.
.
Editado: Solucionado el problema de los guiones borrados.
.
.
Segunda parte
Capítulo XI
Repentino despertar.
.
.
A media madrugada Takenouchi abrió los ojos; el cuello y la espalda le reclamaban la mala postura con la que se hubo dormido, también le dolía la cabeza y sentía la lengua pastosa. Se sentó en el mueble, haciendo tronar el cuello engarrotado. Decir que estaba despierta era solo un tecnicismo, podía moverse y estar consciente de sus sentidos, pero seguía perdida en pensamientos tan blancos como la pared que observaba con la mirada perdida.
Suspiró pesado.
Tras la inhalación el primer pensamiento del que se percató la hizo sumirse en una ola de ansias que le alteraron sin saber por qué sucedía aquello.
«Taichi tiene novia recordó, y es preciosa, y la ama, y la ama de verdad».
Inhaló con sentimiento. ¿Qué rayos le ocurría? No podía estar celosa. Se negó la posibilidad de seguir aquella línea de pensamientos.
Movió su pie, el cual tropezó con la laptop que yacía tirada sobre la alfombra, probablemente había caído cuando dormía; se inclinó a recogerla. La pantalla se encendió al presionar una tecla sin querer, allí estaba mostrándose el ultimo mensaje de Taichi, y la imagen de él y su novia, que la llenaba de pesadez. Su mano viajó del computador hasta su cuerpo, tocó el lado izquierdo de su pecho donde sintió el vacío parecido al de burbujas llenas de aire que apretaban fuerte debajo de su seno, apretaba tanto...; aquel sentimiento ejercía una presión desmedida que no le permitía respirar con normalidad.
Se ahogaba, el nudo no se deshacía en su garganta y ella se ahogaba.
Volvió a negarse a la posibilidad de estar siendo remplazada. Ella no era celosa, pero hasta donde sabía, Taichi nunca le habia dado razones para sentir celos de nadie; para él, ella siempre estuvo en primer lugar, quizás un poco en desventaja con Hikari, pero Hikari era su hermana y con Hikari no cabía la posibilidad de sentir celos. Eran amores diferentes. La hermana y la mejor amiga. No podían mezclarse.
Siendo así, ¿qué diferencia habría entre el querer de amiga y el querer de una novia, si seguía aquella referencia entre ella misma y Hikari? Vendría siendo lo mismo, ¿no? Catherine y Sora no podrían mezclarse en un mismo sentimiento, mientras la primera lo llenaba como solo una mujer puede llenar a un hombre, Sora debía conformarse con brindarle su amistad incondicional y platónica. En nada se parecían, no tenía que sentirse amenazada, no otra vez, no cuando lo había recuperado.
Dejó la computadora sobre el sofá, se puso de pie en dirección a la cocina y buscó un vaso que llenó con agua del grifo. Regresó al sofá, bebió del líquido y dejó el vaso sobre la mesa de centro de la sala, cubrió su cuerpo con una manta y volvió a meterse en la laptop. Cerró la ventana de la conversación con Taichi, abrió el icono de una carpeta de fotografías en la cual, al menos en la mayoría en vista en miniatura, salían muchas imágenes de Taichi y Sora con muecas extrañas, risas tontas, poses ridículas, caminando por la bahía, jugando en la orilla de la playa, con otros amigos, comiendo, bebiendo... siendo ellos. Sora cliqueó sobre la primera fotografía de ellos dos juntos y esta se agrandó de inmediato; nostalgia y regocijo se cernieron sobre sus labios, sonrió sin poder evitarlo, pero era una sonrisa débil que anunciaba el sentimiento de tristeza que hacía llover por dentro.
En la imagen salía ella con las mejillas infladas oprimiendo una risa, vestía ropa de esquiar al igual que Taichi, pero él aparecía sonriendo con los ojos abiertos y la boca expresando sorpresa. Nada especial había sucedido en el momento de captura de la imagen, sin duda el recuerdo no aparecería como una añoranza perfecta de la protagonista en un libro de literatura o sería la escena favorita de una película romántica, porque para nadie más la imagen era tan especial como para ella; simplemente se reían de sus propias payasadas, pasaban el tiempo en la nieve, esquiando, y hacerse una fotografía con una pose común no les apetecía.
Dio clic en la flecha de la aplicación para pasar a la siguiente imagen, de nuevo ellos dos, con sus gorros de invierno y las mejillas rojas del frío, Sora sostenía una lata de chocolate caliente con las dos manos y sonreía con los ojos cerrados, Taichi tenía cara de fastidio ya que Sora había comprado la ultima bebida achocolatada de la maquina expendedora, Hikari fue quien capturó el momento.
Sora dejó salir una risilla, el estómago se retorcía por dentro, el susto se enrollaba como serpiente en sus tripas... La ambivalencia de sus emociones, querer reír y llorar al mismo tiempo.
Cerró la lapto, los ojos empañados y sus labios tiritones.
No, qué tonta, seguía teniendo a su mejor amigo, no estaban enojados, se escribían todos los días.
Entonces, ¿por qué el sentimiento de pérdida?
Era obvio, era por los celos, los mismos que la empujaban a pensar en que los días de fotografías divertidas y graciosas habían acabado, por lo menos con ella y Taichi.
.
.
Taichi estaba sentado en el escritorio de la habitación que compartía con otros tres chicos más. Estudiaba para su próxima clase sin mucho éxito, distraído como solo él podía serlo, su atención se desviaba cada tres segundos a la computadora que tenía encendida, en un principio para usarla como herramienta de estudio, siendo que lo que menos hacía era cumplir tal función.
Abrió de regreso su correo en la portátil, hizo clic en el e-mail de Hikari enviado esa mañana y cliqueó en el vínculo a las imágenes adjuntas.
Cerró los ojos y aspiró profundo, el aire salió lentamente de los pulmones. Soltó el ratón del computador y se preguntó mentalmente qué diablos estaba haciendo, por qué alimentaba aquellos sentimientos. Sacudió la cabeza, despejándola de tales ideas. Su concentración volvió a los libros... Al menos por los próximos cinco minutos. Taconeaba el pie sobre la madera del piso, de reojo observaba la pantalla del aparato.
—No —dijo, soltando el labio de en medio de sus dientes—. No está bien que lo haga. Es decir, es Sora, no puedo. —Apretó el entrecejo, su mente le jugaba una mala pasada, «tampoco es como si nunca la hubieras visto en traje de baño» le discutió—. Pero es diferente, ¿no? —se respondió a sí mismo—. Antes yo no... Bueno, no me sentía así... —«¿Quién te dice que no? Quizás siempre supiste que tu amiga estaba buena»—. Puede que sí, o sea, sé que es linda, lo supe siempre, no soy tan idiota. Pero ¡es Sora, maldita sea! Si miro su fotografía con un bañador en los probadores de una tienda, me sentiré como cerdo. No soy esa clase de cerdo. —Se vio a sí mismo negando en desaprobación, una parte de él, esa que sabía que era inevitable sentir lo que sentía, no lo dejaría en paz.
Detuvo el soliloquio, odiaba discutir consigo mismo, quiso concentrarse en las letras garabateadas en su cuaderno; no obstante...
Tamborileó la mesa con los dedos, la tentación le ganaba. La maldita computadora seguía allí haciéndole ojitos, joder. ¡Moría de ganas por verla! Pero sentía culpa, una culpa tan grande que a veces pensaba que, al regresar a Japón, no podría ver a Sora a los ojos. ¿Qué diantres le pasaba? ¿Cómo podía tener esa clase de pensamientos hacia ella?
No, no vería, por onceava vez ese día, a Sora en traje de baño.
—¡¿Qué más da?! —soltó, dándose por vencido. Su contradicción se había inclinado hacia un solo lado, ya no podía negarse las ganas que tenía.
Mandó sus dudas y pensamientos al diablo, regresó al computador y abrió la fotografía. Una boba sonrisa demostraba la emoción que le causaba ver la imagen.
«Preciosa».
Cada curva de sus caderas, la sonrisa tímida, sus pelirrojos cabellos cayendo sobre los hombros como las hojas coloradas en otoño y, tenía que aceptar, se perdía en lo voluptuoso y en la bonita forma de sus senos...
—¿Qué?
Sí, le miraba el pecho a Sora. Definitivamente, eso hacía.
Poco a poco la sonrisa fue disipándose, los labios rectos, el cejo fruncido, la confusión en su mirar. ¡¿Qué mierda hacía?!
Se dejó caer pesado sobre el asiento, expulsó aire por la boca, exasperado. La imagen fugaz de él en esa misma posición, a sus doce años cuando le escribió un e-mail de disculpas a Sora por el incidente del broche de cabello, cruzó su memoria. Fue tan fugaz que ni lo notó, pero le dio la vaga sensación de haber vivido una crisis parecida a aquella en el pasado. Una especie de Dejà vú que ignoró.
—Estoy jodido —Sus pensamientos dirigidos por una mini representación de él mismo dentro de su cabeza, con quien minutos atrás hubo discutido también, estuvo de acuerdo con sus palabras—. ¿Por qué ahora? No-no-no. Es Sora —Trataba de convencerse que no podía mirarla de un modo diferente, a ratos, lograba engañarse.
Tocaron la puerta y él cerró la página del correo de inmediato, antes de dejar pasar a quien quiera que fuera.
—¿Taichi? —llamó la voz femenina.
—¡¿Cath?! —Soltó con sorpresa. Creí que te habías ido con tus padres.
La muchacha, que asomaba su cabeza por la puerta, sonrió.
—Vine a despedirme —dijo dándose paso a la habitación—. Te dije que saldríamos el viernes a las ocho de la noche. Son las ocho de la noche. Papá me trajo porque le dije que había dejado mi pasaporte en tu habitación.
Taichi se puso de pie, confundido. Cath caminó hasta estar cerca del novio.
—Tú nunca... —Antes de poder negar el hecho de que Catherine jamás fue a su alcoba con su pasaporte en mano, ya estaba siendo besado.
Las manos del muchacho instintivamente rodearon la cintura de la novia, la atrajo a su cuerpo, profundizando el beso. Lo dejaba sin aliento, no importaba las veces que se hubieron besado antes, siempre le causaba la misma sensación: el corazón se le encogía y sus labios clamaban nunca dejarla ir de su tacto.
La mujer dejó de besarlo, pero mantenía los labios pegados a los de su novio.
—Te extrañaré —susurró, frotó su nariz contra la de él, sus manos despeinaban el cabello de su nuca.
Taichi, aún con los ojos cerrados, dejó salir un sonido gutural.
—¿No puedes quedarte? —Se aventuró a preguntar.
La pelirroja negó. [1]
—Visitaré a unos amigos de mi papá en la otra ciudad y luego volaré a Francia a pasar tres días con mi mamá y hermanos.
Yagami sonrió, acabó soltando carcajadas débiles.
—Mi novia la francesa. Eres más exótica de lo que creía.
—No. Aquí el exótico eres tú, mi novio japonés de pómulos sexys.
Taichi la volvió a besar, fue apurado y necesitado como si deseara atrapar sus besos y guardarlos en un potecito de cristal en el fondo de su corazon para no echarla de menos mientras no estaba.
—Tengo que irme, cariño —dijo la mujer.
Taichi dio otro beso, esta vez corto, y otro, y otro, y otro. Catherine se echó a reír como tonta. Reunió el valor para alejarse de él, de seguir así, su papá subiría a buscarla y no quería que se encontrara con una escena así.
—Te llamaré prometió.
Taichi asintió con pesadez.
La francesa salió de la habitación y él supo que volvía a estar solo.
Tal vez lo merecía, se dijo en su fuero interior, tal vez era su castigo por desear a otra mujer cuando tenía novia, cuando la mujer a la que deseaba era su mejor amiga.
—Maldita sea —masculló rascando la cabeza con desespero.
¿Qué le estaba pasando?
.
.
El golpe la hizo estrellarse contra la pared, cerró los ojos y apretó la mandíbula, «¡demonios! ¿Qué les pasaba a esas chicas?»
Un carnaval de risas desfilaron frente a ella. Sora no dijo nada, reunió el valor y la fuerza que tenía para no perder el control, no caería en provocaciones.
Esperó que las risas cesaran y separó los párpados, apretados hasta ese entonces. La imagen borrosa de Meiko con el uniforme escolar de educación física tomaba forma frente a ella.
Parpadeó confundida.
—Sora-san —dijo en un hilo de voz Meiko; retorcía un pedazo de tela con ambas manos—. Y-yo...
—¡Meiko-chan! —Llamaron desde afuera de los vestidores.
Meiko no dijo nada, vaciló en si debía seguir intentando hablar o atender a sus amigas; negó con fuerza antes de salir corriendo del salón.
Sora respiró profundo, quizás el asunto con las matonas se salía de proporción, quizás debía pedir ayuda, quizás podría estar exagerando y pronto acabarían su jueguito de persecución hacia ella.
Escuchó el vibrar de su teléfono, la pantalla del mismo alumbraba el lugar. Sonrió al pensar en Taichi, como si saber que se acordaba de ella pudiera borrar todos los malos ratos de su día; trotó hasta el otro lado de la habitación y abrió el mensaje de texto.
Su sonrisa se desdibujó ante la decepción. En lugar de Taichi, Sora tenía un correo de Takeru.
Suspiró, había olvidado el plan que trazaron el sábado durante el cumpleaños del rubio menor.
Ese día nadaban en una piscina del parque acuático de la ciudad. Mimi y Yamato, como siempre, mantenían distancia, pero era obvio para Sora y Takeru que lo sabían todo notar aquellos cambios de luces que se echaban con la mirada. «Descarados» pensó la dupla de compañeros con complejos de detectives. Salvo por la veces que rodaban los ojos por culpa de la pareja de mentirosos que se coqueteaban con disimulo, el día se había ido en diversión, entre chapuzones, risas y juegos con los amigos de Takeru y el resto de los niños elegidos.
Luego del mediodía Sora estaba sentada en una mesa, temblaba de frío por lo que se resguardaba debajo de su toalla de baño, y fue justo allí donde Takeru la interceptó con una sonrisa de niño bueno haciendo travesuras.
—¿Lo pensaste? —Indagó el muchacho, cogiendo una bolsa de papas fritas que había en la mesa.
Abrió el paquete y se llevó una a la boca.
—No lo haré —respondió ella, manteniendo la miradamirada—. Es vergonzoso. Aunque quiera, no sé si pueda.
Takeru torció los labios, insatisfecho.
—Esperaba un sí.
—Te dije que no te ilusionaras.
—Fuiste capaz de ponerte unas gafas y sombrero de espía, ¿por qué no jugarle una bromilla a mi hermano y a Mimi-chan?
—¡Porque es una locura! —expresó excitada por la vergüenza de lo que Takeru pedía. Al darse cuenta de que hubo subido la voz, comenzó a descender el tono hasta casi llegar a un susurro—. No puedes comparar mi aventurita con Taichi y su loca idea de espionaje con fingir... con eso. No, no lo haré.
Takeru metió otra papa en su boca, masticaba lento, estudiándola con la mirada.
—Estoy de cumpleaños y noté que no me trajiste obsequio.
¿Era en serio? ¿De verdad la iba a chantajear con eso?
—Te compré una nueva camisa de tu tienda favorita: SummerCamp. Llega el lunes, te lo dije.
El otro sonrió coqueto. Puede que acostumbrado a que su rostro de niño bueno y exótico le diera cierta ventaja con las chicas japonesas. Razón tenía Hikari en decir que solía coquetear con todas.
No se daría por vencido. Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó para quedar más cerca de su interlocutora.
—Vamos, Sora, si tú no me ayudas, ellos ganarán —Sus labios se fueron de medio lado, Sora sentía que ya había maquinado una manera de convencerla—. No quieres que ellos ganen, ¿verdad? Es decir, ¡te vieron la cara!
Fue a replicar cuando sintió caer a su lado un cuerpo menudo.
—¿De qué hablan? —Hikari preguntó, alternando la mirada curiosa de Sora a Takeru.
Sora sintió nervios, miró a Takeru, había conseguido unas gafas de sol oscuras sobre la mesa y se las probaba mirándose en el reflejo de la pantalla de su celular.
—Sora no quiere hacerle ojitos a Yamato —contestó tras el silencio de la pelirroja.
La otra abrió los ojos de par en par, sorprendida y escandalizada por lo que había dicho Takeru.
—¿Por qué?... —Hikari se detuvo para mirar a Takenouchi fijamente. A la otra muchacha le pareció estar en la silla de los acusados—. ¿Tiene que ver con lo que sucedió anoche?
Sí, era definitivo, estaba en el banquillo siendo acusada por acoso a la hermana menor de su mejor amigo. Tragó pesado, la cara le ardía de la vergüenza.
—Sí —respondió Takeru, lanzándole una mirada significativa a Sora, la cual la mantuvo sin entender que quería decir él con ello, cuáles eran sus intenciones—. También te estuvo...
—¡Lo haré! —chilló tras comprender la amenaza de su mirada, a punto de caer en el desespero.
Takeru hizo una gesto triunfal, mientras que Sora una nota mental para recordar cuando Taichi regresara: Pedirle que se vengara de Takaishi.
—¿Puedo participar yo también? —dijo de pronto Hikari—. Suena divertido —sonrió con los ojos cerrados, llena de ternura como si no fuera a romper ni un plato.
Y fue así como cayó en los planes de Takeru. Maldito y bromista Takaishi Takeru.
Sora suspiró tras recordar la escena del fin de semana. Cogió el móvil y respondió rápidamente.
Terminó de sacarse el uniforme de gimnasia para sustituirlo por el de tenis, del casillero sacó las raquetas y su bolso de deporte. Al mirar la hora, supo que llegaría tarde a su entrevista de trabajo.
Mejor darse prisa, por ello salió disparada en una carrera.
.
.
¡Hola! ñ.ñ
1. Pelirroja: Aquí (y ya se ha explicado dentro del fic) Catherin anda teñida de pelirroja cuando conoce a Taichi. Es caso de confusiones. ;)
Agradezco mucho a quienes siguen mi historia y se toman su momento para loguearse y dejar un review, a algunos otros, aunque no tengan cuenta, (Erin, pauli y Mara), ¡gracias! por tomarse su tiempo, ojalá tuvieran una cuenta para responderles debidamente cada comentario suyos. Al igual a quienes me han puesto en fav/follow. Son todos un amor.
Espero les haya gustado este capitulo.
Nos leemos pronto.
Besos,
G.
