Love Live No me pertenece ni cincuenta sombras, es de sus respectivos dueños.
Mac no tardará en volver —dice en voz baja.
—Mmm…
Abro los ojos parpadeantes y me encuentro con su dulce mirada gris.
Dios… los suyos tienen un color extraordinario; sobre todo aquí, en mar
abierto: reflejan la luz que reverbera en el agua y en el interior de la cab-
ina a través de los pequeños ojos de buey.
—Aunque me encantaría estar aquí tumbado contigo toda la tarde,
Mac necesitará que le ayude con el bote. —Eli se inclina sobre mí
y me besa dulcemente—. Estás tan hermosa ahora mismo, Nozomi, toda
despeinada y tan sexy. Hace que te desee aún más.
Sonríe y se levanta de la cama. Yo me tumbo boca abajo y admiro
las vistas.
—Tú tampoco estás mal, capitán.
Chasqueo los labios admirada y él sonríe satisfecho.
Le veo deambular con elegancia por el camarote mientras se viste.
Ese maravilloso hombre acaba de hacerme el amor tiernamente otra vez.
Apenas puedo creer la suerte que tengo. Apenas puedo creer que ese
hombre sea mío. Se sienta a mi lado para ponerse los zapatos.
—Capitán, ¿eh? —dice con sequedad—. Bueno, soy el amo y señor
de este barco.
Ladeo la cabeza.
—Tú eres el amo y señor de mi corazón, Ayase-san. Y de mi
cuerpo… y de mi alma.
Mueve la cabeza, incrédulo, y se inclina para besarme.
—Estaré en cubierta. Hay una ducha en el baño, si te apetece. ¿Ne-
cesitas algo? ¿Una copa? —pregunta solícito, y lo único que soy capaz
de hacer es sonreírle.
¿Es este el mismo hombre? ¿Es el mismo Cincuenta?
—¿Qué pasa? —dice como reacción a mi bobalicona sonrisa.
—Tú.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Eli?
Tuerce la boca y sonríe con tristeza.
—No está muy lejos, nena —dice suavemente, y hay un deje mel-
ancólico en su voz que hace que inmediatamente lamente haberle hecho
esa pregunta. Pero Eli sacude la cabeza para desechar la idea—.
No tardarás en verlo —dice sonriendo—, sobre todo si no te levantas.
Se acerca y me da una nalgada en mi trasero, y yo chillo y me río
al mismo tiempo.
—Ya me tenías preocupada.
—¿Ah, sí? —Eli arquea una ceja—. Emites señales contradict-
orias, Nozomi. ¿Cómo podría un hombre seguirte el ritmo? —Se in-
clina y vuelve a besarme—. Hasta luego, nena —añade y, con una son-
risa deslumbrante, se levanta y me deja a solas con mis dispersos
pensamientos.
Cuando salgo a cubierta, Mac está de nuevo a bordo, pero enseguida
se retira a la cubierta superior en cuanto abro las puertas del salón.
Eli está con su BlackBerry. ¿Hablando con quién?, me pregunto.
Se me acerca, me atrae hacia él y me besa el cabello.
—Una noticia estupenda… bien. Sí… ¿De verdad? ¿La escalera de
incendios?… Entiendo… Sí, esta noche.
Aprieta el botón de fin de llamada, y el ruido de los motores al pon-
erse en marcha me sobresalta. Mac debe de estar arriba, en el puente de
mando.
—Hora de volver —dice Eli, y me besa una vez más mientras
me coloca de nuevo el chaleco salvavidas.
Cuando volvemos al puerto deportivo, con el sol a nuestra espalda
poniéndose en el horizonte, pienso en esta tarde maravillosa. Bajo la at-
enta y paciente tutela de Eli, he estibado una vela mayor, un foque
y una vela balón, y he aprendido a hacer un nudo cuadrado, un
ballestrinque y un nudo margarita. Él ha mantenido los labios prietos
durante toda la clase.
—Puede que un día de estos te ate a ti —mascullo en tono gruñón.
Él tuerce el gesto, divertido.
—Primero tendrá que atraparme, Toujou-san.
Sus palabras me traen a la cabeza la imagen de él persiguiéndome
por todo el apartamento, la excitación, y después sus espantosas con-
secuencias. Frunzo el ceño y me estremezco. Después de aquello, le
dejé.
¿Le dejaría otra vez ahora que ha reconocido que me quiere?
Levanto la vista hacia sus claros ojos azules. ¿Sería capaz de dejarle otra
vez… me hiciera lo que me hiciese? ¿Podría traicionarle de ese modo?
No. No creo que pudiera.
Me ha dado otro completo tour por este magnífico barco, explicán-
dome todos los detalles del diseño, las técnicas innovadoras y los mater-
iales de alta calidad que se utilizaron para construirlo. Recuerdo aquella
primera entrevista, cuando le conocí. Entonces descubrí ya su pasión por
los barcos. Creí que reservaba su entrega incondicional a los cargueros
transoceánicos que construye su empresa… pero no, también los eleg-
antes catamaranes de encanto tan sensual.
Y, por supuesto, me ha hecho el amor con dulzura, sin prisas.
Recuerdo mi cuerpo arqueado y anhelante bajo sus expertas manos. Es
un amante excepcional, de eso estoy segura… aunque, claro, no tengo
con quién compararle. Pero Anju-chan hubiera alardeado más si esto fuera
siempre así: no es propio de ella callarse los detalles.
Pero ¿durante cuánto tiempo le bastará con esto? No lo sé, y el
pensamiento resulta muy perturbador.
Ahora se sienta y me rodea con sus brazos, y yo permanezco en la
seguridad de su abrazo durante horas —o eso me parece—, en un silen-
cio cómodo y fraterno, mientras el Kotori-san se desliza y se acerca más y
más a Akibahara. Yo llevo el timón, y Eli me avisa cada vez que
tengo que ajustar el rumbo.
—Hay una poesía en navegar tan antigua como el mundo —me dice
al oído.
—Eso suena a cita.
Noto que sonríe.
—Lo es. Antoine de Saint-Exupéry.
—Oh… me encanta El principito.
—A mí también.
Comienza a caer la noche cuando Eli, con sus manos todavía
sobre las mías, nos conduce al interior de la bahía. Las luces de los bar-
cos parpadean y se reflejan en el agua oscura, pero todavía hay algo de
claridad: el atardecer es agradable y luminoso, el preludio de lo que sin
duda será una puesta de sol espectacular.
Una pequeña multitud se congrega en el muelle cuando Eli
hace girar despacio el barco, en un espacio relativamente pequeño. Lo
hace con destreza, atracando de nuevo en el embarcadero del que
habíamos zarpado. Mac salta a tierra y amarra el Kotori-san a un noray.
—Ya estamos de vuelta —murmura Eli.
—Gracias —susurro tímidamente—. Ha sido una tarde perfecta.
Eli me sonríe.
—Yo pienso lo mismo. Quizá deberíamos matricularte en una es-
cuela náutica, y así podríamos salir durante unos días, tú y yo solos.
—Me encantaría. Podríamos estrenar el dormitorio una y otra vez.
Se inclina y me besa bajo la oreja.
—Mmm… estoy deseándolo, Nozomi —susurra, y consigue que se
me erice todo el vello del cuerpo.
¿Cómo lo hace?
—Vamos, el apartamento es seguro. Podemos volver.
—¿Y las cosas que tenemos en el hotel?
—Nico ya las ha recogido.
¡Oh! ¿Cuándo?
—Hoy a primera hora —contesta Eli antes de que le plantee la
pregunta—, después de haber examinado el Kotori-san con su equipo.
—¿Y ese pobre hombre cuándo duerme?
—Duerme. —Eli, desconcertado, arquea una ceja—. Simple-
mente cumple con su deber, Nozomi, y lo hace muy bien. Es una
suerte contar con Nico.
Por alguna razón, eso me hace
sonreír.
Eli me mira pensativo y comenta:
—Tú aprecias a Nico-san.
—Supongo que sí.
Su comentario me confunde. Él frunce el ceño.
—No me siento atraída por él, si es eso lo que te hace poner mala
cara. Déjalo ya.
Eli hace algo parecido a un mohín, como enfurruñado.
Dios… a veces es como un niño.
—Opino que Nico-san cuida muy bien de ti. Por eso me gusta. Me
parece un hombre que inspira confianza, amable y leal. Lo aprecio en un
sentido paternal.
—¿Paternal?
—Sí.
—Bien, paternal.
Eli parece analizar la palabra y su significado. Me echo a reír.
—Oh, Eli, por favor, madura un poco.
Él abre la boca, sorprendido ante mi salida, pero luego piensa en lo
que he dicho y tuerce el gesto.
—Lo intento —dice finalmente.
—Se nota. Y mucho —le digo con cariño, pero después pongo los
ojos en blanco.
—Qué buenos recuerdos me trae verte hacer ese gesto, Nozomi
—dice con una gran sonrisa.
—Bueno, si te portas bien a lo mejor revivimos alguno de esos re-
cuerdos —replico con aire cómplice.
Él hace una mueca irónica.
—¿Portarme bien? —Levanta las cejas—. Francamente, Toujou-san, ¿qué le hace pensar que quiera revivirlos?
—Seguramente porque, cuando lo he dicho, tus ojos han brillado
como luces navideñas.
—Qué bien me conoces ya —dice con cierta sequedad.
—Me gustaría conocerte mejor.
Sonríe con dulzura.
—Y a mí a ti, Nozomi.
—Gracias, Mac.
Eli estrecha la mano de McConnell y baja al muelle.
—Siempre es un placer, Ayase-san. Adiós. Y, Nozomi, encantado de
conocerte.
Le doy la mano con timidez. Debe de saber a qué nos hemos dedic-
ado Eli y yo mientras él estaba en tierra.
—Que tengas un buen día, Mac, y gracias.
Me sonríe y me guiña el ojo, haciendo que me ruborice. Eli
me coge de la mano y subimos por el muelle hacia el paseo marítimo.
—¿De dónde es Mac? —pregunto, intrigada por su acento.
—Irlandés… del norte de Irlanda —concreta Eli.
—¿Es amigo tuyo?
—¿Mac? Trabaja para mí. Ayudó a construir el Kotori.
—¿Tienes muchos amigos?
Frunce el ceño.
—La verdad es que no. Dedicándome a lo que me dedico… no
puedo cultivar muchas amistades. Solo está…
Se calla y se pone muy serio, y soy consciente de que iba a mencion-
ar a Kira-san.
—¿Tienes hambre? —pregunta para cambiar de tema.
Asiento. La verdad es que estoy hambrienta.
—Cenaremos donde dejé el coche. Vamos.
Al lado del SP hay un pequeño bistró italiano llamado Bee's. Me re-
cuerda al local algo cerca de aqui: unas pocas mesas y reservados, con una dec-
oración muy moderna y alegre, y una gran fotografía en blanco y negro
de una celebración de principios de siglo a modo de mural.
Eli y yo nos sentamos en un reservado, y echamos un vistazo
al menú mientras degustamos un Frascati suave y delicioso. Cuando le-
vanto la vista de la carta, después de haber elegido lo que quiero, Chris-
tian me está mirando fijamente, pensativo.
—¿Qué pasa?
—Estás muy guapa, Nozomi. El aire libre te sienta bien.
Me ruborizo.
—Pues la verdad es que me arde la cara por el viento. Pero he pas-
ado una tarde estupenda. Una tarde perfecta. Gracias.
En sus ojos brilla el cariño.
—Ha sido un placer —musita.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Estoy decidida a obtener información.
—Lo que quieras, Nozomi. Ya lo sabes.
Ladea la cabeza. Está encantador.
—No pareces tener muchos amigos. ¿Por qué?
Encoge los hombros y frunce el ceño.
—Ya te lo he dicho, la verdad es que no tengo tiempo. Están mis so-
cios empresariales… aunque eso es muy distinto a tener amigos,
supongo. Tengo a mi familia y ya está. Aparte de Tsubasa.
Ignoro que ha mencionado a esa bruja.
—¿Ningún amigo varón de tu misma edad para salir a desahogarte?
—Tú ya sabes cómo me gusta desahogarme, Nozomi. —Eli
hace una leve mueca—. Y me he dedicado a trabajar, a levantar mi
empresa. —Parece desconcertado—. No hago nada más; salvo navegar
y volar de vez en cuando.
—¿Ni siquiera en la universidad?
—La verdad es que no.
—¿Solo Tsubasa, entonces?
Asiente, con cautela.
—Debes de sentirte solo.
Sus labios esbozan una media sonrisa melancólica.
—¿Qué te apetece comer? —pregunta, volviendo a cambiar de tema.
—Me inclino por el risotto.
—Buena elección.
Eli avisa al camarero y da por terminada la conversación.
Después de pedir, me revuelvo incómoda en la silla y fijo la mirada
en mis manos entrelazadas. Si tiene ganas de hablar, he de aprovecharlo.
Tengo que hablar con él de cuáles son sus expectativas, sus…
necesidades.
—Nozomi, ¿qué pasa? Dime.
Levanto la vista hacia su rostro preocupado.
—Dime —repite con más contundencia, y su preocupación se con-
vierte ¿en qué… miedo… ira?
Suspiro profundamente.
—Lo que más me inquieta es que no tengas bastante con esto. Ya
sabes… para desahogarte.
Tensa la mandíbula y su mirada se endurece.
—¿He manifestado de algún modo que no tenga bastante con esto?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo piensas?
—Sé cómo eres. Lo que… eh… necesitas —balbuceo.
Cierra los ojos y se masajea la frente con sus largos dedos.
—¿Qué tengo que hacer? —dice en voz tan baja que resulta alar-
mante, como si estuviera enfadado, y se me encoge el corazón.
—No, me has malinterpretado: te has comportado maravillosamente,
y sé que solo han pasado unos días, pero espero no estar obligándote a
ser alguien que no eres.
—Sigo siendo yo, Nozomi… con todas las cincuenta sombras de
mi locura. Sí, tengo que luchar contra el impulso de ser controlador…
pero es mi naturaleza, la manera en que me enfrento a la vida. Sí, espero
que te comportes de una determinada manera, y cuando no lo haces
supone un desafío para mí, pero también es un soplo de aire fresco.
Seguimos haciendo lo que me gusta hacer a mí. Dejaste que te golpeara
ayer después de aquella espantosa puja. —Esboza una sonrisa placentera
al recordarlo—. Yo disfruto castigándote. No creo que ese impulso desa-
parezca nunca… pero me esfuerzo, y no es tan duro como creía.
Me estremezco y enrojezco al recordar nuestro encuentro clandes-
tino en el dormitorio de su infancia.
—Eso no me importó —musito con timidez.
—Lo sé. —Sus labios se curvan en una sonrisa reacia—. A mí tam-
poco. Pero te diré una cosa, Nozomi: todo esto es nuevo para mí, y es-
tos últimos días han sido los mejores de mi vida. No quiero que cambie
nada.
¡Oh!
—También han sido los mejores de mi vida, sin duda —murmuro, y
se le ilumina la cara.
La diosa que llevo dentro asiente febril, dándome fuertes codazos.
Vale, vale, ya lo sé…
—Entonces, ¿no quieres llevarme a tu cuarto de juegos?
Traga saliva y palidece, con el rostro totalmente serio.
—No, no quiero.
—¿Por qué no? —musito.
No es la respuesta que esperaba.
Y sí, ahí está… esa punzada de decepción. La diosa que llevo dentro
hace un mohín y da patadas en el suelo con los brazos cruzados, como
una cría enfurruñada.
—La última vez que estuvimos allí me abandonaste —dice en voz
baja—. Pienso huir de cualquier cosa que pueda provocar que vuelvas a
dejarme. Cuando te fuiste me quedé destrozado. Ya te lo he contado. No
quiero volver a sentirme así. Ya te he dicho lo que siento por ti.
Sus ojos azules, enormes e intensos, rezuman sinceridad.
—Pero no me parece justo. Para ti no puede ser bueno… estar con-
stantemente preocupado por cómo me siento. Tú has hecho todos esos
cambios por mí, y yo… creo que debería corresponderte de algún modo.
No sé, quizá… intentar… algunos juegos haciendo distintos personajes
—tartamudeo, con la cara del color de las paredes del cuarto de juegos.
¿Por qué es tan difícil hablar de esto? He practicado todo tipo de
sexo pervertido con este hombre, cosas de las que ni siquiera había oído
hablar hace unas semanas, cosas que nunca había creído posibles, y, sin
embargo, lo más difícil de todo es hablar de esto con él.
—Ya me correspondes, Nozomi, más de lo que crees. Por favor, no te si-
entas así.
Eli despreocupado ha desaparecido. Ahora tiene los ojos
muy abiertos con expresión alarmada, y verlo así resulta desgarrador.
—Nena, solo ha pasado un fin de semana. Démonos tiempo. Cuando
te marchaste, pensé mucho en nosotros. Necesitamos tiempo. Tú neces-
itas confiar en mí y yo en ti. Quizá más adelante podamos permitírnoslo,
pero me gusta cómo eres ahora. Me gusta verte tan contenta, tan relajada
y despreocupada, sabiendo que yo tengo algo que ver en ello. Yo nunca
he… —Se calla y se pasa la mano por el pelo—. Para correr, primero
tenemos que aprender a andar.
De repente sonríe.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—Shin. Dice eso constantemente. Nunca creí que le citaría.
—Un Shinismo.
Eli se ríe.
—Exacto.
Llega el camarero con los entrantes y la brocheta, y en cuanto cam-
biamos de conversación Eli se relaja.
Cuando nos colocan delante nuestros pantagruélicos platos, no
puedo evitar pensar en cómo he visto a Eli hoy: relajado, feliz y
despreocupado. Como mínimo ahora se ríe, vuelve a estar a gusto.
Cuando empieza a interrogarme sobre los lugares donde he estado,
suspiro de alivio en mi fuero interno. El tema se acaba enseguida, ya que
no he estado en ningún sitio fuera del Estados Unidos continental. En
cambio, él ha viajado por todo el mundo, e iniciamos una charla más
alegre y sencilla sobre todos los lugares que él ha visitado.
Después de la sabrosa y contundente cena, Eli conduce de
vuelta al Escala. Por los altavoces se oye la voz dulce y melodiosa de
Eva Cassidy, y eso me proporciona un apacible interludio para pensar.
He tenido un día asombroso; la doctora Menma; nuestra ducha; la ad-
misión de Eli; hacer el amor en el hotel y en el barco; comprar el
coche. Incluso el propio Eli se ha mostrado tan distinto… Es
como si se hubiera desprendido de algo, o hubiera redescubierto algo…
no sé.
¿Quién habría imaginado que pudiera ser tan dulce? ¿Lo sabría él?
Cuando le miro, él también parece absorto en sus pensamientos. Y
caigo en la cuenta de que él no ha tenido en realidad una adolescencia…
una normal, al menos.
Mi mente vaga errática hasta la fiesta de la noche anterior y mi baile
con el doctor Shin, y el miedo de Eli a que este me lo hubiera
contado todo sobre él. Eli sigue ocultándome algo. ¿Cómo po-
demos avanzar en nuestra relación si él se siente de ese modo?
Cree que podría dejarle si le conociera. Cree que podría dejarle si
fuera tal como es. Oh, este hombre es muy complicado.
A medida que nos acercamos a su casa, empieza a irradiar una
tensión que se hace palpable. Desde el coche examina las aceras y los
callejones laterales, sus ojos escudriñan todos los rincones, y sé que está
buscando a Mayuri. Yo empiezo también a mirar. Todas las chicas moren-
as son sospechosas, pero no la vemos.
Cuando entramos en el garaje, su boca se ha convertido en una línea
tensa y adusta. Me pregunto por qué hemos vuelto aquí si va a estar tan
nervioso y cauto. Sawyer está en el garaje, vigilando, y se acerca a abri-
rme la puerta en cuanto Eli aparca al lado del SUV. El Audi
destrozado ya no está.
—Hola, Sawyer —le saludo.
—Toujou-san. —Asiente—. Ayase-san.
—¿Ni rastro? —pregunta Eli.
—No, señor.
Eli asiente, me coge la mano y vamos hacia el ascensor. Sé
que su cerebro no para de trabajar; está totalmente abstraído. En cuanto
entramos se vuelve hacia mí.
—No tienes permiso para salir de aquí sola bajo ningún concepto.
¿Entendido? —me espeta.
—De acuerdo.
Vaya… tranquilo. Sin embargo, su actitud me hace sonreír. Tengo
ganas de abrazarme a mí misma: este hombre, tan dominante y brusco
conmigo… Me asombra que hace solo una semana me pareciera tan
amenazador cuando me hablaba de ese modo. Pero ahora le comprendo
mucho mejor. Ese es su mecanismo para afrontar las situaciones. Está
muy preocupado por lo de Mayuri, me quiere y quiere protegerme.
—¿Qué te hace tanta gracia? —murmura con un deje de ironía en la
voz.
—Tú.
—¿Yo, Toujou-san? ¿Por qué le hago gracia? —dice con un
mohín.
Los mohines de Eli son tan… sensuales.
—No pongas morritos.
—¿Por qué? —pregunta, cada vez más divertido.
—Porque provoca el mismo efecto en mí que el que tiene en ti que
yo haga esto.
Y me muerdo el labio inferior.
Él arquea las cejas, sorprendido y complacido al mismo tiempo.
—¿En serio?
Vuelve a hacer un mohín y se inclina para darme un beso fugaz y
casto.
Yo alzo los labios para unirlos a los suyos, y durante la milésima de
segundo en que se rozan nuestras bocas, la naturaleza de su beso cam-
bia, y un fuego arrasador originado en ese íntimo punto de contacto se
expande por mis venas y me impulsa hacia él.
De pronto mis dedos se enredan en sus cabellos y él me empuja con-
tra la pared del ascensor, sujeta mi cara entre sus manos y nuestras len-
guas se entrelazan. Y no sé si los confines del ascensor hacen que todo
sea más real, pero noto su necesidad, su ansiedad, su pasión.
Dios… Le deseo, aquí, ahora.
El ascensor se detiene con un sonido metálico, las puertas se abren y
Eli aparta ligeramente su cara de la mía, sus caderas aún inmovil-
izándome contra la pared y su erección presionando contra mi cuerpo.
—Vaya —murmura sin aliento.
—Vaya —repito, e inspiro una bocanada de aire para llenar mis pulmones.
Me mira con ojos ardientes.
—Qué efecto tienes en mí, Nozomi.
Y con el pulgar resigue mi labio inferior.
Por el rabillo del ojo veo a Nico-san, que da un paso atrás y queda
fuera de mi vista. Me alzo para besar a Eli en la comisura de esos
labios maravillosamente perfilados.
—El que tú tienes en mí, Eli.
Se aparta y me da la mano. Ahora tiene los ojos más oscuros,
entornados.
—Ven —ordena.
Nico-san sigue en la entrada, esperándonos con discreción.
—Buenas noches, Nico —dice Eli en tono cordial.
—Ayase-san, Toujou-san.
—Ayer fui la señora Yasawa —le digo sonriendo, y él se pone rojo.
—También suena bien, Toujou-san —dice Nico-san con total
naturalidad.
—Yo pienso lo mismo.
Eli me coge la mano con más fuerza, y pone mala cara.
—Si ya han terminado los dos, me gustaría un informe rápido.
Mira fijamente a Nico-san, que ahora parece incómodo, y a mí se me
encogen las entrañas. He sobrepasado el límite.
—Lo siento —le digo en silencio a Nico-san, que se encoge de hom-
bros y me sonríe con amabilidad antes de darme la vuelta para seguir a
Eli.
—Ahora vuelvo contigo. Antes tengo que decirle una cosa a la
Toujou-san —le dice Eli a Nico-san, y sé que tengo problemas.
Eli me lleva a su dormitorio y cierra la puerta.
—No coquetees con el personal, Nozomi —me reprende.
Abro la boca para defenderme, luego la cierro y vuelvo a abrirla otra
vez.
—No coqueteaba. Era amigable… hay una diferencia.
—No seas amigable con el personal ni coquetees con ellos. No me
gusta.
Oh. Adiós al Eli despreocupado.
—Lo siento —musito y me miro las manos.
No me había hecho sentir como una niña pequeña en todo el día. Me
coge la barbilla y me levanta la cabeza para que le mire a los ojos.
—Ya sabes lo celoso que soy —murmura.
—No tienes motivos para ser celoso, Eli. Soy tuya en cuerpo y
alma.
Pestañea varias veces como si le costara procesar ese hecho. Se in-
clina y me besa fugazmente, pero sin la pasión que sentíamos hace un
momento en el ascensor.
—No tardaré. Ponte cómoda —dice de mal humor, da media vuelta
y me deja ahí plantada en el dormitorio, aturdida y confusa.
¿Por qué demonios podría tener celos de Nico-san? Niego con la
cabeza, sin poder dar crédito.
Miro el despertador y observo que acaban de dar las ocho. Decido
preparar la ropa que llevaré mañana al trabajo. Subo a mi habitación y
abro el vestidor. Está vacío. Todos los vestidos han desaparecido. ¡Oh,
no! Eli me ha tomado la palabra y se ha deshecho de toda la ropa.
Maldita sea…
Mi subconsciente me fulmina con la mirada. Bien, te lo mereces, por
bocazas.
¿Por qué me ha tomado la palabra? Las advertencias de mi madre
vuelven a resonar en mi cabeza: «Los hombres son muy cuadriculados,
cielo, se lo toman todo al pie de la letra». Observo el espacio vacío con
desolación. Había prendas muy bonitas, como el vestido plateado que
llevé al baile.
Paseo desconsolada por la habitación. Un momento… ¿qué está pas-
ando aquí? También ha desaparecido el iPad. ¿Y dónde está mi Mac?
Oh, no. Lo primero que pienso, de forma poco compasiva, es que quizá
los haya robado Mayuri.
Bajo las escaleras corriendo y vuelvo al cuarto de Eli. Sobre la
mesita están mi Mac, mi iPad y mi mochila. Está todo aquí.
Abro la puerta del vestidor. Toda mi ropa está aquí también, com-
partiendo espacio con la de Eli. ¿Cuándo ha ocurrido todo esto?
¿Por qué nunca me avisa cuando hace estas cosas?
Me doy la vuelta y él está de pie en el umbral.
—Ah, ya lo han traído todo —comenta con aire distraído.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Tiene el semblante sombrío.
—Nico cree que Mayuri entró por la escalera de emergencia. Debía
de tener una llave. Ya han cambiado todas las cerraduras. El equipo de
Nico ha registrado todas las estancias del apartamento. No está aquí.
—Hace una pausa y se pasa una mano por el pelo—. Ojalá hubiera sa-
bido dónde estaba. Está esquivando todos nuestros intentos de encon-
trarla, y necesita ayuda.
Frunce el ceño, y mi anterior enfado desaparece. Lo abrazo. Él me
envuelve con su cuerpo y me besa la cabeza.
—¿Qué harás cuando la encuentres? —pregunto.
—El doctor Shin tiene una plaza para ella.
—¿Y qué pasa con su marido?
—No quiere saber nada de ella —contesta Eli con amar-
gura—. Su familia vive muy lejos. Creo que ahora anda por ahí
sola.
—Qué triste…
—¿Te parece bien que haya hecho que traigan tus cosas aquí? Quer-
ía compartir la habitación contigo —murmura.
Vaya, otro rápido cambio de tema.
—Sí.
—Quiero que duermas conmigo. Cuando estás conmigo no tengo
pesadillas.
—¿Tienes pesadillas?
—Sí.
Lo abrazo más fuerte. Por Dios… Más cargas del pasado. Se me en-
coge el corazón por este hombre.
—Iba a prepararme la ropa para ir a trabajar mañana —aclaro.
—¡A trabajar! —exclama Eli como si hubiera dicho una pa-
labrota, me suelta y me fulmina con la mirada.
—Sí, a trabajar —replico, desconcertada ante su reacción.
Se me queda mirando sin dar crédito.
—Pero Mayuri aún anda suelta por ahí. —Hace una breve pausa—. No
quiero que vayas a trabajar.
¿Qué?
—Eso es una tontería, Eli. Tengo ir a trabajar.
—No, no tienes por qué.
—Tengo un trabajo nuevo, que me gusta. Claro que he de ir a
trabajar.
¿A qué se refiere?
—No, no tienes por qué —repite con énfasis.
—¿Te crees que me voy a quedar aquí sin hacer nada mientras tú an-
das por ahí salvando al mundo?
—La verdad… sí.
Oh, Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta… dame fuerzas.
—Eli, yo necesito trabajar.
—No, no lo necesitas.
—Sí… lo… necesito. —le repito despacio, como si fuera un niño.
—Es peligroso —dice torciendo el gesto.
—Eli… yo necesito trabajar para ganarme la vida, y además
no me pasará nada.
—No, tú no necesitas trabajar para ganarte la vida… ¿y cómo
puedes estar tan segura de que no te pasará nada?
Está prácticamente gritando.
¿Qué quiere decir? ¿Acaso piensa mantenerme? Oh, esto es total-
mente ridículo. ¿Cuánto hace que le conozco… cinco semanas?
Ahora está muy enfadado. Sus tormentosos ojos centellean, pero no
me importa en absoluto.
—Por Dios santo, Eli, Mayuri estaba a los pies de tu cama y no
me hizo ningún daño. Y sí, yo necesito trabajar. No quiero deberte nada.
Tengo que pagar el préstamo de la universidad.
Aprieta los labios y yo pongo los brazos en jarras. No pienso ceder
en esto. ¿Quién se cree que es?
—No quiero que vayas a trabajar.
—No depende de ti, Eli. La decisión no es tuya.
Se pasa la mano por el pelo mientras sus ojos me fulminan. Pasamos
segundos, minutos, sin dejar de retarnos con la mirada.
—Sawyer te acompañará.
—Eli, no es necesario. No tiene ninguna lógica.
—¿Lógica? —gruñe—. O te acompaña, o verás lo ilógico que puedo
ser para retenerte aquí.
¿No sería capaz? ¿O sí?
—¿Qué harías exactamente?
—Ah, ya se me ocurriría algo, Nozomi. No me provoques.
—¡De acuerdo! —acepto, levantando las dos manos para
apaciguarle.
Maldita sea… Cincuenta ha vuelto para vengarse.
Permanecemos ahí de pie, fulminándonos con la mirada.
—Muy bien: Sawyer puede venir conmigo, si así te quedas más tran-
quilo —cedo finalmente, y pongo los ojos en blanco.
Eli entorna los suyos y avanza hacia mí, amenazante. Inmedi-
atamente, doy un paso atrás. Él se detiene y suspira profundamente, ci-
erra los ojos y se mesa el cabello con las dos manos. Oh, no. Cincuenta
sigue en plena forma.
—¿Quieres que te enseñe el resto del apartamento?
¿Enseñarme el…? ¿Es una broma?
—Vale —musito cautelosa.
Nuevo cambio de rumbo: el señor Voluble ha vuelto. Me tiende la
mano y, cuando la acepto, aprieta la mía con suavidad.
—No quería asustarte.
—No me has asustado. Solo estaba a punto de salir corriendo
—bromeo.
—¿Salir corriendo? —dice Eli, abriendo mucho los ojos.
—¡Es una broma!
Por Dios…
Salimos del vestidor y aprovecho el momento para calmarme, pero
la adrenalina sigue circulando a raudales por mi cuerpo. Una pelea con
Cincuenta no es algo que pueda tomarse a la ligera.
Me da una vuelta por todo el apartamento, enseñándome las distintas
habitaciones. Aparte del cuarto de juegos y tres dormitorios más en el
piso de arriba, descubro con sorpresa que Nico-san y la señora Jones
disponen de un ala para ellos solos: una cocina, un espacioso salón y un
cuarto para cada uno. Okimura-san todavía no ha vuelto de visitar a
su hermana.
En la planta baja me llama la atención un cuarto situado enfrente de
su estudio: una sala con una inmensa pantalla de televisión de plasma y
varias videoconsolas. Resulta muy acogedora.
—¿Así que tienes una Xbox? —bromeo.
—Sí, pero soy malísimo. Eren siempre me gana. Tuvo gracia
cuando creíste que mi cuarto de juegos era algo como esto.
Me sonríe divertido, su arrebato ya olvidado. Gracias a Dios que ha
recobrado el buen humor.
—Me alegra que me considere graciosa, Ayase-san —contesto con
altanería.
—Pues lo es usted, Toujou-san… cuando no se muestra exasper-
ante, claro.
—Suelo mostrarme exasperante cuando usted es irracional.
—¿Yo? ¿Irracional?
—Sí, Ayase-san, irracional podría ser perfectamente su segundo
nombre.
—Yo no tengo segundo nombre.
—Pues irracional le quedaría muy bien.
—Creo que eso es opinable, Toujou-san.
—Me interesaría conocer la opinión profesional del doctor Shin.
Eli sonríe.
Salgo de la sala de la televisión detrás de él, cruzamos el gran salón
hasta el pasillo principal, pasamos por un cuarto de servicio y una
bodega impresionante, y llegamos al despacho de Nico-san, muy amplio y
bien equipado. Nico-san se pone de pie cuando entramos. Hay espacio su-
ficiente para albergar una mesa de reuniones para seis. Sobre un gran es-
critorio hay una serie de monitores. No tenía ni idea de que el aparta-
mento tuviera circuito cerrado de televisión. Por lo visto controla la ter-
raza, la escalera, el ascensor de servicio y el vestíbulo.
—Hola, Nico. Le estoy enseñando el apartamento a Nozomi.
Nico-san asiente pero no sonríe. Me pregunto si le habrán amonestado
también. ¿Y por qué sigue trabajando todavía? Cuando le sonrío, asiente
educadamente. Eli me coge otra vez de la mano y me lleva a la
biblioteca.
—Y, por supuesto, aquí ya has estado.
Eli abre la puerta. Señalo con la cabeza el tapete verde de la
mesa de billar.
—¿Jugamos? —pregunto.
Eli sonríe, sorprendido.
—Vale. ¿Has jugado alguna vez?
—Un par de veces —miento, y él entorna los ojos y ladea la cabeza.
—Eres una mentirosa sin remedio, Nozomi. Ni has jugado nunca
ni…
—¿Te da miedo competir? —pregunto, pasándome la lengua por los
labios.
—¿Miedo de una niña como tú? —se burla Eli con buen
humor.
—Una apuesta, Ayase-san.
—¿Tan segura está, Toujou-san? —Sonríe divertido e incrédulo
al mismo tiempo—. ¿Qué le gustaría apostar?
—Si gano yo, vuelves a llevarme al cuarto de juegos.
Se me queda mirando, como si no acabara de entender lo que he
dicho.
—¿Y si gano yo? —pregunta, una vez recuperado de su
estupefacción.
—Entonces, escoges tú.
Tuerce el gesto mientras medita la respuesta.
—Vale, de acuerdo. ¿A qué quieres jugar: billar americano, inglés o
a tres bandas?
—Americano, por favor. Los otros no los conozco.
De un armario situado bajo una de las estanterías, Eli saca un
estuche de piel alargado. En el interior forrado en terciopelo están las
bolas de billar. Con rapidez y eficiencia, coloca las bolas sobre el tapete.
Creo que nunca he jugado en una mesa tan grande. Eli me da un
taco y un poco de tiza.
—¿Quieres sacar?
Finge cortesía. Está disfrutando: cree que va a ganar.
—Vale.
Froto la punta del taco con la tiza, y soplo para eliminar la sobrante.
Miro a Eli a través de las pestañas y su semblante se ensombrece.
Me coloco en línea con la bola blanca y, con un toque rápido y
limpio, impacto en el centro del triángulo con tanta fuerza que una bola
listada sale rodando y cae en la tornera superior derecha. El resto de las
bolas han quedado diseminadas.
—Escojo las listadas —digo con ingenuidad y sonrío a Eli con
timidez.
Él asiente divertido.
—Adelante —dice educadamente.
Consigo que entren en las troneras otras tres bolas en rápida
sucesión. Estoy dando saltos de alegría por dentro. En este momento si-
ento una gratitud enorme hacia José por haberme enseñado a jugar a bil-
lar, y a jugar tan bien. Eli observa impasible, sin expresar nada,
pero parece que ya no se divierte tanto. Fallo la bola listada verde por un
pelo.
—¿Sabes, Nozomi?, podría estar todo el día viendo cómo te incli-
nas y te estiras sobre esta mesa de billar —dice con pícara galantería.
Me ruborizo. Gracias a Dios que llevo vaqueros. Él sonríe satis-
fecho. Intenta despistarme del juego, el muy cabrón. Se quita el jersey
beis, lo tira sobre el respaldo de una silla, me mira sonriente y se
dispone a hacer la primera tirada.
Se inclina sobre la mesa. Se me seca la boca. Oh, ahora sé a qué ese
refería. Eli, con vaqueros ajustados y una camiseta blanca, in-
clinándose así… es algo digno de ver. Casi pierdo el hilo de mis
pensamientos. Mete cuatro bolas rápidamente, y luego falla al intentar
introducir la blanca.
—Un error de principiante, Ayase-san —me burlo.
Sonríe con suficiencia.
—Ah, Toujou-san, yo no soy más que un pobre mortal. Su turno,
creo —dice, señalando la mesa.
—No estarás intentando perder a propósito, ¿verdad?
—No, no, Nozomi. Con el premio que tengo pensado, quiero
ganar. —Se encoge de hombros con aire despreocupado—. Pero tam-
bién es verdad que siempre quiero ganar.
Le miro desfiante con los ojos entornados. Muy bien, entonces… Me
alegro de llevar la blusa azul, que es bastante escotada. Me paseo
alrededor de la mesa, agachándome a la menor oportunidad y dejando
que Eli le eche un vistazo a mi escote. A este juego pueden jugar
dos. Le miro.
—Sé lo que estás haciendo —murmura con ojos sombríos.
Ladeo la cabeza con coquetería, acaricio el taco y deslizo la mano
arriba y abajo muy despacio.
—Oh, estoy decidiendo cuál será mi siguiente tirada —señalo con
aire distraído.
Me inclino sobre la mesa y golpeo la bola naranja para dejarla en
una posición mejor. Me planto directamente delante de Eli y cojo
el resto de debajo de la mesa. Me coloco para la próxima tirada, recost-
ada sobre el tapete. Oigo que Eli inspira con fuerza y, natural-
mente, fallo el tiro. Maldición…
Él se coloca detrás de mí mientras todavía estoy inclinada sobre la
mesa, y pone las manos en mis nalgas. Mmm…
—¿Está contoneando esto para provocarme, Toujou-san?
Y me da una palmada, fuerte.
Jadeo.
—Sí —contesto en un susurro, porque es verdad.
—Ten cuidado con lo que deseas.
Me masajeo el trasero mientras él se dirige hacia el otro extremo de
la mesa, se inclina sobre el tapete y hace su tirada. Golpea la bola roja, y
la mete en la tronera izquierda. Apunta a la amarilla, superior derecha, y
falla por poco. Sonrío.
—Cuarto rojo, allá vamos —le provoco.
Él apenas arquea una ceja y me indica que continúe. Yo apunto a la
bola verde y, por pura chiripa, consigo meter la última bola naranja.
—Escoge la tronera —murmura Eli, y es como si estuviera
hablando de otra cosa, de algo oscuro y desagradable.
—Superior izquierda.
Apunto a la bola negra y le doy, pero fallo. Por mucho. Maldita sea.
Eli sonríe con malicia, se inclina sobre la mesa y, con un par
de tiradas, se deshace de las dos lisas restantes. Casi estoy jadeando al
ver su cuerpo ágil y flexible reclinándose sobre el tapete. Se levanta,
pone tiza al taco y me clava sus ojos ardientes.
—Si gano yo…
¿Oh, sí?
—Voy a darte unos azotes y después te follaré sobre esta mesa.
Dios… Todos los músculos de mi vientre se contraen.
—Superior derecha —dice en voz baja, apunta a la bola negra y se
inclina para tirar.
