11.
Debería haber imaginado que la guerra no tardaría en colarse tras los muros de la escuela, era una batalla que venía anunciándose desde hacía semanas.
Antes de que el rumor sobre la aventura de Potter en Gringotts germinase por los pasillos, habían sido arrastrados en plena noche al Gran Comedor, sin apenas explicación alguna, muchos de ellos todavía algo despistados y con cara de somnolientos.
La noticia de que Potter se encontraba entre los presentes y el enfrentamiento del, hasta entonces, director Snape con sus compañeros no hacía más que evidenciar que el temido momento había llegado: El Señor Tenebroso se dirigía a Hogwarts. Ya nadie estaba a salvo.
Y ellos iban a ser los primeros en sufrir las consecuencias del peligro que se avecinaba.
Sabía que en la Sala de los Menesteres Astoria estaría segura, pero aun así la preocupación no abandonaba su pecho.
Buscó entre el gentío a Seamus, estaba junto a sus amigos Gryffindor, alrededor de El Elegido con expresión de decisión en el rostro; sabía lo que eso significaba: Moriría aquella noche si era necesario para asegurarse de que Potter venciese en la batalla final.
Iba a quedarse a luchar, como tantos otros, Macmillan había sido el primero en apuntarse a esa misión suicida y el número de alumnos dispuestos a seguir su ejemplo logro sorprenderla. Solo eran unos niños, no tenían ninguna posibilidad contra las hordas de mortífagos que se dirigían al castillo.
Quiso correr hasta Seamus, aquello no era ninguna travesura como las que llevaba protagonizando todo el curso, era más serio, peor. Una sentencia de muerte.
Pero sabía que dijese lo que dijese el chico se quedaría ahí, luchando por lo que creía, codo con codo con Longbottom y el resto de sus amigos, ella no podría hacer nada para impedirlo.
Le gustaría ser igual de valiente que él, plantarle cara al Señor Tenebroso y los suyos, demostrarle al mundo que no era igual que ellos y que también quería la paz para el mundo mágico, que estaba con Potter. Pero era demasiado arriesgado, además tenía miedo, mucho miedo. No por toparse frente a frente con el Señor Tenebroso, si no por descubrir a sus amigos-a Theo, a Draco-empuñando la varita que acabaría con su vida, o peor aún, con la de Seamus.
Antes siquiera de pensarlo, sus piernas actuaron por si solas, obligándola a abandonar la fila de los Slytherin, poniendo rumbo hacia la de los leones.
Blaise le agarró por la manga de la túnica, deteniéndola, pero no iba a pararse ante nadie; tenía que llegar hasta Seamus, quería decirle demasiadas cosas y quizás esa noche fuese su última oportunidad. Librándose del agarre de Blaise, avanzó por el Gran Comedor, el resto de los alumnos estaban demasiado nerviosos o asustados como para prestarle atención a dos alterados Slytherin discutiendo entre ellos.
Ginny Weasley fue la primera en verla correr hacia ellos, e inmediatamente llamó la atención de Seamus que dejó de hablar con el hermano de la chica para llegar hasta ella.
Ante la mirada de unos escasos curiosos, entre los que se encontraba una sorprendida Hermione Granger, Seamus llegó hasta ella y la envolvió en un fuerte y contenido abrazo.
Daphne quiso decir algo, era el momento oportuno, si ese iba a ser el final tenía que despedirse de él. Pero las palabras que se agolpaban en su pecho nunca alcanzaron los labios, ya que de pronto la cabeza comenzó a dolerle y, sin conseguir mediar palabra alguna, comenzó a gritar. Seamus la miró preocupado y sin saber muy bien que hacer, pero pronto los gritos de Daphne se perdieron con los del resto de sus compañeros.
¿Qué estaba pasando? se preguntó.
En seguida obtuvo respuesta.
La voz de Voldemort inundó el Gran Comedor, silenciando los gritos, cesando con el dolor de cabeza de los presentes:
—Sé qué queréis luchar—Su voz rebotaba contra las paredes del castillo, Seamus apretó con más fuerza el cuerpo de Daphne contra el suyo sin dejar de intercambiar miradas de alerta con Longbottom—. Pero vuestros esfuerzos serán inútiles, no podréis luchar contra nosotros, no podréis vencernos—Daphne tembló—: Muchos de vosotros moriréis esta noche, pero no quisiera tener que mataros, respeto a Hogwarts y sus profesores, no tiene por qué derramarse más sangre mágica. La única persona que me importa es Harry Potter, entregadme al chico y me iré sin tocar la escuela, dadme a Harry Potter y nadie sufrirá ningún daño. El plazo acaba a medianoche.
El Gran Comedor quedó en silencio, Potter pasó a ser la atención de todas las miradas.
Voldemort solo quería a una persona, solo le interesaba Potter, si se entregaba todos estaría a salvo, nadie más moriría. Podrían volver a sus camas, preparar las clases del lunes y seguir estudiando para los exámenes como si nada hubiese pasado.
Solo entregando a Potter.
Se mordió el labio pensativa, era la opción más acertada, se salvarían miles solo con la muerte de uno. ¿Pero a qué precio? Recordó que, probablemente, a principios de curso, antes de que la vida se le complicase y cierto Gryffindor se metiese de lleno en ella; no dudaría en entregar al chico si eso le suponía sobrevivir. Pero ahora sabía que Potter era su última esperanza, entregarle sería una completa estupidez.
Lamentablemente, debía de ser la única Slytherin que pensaba así, ya que el silencio que se había instalado en el castillo quedo roto por la voz de Pansy:
—Está ahí—Grito señalando al chico de la cicatriz en forma de rayo—¡Potter está ahí! Que alguien le detenga y lo entregue.
Daphne se quedó atónita ante sus palabras, y como ella todos los presentes.
—¿Estáis sordos?—Su voz rozaba la histeria—¿Acaso pensáis protegerle? ¡Si le entregamos nos dejará vivir!
—Y cuando pensaba que Parkinson no podía ser más idiota...—Susurró Seamus.
Pansy, desesperada ante el escaso apoyo que su plan estaba despertando, sacó su varita y apuntó a Potter con la misma.
Weasley no dudo en interponerse entre su novio y la chica.
McGonagall fue la primera en reaccionar, desarmando a Pansy de un simple movimiento y ordenándole a Filch que se asegurase de que los Slytherin abandonaban el castillo rumbo a las mazmorras; evacuando, acto seguido, a los alumnos más jóvenes y aquellos que no se sentían preparados para participar en la lucha.
Todo estaba sucediendo demasiado deprisa, la guerra llamaba con fuerza a las puertas del castillo. Nadie podría libarse esa noche de su destino.
Antes siquiera de poder decidirse entre seguir o no a sus compañeros, Seamus la agarró por la barbilla.
—Ve—Dijo—, ve con ellos y ponte a salvo.
—¿Y si no quiero hacerlo? —Preguntó—¿Y si quiero quedarme aquí y luchar junto a vosotros?
Seamus le acarició la mejilla, sonriendo con tristeza.
—Estás aterrorizada Daphne ¿crees que no te notó temblar?
—No me da miedo la guerra, ya no—Puntualiza—. Me da miedo lo que pueda pasarte.
El pulgar de Seamus se deslizó hacia los labios de la chica, rozando con mimo su labio inferior. Daphne suspiró y cerró los ojos, disfrutando del tacto del otro.
—Estaré bien soy duro de pelar ¿recuerdas? No me pasará nada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Su respuesta llega en forma de beso, dejándola sin aliento. No es la primera vez que Seamus y Daphne se besan, aunque la chica así lo sienta. Seamus es pura furia, pura pasión, está poniendo toda su alma en ese beso y Daphne no duda en responderle como merece; ambos saben que esa puede ser la última vez que se vean y no piensan desaprovechar el momento, a pesar de que la simple idea de no volver a verse nunca les destroce por dentro.
Ninguno de los dos quiere romper el beso, pero es necesario.
—Astoria ha sido evacuada con el resto de la Sala, estará en Cabeza de Puerco esperándote, debes ir con ella.
—Prométeme que no harás ninguna locura—Ruega, luchando contra las lágrimas que quieren descender por su rostro—, y que te encontrarás con nosotras cuando esto acabé, no me iré sin ti.
—Daphne…
—Prométemelo.
Seamus suspira, resignado: —Te lo prometo.
Se abrazan una vez más, la hora de la despedida ha llegado. Daphne se marcha sin mirar atrás, sabe que si lo hace no tendrá fuerzas para irse.
Pero es entonces cuando le oye:
—Greengrass.
Se gira, las lágrimas ya corren libremente por sus mejillas.
Seamus sonríe, antes de gritar a pleno pulmón:
—Dile a Astoria que me alegro de que me patease las pelotas.
