Elí era dulce y se preocupaba de su bienestar. Le curaba las heridas provocadas en la cacería, robaba porciones de los platos de los señores para alimentarlo, oía cada nueva canción que componía con una cálida sonrisa, lo trataba como una madre.

Pero Aemon Cantodeacero sabía que no era su madre, lo supo por los labios de la propia Elí. Y aunque no se lo hubiera dicho, un espejo era reflejo suficiente de la verdad. No tenía el cabello oscuro ni mirada de cervatillo, tampoco las facciones parecidas a su madre adoptiva; su pelo era castaño claro, boca fina dada a sonreír, ojos pardo y manos habilidosas tanto con la espada como para el arpa.

Se emocionaba hasta las lágrimas cuando oía la historia de su madre, Dalla, la reina salvaje, y rugía de aprobación al oír las proezas de Mance Rayder, que según se contaba en el dominio, había atravesado el muro de regreso al bosque encantado robándose a una Stark a punta de espada. Aemon amaba a Elí con toda su alma, pero sabía que no podía quedarse más tiempo con ella.

Porque si había algo que tenía sentido en su vida, era saberse hijo de un rey.