Capítulo 11
Nessie descendía la escalera principal del hotel mientras uno de los lacayos de los Swan, Billy, la seguía de cerca.
—Cuidado, señorita Swan —advirtió él—. Un resbalón y podría romperse el cuello en esta escalera.
—Gracias, Billy—dijo ella sin disminuir su velocidad—. Pero no hay ninguna necesidad de preocuparse. —Estaba bastante acostumbrada a las escaleras, habiendo subido y bajado largas escaleras en la clínica de Francia como parte de sus ejercicios diarios—. Debería advertirle, Billy, que llevaré a cabo un vigorizante paseo.
—Sí, señorita —dijo él, pareciendo disgustado. Billy era algo voluminoso, y nada aficionado a los paseos. Aunque estaba entrado en años, los Swan se resistían a despedirlo antes de que él deseara retirarse.
Nessie reprimió una sonrisa.
—Sólo hasta a Hyde Park y de vuelta, Billy.
Cuando se acercaban a la entrada del hotel, Nessie vio a una, alta y oscura, figura moverse por el vestíbulo. Era Jacob, parecía malhumorado y distraído mientras caminaba con la mirada concentrada en el suelo. No pudo evitar que aleteos de placer la atravesaran al ver al gallardo y malhumorado bruto. Él se acercó a la escalera, alzó la mirada, y su expresión cambió cuando la vio. Hubo un destello de hambre en sus ojos antes que fuera capaz de extinguirlo. Pero esa breve y brillante llama hizo que los ánimos de Nessie se alzaran inconmensurablemente.
Después de la escena de esa mañana, y la demostración de rabia celosa de Jacob, Nessie había pedido perdón a Nahuel. El doctor se había sentido divertido más que desconcertado.
—Él es exactamente como usted lo describió —había dicho Nahuel, añadiendo con pesar—… y aún más.
«Más» era una palabra apropiada para aplicar a Jacob, pensó ella. No había nada subestimable en él. En este momento parecía más bien el villano meditabundo de una novela sensacionalista. Del tipo que siempre era vencido por el héroe rubio.
Las discretas miradas de que era objeto Jacob por parte de un grupo de damas en el vestíbulo dejaban patente que Nessie no era la única que lo encontraba cautivador.
El atuendo civilizado le beneficiaba. Llevaba ropa bien entallada sin rastro de cohibición, como si no le importara nada si vestía como un caballero o un trabajador portuario. Y conociendo a Jacob, no le importaba.
Nessie se detuvo y esperó, sonriendo, mientras él se acercaba. Su mirada se extendió por ella, sin omitir un detalle del sencillo vestido de paseo rosa y la chaquetilla a juego.
—Ahora estas vestida —comentó Jacob, como si le sorprendiera que no paseara desnuda por el vestíbulo.
—Este es un vestido de paseo —dijo ella—. Como puedes ver, salgo a tomar algo de aire.
—¿Quién te escoltará? —preguntó él, aun cuando podía ver al lacayo esperando a unos cuantos centímetros de distancia.
—Billy—contestó ella.
—¿Sólo Billy? —Jacob parecía indignado—. Necesitas más protección que eso.
—Sólo caminaremos hasta Marble Arch —dijo ella, divertida.
—¿Estás fuera de tus cabales, mujer? ¿Tienes alguna idea de lo que podría pasarte en Hyde Park? Hay carteristas, ladronzuelos, estafadores, y pandillas, todos listos para desplumar a una pequeña y linda paloma como tú.
En lugar de sentirse ofendido, Billy dijo con impaciencia:
—Quizás el señor Jacob tenga razón señorita Swan. Está bastante lejos… y uno nunca sabe…
—¿Te ofreces a ocupar su lugar? —preguntó Nessie a Jacob.
Como había esperado, él llevó a cabo una muestra de gruñona renuencia.
—Supongo que sí, si la alternativa es verte vagar por las calles de Londres, tentando a cada criminal a la vista. —Miró ceñudo a Billy—. No tienes que ir con nosotros. Preferiría no tener que cuidar también de ti.
—Sí, señor —fue la respuesta agradecida del lacayo, y volvió a subir los peldaños con mucho más entusiasmo del que había mostrado bajándolos.
Nessie deslizó su mano en el brazo de Jacob y sintió la feroz tensión de sus músculos. Comprendió que algo lo había trastornado. Algo mucho más importante que su traje de ejercicio o su perspectiva de pasear por Hyde Park.
Abandonaron el hotel, los largos pasos de Jacob se sincronizaban fácilmente con los enérgicos de ella. Nessie mantuvo su tono ocasional y alegre.
—Qué agradable y fresco está el aire hoy.
—Está contaminado con el humo de carbón —dijo él, haciendo que rodeara un charco como si pudiera sufrir un daño mortal al mojarse los pies.
—En realidad, percibo un fuerte olor a humo proveniente de tu abrigo. Y no es humo de tabaco. ¿A dónde fuisteis el señor Cullen y tú esta mañana?
—A un campamento gitano.
—¿Con qué motivo? —persistió Nessie. Con Jacob, uno no podía dejarse disuadir fácilmente por su laconismo, o nunca conseguirías nada de él.
—Cullen creyó que podríamos encontrar allí a alguien de mi tribu.
—¿Y lo hiciste? —preguntó ella suavemente, sabiendo que ese tema era sensible.
Notó un agitado movimiento del músculo bajo su mano.
—No.
—Sí, lo hiciste. Puedo asegurarlo.
Jacob bajó la mirada hacia ella, y vio cuan detalladamente lo estudiaba.
Suspiró.
—En mi tribu, había una muchacha llamada Shuri…
Nessie sintió una punzada de celos. Una muchacha a la que conocía y a la que nunca había mencionado. Quizás se preocupaba por ella.
—La encontramos hoy en el campamento —siguió Jacob—. Apenas parecía la misma. Una vez fue muy hermosa, pero ahora parece mucho mayor que su edad.
—Ah, qué lástima —dijo Nessie, intentando sonar sincera.
—Su marido, el rom baro, era mi tío. Él era… no era un buen hombre.
Eso apenas fue una sorpresa, considerando la condición en la que Nessie había conocido a Jacob. Herido, abandonado, y tan salvaje que estaba claro que había vivido como una criatura salvaje.
Nessie estaba llena de compasión y ternura. Lamentaba que no estuvieran en algún lugar privado donde podría engatusar a Jacob para que se lo contara todo. Lamentaba el no poder abrazarlo, no como a un amante, sino como a un querido amigo. Sin duda muchos pensarían que era absurdo que se sintiera tan protectora con un hombre aparentemente invulnerable. Pero bajo aquella fachada dura e impenetrable, Jacob poseía una rara y profunda sensibilidad. Ella lo sabía y también sabía que él negaría este hecho hasta la muerte.
—¿Mencionó su tatuaje el señor Cullen a Shuri? —preguntó Nessie—. ¿Qué era idéntico al tuyo?
—Sí.
—¿Y qué dijo Shuri al respecto?
—Nada.
Su respuesta fue una muesca demasiado rápida.
Un par de vendedores callejeros, uno cargando atados de berro, el otro llevando un paraguas, se acercaron a ellos esperanzados. Pero una mirada encolerizada de Jacob hizo que se retiraran, desafiando al tráfico de carruajes, carretas, y caballos para cruzar al otro lado de la calle.
Nessie no dijo nada durante uno o dos minutos, se aferraba al brazo de Jacob mientras éste la guiaba con exasperante arrogancia, refunfuñando: «Por allí no», o, «Tomemos este camino» o, «Pisa con cuidado aquí» como si dar un paso sobre el pavimento roto o desigual pudiera causarle una severa herida.
—Jake —protestó ella finalmente— no soy frágil.
—Lo sé.
—Entonces por favor no me trates como si fuera a romperme al primer traspiés.
Jacob se quejó un poco, algo sobre que la calle no era suficientemente buena para ella. Ya que era muy burda. Muy sucia.
Nessie no podía menos que reír en silencio.
—Por el amor del cielo. Si esta calle estuviera pavimentada con oro y los ángeles la barrieran, todavía dirías que aún es muy burda y sucia para mí. Debes librarte de esa costumbre sobre protectora hacía mí.
—No mientras viva.
Nessie se quedó callada, pero agarró más fuerte su brazo. La pasión enterrada bajo esas ásperas y sencillas palabras la llenó de un placer casi indecente. Así de fácil, él podía llegar a la región más profunda de su corazón.
—Preferiría que no me colocaran en un pedestal —dijo finalmente.
—No estás sobre un pedestal. Estás… —Pero detuvo sus palabras, y sacudió la cabeza un poco, como si estuviera sorprendido vagamente de lo que había dicho. Cualquier cosa que hubiera pasado en ese día, había afectado de mala forma a su autocontrol.
Nessie consideró las cosas que posiblemente Shuri podría haber contado. Algo sobre la conexión entre Edward Cullen y Jacob…
—Jake. —Nessie disminuyó su paso, forzándolo a ir más despacio también—. Incluso antes de que me fuera a Francia, tenía la idea de que esos tatuajes eran pruebas de un lazo cercano entre el señor Cullen y tú. Estando tan enferma, tenía poco que hacer exceptuando observar a la gente a mi alrededor. Noté cosas que nadie más tenía tiempo de percibir, o pensar sobre ello. Y siempre estuve especialmente armonizada contigo. —Captando su expresión con un vistazo rápido de reojo, Nessie vio que eso no le gustó. No quería ser comprendido, u observado. Quería permanecer a salvo en su solitaria coraza —Y cuando conocí al señor Cullen —continuó Nessie en tono casual, como si estuvieran manteniendo una conversación ordinaria—, me vi golpeada por las muchas semejanzas entre vosotros dos. La inclinación de la cabeza, esa media sonrisa que tiene… como gesticula con las manos… todo cosas que yo te he visto hacer. Y pensé para mí, No me sorprendería enterarme un día que los dos son… hermanos.
Jacob se detuvo completamente. Se giró para afrontarla, de pie erguido allí en la calle mientras forzaba a otros peatones a rodearlos, quienes se quejaron por lo bajo de cuan desconsideradas eran las personas que bloqueaban un sendero público. Nessie buscó en los oscuros ojos paganos y se encogió de hombros inocentemente. Y esperó su respuesta.
—Improbable —dijo él bruscamente.
—Cosas improbables pasan todo el tiempo —dijo Nessie—. Sobre todo a nuestra familia. —Siguió mirándolo, leyendo en él—. Es cierto, ¿verdad? —preguntó maravillada—. ¿Es tu hermano?
Jake vaciló. Habló tan quedo que apenas pudo oírlo.
—Hermano menor.
—Me alegro por ti. Por los dos. —Le sonrió firmemente, hasta que la boca de él tomó en respuesta una sarcástica curvatura.
—Yo no.
—Un día lo estarás.
Después de un momento él tiró de su brazo y comenzaron a andar otra vez.
—Si el señor Cullen y tú sois hermanos —dijo Nessie— eres mitad gadjo. Igual que él. ¿Te apena esto?
—No, yo… —Hizo una pausa confundido por este descubrimiento—. No quedé tan sorprendido como debía. Siempre sentí que era romaní y… algo más.
Y Nessie entendió lo que él no dijo. A diferencia de Cullen, él no estaba impaciente por afrontar esta otra identidad totalmente nueva, esa gran parte de sí mismo que hasta ahora había sido tan incomprensible.
—¿Vas a hablar de ello con la familia? —preguntó suavemente. Conociendo a Jacob, querría guardar la información en privado hasta que hubiera revisado todas sus implicaciones.
Él negó con la cabeza.
—Hay preguntas que deben ser contestadas primero. Incluyendo por qué el gadjo que nos engendró quiso matarnos.
—¿Lo hizo? ¡Dios mío!, ¿por qué?
—Mi conjetura es que se deba probablemente a alguna cuestión hereditaria. Con los gadjos, es común llegar a esos extremos por dinero.
—Tanta amargura —dijo Nessie, agarrándose más fuerte a su brazo.
—Tengo razón.
—También tienes razones para ser feliz. Hoy has encontrado a un hermano. Y averiguaste que eres medio irlandés.
Eso realmente le arrancó una nota de diversión.
—¿Eso debería hacerme feliz?
—La irlandesa es una raza notable. Y la veo en ti: tu amor a la tierra, tu tenacidad…
—Mi amor por las peleas.
—Sí. Bueno, quizás deberías continuar suprimiendo esa parte.
—Siendo en parte irlandés —dijo él— debería ser un bebedor más competente.
—Y un conversador mucho más elocuente.
—Prefiero hablar sólo cuando tengo algo que decir.
—Hmmm. Eso no es ni irlandés, ni romaní. Quizás hay otra parte de ti que aún no hemos identificado.
—Dios mío. Espero que no. —Pero se reía, y Nessie sintió una tierna sensación de placer extendiéndose por todos sus miembros.
—Es la primera risa verdadera que te he visto desde que volví —dijo ella—. Deberías reír más, Jake.
—¿Debería? —preguntó él suavemente.
—Por supuesto. Es beneficioso para tu salud. El doctor Nahuel dice que sus pacientes alegres tienden a recuperarse mucho más rápido que los cascarrabias. —La mención del doctor Nahuel hizo que la elusiva sonrisa de Jacob desapareciera.
—Dwyer dice que te has encariñado mucho con él.
—El doctor Nahuel es un amigo —admitió ella.
—¿Sólo un amigo?
—Sí, hasta ahora. ¿Te opondrías si él deseara cortejarme?
—Por supuesto que no —refunfuñó Jacob—. ¿Qué derecho tengo yo para objetar algo?
—Ninguno en absoluto. A no ser que tengas algún interés en juego, que con seguridad no tienes.
Sintió la lucha interior de Jacob por dejar el asunto. Una lucha que perdió, ya que bruscamente dijo:
—Está lejos de mí negarte una dieta de papilla, si eso es lo que tu apetito exige.
—¿Comparas al doctor Nahuel con papilla? —Nessie luchó por contener una sonrisa satisfecha. La pequeña demostración de celos era un bálsamo para su ánimo—. Te lo aseguro, él no es nada suave. Es un hombre de sustancia y carácter.
—Es un gadjo con ojos acuosos.
—Es muy atractivo. Y sus ojos no son nada acuosos.
—¿Has permitido que te besara?
—Jake, estamos en una vía pública…
—¿Le dejaste?
—Una vez —admitió ella, y esperó mientras él digería la información. Él frunció el ceño ferozmente mirando el pavimento. Cuando se hizo evidente que no iba a decir nada, Nessie sugirió—: Fue un gesto de afecto.
Aún no había ninguna respuesta.
Buey obstinado, pensó molesta.
—No se parecía a tus besos. Y nunca hemos… —Ella sintió una ola de rubor—. Nunca hemos hecho nada similar a lo que tú y yo… la otra noche…
—No vamos a hablar de eso.
—¿Por qué podemos hablar de los besos del doctor Nahuel, pero no de los tuyos?
—Porque mis besos no van a conducir al noviazgo.
Eso dolió. También la dejó perpleja y frustrada. Antes de que todo quedara dicho y hecho, Nessie tenía intención de hacer admitir a Jacob el por qué no la perseguiría. Pero no allí, y no ahora.
—Bien, realmente tengo una posibilidad de noviazgo con el doctor Nahuel —dijo, intentando un tono pragmático—. Y a mi edad, debo considerar cualquier perspectiva de matrimonio muy seriamente.
—¿Tu edad? —se mofó él—. Sólo tienes veinticinco.
—Veintiséis. Inclusive si tuviera veinticinco, hace mucho tiempo que me deben considerar en la picota. Perdí varios años, quizás los mejores, debido a mi enfermedad.
—Ahora estás mucho más hermosa que antes. Cualquier hombre estaría loco o ciego si no te quisiera. —El cumplido no fue ofrecido delicadamente, pero sí con una masculina sinceridad que aumentó su rubor.
—Gracias, Jake.
Deslizó sobre ella una mirada cautelosa.
—¿Quieres casarte?
El corazón voluntarioso y traidor de Nessie dio unas cuantas pulsaciones dolorosas y excitadas, porque al principio creyó que él había preguntado: «¿Quieres casarte conmigo?». Pero no, simplemente preguntaba su opinión sobre el matrimonio como... bien, como su erudito padre hubiera dicho como «una estructura conceptual con potencial de realización».
—Sí, por supuesto —dijo ella—. Quiero niños a quien amar. Quiero un marido que envejezca a mi lado. Quiero una familia propia.
—¿Y Nahuel dice que todo eso es posible ahora?
Nessie vaciló un poco antes de decir.
—Sí, completamente posible.
Pero Jacob la conocía demasiado bien.
—¿Qué no me estás diciendo?
—Estoy lo bastante bien para realizar mis propias elecciones —dijo ella firmemente.
—¿Qué dice…?
—No deseo hablar de ello. Tú tienes tus asuntos prohibidos; yo tengo el mío.
—Sabes que lo averiguaré —dijo él calmadamente.
Nessie lo ignoró, echando una mirada al parque que había ante ellos. Sus ojos se ensancharon cuando vio algo que no había estado allí cuando se fue a Francia… una enorme y magnífica estructura de cristal y hierro.
—¿Es el Palacio de Cristal? Ah, debe de serlo. Es tan hermoso… mucho más que los grabados que he visto.
El edificio, cubría un área de más de nueve acres, guardaba una muestra internacional de arte y ciencia llamada la Gran Exposición. Nessie había leído sobre ello en los periódicos franceses, que acertadamente habían llamado a la exposición una de las grandes maravillas del mundo.
—¿Hace cuánto que está terminado? —preguntó, su paso aceleró mientras se dirigían hacia el brillante edificio.
—Aproximadamente un mes.
—¿Has entrado? ¿Has visto los objetos expuestos?
—La visité una vez —dijo Jacob, riéndose ante su entusiasmo—. Vi algunos de los objetos expuestos, pero no todos. Llevaría tres días o más verlo todo.
—¿Qué parte visitaste?
—La sala de maquinaria, sobre todo.
—Realmente lamento no haber visto aún una pequeña parte de esto —dijo ella melancólicamente, observando a las multitudes de visitantes entrar y salir del notable edificio—. ¿No me acompañarías?
—No tendrías tiempo de ver algo. Es tarde ya. Te traeré mañana.
—Ahora. Por favor. —Ella tiró con impaciencia de su brazo—. Ah, Jake, no digas que no.
Cuando Jacob bajó la mirada hacia ella, estaba tan guapo que Nessie sintió un pequeño y agradable dolor en el estómago.
—¿Cómo podría decirte que no? —preguntó él suavemente.
Mientras la llevó a la altísima entrada en forma de arco del Palacio de Cristal, y pagaba un chelín por cada entrada, Nessie observó su entorno con reverencia. La fuerza motriz detrás de la exposición de poderío industrial había sido el Príncipe Albert, un hombre de visión y sabiduría. Según el diminuto mapa impreso que les entregaron junto con el ticket de entrada, el edificio estaba construido con más de mil columnas de hierro, y trescientos mil paneles de cristal. Lo suficientemente altas como para abarcar olmos adultos. Sumando todo, había cien mil objetos expuestos provenientes de todo el mundo.
La exposición era importante en un sentido social así como científico.
Proporcionaba una oportunidad para que todas las clases y estratos, altas y bajas, se mezclaran libremente bajo un mismo techo de una forma que raras veces sucedía.
Personas con todas las formas de vestir y aspecto atestaban el interior del edificio.
Un grupo vestido a la última moda esperaba en el cruce, o en la sección transversal central, del Palacio de Cristal. Ninguno de ellos parecía prestar interés a su entorno.
—¿Qué está esperando esa gente? —preguntó ella.
—Nada —contestó Jacob—. Sólo están aquí para ser vistos. Había un grupo similar cuando estuve aquí antes. No les interesa ninguno de los objetos expuestos. Simplemente se quedan allí de pie jactándose.
Nessie se rió.
—Bueno, ¿nos vamos a quedar aquí cerca de ellos y pretender admirarlos, o vamos a ver algo realmente interesante?
Jacob le entregó el pequeño mapa.
Después de escudriñar la lista de salas y demostraciones, Nessie dijo con decisión:
—Telas y textiles. —Él la escoltó por un vestíbulo atestado de cristal hasta un espacio de asombroso tamaño y anchura. El aire castañeaba con los sonidos de telares y máquinas textiles, con fardos de alfombras arregladas alrededor de la sala y en la parte central. Los olores a lana y del tinte hacían que la atmósfera fuera acre y ligeramente astringente. Mercancías de Kidderminster, América, España, Francia, Oriente, llenaban la sala con un arco iris de matices y texturas… tapices, montones de nudos y pilas de cortes, lazos, ganchos, bordados, trenzados… Nessie se quitó los guantes y pasó las manos sobre las magníficas ofrendas.
—¡Jacob, mira esto! —exclamó—. Es una alfombra Wilton. Similar a la de Bruselas, pero las hebras están cizalladas. ¿Parece terciopelo, verdad?
El representante del fabricante, que estaba de pie cerca, dijo:
—Wilton es mucho más económico, ahora que somos capaces de producir con telares impulsados por vapor.
—¿Dónde está localizada la fábrica? —preguntó Jacob, recorriendo con una mano desnuda la suave pila de alfombras—. ¿Kidderminster, asumo?
—Allí, y otra en Glasgow.
Mientras los hombres conversaban sobre la producción de alfombras en los nuevos telares, Nessie se alejó vagando a lo largo de las filas de muestras y exhibiciones. Había más máquinas, que desconcertaban por su tamaño y complejidad, unas hechas para tejer telas, unas para imprimir el modelo, unas para hacer girar las hebras de lana hasta convertirlas en hilo y estambre. Una de estas máquinas que llenaba colchones y almohadas mostraba como esta actividad un día estaría totalmente mecanizada.
Observando fascinada, Nessie fue consciente de que Jacob se colocaba a su lado.
—Será una maravilla si todo en el mundo finalmente estuviera hecho por una máquina —le dijo ella.
Él rió ligeramente.
—Si tuviéramos tiempo, te llevaría a la exhibición agrícola. Un hombre puede hacer crecer dos veces más alimentos en una fracción del tiempo que se tardaría en hacerlo a mano. Ya hemos adquirido una máquina que trilla para los arrendatarios de Dwyer… Te la mostraré cuando vayamos allá.
—¿Apruebas estos avances tecnológicos? —preguntó Nessie con un poco de sorpresa.
—Sí, ¿por qué no?
—El romaní no cree en tales cosas.
Él se encogió de hombros.
—Independientemente de lo que el romaní cree, no puedo ignorar el progreso que mejorará la vida de todos. La mecanización hará las cosas más fáciles para la gente común, para permitirse ropa, alimento, jabón... incluso una alfombra para el suelo.
—¿Pero qué pasa con los hombres que perderán su sustento cuando una máquina tome su lugar?
—Están siendo creadas nuevas industrias y más empleos. ¿Por qué poner a un hombre a trabajar haciendo tareas estúpidas en vez de educarlo para hacer algo más?
Nessie rió.
—Hablas como un reformista —susurró ella traviesamente.
—El cambio económico siempre va acompañado del cambio social. Nadie puede evitar esto.
Qué mente tan versada tiene, pensó Nessie. Su padre se alegraría de ver en qué se había convertido su expósito gitano.
—Se requerirá que un gran número de mano de obra que apoye toda esta industria —comentó ella—. Crees que un número suficiente de gente del campo estaría dispuesta a trasladarse a Londres y a otros sitios que…
Fue interrumpida por una bocanada explosiva y algunos gritos de sorpresa de los visitantes a su alrededor. Una espesa y alarmante humareda llenaron el aire en una asfixiante ráfaga. Parecía que la máquina que llenaba almohadas había funcionado mal, arrojando remolinos de plumas sobre todo el que estaba a la vista.
Reaccionando rápidamente, Jacob se quitó el abrigo y lo tiró sobre Nessie, luego sujetó un pañuelo sobre su boca y nariz.
—Respira por esto —refunfuñó él, y la arrastró por la sala. La muchedumbre se dispersaba, algunas personas tosían, maldecían, y otras reían, mientras grandes volúmenes del mullido relleno blanco caían sobre la escena. Había gritos de placer de los niños que habían llegado del salón adyacente, bailaban y saltaban intentando coger las evasivas masas flotantes.
Jacob no paró hasta que alcanzaron otra ala que contenía la sala de telas. Se habían construido enormes estantes de madera y vitrinas para exhibir telas que fluían como ríos. De las paredes colgaban muestras de terciopelo, brocados, sedas, algodón, muselina, lana, de cada material imaginable creado para la ropa, la tapicería, o la pañería. Altísimos fardos de tela en rollos verticales puestos en más anaqueles de exposición formaban largos pasillos dentro de la sala.
Emergiendo desde debajo del abrigo de Jacob, Nessie le echó una mirada y comenzó a jadear de risa. El blanco relleno había cubierto su cabello negro y se habían adherido a su ropa como nieve recién caída.
La expresión preocupada de Jacob cambió a una ceñuda.
—Iba a preguntarte si habías respirado algo de polvo de pluma —dijo él—. Pero juzgando por todo el ruido que haces, tus pulmones parecen bastante claros.
Nessie no podía contestar; se reía con mucha fuerza.
Cuando Jacob se pasó la mano por los mechones color medianoche, el movimiento hizo que estos se enredaran aún más.
—No hagas eso —señaló Nessie, luchando por refrenar su risa—. Nunca vas… debes deja que te ayude; lo estas empeorando… y tú d-decías que yo era una paloma lista para ser desplumada… —Aún riendo, le tomó de la mano y lo arrastró hasta uno de los pasillos de tela, donde estaban parcialmente ocultos a la vista de los demás.
Estaban más allá de la ligera luz, entre las sombras—. Aquí, antes que alguien nos vea. Ah, eres demasiado alto para mí. —Le urgió a bajar con ella al suelo, donde él se puso en cuclillas. Nessie se arrodilló entre la masa de sus faldas. Soltándose sombrero, lo dejó a un lado.
Jacob observó la cara de Nessie mientras ésta trabajaba, cepillando sus hombros y cabello.
—No puedes estar disfrutando de esto—dijo.
—Hombre tonto. Estás cubierto de plumas… desde luego que disfruto de esto. —Y lo hacía. Parecía tan… bueno, adorable allí arrodillado, frunciendo el ceño y aguantando mientras ella lo desplumaba. Y era encantador jugar con el espeso y brillante manto de su cabello, algo que él nunca hubiera permitido en otras circunstancias. Sus risitas seguían fluyendo, imposibles de suprimir.
Pero cuando pasó un minuto, y luego otro, la risa abandonó su garganta, y se sintió relajada y algo soñadora mientras seguía arrancando plumas de su cabello. El ruido del gentío quedaba amortiguado por todo el terciopelo que los rodeaba, colgando como las cortinas de noche, nubes y niebla.
Los ojos de Jacob adquirieron un extraño brillo oscuro, los contornos de su rostro eran severos y hermosos. Se parecía a alguna peligrosa criatura pagana que surge a partir de la hora de las brujas.
—Casi termino —susurró Nessie, aunque ya había terminado. Sus dedos le acariciaban dulcemente el cabello. Tan vibrante, pesado, los mechones parecían terciopelo en la nuca.
Nessie contuvo el aliento cuando Jacob se movió. En un inicio se estaba poniendo de pie, pero tiró de ella acercándola, luego tomó su cabeza entre las manos. La boca de él estaba tan cerca, su aliento era como vapor contra sus labios. Estaba atónita por el momento de violencia suspendida, la firmeza salvaje de su apretón. Esperó, escuchando su respiración trabajosa, enfadada, incapaz de entender qué lo que había provocado.
—No tengo nada que ofrecerte —dijo él finalmente con una voz gutural—. Nada.
Los labios de Nessie se habían quedado secos. Se los humedeció, e intentó hablar a pesar de la temblorosa emoción que la embargaba.
—Te tienes a ti mismo —susurró ella.
—No me conoces. Crees hacerlo, pero no es así. Las cosas que he hecho, las cosas de las que soy capaz… tú y tu familia, todo lo que sabéis de la vida proviene de los libros. Si entendieras algo de…
—Hazme entenderte. Dime qué es tan terrible para que debas seguir apartándome.
Él negó con la cabeza.
—Entonces deja de torturarnos a los dos —dijo ella insegura—. Suéltame, o déjame ir.
—No puedo —exclamó él—. No puedo, maldita seas. —Y antes de que ella pudiera emitir algún sonido, la besó.
Su corazón tronó, y se abrió a él con un gemido bajo, desesperado. Las ventanas de su nariz se llenaron de la fragancia a humo, hombre, y especia terrosa de otoño de él. La boca de él modelaba la suya con hambre primitiva, la lengua lanzaba profundos estoques, buscando ávidamente. Aún arrodillados se acercaron mucho más cuando Nessie se elevó para presionar su torso contra el de él, más cerca, más arduo. Y cada lugar en que se tocaban, le dolía. Ella deseaba sentir su piel, sus músculos tensos y fuertes bajo las manos.
El deseo llameó alto y salvaje, sin dejar espacio para la cordura. Si la presionara hacia atrás entre todo este terciopelo, aquí y ahora, y siguiera adelante con ella. Pensó en tomarlo dentro de su cuerpo, y enrojeció bajo la ropa, hasta que el calor que se extendía lentamente la hizo retorcerse. La boca de él le buscó la garganta, y su cabeza se inclinó hacia atrás para darle libre acceso. Él encontró el latido de su pulso, la lengua acarició el vulnerable punto hasta que ella jadeó.
Alzando las manos hasta su rostro, le perfiló la mandíbula con los dedos, la áspera textura de la barba afeitada raspaba deliciosamente contra sus delicadas palmas. Le guió la boca hacia la suya. El placer la llenó como si la oscuridad y la sensación de él rodeándola le vendaran los ojos.
—Jake —susurró ella entre besos—, te he amado desde hace tan…
Él le aplastó la boca desesperadamente, como si pudiera sofocar no sólo las palabras, sino la emoción en sí misma. Hurgó tan profundamente su sabor como era posible, ardientemente determinado a no dejar nada sin reclamar. Ella se pegó a él, su cuerpo se veía atormentado por continuos temblores, sus nervios cantaban con incandescente calor. Él era todo lo que alguna vez había anhelado, todo lo que alguna vez necesitaría.
Pero un aliento agudo escapó de su garganta cuando él la empujó hacia atrás, rompiendo el ardiente y necesario contacto entre sus cuerpos.
Durante un largo momento ninguno de los dos se movió, ambos se esforzaban por recuperar el equilibrio. Y cuando la llama del deseo se apagó, Nessie oyó que Jacob decía algo como:
—No puedo estar a solas contigo. Esto no puede pasar otra vez.
Esto, Nessie decidió con una oleada de cólera, era una situación imposible. Jacob rechazaba reconocer sus sentimientos hacia ella y no explicaría el por qué. Con certeza merecía más confianza por su parte que eso.
—Muy bien —dijo rígidamente, luchando por ponerse en pie. Cuando Jacob se levantó y extendió la mano para ayudarla, ella se la apartó con impaciencia.
—No, no quiero ayuda. —Comenzó a sacudirse las faldas—. Tienes toda la razón, Jacob. No deberíamos estar juntos a solas, ya que el resultado siempre es una conclusión ya anticipada: haces un avance, yo respondo, y luego me apartas. No soy el juguete de ningún niño para ser tirada de arriba y abajo por una cuerda, Jake.
Él encontró su sombrero y se lo ofreció.
—Sé que no…
—Dices que no te conozco —dijo ella con furia—. Al parecer tampoco se te ha ocurrido que tú no me conoces a mí. Estás completamente seguro de quién soy, ¿verdad? Pero he cambiado durante los dos últimos años. Al menos podrías hacer un esfuerzo por averiguar en qué tipo de mujer me he convertido. —Fue hacia el final del pasillo de tela, echó una ojeada hacia fuera para ver si la costa estaba despejada, y se encaminó apresuradamente hacia la parte principal de la sala.
Jacob la siguió.
—¿A dónde vas?
Mirándolo de reojo, Nessie quedó satisfecha al ver que parecía tan desgreñado y exasperado como ella se sentía.
—Me marcho. Estoy demasiado enfadada para disfrutar de ninguna de las exhibiciones.
—Vas en otra dirección.
Nessie estaba silenciosa cuando Jacob la sacó del Palacio de Cristal. Nunca se había sentido tan inestable o malhumorada. Sus padres siempre llamaban a la irritabilidad un exceso de bazo, pero Nessie carecía de la experiencia necesaria para comprender que aquel humor enfermizo provenía de una fuente bastante diferente al bazo. Todo lo que sabía era que Jacob parecía igualmente fastidiado mientras caminaba al lado de ella.
La molestó que no dijera una palabra. También la molestó que le siguiera el paso tan fácilmente con sus enérgicas y enormes zancadas, y que cuando ella comenzó a respirar con dificultad por el esfuerzo, él apenas pareció afectado por el ejercicio.
Sólo cuando se acercaron al Facinelli, Nessie rompió el silencio. La complació sonar tan tranquila.
—Cumpliré tus deseos, Jake. De ahora en adelante, nuestra relación será platónica y amistosa. Nada más. —Hizo una pausa en el primer peldaño y solemnemente alzó la vista hacia él—. Se me ha dado una rara oportunidad… una segunda posibilidad en la vida. Y tengo la intención de aprovecharla al máximo. No voy a malgastar mi amor con un hombre que no lo desea o necesita. No te molestaré otra vez.
.
.
.
Cuando Edward entró en el dormitorio de su suite, encontró a Bella de pie ante una altísima pila de paquetes y cajas que se desbordaban con cintas de seda y adornos femeninos. Ella se giró con una risa avergonzada cuando él cerró la puerta, su corazón trastabilló un poco al verlo. Su camisa sin cuello estaba abierta en la garganta, su cuerpo casi felino con su ágil musculatura, su rostro era fascinante en su sensual belleza masculina. Hacía poco, nunca hubiera imaginado estar casada, y mucho menos con una criatura tan exótica.
Su mirada la recorría lentamente, la bata rosa aterciopelada que se abría para revelar su camisa y muslos desnudos.
—Veo que la expedición de compras fue un éxito.
—No sé qué me embargó —contestó Bella excusándose—. Sabes que nunca soy extravagante. Sólo quería comprar algunos pañuelos y medias. Pero… —Gesticuló sin convicción hacia la pila de fruslerías—. Parece que hoy he sufrido de un humor codicioso.
Una risa iluminó el rostro de él.
—Como te he dicho antes, amor, gasta cuanto gustes. No podrías dejarme en la indigencia aunque lo intentaras.
—Compré algunas cosas para ti, también —dijo ella, revolviendo la pila—. Algunas corbatas, y libros, y jabón de afeitar francés… aunque he estado deseando hablar de eso contigo…
—¿Hablar de qué? —Edward se acercó a ella desde atrás, besándole un costado de la garganta.
Bella se quedó sin aliento ante la cálida impresión de su boca y casi olvidó lo que había estado diciendo.
—Tu afeitado —dijo ella vagamente—. Las barbas están de bastante moda últimamente. Creo que deberías dejarte una barbita de chivo. Te verías muy elegante, y… —Su voz se fue desvaneciendo mientras él bajaba por su cuello.
—Podría hacer cosquillas —murmuró Edward, y se rió cuando ella tembló.
Girándola gentilmente para que quedara de cara a él, la miró fijamente a los ojos.
Había algo diferente en él, pensó Bella. Una curiosa vulnerabilidad que nunca antes había visto…
—Edward —dijo con cuidado— ¿cómo te fue en tu diligencia con Jacob?
Los ojos dorados estaban suaves y vivos por el entusiasmo.
—Bastante bien. Tengo un secreto, monisha. ¿Te lo digo? —La atrajo contra él, envolviendo los brazos alrededor de ella, y luego le susurró al oído.
.
.
.
.
Gracias por leer… espero ansiosa sus comentarios
