Durante el funeral de nuestro padre, llovió a cántaros.
Los Druidas habían venido para despedir a nuestro padre. Yo no lo sabía por aquel entonces, pero rara vez se solían mostrar o salir de los lugares sagrados. Más tarde descubriría el vínculo que les unía a nuestra familia.
Vestían todos, hombres y mujeres por igual, unas túnicas grises que les llegaban hasta los tobillos y llevaban el pelo en pequeñas trenzas. Sólo su jefe llevaba la túnica blanca impoluto con bordados dorados, y sus trenzas eran cada una de un color distinto, como un arcoiris gigante.
Cuando llegó, me sonrió, mostrándome una brillante dentadura. Aunque sus ojos no sonreían. No, sus ojos de un gris brillante estaban nublados por la pena.
Últimamente había visto mucho esa mirada. Demasiado para mi gusto.
Niall preparó el arco, con la flecha de fuego lista para incendiar la pequeña barca donde iba el cadáver de nuestro padre. No me habían dejado ver su cuerpo, aunque tampoco yo lo deseaba.
Fiaccha estaba siempre en mi hombro, apoyándome y dándome consuelo. Además de espantar a los hijos de los lores que tenían la osadía de acercarse a hablar conmigo. Eso y mi aspecto, junto con la ropa de permanente negro, me daba un aspecto fantasmagórico, resaltado por mi piel demasiado pálida.
Mis hermanos parecían muy satisfechos con el hecho de que los chicos no se me acercasen.
Aunque me sentíasentía levemente culpable por ello.
Michel Murphy, el heredero del condado de Ulidia, que ocupaba el terreno de Irlanda del Norte, había sido muy educado y amable conmigo. Pero por otra parte, Jacob Kennedy, de la rama sureña de los O'Neill, había sido bastante pretencioso y algo maleducado. No me gustaba ese chico.
Lo mismo le pasaba con Lochlann, el hermano menor de Aisling. Algo me inquietaba en ese tartamudo muchacho. Nunca me miraba a los ojos, los cuales siempre llevaba ocultos por el pelo.
Pero en cierto modo se lo agradecía a Fiaccha. No quería hablar con nadie. Hasta yo misma me notaba insoportable, y lo sentía por mis hermanos, que me tenían que aguantar.
La muerte de padre era como un respiro. Llevaba mucho tiempo esperando qué pasaría con la visita de Mórrígan. Ahora que lo sabía, solo quería que todo pasara rápido para volver a mi día a día, aunque sabía que las cosas no volverían a ser como antes.
Me mantuve serena cuando la barca que llevaba a mi padre prendió, aunque no se terminaba de perder entre las permanentes brumas que cubrían el mayor de los afluentes de Sieteaguas.
Los invitados se fueron yendo hacia dentro de la fortaleza, pero yo tarde más.
Jamás había sentido tanta tranquilidad como cuando vi las manos azules que iban arrastrando a su padre lejos de aquí. En cierto momento, creí distinguir un rostro azulado, con los ojos todo pupila que me sonrió, mostrando mil dientecillos afilados como esquirlas de cristal.
Aidan me fue empujando de vuelta a Sieteaguas, mi hogar y cárcel, con una mano en la baja espalda, aunque yo me gire para ver como la barca finalmente se perdía entre la bruma que había en la superficie del río.
Todos los lores estaban reunidos con sus hijos. Todos habían conocido a mi padre, y ahora presentaban sus respetos ante el nuevo lord de Connaught, Niall.
Hacía poco que había cumplido los dieciocho, y muchos lo consideraban muy joven para controlar un condado. Pero bueno, Padre se había hecho cargo del suyo con quince, a la muerte de su padre y sus hermanos, así que no tenían nada que decir. Que fuera relevante, claro.
Mis otros hermanos estaban tiesos, todos muy rectos. Llevaban unos jubones de lana negra a juego, y ,excepto Aidan, Connor y Cillian, armaduras de un metal gris azulado. Acero frío, lo había llamado Sheridan.
Si no recordaba mal, también las espadas de mis hermanos estaban hechas con ese material. La mía, de prácticas, era de acero normal y corriente
Me puse a su lado, como correspondía a mi linaje, tiesa y con el rostro inexpresivo, con Fiaccha siendo un peso estable que me daba la escasa calma de la que disponía.
-Faicré- dijo Niham acercándose a abrazarme-, no sabes cuánto lo siento.
Ahora todos me llamaban así, puesto que mi acompañante cuervo y la fina espada que solía portar ahora, indicaban que los dioses habían susurrado a Aidan cuál debía ser mi nombre.
Si en aquella época hubiera sabido lo que hoy sé...
Simplemente me gustaría cambiar muchas cosas. Por ejemplo, destruir los resquicios de esa niña que seguía escondiéndose tras sus hermanos.
De poco me sirvió eso sino para hacerme más débil.
Estaba cansada de todo. Las miradas tristes, las compasivas, las agudas. Las huecas palabras de consuelo que no cesaban de repetir. Cómo todos me miraban como si fuera un curioso experimento y susurraban sobre mí cuando les podía oír.
Jamás me sentí tan irritable como en esos momentos.
Aidan me apretó la mano y me beso en la cabeza, pero estaba de tan mal humor que ni siquiera intenté mirarle y sonreír, fingiendo como todos querían, como si nada en este mundo fuese mal.
Hoy sé que si se volviera a repetir esto, los mataría a todos sin excepción. No me cabe la menor duda de ello.
Brea y Brianna se acercaron, intentando consolar a Niall ante la cara triste de Niham y la inquisitiva de Aisling. Aisling ya estaba tramando algo. Bueno, luego le preguntaría.
Después de que todos presentaran sus respetos, me acerqué a Niall, para nada dispuesta a seguir aguantando esto.
-Hermano- dije cuando terminó de hablar con lores Duff-, no me encuentro bien, ¿me sería posible retirarme?
-¿Qué pasa?- inquirió angustiado.
Le sonreí con una calidez que no sentía y se tranquilizó.
-No es nada grave, sólo un ligero malestar, pero no creo que el bullicio de tanta gente ayudase.
Se mordió los labios y asintió, algo preocupado.
-Le diré a Enya que te suba la cena.
Seguí sonriendo y asentí, dando media vuelta para irme. Me despedí de Aisling y Niham con un asentimiento y subí rápidamente las escaleras, ignorando todas las miradas que me dirigían.
Cuando ya no estábamos a la vista de nadie, Fiaccha salió volando de mi hombro y yo, remangando el vestido, empecé a correr detrás de él para llegar a mi habitación.
Cuando llegué, cerré la puerta a mi espalda y por fin suspiré.
Fiaccha se fue a su gancho, al lado de la televisión y yo la encendí.
Últimamente la veía mucho, su que solo era para quitarme las cosas importantes de la cabeza. Con razón la llamaban la caja tonta.
Me quité el vestido negro y lo tiré a los pies de la cama, sin consideración. Era un vestido rígido, de falda amplia y mangas rectas. Odiaba ese vestido; era demasiado...solemne. Sí, la palabra era solemne. Era como si intentara hacerme... No sé cómo describirlo, pero era algo opresivo.
Me puse en cambio una de los ligeros vestidos de lana verde oscura que tenía: holgado, de mangas amplias y sin escote. Ese sí era mi estilo.
No pude evitar mirarme en el espejo. Todos decían que era igual de bella que mi madre, pero cuando me encontraba un espejo, yo no veía nada bello.
Mi cara era de rasgos afilados y al mismo tiempo dulces que creaban un efecto horrible, no como los rectos y sobrios de mis hermanos. Tenía una barbilla que podría rajar un disco y una nariz respingona. Mis ojos almendrados eran demasiado grandes para mi cara, aunque su color sí me gustaba. Un verde profundo, como el bosque que era mi hogar.
Era pálida como un fantasma, tanto que podía contar sin problemas las venas que tenía. También era demasiado bajita. Hombros estrechos, piernas delgadas y frágiles... toda yo era escuálida y frágil, auqnue los últimos meses de entrenamiento me habían quitado toda la suavidad infantil que me quedaba. En momentos entendía por qué mis hermanos me sobreprotegían.
Incluso mi pelo era horrible. Lacio, negro, sin vida. Suspiré y me revolví el pelo, deshaciendo el estricto moño que llevaba.
Fui descalza hasta la salita de estar que tenía y me recosté en el sofá. Al rato llegó Enya con algo de comida.
-Gracias, Enya.
-¿Sabías que simplemente podías decir que no querías estar abajo, Faicré?
Hice una mueca y cogí uno de los bollos de canela que me había traído.
-Es bueno saber que miento tan mal. Tomaré nota para el futuro.
Enya rió tristemente.
-Al contrario, mentiste de maravilla. Pero te conozco.
Suspire. Sí, claro que ella me conocía muy bien. Había ocupado el papel de madre desde que tenía memoria. Pero era una madre lejana, siempre protegiendo y cuidando en la distancia. Conmigo era una madre por obligación, no como con su propia hija, Evelyn, que ahora estaba estudiando en la universidad de Dublín, lejos de aquí.
Si no hubiese tenido siempre esa familiaridad y confianza con mis hermanos, me habría vuelto loca.
No sabía de nada más triste que ver como unos hermanos se trataban con tanta distancia como lo hacían los hijos de algunos lores. Una vez había escuchado decir a Rory que nosotros éramos los únicos que no competían por el condado por esto o lo otro.
Era terriblemente triste, y no quería saber de más cosas tristes.
Me puse a ver los Simpsons después de que Enya se fuera, pero al final apague la televisión y me puse a mirar el techo.
No podía dejar de pensar en todo...era tan...
-Faicré- a pesar de que todos me llamasen así ahora, siempre reconocería esa voz.
-¿Qué pasa, Aidan?
Estaba como siempre, con ese indomable pelo negro y liso indomable, tan largo que se lo tenía que apartar constantemente de los ojos.
-Al roble en una hora, M'anan (mi alma)- dicho esto, se fue sin esperar respuestas.
Debería haberme esperado esto, siempre nos reuníamos cuando pasaba algo relevante en nuestras vidas, pero últimamente había tanto alboroto...
Llegado el momento, me puse unas botas, cogí una rebeca y la hombrera para Fiaccha. Agradecía que fuera medianoche; debía de tener un aspecto horrible.
No me hacía falta contar con una linterna para esto, tenía el camino grabado a fuego en la mente, aunque había que pasar un poco por el bosque.
Últimamente estaba tan sombrío que no me atrevía a adentrarme, pero esta vez...estaba como siempre, tranquilo, en calma. Fiaccha parecía muy a gusto.
Fui lo más deprisa al roble.
Niall y Aidan ya estaban allí, y al poco fueron llegando los demás.
Nos sentamos como siempre, en círculo, y nos cogimos de las manos. Miré los rostros de mis hermanos a la luz de la luna. Su piel parecía de plata en esos momentos.
-Bien- comenzó Niall, algo tensos-. Hoy no estamos aquí por la muerte de Padre- Connor y yo, nos miramos, confusos. Todos menos Niall, Cillian y Aidan también los estaban-. Su muerte sólo es el comienzo.
-¿De qué narices hablas?- dijo Lorcan. Era peligroso cuando él no comprendía algo. Solía tener una tendencia a lanzar maldoblazos en esos momentos.
-Cierto- continuó su gemelo-. No entiendo nada.
Darren miró inquisitivamente a Cillian, pero este lo ignoró.
Todos notamos que Niall estaba muy nervioso, porque aunque no lo dejase reflejar en su rostro, todos sentíamos su angustia con la mente.
-Se acerca un gran peligro- dijo Aidan con tono firme-. No sé cuándo llegará, pero vendrá. Puede tardar días, semanas o, incluso, años. Pero llegará.
-No entiendo nada- dije confusa.
Cillian me sonrió con cariño.
-Creo que a llegado la hora de que os contemos a todos la historia de nuestra familia.
-¿Y por qué tú la sabes y el resto no?- saltó Lorcan.
-Porque él tiene que ser druida- todos miramos a Aidan, sorprendidos.
-¿Y tú?- inquirió Connor, haciendo eco de la pregunta de todos.
Él sonrió enigmáticamente.
-Es mi don. Y se explica más fácilmente con la historia de nuestra familia- se acomodó en el suelo y me miró con ternura-. Todo empezó cuando nuestro antepasado, el fundador de Sieteaguas, se casó con una de los eternos enemigos de nuestros dioses, lo Tuatha Dé Danan; una Fomoré
Que los buenos momentos se conviertan en buenos recuerdos, y que los malos sean buenas lecciones.
