El motor del coche de policía sonaba en los oídos de Hopper, que aceleraba por una carretera conocida. Una vez más, el laboratorio de Hawkins se perfilaba en el horizonte, ante él, y la zona boscosa nunca se le había antojado tan siniestra para ser un mediodía de verano. Pero estaban allí. Agentes del gobierno, mercenarios, telépatas. Todo tipo de gente con la que alguien normal no querría mezclarse jamás. Jim tomaba, una vez más, la carretera en dirección al mundo de los cómics. Había pasado por allí hacía... "¿Cuánto tiempo hace?" se preguntó, presionándose el puente de la nariz. Con las pesadillas y la falta de sueño, las horas se fundían entre sí, dejando una pasta homogénea sobre su día. Mascó otra pastilla de cafeína del paquete. - ¿Estás segura de que es por aquí?

- Sí. – La radio del coche volvió a sonar con la voz de Jane, que se había mantenido hasta entonces en silencio. – En el bosque.
Jim pasó lo que habían sido campos de calabazas el noviembre pasado, que tal vez no volvieran a serlo después de la plaga sobrenatural. Vio a lo lejos la altísima silueta del laboratorio, y se preguntó si todo terminaría allí. Una vez más, todo terminaría allí. "No", pensó. "Ella ya está a salvo". Esta vez, la cosa no iba con Jane. Suspiró, notando cómo volvía el silencio. La carretera estaba vacía, el calor apretaba. - ¿Y por qué crees que lo hace?
- ¿El qué? – Jane podía no ser una conversadora locuaz, pero Jim sabía que, en el fondo de aquella muchacha callada y quieta, había alguien que pensaba mucho más de lo que hablaba.
- Lo de las pesadillas. – Replicó Jim. – Hacer daño a toda esa pobre gente.
- No es un hombre malo. – Dijo ella, a cambio. – Pero tiene cosas malas.
- ¿Un agujero negro? – Jim se permitió una pequeña sonrisa de amargura.
Sí.

Maldita sea, realmente no sabía qué pensar de aquel chico. Sabía que no era normal. Sabía que era como Jane. ¡Pero no sabía qué significaba eso! ¿Cuáles eran las normas? ¿Cuáles eran los límites? Lo único que sabía era lo que ella podía o no hacer, pero también sabía que tenía una hermanastra, en algún lugar, con poderes distintos a los suyos. ¿Estaba acaso en uno de aquellos malditos cómics para niños?
No sabía qué pensar de Daniel. No le había dado la impresión de ser un pandillero, parecía ser buena persona… Pero toda la ciudad se estaba sumiendo en el caos poco a poco por aquellas pesadillas, y había tenido que apartar la radio para que los reportes de gente cayendo en coma no lo distrajeran de la conducción. Puede que no lo hiciera a propósito, se decía. Puede que fuera algún efecto secundario de sus poderes, o algo así. Lo único que sabía era que todo había empeorado cuando esos hombres de negro habían aparecido. – Muy bien. – Dijo, abandonando la carretera e internándose por un camino forestal. – A partir de ahora, tendrás que guiarme tú.


Los dos coches frenaron justo delante de la casa en cuestión. - ¿Estás segura de que es aquí? ¿Aquí vive ese malnacido? – El señor Hargrove se volvió hacia su hija, que vaciló un instante, un imperceptible instante, para asentir de nuevo. – Bien… Nadie deja en coma a mi Billy y se sale con la suya.
"Lo siento, Will", se dijo Max, según salían, viendo a su amigo y la señora Byers salir de su coche. Sabía que él no habría querido hacerlo así. Sabía que no habría querido que fuera tan traumático para la hermana de Daniel. Pero no podía dejar que las cosas siguieran así. En la policía sólo les daban largas, y sabía que harían el mismo caso a las acusaciones de Will de problemas domésticos. Habían ignorado llamadas mucho peores. Y sí, ella también quería ayudar a esa desconocida amiga de Will. Si era amiga suya, también lo era de Max, o eso quería pensar. Pero no le importaba aún lo suficiente como para permitirse tener en cuenta lo que pensaría al ver a su hermano ser golpeado.
Nadie respondió cuando llamaron a la puerta, como era de esperar, y Max observó el rostro preocupado de Will y de su madre mientras su padre trataba de forzar la puerta. Debía de ser complicado para Will, dividido entre el deseo de ayudar a María y el de no provocarle dolor. Sabía que le costaba haber decidido aquello, pero también sabía que era para bien. Si alguien se hubiera ofrecido a quitarle de encima a Billy cuando había tenido la ocasión… Max no lo habría dudado ni un instante.

Pero ahora, ya no hacía falta. Era lo suficientemente fuerte como para mantener a raya a su hermano ella sola. Ahora bien, si fuera paralítica, como Will decía que era su amiga… Tragó saliva, y vio cómo su padre abría de golpe la puerta. - ¡Daniel García! – Gritó, entrando con un arma en la mano, haciendo que Max tragase saliva. Una cosa era aprobar que se tomaran represalias ante un potencial asesino, y la otra ver a un hombre gritando venganza por su hijo en coma.
Ella, por su parte, se quedó fuera, apoyando a Will y esperando oír en cualquier momento los gritos de Daniel junto a los de su padre. Pero aquello no ocurrió. Lo único que oyeron fue una maldición desde el interior, pronunciada por el señor Hargrove, extrañamente resonante. - ¿Qué diablos se supone que es esta mierda? – Resonó desde el apartamento. Mirándose, interrogantes, los tres entraron al lugar.

Los latinos que Will había visto, sobre todo en series y películas solían ser bastante estereotipados, con una estética muy concreta y repetida que le hacía pensar a uno que escogían siempre el mismo modelo y escenario y lo adaptaban a cada personaje latino de cada película. Por eso, en su mente la casa de dos hermanos latinos con escaso poder adquisitivo requería de cierta decoración, cierto ambiente. Y aquel apartamento carecía de ellos. Carecía de… Bueno, básicamente carecía de todo. De hecho, era un apartamento vacío. La voz del señor Hargrove resonaba en las paredes y suelos de madera, y la pintura desconchada se despegaba de las paredes. Bombillas colgantes y algunas tablas eran los únicos muebles que Max y los Byers descubrieron en el pequeño apartamento, y cuando llegaron a lo que debería haber sido el salón, el señor Hagrove estaba tan confuso como ellos.
- ¿Qué diablos está pasando aquí? – Dijo, dando vueltas sobre sí mismo hasta que encaró a Will y su madre. - ¿No se supone que era aquí donde vivían? ¡Qué diablos pasa aquí!
- Cálmese, por favor. – Joyce se interpuso entre él y Will, levantando las manos, con afán apaciguador. Después de todo, él era un hombre con un arma. – Creo que todos estamos aquí igual de confusos. ¿Estáis seguros de que ésta era la casa?
- Sí, este era el lugar. – Replicó Max, perpleja. – Llegamos hasta aquí buscando a esa persona, pero… No, no lo entiendo.
- Yo tampoco entiendo nada. – Replicó su padrastro, tenso. - ¿Qué diablos es este sitio, y cómo se supone que lo habéis encontrado?
- ¡Ya te lo dije, la hermana de Daniel es amiga de Will! – Replicó Max. - ¿Verdad, Will? En serio, a veces creo que nadie me escucha.

- No. – Se dio cuenta Will. Estaban equivocados. Eso era obvio decirlo llegados a aquel punto, pero aquella sensación… Algo dentro de él le decía que estaban equivocados. Como una brújula que gira sin control, como una flecha que tira en otra dirección.
Un sentido de urgencia surgió de sus entrañas. "Ayúdame, Will, eres mi única esperanza", parecía estar diciéndole. Un sentimiento de seguridad tan intenso y acuciante que retrocedió, como si le hubieran golpeado, y tosió para ahogar una arcada. – La va a matar… - Dijo, con seguridad. - ¡La va a matar!
Tenían que llegar hasta María antes de que Daniel decidiera borrar todos los rastros, antes de que decidiera hacerle lo mismo que al hermano de Max. Debían llegar hasta ella, y Will sabía dónde encontrarla.


Encontrarse allí, en mitad de Ninguna parte, Indiana, no era precisamente el destino favorito de nadie para el verano. El calor, los mosquitos, y aquel bosque tan poco acogedor hacían que los guardias, bien entrenados y armados hasta los dientes, intercambiasen miradas cada vez que sus patrullas se cruzaban. Sabían que su misión no era agradable, mancharse las manos por el Tío Sam manejando aquel arriesgado activo. El hombre volvió la mirada a la cabaña en la que guardaban su presa y se volvió, continuando su ruta más allá de las furgonetas aparcadas, a la espera del informe del escuadrón de búsqueda y captura. La silueta ominosa del Laboratorio abandonado se perfilaba en la distancia, como recordándoles a todos el destino que habían seguido sus predecesores. El guardia suspiró, y se volvió, pensando que allí, al menos, no tendrían que preocuparse de miradas indiscretas. Nada de vecinos preguntándose qué hacían allí, nada de locales metiendo las narices en todas partes, ni paranoicos protestando. Ni gente con malditos cigarrillos como el que acababa de ver detrás de aquel árbol. El guardia abrió la boca para dar la alarma, pero Hopper, tras él, fue más rápido.

Con un guardia menos y un rifle de asalto más, el jefe de policía se acercó entre los árboles en dirección a la cabaña, buscando otros mercenarios con la mirada mientras avanzaba. Era demasiado amplio, había demasiado espacio. Le resultaba increíble pensarlo, pero casi habría preferido que hubieran estado en el Laboratorio, donde al menos podría haberse resguardado en las esquinas. Por suerte, el lugar estaba vacío, y cuando al fin llegó a resguardarse tras las furgonetas negras - ¿Había visto aquellas furgonetas el día anterior? Estaba seguro de habérselas cruzado – fue capaz de ver a un segundo mercenario estacionado junto a la puerta del lugar. Sus miradas se cruzaron durante unos instantes, pero Jim disparó primero, y cuando el hombre cayó sentado contra el dintel de la puerta, Hopper supo que iba contrarreloj.
Los otros dos guardias que salieron de la cabaña tampoco presentaron un problema a Jim, que los abatió sin ceremonias y a continuación entró arma en ristre, en busca de Daniel. Y allí estaba, en lo que debería haber sido el salón de una cabaña demasiado parecida a la suya. Las correas constreñían tus brazos y piernas contra la silla, y su rostro amoratado colgaba flácido sobre su cuello. Flácido, pero vivo, al fin y al cabo. Al verlo allí, torturado e interrogado a la manera más brutal posible, Jim pensó en lo que podría haberle ocurrido a Once si la hubieran encontrado, y las dudas que le quedaban sobre lo que debería hacer se desvanecieron. Sabía que los problemas de las pesadillas debían acabar. Que debía liberar del coma a Murray y al resto. Pero sabía que los hombres de negro no le darían ninguna solución. Así que, con la pistola en la boca y navaja en mano, se dispuso a liberar a Daniel, dormido y con una máscara de sedación, de sus ataduras.
Un quinto guardia apareció a su espalda, pero antes de que hubiera podido preguntar "qué diablos" Jim había recuperado la pistola y había caído al suelo convertido en un fardo inerte, con un agujero extra y dejando a Jim el tiempo suficiente.

No obstante, aún no había ganado. Y no habían pasado ni dos minutos cuando oyó tras él chasquido de varias armas. Miró de reojo y vio tres rifles, con tres tipos de negro apuntándolo directamente. - Date la vuelta muy lentamente. - Dijo el del centro. - Y no habas movimientos bruscos. - Jim lo hizo, con la navaja aún en la mano. - Tu arma. - Jim le obedeció - ¿Qué otra opción tenía? - y el hombre mandó a uno de ellos, Jesse, a buscarla. - No sabes en qué te has metido, chico. - Dijo el jefe. - Te enfrentas a algo que no puedes controlar.

- Se sorprendería. - Replicó Jim, sin poder evitar una pequeña sonrisa. Y esperó una contestación de aquellos hombres, o huellas de que el tal Jesse hacía lo que le decían. Pero al parecer, los tres hombres se habían convertido en estatuas vivientes. No fue hasta un instante después, que descubrió que estaban siendo inmovilizados, contenidos en el sitio por una fuerza que tal vez no podía comprender, pero que sí había presenciado antes. Y el vello de su nuca se erizó de repente al notar la presencia.


Cuando Jane abrió los ojos, en el mundo real, se descubrió también respirando ansiosa. No podía sacárselo de la cabeza. Todo iba bien: Jim quería hablar con aquel chico, iba ganándoles terreno a los hombres malos. Pero allí, al final, supo que había sido una mala idea, cuando, como cubierta por una niebla negra como la noche, la figura y la voz de Jim desaparecieron, y ella perdió la conexión.

Debía alcanzarlo. Jim la necesitaba, no tenía ninguna duda. Y esta vez, debía hacerlo sola. Tragó saliva, y movió la cabeza con un gesto hacia la cómoda, viendo cómo un monopatín y un casco salían de debajo como por arte de magia. Era hora de enfrentarse a Eclipse.