Ei, hola de nuevo.
Mil perdones por la desaparición, soy horrible. ¿Traigo a Feliciano y a Rómulo a modo de disculpa?
Feli adoraba a Nonno. De verdad. Le adoraba.
-… una desgracia, como el inútil de tu hermano. Te lo repito Feliciano, mejor decisión de mi vida: echar a ese desperdicio de oxígeno de mi casa. Ja. La pequeña sabandija causaba más problemas de los que valía…
Feli asintió distraídamente, ayudando a su abuelo a levantarse del sillón, arrugando la nariz ante el abrumador hedor a vino que Rómulo desprendía. El hombretón seguía con su verborrea, insultando a Lovino como de costumbre. Feliciano solo lo escuchaba a medias. Había oído lo mismo cientos de veces, cada vez que Nonno bebía de más, lo cual era ocurría con más frecuencia de la que le gustaría.
Después de Lovino, siempre venía la madre de los hermanos en los ataques verbales de su abuelo.
Feli suspiró, preparándose para otro largo discurso sobre lo puta que su madre había sido. Sobre el daño que causó a la Familia. Y después vendrían las quejas sobre el propio Feli, lo inútil y frágil que era. Y luego el discurso revolucionario, seguido por vanaglorias hacia su propia persona.
Feli quería a Rómulo. En serio.
Su abuelo era un hombre complejo. Fácil de amar, fácil de odiar.
-… no hay un día en que no me acuerde de esa furcia de vuestra madre. Cómo mi hijo acabó con ella no lo sé. Le dije que le abandonaría, se lo dije. Era débil, Feliciano, exactamente igual que tú y ese hermano tuyo…
…Y tenía sus defectos. Muchos.
Sabía que nonno le quería de verdad, a su retorcida manera pero lo hacía, podía notarlo con su Control, como una suave a la vez que intensa melodía. Era lo único que podía asegurárselo, a día de hoy.
Probablemente sin poder percibir ese amor de forma tangible no lo creería. Lovino nunca lo creyó. Feli no le culpaba.
Pero Rómulo siempre se había hecho cargo de los dos hermanos Vargas.
Feli le debía todo.
Y por tanto contaba con su lealtad incondicional y todo el amor que pudiera darle, pese a que en ese instante era difícil encontrar el más mínimo ápice en su interior.
Porque si bien Feli quería a nonno por sentido del deber e inquebrantable lealtad, amaba a Lovino porque era libre de hacerlo y nada haría que dejase de querer a su hermano.
"Roma", su mote para Lovino desde que eran críos, podía haberles abandonado, a la Familia, a nonno… a Feliciano… pero eso no lo convertía en el ser despreciable y egoísta que su abuelo pintaba. Seguía siendo su fratello. Su pobre Roma, que cargaba con la cara oscura del control que compartían.
-… Feli, hijo, sabes que yo te quiero.- Estaba diciendo Rómulo, sus palabras entremezclándose debido a la embriaguez.- Quería a tu padre, a tu hermano e incluso a tu madre. Pero todos me dejan, todos se van al final. Me traicionan, apuñalan y abandonan. Como tu abuela, como Lovino, como la furcia. Está en los genes, no pueden evitarlo, todos se van.- Feliciano emitió un sonido afirmativo, deslizando un hombro bajo el brazo de su abuelo, esforzándose por hacerle llegar a su cama. Rómulo era un hombre grande, y la fina complexión del joven italiano no era de mucha ayuda, pero la práctica hacía al maestro. Juntos fueron avanzando a trompicones hacia la habitación del patriarca de los Vargas.- Lovino era igual a la furcia.- Continuó nonno, con la mirada ida.- Los mismos ojos. Puedes ver el alma de un hombre en sus ojos, ¿sabías eso? Y yo podía verlo, ya desde pequeño, sus ojos eran los de vuestra madre, ese mismo espíritu huidizo y cobarde. Traidores, todos, todos iguales, ¡iguales!
Feli quería a Nonno. De verdad. Le quería.
Pero a veces le encantaría partirle la cabeza contra una pared de hormigón.
-…Por eso tengo que protegernos, ¿lo entiendes Feli, hijo?- Perseveró su abuelo, de forma casi inteligible.- Tú tienes mis ojos, Feliciano, mis ojos. Nosotros los Vargas tenemos que coger el mundo por los cuernos, chaval, por los cuernos…
-Vee…- Suspiró aliviado Feli al escuchar el sonoro ronquido que cortó el monólogo de su abuelo. Al parecer había vuelto a dormirse antes de que consiguiera depositarlo en la cama.
Con un gruñido, el joven se esforzó por arrastrar el peso muerto de Rómulo al enorme lecho matrimonial que dominaba la grandiosa estancia. El hombretón cayó sobre el colchón sin despertarse, roncando con fuerza.
Feli sintió un peso literal y metafórico quitándosele de encima. ¡Al fin!
Estirando sus doloridos músculos, el joven controlador mental salió del cuarto de su abuelo, cerrando la puerta sin preocuparse por el ruido, sabiendo que el patriarca dormía como los muertos.
Feli quería gritar hasta quedarse afónico. Y como cada vez que esto ocurría sus pasos le dirigieron a su estudio. Una pequeña sala insonorizada, con un solo violín y una silla en medio.
Ojalá Lovino estuviese allí con él, se encontró deseando el joven.
Ojalá pudiese tocar el instrumento para su querido fratello.
Como cuando eran niños y Feliciano solo quería transmitir a su hermano qué era lo que percibía con su control. Mostrar como era captar alegría y amor en lugar de odio y tristeza.
Roma siempre había escuchado las melodías que Feli componía con una atención y curiosidad casi desesperada que rara vez mostraba en otras cosas. Lovino absorbía su música como un hombre muerto de sed lo haría con un vaso de agua.
Para Feliciano traducir sentimientos a notas musicales era casi una segunda naturaleza a esas alturas.
Por septuagésima vez en esa semana solo el controlador mental se preguntó dónde estaría su hermano. Si sería feliz. Si por fin sería libre. Si le echaría de menos. Seguro que le echaba de menos, ¿verdad? Roma siempre fingía ser muy duro, pero en el fondo era como una masa de pizza sin hacer: blandita y llena de posibilidades.
Solo esperaba que Lovino hubiese encontrado por fin su sitio en el mundo. Y tal vez a las personas adecuadas para que viesen ese potencial crudo. Al fin y al cabo lo que Roma siempre había necesitado era pertenecer, y seguro que alguien había descubierto la deliciosa pizza en la que Lovino podía convertirse. Como un paquete de espaguetis que solo necesita agua hirviendo para ablandarse y ser un plato divino.
Feli asintió para sí, satisfecho con su metáfora culinaria.
Con una leve sonrisa, Feli comenzó a tocar.
Por primera vez en mucho tiempo sentía algo positivo a través de su vínculo con su hermano. Roma siempre había dicho que ese vínculo era imaginario y que Feli era un cabezahueca por pensar que tenían una conexión más allá de la distancia.
Pero Feliciano estaba seguro.
Esa noche la canción que inundó aquel rincón escondido de la inmensa Villa era una de tímida esperanza.
