CAP X, FIN
"La victoria"
El joven clavó su arma, con toda la fuerza que le quedaba, en el corazón de su oponente. Una luz cegadora borró de su vista la mirada de sorpresa del Diablo al comprender que aquella no era una daga cualquiera.
Trató de sujetar el enorme cuerpo mientras sentía las lágrimas filtrarse por su rubicunda barba hasta llegar a sus labios dejándole sabor a hierro en la boca. Los ojos azul-grisáceos que le miraban sí eran ya los de su hermano.
Tratando de moverse con suavidad para no causarle más daño, se inclinó acomodando al moribundo en el suelo, todavía con la daga clavada en el pecho. El muchacho al que sujetaba con lo último de humano que le quedaba trató de sonreírle y él trató de devolver aquella sonrisa.
Apenas se dio cuenta de que los demonios se habían ido, sólo había quedado uno. El tal Rockwell. No le importaba. Jamás una victoria había sido tan amarga. Había salvado el mundo, había hecho lo que ni el arcángel más poderoso había sido capaz de hacer. Pero no significaba nada para él.
Su hermano trató de tocarle el rostro pero no tenía fuerza, una sonrisa de orgullo por el mayor iluminó su cara. La misma expresión de admiración que ponía cuando eran niños y el ahora hundido cazador, tenía aquellos gestos heroicos impropios de un chaval.
Aquello no hacía más que seguir echando sal en la herida, sentía como si Lucifer siguiera vivo llenándole el pecho, la garganta y el cerebro de las agujas que había vomitado apenas hacía un rato. Pero sonrió a su pequeño Sammy, devolviéndole aquella expresión de orgullo, porque estaba orgulloso de él, por eso era tan difícil.
Quería decirle que no hablara, que todo iba a salir bien que era una herida importante pero curable. No podía, ya no tenía fuerzas para seguir mintiendo ni para continuar en modo alguno. Arrodillado junto al cuerpo del muchacho, el derrotado cazador sólo trataba que el final fuese lo menos duro posible para su hermano.
Porque al menos moriría en paz. Ya no iba a tener ocasión de pedirle perdón por haberle arrastrado hasta allí, por haberle sacado de una vida tranquila apartándolo de la seguridad y el amor que había encontrado lejos de su familia, ya no iba a hacerlo porque no tenía derecho a su perdón, porque debía dejarle descansar en paz.
Su muchacho le miraba con admiración, como si lo que había hecho mereciera reconocimiento "¡joder Sammy!", tenía que fingir, hacerle creer que podía superar aquello, sólo durante unos minutos más…
Sam podía ver lo que sentía su hermano, lo que ocultaba tras aquella forzada sonrisa. Empezó a comprender el significado de su pesadilla, comprendió aterrorizado que no sólo había sacrificado al ángel y a sí mismo para acabar con Lucifer.
- Has ganado – murmuró
Dean no podía hablar.
- Tienes que seguir, por mí
Dean no podía hablar
- No te rindas – los ojos del más joven le miraron suplicantes.
Dean no podía hablar
- Deja que te salve
Dean no podía hablar
- Vive
Fue la última palabra del joven Winchester. Su respiración se volvió dolorosamente agónica hasta que una última exhalación relajó sus facciones. Sus ojos ahora de un gris verdoso se quedaron fijos en los de su hermano, éste lo dejó en el suelo, incapaz de cerrarlos y se incorporó moviéndose por instinto.
Se acercó al cadáver de Castiel, le quitó la gabardina y se la puso casi sin darse cuenta de lo que hacía. Arrastró el cadáver del ángel y lo puso junto a su hermano pero no volvió a tocar el cuerpo de Sam.
Había sal en el almacén que le había servido de cárcel, entró y cogió el saco que el jefe de la partida de demonios asaltantes comenzara un par de días atrás. Cubrió con ella ambos cuerpos y se quedó mirando desorientado cómo se derramaba por los rostros y los brazos de los caídos.
Había hecho aquello instintivamente y ahora no sabía continuar.
Rockwell le dio una lata de gasolina y la cogió sin sorpresa por la actitud del demonio. La derramó sobre Sam y Cass. Y por un segundo pareció comprender lo que estaba haciendo al meter la mano en el bolsillo de la gabardina sacando un mechero.
Arrancó la daga del pecho de su hermano, una enorme herida llenó de sangre la sudadera. Era lo único que podía hacer ya. Con la daga sujeta con tanta fuerza que su puño parecía de marfil, prendió fuego a los cadáveres.
Sus ojos secos miraron fijamente los de su hermano mientras el fuego consumía su rostro y los hacía desaparecer. Todo desaparecía con ellos.
El Demonio presente en la tragedia sentía que aquello le estaba superando, ¿Debería pararlo ahora? ¿Después de lo lejos que había llegado?
Las llamas eran enormes, el desgarrado cazador pensó que si se arrojaba sobre ellas quizás dejaría de sentir. Miró la daga y sin vacilación trató de clavársela en el corazón. Pero al rozar su pecho se deshizo en mil fragmentos.
Mierda de arma que no podía acabar con él. ¿No tenía derecho a morir? Se miró las manos "¿cómo has podido? ¿Qué derecho tenías?".
Había dejado de llorar, sus ojos secos se habían apagado mientras el fuego hacía su trabajo. "Como con papá y como con Adam, Sammy"
En algún lugar del mundo tenía que haber algo que pudiera acabar también con su maldita vida.
El demonio a pocos metros seguía con curiosidad cada una de sus acciones. Pero no le importaba. Lo único que le importaba era terminar. Cuando el fuego se consumió echó a andar, sin saber a dónde.
Carretera adelante, sin parar, sin mirar por dónde iba, sólo andando.
Se hizo de día andando.
A medio día el sol caía como fuego pero seguía andando.
Volvió a anochecer y no se había cruzado con ningún vehículo pero seguía andando.
Toda la noche.
Otra mañana, había fuego cerca, una gasolinera en llamas.
Cerca de la gasolinera estaba su coche, se acercó y fue directamente al maletero, si la daga no servía había algo que sí podía servir.
Abrió el maletero y buscó concienzudamente. Sacó el Colt. Iba a fallar a su hermano otra vez, sólo una última vez más. Aquel maldito revolver que lo había iniciado todo, "lo acabará". Abrió el tambor y se aseguró que no quedaba ningún hueco vacío.
Vio sus propios ojos en el retrovisor del coche, vacíos, secos, inexpresivos y no los reconoció. Miró hacia el cielo como podía haber mirado cualquier cosa, le daba igual.
No se dio cuenta de que Rockwell se acercaba con una velocidad inusitada, no se dio cuenta de que Rockwell a la misma vez que se acercaba se iba transformando en un ser que hubiera reconocido fácilmente, si le hubiera importado algo.
Morir, olvidar…
Apoyó el arma bajo su barbilla asegurando la trayectoria para no fallar. Se maldijo una vez más, por cobarde, por no cumplir la última voluntad de su hermano y volver a defraudarlo incluso después de muerto.
Disparó.
