Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la trama de la historia es propiedad e invención de questa signorina.
¡Me han amenazado con Jane y Demetri! ¡Ah!
Lamento mucho haberlas hecho sufrir con lo de Alice, pero lo cierto es que desde el principio les había dado indicios. Ok, fue muy inesperado... sin embargo, ese era el efecto (haha). No, ya, en serio, ya verán porqué fue.
Sobre Jasper... En este capítulo podrán ver más de él y cómo lleva la pérdida.
—THE BOOK—
Fueron días difíciles.
A Jasper no se le antojaba la vida sin Alice. No comía, no dormía, no hablaba con nadie, no salía de su habitación y cuando María pudo ingresar al departamento forzando la puerta, la ignoró.
—Jasper, no puedes estar matándote de esta forma —le reclamó al verlo pálido y ojeroso, delgado y débil—. Alice no lo hubiera querido.
Quise decirle que lo dejara en paz, que se fuera, que no la nombrara, y mil cosas más —la mayoría en términos insultantes—, pero no podía. No tenía siquiera las ganas de hacerlo. Estaba cansado de vivir, indiferente hacia lo que no fuera su dolor; y muy lejos del Jasper de antaño, aquel joven reservado que fuera antes de enamorarse de esa misteriosa chica. Parecía sencillamente que no quería intentar retomar su vida. Parecía encontrar cierta satisfacción inconsciente al regodearse en su pena y no pretendía salir de ese estado. ¿Cómo se atrevería a continuar su vida sin la razón de su existencia? No, no podía.
Sin embargo, poco a poco lo logró. Después de casi dos meses de su pérdida recordó que tenía que cumplir una promesa, y aunque la herida escocería en su pecho, quería revivir cada uno de los bellos momentos que entretejieron la mejor parte de su existencia.
María, quien se había estado preocupando en llevarle comida —aunque él no se la comiera—, se sorprendió al llegar un día y encontrar a Jasper recién bañado, afeitado y con ropa limpia picoteando las patatas fritas del día anterior. Ciertamente estaba muy demacrado. Sus apagados ojos resaltaban en el marco de unas oscuras ojeras y un rostro cenizo, la ropa se le veía más suelta y en su cara seria se leía claramente su sufrimiento.
Se quedó mirándolo, con los ojos humedecidos al contemplar la trémula sombra del que había sido su amigo. Él fingió no notarlo.
—He decidido escribir el libro que te comenté, María. —Su voz era como muerta, sin sentimiento alguno.
Y entonces, el escritor se dedicó a cumplir con la agridulce tarea de crear ese libro. Por horas tecleaba como poseso en su ordenador, asustando a la joven; también se perdía por largos momentos en sus memorias.
Recordaba con deleite la primera vez que la vio, que quedó prendado de su encanto; la primera vez que la besó, cuando los dulces y suaves labios de esa bella hada rozaron los suyos y lo extasió con su embriagante aliento; la primera vez que se amaron, que disfrutó y se maravilló con su angelical hermosura. Recordó cada uno de los momentos que pasaron juntos, las palabras que se decían, los abrazos, las caricias, los besos… la intensidad de las miradas que compartían, cuando entraban a su mundo personal. Rememoraba con claridad el brillo ambimarino de sus ojos, su franca e inmaculada sonrisa de marfil, su suave y armónica risa, la gracilidad de sus movimientos, el agudo timbre de su encantadora voz, su pequeño y sensual cuerpo, su sedoso cabello negro que contrastaba con su piel de tersa y cálida porcelana. Recordó a su pequeña, a su duendecillo, a su chiquilla… A su Alice.
Finalmente, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas, quemándole, con el pecho ardiendo, venían a él los recuerdos del día que la perdió. Ese último beso, el cálido abrazo y sus palabras antes de que ella abordara.
—Te amo, Alice.
—Te amo, Jasper.
Tenía frente a él la imagen de Alice inmóvil, helada, inerte, dentro del elegante ataúd, con una leve sonrisa en los labios, ataviada con un bonito vestido de seda color lila. Y sentía, tan fuerte como aquel día, la honda tristeza y rabia al saber que ella ya no despertaría.
Alice le había pedido que escribiera su historia de amor, y aunque no se creyera preparado para relatar una novela de romance como las que le gustaban a ella, descubrió que escribirla, que plasmar cada sentimiento, cada palabra de amor por su musa no fue difícil, era tan sencillo como si lo viviera de nuevo. Lo arduo de la tarea era no perder la compostura, y lo logró. Cuando menos lo pensó el punto final ya estaba escrito. Había cumplido su promesa y había inmortalizado su historia de amor.
Como lo había hecho hacía casi un año, con su última novela, dedicó tiempo para editarla y hacer las correcciones necesarias antes de presentársela a su editora. Agregó una dedicatoria especial y una de las frases favoritas de Alice, al fin y al cabo era un tributo a su pequeña. Imprimió el manuscrito y se lo llevó a María.
Ella sabía que Jasper escribía la idea que le había dado su novia, sin embargo, al darle una hojeada al volumen presentado se sorprendió.
—Jasper, ¿escribiste una historia de amor? ¡Tú te dedicas al frío y calculador espionaje!
—Lo sé, María —argumentó con el monótono tono que había adquirido—, pero como ves, es la promesa que le hice —aún no podía decir su nombre en voz alta.
— ¿Pero una historia de amor? —seguía sin creerlo.
—No es cualquier historia de amor, es la nostra storia d'amore.
Y fue así que comenzó el proceso de editar el libro más especial de ese joven escritor, el libro que narraba su vida.
El libro que Alice no podría leer.
¿Qué tal? ¿Qué opinan de lo que hizo nuestro querido rubio escritor?
Bien, no sé hasta cuando podré actualizar de nuevo, pero desde hoy les deseo un muy genial fin de semana.
—PD. Este es el penúltimo capítulo, así que no se pierdan el final en la próxima actualización.—
Ciao! ¡Besos!
