Hola queridos lectores :) quiero agradecerles muchísimo su apoyo en esta historia.

Déjenme decirles que este es uno de mis capítulos favoritos y por desgracia el ultimo.

Pero no se espanten que no tardare mucho en subir la esperada continuación (En un mes o dos... jaja no se crean xD) que estará color de hormiga se los aseguro.

Bueno disfruten de este hermoso capitulo y nos leemos después en Tempestuoso Reencuentro...


Esas palabras eran demasiado poco y demasiado tarde para Rukia, que había sufrido su abandono en silencio. No había exigido nada, no le había pedido explicaciones, no se había quejado. Al contrario, había intentado ser una esposa comprensiva con un marido que trabajaba largas horas… por humillante que fuese el hecho de que no pareciera quererla o desearla en modo alguno.

No se sentía como una esposa e Ichigo no la trataba como tal. Ni siquiera había intentado pasar un rato con ella los fines de semana, ni le preguntaba qué hacía todos los días, si había hecho amigos en una ciudad en la que estaba sola…

Karin no había acudido a su boda ni había contestado al mensaje en el que le daba el número de su móvil, dejando claro que no quería saber nada de ella aunque ahora vivieran en el mismo país. Ichigo no podía haber dejado más clara su falta de interés y, de repente, Rukia no podía creer que hubiera tolerado esa indiferencia durante tanto tiempo.

–Me debes algo más que una disculpa por el último mes. Me debes una explicación –le dijo.

Ichigo levantó una ceja.

–¿Una explicación?

Rukia lo miró, con sus ojos llenos de furia.

–Me has tratado como si fuera invisible desde el día de la boda… no, desde antes de la boda. ¿Por qué demonios querías casarte conmigo si pensabas portarte así? ¿Para qué tanta insistencia?

Ichigo dejó escapar un suspiro de agotamiento.

–Estoy demasiado cansado como para discutir ahora. Hablaremos mañana…

–No, mañana probablemente no te veré –lo interrumpió–. ¿O no te has dado cuenta de que te marchas al amanecer y vuelves a las dos de la mañana?

–No estoy de humor para discusiones…

–¡Me da igual de qué humor estés! –volvió a interrumpirlo–. ¡Tengo derecho a saber dónde estoy! ¡Tengo derecho a preguntar por qué demonios te has casado conmigo cuando no pareces querer una esposa!

Ichigo la miró con expresión sarcástica.

–Será mejor que no hablemos de eso.

–¿Por qué no?

–¡Porque no te gustaría la respuesta! –replicó él, sin pensar, su temperamento y el cansancio pillándolo desprevenido.

Estaba agotado y lo único que quería era dormir. Incluso el suelo de madera le parecía invitador en ese momento.

–¿Por qué no me gustaría?

–Déjalo, Rukia –Ichigo suspiró de nuevo, pasando a su lado para entrar en el dormitorio.

–¿Y qué pasa si no lo dejo? –insistió, siguiéndolo de cerca.

–Que desearás haberlo hecho, te lo aseguro –contestó él mientras se quitaba la chaqueta–. Mira, admito que tienes derecho a quejarte. Hasta ahora no he sido el más considerado de los maridos, pero esta noche no es el mejor momento para hablar de ello porque estoy exhausto. Llevo horas intercambiando anécdotas con un par de empresarios rusos que podrían beberse el Volga y seguir en pie.

–No puedes decir algo así y luego negarte a explicar a qué te refieres.

–No hay nada que explicar –insistió Ichigo, mientras se quitaba la corbata.

–¡Quiero saber por qué te casaste conmigo!

–No porque te pongas a gritar a las tres de la mañana exigiendo respuestas voy a decírtelo –dijo él, irónico.

–Quiero saber la verdad. Es obvio que sólo te casaste conmigo porque estoy embarazada.

Ichigo hizo una mueca.

–Mañana, Rukia…

–¡No, ahora! –insistió ella–. Tú has controlado esta relación desde el principio, pero ahora es mi turno. ¿Por qué me pediste que me casara contigo?

De repente, Ichigo sintió una rabia tan incontenible que no pudo controlar sus palabras.

–¡Porque tu padre amenazó con hundir la empresa de mi familia si no lo hacía!

Sorprendida por una respuesta que no esperaba en absoluto, Rukia parpadeó.

–¿Cómo? ¿Mi padre te ha amenazado…? ¿Cuándo? ¿Tú... le dijiste que estaba embarazada?

–No, yo no le dije nada.

–¿Entonces quién..?

–No lo sé. Pensé que habías sido tú, tu madre o incluso tu hermanastra… alguien le contó a Byakuya lo del embarazo, eso desde luego. Tu padre estaba furioso y fue a mi oficina exigiendo que me casara contigo.

–¿Pero qué podía hacer él contra ti?

–Me amenazó con hacer que mi empresa perdiese un contrato fundamental para su supervivencia. Tu padre es un hombre muy influyente en el mundo de los negocios y tiene relaciones con gente muy importante…

–Yo no se lo conté –dijo Rukia, incrédula–. Y Karin no sabía que estuviera embarazada, de modo que tuvieron que ser tus padres… o mi madre. Pero me asombraría que se lo hubiera contado mi madre porque nunca habla con Byakuya.

–Mis padres no han dicho nada, de modo que tiene que haber sido ella. Pero la verdad es que yo creía que habías sido tú quien se lo contó para que me presionara –Ichigo hizo un gesto con las manos–. Me alegro de que no sea así.

Por fin, Rukia entendía por qué estaba tan enfadado y se sintió tan herida que no podía mirarlo siquiera.

Su padre lo había chantajeado para que se casase con ella.

Era tan horrendo, tan incomprensible, que sintió como si la hubieran golpeado en el estómago, dejándola sin aire. Era increíble que un padre al que apenas conocía pudiese tener tanto poder como para amenazar a Ichigo. Pero también le sorprendía que a Byakuya le hubiese importado su futuro hasta el punto de presionar al padre de su hijo para que se casara con ella. De hecho, no tenía ningún sentido.

–Mi padre no me quiere, nunca se ha preocupado por mí –le contó–. Me ha pasado una pensión desde que era pequeña porque un juez lo obligó a hacerlo, pero nunca ha querido verme. De hecho, no reconoce nuestra relación públicamente y ni siquiera vino a la boda, aunque corrió con todos los gastos. De modo que no entiendo por qué te forzó a casarte conmigo.

–Era una cuestión de principios para él. Que estuvieras embarazada y soltera era una afrenta a su dignidad –le explicó Ichigo–. A Byakuya Kuchiki le importa mucho su imagen.

–Sólo estaba salvando su reputación... –murmuró Rukia–. ¿De verdad tenía poder para hundir la empresa de tu familia? Yo no sabía que fuera tan importante.

–Con una sola palabra en el sitio adecuado podría haberse cargado un contrato que era primordial para la empresa de mi familia. Desgraciadamente, mi hermano dejó la empresa en muy mala situación… aunque yo lo he descubierto después de la boda. Mi padre hace negocios a la antigua, no entiende que los mercados se mueven ahora de manera diferente –admitió Ichigo–. Si yo no fuera tan orgulloso le habría ofrecido mi ayuda mucho antes pero, tristemente, hizo falta que tu padre me amenazase para que me diera cuenta de la importancia de los lazos de sangre.

Pero Rukia no estaba escuchando ese discurso. La sorpresa había hecho que se le cerrara el estómago, y le sudaban las manos. Y cuando se miró al espejo pensó lo triste que era llevar un conjunto de ropa interior sexy para atraer a un hombre que evidentemente no la quería.

A toda prisa, entró en el dormitorio para vestirse. Qué ironía que tuviese que darles las gracias a sus padres por aquella humillación...

Entonces recordó la actitud de su madre cuando le contó que Ichigo le había pedido que se casara con él. No había parecido sorprendida en absoluto. Al contrario, se había mostrado triunfante, feliz. Sin duda, era ella quien le dio a Byakuya la noticia de su embarazo. Seguramente porque sabía cuánto le enfadaría que la historia fuera a repetirse en la siguiente generación.

Tal vez su padre había temido que su relación con ella fuera expuesta públicamente, junto con la noticia de que estaba embarazada de otro magnate griego. Fuera cual fuera la razón, Byakuya había forzado a Ichigo a casarse con ella amenazando el futuro de su organización.

No había manera de olvidar un golpe tan devastador, pensó Rukia. Ichigo había sucumbido al chantaje para proteger los intereses de su familia… ¿Por qué no había sospechado que ocurría algo?

El contraste entre su reacción cuando le dio la noticia del embarazo y su comportamiento una semana más tarde, cuando le pidió que se casara con él, era tan enorme que no podía entender por qué no le había hecho más preguntas.

¿Cómo podía haber sido tan ingenua?

La triste verdad era que Ichigo había dicho lo que ella quería escuchar y por eso había confiado en él. La gente rara vez quería matar al portador de buenas noticias.

–Rukia… –Ichigo la miró con el ceño fruncido–. ¿Estás bien?

Ella irguió los hombros y levantó la barbilla, intentando disimular que tenía roto el corazón.

–Claro que sí.

Pero no era verdad. Estaba pálida y temblaba como si tuviera frío… e Ichigo se sintió horriblemente culpable, maldiciéndose a sí mismo por haberle contado la verdad empujado por el rencor. Por supuesto que estaba disgustada. ¿Cómo no iba a estarlo?

Suspirando, tomó su mano para sentarla al borde de la cama.

–Pareces tan agotada como yo. Y es demasiado tarde para hablar de esto… hablaremos mañana, ¿te parece? –le dijo–. Voy a ducharme y luego me iré a la cama.

Rukia asintió como una marioneta pero en cuanto la puerta del baño se cerró, se levantó de un salto para entrar en el vestidor.

Abriendo cajones a toda prisa, guardó en su bolsa de viaje algo de ropa y las cosas que no quería dejar atrás. Las lágrimas rodaban por su rostro y tenía el corazón encogido cuando cerró la cremallera, pero se relajó al escuchar el grifo de la ducha.

Poniéndose una chaqueta, salió del apartamento y bajó en el ascensor hasta el portal. Su matrimonio, aunque apenas podía llamarse así, se había roto por completo y no había nada más que decir. Ichigo no la amaba. Incluso había sospechado que ella había utilizado a su padre para obligarlo a casarse.

La desconfianza de Ichigo era lo único que podía hacerle abandonar ese matrimonio; ésa era la gota que colmaba el vaso.

Todo lo que él había dicho cuando le pidió matrimonio era mentira. Evidentemente, sólo lo había dicho para proteger la empresa Kurosaki de las amenazas de su padre.

El guardia de seguridad del edificio paró un taxi con destino al aeropuerto y, mientras el coche atravesaba las calles iluminadas por farolas, Rukia se preguntó cómo iba a vivir en un mundo en el que ya no estaba Ichigo.

No debería amarlo cuando él no la amaba, pero había dejado de intentar explicarse a sí misma el sentimiento que había experimentado desde el día que lo conoció. No había sido feliz viviendo con él, pero sabía que sería aún más infeliz sin él. Al menos, mientras estaban juntos existía la esperanza de que las cosas mejorasen.

Pero ahora… Rukia veía delante de ella un túnel oscuro y solitario y no había una luz visible al final. Cuando llegó al aeropuerto, dejó escapar un suspiro de angustia. Había olvidado la huelga de pilotos en Grecia… la terminal estaba llena de gente y las colas eran interminables. Después de una larga espera, descubrió que tardaría horas en embarcar, pero no tenía sentido ir a un hotel. Estaba mirando el escaparate de una de las tiendas para pasar el rato cuando levantó la cabeza y vio a Ichigo al otro lado de la terminal, mirándola fijamente.

Después de contarle la verdad a Rukia, Ichigo se sentía menos desconfiado, menos tenso. En realidad, era como si se hubiera quitado un enorme peso de encima.

Después de ducharse, había vuelto al dormitorio más relajado, pensando que podrían hablar con tranquilidad, pero al ver que Rukia no estaba en la habitación miró en el salón y en la cocina... donde tampoco la encontró.

Sorprendido, volvió al dormitorio y notó que faltaba ese enorme y horrible conejo chappy que Rukia tenía siempre sobre la cómoda. Era su adoracion ese peluche, él mismo se lo había regalado.

Preocupado, Ichigo entró en el vestidor y vio varios cajones abiertos…

Rukia se había marchado.

No podía creerlo, no quería creerlo. Rukia poseía una cualidad que siempre había admirado: la sensatez. Era una persona cabal, no una chica impulsiva dada a montar escenas o hacer tonterías. «Hasta que le has dicho que su padre te obligó a casarse con ella».

Fue entonces cuando se dio cuenta de que había esperado demasiado.

Recordaba su vida en Londres con Rukia, una vida divertida, llena de risas, con ella siempre interesada por lo que hacía a diario.

Y se dio cuenta de que no había más recuerdos, nada que le interesase. Había pasado de las fiestas y la procesión de novias a estar casado. Había ido de una cosa a otra sin darse cuenta, sin que le importase, sin echar nada de menos. Incluso había empezado a pensar de vez en cuando en el niño…

Ichigo tiró la toalla sobre la cama y se vistió a toda prisa. Pero antes de salir del apartamento abrió un cajón de la cómoda y sacó algo que había comprado esa semana. Era insignificante y no tenía valor económico; una compra impulsiva que debería ser un símbolo de futuro.

El guardia de la puerta lo miró y, sin que Ichigo tuviese que preguntar, le dijo adónde había ido su mujer mientras paraba un taxi.

Por un momento, Ichigo pensó decirle que él iba a otro sitio, pero no lo hizo. ¿Para qué? ¿A quién iba a engañar?

Se había acostumbrado a ver a Rukia en su casa, pensó, sintiendo algo parecido al pánico. Las velas alrededor de la bañera, los cojines de colores en el sofá de piel, los mensajes de texto, largos y conmovedores, que lo hacían sonreír por muy ocupado que estuviera.

Rukia era su mujer.

Qué curioso que no hubiera querido pensar en ella de ese modo hasta ese momento, cuando podría ser demasiado tarde. ¿La había tratado como si fuera invisible?, se preguntó. Sí, seguramente tenía razón, tuvo que admitir.

Pero había notado su presencia en su vida a todas horas: el aroma de su perfume, el jabón de manzana que tanto le gustaba, su pasión por las nueces, los malditos conejos y la música que sonaba en el estéreo del dormitorio mientras él veía las noticias, luchando contra la tentación de ir con ella. Tal vez si hubiera luchado menos contra esa tentación, su mujer no se habría marchado. Las mujeres no solían dejarlo y mucho tiempo atrás había entendido por qué la traición de Senna lo había herido tanto cuando era un crío. Él adoraba a Senna, pero enamorarse de ella lo había convertido en un tipo aburrido, posesivo y pesado.

El amor nunca le había hecho ningún favor, por eso siempre había intentado que sus relaciones fuesen temporales, sin ataduras.

Sus recuerdos de infancia eran turbadoras imágenes de su madre apartándolo cuando iba a darle un abrazo. Los rechazos habían sido continuos y, sin embargo, su hermano no había recibido el mismo trato. Por eso, Ichigo había aprendido pronto a ser independiente, mientras aprendía también a unir amor con dolor y debilidad.

–Rukia…

Paralizada, Rukia miró la alta y poderosa figura masculina. Estaba sorprendida porque no había esperado que fuese tras ella. Y, por una vez, su reputación de hombre elegante estaba en peligro. Ichigo llevaba unos vaqueros gastados, una camisa arrugada y una chaqueta negra. Tenía una marcada sombra de barba y su pelo anaranjado estaba más despeinado de lo habitual…

–¿Qué haces aquí?

Él se pasó una mano por el pelo.

–¡Estás aquí! –exclamó, como si eso lo explicara todo.

–¿Por qué me has seguido? –insistió ella.

–Mira, no podemos hablar aquí –dijo él, pasándole un brazo por la cintura–. Vamos a tomar un café y…

–¿No te has dado cuenta de que hay huelga en el aeropuerto? Todo está lleno de gente, no hay sitio en ninguna parte –protestó Rukia, apartándose–. Además, no creo que tengamos nada que hablar. Después de lo que me has contado, nuestro matrimonio es nulo.

–¿Cómo puede ser nulo? ¡Vas a tener un hijo mío!

Rukia se quedó desconcertada por esa respuesta. Ichigo jamás había mencionado su condición, ni siquiera la había acompañado al ginecólogo…

Notó que sus ojos se habían oscurecido mientras la llevaba a uno de los cafés del aeropuerto y lo observó, asombrada, mientras se acercaba a una pareja de chicos y sacaba la cartera del bolsillo para comprarles el asiento.

–Dame cinco minutos –le suplicó.

«Vas a tener un hijo mío».

¿Por fin lo había entendido?

Rukia, una persona leal por naturaleza, había tenido que convencerse a sí misma de que estaba haciendo lo correcto al hacer la maleta y desaparecer de su vida. De hecho, había creído que sería un alivio para Ichigo que lo dejase sin montar una escena. Y, por supuesto, jamás imaginó que iría tras ella.

Ichigo se acercó a la barra y, un minuto después, volvió con una taza de té para ella y un café solo para él. La ansiedad en sus ojos cefés era palpable.

–No entiendo qué estamos haciendo aquí –empezó a decir Rukia–. Sería más fácil que me dejases ir…

–No puedo dejarte ir –la interrumpió él.

Rukia lo miró, atónita.

–¿No puedes dejarme ir? Durante el último mes te has comportado como si yo no existiera aunque vivíamos bajo el mismo techo –le recordó. –No lo he hecho a propósito. Yo no soy como tú… no pienso tanto las cosas.

–¿Qué quieres decir?

–Que no te he hecho sufrir premeditadamente –Ichigo clavó en ella unos ojos llenos de anhelo–. Estaba tan enfadado…

–Lo sé y lo comprendo. Lo que no comprendo es por qué mi padre te obligó a casarte conmigo.

–Estaba furioso y la empresa Kurosaki estaba a punto de hundirse… –siguió él mientras tomaba un sorbo de café.

–Pero imagino que el contrato con el que mi padre te amenazó ha salido adelante.

–Sí, el contrato ha salido adelante pero me temo que eso es sólo la punta del iceberg. Me daba miedo que fuese demasiado tarde y no sabía si podría salvar la compañía –le confesó Ichigo, como si le arrancaran cada palabra de esa confesión–. Así que no estaba pensando en nuestro matrimonio durante estas últimas semanas.

Rukia lo entendió, de verdad. Los negocios eran lo primero para él cuando su padre lo forzó a casarse con ella y los negocios seguían siendo lo primero cuando descubrió que tal vez no podría salvar la compañía a pesar de haber sacrificado su libertad.

El móvil de Ichigo sonó en ese momento y él contestó brevemente en griego antes de guardarlo en el bolsillo de la chaqueta.

–Vamos –dijo después, tomando su maleta.

–¿Adónde?

–He reservado habitación en un hotel cercano. Esto… –Ichigo miró el bar lleno de gente–. Esto es imposible. Aquí no podemos hablar.

Rukia tenía que admitir que la cafetería de un aeropuerto no era el mejor sitio para solucionar sus problemas, pero tampoco quería ir a un hotel con él.

–No creo que tengamos nada que decirnos –protestó, intentando seguir sus pasos.

Cansado de hablar, Ichigo se detuvo para tomarla entre sus brazos y buscar sus labios en un beso cargado de pasión.

El beso provocó sensaciones de tal intensidad que Rukia empezó a temblar. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que la había tocado que no pudo contener un gemido de placer al notar el roce de su lengua… y la perspectiva de una unión mucho más íntima hizo que un río de lava corriera entre sus piernas.

–Sí… sí, necesitamos hablar –dijo abruptamente, pensando que usar la habitación del hotel para algo más básico sería mucho más natural en aquel momento–. Pero eso es todo. Sólo vamos a hablar.

Sabía que era una locura dejar que Ichigo la llevase a un hotel, pero se movía casi como un autómata, rezando para que él tuviese algún argumento, para que la convenciera.

Tenía su billete de vuelta a Londres en el bolso y, por el momento, no había nada que le impidiera tomar ese avión, se recordó.

En el hotel, descubrió que Ichigo había reservado una suite porque era la única habitación libre que quedaba.

–Sé que has intentado salvar tu compañía, pero no me has contado nada durante todo este tiempo, como si yo no estuviera allí, como si no compartieras tu vida conmigo –empezó a decir Rukia–. ¿Cómo va a haber un futuro para este matrimonio si no compartes conmigo algo tan importante?

–Es fácil compartir cuando las cosas van bien, pero cuando es al contrario… hablar de ello me hace sentir débil –Ichigo se encogió de hombros, incómodo–. Y no me gusta sentirme así.

–¿Entonces sólo vas a darme buenas noticias? Eso es ridículo… –Rukia se dio cuenta de algo entonces–. Creías que yo había presionado a mi padre para que te chantajease.

Él negó con la cabeza.

–Lo creía, sí, pero en cuanto he visto tu cara me he dado cuenta de que no era verdad.

–¿Pero cómo pudiste pensar que yo era capaz de tal cosa?

–Culpa al mundo en el que vivo, moli mou. Mis competidores usan cualquier arma que tengan a su disposición para sacar ventaja.

–Pero yo no soy así –replicó ella.

–Y yo lo creía, pero entonces te quedaste embarazada y empecé a tener dudas. El chantaje de tu padre me hizo dudar aún más, pero no podía arriesgarme a discutir contigo antes de la boda.

Con cierta reticencia, Rukia aceptó que no había podido ser sincero con ella en ese momento. Pero tenía tantas preguntas que hacerle…

–¿Por qué has venido a buscarme entonces? ¿Por qué no me has dejado marchar?

–¡Porque no puedo! –exclamó él–. Pensé en mi vida antes de conocerte y la verdad es que no echo nada de menos. No quiero mi libertad, quiero que te quedes conmigo.

–Te sientes mal por lo que ha pasado. Creo que es tu conciencia…

–No, no es eso. Si hubiera pensado que sería más feliz sin ti, no estaría aquí –respondió Ichigo–. No soy tan tonto.

Rukia se dejó caer sobre un sillón.

–Tú no me quieres. ¿Para qué voy a quedarme?

Ichigo estudió su firme aunque pequeña figura, preguntándose cómo iba a explicarle por qué la quería a su lado cuando no podía explicárselo a sí mismo.

Murmurando una palabrota, Ichigo levantó las manos en un gesto de frustración.

–Yo no sé lo que es el amor, pero hay muchas otras cosas que puedo ofrecerte, pedhi mou –anunció, con vehemencia–. Estaré a tu lado cuando te encuentres sola, asustada o enferma. No habrá ninguna otra mujer en mi vida. No dejaré que el negocio se interponga entre nosotros de nuevo. Buscaré tiempo para que estemos juntos… serás el centro de mi universo y te juro que te daré a ti y al niño todos los caprichos…

Hablaba con emoción y el brillo de sus ojos le decía que era sincero. Rukia estaba impresionada y absolutamente conmovida.

–Nunca mencionas al niño –le reprochó.

Ichigo sacó del bolsillo de la chaqueta.

–Lo compré hace unas semanas. Lo vi en un escaparate…

Rukia tomó el trenecito de colores con los ojos húmedos. Era un juguete con varios componentes diminutos y sería muy peligroso para un recién nacido. Pero Ichigo, por supuesto, no tenía ni idea. Y en ese caso, lo importante era la intención.

–Las chicas también pueden jugar con trenecitos.

–Pues claro –asintió Rukia.

«Serás el centro de mi universo».

Eso y una promesa de fidelidad serían suficiente para ella, pensó. El amor debería ser la guinda del pastel, el amor haría que todo fuese perfecto. Y, aunque sabía que no iba a ser fácil, aún no había perdido la esperanza. Tal vez algún día Ichigo se enamoraría de ella…

Él la abrazó entonces casi como si quisiera dejarla sin oxígeno y ese abrazo dijo mucho más que sus palabras.

–Quiero que seas mi mujer, Rukia. Quiero que seas algo permanente en mi vida, pedhi mou. Y te prometo que no lo lamentarás.

–Será mejor que no –le advirtió Rukia cuando logró controlar las emociones que paralizaban sus cuerdas vocales. Y, al ver un sospechoso brillo en los ojos de Ichigo, se dio cuenta de que también él estaba intentando controlarlas–. Pero tendrás que portarte bien.

Ichigo sonrió mientras la tomaba en brazos.

–Por supuesto que sí.

–Espero acción en el dormitorio todas las noches –siguió diciendo Rukia, un poco avergonzada pero decidida.

Y la broma fue recompensada con una sonrisa.

–Si supieras cuánto me ha costado mantener las distancias… pero cada vez que sentía la tentación pensaba en el chantaje de tu padre y eso me ponía furioso.

–Pero ya no estás furioso –dijo Rukia, acariciándole la cara mientras él la dejaba sobre la cama. Ichigo se quitó la chaqueta para tumbarse a su lado. Tenía el corazón acelerado pero, poco a poco, notaba que la tensión, el peso que había llevado sobre los hombros desde que se casaron, desaparecía.

–Tengo una casa en el sur de Francia. Era de mi hermano Kaien y me la dejó en su testamento –empezó a decir, apartándole el pelo de la cara–. Nunca hemos tenido una luna de miel y creo que es hora de remediar eso, pedhi mou. Al menos, podemos estar allí un par de semanas y empezar de nuevo…

–Podemos empezar aquí mismo –lo interrumpió ella, poniendo una mano sobre su corazón–. No me importa dónde estemos, sólo que estemos juntos… en cuerpo y alma.

Ichigo levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos, maravillándose de su optimismo y experimentando una sensación de paz que era nueva para él.

–A mí sí me importa. El último mes ha sido un borrón de papeleos y reuniones –hizo una pausa–. He sido un egoísta… soy un egoísta, matia mou –concluyó, en tono de apesadumbrada advertencia.

–Yo sabía que no eras perfecto cuando me casé contigo, pero firmé un contrato que me une a ti para siempre… –dijo Rukia en voz baja, con lágrimas en los ojos.

–No te rindas, moli mou. No me descartes. Puedo aprender, puedo hacerlo mejor.

Ella puso un dedo sobre sus labios.

–No es una competición.

–La competición saca lo mejor de mí.

Rukia estuvo a punto de decir que lo amaba, pero sabía que las declaraciones de amor siempre exigían una respuesta y no quería hacerle eso. Ichigo había dicho con toda sinceridad, con toda honestidad, que no sabía nada del amor pero que le importaba y que cuidaría de ella. Y Rukia se prometió a sí misma que eso sería suficiente para hacerla feliz.

Cuando Ichigo la besó, ella tembló por dentro y por fuera, su cuerpo despertando a la vida después de un largo mes de frustración.

–Los dos estamos cansados…

–Pero yo no podré dormir hasta que sepa que eres mía otra vez –le dijo él, quitándole la ropa con sumo cuidado mientras se quitaba la suya a toda prisa.

Fue un encuentro dulce, tierno, y cuando Rukia llegó al orgasmo conoció una felicidad que la hizo llorar. Ichigo la apretó contra su corazón, bromeando sobre lo emocional que era mientras, en secreto, apreciaba su humanidad y su ternura.

Rukia era todo lo que quería, y después de haberla recuperado estaba decidido a hacer lo que tuviera que hacer para no perderla de nuevo.

–Duérmete –le dijo, al ver que bostezaba.

Rukia cerró los ojos y se quedó dormida entre sus fuertes brazos, el miedo al futuro superado por completo.


Cuatro meses después, Rukia terminó de colgar nuevas cortinas en el salón de la casa del sur de Francia que habían convertido en su hogar… y se llevó una mano a los riñones, suspirando de alivio.

Había tenido que trabajar mucho para convertir la casa del hermano de Ichigo en un sitio cómodo y presentable. Kaien la había comprado como una inversión pero nunca había tenido tiempo de arreglarla.

Rukia se había enamorado de la vieja granja que estaba pidiendo a gritos la mano de un decorador y, habitación por habitación, había ido amueblándola y dejando su sello en cada estancia.

–Ichigo dice que no deberías subirte a la escalera –la regañó Kukaku desde la puerta.

Rukia se mordió los labios para disimular una sonrisa. La costumbre de Ichigo de dar órdenes era lo que Kukaku esperaba pero a ella la hacía reír.

Afortunadamente, su antigua niñera había decidido irse con ella a Francia cuando Hisana decidió que ya no necesitaba sus servicios en Londres.

Rukia no había visto mucho a su madre desde que se fue a vivir con su último novio, Syunsui Kyoraku, un empresario viudo que residía en Mónaco, y tampoco sabía nada de su padre, Byakuya. Aunque no esperaba que eso cambiase.

–Sólo he subido dos peldaños para colgar las cortinas.

–Estás embarazada, tienes que cuidarte –insistió Kukaku–. Deberías haberme pedido ayuda o a Marcel.

Rukia se limitó a sonreír al recordar la respuesta de Marcel, el jardinero, cuando le pedían que hiciera algo dentro de la casa, un sitio que no consideraba su territorio. Y no pensaba dejar que Kukaku se subiera a una escalera a su edad. Estaba embarazada de seis meses, pero se encontraba perfectamente.

Se pasó una mano por el abultado abdomen y sonrió de nuevo al notar que el niño se movía dentro de ella. Cuando se quedaba quieto y no lo sentía, se preocupaba.

Su hijo no había nacido aún, pero Rukia lo quería con toda su alma. En la última ecografía había descubierto que era un niño y estaba encantada. Aunque, en realidad, le daba igual que fuese un niño o una niña, sólo rezaba para que naciese sano.

La mayoría de los días se dedicaba a arreglar la habitación que había preparado para él, que ya había decorado y amueblado en tonos limón y azul y un sinfín de conejos de felpa. Estaba deseando que su hijo llegase al mundo y apenas recordaba un tiempo en el que le había preocupado el compromiso de Ichigo con ese embarazo.

Ichigo había cumplido sus promesas, tuvo que reconocer Rukia, contenta al pensar que el marido al que adoraba volvería de su viaje a Atenas esa noche.

Desde ese día cuando fue a buscarla al aeropuerto, su matrimonio se había reforzado y, tal y como Ichigo había prometido, la había convertido en el centro de su universo. Compartía con ella sus problemas y sus frustraciones… que eran muchas, porque no se llevaba bien con su padre. Además su compañía seguía teniendo serios problemas.

Durante gran parte de la semana, Ichigo llevaba desde allí la compañía y el consejo de administración había reconocido su talento dándole un voto de confianza que había enfurecido a su padre.

Disfrutaban de la relajada vida en el sur de Francia, donde ella hacía de anfitriona para sus amistades. Y ya no le intimidaban las chicas guapas que rodeaban a Ichigo. Después de todo, conocía a su marido mucho mejor que cuando se casaron y había descubierto que no le gustaban las mujeres que iban tras él. Y tampoco le interesaban ya las discotecas o las fiestas ruidosas porque prefería las reuniones en casa con amigos.

Esa noche, cuando volviera a casa, harían el amor, pensó Rukia, sintiendo un cosquilleo de anticipación entre las piernas. Su marido era un hombre muy sexual y ella se excitaba sólo con pensar en él.

Dos horas después, Ichigo entró en la casa y colgó el impermeable en el perchero. Volver con Rukia era siempre una ocasión feliz y sus ojos se clavaron en la voluptuosa figura de pie frente a un árbol de Navidad.

La casa estaba decorada para las fiestas y, habiendo crecido con unos padres que siempre celebraban las Navidades con discreción y buen gusto, Ichigo se quedó impresionado por el talento de su esposa.

–La casa esté preciosa... –le dijo, abrazándola–. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de la cena?

Rukia rió, apartándose un poco para frotarse contra él en lujuriosa invitación.

–Tiempo suficiente –le aseguró.

Porque lo había planeado así, sabiendo que Ichigo sólo se relajaría después de hacer el amor.

Mirando esos ojos tan traviesos, Ichigo tuvo que reír. Se sentía feliz de estar en casa y, una vez en el dormitorio, se quitaron la ropa sin ceremonias, impacientes por saciar el deseo que los atormentaba a los dos cada vez que tenían que separarse unos días.

Después, mientras sus corazones volvían a latir al ritmo normal, Rukia miró las hermosas facciones de su marido y susurró:

–Te he echado de menos.

Ichigo buscó sus labios una vez más, en un beso lleno de ternura.

–Cuando nazca el niño podrás viajar conmigo, pedhi mou.

Ella hizo una mueca.

–Los niños tienen una rutina, cielo. No creo que le guste mucho viajar.

–A mi hijo le gustará –afirmó Ichigo, sin disimular un gesto de orgullo–. Siendo un Kurosaki, será un gran viajero.

–¿Ah, sí?

–Por supuesto. Mi hijo será un chico inteligente y querrá complacer a su padre.

Rukia se sentó en la cama y miró con amor al padre de su hijo antes de replicar con su habitual sentido común:

–Tú siempre discutes con el tuyo.

–Pero yo seré un padre cariñoso y tendré una relación estrecha con mi hijo –dijo él. Rukia sonrió.

–¿Sabes una cosa? Tú eres mi mundo –le pasó un dedo por sus fabulosos pómulos.

Ichigo inclinó la cabeza para besarle la mano.

–Y tú eres mi corazón, kardoula mou. Siempre le estaré agradecido a tu padre por hacer que me casara contigo… ¡qué tesoro me habría perdido por ser tan ignorante y tan inmaduro!

Y Rukia reconoció entonces que su relación había dado un giro completo. El calor que veía en sus ojos y su reconocimiento del lazo que los unía para siempre la llenaban de felicidad.

Y, a pesar de sus planes, esa noche cenaron muy, pero que muy tarde…

FIN(Por ahora)…