Nota: Se que esta súper prohibido poner notas pero es muy necesario se que tiene tiempo que no actualizó pero tengo una justificación estaba en fin de semestre es el penúltimo y estaba súper atareada en la universidad una disculpa como ya he terminado, hoy terminare de subir la historia en el transcurso del día son increíbles gracias por sus visitas, gracias a quien lee y no deja review, gracias a quien lo hace. Sin esas visitas no seguiría subiendo historias estamos a nada de empezar con Alice y Jasper háganme saber de que pareja prefieren nuevas adaptaciones traigo unas en mente.
Disclaimer: Esta historia no me pertenece, ni sus personajes al final de la trilogía diré la autora valen mil son increíbles.
Capítulo 10
No.
—Ya lo has dicho dos veces.
—Quiero que no haya malentendidos. No voy a casarme contigo.
Rosalie vio que tomaba aliento para intentar mantener el dominio de sí mismo. Sin embargo, sentía tal torbellino de sensaciones que le daba igual. ¿Quién habría pensado que una petición de matrimonio podía ser tan dolorosa? Sin embargo, el dolor la desgarraba por dentro mientras se miraban como dos boxeadores en cada esquina del ring.
—Todavía no me has dado un motivo para negarte.
—Y tú no me has dado un motivo válido por el que debería casarme. Supongo que será porque estoy embarazada, pero, aun así, sigo negándome.
—Rosalie…
—No es no, Emmett —le temblaron las manos al recordar lo que había pasado los últimos tres años—. Hace tres años me casé engañada y no pienso hacerlo otra vez, independientemente del motivo.
—Explícate —le pidió él con un brillo de curiosidad en los ojos.
—Ya te he contado que mi matrimonio fue… complicado. También sé lo que opinas de mí y de las circunstancias en las que nos conocimos. Por mucho que intentes negarlo, sé que desprecias lo que pasó entre nosotros, pero te aseguro que perder la virginidad con un hombre que estaba llorando a su mujer el día del aniversario de su muerte ya es bastante horrible. No pienso quedarme atrapada en otra farsa de matrimonio en el que soy el segundo plato.
Rosalie no siguió al ver que se había quedado blanco como la cera.
—¿Tu virginidad? —preguntó él en un tono áspero como el papel de lija. Rosalie se amilanó. Cómo no, de todo lo que había dicho, él había tenido que quedarse con eso. Se dio la vuelta y cerró los ojos con todas sus fuerzas por la vergüenza.
—Rosalie —él estaba detrás, tan cerca que pudo sentir su aliento en la nuca—. ¿Has dicho que eras virgen cuando nos acostamos? —preguntó él con una emoción que ella no pudo definir.
—Sí —contestó ella apretando los puños e intentando respirar.
—Date la vuelta.
—No.
—Tienes que dejar de oponerte tanto a mí. Hay algunas cosas que dejaré a un lado, pero esta no es una de ellas. Date la vuelta —le ordenó con más firmeza.
Ella se dio la vuelta con el corazón en un puño y abrió los ojos. Los ojos color avellana tenían un brillo deslumbrante.
—Estuviste tres años casada, ¿cómo es posible que fueses virgen cuando murió tu marido?
—No encontramos la ocasión, supongo —contestó ella encogiéndose de hombros. —No es el momento de ser ingeniosa —él la agarró de los brazos con una fuerza implacable.
¿Cómo es posible que King tuviera a una mujer como tú en la cama y no la tocara?
—¡Porque yo no le hacía nada!
—¿Te negaste a dormir con él? —preguntó Emmett con el ceño fruncido.
Ella intentó reírse, pero dejó escapar un graznido.
—Al contrario, me arrojé a sus brazos. Incluso, intenté seducirlo antes de que nos casáramos, pero él dijo que era mejor que esperásemos. Yo, necia de mí, creí que era el colmo del romanticismo, ¡que estaba siendo noble! Sin embargo, resultó que no me deseaba. ¿Quieres saber por qué? Porque la noche de bodas me dijo que era gay.
—¿King era gay? —preguntó Emmett con los ojos fuera de las órbitas.
—Me extraña que no lo sepas teniendo en cuenta dónde lo encontraron vuestros investigadores.
—Sabíamos que estaba viviendo en una zona infame de Bangkok, pero yo supuse… —¿Qué estaba con prostitutas? No, Emmett, lo más probable es que mi marido estuviese cohabitando con un amigo cuando vuestros hombres dieron con él. No necesité una bola de cristal para saber que había cambiado las condiciones del contrato y que había conspirado para hundir el petrolero porque necesitaba dinero para pagarse su vida secreta y la adición a las drogas que lo mató.
—Rosalie mou…
—No quiero hablar más de esto y tampoco quiero hablar del matrimonio. Me lo pides porque estoy embarazada, pero nada me convencerá de que me case otra vez.
—¿Ni siquiera la seguridad de tu hijo?
Ella palideció. Él la tomó entre los brazos, fue hasta el sofá y se sentó con ella en las rodillas.
—Ese hijo lo significa todo para mí y pienso darle todo lo que necesite —susurró ella con rabia.
—Todo menos un hogar estable y la unidad de sus padres.
—Eso es un golpe bajo, Emmett. Tú lo tuviste un tiempo, pero tampoco fue gran cosa para ti, ¿no?
Lamentó haber replicado así, pero tenía que defenderse. Ya no luchaba solo por ella, tenía que pensar en el bebé.
—Nuestro matrimonio será distinto —afirmó él abrazándola con más fuerza.
—No puedes saberlo.
—Estoy decidido a ganar esta pelea, Rosalie.
—¿Por qué tiene que ser una pelea?
—Porque te opones a cada intento que hago de que veas el sentido.
—Que no vea las cosas como tú no quiere decir que no tengan sentido. Si esto no hubiese pasado, ¿me habrías pedido que me casara contigo?
Él apretó los dientes y bajó la mirada. Ella tuvo la respuesta que necesitaba.
—Entonces, ¿por qué tiene que ser distinto para mí?
—Porque ya no se trata solo de ti.
—Lo sé, pero eso es chantaje emocional.
—Es la verdad. Dime qué tienes pensado para nuestro hijo. ¿Piensas volver con tus suegros cuando haya nacido? ¿Piensas vivir con los padres de King y el hijo de otro hombre?
—Claro que no. Buscaré otro sitio para vivir.
—¿Y cuando sea un poco mayor?
—Buscaré la mejor forma de que lo cuiden y seguiré con mi profesión. Millones de mujeres lo hacen todos los días. ¿Por qué iba a ser distinta?
—Porque no es un bebé cualquiera, es un Cullen. Lo quieras o no, eso hace que sea distinto a cualquier otro bebé.
—Ya sé que te gusta creer que eres especial, pero…
—No hay peros, Rosalie. Perdí un hijo antes de que naciera —él le miró el vientre y tragó saliva—. Si tengo la suerte de ser padre esta vez, nada ni nadie me apartará de mi hijo.
Empate. Aunque sabía que era provisional, se aferró a ese empate mientras el avión privado los llevaba a Bermudas y al proyecto que había aceptado hacía un siglo. La costaba hacerse a la idea de que hacía dieciocho horas que había descubierto que estaba embarazada de Emmett, pero le costaba más creer que había aceptado darle una respuesta en el plazo que tardaría en tramitar el permiso de matrimonio. Sin embargo, la expresión de su cara cuando aceptó le había llegado al alma y había llegado a creerse que hablaba en serio cuando dijo que quería tener un papel permanente en la vida de su hijo. Después de haberse pasado la vida de casa de adopción en casa de adopción, ¿no le debía a su hijo que tuviese los mejores cuidados posibles? Sin embargo, ¿podía atarse a otro hombre que no la quería por sí misma? Los ojos se le empañaron de lágrimas, otro síntoma del embarazo que no podía evitar. Se las secó y miró a Ari.
—¿Qué te pasa?
—Creo que he descubierto la hormona del embarazo que me hace llorar a la primera de cambio.
Él se levantó del asiento de cuero y le tendió una mano.
—Ven.
—¿Adónde vamos? —preguntó ella mientras le tomaba la mano.
—Falta hora y media para que aterricemos. Deberías descansar.
—Estoy embarazada, no enferma. No tengo que descansar.
—Pero descansarás o daré la vuelta al avión para volver a Londres. —Tengo que trabajar, Ari…
—Ni siquiera veías la pantalla de la tableta por las lágrimas.
—Ni siquiera veías la pantalla de la tableta por las lágrimas. —Estaba pensando la estrategia… —Sí, tanto que estabas llorando.
La agarró de la cintura y la llevó a un lujoso dormitorio con una cama enorme llena de almohadas y con una colcha dorada. Se sentó en el borde, se quitó los zapatos con los pies y se tumbó mientras bostezaba.
—Creo que me vendrá bien descansar un poco —reconoció mirando a Emmett.
Él se acercó y empezó a quitarse los gemelos. Se remangó la camisa y se quitó los zapatos.
—¿Qué haces?
—¿Tú qué crees?
—Pero…
Rosalie se calló al acordarse de que había estado toda la noche despierto. Se dio cuenta de que la había cuidado desde que se enteró que estaba embarazada y había descuidado sus propias necesidades. Podía empeñarse en que él volviera a la cabina, pero sería una crueldad innecesaria y había sitio de sobra en la cama. Además, no iba a arrancarle la ropa y a hacer el amor desenfrenadamente con ella. Ya habían pasado esa fase. Dejó a un lado el dolor que le producía pensarlo y levantó la colcha. Él se metió en la cama
con una sonrisa que no se reflejó en sus ojos. Se puso de costado y le miró el pelo con sus ojos hipnóticos.
—Estarías más cómoda si te soltaras el pelo.
—No lo creo. Mi pelo me ha acarreado muchos problemas con el niño de diez años que llevas dentro. Se quedará recogido.
—Como quieras.
Él se relajó con las manos cruzadas sobre el pecho y cerró los ojos. Al cabo de unos minutos, oyó su respiración serena. Lo miró porque no pudo evitarlo y porque la transformación de Emmett cuando estaba reposando era increíble. Ya sabía el motivo de sus ojos atormentados y se alegraba de que durmiera tranquilo. Por primera vez, pensó en todo lo que había perdido Emmett. Tuvo que ser devastador que perdiera a su esposa y al hijo que estaban esperando. No le extrañó que estuviera tan desolado en Macdonald Hall ni que quisiera buscar una forma de olvidarse. Las lágrimas volvieron a nublarle la vista. Tenía que acabar con eso o estaría chiflada mucho antes de que naciera su hijo, pero tenía que estar muy cuerda y con el corazón intacto. Había pasado por muchas cosas y no podía volver a poner en peligro los sentimientos. No se plantearía la propuesta de Emmett hasta que estuviera segura porque algunas veces él le mostraba una delicadeza que hacía que su necio corazón creyera que podía quererla. Eso era un camino resbaladizo al desengaño y no pensaba recorrerlo.
Se despertó al oír los latidos de un corazón a su lado y al oler un aroma muy conocido. Sin embargo, abrió los ojos lentamente al notar una mano en el abdomen. Estaba despierto y le miraba el vientre. Al parecer, se había acurrucado a él porque, además, la rodeaba con un brazo. Lo observó y vio una expresión de desesperanza en su rostro. Era tan intensa que contuvo el aliento. Él debió de notarlo porque empezó a retirar la mano, pero ella se la sujetó donde estaba.
—¿Qué le pasó a ella?
Él se quedó inmóvil y, durante unos minutos, Rosalie creyó que no iba a contestar. —Tenía el corazón débil y los médicos estaban divididos entre los que creían que podría tener un hijo y los que no. Ella se puso del lado de los más optimistas. El corazón falló a los seis meses.
—Y tú te lo reprochas.
—A pesar de los temores, me dejé convencer de que no pasaría nada —replicó él con una sonrisa sombría—. Sin embargo, los dos murieron.
—Emmett, no puedes…
Él se apartó y se levantó.
—Rosalie, no vamos a hablar de eso ahora. Aterrizamos hace diez minutos.
El Cullen Bermudas era otra obra de arte arquitectónica. El camino entre palmeras llevaba a seis edificios unidos por puentes de madera. Eran suites con varias habitaciones, una amplia terraza de madera, una piscina que parecía acabar en el infinito y un lujoso jacuzzi que daban a una playa privada con arena blanquísima. El exclusivo casino de tres pisos, totalmente de cristal, estaba plantado sobre postes transparentes y parecía flotar en el mar.
Emmett se volvió hacia ella cuando el equipaje ya estaba en el todoterreno.
—Luego lo recorreremos entero, pero, ahora, te presentaré a tu cocinero.
—Mientras no me ordenes que descanse, me parece bien.
Él esbozó una sonrisa, pero no dijo nada y condujo hasta su villa, en el extremo sur del complejo. Al ver las aguas azul turquesa, se le ocurrió otra idea para la inauguración.
—Creo que añadiré el buceo a las actividades.
—Muy bien. Plantéate el remo también.
—¿El remo?
—Edward y Bella llegarán un par de días antes que los invitados. Las aguas están un poco movidas de vez en cuando, pero quiero remar con Edward. Ya te diré qué me parece.
—Gracias, me vendrá muy bien.
No quedaba ni rastro del dolor que había visto en el avión. Volvía a ser Emmett Cullen, el magnate de los hoteles de lujo. Se quedó boquiabierta cuando llegaron a la villa y los empleados les preguntaban dónde dejaban los equipajes. —Yo ocuparé la suite más pequeña y tú, la principal —dijo Ari.
Ella no supo por qué, pero sintió una punzada de decepción. ¿Acaso había creído que dormirían juntos? Nada había cambiado desde el día anterior, aparte de que estaba embarazada por su imprudencia. Sexualmente, la relación había terminado. Aun así, no pudo contener la desolación mientras él se alejaba. Dos empleados se ocuparon de deshacer el equipaje y se puso el único biquini que tenía. Recorrió todas las habitaciones y cuando entró en el solárium se dio cuenta de que en todas había un mismo objeto. Se dio la vuelta cuando entró Ari.
—¿Has puesto un autoinyector de epinefrina en cada cuarto? —le preguntó aunque se le paró el pulso al ver que se había puesto una camiseta blanca y unos pantalones cortos color caqui.
—Sí —contestó él lacónicamente.
—¿Por qué?
Él se detuvo ante las puertas acristaladas que daban a la terraza de teca. Se dio la vuelta y se acercó a ella. Entonces, él le acaricio una mejilla y se le aceleró el pulso.
—Rosalie, esta vez no voy a correr riesgos contigo y mi hijo —contestó él con una voz tan solemne que le llegó al alma.
—¿Quieres hacerme llorar otra vez?
—Voy a tener que aceptar que las lágrimas son parte del juego —contestó él bajando la mano—. Ven a conocer a Peter, tu cocinero.
—De verdad, no necesito un cocinero personal —replicó ella mientras lo seguía.
—Ya está hecho, glikia mou. Tendrás que acostumbrarte.
Estaba intentando descifrar esas palabras cariñosas en griego cuando un hombre vestido de blanco rodeó la mesa donde estaba cortando fruta.
—La fuente de fruta ya está preparada. Para el almuerzo, tengo pollo especiado a la parrilla con ensalada verde. Si necesita algo más, dígamelo.
Emmett la llevó a unas tumbonas dobles que había junto a la piscina y el teléfono sonó mientras se sentaban. Ella contuvo el aliento al ver la sonrisa de Emmett cuando leyó el mensaje de texto.
—Jasper también va a venir. Llegará a finales de semana.
—Estáis muy unidos, ¿verdad? —preguntó ella con envidia.
—Son mi familia. Lo significan todo para mí.
Los ojo se le empañaron de lágrimas otra vez y Emmett lo vio.
—Rosalie…
—Eres muy afortunado. Quiero decir, pasaste una tragedia, desde luego, pero has permanecido unido a tu familia y eso es…
—Es algo que tú no has conocido.
—No.
—Cásate conmigo y lo conocerás —insistió él dejando el móvil a un lado.
La tentación hizo que el corazón albergara alguna esperanza, pero el instinto fue superior.
—No es tan sencillo. No puedo…
—Rosalie, tenemos que hacer sacrificios por nuestro hijo —la interrumpió él con firmeza.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que estamos de acuerdo en que no es la forma ideal, pero tenemos que buscar lo mejor para nuestro hijo. Por mucho que creas que puedes ser la madre soltera ideal, nunca podrá compararse con lo que podemos ofrecerle como una familia unida. Eso es lo más importante.
—Es posible que lo sea para ti, pero no para mí. Creo que es más importante que el niño se críe rodeado de amor.
—¿Crees que no podemos darle eso? —preguntó él con una expresión más dura.
Ella contuvo al aliento mientras Peter les llevaba la fruta y volvía a su mesa. —Emmett, después de lo que los dos hemos pasado… —Mi pasado no tiene nada que ver con esto.
—Si crees eso, voy a tener que tomarme más tiempo para meditar tu propuesta.
—¿Puede saberse qué estás diciendo, Rosalie?
—Estoy diciendo que te han hecho mucho daño, como a mí. Tenemos que tener en cuenta hasta qué punto afectara eso a nuestro hijo.
—Quieres que declare mis sentimientos hacia ti antes de que te plantees casarte conmigo.
—No, pero tenemos que superar la amargura y el dolor antes de que podamos pasar página. Aparte, no hemos pasado más de cuarenta y ocho horas juntos.
—Y casi todo el tiempo en la cama. Al menos, sabemos que nos entendemos en el dormitorio.
Ella sintió que le abrasaban rincones del cuerpo en los que no quería pensar en ese momento.
—¿Y eso sirve para algo a la hora de criar a un hijo?
Él la miró de arriba abajo con una sonrisa burlona.
—Te sorprendería lo obediente que puede ser un hombre saciado y satisfecho. —Efectivamente, no lo sé —replicó ella sonrojándose—. No lo conseguí en mi matrimonio.
—Desperdiciaste tu pasión con el hombre equivocado. Nuestro matrimonio será distinto.
—Entonces… pretendes que nosotros…
—¿Tengamos relaciones sexuales? Sí, Rosalie. No pienso vivir como un monje.
Tenía la respuesta sobre la parte física del matrimonio, pero no sobre la emocional. ¿Podía plantearse un futuro con él sabiendo que nunca lo tendría sentimentalmente? No. El sexo era maravilloso, pero no sería suficiente a largo plazo. Comió un poco más de fruta y esbozó una sonrisa cuando les retiraron los platos.
—Acordamos concedernos una semana, Emmett.
—¿Qué habrá cambiado dentro de una semana? —preguntó él apretando los labios.
—Es posible que te convenza para que me hables un poco más —contestó ella.
—¿Esa terapia será mutua? —preguntó él con los ojos entrecerrados.
Ya le había contado su secreto más humillante, pero ¿podría contarle ese anhelo de ser querida que la había llevado hasta Royce? Tomó aliento.
—Estoy dispuesta a intentarlo si tú lo intentas, pero tenemos que comprometernos los dos.
—Rosalie… —dijo él con cierto enojo.
—Acordamos una semana. Solo estoy añadiendo un apéndice. Como mínimo, tienes a tu hijo.
Emmett tuvo que hacer un esfuerzo para no exigirle la respuesta inmediatamente. Se ponía más nervioso con cada minuto que pasaba, como si hubiese algo que podía estropear la felicidad que sentía. Rosalie tenía razón. Nunca había pensado casarse otra vez, pero al despertarse con ella acurrucada junto a él en el avión, había llegado a pensar que quizá tuviera la oportunidad de recuperar lo que había perdido. Había perdido una parte de sí mismo con la muerte de Sofía y su futuro hijo, pero podía formar otra familia, ser al padre que siempre había querido ser, el padre que su propio padre no había sido. Sin embargo, sabía que tenía que ser paciente.
—No tengo mucha paciencia.
Sintió una opresión en el pecho cuando ella sonrió levemente.
—Ya me estoy dando cuenta. Quizá yo debería reconocer que soy bastante tozuda. Emmett miró su pelo y sintió el deseo en las entrañas. Se reconoció que la necesidad de acelerar las cosas se debía a que, una vez casado, no tendría que contener ese deseo que lo torturaba.
—Muy buen. Acepto emplear esa semana para conocernos mejor.
—¿Significa eso que puedo preguntarte lo que quiera? —preguntó ella mientras
Peter llevaba el plato principal.
Él había abierto esa puerta y cerrarla solo empeoraría las cosas. Asintió con la cabeza y vio que ella esbozaba una sonrisa pensativa.
—Sin embargo, te advierto de que doy lo que recibo y que a veces hago trampas. Ella dejó de sonreír y él no pudo contener la risa. Empezó a comer y observó que ella también comía. Estaban terminando la ensalada cuando ella lo miró de soslayo.
—¿Sabe tu hermano que estoy embarazada?
—No. Todavía no se lo he dicho. Me gustaría comunicar tu embarazo y el matrimonio a la vez.
—Mmm… De acuerdo.
—Entonces, ha llegado el momento de que te enseñe todo el complejo —dijo él levantándose con impaciencia—. Luego, podrás empezar a trabajar.
