―Yo ocuparé el sillón.
―No, yo ocuparé el sillón ―me contradijo la muy mocosa.
Y allí estábamos: en mi habitación, asesinando y maldiciéndonos con la mirada. Hace como diez minutos que comenzó la pelea sobre quién dormiría en mi habitación y quién dormiría en el sillón de la sala. Obviamente yo insistía en dormir en el sillón, pero la terca no me lo permitía.
―Es tu casa, por lo tanto, duermes en TU habitación.
―¿No ves que intento ser caballeroso?―Ella rodó los ojos tras escucharme―. Imagínate si fuese al revés y estuviésemos en tu casa. Tú querrías dormir en el sillón, dejándome la cama a mí. ¿O me equivoco?
―Por mí, dormirías en el patio ―dijo, cruzándose de brazos.
―Mocosa de mierda, si serás...
-―Mira, agradezco que quieras dejarme dormir en tu cama, pero no la necesito ―me interrumpió.
―Cierto. Los vampiros no duermen ―me había olvidado completamente de ese detalle.
-No... Bueno sí... O bueno no...
―A ver, decídete. ¿Sí o no? ―pregunté impaciente.
―El caso es que, yo, sí duermo. Al menos dos o tres horas.
―¿Y por qué no dijiste eso desde el principio? ―toqué el puente de mi nariz. La discusión no había servido para nada.
―¿Quién era el que estaba con el "intento ser caballeroso"? ―me hizo burla con su voz levemente aguda, de la misma manera en que Hanji lo hacía siempre.
Rápidamente, aprovechando que la mocosa no me estaba observando, le largué la almohada y la colcha que había sacado del armario hace unos minutos. Pero, para mí mala suerte, las atrapó como si nada. Odiaba que tuviera tan buenos reflejos.
―Muy lento, enano ―dijo con una sonrisa altanera.
―Vete al infierno, mocosa.
― ¿De dónde crees que proviene mi especie? ―siguió diciendo, burlona.
―Mira qué graciosa eres ―rodé los ojos y apagué la luz de mi habitación, haciendo que todo quedara en completa oscuridad―. Suerte en no llevarte los muebles puestos.
―Levi.
―¿Qué? ―dije, entrecerrando los ojos para poder divisarla, ya que no lograba ver un carajo.
―¿Si sabes que puedo ver en la oscuridad? ¿Cierto?
―¡Ya vete!
―Sí, sí, buenas noches para ti también ―largó una pequeña risa y luego escuché sus sigilosos pasos ir en dirección a la puerta, para finalmente cerrarla.
Me pegué a la pared, buscando entre tanteos el interruptor para encender la luz, hasta al fin encontrarlo. Una vez que pude divisar completamente la habitación, me dirigí de nuevo al armario en busca de una muda de ropa; necesitaba ducharme.
Revisé repetidas veces el closet, hasta que, finalmente, encontré mi pijama que consistía en un simple pantalón holgado de color negro. Lo saqué de un tirón, ocasionando que una caja cayera al piso junto con todo el contenido de adentro.
Mierda.
Me tomó unos momentos juntar todo el dinero que se había desparramado por el suelo. Ese dinero que me había costado meses conseguir con tal de ayudar a mi madre; ese dinero por el cual había trabajado como un desquiciado día y noche para así reunirlo; ese dinero que, al final, no me sirvió para una mierda.
―Tsk, maldición...
Volví a tirarlo todo al piso, enojado por los recuerdos que aparecieron en mi cabeza. Pero, luego de unos segundos, observando con horror el desastre que había hecho, lo junté y acomodé dentro de la caja rápidamente. No aguantaba ver algo fuera de su lugar; odiaba de sobremanera el desorden.
Suspiré frustrado. A fin de cuentas, ese dinero me ha estado manteniendo con vida estos últimos meses. Si no, no hubiera podido comprar el pasaje de Francia a Transilvania y no me encontraría viviendo en este departamento.
Aunque, viendo bien la cantidad que había, me di cuenta de que necesitaba comenzar a trabajar. No iba a poder mantenerme toda la vida con lo que tenía, ya que –como mucho– me quedaba dinero para un año y medio.
Guardé nuevamente la caja en su lugar, tomé el pantalón y el bóxer, y finalmente me dirigí al baño.
El agua caliente ayudó de sobremanera a calmarme. Cabe decir que las gotas cálidas cayendo sobre mi piel eran una de las sensaciones que más me gustaban. Dejé que estas golpearan mi rostro por unos cuantos minutos, como si con eso pudiera limpiar todos mis pensamientos recientes y volver a guardarlos muy dentro de mi memoria.
Aunque había cierta personita –que no es personita– de la que no podía sacar de mi cabeza. Y más con todo lo que había sucedido ese día.
Demonios.
Con nadie más que mi madre había sido tan abierto, tan cariñoso -si se puede decir-, y tan paciente. Pero es que, al verla tan quebrada y echándose la culpa de todo, me había ocasionado un nudo en el pecho y la absurda necesidad de protegerla.
Dejé de pensar en eso por el momento y me digné a salir de la ducha. Mañana necesitaba levantarme temprano, ya que había clases, y sólo me quedaban un par de horas para dormir; aunque esas cuantas horas me eran suficientes.
Una vez vestido y dentro de mi habitación, me metí a la cama y me tapé con la exagerada cantidad de colchas que tenía ésta, pues estaba congelándome.
.
Cuando desperté a la mañana siguiente, sentí algo frío tocarme el rostro o, más bien, acariciándome. Además,de frío, era suave y reconfortante; era una sensación que ya conocía y ese tacto nunca en mi vida iba a olvidarlo.
Mamá.
Abrí los ojos de golpe y, ansioso, volteé a todas partes buscándola, pero no había absolutamente nadie. La habitación estaba vacía.
¿Qué mierda había pasado? Estaba seguro de que esas eran las manos de mi madre, aunque era absurdamente imposible.
Me desconcerté un poco, ya que se sintió demasiado real, como si estuviera aún a mi lado.
Tsk. Estúpida imaginación.
Observé la hora en el reloj que se encontraba en la mesita de luz: 6:00 a.m. Bien, gracias estúpida imaginación por despertarme a la hora que necesitaba; hoy era día de limpieza antes de ir a clases. Bueno, todos los días era día de limpieza para mí.
Me levanté, busqué la ropa que usaría hoy día y volví a darme una ducha. Sí, otra vez. Era una manía que tenía desde pequeño el bañarme dos veces al día. Incluso había ocasiones donde lo hacía tres veces.
Ya listo, me quedé frente al espejo, observando mi reflejo por unos segundos. Lo primero que vi fueron esas ojeras que tenía bajo mis ojos. Las había obtenido aquella vez que trabajé día y noche sin parar. Y empeoraron cuando caí en depresión, logrando que el insomnio pudiera más conmigo. Entonces, como me había acostumbrado a casi no dormir, esas malditas manchas negras ya no se iban. Aunque, según lo que había escuchado de los murmullos de las chicas, me hacían ver más irresistible.
Lógica de las mujeres.
Mis ojos me devolvieron una mirada amargada. Eran de un color azul muy peculiar, ni muy claros, ni muy oscuros. Me gustaban. ¿La razón? Eran igual a los de mi madre.
De pronto, escuché un agudo ruido que provenía desde abajo. Si no me equivocaba; era la ventana que, al abrirse, generaba ese molesto chillido.
Mikasa.
Demonios, por poco y me olvidaba que ella se había quedado a dormir.
Limpié rápidamente el baño, salí y bajé las escaleras un poco apresurado. Al llegar, sólo pude divisar a la mocosa apoyada en el alfeizar que había en la sala, mientras miraba las interminables gotas que caían del cielo, con una expresión concentrada.
Ni me había percatado de que estaba lloviendo.
―Sí, lo sé ―le escuché decir luego de unos segundos.
¿Con quién mierda estaba hablando? No había nadie más a mi vista.
―Oe, mocosa ―se sobresaltó al escuchar mi voz y volteó de inmediato.
―T-te despertaste temprano ―se acomodó bien sobre sus pies.
―Mira quién habla ―dije fastidiado―. ¿Hace cuánto que estás despierta?
―Hace com horas ―comentó, mirando hacia arriba, como si lo estuviera pensando detenidamente.
―Ya veo. ¿Con quién hablabas? ―cambié el tema repentinamente.
Mikasa miró hacia su derecha y luego volvió a posar su vista sobre mí.
―¿Me escuchaste?
―Claramente, mocosa.
-E-eh bueno. Hablaba conmigo misma ―dijo rápidamente.
―Eres rara...
Me dirigí a un pequeño cuarto que era usado, únicamente, para guardar mis decenas de productos de limpieza. Saqué los necesarios y me volví hacia la mocosa ofreciéndole algunos. Ella me miró confundida.
―A limpiar, mocosa.
―¿Limpiar? ―dijo,
recibiéndolos―. ¿No crees que ya está demasiado limpio el departamento? Sin exagerar, parece pulido.
―Aprecio el cumplido, sé que soy el mejor en lo que hago ―comenté con arrogancia, a lo que ella rodó los ojos―. Pero yo limpio todos los días.
―¿Qué tienes? ¿Una obsesión con la limpieza o qué?
―No lo llamaría obsesión. Más bien gusto ―me miró escéptica, sin creer ninguna de mis palabras―. Bien, bien. Un niño me vomitó entero cuando era pequeño y, desde entonces, le tengo mucho asco a las cosas sucias e infectadas.
Pude ver como la mocosa contenía las ganas de reír, tapando su boca con la mano para evitar que la risa saliera.
―No te burles, mocosa ―le largué uno de los productos de limpieza que, fácilmente, atrapó como de costumbre―. Y ayúdame a limpiar.
―Bueno, bueno. Sólo porque te debo una. Si no, ya te hubiera mandado a la mierda.
―Bien. Comienza con las ventanas ―le ordené y ella, en segundos, ya se encontraba haciendo lo que le pedí.
Pasaron alrededor de treinta minutos cuando ya tenía el baño, la cocina y mi habitación relucientes. Había roto un tiempo record y, por esa simple razón, me sentía orgulloso de mí mismo. Sí, así de alta era mi obsesión.
Volví a bajar las escaleras hasta la sala y así observar el trabajo d
Mikasa, pero nuevamente la encontré hablando sola o, más bien, riendo. Sí, una risa tímida escapaba de sus rosados labios. No obstante, esta vez sintió mi presencia de inmediato, ya que volteó hacia mi dirección y se calló de forma inmediata, mientras me dedicaba un intento de sonrisa nerviosa.
―Oye, mocosa, en serio. ¿Con quién hablas?
―Ya te dije que conmigo misma ―repitió, terminando de limpiar la pequeña mesa de la sala. Debía admitir que la hizo un muy buen trabajo limpiando, no tanto como yo, pero al menos el intento estaba―. Es sólo que recordé lo del vómito.
―Mocosa, idiota ―me dirigí a la cocina para preparar el desayuno. Eran las 7:15, aún nos quedaban algunos minutos para desayunar―. ¿Té o café?
―Ya sabes la respuesta, enano ―le escuché decir desde la sala―. Tú sólo quieres envenenarme con el café, estoy segura.
―Eres una exagerada. ¿Te lo han dicho? ―no obtuve respuesta, más que un pequeño gruñido de fastidio, así que puse el agua a calentar para el desayuno.
Fui hacia la alacena y saqué una bolsa que contenía unos muffins rellenos de dulce. Estaba seguro de que a la mocosa le gustarían, ya que, considerándolo bien, a ella le atraía más lo dulce que lo salado. Los coloqué ordenadamente en un plato y, cuando el agua ya estuvo lista, serví una taza de café para mí y una de té para la mocosa.
Al llegar a la sala pude ver, nuevamente, cómo se encontraba apoyada en el alfeizar, observando la lluvia que no hacía ademán de detenerse; al parecer le había gustado ese pequeño lugar, ya que su expresión era de calma y una pequeña sonrisa, apenas visible, se resbalaba por sus labios.
―¿Vas a desayunar o qué? ―pregunté, sacándola de sus pensamientos.
Apoyé la bandeja que traía en la mesa ratonera, y ella, de inmediato, se sentó en el sillón, observando curiosa los muffins. Sabía que sería lo primero que le llamaría la atención.
―¿Qué es?
―Muffins.
―¿Y saben ri...? ―cortó la pregunta al ver mi expresión―. Cierto, cierto "Deja de hacer preguntas y sólo come" ―repitió la frase que yo siempre decía cuando me preguntaba si algún alimento sabía rico.
―¿Ves que sí aprendes? ―me senté a su lado.
―Cállate ―probó un pedazo del dulce y, como con casi todo lo que probaba, se lo terminó en segundos.
Tomé la cálida taza de café, mientras agarraba el control remoto, prendiendo la televisión. Sin embargo, y vomo si toda la buena suerte estuviera en mi contra, estaban pasando la noticia de la muerte de aquel chico.
―Aún es desconocida la identidad del asesino del joven Berthold Hoover de 17 años, estudiante de la academia Kyojin ―apagué el televisor inmediatamente al escuchar esas palabras.
Maldición.
¿Era un tipo de nuestra preparatoria? Si no me equivocaba, era de 3-B y siempre andaba con un rubio alto y una rubia enana.
Llevé la vista a Mikasa, quien había dejado su té a mitad de camino, con la mirada ida.
No otra vez, por favor. No me gustaba verla deprimida.
―Ey...Está bien. ¿Sí? ―tomé su mano libre. Aún no me acostumbraba a que su piel estuviera tibia―. Ya hablamos de esto...
―Lo sé ―fue lo único que salió de su boca, mientras apretaba levemente mi mano.
Observé la hora: 7:42. Debíamos apresurarnos si queríamos llegar a la preparatoria.
Sabía perfectamente que no habría clases, dada la noticia de la muerte de Hoover de seguro darían cinco días de luto como normalmente se hace. No obstante, debíamos ir de todas formas ya que necesitábamos saber cuándo sería el entierro.
―Yo...Quiero ir a su funeral –le escuché decir a Mikasa.
―¿Te sentirías mejor si lo hicieras? ―pregunté. Ella asintió levemente―. Te acompañaré entonces.
―Gracias ―apoyó su cabeza en mi hombro.
―No es nada ―terminé de tomarme el café al ver que ella hacía lo mismo con su bebida―. ¿Vamos?
―Vamos ―dijo suspirando, mientras se ponía de pie.
Llevé todas las cosas a la cocina, para luego volver a la sala, sacar un abrigo del perchero y un paraguas para que la avalancha de agua no cayera sobre nosotros. Una vez que salimos del departamento, pude ver como a Mikasa le daba un escalofrío, lo que me sacó una seca sonrisa. Al parecer ahora sentía frío dado el reciente cambio de temperatura de su cuerpo.
―¿Frío? ―pregunté burlón. La mocosa sólo se dedicó a matarme con la mirada.
―Un poco.
Volví a entrar al departamento y descolgué otro abrigo del pequeño perchero que había a un lado de la entrada.
―Ten ―se lo tiré y, para mi hermosa suerte, le cayó de seco en la cara. Se había quedado distraída nuevamente con la lluvia y yo sólo quise aprovechar esa oportunidad única.
―Ey ―se quejó mientras se quitaba la prenda de la cara y se la colocaba correctamente―. Me queda enorme...
―Ciertamente ―dije observándola. La parte perteneciente a la espalda le quedaba jodidamente grande, al igual que los puños.
Y, otra vez, volvió a mirar detalladamente la lluvia que caía al piso sin piedad.
―Oye, ¿qué tanto miras? ¿Es que acaso vas a quemarte si tocas el agua? ―bromeé, mientras cerraba la puerta y abría el paraguas.
―¿Qué parte no entiendes de que sólo el agua bendita me hace efecto? ―me miró molesta.
―Ya, no te enojes y ven aquí ―tiré de su brazo, haciendo que quedara a mi lado.
Tardamos más de lo normal en llegar a la preparatoria, ya que la lluvia nos dificultaba un poco el andar. Aunque, luego de unos diez, minutos por fin nos encontramos frente al edificio.
Lo que sí, no contaba con que, al entrar, todo el piso se encontraría sucio gracias al barro y los charcos de agua que habían pisado los demás mocosos. El tic en mi ojo se hacía cada vez más rápido, estaba conteniendo la creciente necesidad de ir al cuarto del conserje y ponerme a limpiar yo mismo.
Pude escuchar cómo Mikasa contenía la risa, de la misma manera que esta mañana. Pero esta vez tapó completamente su boca para no dejar que nadie viera sus colmillos.
―Por favor, diríjanse al salón de actos ―la voz de la profesora Riko salvó a la mocosa de ser insultada por mi persona.
Mikasa cambió su expresión divertida a una seria en cuestión de segundos, mientras respiraba repetidas y disimuladas veces. Nos encaminamos al salón de actos, el cual era gigante y dejaba entrar a todos los alumnos de la preparatoria. Una vez dentro, pude ver que estaba casi lleno de estudiantes, y en esos estaban Erwin y Hanji quienes me hacían gestos con sus manos para que me acercara a ellos; lo cual no haría. No quería dejar a Mikasa sola en este momento.
Pero, al parecer, ella tenía otros planes. Ya que, al voltear a verla, había desaparecido de mi vista. Por lo que no tuve más opción que ir a sentarme con mis amigos.
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