Fuente:Collins, Suzanne. "Los Juegos del Hambre". Editorial Del Nuevo Extremo (en itálica)
Durante unos instantes, Peeta y yo asimilamos la escena de nuestro mentor intentando levantarse del charco de porquería resbaladiza que ha soltado su estómago. El hedor a vómito y alcohol puro hace que se me revuelvan las tripas. Nos miramos; está claro que Haymitch no es gran cosa, pero Effie Trinket tiene razón en algo: una vez en el estadio, sólo lo tendremos a él. Peeta y yo lo cogemos por los brazos y lo ayudamos a levantarse.
-¿He tropezado? -pregunta Haymitch-. Huele mal.
Se limpia la nariz con la mano y se mancha la cara de vómito.
-Vamos a llevarte a tu cuarto para limpiarte un poco -dice Peeta.
Lo llevamos de vuelta a su compartimento medio a empujones, medio a rastras. Como no podemos dejarlo sobre la colcha bordada, lo metemos en la bañera y encendemos la ducha; él apenas se entera.
-No pasa nada -me dice Peeta-. Ya me encargo yo.
No puedo evitar sentirme un poco agradecida, ya que lo que menos me apetece en el mundo es desnudar a Haymitch, limpiarle la porquería del pelo del pecho y meterlo en la cama. Si no fuera porque sé de las buenas intenciones de Peeta, pensaría que intenta causarle buena impresión, ser su favorito cuando empiecen los juegos. Pero al final, esa estrategia también nos beneficia. A juzgar por el estado en el que está, Haymitch no se acordará de nada mañana.
-Vale, puedo enviar a una de las personas del Capitolio a ayudarte -le digo, porque hay varias en el tren. Cocinan para nosotros, nos sirven y nos vigilan; cuidarnos es su trabajo.
-No, no las quiero.
Asiento y vuelvo a mi cuarto. Entiendo cómo se siente Peeta, yo tampoco puedo soportar a la gente del Capitolio, pero hacer que se encarguen de Haymitch podría ser una pequeña venganza. Cuando llego a mi habitación, el tren se detiene en un andén para repostar.
Me quedo mirando por la ventana del tren un rato, deseando poder abrirla de nuevo, pero sin saber qué pasaría si lo hiciera a tanta velocidad. A lo lejos veo las luces de otro distrito. ¿El 7? ¿El 10? No lo sé. Pienso en los habitantes dentro de sus casas, preparándose para acostarse
Me imagino mi casa, con las persianas bien cerradas. ¿Qué estarán haciendo mi madre y Prim? ¿Habrán sido capaces de cenar el guiso de pescado y las fresas? ¿O estará todo intacto en los platos? ¿Habrán visto el resumen de los acontecimientos del día en el viejo televisor que tenemos en la mesa pegada a la pared? Seguro que han llorado más. ¿Estará resistiendo mi madre, estará siendo fuerte por Prim? ¿O habrá empezado a marcharse, a descargar el peso del mundo sobre los frágiles hombros de mi hermana?Sin duda, esta noche dormirán juntas. Me consuela que el viejo zarrapastroso de Buttercup se haya colocado en la cama para proteger a Prim. Si llora, él se abrirá paso hasta sus brazos y se acurrucará allí hasta que se calme y se quede dormida. Cómo me alegro de no haberlo ahogado.
Pensar en mi casa me mata de soledad. Ha sido un día interminable. ¿Cómo es posible que Gale y yo estuviéramos recogiendo moras esta misma mañana? Es como si hubiese pasado en otra vida, como un largo sueño que se va deteriorando hasta convertirse en pesadilla. Si consigo dormirme, quizá me despierte en el Distrito 12, el lugar al que pertenezco. Por lo menos, se que Peeta está cerca, aunque no sé cómo reaccionará.
Seguro que hay muchos camisones en la cómoda, pero me quito la camisa y los pantalones, y me acuesto en ropa interior. Las sábanas son de una tela suave y sedosa, con un edredón grueso y esponjoso que me calienta de inmediato.
Si voy a llorar, será mejor que lo haga ahora; por la mañana podré arreglar el estropicio que me hagan las lágrimas en la cara. Sin embargo, no lo consigo, estoy demasiado cansada o entumecida para llorar, sólo quiero estar en otra parte; así que dejo que el tren me meza hasta sumergirme en el olvido.
Siento que mis ojos empiezan a cerrase cuando oigo un suave golpe en mi puerta. Busco apurada uno de los camisones y me acerco para abrir. Cuando la abro, Peeta está del otro lado. No habla. Directamente captura mis labios en un beso áspero empujándome sobre la pared. Luego tira de mi labio inferior con sus dientes, para calmarme después con sus labios y lengua. Paso mis dedos por su pelo mientras las manos de Peeta me amasan los glúteos, tirándome fuerte contra él.
Peeta se separa momentáneamente mientras maniobra con mi cuerpo para poder cerrar la puerta. Luego me da vuelta y me deja enfrentada a la pared con la barbilla apoyada en ella. El me empuja contra la pared alineando todo su cuerpo contra mi espalda mientras comienza a besar un lado de mi cuello.
Una de sus manos agarra mi pecho derecho mientras la otra empieza a bajar por mi cuerpo hasta llegar al final de la tela de mi camisón. No puedo evitar el gemido que escapa de mi boca cuando empujo para atrás y noto su incipiente erección. De repente, vuelve a alejarse, repentinamente, yo protesto. Me toma de la mano y empieza a guiarme hacia el centro del camarote en dirección a la cama.
Peeta sigue detrás mío mientras mueve sus manos a lo largo de mi cuerpo y palmea mis pechos, los exprime y luego empieza a rozar mis pezones sobre la seda del camisón. Con sus dientes, tira del lóbulo de mi oreja, lo que hace que emita quejido. Me toma del pelo y dice: - Ahora Katniss tienes que estar ser tranquila. No queremos despertar a nadie.
Me pellizca el pezón derecho y debo morderme el labio para contener un grito. El camino a la cama continúa con roces, pellizcos y besos. Peeta se deshace su ropa mientras yo me saco el camisón. Él me mira fijamente al tiempo que me empuja hacia la cama. Cuando el colchón golpea la parte trasera de mis piernas, él me ordena:- Acuéstate.
Gateo lentamente sobre la cama y me acuesto sobre la cima de la colcha. Mi cabeza apenas golpea la almohada cuando siento a Peeta que comienza a besar mi tobillo izquierdo. Lo pellizca y inicia un suave camino desde el tobillo a través de mis gemelos hasta la parte posterior de mi rodilla. Como respuesta a sus acciones, abro mis piernas. Su lengua comienza a provocarme miestras se arrastra lentamente por mi muslo interior, acercándose más y más a donde más lo deseo.
Sin embargo, cuando pienso que está a punto de iniciar la tarea de aliviar la tensión que se está acumulando en mi entrepierna, Peeta se mueve para besarme mi rodilla derecha, haciéndome gemir. Peeta me mira y sonríe socarronamente. Pero, instantáneamente, tomas mis calzones, los baja expertamente y los tira por los aires. Abre mis pliegues y comienza a lamer mis labios a medida que se acerca más y más. Coloca su lengua sobre mi abertura y arqueo mi espalda cuando la siento sobre mi clítoris.
Primero lo rodea con sus labios, luego lo chupa con cuidado. Él sigue lamiendo, aspirando y saboreándome mientras su mano izquierda comienza a amasar mi pecho. Con una mano sostengo su cabeza cuando me siento más cerca a mi punto culmine. Sabiendo cuán cerca estoy, Peeta mueve ambas manos para sostenes mis caderas al tiempo que comienza a enfocarse en mi pequeño manojo de nervios, tomándome una vez más en su boca para chupar con fuerza. No puedo evitar el grito que escapa mi boca al tiempo que los espasmos me vencen.
Pero Peeta no me deja recuperar mi aliento cuando siento que me está rotando quedando panza abajo sobre la cama. Él guía su erección entre mis pliegues húmedos mientras yo sigo sobre la cama totalmente relajada. Tengo la piernas juntas y ésta posición le permite alcanzar el ángulo y el lugar justo y que más necesito en el momento en que me penetra. Una de sus manos se posiciona debajo mío y comienza a frotar mi clítoris nuevamente, mientras sigue moviéndose dentro mío. No pasa mucho tiempo cuando siento deshacerme en sus brazos por segunda vez.
Peeta sale de mí y me gira de espaldas, de manera que quedamos enfrentados nuevamente. Él entró en mí una vez más con un empuje liso. Ahora lo está haciendo con ritmo rápido y aprovecho para rodear su cintura con mis piernas. Lo tomo de los hombros para hacer palanca. De repente gruñe, "Ah, Katniss " comienzo a contraer mi vagina alrededor de su pene. Peeta empuja unas veces más antes de que culmine, gritando mi nombre. Yo le pellizco en el hombro mientras me libero por tercera vez junto a él
Peeta se derrumba sobre mí. Después de poder recuperar el aliento, se levanta de la cama. Yo me siento como si no tuviera huesos. Segundos después vuelve con un paño húmedo que usa para limpiar la pegajosidad entre mis muslos. Peeta gatea hasta la cabecera de la cama y me coloca entre sus brazos. Mientras comenzamos a caer en un plácido sueño lo oigo decir "te amo".
Está entrando luz gris a través de las cortinas cuando me despiertan unos golpecitos. Oigo la voz de Effie Trinket llamándome para que me levante.
-¡Arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante!
Durante un instante intento imaginarme cómo será el interior de la cabeza de esta mujer. ¿Qué pensamientos llenan las horas en que está despierta? ¿Qué sueños tiene por las noches? No tengo ni idea. Peeta y yo nos duchamos juntos rápidamente, sabiendo que tenemos que aprovechar el tiempo para ver si encontramos alguna estrategia que nos permita sobrevivir, aunque no quiero hacerme ilusiones. Extrañamente conservo las trenzas que me hecho mi madre están en buen estado y decido no lavarme el cabello. Encuentro un momento para hablar mientras nos secamos.
-Gracias por lo de anoche, pensé que no íbamos a dormir juntos después de lo que me dijiste apenas subimos al tren.
- No quería desperdiciar la oportunidad de hacer el amor contigo en una cama de verdad por primera vez. Aunque la circunstancias no sean agradables-, agrega en un tono triste.
-Ya lo sé. Estamos en esto juntos hasta el final.
-Siempre.
Me vuelvo a poner el traje verde porque no está muy sucio, sólo algo arrugado por haberse pasado la noche en el suelo. Recorro con los dedos el círculo que rodea al pequeño sinsajo de oro y pienso en los bosques, en mi padre, y en mi madre y Prim levantándose, teniendo que enfrentarse al día.
Peeta sale de mi camarote antes que yo con la misma ropa que durante la cena de anoche. No sé que quiere que piensen los otros, ya que deben haber escuchado bastante de nuestras actividades nocturnas. No creo que sea fácil ocultar lo que pasa entre nosotros dos.
Cuando entro en el vagón comedor, Effie Trinket se acerca a mí con una taza de café solo; está murmurando obscenidades entre dientes. Haymitch se está riendo disimuladamente, con la cara hinchada y roja de los abusos del día anterior. Peeta tiene un panecillo en la mano y parece algo avergonzado.
-¡Siéntate! ¡Siéntate! -exclama Haymitch, haciendo señas con la mano.
En cuanto lo hago, me sirven una enorme bandeja de comida: huevos, jamón y montañas de patatas fritas. Hay un frutero metido en hielo, para que la fruta se mantenga fresca, y tengo delante una cesta de panecillos que habrían servido para alimentar a toda mi familia durante una semana. También hay un elegante vaso con zumo de naranja; bueno, creo que es zumo de naranja. Sólo he probado las naranjas una vez, en Año Nuevo, porque mi padre compró una como regalo especial
Una taza de café; mi madre adora el café, aunque casi nunca podemos permitírnoslo, pero a mí me parece aguado y amargo. Al lado hay una taza con algo de color marrón intenso que nunca había visto antes.
-Lo llaman chocolate caliente -me dice Peeta-. Está bueno.
Pruebo un trago del líquido caliente, dulce y cremoso, y me recorre un escalofrío. Aunque el resto de la comida me llama, no le hago caso hasta que termino la taza. Después me atiborro de todo lo que puedo, procurando no pasarme con los alimentos más grasos. Mi madre me dijo una vez que siempre comía como si no fuera a volver a ver la comida, y yo le respondí: «No la volveré a ver si no la traigo yo». Eso le cerró la boca.
Cuando siento que el estómago me va a estallar, me echo hacia atrás y observo a mis compañeros de desayuno. Peeta sigue comiendo, troceando los panecillos para mojarlos en el chocolate caliente. Haymitch no le ha prestado mucha atención a su bandeja, pero está tragándose un vaso de zumo rojo que no deja de mezclar con un líquido transparente que saca de una botella. A juzgar por el olor, es algún tipo de alcohol.
No conozco a Haymitch, aunque lo he visto a menudo en el Quemador, tirando puñados de dinero sobre el mostrador de la mujer que vende licor blanco. Estará diciendo incoherencias cuando lleguemos al Capitolio.
Me doy cuenta de que detesto a este hombre; no es de extrañar que los tributos del Distrito 12 no tengan ni una oportunidad. No es sólo que estemos mal alimentados y nos falte entrenamiento, porque algunos de nuestros participantes eran lo bastante fuertes como para intentarlo, pero rara vez conseguimos patrocinadores, y él tiene gran parte de la culpa. La gente rica que apoya a los tributos (ya sea porque apuesten por ellos o simplemente por tener derecho a presumir de haber escogido al ganador) espera tratar con alguien más elegante que Haymitch.
-Entonces, ¿se supone que nos vas a aconsejar? -le pregunto.
-¿Quieres un consejo? Sigue viva -responde Haymitch, y se echa a reír.
Miro a Peeta como tratando de entender que está pasando, porque siento que me perdí de algo.Me sorprende encontrarme con una expresión muy dura, cuando normalmente parece tan afable.
-Muy gracioso -dice. De repente, le pega un bofetón al vaso que Haymitch tiene en la mano, y el cristal se hace añicos en el suelo y desparrama el líquido rojo sangre hacia el fondo del vagón-. Pero no para nosotros.
Haymitch lo piensa un momento y le da un puñetazo a Peeta en la mandíbula, tirándolo de la silla. Cuando se vuelve para coger el alcohol, clavo mi cuchillo en la mesa, entre su mano y la botella; casi le corto los dedos. Me preparo para rechazar un golpe que no llega; el hombre se echa hacia atrás y nos mira de reojo.
-Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿De verdad me han tocado un par de luchadores este año?
Peeta se levanta del suelo y coge un puñado de hielo de debajo del frutero. Empieza a llevárselo a la marca roja de la mandíbula.
-No -lo detiene Haymitch-. Deja que salga el moratón. La audiencia pensará que te has peleado con otro tributo antes incluso de llegar al estadio.
-Va contra las reglas.
-Sólo si te pillan. Ese moratón dirá que has luchado y no te han cogido; mucho mejor. -Después se vuelve hacia mí-. ¿Puedes hacer algo con ese cuchillo, aparte de clavarlo en la mesa?
Mis armas son el arco y la flecha, aunque también he pasado bastante tiempo lanzando cuchillos. A veces, si hiero a un animal con el arco, es mejor clavarle también un cuchillo antes de acercarse. Me doy cuenta de que, si quiero ganarme la atención de Haymitch, éste es el momento adecuado para impresionarlo.
Arranco el cuchillo de la mesa, lo cojo por la hoja y lo lanzo a la pared de enfrente; la verdad es que esperaba clavarlo con fuerza, pero se queda metido en el hueco entre dos paneles de madera, lo que me hace parecer mucho mejor de lo que soy.
-Venid aquí los dos -nos pide Haymitch, señalando con la cabeza al centro de la habitación. Obedecemos, y él da vueltas a nuestro alrededor, tocándonos como si fuésemos animales, comprobando nuestros músculos y examinándonos las caras-. Bueno, no está todo perdido. Parecéis en forma y, cuando os cojan los estilistas, seréis bastante atractivos. -Peeta y yo no lo ponemos en duda, porque, aunque los Juegos del Hambre no son un concurso de belleza, los tributos con mejor aspecto siempre parecen conseguir más patrocinadores-. Vale, haré un trato con vosotros: si no interferís con mi bebida, prometo estar lo suficientemente sobrio para ayudaros, siempre que hagáis todo lo que os diga.
No es un gran trato, pero sí un paso gigantesco con respecto a lo ocurrido hace diez minutos, cuando no teníamos guía alguna.
-Vale -responde Peeta.
-Pues ayúdanos. Cuando lleguemos al estadio, ¿cuál es la mejor estrategia en la Cornucopia para alguien...?
-Cada cosa a su tiempo. Dentro de unos minutos llegaremos a la estación y estaréis en manos de los estilistas. No os va a gustar lo que os hagan, pero, sea lo que sea, no os resistáis.
-Pero... -empiezo a protestar.
-No hay peros que valgan, no os resistáis -dice Haymitch. –También necesito que sean sinceros conmigo.
-¿A qué te refieres?- le dice Peeta.
-Los sonidos que salían del camarote de la chica anoche indican que no se conocen desde ayos.¿Estoy en la cierto?
-Me llamo Katniss- le digo en un bufido. Peeta me agarra la mano para clamarme.
-Si estamos juntos, desde hace un año y medio- le contesta Peeta.
-Nunca los he visto juntos por el Quemador. Si la he visto a ella con el chico Hawthorne, pensé que eran novios- agrega Haymitch.
-Es mi amigo, nada más. ¿Piensas que si yo anduviera por ahí con Peeta de la mano estaría viva?¿No viste lo que es su madre?- le contesto.
- Tienes razón, perdón Peeta, pero tu madre es una bruja. Lo único que necesito es que no revelen lo que pasa entre ustedes hasta que yo les diga. Manténganse con un relación amistosa. Lo que pasa en las noche no me importa, salvo que sean muy ruidosos.
Después coge la botella de la mesa y sale del vagón. Cuando se cierra la puerta, el vagón se queda a oscuras; aunque todavía hay algunas luces dentro, es como si se hiciese de noche en el exterior. Me doy cuenta de que debemos de estar en el túnel que atraviesa las montañas y lleva hasta el Capitolio. Las montañas forman una barrera natural entre la ciudad y los distritos orientales. Es casi imposible entrar por aquí, salvo a través de los túneles. Esta ventaja geográfica fue un factor decisivo para la derrota de los distritos en la guerra que me ha convertido en tributo. Como los rebeldes tenían que escalar las montañas, eran blancos fáciles para las fuerzas aéreas del Capitolio.
Peeta y yo guardamos silencio mientras el tren sigue su camino. El túnel dura y dura, nos separa del cielo, y se me encoge el corazón. Odio estar encerrada en piedra, me recuerda a las minas y a mi padre, atrapado, incapaz de llegar hasta la luz del sol, enterrado para siempre en la oscuridad. Instintivamente me hundo en sus brazo mientras él acaricia mi trenza. Realmente sabe como calmar mi ansiedad.
El tren por fin empieza a frenar y una luz brillante inunda el compartimento. No podemos evitarlo, los dos salimos corriendo hacia la ventanilla para ver algo que sólo hemos visto en televisión: el Capitolio, la ciudad que dirige Panem. Las cámaras no mienten sobre su grandeza; si acaso, no logran capturar el esplendor de los edificios relucientes que proyectan un arco iris de colores en el aire, de los brillantes coches que corren por las amplias calles pavimentadas, de la gente vestida y peinada de forma extraña, con la cara pintada y aspecto de no haberse perdido nunca una comida. Todos los colores parecen artificiales: los rosas son demasiado intensos; los verdes, demasiado brillantes, y los amarillos dañan los ojos, como los caramelos con forma de discos planos que nunca podemos permitirnos en la tienda de dulces del Distrito 12.
La gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el tren de tributos que entra en la ciudad. Me aparto de la ventanilla, asqueada por su emoción, sabiendo que están deseando vernos morir. Sin embargo, Peeta se mantiene en su sitio, e incluso empieza a saludar y sonreír a la multitud, que lo mira con la boca abierta. Sólo deja de hacerlo cuando el tren se mete en la estación y nos tapa la vista. Se da cuenta de que lo miro y se encoge de hombros.
-¿Quién sabe? Puede que uno de ellos sea rico.
