivamente, aún estaba un poco molesto.
-Perce. Tú nunca le ves la gracia a ninguna broma.
-Y menos si me hacen creer que el día de mi boda puede irse a la mierda aún antes de empezar.
George apretó los dientes y suspiró. La cara que Percy había puesto cuando vio su supuesto traje de novio destrozado había sido para escribir poemas, pero en el fondo tenía razón. Le había dado un susto de muerte a un hombre que nunca había tenido sentido del humor.
-Está bien. Lo siento. ¿Contento?
-No lo sientes –Masculló Percy entre dientes –Pero eres mi padrino. Supongo que no puedo pasarme el resto del día renegando contra ti. ¿No te parece?
-No –George sonrió y le palmeó un hombro –No puedes hacer eso.
Percy le devolvió la sonrisa y se acomodó la chaqueta. Estaba bastante bien. Sobrio y elegante, justo como a él le gustaba.
-Yo hubiera apostado por un color más original, pero tienes un aspecto aceptable. Pareces un novio de verdad.
-Soy un novio de verdad.
George guardó silencio un momento. Desde la noche de la despedida de soltero había habido algo sobre Percy que lo tuvo preocupado, una confesión realizada en un momento poco lúcido y que no había podido quitarse de la cabeza a pesar de que él se negaba a sí mismo la posibilidad de preocuparse demasiado por las cosas en general.
-Oye, Perce. Hay algo de lo que tenemos que hablar antes de que te cases.
-¿Has montado un espectáculo de fuegos artificiales frente al altar? –Espetó sarcástico.
-No. Es sobre algo que me dijiste en la despedida.
Percy se tensó imperceptiblemente. No recordaba muchas cosas de esa noche infernal, pero creía saber lo que quería George.
-¿Quieres escuchar algún cotilleo sobre Fudge y Umbridge juntos en los lavabos? –Espetó con seriedad, logrando que George compusiera una expresión de asco extremo.
-¡Oh, joder, no! –Exclamó, fingiendo que vomitaba -¿Por qué me has dicho eso? Se supone que lo del traje está olvidado –Percy rió disimuladamente y George recuperó su seriedad de antes –Es en serio, Perce.
-¿Algo serio viniendo de ti? Permite que me carcajee...
-¿Quieres o no casarte con Penny?
Percy había pretendido hacerle entender que no deseaba hablar sobre eso, no cuando él mismo ya casi había olvidado el asunto, pero George era un Weasley y, por lo tanto, era terco, así que soltó aquella frase de sopetón y logró que Percy dejara de reír y lo mirara con los ojos entornados.
-¿Disculpa?
-Me dijiste que no se lo dijera a nadie y no lo he hecho, pero necesito saber si estás seguro de lo que estás haciendo.
-¿Te preocupas por mí, George?
-Me preocupa que estés haciendo una tontería y que luego mamá me eche la culpa a mí por no habértelo impedido –Sí que le preocupaba Percy –Ya sabes que sería capaz de hacerlo.
Percy volvió a sonreír. Aunque no era muy dado a entrar en contacto físico con los demás, colocó ambas manos sobre los hombros de su hermano y lo miró fijamente a los ojos, dispuesto a hablarle con completa franqueza.
-Escúchame bien porque sólo lo diré una vez. Quiero a Penny y quiero casarme con ella.
George parpadeó. No estaba muy seguro de si Percy le estaba mintiendo o no. Le miraba a los ojos y todas esas cosas, pero no conocía lo suficiente a su hermano para saber qué clase de mentiroso podría llegar a ser. Después de todo le encantaba dedicarse a la política, así que no debía ser malo contando trolas y consiguiendo que la gente se las tragara.
-Entonces. ¿Por qué me dijiste eso?
-Porque estaba borracho y colocado y porque al principio del compromiso no me sentía muy seguro –Dijo con total sinceridad, pensado estúpidamente que George se la merecía –Es cierto que hubiera querido esperar un poco más y que las cosas se precipitaron un poco después de la boda de Lucien, pero quiero hacer lo que voy a hacer hoy.
-Ya –George liberó el aire de los pulmones, optando por creer a su hermano. Después de todo era lo más fácil –En ese caso, está bien. ¿No?
-¡Chicos! ¿Qué rayos estáis haciendo ahí dentro?
La voz enérgica de Molly Weasley interrumpió la conversación. Percy lamentó durante un segundo que su madre no hubiera llegado antes y George que no hubiera llegado después, pero todo estaba bien. O eso era lo que ambos suponían.
-¿Algo nuevo? –Preguntó Anna, alzando un dedo de la mano derecha.
-El vestido –Señaló Maggie, admirando la belleza que esa mañana desprendía su hermana.
-¿Algo prestado?
-Los pendientes de la abuela. El abuelo ha estado encantado de dejárselos.
-¿Algo viejo?
-El velo de la boda de mamá. Nos matará si le hacemos algo.
-¿Algo azul?
Maggie examinó a su hermana. No veía nada azul por ningún lado, así que se disponía a protestar cuando Penny alzó la cabeza con arrogancia y sacudió su pelo rizado alegremente.
-Eso es algo que sólo Percy podrá ver, aunque os aseguro que sí llevo algo azul.
Maggie y Anna se miraron, sonrieron pícaramente y la abrazaron con fuerza, emocionadas ante la visión de su hermana vestida de novia. Siempre habían sabido que ella sería la primera en casarse y se sentían como dos niñas con zapatos nuevos, ansiosas porque el día pasara de una vez y, al mismo tiempo, deseando que no acabara nunca. Las preocupaciones por la situación de sus padres se habían reducido un poco después de que Rebecca hablara brevemente con ellas y, después de todo, era el día especial de Penny. Nada ni nadie debía enturbiarlo con problemas ajenos.
-Está bien –Maggie casi corrió hasta el otro lado de la habitación y recogió el ramo de flores que descansaba sobre el escritorio –Ha llegado la hora. Papá no tardará en venir a buscarte. ¿Seguro que no te has arrepentido todavía de esto?
-Sabes que no.
Volvieron a reírse y abrazarse, hasta que alguien tocó suavemente la puerta y Gilbert asomó la cabeza con timidez. Penny respiró hondo y miró a su padre mientras sus hermanas abandonaban la habitación.
-Puedes pasar. No voy a comerte.
Gilbert sonrió y recibió encantado los besos que sus niñas le regalaron –sin mostrarse demasiado expresivo, claro –Después, observó a Penny y se quedó sin aire. Estaba tan guapa que no pudo hablar. Bastante tenía el pobre con contener las lágrimas y no mostrarse débil por primera vez en su vida.
-¡Oh, Penélope! ¡Qué guapa estás!
La abrazó con fuerza. Penny también se emocionó, aunque recordó que no debía llorar para evitar que el maquillaje se le echara a perder, así que se hizo fuerte y clavó sus ojos en los de su padre, sonriendo y limpiándole un par de lágrimas que se le escurrían por la mejilla.
-No irás a decirme que parece que fue ayer cuando me limpiabas los pañales y te manchaba el pelo de papilla. ¿Verdad?
-Por supuesto que no –Gilbert se irguió y se colocó la ropa –Uno no puede ir reconociendo por ahí esas cosas, pero sí que parece que fue ayer.
Penny sonrió y dejó caer los brazos, sintiéndolos más pesados que nunca y sin saber qué hacer. Faltaban muy pocos minutos para salir hacia la carpa que habían montado en el jardín y estaba tan nerviosa que casi no podía sentir los nervios.
-¿Estás preparada? –Inquirió, cogiéndola de las manos y sin dejar de mirarla ni un segundo -¿Todo está bien?
-Todo está perfectamente, papá.
-¿Has hablado con tu madre?
-Sí –Penny sabía lo que su padre pretendía y optó por quitarle importancia –Me ha dicho que me quite los zapatos si no me siento capaz de llegar al altar con ellos. Es preferible que mis pies salgan en las fotos a que salga yo cayéndome de bruces.
-¡Oh! –Gilbert rió y se alejó un poco de ella –No dejaré que te quites los zapatos y tampoco dejaré que te caigas si tropiezas. ¿Lo sabes, no?
-Lo sé. Muchas gracias.
-Bien –Gilbert carraspeó, la soltó y caminó hacia la puerta –Vámonos antes de que me obligues a ponerme sentimental. Siempre te ha gustado sacar lo peor de mí.
Penny rió y le hizo caso. Le alegraba comprobar que, a pesar de que sus padres tenían muchos defectos, podía contar con ellos en momentos como ese. No podía pedir nada mejor.
No había fumado nada, y eso que le hacía mucha falta. Las bodas solían incomodarlo mucho y luego tenía horribles pesadillas en las que él era el novio y se veía obligado a atarse de por vida a una mujer que le instaba a trabajar, que quería tener medio centenar de hijos y que no le permitía plantar marihuana en el jardín. Lo peor era que Anna no estaba a su lado, como solía hacer en casi todas las ocasiones especiales junto a su familia, y sí al abuelo Gilbert, al niño demonio Aaron y a Casper. No sabía qué pintaba su viejo amigo ahí, pero no le gustaba que le hiciera recordar que un día afortunadamente lejano en el tiempo él había sido Simon. Y no es que hubiera sido desagradable ser Simon, sobre todo cuando se escapaban del cuartel y se iban en busca de drogas, sexo y música rock, pero le gustaba más ser quién era ahora, un tipo libre de preocupaciones, responsabilidades y vestido con un elegante frac negro.
Anna se lo había pedido. En realidad le había sobornado. Frac a cambio de sexo salvaje. A Simon le gustaba el sexo salvaje con Anna, así que se puso aquella ridícula ropa pero se negó a sujetarse el pelo en una coleta. Una cosa era parecer un caballero y otra parecer un idiota. Sospechaba que a Anna le gustaba cada vez más verlo comportarse como se suponía que debía comportarse y temía que, efectivamente, fuera a pedirle que buscara un empleo, pero no podía ser tan malo. Le gustaba Anna –y el sexo con Anna- y, bueno, tenía casi treinta años. Ya iba siendo hora de sentar cabeza. Un poco. Porque una cosa era trabajar de repartidor de periódicos o paseando perros y otra era ponerse todos los días corbata y llevar un maletín a su oficina de contable, tener una casa en una urbanización horrenda, casarse y tener mocosos llorones e hiperactivos.
Aunque los niños no estuvieran del todo mal. Esos pequeñajos primorosamente vestidos que eran sobrinos de Percy era un par de monadas encantadoras. Podía imaginárselos despeinados y vestidos con camisetas de colores y era agradable. Cierto que Aaron era un incordio, pero a veces era divertido estar con él. Decía cosas graciosas y tenía ideas horribles. ¿Qué más se podía pedir?
-¡Eh, Simon! Temí que fueras a desaparecer de la tierra otra vez –había dicho Casper cuando se sentó a su lado -¿Dónde te has metido todo este tiempo? Desde que te largaste del ejército no has dado señales de vida. Tienes buena pinta. ¿Sabes?
-He estado por ahí –Había dicho él sin muchas ganas.
-¿Fundiéndote la herencia de tus padres? –Casper había reído y Simon había pensado que no era tan malo tenerlo cerca después de todo –Seguro que al cabrón de tu viejo le hubiera dado un infarto viendo como te gastabas el dinero en... ¿En qué te lo has gastado?
-En drogas y sexo, al menos hasta que conocí a Anna –Respondió él, contento porque Casper no había cambiado –Después, sólo en drogas. Pero para los dos, eso sí.
-¡Oh, joder! ¿Te lo has gastado todo?
-Uno tiene que tener sus reservas. ¿No?
Y es que Simon podía ser un fumeta, pero no era idiota. Estaba seguro de que algún día se cansaría de la vida bohemia y, entonces, sería agradable tener dinero y un sitio al que ir. Sólo esperaba que ese día tardara mucho en llegar.
Después de eso, Percy, sus padres y su padrino habían llegado y ocuparon su lugar en la iglesia. Faltaban unos pocos minutos para que Penny llegara y todos estaban expectantes. A Simon le hubiera encantado que pasara lo que en las películas –y a Aaron también –que la novia no llegara o que llegara y se diera media vuelta, huyendo horrorizada de la iglesia y subiéndose a un caballo con rumbo desconocido, pero suponía que eso no pasaría nunca. Percy y Penny eran demasiado burgueses para dar un espectáculo así, especialmente Percy, que se movía como si tuviera un palo metido por el culo.
-Estas mujeres, siempre con retraso –Escuchó gruñir a Gilbert Sr., mientras Aaron reía disimuladamente –Aunque no estoy muy seguro de que mi hijo no haya decidido secuestrar a la novia o algo así.
-No creo que su hijo sea capaz de hacer algo así. Penny no se lo permitiría.
Y no se lo permitió porque, un instante después, las damas de honor entraron en la carpa, sonrientes y bellísimas, encabezando la marcha que completaban un par de niños nerviosos y Penny aferrada al brazo paterno. Y todo ello amenizado por música muggle y suspiros de exagerada fascinación.
Percy se alegró de que no le hubieran permitido ver el vestido de la novia hasta el día de la boda. En cuanto vio a Penny llegar, más hermosa que nunca en toda su vida, supo que ella era la mujer que el destino había puesto en su vida para envejecer juntos y ser felices para siempre. No le importó que sus suegros no le quisiera, ni sus viejas inseguridades ni nada del mundo. Durante un minuto, mientras su novia caminaba hacia el altar, sólo existieron ellos dos, sus sueños, sus miradas y su futuro en común. No le importaba que el mundo se acabara después de aquello, porque sabía que no podría ser más feliz nunca jamás. Ya podía morirse tranquilo.
Penny sintió algo parecido. El temblor de sus piernas desapareció por completo en cuanto vio a su novio. Le pareció el hombre más atractivo y maravilloso del mundo y supo que a pesar de todo no podría haber encontrado a nadie mejor. Percy podía ser un poco paranoico, obsesivo y frío, pero estaba segura de que sería un buen marido, un amigo siempre fiel y un padre fabuloso cuando aceptara que debían tener hijos juntos. Penny había encontrado a su hombre ideal, un Weasley que no se parecía a los Weasley y que era capaz de desear el fin del mundo si antes conseguía su breve instante de inmensa felicidad. Especialmente si era junto a ella.
Rebecca miró de reojo a su marido y le cogió de la mano. Vislumbró la figura de Robert en la distancia y, aunque le encantara estar con él, supo que era el momento de mostrarse unida a Gilbert, el hombre con el que, para bien o para mal, había pasado más de media vida. Él la miró de reojo y le sonrió con calidez, pareciéndose mucho al joven y apuesto militar que le colocó un anillo en el dedo anular y le prometió amor y fidelidad eternas y que, a pesar de todo, había cumplido con sus promesas. Ella no tuvo la fuerza para hacerlo, pero estaba segura de que había podido hacer feliz a Gilbert. Le había dado lo que siempre quiso tener. Todo lo que quiso menos amor. Pero él nunca le había pedido amor directamente.
Molly sollozó. Arthur la miró de reojo y sonrió. Su mujer siempre lloraba en las bodas. Estaba seguro de que en cuanto esa terminara, comenzaría a acosar a Ron. Quizá, en un par de meses viera casarse a otro de sus hijos. Eso no estaría nada mal. Sólo esperaba que sus consuegros no fueran como los Clearwater. No podría soportaos.
