Nota de autora: Cada vez que no se escribe un Kenyako, un pequeño Daisuke es bulleado. Salvemos a Daisuke escribiendo Kenyakos.

No. 113. Sonido de la lluvia; propuesta por Nats28.

Parte de la campaña: #UnKenyakoPorDaisuke.


XI - Caprichos


Miyako ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había perdido contra Daisuke Motomiya.

No era por los juegos. Tampoco por la comida. Menos por las veces en las que no hacía la tarea.

No.

Era por Ken Ichijouji.

Era por el hecho que Daisuke conocía más facetas de Ken que ella y, oh, Miyako no se iba a dejar vencer por el novio de su novio una vez más. He por ello que su misión era hacerlo enfadar. Sí, eso mismo. Pero su objetivo no era el moreno de tez bronceada.

Había empezado a llover, consiguiendo la excusa perfecta. El sonido de la lluvia le daba sueño, y le enternecía el saber que a Ken le sucedía lo mismo. Ambos no se habían dignado a abrir sus deberes correspondientes, dejándose vencer por el calor que el kotatsu le proporcionaba. Miyako tira su cabeza hacia la mesa, rendida.

—Espero no nos quedemos dormidos.

—Tu mamá prometió despertarnos si eso sucedía. —Ken comenzó a pelar una mandarina.

—¿Estás tentándome? —ella alzó la mirada, perdida en la fruta.

—¿Quieres?

—¡No! —alzó su cabeza, intempestiva. —Me prometí a mí misma no comer más de dos al día.

Ken tan solo rio.

.

.

.

El reloj daba las cinco de la tarde cuando Miyako abrió los ojos. Estaba enrollada en el kotatsu, sus piernas acalambradas. Tuvo que deslizarse hacia su cartuchera sin despertar a Ken, quién dormía plácidamente abrazando un cojín. Ah, Miyako deseaba comérselo a besos pero aquello tendría que esperar. Su misión era hacerlo enfadar.

Sacó un plumón, comenzando a dibujar en su rostro. Sabía que Daisuke había tratado algo similar una vez, pero que Ken lo amenazó en sus sueños. Tanto así que Daisuke se hizo una bola entre las sábanas de su cama pidiendo clemencia. Miyako seguía sin entender por qué nunca se comportaba así con ella.

—Es raro que quiera que me trate algo mal. Qué capricho para más raro tengo… ¿o será un fetiche? —se sonrojó. —¡Ay, qué nervios!

Tras terminar su obra maestra, dejó a Ken al igual que Jigglypuff dejaba a todas sus víctimas en Pokémon.

—¡Bingo! No pienso perder contra ti, Daisuke. —exclamó, antes de comer una mandarina. —Una más no me hará tanto daño…

.

.

.

Cuando volvió a abrir sus ojos, eran las ocho de la noche. Su rostro se había marcado con la mesa, la mandarina a medio comer todavía ahí. Su madre nunca fue a despertarlos, ella maldiciendo internamente. El sonido de la lluvia seguía, pensando que si seguía así sería una noche en la cual Ken se quedaría en casa. No le molestaba en lo absoluto, más bien, le encantaba. Sonrió para sus adentros.

Cuando quiso ver a su víctima, no había nadie. Tan solo una mandarina.

—¡¿Ken se volvió en una mandarina?!

—Aquí estoy.

Ken había abierto la puerta corrediza, apareciendo de la cocina, con una taza de café, la obra maestra en su cara todavía sin desaparecer. Se sentó a su lado, Miyako aguantando las ganas de reír.

—¿Sucede algo? —Ken ladeó el rostro.

—¿No has visto tu cara? —parpadeó.

—Oh, sí la vi. Ahora entiendo por qué tu peor materia es arte. —sonrió causándole ternura a Miyako pero, a la vez, fastidio.

—¿No te molesta?

—¿Molestarme qué? —sostuvo la ex Ken-Mandarina en su mano, para pelarla.

—El que te haya pintarrajeado.

—En lo absoluto, se me hace algo tierno… aunque espero que no sea permanente.

—No lo es. —y se lo mostró.

—Entonces no hay por qué enfadarse.

Miyako había perdido una vez más ante Daisuke Motomiya. Cayó rendida, aguantando sus ganas de llorar. Ken creyó que había hecho algo mal, analizando sus acciones para entender su comportamiento.

La lluvia siguió cantando.

—Era un capricho tonto.

Ken siguió pelando la mandarina.

—Todo porque no quería perder contra Daisuke.

La cáscara caía a la mesa.

—Él sabe mucho más sobre ti que yo, ¡y eso me pone tan celosa!

Cada vez se acumulaban más, al igual que el enfado de Miyako.

—¡¿Por qué no me prestas atención?! Deja esa mandarina. —ella se la arranchó de la mano, metiéndose todo lo que pudo a la boca. Un par se quedaron en la de Ken. —¡Esto es muy importante…!

Pero fue interrumpida por una mirada asesina.

—Um… ¿Ken?

No hubo tiempo para reaccionar. De un minuto a otro, con un beso profundo (y algo violento), le robó algunas de la boca a Miyako. Se quedó perpleja, con una saliéndosele del labio. Ken suspiró, pasando rápidamente por su garganta la fruta.

Miyako repasó el detalle de haber sentido cómo la lengua de Ken secuestraba lo que ella había tenido. Se sonrojó intensamente.

—Eso fue injusto.

—¿Injusto? —Miyako seguía sin comprender.

—Tienes tu mitad sin comer y me robas la mía.

Ella reparó que, efectivamente, su parte seguía ahí.

—¡Solo quería que me prestaras atención! Solo quería… quería…

—Querías ganar contra Daisuke porque sientes que nunca me enfado contigo de la forma en la que lo hago con él. —volvió a suspirar. —Esto no es un juego de quién gana, Miyako. No me gusta enfadarme con las personas, y menos contigo.

—¡Es que nunca lo haces!

—Solo puedo decirte que lo estuve hace unos segundos cuando me quitaste la mandarina.

Miyako se quedó helada.

—¿Estás hablando en serio? Hm… entonces tendré que robarte comida más seguido.

Ken no podía creer que su novia andaba ingeniando maneras de hacerlo enfadar. Aquello lo conmovió, robando la mitad de la mandarina de Miyako y empezar a comerla.

—¡Oye!

Pero de pronto, ella se encontró con ese mismo pedazo dentro de su boca.

—Si no te comes esa mitad te besaré. Aunque ya lo hice, así que por más que la comas igual seguiré.

En ese instante, Miyako notó que ambos tenían sus propios caprichos bajo la lluvia. Que esos caprichos no solo eran ilusiones suyas, sino algo tangible.

Eso o le gusta alimentarme como a un pequeño animalito.


No escribo hace tres meses, perdónenme. Y Horimiya no ayuda con respecto a la creatividad para el Kenyako, es tan posible inspirarme en escenas dándoles otro giro. ¡VIVA LA OTP!