La vida de Jessica en ese momento era perfecta; había terminado la universidad con honores, tenía un libro en revisión para publicación, su familia era feliz. Y tenía al amor de su vida a su lado, no podía pedir más. La noche anterior había sido la cereza en el pastel. Ella y Zachary asistieron al concierto de Twister, la estrella pop más importante de América. Bailaron hasta que sudaron sangre, rieron hasta que les dolió la mandíbula y se besaron hasta que se acabaron los labios.
Esa misma velada, después de tantos años y gracias a ese maravilloso hombre, Jett se había reencontrado con la segunda mujer más influyente en su vida, la razón por la que empezó sus estudios como escritora: Josephine Portnoy.
Al instante que Jess cruzó la puerta hacia dentro de los camerinos, junto con Zach, Josephine demandó a cada uno de los asistentes que se largaran de ahí. Ella misma, con maquillaje a medio quitar y aún con unos cuantos cepillos y extensiones colgando de su cabello, abrazó a su pequeño ángel de cabello castaño y sonrisa de helado sabor limón. Fue un abrazo efusivo y alegre, de los abrazos que te quitan el aliento por lo bien que se sienten y te brindan una cálida sonrisa a tus labios; un abrazo de familia, un abrazo de amor y añoranza. Ambas platicaron de todo, de los años que no estuvieron juntas. De cómo Jess leía y releía el libro que le regaló Twister, cómo la misma señorita sentía el apoyo de Jess desde sus bobas cartas mal escritas con crayones. Los paparazis, las niñas que se burlaban de la pequeña Jess, los autógrafos, las tareas, las entrevistas, los exámenes, los conciertos y las graduaciones. Hablaron de todo y de nada.
También hablaron de Zachary, de cómo se conocieron, de los planes que tenían; a dónde se iban a mudar juntos, de cuántas mascotas tendrían y de las moderadas fiestas que tendrían. Y de cómo él le rogó a Josephine los únicos pases V.I.P para el concierto, ella accedió después de escuchar el nombre de Jessica Jett, la señorita se aseguró que sólo existieran dos boletos especiales y que se los entregaría a Zach.
– Yo no sabía eso –dijo Zach mientras reía–, pensé que sólo había sido suerte.
–Oh, no, guapura –dijo Josephine en tono coqueto–, lo hice todo a propósito…
– ¿Incluso las extensiones y los cepillos que aún te cuelgan en el cabello? – Dijo Jess con una mueca en la cara y una carcajada casi palpable.
–Incluso eso, dulzura–. Todos rieron.
Josephine les mostró el camerino y el detrás del escenario. Zachary estaba encantado por la cantidad de tecnología que se usaba para generar las luces y desencadenar de manera completa la voz de la Señorita Twister. Revisó cada componente, cada computadora y cada lámpara iluminadora. Parecía un niño en dulcería, pensaba la Señorita mientras hablaba con Jess. Es lindo, ahora sé por qué le gusta tanto a mi muñequita.
Después revisaron el vestuario que tenía que usar Josephine, los pequeños y apretadísimos vestidos que tenía que usar. Caramba, pensó su pequeño angelita, mantenerse en forma para entrar en estos vestidos; aunque no se le nota ahora porque trae bata. Jess no podía decidir si se sentía preocupada por Josephine o envía por mantenerse en forma para hacer cambios cada 15 minutos, con vestidos que parecían más pequeños cada vez que los veías.
Jess con cara de diablilla y sonrisa de niña empezó a buscar algo entre los vestidos y los tacones de más de 20 centímetros. Zachary, que estaba hablando con Josephine no le prestó atención. Pero un pequeño sentimiento muy familiar le llego al pecho a la Señorita Twister. Ella vio confundida lo que sea que estaba buscando Jess, hasta que por fin le preguntó.
– ¿Qué busca la pequeña duendecilla? – dijo con tono juguetón la antigua niñera, recordando los días que se la pasaban inventando historias, riendo por pequeñeces y compartiendo aventuras en la pequeña habitación de Jess.
Jess la vio y la Señorita recordó cuando estaban buscando al ratón de los dientes, la primera vez que a su muñequita se le cayó el primer diente. Jess seguía buscando y Josephine recordó cuando aquella niña con coletas color marrón y ojos verdes, perdió su lápiz favorito. Jess se levantó con aire de decepción y dijo:
–Pues no lo encontré–, y se sacudió el vestido –. Creo que sabes esconder muy bien la vaselina para entrar en estos vestidos– Sonrió y le pellizco una parte del abdomen–, porque la Chepina que conozco adora el chocolate y la pizza.
Josephine indignada la tomó por el cuello y, entre risas, empezó a hacerle una llave de lucha.
– ¿¡Cómo te atreves a hacerme algo así?! – Ambas reían y Zachary tenía una rara sonrisa de alegría, pero mantenía sus manos donde podía defender a Jess –, sobre todo en frente de un fan ¡Eres de lo peor!
Cayeron entre la utilería y zapatos regados por la misma, riendo. Zachary por un momento pensó en levantar a Jess en el instante que cayó al suelo, pero entonces no sólo observó a un par de amigas riendo, reconoció el amor que se tenían entre ellas. Vio como si dos pequeñas niñas compartieran un chicle masticado; o que una odiara automáticamente a otra persona por el simple hecho que la otra también lo odiaba. Ay si, también lo odio, se imaginó Zach, es bien sabe cómo.
Ambas se vieron a los ojos, en ese momento la flecha de nostalgia y cariño se le clavó en el pecho a Josephine y la invadió por completo. No lo dio a notar, ya que Zachary y Jess pensaron que las lágrimas que se le escapaban de las amatistas que son sus ojos eran de alegría. El pequeño nudo que le quebró la voz por un instante, se lo tragó y los convenció que sólo estaba cansada del concierto, nada importante.
Josephine convenció a sus dos acompañantes a que se tomaran una copa en la casa rentada por la agencia. Jamás fue muy fan de las casas móviles y consiguió un trato bastante bueno por aquella casa.
– ¿La compró? – Dijo Zachary.
–No, guapo– dijo inmediatamente Josephine–, es mía. Y no me hables de usted, dulzura. Soy La Señorita Twister, no la Señora Tornado. Deja las formalidades de lado, guapo.
Era enorme. Les dio un pequeño recorrido. Justo en la entrada se podía ver la enorme sala que tenía, las paredes eran blancas y los cuadros denotaban café y rojo. Tenía arte contemporáneo como esculturas alrededor de cada sillón. La cocina también era blanca y relucía de limpia. Jamás la ha de usar, pensó Zachary, ¿quién necesita algo así cuando se le concede todo lo que quiere?, al contrario de Jess. Ella sabía que Josephine era una chef amateur casi impecable, era su segunda pasión y casi decide apostar por ella en lugar de una carrera en la música. El patio estaba lleno de pasto verde y se escuchaba una fauna innumerable de insectos. Decidieron visitar esa parte de la casa otro día.
Jess estaba intrigada, vio un par de luciérnagas en el jardín. Cuando trató de ver más allá, vio un par de luces color verde canario, parpadeantes, sintió como si la observaran. Y al instante que ella pestañeó, desapareció ese par de luces.
–Vengan, preciosos– dijo Josephine mientras Jess estaba distraída en el jardín –, arriba es donde está el bar.
Cada peldaño de las escaleras era una simple tabla de madera sostenidas por una viga de acero. El pasamano también era una simple y lisa tabla, limpia y brillante café, que levitaba en el aire.
El cuarto donde estaba el bar tenía las paredes cafés y pequeños detallados lineales rojos y naranjas, era casi tan grande como la sala. No tenía muebles, ya que el piso estaba acolchado con una suave manta gruesa con cuadros dibujados, uno dentro de otro, intercalando los colores naranja y café.
Jess amablemente pidió que se quitaran los zapatos y escogieran el pedazo de piso que más les gustara.
–Yo me encargo de las bebidas, nenes –dijo divertida, la Señorita Twister–. Saben, cuando inicié en mi intrincada carrera de popularidad y paparazis, empecé como barista en un lugar.
Dijo mientras se acercaba a las botellas y sacaba vasos anchos y redondos de cristal
–Dijeron que era demasiado torpe para ser camarera, pero demasiado linda e inteligente para dejarme ir. Así que me dejaron encargada del bar. Ahí es donde conocí a mi agente y al director de mi primer disco.
Empezó a llenar de hielos los vasos.
–De haber sido camarera, guapuras, sólo hubieran tratado de regalarme tragos para conseguir una noche de travesuras –Jess tenía acurrucada la cabeza de Zachary en sus muslos y ella le masajeaba los lóbulos de las orejas.
–Supongo lo intentaron, ¿o me equivoco? –Dijo Jess, leyendo los pensamientos de su interlocutora.
–Creo que la conoces demasiado bien, Jess –dijo Zachary siguiéndole el juego. Ambos se sonrieron, cómplices de esa pequeña travesura. Josephine también sonrió y se sonrojó un poco mientras terminaba las bebidas. Era whisky con ginger ale. Bebida para damas, pensó Zachary. –Creo que soy demasiado transparente con la pequeña diablilla –se acercó a entregarles los tragos–. Pero tienen razón, aunque los cautive con mi labia y confianza.
Zachary tuvo que levantarse para tomar la bebida.
Eran casi las 5 de la mañana cuando terminaron de hablar entre ellas. Zachary había caído en manos de Morfeo desde que terminó el primer vaso de whisky, estaba dormido en las piernas de Jess.
– Ustedes hacen una dulce y tierna pareja, ¡Dios! –Dijo Josephine algo ebria–. Me hacen recordar a mi primer novio, lo tierno que era y lo romántico que fue en la prepa. Lo recuerdas, ¿no?
Jess le sonreía un poco soñolienta.
– ¿Cuál era su nombre? –Se recostó súbitamente en el piso acolchado entre risas–. Samuel… Sa… Sa…
–Santiago –dijo Jess finalmente.
– Ése imbécil –dijo con amargura que se escondía entre la nostalgia de sus recuerdos –. Me cautivó con cartas de amor, poemas anónimos y flores baratas, para que terminara engañándome con una maestra.
–Seguramente ahora está terriblemente arrepentido –dijo Jess entre risas.
–Espero –dijo molesta–. Amor, creo que ya es demasiado tarde. Quédense.
Josephine le entrego un par de llaves con un muñequito que hacía el símbolo de paz.
–Es una copia, yo tengo otras –se veía demasiado sería como para que Jess las rechazara–. Tómalo como un regalo de estos últimos años que no he estado.
En la tarde de ese mismo día, la Señorita Twister tenía que atender una junta ejecutiva para discutir los futuros planes para la gira mundial. Zachary seguía dormido en la cama de invitados. Jess tenía que atender unos asuntos con su editor sobre los detalles de su futuro libro en un café cerca del centro de la ciudad. Le dejó un pequeño mensaje a su pareja, diciéndole que podría encontrarla en su casa después de las 7 de la noche y se mantendría en contacto con él mediante mensajes de texto. No tuvo mucho tiempo de arreglarse, eran cerca de las 4 de la tarde y debía ver a su asesor dentro de 30 minutos. Cepilló rápidamente su cabello largo café ondulado, y se lavó la cara en menos de 5 minutos. Tomó su bolso, se maquilló rápidamente y salió disparada de ahí. Para su suerte, Josephine no tardaría más de 15 minutos a llegar donde se dirigía, ya que Josephine le dejó como último regalo un chofer a su disposición. Aquel chofer tenía ojos rojos, cara muy fina y una sonrisa amable.
–Buenas tardes, Señorita Jett –se presentó aquel hombre, mientras se quitaba la gorra como signo de cortesía–, estaré a su servicio hoy –hizo una pequeña reverencia–. Soy Iván Kilmister, pero usted me puede llamar Iván –le tomó la mano y le beso en dorso de ésta–, encantado de conocerla al fin.
Jess se quedó petrificada, no supo que decir. Rió nerviosa y por fin dijo:
–Sí, un gusto también. –Dijo Jess un poco incómoda por la forma tan peculiar de actuar de aquel hombre.
Subió a aquel carro BMW negro brillante. Llevaba un vestido rosa claro, con una falda holgada y tema de flores en éste; la bolsa café también detallada con tema floral complementaba su conjunto. Llevaba su largo y denso cabello ondulado castaño con un chongo que dejaba denotar su rostro fino y redondo, con aquellos ojos color miel que tanto le gustaban a Zach. Jess no pudo evitar notar que aquel chofer la observaba tal vez un poco más que al camino, pero no se molestó en decir nada. A veces es bueno dejar a los hombres ver lo que jamás pueden tener.
–Dígame, señorita –empezó a decir Iván después de unos minutos de silencio total–, ¿la señorita Josephine es tan amable como usted?
– ¿A qué se refiere? –Dijo Jess aún más confundida–, apenas nos conocemos y cree que soy más amable que su jefa. No me haga reír.
–Oh, por favor no me malentienda –Iván sintió cómo Jess estaba un poco a la defensiva. Después de todo, le dijeron que era la "hermanita" de su jefa–. Usted y ella tienen un "aura" totalmente diferente, ¿sabe a lo que me refiero?
Terminó diciendo con una sonrisa y un brillo en los ojos tan perfectos, que parecían sacados de película barata. Jess se sonrojó un poco por aquel gesto. Aun así respondió con un tono serio bastante neutro.
–Pues sí, supongo –dijo mientras se reacomodaba el cabello–. Siempre ha tenido una mala suerte para las primeras impresiones, debes conocerla bien para saber lo especial que es. Aunque dudo mucho que a su staff le dé mucho espacio para conocerla.
Iván rió antes de contestar. Su estúpida sonrisa parecía cada vez más encantadora. Jess no pudo evitar sonreír un poco. Tenía una risa contagiosa, llena de sinceridad y galantería.
–Lo digo en serio –dio una vuelta en dirección al centro–, ella ya me habría pedido que me calle. Supongo que tiene demasiadas cosas de 'superestrella' en la mente. Y un mortal como yo nunca entenderá eso.
– ¿En serio? –Dijo un poco preocupada–. Le diré que también puede tener una relación sana con sus compañeros de trabajo, nadie es menos que nadie.
–Gracias, todos estaríamos eternamente agradecidos– La vio por el retrovisor y le regaló una de esas sonrisas tan elegantes. Ella no se pudo resistir, se sonrojó un poco y le devolvió la sonrisa; acto seguido, bajo la mirada abochornada.
¿Por qué hizo eso?, pensaba la joven universitaria, es apenas un desconocido y se está comportando como una colegiala frente a él. ¿Y defenderlo de Josephine?, ella es una profesional, Jess está segura que Josephine jamás haría algo así. ¿O se equivocaba?, hace años que no sabe de su niñera, a lo mejor la fama sí la cambió y se desquita con sus amables ayudantes, como aquel chofer tan lindo. No, no, debe estar loca. Él no es lindo, aunque, ¿por qué se sonrojaría Jess?
Llegaron casi de inmediato al café donde Jess tendría su cita. Iván detuvo el carro y le abrió la puerta a Jess. Estaban de frente, Jess aún un poco sonrojada sonrió; él le ofreció la mano para bajarla. Se sentía un poco intimidada, pero quería tomarle la mano. Él le sonrió una vez más y Jess sentía como su pecho daba tumbos más y más fuertes. ¿Qué le estaba pasando?
–Bueno, señorita, la esperaré aquí el tiempo que sea necesario– dijo Iván al tiempo que ella se bajaba y acomodaba su vestido.
Jess sintió que era demasiado desperdicio venir a un café sin tomarse por lo menos un té de manzanilla.
– ¿Por qué no entras y me haces compañía mientras llega mi editor? –lo dijo sin pensar.
–Ha decir verdad me encantaría un cappuccino con una de esas donas glaseadas. Se acaba de ganar una cita con el chofer más lindo de la redonda –dijo orgulloso mientras se acomodaba el corbatín y su gorra–. O por lo menos dentro de esa tienda.
Ambos entraron y se sentaron en una mesa con tres sillas. Jess pidió un café exprés, tenía un poco de resaca y pensó que eso podría ayudar a despertar mejor para después; le acompaño con una rebanada pequeña de panque de ciruelas integral. Iván pidió el cappuccino y la dona que tanto quería.
–Era cierto lo que decía la señorita sobre usted –dijo después de que su orden llego a la mesa.
El mesero puso un pequeño bote de azúcar y otro de crema en el centro de la mesa.
– ¿Ah sí? –Dijo mientras olía el delicioso café–, ¿qué decía sobre mí?
–Que era un ángel con sonrisa pícara y ojos tan profundos e hipnóticos como una laguna profunda y clara –dijo Iván mientras la veía directamente a los ojos. No se inmutaba o parpadeaba. Cada palabra parecía dibujada por un pincel, delicada y fina, trazada exclusivamente para Jess, para nadie más.
En ese mismo instante, Jess quería alcanzar la cuchara para endulzar su café. Sus manos se encontraron en el borde del bote. Ella se sonrojó aún más.
¿Qué estaba pasando? Ella no entendía nada. Iván parecía un hombre que solo en sus más profundas fantasía pudo haber conocido. Aunque apenas sabía quién era, le parecía tan autentico, tan amable y cautivador.
Él le sostuvo la mano por un momento. Ella no se resistió. Pero debía hacerlo, por Zach, por su relación, por los años de felicidad que había compartido con su amor de universidad. Pero sentía algo en su pecho, su mano era tan cálida, tan fuerte y gentil al mismo tiempo. No la lastimaba, parecía un susurro, una promesa a la felicidad, un secreto a un nuevo amor, a una escapatoria. Poco a poco ellos se acercaban, sus labios parecían estar hechos para ser besados por ella, su mano parecía estar hecha para que él sostuviera la de ella, sus ojos, Jess sólo quería ser mirada por esos ojos.
Un mesero torpe la regreso a la realidad. Accidentalmente aquel mesero le derramó un café de vainilla sobre Iván. Jess regreso en sí, como si hubiera salido de algún trance. Parpadeó por un momento, el café donde estaba desapareció por un momento y se vio en su habitación. Volvió a parpadear y regresó al café.
El mesero no tenía una mueca de arrepentimiento, no dijo nada. Como robot automáticamente limpió lo que había derramado. Vio a Jess a los ojos, el mesero destello una luz rosa de sus ojos y con sus labios trató de decir algo, pero a pesar de la cercanía, Jess no pudo escuchar nada.
–Estos niños y sus lugares "de onda" –dijo una voz ronca y con tono de amargura–. Esto es lo que se ganan por andar coqueteando en hora de trabajo.
– ¡Salvador!
El editor de Jess era un hombre que tenía casi 60 años. Aún fornido y saludable, aunque su cabellera deseaba mucho que desear, iba por el nombre de Salvador Bermúdez. Llevaba un traje elegante gris y una corbata azul que le hacía juego. Llevaba una pipa prendida en mano, aunque le pidieron amablemente que la apagara desde el momento que entro. No hizo caso.
–Si estoy interrumpiendo algo, podremos tratar estos asuntos después, señorita– dijo mientras fumaba un poco de su pipa–. Por favor, no me haga perder tiempo.
–No, por favor, quédese –respondió demasiado nerviosa Jess–. Él es un conocido.
Bermúdez levantó la ceja inquisitivamente. Jess sabía que la escena parecía cualquier cosa, excepto la de dos personas que se acaban de conocer.
–Bueno, como sea, a decir verdad, sólo necesito que se lleve estos papeles –Bermúdez le entregó un folder de piel con el sello de la editorial en la portada–. Revíselos, es para aprobar la distribución de su libro. Cosas legales. Cualquier cosa que no le agrade, será tratada conmigo y su abogado, ¿estamos claros?
Jess asintió. Se sintió de vuelta en primaria, apenada después de ser atrapada en una travesura y respondiendo tontamente a cualquier pregunta del profesor con un sí o un no.
De vuelta al automóvil, Jess revisó su celular: Dos mensajes de Zachary. No los revisó. Iba demasiado apenada para responderle o para mirar otra vez al chofer a los ojos. O a cualquiera.
–Disculpe por lo que pasó en la cafetería –dijo rompiendo el silencio–. No pude actuar como un profesional y me dejé llevar por el momento.
Jess no dijo nada, lo dejó hablar.
–Al parecer he estado pasando demasiado tiempo con la señorita Josephine.
– ¿Por qué lo dice? –dijo Jess mientras se mordía un labio.
–Porque olvidé lo que una autentica belleza es. Así como usted.
Esos ojos hipnóticos, atacaron otra vez a Jess. Se quedó inmóvil, muda. No sabía que responder. Pero su cuerpo se lo pedía a gritos. Su pecho casi explotaba de emoción, su estómago se perdió en un vértigo de excitación y sus mejillas quemaban por atracción. Ambos estaban pedidos.
Hasta que el automóvil se topó abruptamente contra algo que rompió el parabrisas. Iván rompió su personaje por un momento y molesto, sumió los frenos con todo el odio que pudo. Ambos bajaron, era una persona.
– ¡Dios santo! –Gritó aterrada Jess– ¿Qué estabas pensando?
Iván no pudo responder nada. Sus ojos, por un momento, se volvieron más rojo de lo normal. Pero Jess no lo notó.
Aquella persona arrollada por el automóvil no parecía mostrar ningún sentimiento. Nada de dolor, nada de temor, nada de nada. Sus ojos reflejaban un azul celeste casi falso. Jess lo revisó, pensó que ya lo había visto en la cafetería. Parecía casi la misma persona. Como por arte de magia una ambulancia apareció desde la esquina más cerca del boulevard, Iván sonrió al verla, como si un peso de encima se le quitara.
– ¡Qué suerte!, ¿no crees? –La ayudó a levantar, para que diera paso a los enfermeros.
–Sí, demasiada –Jess se cuestionaba cada vez más qué era lo que estaba pasando aquel día tan loco. Primero Josephine le regala una casa, luego se vuelve loca por una persona que acaba de conocer, su editor la trata extremadamente amable y acaba con su cita rápidamente y luego esto… ¿Qué carajo estaba pasando?
Cuando los paramédicos bajaron, Jess no pudo evitar ver el collar de uno que resplandecía con un aura ámbar. Lo vio a los ojos, parecía hermano gemelo del camarero, de la persona arrollada, pero cada uno de ellos emitía un color diferente, ¿por qué? Mientras subían a la camilla al transeúnte, él trató de decirle algo a Jess, no lo escucho. Mientras otro le pedía la información a Iván, voltio a verlo un momento, él le sonrió y la saludo; no sabe por qué o cómo, pero Jess se volvió a sonrojar y lo saludo alegremente. Cuando regreso la mirada a la víctima, un paramédico estaba cerrando la ambulancia, el otro que parecía trillizo del camarero se acercó a ella y la abofeteó fuertemente. Tanto que cayó al suelo, pero no le dolía la mejilla. Sabía que la habían golpeado, sabía que tenía que dolerle pero aun así no lo hacía. Sólo aparecían más dudas al pasar el tiempo.
Casi inconsciente en el piso, volvió a parpadear, al igual que en la cafetería, ya no estaba en un boulevard, no veía a ninguna ambulancia y tampoco vestía aquel lindo conjunto floral. Estaba en pijama en su habitación aun oscura y rodeada por sabanas. Parpadeó por segunda vez, regreso al boulevard mientras Iván la sostenía entre sus brazos. Sólo había 2 paramédicos en lugar de 3.
–Regrésame con Zach –le exigió a Iván tumbada en el piso, mientras trataba de aparentar calma.
Jess le dio direcciones a casa de Zach, tenía que asegurar que aún estaba ahí. Un terrible presentimiento se apoderó de ella. Por alguna razón no podía recordar mucho de aquella semana, sólo estos dos últimos días. El concierto y lo que parecía ser hoy. La noche que Zach le entregó los boletos apenas veía sombras mal formadas de ello. Iván no se veía nada tranquilo, su pose galante y aura calmada se habían esfumado. Jess, sin ayuda de nadie, volvió a parpadear y se vio envuelta en sus sabanas de un sudor frío. Por un instante vio como la observaba alguien, dentro de su habitación. Una sombra, alguien conocido…
El auto se frenó de golpe, Jess estaba tensa sobre el asiento, no se podía mover. Iván bajó a revisarla. Ella no podía respirar, sus ojos se pusieron en blanco. Iván se acercó, no sabía qué hacer, no había ambulancias milagrosas en la cercanía. Sonrió, pero no fue galante, no fue de amabilidad, fue como un diablo esperando aquel momento para actuar. Jess estaba aterrada, no podía ni parpadear. Todo lo que había sentido por aquel chofer se había esfumado como un dibujo hecho de humo. Él se acercó, se humedeció los labios, en el pecho de Jess ya no había excitación o emoción, sólo un terrible y espantoso presentimiento. Pero mientras más se acercaba aquel hombre, el temor se volvía en coraje, en enojo. Los labios estaban a milímetros de distancia, el remolino de emociones se confundía más, temor, coraje, confusión, excitación, amor, tristeza y, al final, valor. Desde su pecho 9 pequeñas criaturas con colores diferentes salieron desde lo más profundo del ser de Jess. Nueve y hermosas criaturas que necesitaba Jess a su lado, alejaron y le cerraron la boca a Iván.
Jess se levantó de su trance. Estaba en su habitación, rodeada por aquellos acompañantes tan valientes, acostada y empapada en sudor. Aquella sombra en la habitación de Jess, ella sabía quién era. El acosador de la biblioteca, el hombre encapuchado, el asesino de Zachary.
–Maldita niña estúpida –dijo Killmister mientras se limpiaba la sangre de su boca–. Todo iba de acuerdo al plan, pero tus estúpidas cosas tenían que intervenir –el tono amargo y mordaz con que escupía cada palabra iban más de acuerdo a él que aquella falsa careta de galán que usó.
–Tu stand, usa ilusiones –dijo agitada Jess, apenas respirando.
–Niña lista. Te habría quitado del camino con un solo beso. Te habrías quedado en ese sueño para siempre y tu… Tus stands habrían sido míos. Al parecer son más fuertes de lo que creía.
–Cuánta razón tienes –dije fríamente. Calculando cada movimiento de Iván.
Azul, el más rápido de los nueve, salió volando al pecho de Iván. Rosa le acompañaba. Cada uno con diferentes poderes, pero Jess apenas conocía el de 3: Azul, Rosa y Negro. Rosa es el más útil, ya que Azul sólo es veloz y negro es pura fuerza bruta. Rosa puede transportar cosas a dónde ella quisiera, pero después de usarlo, Rosa dormiría por 12 horas. Ambos espectros enanos cargaron contra Iván, Rosa estaba a punto de actuar cuando Iván presentó resistencia. Su stand se manifestó un ser de oro brillante predominado por el negro apareció para detener el golpe de Rosa. Tenía 3 cabezas cada una tenía una esfera en la frente; una de un chacal con una esfera dorada, la segunda de un conejo con una esfera azul en la frente y la tercera de una marioneta con una esfera roja. Azul y Rosa retrocedieron, Negro estaba listo a las órdenes de Jess, pero ella no sabía qué hacer. Los otros seis, Amarillo, Naranja, Blanco, Verde, Magenta y Morado, rodearon a Jess para protegerla.
–Sólo sabes usar a 3, ¿eh? –Dijo con una mueca de diversión–. Eso es una ventaja abrumante para mí.
Naranja se movilizó tapando los ojos de Jess, Rosa la abrazó, Amarillo se puso justo en medio de Jess e Iván, Blanco se estiró como una enorme sabana y atrapó a todos sus hermanos, Magenta tomó del pie a Amarillo. Actuaron demasiado rápido, Iván no tuvo tiempo de reaccionar. Amarillo liberó un enorme y destellante haz de luz. Iván sintió que sus pupilas le quemaban. Jess ya no estaba en la habitación.
La estación de policía en aquellas horas de la noche no está ocupada por nadie. Un pequeño visitante de no más de uno 1.60 metros estaba en frente, revisando su reloj. Había llegado mucho más temprano de lo previsto, eran cerca de las 5 de la madrugada, pero aún no abría la oficina del capitán. Uno de los subordinados le entregó un café y un pan para pasar el tiempo. Al mismo tiempo, una gran ráfaga de aire hizo que se tirará el café del pequeño visitante. Jess apareció en pijama, rodeada de sus stands frente a él.
– ¿Dónde está el capitán? –dijo alterada y aún miedosa.
El policía con el café no pudo decir nada. El pequeño, sin embargo, calmadamente limpió el café derramado de su saco y se acercó a ella.
–Aún no ha llegado, pero tendrá que esperar a que me atienda primero, hay fila –la ayudó a levantarse–. ¿Por qué no me dice cómo se llama?
–Es la señorita del caso que están investigando el sargento y el capitán, Señor Hirose, Jessica Jett –dijo el oficial con una mirada al vacío y expresión de terror.
–Encantado de conocerla –dijo mientras le sacudía la mano a Jess. Sonreía aquel hombre como si fuera un niño de 13 años, apenas aparentaba su edad–, mi nombre es Koichi Hirose y seré el tercer investigador en su caso.
–Sé quién es el asesino.
