Adieu, mon amour
Camino a Mitry Mory, 5 de mayo 9:14 P.M.
- ¿Está bien señor? – ya era la tercera vez que el chofer le hacía la misma pregunta a Renji, que viajaba incómodamente en el asiento trasero de uno de los automóviles de los Kuchiki.
- Si – contestó malhumorado. No era cierto, pero no tenía ganas de hablar y menos con el chofer. Sabía que Rukia estaba en problemas, pero esto era el colmo. ¿Pasar por sobre las órdenes de su hermano? ¿En qué estaba pensando ahora?
Suspiró y el chofer volvió a mirarlo por el espejo retrovisor. Carraspeó y tomó el libro que Byakuya le había entregado horas atrás. Era un libro negro sin ninguna inscripción en la tapa, que tenía unas pocas hojas en su interior. Le había llamado poderosamente la atención que el abogado le entregue eso justo en ese momento, pero no podía preguntarle nada y menos cuando le había pedido ir él mismo a buscar a Rukia y no Ulquiorra.
La primera página estaba en blanco. Las hojas estaban amarillas y un dejo de olor a humedad impregnó su olfato. ¿Qué era aquel librito? Dio vuelta la hoja y, escrito a mano, se hallaba una especie de carta dirigida al "Padre Ukitake".
- ¿Ukitake? – murmuró entre dientes. Ese padre era aquel que una vez conoció en la parroquia donde solía ir Rukia cuando era niña y aún vagaba por las calles de París. El chofer volvió a mirarlo más preocupado de lo que ya estaba, pero no dijo nada.
"Querido Padre Ukitake:
Si Ud. está leyendo esto es porque no pude cumplir con mi único propósito en la vida, así que aún no puedo irme tranquilo a descansar en paz, como tantas veces me encomendó Dios a través de su santa voz."
Continuó leyendo Renji, incrédulo y confundido. Los tachones hacían notar que aquel cuaderno era un borrador de alguien, que por la letra, parecía bastante distinguido y correcto. Pero, ¿quién dirigiría una carta al padre Ukitake? Y más aún, ¿por qué Byakuya le daría a él esa carta en ese momento?
"Como los dos sabemos, es de suma importancia que Ud., después de haber recibido esta carta, haga lo que acordamos aquel día de abril frente al altar en su capilla. No podemos hacer oídos sordos al llamado de todopoderoso Dios."
¿Por qué hablaba de un trato sellado ante Dios? No podía seguir leyendo sin sentir un nudo en su garganta. Tenía ganas de cerrar el cuaderno, pero al mismo tiempo de seguir indagando en esas palabras y descubrir qué tenían que ver con él.
"Padre, le ruego me perdone esta imprudencia, pero es de vital importancia para mi y para mi familia, y en especial para mi único nieto Byakuya que Ud. siga con nuestro acuerdo. No puedo descansar en paz sin saber que mi hijo ha sido bendecido con una niña y Dios, por su intermedio, es el único capaz de hacerlo."
¿El abuelo de Byakuya? ¿Sería posible que esa niña de la que hablara sea Rukia y que ese pedido importante para la familia sea la adopción? Pero… no tenía ningún sentido que él se enterara de aquello. ¿Para qué era necesaria esa verdad? No cambiaba el hecho que Rukia fuera tratada como una herramienta para unir a los Abarai con los Kuchiki. En nada afectaba saber o no saber que el abuelo Kuchiki hubiera pensado en eso y no el padre de Byakuya.
"Insisto, y espero Ud. comprenda, en que el Dr. Abarai se haga partícipe de la elección de la niña y que su hijo no esté presente. Mi alma estará en sus manos hasta entonces, y todo lo que esté a mi alcance antes de que Dios me lleve a su lado, lo haré."
París, 4 de mayo de 1926, 6:18 P.M.
Unos cuantos golpes suaves en la puerta de su despacho distrajeron su atención. Miró con desconfianza la puerta porque había pedido expresamente a su secretaria que no dejara que nadie lo molestara. Tenía demasiadas preocupaciones como para ponerse a charlar animadamente con alguien.
- ¿Quién es? – dijo secamente.
- Disculpe, Messie Ishida, soy Orihime Inoue – dijo la castaña, tímidamente, desde detrás de la puerta.
Ryuuken se levantó enérgicamente de su sillón y casi corrió a abrir la puerta, que estaba cerrada con media vuelta de llave. Al abrir, vio los ojos grises de la chica y notó algo de preocupación.
- Adelante – le dijo, y se hizo a un lado para que pudiera pasar. Cerró la puerta nuevamente con llave y acomodó la silla mientras ella se sentaba.
Ryuuken la miraba fijamente mientras daba la vuelta alrededor del escritorio de nogal lustrado y se sentaba parsimonialmente en su sillón rojo. Ella se limitaba a mirar alternativamente y sin mover la cabeza, el posavasos dorado del Molino Rojo y el lapicero tallado a mano por algún artesano detallista. Al cabo de unos minutos que parecieron interminables para ambos, el doctor rompió el silencio.
- Dime, ¿sucede algo?
- Es que estoy preocupada por Uryu, hace días que no para de toser y no quiso de ninguna forma que le diga nada ni a Ud. ni al Dr. Kurosaki. Realmente vine a verlo en contra de su voluntad y sin que él lo sepa, porque ya no sé cómo hablarle para que vaya al hospital
- Entiendo… ¿Has estado mucho tiempo con él últimamente? – la chica se sonrojó con la pregunta de Ryuuken y este carraspeó al instante. – Necesito saber si has estado con él porque eso me ayudará a determinar qué es lo que pueda llegar a pasarle – explicó al notar la reacción de la chica.
- Hemos estado juntos bastante tiempo desde que rindió el examen, pero nunca quiso salir de casa. Siempre me dice que está cansado y que prefiere reposar en el jardín en lugar de pasear por París
- ¿Y cada cuánto tose?
- Bastante seguido, pero lo que más me llama la atención es que nunca quiere probar nada de los bocadillos que preparo y no para de decir que tiene frío… ¡es que no hace frío!
Ryuuken miró hacia la ventana, que permanecía cerrada pero se podían ver los árboles reverdecidos por la primavera. Suspiró pesadamente y arrugó su ceño.
- ¿Sucede algo malo verdad? – preguntó inocentemente Orihime.
- No lo sé, deberíamos convencerlo de que visite a Isshin – dijo amargamente mientras continuaba con su vista fija en la ventana.
- ¿Usted no puede revisarlo?
- No me hará caso, además hace años que no atiendo en el hospital. Es más seguro que lo vea Kurosaki, más sabiendo que su especialidad es la neumonología
- Doctor… hay…
- ¿Si? – la miró nuevamente.
- Tampoco deja de fumar, por más que mi padre y yo le hemos insistido todo este tiempo. Dice que no pasa nada y que los vicios no lo dejan a él… termina siempre riendo – sonrió tristemente.
- Hablaré inmediatamente con Isshin y le diré que lo vea cuanto antes, aunque sea por la fuerza
Camino a Mitry Mory, 5 de mayo de 1926, 9:56 P.M.
- Pronto llegaremos a la mansión Kuchiki, messie. ¿Desea Ud. que aguarde allí o prefiere que lo pase a buscar por la mañana? – preguntó el chofer, aún con bastante preocupación.
- Mejor no me vengas a buscar, regresaré en tren junto a Rukia. Nos apetece viajar viendo los suburbios – contestó secamente mientras no levantaba su vista del manuscrito. Dio vuelta la página y para su sorpresa, encontró más líneas en la hoja siguiente.
"Ya estoy muy viejo para esto, pero necesitamos con urgencia que Ud. se ocupe de todos los papeles que hagan falta. Mi hijo y yo le agradeceremos infinitamente desde lo más profundo de nuestra alma. Es de suma importancia que haya firmado todo antes de mi despedida final de este mundo."
Renji sabía que el abuelo de Byakuya había muerto en 1913 a causa de una enfermedad pulmonar muy grave, que los médicos creyeron que era cáncer. También sabía que fumaba mucho y recordaba los largos sermones que había escuchado de su boca cuando apenas tenía quince años. Pero nunca pensó que ese viejo tuviera algo que ver con la adopción de Rukia y menos que Byakuya supiese algo… y aún le quedaba la duda de por qué hacérselo saber a él.
Cerró el cuaderno cuando vio las primeras edificaciones entre la penumbra de la noche. Estaba nublado y a lo lejos se lograban ver unos rayos atravesando el cielo. Todo indicaba que no sería una buena velada.
El automóvil se detuvo frente al enorme portón de hierro de la mansión y Renji, sin decir nada, bajó y se acercó a la ventanilla del conductor.
- Está bien aquí, entraré a pie – le dijo, e inmediatamente el chofer asintió sin rechistar.
Miró la reja dos veces de arriba abajo volviéndola a contemplar como lo hacía cada vez que iba allí desde que tenía uso de razón. Su padre y el padre adoptivo de Rukia eran socios desde hacía muchos años y, antes de que lo internaran en la escuela y más luego, cuando fue a vivir allí, solía treparse por la reja para contemplar el paisaje.
Pero, ahora sólo le quedaba usar la gran llave que Byakuya le había dado para que pudiera entrar sin ser notado. Cerró los ojos e inspiró suficiente aire como para que sus pulmones se renovaran y apretó con fuerza la llave que aún permanecía dentro de su bolsillo. Sabía que todo sería más difícil si no encontraba a Rukia allí o si ella no quería volver por algún motivo.
Abrió la puerta y pasó, dejándola luego como estaba. Caminó rápidamente, sin mirar dónde pisaba, queriendo divisar luces en la mansión, pero sólo halló prendida la de la cocina, cosa que le llamó poderosamente la atención. ¿Qué estaría haciendo Rukia? ¿Ya estaría en su cuarto? Tragó saliva y golpeó la puerta trasera.
- ¿Si? – la voz gruesa de la criada se oía temblorosa desde detrás de la puerta.
- Soy Renji – dijo él, y la puerta se abrió de inmediato.
- ¡Señor! ¿Qué hace Ud. aquí? – dijo sorprendida. - ¿Busca a la señorita Rukia? – preguntó entre curiosa y nerviosa.
- Si, pero te pido que no digas nada. Tu haz como que yo no estuviera aquí – le pidió.
- Es que la señorita se fue muy temprano a su alcoba y no ha querido probar bocado. La vi muy bien en los días en los que estuvo aquí, pero se ha pasado todo el tiempo del parque a su habitación
- ¿En el parque? – preguntó intrigado.
- Si, ha salido durante horas al parque, sin sus zapatos y no he querido seguirla, por respeto… - bajó la voz – pero creo que se metió en medio de aquellos árboles – señaló con la cabeza.
- Está bien, no te preocupes – sonrió falsamente – iré a ver qué le sucede
Salió de la cocina, intuyendo que no encontraría a Rukia en su habitación. Conocía muy bien sus modales y todas las artimañas que traía de su infancia, y también creía que era capaz de todo cuando se trataba de algo que deseaba desde el fondo. Así que, resignado, subió las escaleras.
Se detuvo un momento frente al cuadro de los Kuchiki en el descanso y suspiró, cerrando los ojos.
- Debe haber sido difícil para ustedes tenerla como hija, pero se equivocaron – susurró – ella no pertenece a este mundo, ella tiene que estar allá afuera – siguió subiendo.
Al llegar, golpeó sin vacilar, a sabiendas de que no hallaría respuesta. Y así fue, nadie contestó. La puerta estaba trabada y se notaba que había algo apoyado en ella. Renji sonrió tristemente y suspiró.
- Será cuestión de jugar a las escondidas, ¿eh Rukia? – dijo – será mejor que te hayas escondido muy bien… sino tu hermano va a matarnos – terminó susurrando. Y caminó sobre sus pasos.
La criada lo miró extrañada, pero no preguntó nada, mordiéndose los labios de curiosidad. Renji colgó el saco en un perchero en la cocina y salió fuera. Los relámpagos iluminaban tenebrosamente el bosque de robles y todo parecía más oscuro. La chica le acercó una lámpara al pelirrojo, quién le agradeció con un gesto y comenzó a caminar, sólo pensando en encontrarla sola, sana y salva. Con sólo recuerdos y el corazón confundido, y nada más.
Sin otros lados, sin bosque, sin pintor de cabello anaranjado. Que todo sea sencillo y fácil de curar y que nadie tenga que salir lastimado. Entró en el bosque y el aire se volvió raro. Se le dificultaba respirar por la humedad y le pesaban los pies, y entre la luz tenue de la lámpara y el relampagueo de la próxima tormenta, parecía ver criaturas moviéndose entre los árboles.
Cuando creía que iba a enloquecer, llegó al otro lado. Miró la casa, la enredadera y la luz de una de las habitaciones de abajo encendida. ¿Podría ser que Rukia estuviera allí? ¿Estaría sola o con aquel tipo? Apretó los dientes y continuó más rápido, ignorando el viento y los truenos que no hacían más que empeorar el ambiente.
- ¿Qué sucede? – Rukia miraba a Ichigo desde el sillón. Él caminaba de un lado a otro, entre nervioso y molesto.
- La tormenta no me gusta nada… además…
- ¿Además? ¿Piensas que vendrán por mí?
- Tú misma lo dijiste, deberías haber vuelto ayer en el tren de las cinco… y como no lo hiciste, vendrán por ti
- Vendrá Renji – afirmó con seguridad, pero con un dejo de tristeza en la voz.
- Venga el que venga, no te sacará de mi lado – Ichigo se acercó a ella y se agachó hasta quedar a su altura. Rukia acarició su mejilla derecha con cariño y sonrió. No dijo nada. Él la besó suavemente.
Seis golpes seguidos en la gran puerta de roble interrumpieron el beso. Los dos se miraron con determinación, había llegado el momento. Ichigo se acercó a la puerta, apretó los dientes y abrió.
- ¿Qué desea? – preguntó sin modales.
- Vine a buscar a mi prometida – dijo con firmeza Renji, acusándolo con la mirada.
- Aquí no está
- Sal de mi camino – Renji empujó a Ichigo y logró ver a Rukia parada a unos metros. Ella lo miró desafiante. - ¿Qué pretendes ahora? – le gritó, entrando más en la casa. Ichigo lo tomó del brazo.
- ¡No le permito que entre en mi casa! – gritó.
- ¡¿Y tu me pediste permiso para estar con MI mujer?! – respondió Renji con fuerza. Los ojos de Ichigo se encendieron de ira. ¿Con SU mujer?
- ¡Ja! ¿Tú mujer? ¡Ella es mía! – vociferó.
- ¡Cállate! ¡Ella es mi prometida y tú no eres más que un pobre diablo al que ni conoce! – Ichigo lo atrajo hacia él con brutalidad, mas Renji no se resistió.
- Repite eso – dijo apretando los dientes.
- ¡Basta! – gritó Rukia, llamando la atención de los dos hombres. - ¡¿Es que no se puede hablar sin insultarse?! ¡Están hablando de mí! – apretaba sus puños con fuerza y sus ojos se inyectaron de sangre. Ambos se calmaron y entraron en la casa.
Renji e Ichigo se sentaron en el sofá rojo y Rukia permaneció de pie durante varios minutos, mirando al pellirrojo fijamente. ¿Qué debería hacer ahora? ¿Qué le diría a Renji? ¿Qué quería realmente ella? Tragó saliva, se acercó al sillón justo frente a ellos y se sentó. Sabía perfectamente lo que Renji le diría y también que no le quedaba otra salida que volver a París. Pero... ¿era eso lo que debía hacer?
- Rukia, ¿en qué estabas pensando? – rompió el silencio Renji.
- En nada que te importe – contestó por lo bajo Ichigo. No sabía por qué, pero ese hombre le inspiraba poca confianza y un sentimiento de rabia se apoderaba de él con sólo escucharlo hablar.
- ¡Ichigo! – lo retó Rukia. – Mantente callado por favor, esto es entre Renji y yo
- ¡No es así! ¡Él vino a por ti y no le importa nada más que llevarte de nuevo a París! – espetó enojado.
- ¡Te dijo que te calles! – gritó aún más fuerte Renji, tomando a Ichigo del cuello de la camisa.
- ¡A callar los dos! – grito Rukia, ya con una ira que se podía apreciar a simple vista. Los dos volvieron a sus posiciones. – Renji, estoy aquí porque yo quiero, y no quiero regresar – afirmó, intentando calmarse, pero su consciencia sabía que lo que estaba diciendo iba contra las reglas.
- No puedes hacer eso – el pelirrojo retiró la vista – Byakuya quería mandar a Ulquiorra por ti
- Eso no importa, no volveré. No hasta que no sepa qué quiero realmente – Ichigo la miró asombrado, pero no dijo nada.
- Rukia, no tienes elección. Volveremos y allí hablarás con tu hermano. No puedo volver sin ti
- ¿Qué? ¿Tienes miedo de lo que suceda si no vuelvo?
- ¡No es miedo! No quiero… que salgas lastimada con todo esto
- ¿Lastimada? - la pregunta salió como un susurro de los labios de un confundido Ichigo. - ¿Lastimada? – dijo más fuerte - ¿Por qué tendría que salir lastimada de esto? ¡Si sólo está aquí sin ataduras! ¡Explícame que tiene de malo eso!
- ¡Que ella es una Kuchiki! – gritó Renji, molestándose otra vez. - ¡Tú no entiendes qué significa eso!
- ¡Y tú tampoco Renji! – gritó Rukia al borde del llanto. - ¡Ya no quiero ser "la menor de los Kuchiki"! ¡Yo no soy una Kuchiki! ¡Quiero ser yo, Renji! – las lágrimas cayeron. Renji miró el suelo.
- Sabes... los dos sabemos, que eso no puede ser posible ahora Rukia. Tenemos que enfrentar la verdad. Los dos somos una herramienta
- ¿Herramienta? ¿Qué es lo que sucede? – preguntó Ichigo mirando a Rukia.
- Renji y yo debemos casarnos por el bien de nuestras familias. Nuestro casamiento fue arreglado hace años por nuestros padres. Los Kuchiki me adoptaron para que me casara con Renji y sellar el contrato matrimonial para unir la fortuna de los Abarai con la de los Kuchiki – explicó Rukia sin mirarlo.
- ¡¿Y tú aceptas eso?! – le gritó. - ¿Vas a casarte sólo por eso?
- Es mi deber. Todo lo que tengo se lo debo a la familia y a mis padres adoptivos. No puedo decir no - las palabras salieron como navajas de la boca de Rukia, pero era la verdad. Ella no podía hacer oídos sordos a todos los años que había vivido como Kuchiki. Era cierto, estaba allí para saber qué quería, quién era verdaderamente. Pero, aunque lo hubiera descubierto, ya era tarde para quedarse del otro lado del bosque.
- ¡¿Entonces qué pretendías quedándote acá conmigo?! ¡¿Qué es lo que vas a hacer Rukia?!
Rukia miró a Renji y apretó los puños con fuerza. Luego miró a Ichigo, que estaba impaciente por oír su respuesta. Tomó aire y exhaló cerrando sus ojos.
- Ichigo, debo… -interrumpió lo que iba a decir porque un nudo se formó en su garganta- debo… debo regresar con mi hermano –terminó su frase. Ichigo se paró sin decir nada, como si no hubiera escuchado la respuesta de la morocha.
- Rukia… -susurró Renji, mirándola con tristeza. Ella se levantó y siguió a Ichigo, que se dirigía al atril donde estaba la pintura.
- ¿Ichigo? –preguntó con miedo.
- Yo… -dijo él susurrando- yo –dijo más fuerte- no puedo romper mi promesa –Rukia abrió sus ojos- pero no puedo forzarte a hacer algo que no quieres –continuó y ella se acercó más hasta quedar detrás de su espalda. Apoyó su frente en él. -Vete
- Ichigo
- No digas nada –la interrumpió- sólo toma la pintura y vete
- ¿La pintura? Pero-
- Es tuya, es un obsequio –giró sobre sus talones y tomó a Rukia por los hombros. Ella lo miró a los ojos, que la veían con un dejo de nostalgia. – No lo olvides nunca Rukia, esta pintura es nuestra soledad
París, noche del 5 de mayo de 1926
- Ya le he dicho a mi padre que estoy bien y que no necesito una revisación médica. Isshin, ¿crees que no te hubiera consultado si me sintiera realmente mal? –se excusó Uryu por enésima vez.
- Eso no interesa Uryu. Te traje aquí porque no puedo dejarte caminar por la calle con esa tos sin saber qué es lo que te está sucediendo. No es normal que un joven como tu tenga un cuadro como este –intentó persuadirlo Isshin.
- ¿Y qué vas a hacer si no es normal mi tos? ¿Internarme? –dijo en tono bromista, pero Isshin lo miró seriamente.
- Si es necesario lo haré. Siéntate en la camilla y quítate la camisa –ordenó. Uryu lo miró mal, pero obedeció.
Isshin tomó su estetoscopio y comenzó a oscultarlo. Sus gestos y facciones iban empeorando a medida que pasaba el tiempo y Uryu lo miraba extrañado. También revisó su garganta, oídos, ojos y latidos.
- Avisaré a Ryuuken, será necesario que te interne para mantenerte en observación y poder determinar un tratamiento adecuado para tu patología
- No intentes asustarme Isshin, no- comenzó a toser con brusquedad y una línea de sangre corrió desde sus labios hasta el piso a través de su barbilla. Ambos se miraron sin decir nada.
