El Lobo y la Paloma

Por Zshieszka

Disclaimer: El PoT le pertenece a Takeshi Konomi, solo utilizó los nombres de los personajes sin fines de lucro; y este fic tiene la total y absoluta autoría de Katheleen Woodiwiss.

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Capitulo 10

Ryoma se irguió sobre su silla se montar y sus ojos recorrieron lentamente la campiña. Ráfagas violentas, heladas, apretaban con más fuerza la capa de lana alrededor de su cuerpo masculino y sus mejillas le ardían por el frío cortante. El cielo, encapotado, no daba color a los pardos y grises invernales de los bosques y campos. Detrás de él los caballeros Eiji, Fuji y Sadaharu aguardaban con los otros sus órdenes, dieciséis hombres de armas, siempre listos con largos arcos, lanzas y cortas espadas.

Bajo la protección de los árboles, el carro cubierto en que llegaran Tomoka y Nanhiro subía lentamente la cuesta, cargado con alimento para los hombres y granos para añadir al follaje obtenido a lo largo de la ruta. Kurog, un inglés anciano pero vigoroso que había regresado del servicio de Inowe para encontrar su hogar y campos arrasados, había aceptado de buen grado el ofrecimiento de una nueva casa a cambio de su alianza y ahora insultaba a los caballos en un lenguaje pintoresco, que era extraño pero no totalmente desconocido para muchos de los normandos que cabalgaban a su lado.

La perspicacia de Ryoma lo había llevado a organizar un grupo fuerte, pero móvil. Había estudiado largamente las costumbres de un ejército y decidido hacer montar a todos sus hombres, mientras que la mayoría de los caballeros y nobles preferían cabalgar solamente ellos, al tiempo que los soldados armados con arcos, espadas livianas y lanzas actuaban como infantería del ejército.

Él no creyó conveniente que sus hombres anduvieran a pie sobre el rocoso suelo de Inglaterra. A quienes iban con él los proveyó de caballos y ellos lo acompañaban de ese modo y se desmontaban y actuaban como soldados de infantería cuando empezaban la batalla.

Durante las semanas en que Ryoma permaneció en Darkenwald, Tezuka tuvo que aguardar que regresará la mayoría de sus hombres. Durante aproximadamente un mes no pudieron marchar debido a una enfermedad desconocida en sus ejércitos, la cual en este caso, no perdono ni al mismo Tezuka. Los hombres debieron permanecer en un campamento, cerca de una profunda trinchera. Como el grupo de Ryoma no había contraído de esa enfermedad, él debió encargarse de un amplio reconocimiento para ver que ningún ejército ingles se reuniera en el sur o el oeste.

Generalmente, le tocó cabalgar lejos del campo principal del ejército para asegurar las aldeas, pueblos y localidades más pequeñas que pudieran unirse contra los normandos. Lo hizo muy bien y a los suyos les fue mejor manteniéndose lejos de la mayoría de los hombres; su comida era de mejor calidad y sus caballos podían pastar en praderas más suculentas.

Ahora su posición estaba bien al oeste de Londres, en las colinas boscosas, cerca del punto de donde debería regresar. La mayoría del tiempo habían viajado sin ser vistos y hacer sentir lo menos posible su presencia. Todo parecía tranquilo a su alrededor, pero mientras Ryoma continuaba observando el terreno, un grupo de tres caballeros apareció cabalgando entre las colinas.

Ryoma se volvió e indico a Fuji y Eiji que se acercaran y ordeno a los otros hombres que aguardaran, pero que tuvieran a mano sus arcos y espadas, porque ignoraban que fuerza podría estar oculta en el grupo de árboles.

Con los dos caballeros mencionados, bajó la colina hacia el valle, hacia donde estaban los otros tres. Un grito atrajo la atención y cuando se volvieron y vieron el grupo de Ryoma, los tres desconocidos blandieron sus lanzas y mostraron sus escudos, los cuales los identificaba como ingleses y, por tanto, enemigos de Tezuka.

Los tres se prepararon para el enfrentamiento. Cuando Ryoma estuvo lo bastante cerca para que sus hombres empezaran a preocuparse, se detuvo y aguardo un momento, a fin de darles tiempo para que vieran sus escudos y blasones.

- Yo soy Ryoma, de los hombres de Tezuka –dijo con voz autoritaria-. Por sus colores, veo que son hombres de Rockwell. Debo ordenaros que se rindan, porque nosotros estamos contra él y él no ha prestado juramento de lealtad a Tezuka.

El caballero de más edad de los tres lo enfrentó directamente y respondió al desafió con palabras igualmente decididas.

-Yo soy Forsgell, y no acato a ese duque normando. He jurado servir con mi espada y mi lanza a un lord ingles leal, y con la ayuda de Dios expulsaremos a los invasores de nuestra tierra. No aceptaremos a otro rey que no sea el que acatamos.

- Entonces debemos luchar –replico Ryoma. Señaló a sus hombres que aguardaban más arriba-. Ellos no tomarán parte, porque vosotros sois caballeros, juramentados por el honor de la cruz que llevan.

Con esas palabras hizo girar a su caballo y se alejó unos pocos pasos.

Ahora, todos empuñaron firmemente sus lanzas, y con un grito, azuzaron a sus caballos, tres contra tres. El caballo de Ryoma cargó haciendo temblar el suelo con el sonido de sus cascos, y con los músculos palpitantes por el esfuerzo. Conocía la sensación de la batalla también como su amo. Ryoma apretó los flancos con sus rodillas y se lanzó al combate. El caballero de más edad lo esperó de frente y los dos chocaron con un sonido ensordecedor. El primer encuentro no tuvo consecuencias y los caballos dieron media vuelta y nuevamente se lanzaron uno contra otro.

Esta vez, el mayor peso de Ryoma se hizo sentir, porque la lanza dio contra el escudo del otro y lo aplastó contra su hombro, antes que su lanza pudiera tocar al normando. El ingles perdió lanza y escudo pero se mantuvo firmemente en su silla. Su brazo izquierdo estaba adormecido pero su caballo seguía respondiendo a sus rodillas. Ryoma aguardó para darle respiro; el hombre desenvaino gallardamente su espada con la mano derecha y volvió a espolear a su caballo.

Ryoma arrojó a un lado su lanza y su escudo y desenvainó la hoja larga y brillante que tantas veces había sostenido su honor. Sin que lo tocaran, su caballo saltó hacia adelante.

Las hojas se encontraron y ahora fue notoria la diferencia de los caballos, pues el de Ryoma siempre se mantuvo frente al otro, sin volverse nunca, sin dejar de embestir, empujando su pecho musculoso al caballo más débil, hasta hacerlo tambalearse y agitar las patas para no caer.

La espada de Ryoma cayó sobre la armadura y la hoja del otro caballero. Un golpe a la cabeza y la sangre empezó a gotear lentamente del casco del ingles y su brazo se volvió pesado y torpe. El hombre meneo la cabeza y trato de levantar el otro brazo, pero el mismo colgaba adormecido a su costado. Ahora, todo lo que pudo hacer fue dirigir su espada hacia Ryoma y espolear a su caballo una vez más.

Pero la espada del muchacho siguió golpeando y su caballo empujando cada vez con mayor fuerza. Finalmente Ryoma tomó su espada con las dos manos, y con un potente grito de guerra, golpeó con todas sus fuerzas. La hija quebró la espada del otro y se la clavó en un hombro. El caballero ya no pudo levantar ningún brazo y quedó completamente indefenso. Ryoma hizo retroceder a su caballo y el hombre no muy pronunció palabra sino que se limito a asentir con la cabeza. Se rindió, y Ryoma ganó su batalla.

El joven guerrero se volvió hacia los otros y pronto esos combates también terminaron. Ahora tres caballeros fueron capturados, despojados de sus armas y escudos, de modo que no quedaron ya obligados por su juramento, sino que se convirtieron en prisioneros que serían enviados a Tezuka para que él dispusiera.

Así, Tezuka pudo avanzar sin ser molestados y sin que lo precedieran noticias de su marcha. Muchos castillos y fortalezas despertaron una mañana para comprobar que durante la noche, sin previo aviso, habían sido rodeados. La visión de ese basto ejercito cubriendo las colinas circundantes y aguardando la señal de atacar hacia que los defensores buscaran rápidamente llegar a un acuerdo en términos favorables.

Ryoma continúo cabalgando. El cielo se puso gris y pronto loas nubes fueron esfumadas por una llovizna. Hilillos de agua fría empezaron a correr por su cuello y sus calzas. Las sillas de montar quedaron empapadas y mantenerse bien montado requería constantemente atención. Sin embargo, si bien traía incomodidad, la lluvia también tuvo sus ventajas, porque apagó el espíritu animoso de los hombres, de modo que no sintieron deseos de cantar, ni gritar, ni siquiera hablar. Siguieron cabalgando en silencio, doblemente alertas, porque sabían que podrían ser fácilmente sorprendidos por fuerzas que surgieran de la penumbra que los rodeaba.

Ryoma se detuvo y levantó una mano. Delante de ellos se oían furiosos insultos. A su señal, los soldados se apearon y entregaron sus caballos a los pajes. Silenciosamente, prepararon sus arcos con sus flechas de madera de sauce endurecida. Los arcos, las cuerdas y las flechas estaban bien engrasados y protegidos por fundas de cuero aceitado, porque Ryoma conocía muy bien la humedad que hay en invierno en estas islas.

Sus caballeros empuñaron las lanzas y avanzaron lentamente, delante de los soldados de a pie. Un pequeño torrente cruzaba el camino a un punto bajo y normalmente los viajeros hubieran tenido que mojar apenas los cascos de sus caballeros para cruzarlo, pero ahora era un pantano de varios metros de ancho y en medio había un carro de cuatro ruedas en el que iban niños y dos mujeres. Dos hombres y un fornido se esforzaban en las ruedas enlodadas, mientras la mayor de las mujeres exigía a una pareja de cansados caballos que redoblaran sus esfuerzos.

Un hombre a quien le faltaba un brazo izquierdo, dio un paso atrás y maldijo hasta que sus ojos cayeron sobre los cuatro caballeros que lo apuntaban con sus lanzas. Su súbito silencio atrajo la atención de los demás y a oídos de Ryoma llegaron exclamaciones de sorpresa.

Ryoma espoleo al caballo y consideró un momento la situación, antes de hacer señas a sus hombres de que se quedaran tranquilos. No había ninguna amenaza en estos siervos empapados.

El joven guerrero se acercó hasta que su lanza casi tocó en el pecho al hombre de más edad.

- Os pido que se rindan, porque el día es despreciable y no adecuado para morir.

Habló serenamente, pero el tono de su voz contuvo más amenazas que sus palabras. El hombre de un solo brazo abrió la boca y asintió, aunque sus ojos no se apartaron de la punta de la lanza. Del carro llegaron ruidos y el bien entrenado caballo se volvió por su propia voluntad para enfrentar a este posible amenaza.

En el carro, un muchachito luchó hasta que levantó una enorme espada de ancha hoja, casi tan alta como él.

- Yo luchare con vos, normando –sollozó el muchachito, con los ojos llenos de lágrimas-. Yo luchare con vos.

- ¡Dan! – exclamó la mas joven de las mujeres y salto del carro. Se apodero del muchacho y trató de calmarlo, pero él la hizo a un lado y enfrentó valientemente a Ryoma bajo la lluvia.

- Ustedes mataron a mi padre –declaró el muchacho-. Pero yo no les temo, no tengo miedo de luchar con ustedes.

El alto caballero miro a los ojos al muchacho y encontró allí algo del fiero coraje de su propia juventud. Ryoma puso su lanza vertical, extendió sobre ella su estandarte con un escudo de armas y sonrió con expresión tolerante.

- No dudo que lo harías muchacho. Inglaterra y Tezuka tendrían necesidad de valientes como tú, pero por el momento yo estoy muy ocupado con los asuntos del duque, de modo que no estoy en libertad de batirme a duelo.

La mujer que trataba de retener al muchacho pareció tranquilizarse y levantó hacia el caballero normando una mirada llena de gratitud.

Ryoma se dirigió a los hombres.- ¿Quiénes son ustedes y a donde se dirigen? –preguntó.

- Yo soy Kiheh, el herrero. Era arquero fui a luchar al lado de Inowe en el norte, contra los noruegos, y allí perdí mi brazo.- se volvió y señaló a las mujeres en el carro.- Esa es mi esposa, Rinko, y esa otra es Himiko, mi hermana viuda.- Apoyo su única mano en el hombro del muchacho que tenia a su lado.- Este que habló contigo es el hijo de Himiko, Dan. Los otros niños son míos y el hombre es mi hermano, Otori. Andamos en busca de un nuevo hogar, puesto que los normandos nos han quitado el nuestro.

Mientras el hombre hablaba, Ryoma notó la palidez de su cara y una mancha roja donde la manga vacía estaba anudada. Su mirada pasó al hombre más joven, quien era de baja estatura pero de cuerpo fuerte y musculoso.

- El pueblo de Darkenwald…- dijo Ryoma, observando a los dos.- ¿Lo conocen?

- El nombre es familiar, milord –repuso cautamente el más joven.

- Sí, es conocido –interrumpió Kiheh-. El viejo lord que vive allí pasó una vez por nuestra aldea. Era un hombre contradictorio. Quiso que yo herrara una yegua que había comprado para su hija pero no tolero ninguna demora porque quería regalársela ese mismo día para celebrar la fiesta de San Miguel. Se jacto de que ella podía cabalgar tan bien como cualquier hombre, y debió ser así, milord, porque la yegua que compró era resuelta y fogosa.

Ryoma se puso ceñudo cuando recordó las acusaciones de Tomoka, reflejadas en las palabras del hombre.

- Sí, la yegua era resuelta como la muchacha, pero eso ahora no tiene importancia. Si quieres, puedes ir a vivir a Darkenwald y establecer allí tu hogar. Hay necesidad de un herrero.

Kiheh lo miró mientras la lluvia caía sobre su cara.

- ¿Me envías a un condado ingles? –preguntó.

- El anciano ya no vive –repuso Ryoma-. Yo retengo la aldea para Tezuka hasta el momento en que Inglaterra sea suya, entonces, el feudo será mío.- señaló a Otori.- El vendrá conmigo y su obligación será cuidar mis espaldas. Si lo hace bien, regresará para ver establecida a tu familia.

Los ingleses intercambiaron medidas inquisitivas entre ellos, hasta que Kiheh se adelantó.

- Perdone, milord, pero no estamos buscando servir a los normandos. Todavía encontraremos un lugar donde podamos ser nuestros propios amos.

Ryoma se acomodó en su silla.

- ¿Creyeron que llegarían lejos con los normandos recorriendo todo el país? –Miró a cada uno a la cara y vio incertidumbre.- Os daré mi estandarte. Ninguno de los hombres de Tezuka os hará daño si le enseñan esto.- señaló el brazo de Kiheh.- En Darkenwald, también hay alguien que sabe mucho de las artes de curar. Ella es la hija del viejo lord y se ocupará de su herida. Queda a la elección vuestra, si continúan el viaje y tratan de encontrar otra aldea que este aun en poder de los ingleses, pero se lo advierto que todos los pueblos serán tomados, porque Tezuka es el legítimo heredero al trono y esta decidido a tenerlo.

Kiheh se acercó a Otori y los dos hablaron unos momentos de voz baja, hasta que el más joven asintió y se acercó a Ryoma. Se detuvo ante el enorme caballo y levantó la vista, mientras la lluvia le corría por la cara.

- Ellos irían a Darkenwald, milord, y yo iré con vos.- dijo.

- Esta bien –repuso Ryoma.

Hizo girar a su caballo y fue donde Kurog aguardaba en el carro, inmediatamente detrás de los arqueros. Con unas pocas palabras al viejo ingles, recibió una cuerda que el carretero saco de debajo del asiento. Llevo la cuerda hasta el carro de los ingleses; allí la ató a una anilla de la parte delantera y aseguró él otro extremo a la parte posterior de su silla de montar. Avivó a su caballo hasta que la curda quedó tensa e hizo una pequeña seña a la mujer que sostenía las riendas. Ella grito y los caballos más pequeños se esforzaron una vez más y tiraron de sus arneses. El semental de Ryoma, que parecía saber lo que le exigía, miró cansadamente hacia atrás, se inclinó y apoyo su peso, más varios centenares de libras de armadura y jinete, contra la cuerda.

Sus enormes cascos parecieron hundirse más en el lodo, pero después volvieron a subir en una serie de fuertes, poderosas pisadas. El carro crujió y con un chapoteo, las ruedas empezaron a girar, lentamente al principio, pero aumentando de velocidad, hasta que el vehículo llegó a la otra orilla del pantano. Los hombres de la familia salpicaron en el lodo y dieron las gracias a Ryoma, mientras el resto de los hombres de armas se reunían con él. Kurog espero hasta que el camino estuviera despejado y entonces cargo hacia el pantano a paso vivo del gran percherón que arrastraba su carro y pronto estuvo del otro lado, sin haber tenido necesidad de detenerse.

La demora hizo que pronto la noche cayera sobre ellos, y Kurog habló de un denso bosque de las cercanías, que estaba en un recodo del río.

Ryoma condujo a sus hombres a ese lugar, llevando consigo a los nuevos agregados, y pronto se estableció el campamento; pasando la obscuridad mientras seguía pasando la lluvia. El viento frió gemía entre las ramas más altas de los árboles y arrancaba las ultimas hojas empecinadas que se adherían tercamente a las ramas desnudas.

El joven guerrero vio desamparo en los niños acurrucados alrededor del fuego y hambre en las caritas flacas y crispadas, mientras masticaban las costras de pan mojado que la mujer de más edad media cuidadosamente. Recordó su propio desamparo cuando, de niño, lo arrojaron de su hogar, y la confusión cuando comprendió, sentado con Momoshiro junto a un fuego de campamento, que nunca más podría regresar a ese lugar de felices recuerdos, donde había conocido el cariño de un hombre que súbitamente no resulto no ser su padre.

Se volvió y ordeno a Kurog que trajera una larga pierna de cerdo y que la cortara para la familia inglesa, y que también les diera algo de pan más apetitoso que el que ellos tenían. Después sintió un calor dentro de su pecho cuando vio los ojos brillantes de los niños mientras comían lo que para ellos debía ser un rico banquete, luego de semanas de hambre. Se alejó, pensativo, fue hasta la hoguera del campamento y se sentó bajo un árbol. Ignoró el frío de la tierra empapada, apoyo la cabeza en el tronco y cerro los ojos.

En su mente, lentamente apareció, abriéndose como una flor, un rostro resplandecido de rizos castaños rojizos, con ojos de oscuro color rojo, semicerrados, cargados de pasión, y labios tibios, entreabiertos, que trataban de besarlo en la boca. Abrió los ojos y los clavó por un tiempo en las resplandecientes ascuas del fuego, temeroso de volverlos a cerrar.

Ryoma levantó la vista de las llamas y miró a Himiko, quien se acercaba. Al sentir que él la miraba, la mujer sonrió insegura como un saludo y se envolvió más apretadamente los hombros en su capa para protegerse del frío de la noche. Él se pregunto como sería llevarse a esta mujer a lo más denso de la arboleda y tener su capa para acostarse con ella. Era bonita, con rizado cabello obscuro y ojos negros de carbón. Quizá de ese modo podría arrancar a Sakuno de su mente, pero la posibilidad apenas le resulto interesante, con gran sorpresa de su parte.

Empezó a preocuparse aún más, porque esa chiquilla de cabellos rojizos que había dejado en Darkenwald lo excitaba todavía más en su ausencia que esta mujer que tenia adelante, al alcance de su mano, o que cualquier otra que se hubiera cruzado con él en sus andanzas, en realidad. Pensó que si ella estuviera aquí, él se sentiría tentado de despedirla en forma destemplada, por la cólera que en este momento sentía. Hubiera querido hacerla llorar, que sufriera por el tormento que le causaba.

¡Ah, mujeres! Sabían bien cómo torturar a un hombre y ella no era diferente, excepto que era más hábil para hacer que un hombre la deseara. Aquella ultima noche que habían pasado juntos había quedado grabada en su memoria con un nitidez y claridad que en todo momento casi le hacia creer que podía sentirla contra él y oler la suave fragancia de sus cabellos.

Ella se le había entregado con un propósito y ahora que él estaba lejos, podía entender cuales habían sido las intenciones de esa bruja. Hubiera querido mal decirla, decirle que era una zorra, aunque ansiaba, al mismo tiempo, tenerla a su lado y poder tocarla cuanto quisiera. Oh, el odiaba a las mujeres, y creía que a ella más que a todas las demás, porque lo había hechizado y ahora se entrometía en todos sus pensamientos.

- Habláis muy bien la lengua inglesa, milord –dijo Himiko suavemente, ante el silencio de él-. Si no hubiera visto su estandarte, os lo habría tomado por uno de los nuestros.

Ryoma respondió con un gruñido y clavó la vista en el fuego. Por un momento, estuvo silencioso en el campamento; los hombres de Ryoma trataban de descansar sobre sus jergones mojados y la hierba húmeda, y de tanto en tanto se oía una maldición apagada en la obscuridad. Los niños se habían acomodado sobre el tosco piso de su carro y ahora descansaban pacíficamente entre las pieles y las mantas gastadas.

Himiko carraspeó y nuevamente trató de romper el caviloso silencioso de Ryoma.

- Quiero agradecerle su bondad para con mis hijos, señor. Dan es tan testarudo como lo era su padre.

- Valeroso muchacho –repuso Ryoma distraídamente-. Como debió de ser tu marido.

- La guerra era como un juego para mi marido –murmuro Himiko.

Ryoma la miró fijamente y se pregunto si había detectado un asomo de amargura en el tono de ella. Himiko lo miró a los ojos.

- ¿Puedo sentarme, milord? –pregunto ella.

Él asintió y ella se sentó cerca del fuego.

- Yo sabía que llegaría el momento en que quedaría viuda –dijo quedamente-. Amaba a mi esposo, aunque fue elegido por mi padre y yo no tuve oportunidad de opinar sobre el casamiento. Sin embargo, él vivía demasiado agresivamente y era descuidado con su vida. Sino hubieran sido los normandos, algún otro hubiera puesto fin a sus días. Ahora he quedado sola para alimentar a mi familia.- Miró a Ryoma a los ojos.- No guardo rencor a su memoria, milord. Estoy resignada.

Ryoma respondió con el silencio y ella sonrió y volvió la cabeza de modo de poder mirarlo más de cerca.

- Es extraño, pero usted actuado como un normando, milord.

El muchacho la miró inquisitivamente.- ¿Y como imaginas que son los normandos, mujer?

- Ciertamente, no espero bondad de ellos –explicó Himiko.

Él rió brevemente.- Te aseguro, señora, que no tengo un rabo en punta y tampoco llevó cuernos sobre mi cabeza. Ciertamente, si miras con atención veras que parecemos hombres normales, aunque algunas historias nos hacen quedar como demonios.

Himiko enrojeció y tartamudeo, en tono de disculpa.

- No quise ofenderle, milord. Ciertamente, estamos agradecidos por su ayuda y la comida fue muy bienvenida. Hacia muchos meses que no probábamos carne y sabíamos lo que es tener el estomago lleno. Ni siquiera nos atrevíamos a encender fuego, por tenor a atraer a los merodeadores.

Himiko tendió las manos hacia el fuego para calentarlas. Ryoma observó sus movimientos y pensó en los finos dedos de Sakuno sobre su pecho y en la excitación que le producían su solo contacto. Furioso consigo mismo por dejar que sus pensamientos volaran hacia ella, se preguntó por qué su mente empecinaba en concentrarse en esa muchacha mientras esta atractiva mujer que tenia a su lado seguramente no se opondría con mucha insistencia a compartir su jergón. Cuando el se propuso mostrarse encantador y persuasivo, algunas de las damas más altaneras y más renuentes se arrojaron a sus brazos, suspirando y complacientes, y esta Himiko no parecía excesivamente arrogante.

Ciertamente, por la forma en que seguía mirándolo, se hubiera dicho que esperaba que él le propusiera acostarse con ella; además, siendo viuda, como decía ella, estaba resignada a la muerte de su esposo. Sus palabras casi habían sido como una invitación para que él la tomara. Empero, mientras miraba el pecho abultado y las generosas caderas de la mujer, comprendió que prefería una figura más esbelta. Le sorprendió y desconcertó que Himiko no le resultara atractiva, cuando varios meses atrás la hubiera considerado digna de la más celosa atención. ¿Acaso la rara belleza de Sakuno había apagado su deseo por otras mujeres? Ante ese pensamiento, casi maldijo en voz alta. Que lo condenaran antes que representar el papel de un novio enamorado que le fuera fiel a su esposa. El se acostaría con todas las mujeres que le gustaran.

Con ese pensamiento, se levantó abruptamente sorprendiendo a Himiko, y la tomó de la mano hasta hacerla ponerse de pie. Los ojos oscuros de ella se agrandaron atónitos y sorprendidos cuando lo miraron, pero él señalo los árboles con la cabeza, en una silenciosa respuesta. Ella se resistió vacilante, todavía ignorando cuales eran las intenciones de él, pero cuando entraron en la profunda obscuridad de la arboleda dejó a un lado sus reservas y se apretó contra él con un apasionado abandono.

Encontraron a un roble envuelto en enredaderas, donde el techo de ramas y hojas formaba un refugio perfecto, tapizado, por hojas secas. El extendió la capa, se volvió, tomó a Himiko y la besó, una, dos, tres veces. La estrechó con fuerza y sus brazos parecieron aplastarla mientras sus manos le acariciaban la espada. Su fiero ardor empezó a excitarla y ella comenzó a responder con pasión similar, le echo los brazos al cuello y se irguió en puntas de pie para apretar su cuerpo contra el de él.

Juntos se tendieron lado a lado sobre la capa. Himiko estaba evidentemente bien familiarizada con los impulsos del cuerpo de un hombre y sabía como responder. Apartó su capa, apretó los muslos contra los de él y sus dedos se deslizaron debajo de su camisa para acariciarle el pecho musculoso. Con dedos ansiosos, Ryoma soltó la cinta que sostenía la parte superior de la blusa campesina y libero los pechos. Himiko ahogo una exclamación cuando él sepulto su cara entre las suaves curvas y la apretó con firmeza, haciéndola arquearse contra él. Pero en el calor del momento, Ryoma perdió el control.

- Sakuno, Sakuno –murmuro roncamente.

Hubo una súbita rigidez en el cuerpo que tenia debajo y la mujer se aparto.

- ¿Qué dice?

Ryoma la miró fijamente y cayó en cuenta de que había nombrado a la otra muchacha. Himiko sintió, contra sus muslos que el deseo de él se apagaba. Ryoma también lo percibió, rodó de costado, gimió y se llevó las manos a los ojos.

- Oh, maldita –gimió-. Me atormentas hasta cuando estoy con otra mujer.

- ¿Qué dice? –estalló Himiko y se sentó-. ¿Maldita¿Soy yo una maldita? Muy bien, entonces que tu hermosa Sakuno calme la sed de tu virilidad. ¡Ella es una maldita¡Oohh!

Se levantó furiosa, acomodó sus ropas y lo dejo con los pensamientos que se agitaban en su cerebro. Ryoma oyó las pisadas de ella que volvían al campamento y en la oscuridad enrojeció por su fracaso. Se sintió como un adolescente virgen que acababa de fallar con su primera mujer. Levantó una rodilla, apoyo en ella un brazo y miró sin ver la oscuridad. Largo tiempo permaneció allí, cavilando sobre las locuras que cometen los hombres enfermos de amor. Sin embargo, no hizo ninguna admisión de su enamoramiento y por fin razonó y llegó a la conclusión de que su reacción se debía a la vida fácil y tranquila de Darkenwald.

- Me he vuelto blando –murmuró.

Levantó su capa y sacudió las hojas que habían quedado adheridas. Pero cuando regreso lentamente al fuego, una cabellera de color rojizo pareció rozar el fondo de su mente y él creyó sentir su perfume en el bosque que lo rodeaba. Cuando se tendió debajo del carro y se cubrió con su capa, curvó el brazo como si una cabeza descansara en su hombro y a su lado hubiera un cuerpo suave y calido. Cerró los ojos, y contra su voluntad, lo último en que pensó, estando despierto, fue en unos ojos color rojo que lo miraban fijamente.

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Debajo de un carro, Himiko se revolvió inquieta sobre el jergón que compartía con Rinko y dirigió una mirada a la forma inmóvil tendida debajo del otro carro.

- ¿Qué sucede, Himiko? –Pregunto Rinko-. ¿Hay alguna cosa debajo del colchón para que tengas que moverte así? Quédate quieta, o despertarás a los hombres.

- ¡Aahh, los hombres! –Gimió la mujer-. Todos, hasta el último, duermen profundamente.

- ¿De qué estas hablando? Claro que duermen. Kiheh y Otori duermen desde hace horas. Debe de ser medianoche. ¿Qué te sucede?

- ¿Rinko? –empezó Himiko, pero no pudo encontrar palabras apropiadas para formular su pregunta. Suspiró de frustración, y después de una larga pausa, habló.- ¿Por qué los hombres son como son¿Nunca están contentos con una mujer?

Rinko rodó hasta quedar tendida de espaldas, y a la débil luz del fuego, miró hacia arriba el fondo de su carro.

- Algunos hombres quedan contentos cuando pueden encontrar a la mujer adecuada. Otros siempre siguen buscando, por la excitación del momento.

- ¿Qué clase de hombre crees que sea Ryoma? –pregunto Himiko suavemente.

Rinko solo se encogió de hombros.- Un normando como cualquier otro –dijo-, pero a quien debemos ser leales, a fin de no quedar a merced de algún bribón vagabundo.

- ¿Crees que es apuesto?

- Himiko¿estas loca? Nosotros somos nada más que campesinas y el es nuestro señor.

- ¿Qué es él¿Un bribón o un buen caballero?

La mujer mayor suspiró.- ¿Cómo quieres que conozca la mente de un hombre?

- Tú eres sabía Rinko. ¿Sería probable que el golpeara a una campesina si ella lo hace enojarse?

- ¿Por qué¿Tú lo has enfurecido?

La mujer más joven tragó con dificultad.- Espero que no –dijo.

Se volvió de costado para no responder a la mirada inquisitiva de Rinko, y después de un largo tiempo logró dormirse como deseaba.

Las primeras luces del alba tocaron las gotas de lluvia todavía adheridas a las ramas desnudas y las hicieron brillar como piedras preciosas y reflejarse sobre las húmedas rocas cubiertas de musgo.

Ryoma despertó de un sueño sintiendo un apetitoso aroma de carne de cerdo y sopa. Miró a su alrededor y vio que las mujeres ya estaban levantadas y se hallaban preparando una comida para ellos. Salió de abajo del carro y se estiro para desperezarse, complacido por la quietud de la madrugada; Himiko había estado observándolo con temor mientras dormía, preguntándose como la trataría cuando despertara, pero él parecía haberla borrado de su mente.

Ryoma se quitó las botas y empezó a lavarse. Mientras se inclinaba sobre la comida que estaba calentándose, ella no puso evitar mirarlo de soslayo y admirar su cuerpo alto, sus anchos hombros y recordar claramente la firmeza de ese cuerpo contra el suyo.

Se puso sus ropas, su cota de mayas y su cubre cabeza cuando se acerco a Eiji y Fuji para probar la comida. Mientras le servía, los dedos de Himiko temblaron y sus mejillas enrojecieron al pensar en el abrazo lascivo de él, la noche anterior, pero él habló con Fuji y rió de un chiste de sir Eiji, como si hubiera olvidado completamente el encuentro bajo los árboles.

Fue momentos más tarde, cuando el mayor de los caballeros se acercó para tomar otro trozo de carne, que Himiko le hizo la pregunta que le quemaba los labios.

- Sir Fuji¿Quién es Sakuno?

Syusuke la miró, sorprendido, y dirigió una rápida mirada hacia donde se encontraba Ryoma.

- Vaya, ella… ejem… ella es la señora de Darkenwald.

Se alejó rápidamente y Himiko permaneció silenciosa, sin aventurarse a hacer más preguntas. Estaba sumida en sus pensamientos cuando sir Eiji la interrumpió y le sonrió amablemente.

- Señora, los soldados a menudo echamos de menos las comodidades que nos puede brindarnos una mujer. Es un placer desayunarse con bocados tan deliciosos y contemplados sobre el fuego.

Himiko arrugó la frente, como si reflexionara penosamente.- Señor caballero¿Quién es Ryoma¿Qué es él en Darkenwald?

El entusiasmo de Eiji se apagó rápidamente ante el hecho evidente de que ella no había prestado atención aparente en sus palabras.

- Ryoma –dijo- es señor, es lord de Darkenwald.

La miró confundido, pero sin agregar palabra se alejó, sintiéndose lastimado por el interés de ella en otro hombre.

El tercer caballero, Sadaharu, se le acercó y aguardó pacientemente hasta que por fin ella lo vio y le sirvió un poco de sopa. Himiko lo miró y preguntó, en tono ligero:

- Señor caballero¿nos dirigimos a Darkenwald, verdad?

- Si, señora.

Himiko tragó con dificultas y se preguntó como enfrentaría a la señora de ese lugar y cual sería su castigo si lady Sakuno llegaba a enterarse de su encuentro en el bosque con su marido.

El resto del tiempo, hasta que levantaron el campamento, la mujer se mantuvo bien alejada de Ryoma, sin saber si le temía más a él o a su dama. Si el hubiera sido su esposo, Himiko se habría puesto furiosa al enterarse de que él se había tendido en la hierba con otra mujer, no importa cual hubiera sido el resultado.

Antes de marcharse, Ryoma buscó a Rinko, y con actitud impasible, le entregó un bulto cuidadosamente envuelto en piel curtida.

- Dale esto a mi dama… - se aclaró ruidosamente la garganta.- Dale esto a Sakuno de Darkenwald cuando tengas un momento a solas con ella… Dile que fue honradamente adquirido.

- Si, milord –respondió Rinko-. Veré que esto llegue a sus manos intacto.

El asintió pero no hizo ademán de retirarse, sino pareció haberse quedado sin saber que decir.

- ¿Desea alguna otra cosa de mi, milord? –preguntó ella, desconcertada ante la actitud vacilante de ese normando.

- Sí –suspiró él-. Dile también… -hizo una pausa, como si le costara trabajo encontrar las palabras.- Dile también que deseo que se encuentre bien y que espero que confíe en Momoshiro para cualquier necesidad que pueda tener.

- Recordaré bien vuestras palabras, milord –dijo ella.

El dio media vuelta, y con una rápida orden a sus hombres, montó, se acomodó en la silla y guió a su caballo fuera del bosquecillo, seguido de su grupo de hombres armados.

Sentada en el asiento del carro, Himiko vio que Rinko guardaba el envoltorio que le había dado Ryoma.

- ¿Qué tienes ahí? –preguntó-. ¿Te dio él alguna recompensa?

- No. Sólo tengo que llevar esto a Darkenwald de parte de él.

- ¿Dijo él… dijo él algo de mí?

Rinko meneo lentamente la cabeza y miró intrigada a la mujer más joven.- No¿Por qué iba a decir algo de ti?

- Creí… creí que diría algo. Parecía mal dispuesto cuando me separé de él.

- Ahora no estaba enfadado ni mal dispuesto.- Rinko miró nuevamente a su cuñada y unió las cejas-. ¿Por qué estas inquieta por él?

- ¿Inquieta? –Himiko rió débilmente.- No hay motivos.

- ¿Qué sucedió anoche, cuando todos estábamos acostados y tú no estabas¿Te acostaste con él?

Himiko saltó y chilló llena de indignación.- Claro que no –exclamó-. Es verdad, nada sucedió.

Rinko miro con recelos el rostro encendido y se encogió de hombros.

- Es tu vida –dijo-. Vívela como quieras. Nunca has escuchado mis concejos y no creo que lo hagas ahora. Pero yo diría, por los modeles de milord, que él tiene su interés en otra parte.

- Como dices tú, Rinko –replicó la mujer irritada-, es mi vida y la viviré como mejor me parezca.

Sin agregar palabra, se volvió para ayudar a los niños a subir al carro.

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N.A: Hola de nuevo, bueno espero que les haya gustado este cap aun k sea muy corto, y una pequeña disculpa!! nn y es k en el capitulo anterior m adelante a + de lo k debía, ya k se habran dado cuenta de k Tezuka aun no aparece en este, nnU. Pero les juro k ya pronto aparecerá, y bueno sobre lo del asunto de esta mujer k tuvo un desliz con Ryoma, bueno pues digamos k la pobre no sabía nada de k él se esta enamorando de Sakuno, pero k bueno k pronuncio su nombre y a la pobre se le fueron los animos. Ejem... digo, ese Ryoma y sus formas de olvidar a Sakuno, no,no,no, pero de todos modos esten pendientes del siguiente cap, k x ciertyo será uno largo para k la espera valga la pena eh:-) y espero sus reviews. Chao.

Nos vemos en dos semanas. Y gracias x sus comentarios.

Bye Zshieskza