Capítulo 11
Cisco caminó despacio por los corredores vacíos de la escuela, asegurándose de no pisar los trozos de vidrio roto en el suelo para no alertar a Limestone de su presencia, alistando el arma de cianobacteria contra su pecho, cargada y lista para disparar en cualquier momento.
El comunicador en su oído estaba encendido, manteniéndolo en contacto con Caitlin en los Laboratorios y con Harry y Barry —puso los ojos en blanco: sólo les faltaba un «Larry» para completar ese Eje— en la camioneta fuera de la escuela, así que sabía que Flash estaba fuera de servicio momentáneamente gracias a sus huesos rotos. El peso de la misión había caído en sus hombros… y se sentía asombroso, pero, claro, no debía dejarse llevar por la emoción y olvidar que había cientos de vidas en peligro, incluyendo la suya, si no era lo suficientemente cuidadoso.
Limestone andaba por la escuela dejando un rastro de caos a su paso. Una hilera de casilleros pegada a la pared estaba aplastada, con algunas puertas abiertas, desparramando el contenido de su interior en el suelo —algunos niños estarían bastante tristes: Cisco, desde su posición, podía ver un estuche de maquillaje arruinado y un Game Boy hecho pedazos. Eso le dolió incluso a él—, las mamparas sobre su cabeza se habían salido de sus gavetas y las luces de algunas parpadeaban mientras los cables de otras colgaban peligrosamente cerca del suelo, soltando chispas. Se mantuvo al pendiente de esas, caminando lo más lejos posible de ellas.
—Cisco, ¿me escuchas? —preguntó Joe por el comunicador.
—Fuerte y claro, señor —respondió, susurrando para no arriesgarse a que Limestone lo oyera. Asomó la cabeza por el borde de un corredor y, al comprobar que el área estaba despejada (pero en iguales condiciones de destrucción que el pasillo en el que se encontraba), siguió avanzando—. ¿Cómo está Flash?
Joe suspiró.
—Fractura de clavícula, peroné y posible esguince cervical. Wells dice que pasará un tiempo antes de que pueda ponerse de pie de nuevo. Escuchar eso no le hizo mucha gracia —explicó el oficial. Cisco pudo oír a Barry protestando por debajo de la voz de Joe, a Harry respondiéndole con un gruñido que ocultaba una palabrota. Rió con la nariz.
—Me imagino —comentó, sin dejar de caminar.
— ¿Puedes hacerte cargo del meta sin ayuda? —inquirió Joe.
—Daré lo mejor de mí —respondió Cisco con seriedad. Las vibraciones de los pasos de Limestone se volvían cada vez más cercanas, por lo que supuso que estaba alcanzando su epicentro.
—El capitán Singh y un escuadrón lograron entrar al edificio por la puerta trasera. Están evacuando a los niños del auditorio poco a poco. Necesitas comprarles tiempo, Cisco, evitar que el meta-humano se acerque a ellos.
Cisco respiró profundo.
—Lo sé. Lo haré —le aseguró a Joe, confiando en sus palabras. El ruido hecho por el meta-humano cada vez sonaba más cerca, por lo que Cisco estaba seguro de que estaba por encontrarlo. Debía ser cuidadoso al enfrentarlo, sobre todo porque cientos de niños dependían de sus acciones y las consecuencias que éstas tendrían—. Dile a Flash que se recupere rápido, ¿sí? Entiendes, chiste de velocistas.
Joe soltó una corta risita exasperada en su oído, después de eso, silencio; la invitación para que siguiera con su trabajo sin perturbaciones.
Cisco se llenó los pulmones de aire, deslizó el dedo por la palanca de potencia del arma de cianobacteria, elevándolo a su máxima potencia, y siguió caminando por los corredores destruidos, persiguiendo a Limestone.
Encontró a la mole de roca en uno de los salones al final del corredor, destrozando las mesas de los estudiantes con los puños, aunque, desde donde estaba parado, Cisco tenía la vaga impresión de que esa no era su intención; lucía, más bien, como si estuviera buscando algo. Puso los ojos en blanco y levantó el arma, colocando un dedo en el gatillo y apuntando el cañón a la espalda de Limestone. Sí, los meta-humanos siempre buscaban algo y, generalmente, se trataba de problemas.
Miró por encima del hombro, asegurándose de que la puerta estuviera despejada —palomita— y a su alcance —segunda palomita— para poder escapar con facilidad en caso de que las cosas salieran mal, ya que él no podía atravesar paredes y objetos sólidos como Flash.
—De acuerdo, Limestone —dijo con voz fuerte y segura, aunque un ligero temblor sombreaba las sílabas. El meta-humano dejó de moverse, aunque uno de sus puños de piedra se cerró con fuerza en el respaldo de una silla, abollando el metal—, llegó tu hora —sentenció Cisco, sintiendo un ligero burbujeo de emoción en la boca del estómago.
Siempre había querido decir algo así y por fin había cumplido su deseo. Pero quizá había sido un mal momento, porque su elección de palabras, aparentemente, hizo enojar al meta-humano, que sujetó con más fuerza el respaldo de la silla y, sin darle tiempo de disparar el arma, dio media vuelta y la arrojó en su dirección. Cisco soltó el arma de cianobacteria por reflejo y se arrojó al suelo, cayendo por el hueco de la puerta a los escombros del pasillo.
Gruñó de dolor cuando su codo impactó contra el suelo, deteniendo su caída. Se permitió un instante para cerrar los ojos fuertemente y quejarse, sujetando su brazo magullado contra su cuerpo y maldiciendo entre dientes, luego, se ordenó concentrarse en la situación. Había hecho lo que se suponía no debía hacer, una única opción que de pronto se había ramificado en tres cosas:
1.- No atraer la atención de Limestone hacia su persona.
2.- No hacerlo enojar.
3.- No perder su arma.
Y, como todo eso había ocurrido, podía darse por perdido, porque Flash, la única persona que podría ayudarlo en ese momento, estaba en la camioneta de Laboratorios STAR con dos huesos rotos y una lesión cervical que lo haría moverse con la coordinación de un ganso hasta que sus células meta-humanas lograran sanarlo.
Cisco sabía que podrían pasar horas antes de eso. Estaba perdido. Perdido. Perdido.
Limestone, en el interior del salón de clases, comenzó a moverse. Afortunadamente, el increíble peso de su cuerpo le restaba puntos a su agilidad, así que su andar era lento. Cisco se arrastró de espaldas por el suelo hasta poner una prudente distancia entre él y la puerta de la habitación e intentó ver en dónde había caído el arma de cianobacteria. Logró ubicarla justo debajo de la silla que Limestone le había arrojado. Puso los ojos en blanco, maldiciendo su suerte una vez más. ¿Lograría tomarla antes de que el meta-humano se acercara demasiado?
Valía la pena hacer el intento.
Ignoró el dolor en su codo —no era para tanto, enserio— y, reuniendo todas las fuerzas y el valor que le quedaban en el cuerpo, se puso de rodillas en el suelo y se lanzó hacia adelante, estirando el brazo sano con los dedos extendidos, listo para sujetar el arma. Apenas las yemas de sus dedos tocaron el metal de su preciosa creación, tiró de ella con las uñas, pero el peso de la silla le impidió moverla con rapidez.
La sombra de Limestone se cernió sobre él como si una nube se hubiera atravesado frente al sol. Una nube macabra, gigante y nada esponjosa. Cisco tragó saliva cuando vio al meta-humano levantando una pierna, haciendo ademán de dejarla caer con todo su peso sobre el arma de cianobacteria y, por añadidura, su mano. Tiró del aparato con todas sus fuerzas y logró arrastrarla, pero la silla siguió el movimiento de la pieza de metal, atascándose en la puerta. Cisco gimió, desesperado. Intentó usar su otra mano para quitar la silla y, en ese momento, Limestone comenzó a descender el pie, listo para hacerle daño.
Un impulso en su cerebro le dijo que apartara las manos ahora que tenía la oportunidad, pero otro, más terco que el primero, le dijo que no dejara su creación a merced de un meta. Cisco sabía que debía escuchar a su primer instinto, pero era un hombre necio y, mientras peleaba con las órdenes dentro de su cabeza, perdió la oportunidad de tomar la decisión correcta. Cerró los ojos y esperó sentir un dolor atroz —mientras se pateaba mentalmente por no hacerle caso a los buenos consejos de su cerebro y seguir sólo los malos—, pero lo único que sintió fueron un par de manos cerrándose en su torso y tirando de él con fuerza para hacerlo a un lado.
De un segundo a otro, se encontró tirado boca abajo en el extremo contrario del corredor, sus manos aún sujetando el arma de cianobacteria y sin la estúpida silla de por medio. Limestone estaba a sus espaldas, con el pie enterrado en las baldosas del suelo, donde segundos antes habían estado Cisco y el cañón. Flash se encontraba sentado a su lado, con la espalda apoyada en una hilera de casilleros que habían sobrevivido la ira de Limestone y respirando con dificultad.
Cisco le dedicó una sonrisa cómplice: el maldito se las había arreglado para llegar justo a tiempo. Eso era tener suerte.
—Nunca me había dado tanto gusto verte, amigo —dijo, jadeando.
Flash sonrió bajo su máscara, pero la mueca pronto se convirtió en un gesto de dolor.
—Estuvo cerca —confirmó, cerrando los ojos y tomando una profunda bocanada de aire.
— ¿Cómo están esas heridas? —preguntó Cisco, arrodillándose en el suelo y apoyando una mano en su rodilla para ponerse de pie.
A sus espaldas, Limestone había comenzado a moverse de nuevo; el suelo retumbaba con cada uno de sus pasos. Cisco se apresuró a revisar el cañón, asegurándose de que no hubiera sufrido daños irreparables. Todo estaba en orden.
—Curándose —respondió el superhéroe—. Detesto las fracturas.
—Estoy seguro de que nosotros, los seres humanos comunes, las odiamos más que tú —le aseguró Cisco, ofreciéndole la mano para ayudarlo a ponerse de pie. Barry la tomó, apoyando el peso de su cuerpo en su pierna sana para poder impulsarse hacia arriba. Una vez estuvo de pie, apoyó su espalda en los casilleros, incapaz de soportar estar parado sin ayuda durante mucho tiempo—. ¿Tenemos un plan? —preguntó Cisco, dando media vuelta para encarar a Limestone, de pie al otro lado del pasillo.
No era su típica batalla en contra de un meta-humano, en primera instancia, porque el villano de la historia había decidido atacar una escuela primaria llena de niños, algo que los otros meta-humanos, hasta el momento, habían tenido la decencia de no hacer. También porque Limestone no se adhería al estereotipo de metas a los que Flash solía enfrentar: según la información que Caitlin, Harry y él habían logrado reunir el día anterior, Limestone… Tyler Freeman, mejor dicho, era un hombre común y corriente —quizá demasiado común— que nunca en su vida había tenido problemas con la autoridad, a diferencia de otros maleantes.
Entonces, ¿por qué perder el control repentinamente?
Cisco sólo podía imaginar que su colapso se debió a la impresión de convertirse en un monstruo de piedra. No podía pensar en otra razón. Y, si ese era el caso, la destrucción a su alrededor perdía una pizca de malevolencia y ganaba una de mediocridad.
¿Qué es lo único que un hombre de familia puede esperar encontrar en una escuela primaria? Un hijo, ¿tal vez?
Cisco frunció los labios y dejó de apuntar al meta-humano con su arma, luego, pensó en lo que hubiera pasado si los estudiantes y los profesores no hubieran conseguido resguardarse del ataque en el auditorio y levantó el cañón otra vez. La desesperación no era un pretexto para arruinar las vidas de los demás.
Flash colocó una mano enguantada en el hombro de su amigo, haciendo un esfuerzo sobre — ¿meta? —humano para alejarse de la pared de casilleros a sus espaldas.
—Tenemos un plan —confirmó, aunque sin demasiado entusiasmo. Una gruesa capa de sudor cubría las partes de su cara que Cisco podía ver bajo la máscara.
A Caitlin no le haría mucha gracia la situación, dado que, cada vez que Barry se rompía algo —no era que les pasara seguido… sólo una o dos veces por mes— le ordenaba reposo inmediato.
Limestone se detuvo a mitad del pasillo, justo frente a ellos, destruyendo la pintura naranja de un muro al rozarla con sus anchos hombros. El extraño destello de sus ojos estaba fijo en ellos. Cisco tendría pesadillas durante meses, estaba seguro de eso.
Sujetó el cañón con más firmeza, pero, para su sorpresa, Barry colocó una mano sobre él, obligándolo a bajar el arma. Dio un tambaleante paso al frente, ante la mirada incrédula de Cisco.
—Tyler —dijo el hombre enmascarado con voz segura, plantándose frente al meta-humano como si éste fuera incapaz de hacerlo añicos con un simple golpe de su enorme mano—, sé que comenzamos con el pie izquierdo —Cisco puso los ojos en blanco: ¿cuántas cosas malas podrían evitarse si las personas no conocieran a otras de esa manera? Al menos Barry no hubiera terminado impactado contra el parabrisas de un auto—, pero creo que ahora entiendo tus motivos para estar aquí. Sé que no quieres lastimar a nadie y que estás buscando a tu hija. Nosotros podemos ayudarte.
Cisco quiso interrumpir a su amigo, advertirle que ponerse a dialogar con un meta no era una de sus mejores ideas, pero se mordió la lengua para no arruinar la situación: si Barry tenía algo, era el don del convencimiento. Si él creía que hablar con Limestone podía servir de algo, Cisco confiaría en él, pero aún así mantuvo el dedo fijo en el gatillo del cañón, listo para disparar en caso de ser necesario.
»—Mi equipo está intentando localizar a tu familia en estos momentos. Hace un año, tu esposa y tu hija se mudaron a Ciudad Costera. Te doy mi palabra de que pronto podrás reunirte con ellas —Limestone ladeó la cabeza, prestando verdadera atención a todo lo que Barry estaba diciendo. Dio dos pasos tentativos hacia adelante, haciendo retumbar el suelo bajo sus pies, y luego uno hacia atrás, como si se hubiera arrepentido de ceder. Cisco pasó saliva, nervioso—, sólo… confía en nosotros, Tyler, déjanos ayudarte.
Flash hizo una pausa. Cisco podía sentir su ritmo cardiaco en la cabeza y los oídos.
Limestone abrió la boca y un sonido ronco y atronador salió de su garganta, pero no pareció molesto como sus rugidos anteriores, sino dudoso.
Barry volvió a dar un paso al frente, apostándose justo delante de Cisco. A pesar de estar herido bajo el traje de polímero vulcanizado, Flash seguía siendo imponente ante sus adversarios. Cisco creyó que todo estaba en la actitud y Barry tenía mucho de eso cuando era necesario.
La mano enguantada de Flash se apostó sobre el cañón del arma que su amigo sostenía. Cisco se humedeció los labios con la punta de la lengua, dubitativo entre bajar el arma por completo o mantenerla arriba.
—Mis amigos de Laboratorios STAR crearon éste artefacto —explicó Flash, eligiendo la palabra más alejada de «pistola, escopeta, cañón» para describir la tecnología que Cisco tenía entre las manos, algo hábil, dado que no todos los meta-humanos aceptaban de buenas maneras el ser intimidados—. Contiene un concentrado de cianobacteria, algo que creemos puede ayudarnos a destrozar tu caparazón de roca sin causarte daño alguno —técnicamente, eso era cierto: Cisco le había disparado dos veces hasta el momento y apenas había conseguido abollar su espalda y colocar en ella una gran mancha de color verde-azulado… que, desde el momento del disparo hasta ahora, había aumentado de tamaño. Quizá sí tenían una oportunidad, después de todo—. Pero no la usaremos a menos que tengamos tu consentimiento, Tyler. Queremos ayudarte.
Cisco se contuvo nuevamente de poner los ojos en blanco. Negociar con un meta-humano era un acto completamente nuevo para el Equipo Flash y más valía que funcionara; no le gustaba la idea de que Barry hiciera promesas en su nombre que, quizá, después no podría cumplir. Parpadeó con lentitud y, mientras tanto, le suplicó al cielo que Limestone fuera lo suficientemente inteligente para tomar la decisión correcta. Había mucho en juego.
Limestone abrió la boca y otro rugido metálico salió de ella, ansioso y desesperado. Se tambaleó con todo su peso contra el muro de casilleros que tenía a su lado, destrozando el metal con el impacto de su hombro. Lucía derrotado. Cisco sintió lástima por él, pero también supo que habían ganado. Que Barry había logrado lo imposible otra vez y que con sus palabras había logrado atravesar la coraza de roca de Limestone con más facilidad que la cianobacteria.
El meta-humano se irguió de nuevo, dejando los brazos, tan gruesos como pilares, lánguidos y colgando a sus costados. Sus extraños ojos brillantes permanecieron fijos en ellos durante largo rato, consiguiendo que Cisco se sintiera incómodo. La mano de Barry, que seguía sobre la boca del arma de su amigo, se apartó del aparato con lentitud. Pasados unos segundos, Limestone hizo un movimiento con los brazos y Cisco tuvo la vaga impresión de que les estaba preguntando «¿Qué están esperando?».
Si todo salía bien, estaba seguro de que terminaría en terapia. Un hombre como él no podía soportar tanto estrés.
Respiró profundo e intercambió una mirada con Flash, que frunció los labios y asintió con la cabeza una sola vez. Cisco volvió a humedecerse la boca con la lengua y observó el marcador en el costado del arma, donde un señalador le indicaba que el artefacto estaba a su máxima potencia. Colocó el dedo en el gatillo, apostó la culata del cañón contra su hombro y apuntó a Limestone, que agachó la cabeza en actitud resignada, como si esperara que el disparo lo matara en vez de ayudarlo a volver a la normalidad.
Cisco se tragó una grosería: desde el arma congelante y el lanzallamas que los Renegados le hicieron el favor de robar, no había vuelto a crear un arma con cualidades mortíferas, gracias.
Flash dio un paso hacia un costado —el temblor de su cuerpo había disminuido—, dejándole las vías despejadas para disparar.
—Hazlo ahora, Cisco —dijo con total tranquilidad, manteniendo la mirada verde fija en el meta-humano que tenían enfrente.
Cisco se armó de valor y, con manos sudorosas gracias a la tensión del momento, tiró del gatillo. El arma escupió un rayo de luz verde azulada, tan potente que se vio obligado a cerrar los ojos para soportar el destello, cuya fuerza disminuyó lentamente hasta extinguirse por completo.
Cisco sintió a su amigo moviéndose a su lado, así que abrió los ojos y observó el panorama que tenía delante: Limestone se había doblado sobre sí mismo, tenía la boca abierta y respiraba con dificultad. Parecía al borde del colapso. Una gran mancha verde como la de su espalda se estaba expandiendo por su pecho a gran velocidad. Si entornaba los ojos, Cisco podía ver una hilera que se ramificaba en todas direcciones de cianobacteria oscura moviéndose por la roca, destruyéndola partícula por partícula, creando un camino directo a la piel humana y normal.
Barry se acercó renqueando al meta-humano cuando éste por fin se desplomó en el suelo, casi provocando que el superhéroe perdiera el equilibrio con las vibraciones que su peso indujo. Sin embargo, Barry consiguió llegar hasta él. Se empinó sobre su rostro distorsionado y ahora manchado de verde para verlo mejor.
—Está funcionando, Cisco —sentenció, seguro de sus palabras—. La cianobacteria está haciendo su trabajo.
Cisco, que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento, dejó salir una exhalación de entre sus labios, bajando por fin el arma. Había sido una experiencia excitante, pero no tenía ganas de repetirla: a partir de ese momento, le dejaría las experiencias heroicas a la persona que llevaba la máscara.
—No es una cura, Barry —le recordó, acercándose a Limestone también. Barry le rodeó los hombros con un brazo, buscando apoyo para su pierna rota—. Es un arreglo temporal, pero espero poder encontrar una solución que sirva para él y su familia. Es bueno salir de la rutina de vez en cuando y encontrarnos con un meta que en realidad no quería matarnos, sólo estaba dispuesto a destrozar toda una escuela para encontrar a su hija —ya no pudo contenerse de poner los ojos en blanco: era curioso que, pasada la adrenalina, ahora la situación le parecía sumamente tonta y mórbida.
Todo depende del cristal con que se mira, definitivamente.
En el suelo, ante los ojos de ambos hombres, la capa de roca que cubría el cuerpo de Tyler Freeman se hizo polvo, esparciéndose por el escombro que cubría el suelo y destellando en colores verdes y azules gracias a las luces titilantes del techo. Pudieron contemplar por fin el rostro del hombre al que habían investigado y perseguido el día anterior y que, sin su armadura natural, ahora lucía infinitamente vulnerable.
No todos los días se podía contemplar a un meta en su estado puro. Humanidad y temor transpirados por cada poro del cuerpo.
Barry suspiró.
—Últimamente he aprendido que hay personas capaces de hacer todo por sus hijos —dijo, dándole un peso tal a sus palabras que Cisco se vio obligado a fruncir el ceño—. Y cuando digo todo, me refiero a todo, amigo.
Cisco negó con la cabeza, tomado por sorpresa.
— ¿Hay algo de lo que quieras hablar conmigo, Barry? ¿Tienes un hijo secreto del que nadie ha oído hablar o estoy malinterpretando tus palabras? —preguntó, temiendo la respuesta. Barry era su mejor amigo, sabían todo el uno del otro y, de cierta manera, un hijo secreto le parecía inconcebible.
Pero, para su alivio, Barry rió.
—No se trata de eso, Cisco —dijo, volviendo a su habitual tono de voz ligero con una facilidad tan grande que, en él, resultaba preocupante: Barry era el tipo de persona que solía ocultar sus verdaderos sentimientos tras sonrisas y encogimientos de hombros—. Hay que llamar a Joe y Harry, decirles que todo se solucionó y que preparen la camioneta para trasladar a Freeman a Laboratorios STAR. Ahí podremos investigar si hay alguna manera de ayudarlo a controlar sus poderes. Espero que no sea necesario encerrarlo.
Cisco se mordió el labio inferior con aprehensión y dirigió la mirada nuevamente al hombre que descansaba en el suelo. El corazón le dio un vuelco en el pecho ante la sorpresiva imagen frente a él: todo rastro de Limestone había desaparecido de Tyler, que reposaba en el suelo con los ojos cerrados y el ceño fruncido, respirando con una dificultad que lo hizo preguntarse si no estaría sufriendo alguna especie de shock anafiláctico. Su piel aún tenía un anormal color cetrino que recordaba la tonalidad grisácea y desanimada de un acantilado profundo y Cisco sospechaba que, si le daba un puntapié, terminaría con un par de dedos rotos, pero al menos la apariencia de monstruo había desaparecido.
Con la punta del dedo índice, tocó el intercomunicador dentro de su oído, que produjo un sonido estático antes de marcar señal.
—Chicos, todo salió bien —anunció, sonriendo un poco ante sus palabras: podía sentir el estrés huyendo de su cuerpo como una nube de vapor—. Pueden venir a recogernos —. Pasado un instante, Harry respondió con un simple «de acuerdo». Cisco intercambió una mirada con Barry—. Ese hombre es tan seco —dijo, negando con la cabeza.
—Sabes que aún puedo escucharte, ¿cierto? —preguntó Harry en su oído.
Barry sonrió.
Harry, Joe y Cisco se las ingeniaron para sacar a Tyler Freeman de los corredores de la escuela y transportarlo a la camioneta sin causar alboroto frente a los oficiales de policía, profesores y padres de familia reunidos en los alrededores de la escuela.
Barry, caminando aún con dificultad debido a su pierna maltrecha, los siguió con pasos pausados, apoyándose con las manos en los muros de la escuela que sobrevivieron el ataque y, al llegar a la puerta principal, con su hilera de escalones de piedra, en el barandal, en el que logró descansar mejor el peso de su cuerpo.
Toda la conmoción humana tras el ataque del meta-humano se desarrollaba en los terrenos traseros de la escuela, donde los profesores intentaban poner orden al cuerpo estudiantil y asegurarse de que todos estuvieran presentes y a salvo mientras padres de familia luchaban por encontrar a sus hijos y periodistas, por obtener testimonios y entrevistas —de hecho, mientras bajaba los peldaños, Barry creyó distinguir la cabellera negra de Iris moviéndose entre la multitud. Sonrió, negando con la cabeza afectuosamente—.
Cuando por fin llegó al último peldaño de la escalera, se permitió un momento para cerrar los ojos y respirar profundo. Aunque todo había salido bien al final y ninguna persona había resultado herida de gravedad, sabía que Limestone tendría que pagar una sanción ante la comunidad, que no perdonaría fácilmente el hecho de que una escuela llena de niños inocentes hubiera sido atacada por un meta, aún cuando éste sólo pretendía encontrar a su hija. Esperaba de todo corazón poder encontrar una manera de ayudarlo, a controlar la mutación meta-humana y a reunirse con sus seres amados.
Mientras esperaba a que sus compañeros terminaran de instalar a Freeman en la camilla de la camioneta, Barry se sintió observado, por lo que abrió los ojos y giró el rostro hacia el costado. Puso los ojos como platos al encontrarse con la destellante mirada azul de Oliver proyectada en los ojos de William, que lo miraba desde el otro lado del patio, donde estaba sentado junto a Samantha y un niño pelirrojo en una barda baja.
El corazón comenzó a latirle con violencia en la garganta y su cerebro perdió el control en una hilera de pensamientos relacionados a cómo debía explicarle a Oliver que la escuela en la que su hijo estudiaba había sido atacada por un meta-humano, aunque, a esas alturas, sospechaba que el hombre ya debía estar al tanto e incluso debía encontrarse en camino a Ciudad Central —lo llamaría de todas formas para asegurarse: estaba seguro de que Oliver no le perdonaría enterarse por una fuente que no fuera él—.
William, quien parecía tener un rostro serio por default cada vez que se encontraba con Barry, descompuso su expresión en una pequeña sonrisa dividida entre emoción y cansancio. El héroe imaginó lo asustado que el niño debió haber estado durante el ataque, pero se sintió bien al verlo sonreír: la tormenta había pasado.
Levantó una mano para saludarlo. Las cejas de William se enarcaron con sorpresa y la sonrisa se ensanchó en sus labios; alzó la mano también y la agitó junto a su cara con fervor. Los ojos de una reportera que rondaba la escena captaron el movimiento de la mano de William y ella de inmediato buscó con la mirada a la persona a la que el niño estaba saludando; en el momento en el que descubrió que esa persona era Flash, su rostro se iluminó incluso más que el del niño e hizo ademán de caminar sobre el pasto para acercarse a él, grabadora en mano.
Barry, que nunca en su vida se había detenido a dar entrevistas —porque incluso Iris había tenido que convencerlo, casi suplicándole, de que fuera a aceptar la Llave de la Ciudad—, puso los ojos en blanco y, tras probar la resistencia de su pierna lastimada que ya estaba parcialmente curada gracias a los toscos cuidados de Harry, echó a correr hacia Laboratorios STAR.
El resto de su equipo ya tendría tiempo de alcanzarlo después. Ahora necesitaba descansar.
