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Capítulo X:
"Les Fleurs du mal:
La cloche fêlée"
(Las Flores del Mal: La Campana hendida)
Paris, Francia; 1863
"Resulta amargo y dulce, en las noches de invierno,
Escuchar junto al fuego, que palpita y humea,
Los recuerdos lejanos que se alzan lentamente
Entre los carrillones que cantan en la bruma."
Al escuchar las pisadas que resonaban en las escaleras con claros signos de fastidio, Alaude cerró el libro, y antes de que pudiera ponerlo fuera de vista, la puerta de la habitación se abrió de par en par mostrando a un Corneille que destellaba indignación y parte de cansancio. El hombre poseía un ceño fruncido que parecía estar dibujado en él desde hace horas, cosa que sólo pasaba cuando el trabajo por hacer se intensificaba. Esa mueca, era una de las pocas expresiones que eran reales de todo el catalogo de caras y gestos que tenía el espía.
Alaude miró a Corneille durante unos minutos, sin decir una palabra y observando como el mayor se adentraba en sus pensamientos, tratando de encontrar soluciones a un problema que había surgido y del cual le diría nada hasta tener una respuesta que lo satisficiera por completo.
Después de unos minutos, Corneille suspiró, desviando su vista a donde estaba el ahora no tan niño, y acto seguido arqueó una ceja en modo interrogatorio. Alaude ya se imaginaba el porqué del gesto y deseó el haber escuchado las pisadas de su superior al menos unos segundos antes.
- ¿Por qué se supone que estás leyendo eso, oisillon? - inquirió - Ese libro está prohibido en el país.
- Lo poseía uno de los presos de la otra noche - contestó con tono monótono - Decidí leerlo para tratar de aprenderme las frases más representativas, así cuando oiga a alguien hablarlas, sabré que leyó el libro.
Corneille sonrió de medio lado ante la respuesta dicha.
- Bastante hábil, oisillon. Bastante hábil.
Alaude no mentía, en primera instancia esa había sido su intención; pero luego de leer los primeros poemas que contenía el escrito quedó maravillado por la prosa que poseían y la forma de representar las ideas que tenía, así que, aún en contra de su propia conciencia, terminó leyéndolo por el puro gusto de hacerlo. Al principio no entendía porque se tenía que censurar o prohibir cierto tipo de libros o de literatura, luego, aprendió que se hacía con la intención de que las ideas peligrosas no llegaran a manos de los ciudadanos. Un párrafo, un verso, una palabra, podía contener un millar de pensamientos que despertarían la mente de varios y ocasionaría un caos en el status quo de la población. Tal como sucedió con ese libro que durante el tiempo en que lo leyó, ocasionó que recuerdos que hace años no aparecían en su cabeza volvieran a presentarse frente a Alaude con una claridad asombrosa, repitiéndose una y otra vez con cada palabra que estaba impresa.
Ciertamente la literatura tenía sus riesgos, pero eso era una de las características que la hacía tan atractiva.
- Las flores del mal - Corneille tomó el libro entre sus manos, dándole vueltas como si esperase ver un arma saliendo de entre las hojas o percatarse de un mensaje secreto oculto - ¿Y realmente el titulo tiene que ver con lo escrito?
- Una parte… - confesó algo dubitativo Alaude pero sin transmitirlo en su voz. No tenía ganas de comentar tales hermosos poemas con él.
- ¿No te parece increíble? - preguntó Corneille divertido - Que simples palabras impresas en unas hojas puedan ser más peligrosas que la peor arma que se haya inventado hasta ahora. Las palabras llegan a nuestra mente, la impregnan con sus ideas, nos hacen cambiar nuestra forma del ver el mundo y lo que antes nos parecía de lo más normal y por lo tanto, lo correcto, se vuelve una profanación a la dignidad humana. ¿Dónde empieza la línea entre tus propios pensamientos y lo que te está metiendo en la cabeza el autor? Es una línea tan tenue que a veces es incapaz de verse.
Alaude conocía a la perfección el nulo afecto que le tenía Corneille a la literatura, las artes, y todo aquello que pudiera transmitir algún sentimiento humano, por lo cual el comentario del mayor no lo tomó por sorpresa y hasta cierto punto lo veía venir. Por supuesto, que Corneille veneraba las obras maestras que se habían elaborado en Francia, pero justamente porque eran de Francia que las aceptaba y si estaba de un buen humor, hasta las podía presumir. Y claro está, solo aquellas con autorización de los gobernantes eran las que valían la pena, las otras, eran solo un montón de palabras difusas hechas para alentar a la destrucción; y el orden, era lo más preciado que cualquier nación poseía, no podían darse el lujo de perderlo por el capricho de unas simples palabras.
No importaba lo demás, no importaban las personas, no importaban las otras ideas. Lo que era definitivo y crucial, era el tener un orden y un cumplimiento de las reglas a toda costa.
- Desde ahora no podremos utilizar a los méndigos para recopilar información en el país - le informó Corneille mientras hojeaba sin interés el libro. Alaude volteó a verlo confuso - Se ha aprobado una nueva ley, ahora el ser pobre es un delito.
- ¿Perdone? - Alaude dijo confundido, lo que estaba diciendo Corneille no tenía ni pies ni cabeza - Tal vez entendí mal, está diciendo que-
- No hay nada malo en tu comprensión, oisillon. Te puedo asegurar eso - interrumpió tajante - Desde ahora, toda persona que no posea dinero será llevada a la cárcel, y aquellos que no puedan obtenerlo serán enviados al Dépôt de mendicité(1), donde tendrán que trabajar para ganarse el dinero y salir de ahí - detuvo su habla, mirando de reojo al rostro del menor mientras sus manos seguían jugando con el libro y sus ojos brillaban de una extraña diversión - Ahora no podremos usar a esas personas como informantes, tendremos que encontrar otra manera de obtener todo.
- Ya veo - respondió Alaude sin ningún cambio de expresión a simple vista, aunque en su interior bullía de descontento - ¿Ha pensando en alguna medida para tratar con este inconveniente?
- Ya se me ocurrirá algo - comentó - Mientras tanto, el plan de recoger la información con el méndigo de hoy, sigue en pie. No se te vaya olvidar que es-
- En la noche - completó - Lo tengo en mente Monsieur.
- Perfecto - Corneille dejó de juguetear con el libro y lo colocó en el escritorio, dirigió sus pasos a la puerta de la habitación mientras le dictaba a Alaude sus últimas ordenes del día - Has todo lo demás que se tiene planeado y recuerda evitar llamar la atención, no queremos inconvenientes.
- Entendido.
El mayor abrió la puerta y salió, pero antes de cerrarla, le dedicó una sonrisa que brillaba de gracia a su subordinado y mencionó con falsa alegría:
- Me contenta que seas tan útil y obediente. Ten por seguro que tus padres estarían muy felices al verte de esta manera… ¿O no?
La puerta se cerró, y Alaude tuvo ganas de tirar a su superior por las escaleras. Tratando de contener su furia, le dio una última mirada al libro en su escritorio y se decidió a prepararse para lo que faltaba por hacer.
Las calles abarrotadas, los mercados y restaurantes llenos, los museos cobraban vida por el murmullo y el pisar de los turistas, ese era el Paris que recibía a miles de personas todos los días. El continuo caminar de la gente, las risas ocasionales, la alegría sincera que se revelaba en ciertos rostros, todo eso ocasionaba una cierta paz y alegría en su interior.
Sin importar lo crueles que podían ser algunas misiones, valía la pena el arriesgarse tanto y adentrarse a los confines de la oscuridad para poder observar esos pequeños momentos de luz que rodeaban a Paris y varias ciudades de Francia. Sólo en ese aspecto, Corneille tenía cierta razón: El orden y la paz, eran los que hacían brillar a las personas.
Después de recoger una cierta cantidad de papeles en el despacho de un compañero de Corneille, darle la información necesaria para su siguiente travesía y dar su rutinaria vuelta por la ciudad, a Alaude le quedó toda la tarde libre hasta el encuentro que le encargaron terminar. Y pese a las horas que aún quedaban, no perdió tiempo en dirigirse a la Catedral de Notre-Dame, lugar donde se llevaría a cabo su siguiente función.
Con cierta parsimonia, se sentó en las escaleras de la entrada de la Catedral donde varias parejas (de clase baja por supuesto, pues los más adinerados nunca se dignarían a sentarse en el suelo) descansaban un rato, miraban hacia el cielo azul u observaban a sus hijos jugar en la plaza. Entre toda aquella armonía, Alaude buscó entre su ropa y sacó el libro que leía hasta que su superior lo hubiera interrumpido.
"Las flores del mal" era una recopilación de poemas escritos que habían sido tachados de obscenos e inmorales, por eso lo habían censurado en unas partes y prohibido en otras. Alaude no estaba muy seguro de que los poemas fueran como los describían, pero de que evocaban sentimientos, los peores enemigos que podía tener el hombre en situaciones adversas, los evocaba. Sentimientos de desdicha y desesperación, de nostalgia y de cierta atracción por la muerte. Sentimientos que le recordaron lo que fueron su padre y su madre.
Por extraño que le pareciese a sus "compañeros" de la organización, no era hijo de Corneille ni poseía ningún lazo familiar con él, tampoco había estado a su lado desde su nacimiento. Originalmente, ni siquiera debió de conocerlo.
"Resulta amargo y dulce, en las noches de invierno…"
Aunque sí, sí empezó a estar junto a él cuando era pequeño.
De hecho, no fue mucho antes de tener que realizar ese viaje a la ahora Italia para cerciorase de que el grupo que habían mandado cumpliera bien con su trabajo. El grupo falló, pero en ese momento pudo conseguir parte de esa frialdad que tanto necesitaba para ese deber en el que se aventuró. El matar uno a uno a los hombres caídos en el suelo italiano, jalar el gatillo una y otra vez hasta que el suave movimiento del pecho se detuviera y el palpitar se extinguiera. Ahora eran acciones normales, pero en ese momento era algo que nunca había hecho; sí, había tenido la tarea de observar los cuerpos y rectificar si realmente están muertos o no, pero no había sido el causante de sus muertes, al menos, en el caso especial de unas personas, no de forma consciente.
Tan extraña fue esa primera experiencia, que a la hora de revisar los signos vitales de los primeros, su mano temblaba ligeramente. Y para su desgracia, fue en ese momento cuando los otros dos niños se percataron de su presencia. El de cabellos rojos lo miraba como si fuera un fantasma, cosa que le importó poco, pero el otro infante fue diferente; sus ojos eran de un naranja tan puro y cálido que se sintió desconcertado, y tuvo la sensación de que esa mirada podía ver a través de él y observar su pasado, observar lo acontecido noches atrás en Paris donde la cobardía lo dominó. Sus ojos observaban pero no juzgaban, no le reprochaban, en ese momento, sólo observaban e incluso, llegó a sentir que entendían parte de su dolor.
Corneille tuvo cierto interés en el par de niños, tanto que hasta ofreció sus servicios para que su intervención fuera olvidada y que ambos menores pudieran estar libres de toda culpa o responsabilidad. Por supuesto, Alaude sabía que ese favor no era gratis y de que alguna forma u otra, en el futuro tendrían que pagar por aquello, cosa de manera extraña ocurrió cuando quitó su ayuda de forma inesperada un año después sólo para observar los actos de ellos en la batalla que seguramente se llevaría a cabo en la entonces capital de Sicilia; los resultados de dicha batalla dejaron fascinado al mayor, quien soltó una escabrosa pero sincera risa y fichó a ambos niños como sujetos de interés para un futuro. El como Corneille había conseguido los detalles de lo ocurrido en Sicilia aquella noche, era parte de toda la red de información que la organización poseía, porque no había que olvidar que, después de todo, su trabajo era robar información que podía ser importante para el bienestar de Francia o simplemente, bienestar de los altos mandos; aunque la información de Sicilia no era del todo confiable y faltaba mucho por constatar, Corneille se dio por bien servido con lo que le habían dicho.
"Escuchar junto al fuego, que palpita y humea…"
Aún ahora, con doce años de edad, Alaude se seguía convenciendo de que todo lo realizado era para un bien mayor. Si los gobernantes se encontraban seguros, entonces el pueblo estaba seguro. Si había orden por parte de los que ostentaban el poder, el orden también pasaría a manos de las demás personas, y mientras hubiera orden, no tendría por qué haber muerte.
No tendría que haber ladrones que mataran para conseguir comida, no tendría que haber generales corruptos, no tendría que haber policías que traicionaran a su propósito, ni familias que pagaran por el descuido de esa persona. Lo que hacían era conseguir información, limpiar lo impuro, deshacerse de las amenazas externas y así, la paz podía seguir reinando. Ese era el trabajo del que se encargaban y del que nadie de los ciudadanos comunes estaba enterado, ese era el trabajo de ser un "espía de la nación".
"Los recuerdos lejanos que se alzan lentamente"
Entre el cálido sol de la tarde, las risas de los transeúntes y los sonidos de rezos provenientes desde dentro de la Catedral, Alaude abrió el libro y se dispuso a volver a leerlo. Con todo y la extraña sensación de los recuerdos que hacia renacer, leerlo una vez más valía la pena.
"Entre los carrillones que cantan en la bruma."
Nunca recordó mucho de cuando era niño, la mayoría de las imágenes eran borrosas y sin sentido alguno. A diferencia de Giotto, que recordaba a la perfección los momentos vividos con sus padres y su hermano, Alaude solo podía memorar vagas siluetas.
De su padre, ni siquiera recordaba el sonido de su voz o como era su rostro y con el paso de los años incluso su nombre fue olvidado. Lo único que sabía de él, era que se había propuesto como soldado en la Guerra de Crimea, en 1856. Murió en batalla, su cuerpo fue incapaz de encontrarse por lo que no lo podían identificar oficialmente como "muerto", y eso ocasionó que a su familia no le dieran ni al menos una pequeña recompensa económica. Su padre siempre quiso ayudar al país a prosperar, y a su modo contribuyó en una pequeña victoria en la guerra, pero a cambio, dejó a su familia abandonada y sin sustento alguno.
De su madre era de quien recordaba más. Recordaba las constantes ojeras que siempre la asechaban desde la muerte de su esposo, su persistente preocupación para obtener algo de comer, su ropa que poco a poco fue rompiéndose y haciéndose sucia, los rastros de cansancio que dominaron su hermoso rostro y también, recordaba la pequeña pero amorosa sonrisa que le dedicaba día a día. Comida nunca hubo mucha, pero siempre su madre obtenía lo necesario para poder llenar el estomago de su pequeño, aunque ella se quedara sin ingerir alimento alguno durante días.
Al principio, Alaude no sabía cómo era que ella conseguía la comida o en dado caso, el dinero para poder comprarla. No era tampoco que entendiera como era la situación de esos momentos, y sólo se conformaba con desearle buena suerte a la mujer cuando salía todos los días de la casa desde temprano, y regresaba ya entrada la noche con lo que había conseguido en el día. Las raciones variaban, a veces venía llena de comida oculta en sus ropas y a veces, apenas con un pedazo de pan.
Cuando al fin entendió todo lo que había pasado, fue dos años después, y lo comprendió de una manera demasiado brusca, en la misma noche que conocería a Corneille y descubriría su llamado "talento innato" para las batallas.
Las calles estaban relativamente tranquilas, las personas dormían plácidamente en sus casas. La noche reinaba y el silencio era su compañía, o al menos lo fue hasta que fuertes sonidos de golpes a la puerta aparecieron. Alaude, sin entender nada, fue cargado por su madre y colocado escondido en una pequeña esquina de su vivienda donde las sombras le permitían ocultarse; la mujer le sonrió con labios temblorosos, con una cristalina lágrima que se formaba en un ojo suyo y le susurró: "No importa lo que pase, no salgas. Cuando veas que es de mañana, abandona la casa y tratar de buscar otro lugar donde quedarte. No te preocupes por mí, sabré manejarme."
Muchas veces, Alaude se preguntó qué hubiera pasado de hacer caso a las palabras.
Los gritos se escucharon, otro golpe duro, unas quejas femeninas seguidas de llanto y la puerta fue azotada con tanta rudeza que una parte se zafó y quedó colgando, rechinando y siendo movida por el aire. El niño desobedeció las ordenes, el inocente niño que sólo quería ayudar a su madre y evitar que la lastimaran salió de su casa, salió del lugar seguro en donde se encontraba y siguió los chillidos que el viento le traía consigo.
Paris seguía igual, seguía dormido. Y si alguien se había despertado por los ruidos de esa noche, no hubiera salido por nada del mundo. Era mejor ignorar los problemas ajenos para no terminar siendo víctimas de ellos.
Fue en frente de la Catedral de Notre-Dame, enfrente de aquel lugar que por mucho tiempo se consideró santo, donde terminó el niño petrificado, viendo como su madre estaba en el suelo, con lagrimas que no dejaban de escurrirse por su rostro, mordiéndose el labio tan fuerte que sangraba para evitar que los sollozos se escucharan por toda Paris; un par de hombres se reían mientras la golpeaban con saña, una y otra vez la pateaban como si fuera un objeto inanimado que no sentía, divirtiéndose al ver como se retorcía en el piso.
"¡Ladrona!" gritaban.
"¡Es la persona que ha estado robando, al fin la hemos encontrado!" exclamaban.
Ladrona, ladrona, ladrona. Eso era lo que su madre era.
Una ladrona, una ladrona que robaba para que él pudiera comer. Una persona que tuvo que verse convertida en ladrón por el desamparo en el que había caído desde la muerte de su esposo en una guerra. Guerra que tal vez se hubiera podido eludir de tener la suficiente información, o mínimo, poder acabarla más rápido y evitar que muchos soldados muriesen.
Su madre estaba herida, su madre estaba siendo lastimada, entonces, ¿por qué no era capaz de mover su cuerpo para ayudarla? ¿Por qué por más que le gritaba a sus piernas que se movieran para ir en con ella, no respondían? Aún cuando vio como un pequeño revolver era sacado por uno de los hombres y le apuntaba a ella, aún cuando observó, como si el tiempo se hubiera alentado, como el dedo tiraba del gatillo y como el disparo resonaba en sus oídos en un eco infernal, aún cuando vio que su madre se dejaba de mover, aún cuando los hombres siguieron riendo y patearon su cuerpo hasta alejarlo de la vista de la plaza principal y de la propia Catedral, aún todo eso, Alaude no pudo moverse.
- Oye, ¿no crees que nos pasamos? - comentó uno de ellos - No teníamos porque matarla, ¿o sí?
- Ya sabes cómo se pone él cuando se trata de las reglas. Que robaran durante tanto tiempo en Paris lo sacó de quicio, aunque no la hubiéramos matado nosotros, él lo hubiera hecho y créeme, de una peor manera.
- Cierto… Pero aún así, ¿no tendremos problemas?
- Recuerda que tiene contactos con altos cargos del gobierno, ¿qué podría pasarnos?
Un repentino grito hizo saltar a ambos hombres, que de forma inmediata corrieron donde escucharon el ruido en posición de ataque. Lo que encontraron, fue a un pequeño niño de siete años que de rodillas, sollozaba con las manos cubriendo su rostro.
- Oye, oye. No me digas que este crio es… ¡nadie nos avisó que tenía un hijo!
- ¿Eso qué importa? ¡Tenemos que callarlo antes de que despierte a medio Paris!
- ¡No te atrevas a matarlo también! ¡Es sólo un niño!
Mientras pataleaba y lloraba, los hombres lo llevaron a rastras, tratando de cubrirle la boca sin éxito alguno. Al pasar enfrente de la Catedral de Notre-Dame, al infante le pareció que las sombrías esculturas con rostros decepcionados y ojos dispuestos a juzgar a cualquiera que se le apareciera enfrente, las estatuas que parecían gozar del don divino de decidir quién debería de ser castigado y quien no, quien debería de sufrir por sus actos y quien debería de su sufrir por la falta de estos, le señalaban con la mirada a una dirección. Movido por el escalofrió que le proporcionó esos rostros sin vida a mitad de la oscura noche, el menor dirigió su vista hacia donde señalaban los seres que adornaban Notre-Dame, y ahí, tirada en el suelo, su madre lo observaba con ojos vacios, rostro inerte, y lagrimas que aún escurrían en sus mejillas.
Le pareció que su mirada gritaba, le gritaba de reproche por no ir a ayudarla. Le odiaba por permitir que terminara de esa forma, por haber preferido quedarse escondido mientras ella era torturada por el fantasma de la muerte.
Podía escuchar sus lamentos, podía escuchar sus gritos de desesperación, y la gentil sonrisa que siempre le dedicaba se deformó a una mueca de desagrado y rencor total. En su mente, la mujer le reclamaba con sonidos cacofónicos su falta de valor, su falta de fuerza, su falta de decisión. Su hermoso rostro se transformó en la mueca de un mártir que ahogaba con sus suplicios al responsable de toda su desgracia.
En medio de aquella escena, Alaude regresó a la realidad cuando los dos hombres lo tiraron al suelo y se alejaron despavoridos. De forma casi automática, el niño los miró con ojos sin emociones que trataban de comprender porque los otros parecían estar un éxtasis de confusión y miedo.
- E-esas son, esas son…
- No es posible, no es posible. ¡No tiene un anillo y es un niño! ¡No puede sacar llamas!
¿Llamas?
Alaude se enfocó en sí mismo, donde se percató que una mano suya estaba encadenada a unas esposas que refulgían en una extraña llama purpura. ¿Qué era eso? ¿Cuándo sucedió? Alzó su brazo confundido, quedando hechizado por la vivacidad de las flamas que bailaban en las esposas.
- Ese niño es un diamante en bruto, si se lo llevamos podremos ser recompensados. ¡Anda! No sabe cómo usar las llamas, no será un peligro.
Ignorando al par que se aceraba cauteloso a él, Alaude despegó su vista de las esposas y miró a Notre-Dame, cuyas cientos de santos lapidados en las paredes de la Catedral no dejaban de mirarlo. Con el mismo brazo donde tenía las esposas, alargó tembloroso la mano, como si quisiera alcanzar a las estatuas.
- ¿¡Qué demonios?!
- ¡Muévete y ayúdame, muévete!
Sin saberlo, con ese simple gesto, el niño había accionado el mecanismo especial que poseía ese tipo de llamas. La propagación. Al mover el brazo y llevarlo adelante, las esposas se habían agrandado, multiplicado, y encerrado a uno de los hombres que temblaba de miedo puro.
Alaude cerró el puño, en su mente, para poder tomar la mano que le ofrecía Notre-Dame, en la realidad, hizo que las esposas se compactaran y mataran de forma instantánea al hombre que dejó de respirar en un ahogado grito de auxilio mientras su sangre bañaba el suelo de Paris.
Los primeros rayos del sol aparecieron en al alba, el cielo amaneció de un extraño pero familiar rojo que acompañaba a la sangre recién derramada. Las campanas de Notre-Dame sonaron, hicieron eco en un canto que a sus oídos le parecieron lamentos sin esperanzas que lloraban por el funesto escenario que tuvo que observar durante la noche.
No supo que fue lo que pasó, su mente seguía concentrada en observar la elegancia y la potencia de Notre-Dame. Cuando despertó de su letargo debido a la primera campanada, fue como despertar de una pesadilla que no sabía cuando había comenzado.
El coro de las campanadas fue la música de fondo que tuvo cuando conoció a Corneille. La alta figura del francés lo miraba impresionado con el escenario de la salida del sol detrás de él. Alaude parpadeó confundido, viendo que el segundo hombre estaba muerto al lado de las botas negras del misterioso sujeto que acababa de aparecer. Un cadáver enfrente de él, aún rodeado de lo que a sus ojos le parecieron arnillos de metal, y otro cadáver que reposaba inerte a los pies de un visitante.
¿Qué pasó? ¿Qué sucedió?
¿Qué era lo que había hecho?
"¡Bendita la campana de enérgica garganta
Que pese a su vejez, saludable y alerta,
Desgrana puntualmente su clamor religioso,
Lo mismo que un soldado vigilante, en su tienda!"
- No tienes a donde ir, lo has perdido todo - Corneille habló, la seguridad de sus palabras hicieron al infante estremecer - ¿Qué te puede quedar ahora a ti, que incluso enfrente de Notre-Dame has cometido asesinatos?
- No… - intentó hablar, su voz sonaba tan débil y cortada que no la reconoció - No…
- ¿No fue tu intención? ¿No fue tu culpa? - el mayor avanzó hacia él, sus pisadas haciendo compas a las campanadas - ¿Eso realmente importa? Las cosas están hechas, la vida no puede volver a entregarse a aquellos que la han perdido.
Basta, basta. No entendía que pasaba, no comprendía que sucedió. ¿Por qué aconteció todo eso? ¿Por qué su mundo tuvo que derrumbarse de manera tan espantosa?
- Si aún te puedes mover, ayuda a llevar los cuerpos a La Morgue, para evitar que las personas vean este escenario de muerte enfrente de la Catedral - Corneille lo miró a los ojos, la fortaleza y la falta de tacto que refulgían aquellas pupilas negras hizo a Alaude asentir casi de forma automática - Luego veremos qué pasará contigo.
"Más mi alma está rota y cuando en sus fastidios
Quiere poblar de cantos el aire de las noches,
Parece con frecuencia su voz debilitada"
- ¿También moriré?
Corneille soltó una carcajada.
- ¿Y desperdiciar el talento que tienes? No, ni pensarlo. Vivirás, vivirás para aprender a manejar tus habilidades y, ¿quién sabe? Tal vez en el trayecto encuentres una forma de pagar por tus errores cometidos aquí.
- ¿Un bombardeo? ¿En Japón?
El hombre asintió mientras jugueteaba con una pluma.
- Después del accidente que hubo con los ingleses, varios de los extranjeros en esa pequeña isla se sintieron inseguros, lo que ocasionó que descuidaran sus "modales" enfrente de lo habitantes. Circunstancias parecidas se han repetido varias veces, sólo que esta vez sólo fueron heridos y ningún muerto, aún así…
- No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando esos bárbaros amenazan a nuestra gente - Corneille escupió molesto - Es por eso que queremos ayudar a los ingleses a bombardear uno de sus puertos principales ¿eh? Interesante decisión.
- Más aún, si las cosas salen como queremos, tal vez podamos comunicarnos con el shogun reinante… - su compañero le sonrió divertido - Los que lideran a Japón son la familia Tokugawa, y eso desde hace siglos, el shogun que es el heredero de la familia es aquel que gobierna Japón, si logramos tenerlo de nuestro lado a cambio de proporcionarle ciertas de nuestras armas para ayudarlo a terminar con la inconformidad que últimamente se vive en su país…
- Podremos apropiarnos de varios de sus recursos - Corneille captaba la idea, y era una que le llamaba la atención desde el fondo de su ser - ¿Ya han decidido quien encabezara todo esto?
Su acompañante arqueó una ceja.
- ¿Quieres liderarlo?
Corneille alzó los hombros, fingiendo restarle importancia.
-Sería entretenido - contestó - Y una buena experiencia para mi pequeño oisillon. Ya conoce bastante de Europa, ¿por qué no llevarlo a conocer el otro lado del mundo?
Cuando el Sol se empezaba a ocultar y la luz la natural del día desapareció, Alaude cerró el libro y lo guardó en un bolsillo de su abrigo. Podía ser ilegal y conducir a la furia de Corneille si se enteraba que lo conservaba por mero gusto, pero no podía deshacerse de él, era como si los poemas plasmados ahí expresaran lo que no podía sacar, y leerlos, era una forma de poder desahogarse.
Miró hacia el cielo, que ya empezaba a cambiar de tonalidad y se descubrió pensando en el niño de Italia, se preguntó si el poseía una forma de vaciar su dolor parecida a la que acababa de descubrir. Si lo meditaba bien, era idiota tan sólo el recordar a una persona a quien ni siquiera le había dirigido la palabra, pero por raro que era, no podía negar que tenía la impresión de que en un futuro, de alguna forma, iba a volver a encontrarse con él.
Contuvo una risa, y cerrando los ojos por unos segundos, consideró que tanta literatura que había leído últimamente le estaba afectando. ¿Encontrarse otra vez con alguien que vivía en otro país, que seguramente tenía una forma muy diferente de pensar y de actuar a la suya? ¡Era como algo salido de una novela!
Y aunque en ese momento no lo sabía, luego descubriría que el mundo era más pequeño de lo que muchos lo pintaban. Que podía conocer, estar de acuerdo, y hasta vivir en armonía con gente de varias partes, de varios países y varias nacionalidades, de varios oficios y varias habilidades, de varias clases sociales y varios pensamientos, de varios pasados y distintos futuros.
Vongola sería la prueba de ello.
Cuando volvió a serenarse y abrió los ojos, las personas se volvían a sus casas presurosas, la oscuridad empezaba su reinado y de entre lo lejos, observó como un méndigo nervioso miraba a todos lados para cerciorase de que nadie lo estaba siguiendo. Su expresión corporal brillaba de miedo, y Alaude supo al instante que él era la persona quien le traía información. Se paró, y antes de comenzar con su andar, dirigió una última mirada al vasto cielo que lo cubría.
"el espeso estertor de un herido olvidado
Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,
Y que se muere, inmóvil, con un esfuerzo enorme."
(1) "Deposito de mendigos" lugar donde se pusieron a trabajar unos mil mendigos haciendo cuerdas, correas o trapos. Se les pagaba una pequeña cantidad, y cuando habían ganado un cierto dinero, se les permitía salir.
¡Bienvenidos todos a esta clase de historia y literatura para…ah, no esperen, eso no es.
¡Hola a todos y gracias por leer este episodio! Como mencione en el anterior, fue dedicado a un personaje, esta vez, a nuestro querido Alaude. Perdonen si me salió algo fuera de su carácter, pero teniendo en cuenta que estaba narrando su pasado cuando era un niño… pues, no podía ponerlo como el serio, fuerte y todo poderoso Alaude guardián de la nube de la primera generación. Tuvo que pasar algo para que fuera así, y esta es mi versión de eso. Más adelante vendrá el Alaude todo poderoso que conocemos, no se me espanten.
El nombre del capítulo, "Las flores del mal: la campana hendida" fue el poema de donde me inspiré para realizarlo. Sí, si existe un libro llamado "las flores del mal" y sí, es una colección de poemas del autor Charles Baudelaire que fue publicado en Francia en siglo XIX, y sí, sí estaba censurado y prohibido. "La campana hendida" es uno de los poemas que se encuentran en el libro, y es el poema que coloque entre versos en el capitulo. Estuve tentada en ponerlo en francés, pero no se le hubiera entendido, así que ña, mejor lo coloqué en español.
Sin más que decir por el momento, espero que lo hayan disfrutado y agradezco el haber leído hasta aquí. Grazie!
Atte: ElenaMisaScarlet
