Silent Hill: Road To Nowhere.

Chapter XI – The angel maker.


Nuestras respiraciones estaban tan juntas que danzaban en el aire, como estelas blancas que ascendían al cielo, qué sentía ahora, era como si… como si yo… hubiese encontrado un tesoro precioso en sus ojos y la piel suave de sus mejillas…

—Yo…

Qué me sucedía, había caído en el abismo de la inconciencia y un sentimiento bizarramente adolescente, quizás era demasiado importante este acontecimiento para dejarlo pasar «Vuela Drew». Apoyado en mi mano para no incomodarla tomé la parte baja de su nuca atrayéndola hacia mí. Quise recordar cuando fue la última vez que había besado a una mujer «Siente…». Los labios de Clio eran suaves, como la piel de un bebé, tersa y liviana. Sensual pero no al extremo de vulgar. Densa y el tibio aliento que emanaba de su boca comenzaba a volverme loco. Deseaba que todo fuera mentira, no habría manera de mirarla a los ojos de la misma manera.

«Niña malcriada, acabas de marcarme con fuego en los labios… ¿Te amo? Te amo…» Su mano cálida caminó sobre la mía, fría, el contraste de temperaturas le dio un escalofríos, pude sentirla tiritar incluso desde allí «¿Qué es esto?». En ese momento me hubiese gustado alejarla de mí. Esto era aun sueño. Ella me odiaba, yo la odiaba, era una extraña, yo era un extraño. Besos foráneos sin límites, ni cordura. Caricias lejanas que se sentían tan cerca que parecían reales «¿Estoy soñando? Hazme volver al mundo de los mortales»

—Drew… —Susurró separándose levemente, aún podía sentir el leve sabor a fresas y a galletas de canola en mis labios—. No es correcto.

—Entiendo —Sonreí clavando mi mirada en sus intensos ojos castaños, había algo en ellos, que no podía distinguir muy bien ¿Dolor? ¿Inquietud? ¿Decepción? ¿Rabia? ¿Confusión?—. No te preocupes…

—¡No es eso! —Vuelvo la mirada casi al mismo tiempo en que pienso bajarla—. Drew… tú y yo… suena tan extraño, etéreo… y superfluo a la vez. Casi no puedo concebirlo. Es tan extraño…

—Rendell Street está muy lejos —Musité, fingiendo no haberla escuchado.

—¿Ah? —Me pongo de pie alzando mis manos para ayudarla, pero ella no se inmutó—. Pero…

—No hay tú y yo, lo entiendo —Suspiré pesadamente—. Fin del asunto… olvida todo.

—Claro… Porque no importa ¿verdad? —Noté un dejo de ira, más nada podía hacer—. En fin… cuando todo esto termine cada uno seguirá su camino y no vuelvas la cara, que el pasado, pasado es.

—El pasado, pasado es, tú lo has dicho —Ella se puso de pie, sin aceptar la ayuda que le ofrecía—. Del otro lado del Toluca Lake.

—Del otro lado —Asintió, el aire se había vuelto hostil, de pronto me recordó a Aline en el auto antes de marcharme—. Vamos.

Pasó por delante de mí. Dejé que el aire saliera lentamente y más pronto de lo que creí estaba pisándole los talones a Clio aunque ella insistía en llevarme la delantera y cuando intentaba sobrepasarla ella simplemente aceleraba el paso.

—Suéltalo —Farfullé, Clio se detuvo, yo también, antes, incluso, de chocar contra ella y su inesperada detención—. Déjalo salir…

—Si quieres que te insulte, mala suerte, no pienso caer tan bajo —Pude notar la acidez en sus palabras—. Date prisa.

—¡Clio!

—¡Bloodworth! —Se dio la vuelta, esperé ver lágrimas, pero ni rastros de ellas. Sólo un honor herido y rabia adhiriéndose a su garganta—. Déjalo ya.

—La primera vez que te vi, en el Grand Hotel… ¿Lo recuerdas? —Desvió la mirada—. Desde esa vez he pensado que soy un idiota contigo, no lo sé, siempre… cometo un error. Por eso volví por ti, por eso quise buscarte. Clio… soy un idiota.

—Nada nuevo bajo el sol ¿eh? —Balbuceó con una sonrisa triste—. Cuando tengas que decir algo, piénsalo al menos siete mil veces antes de decirlo. Sirve.

—¿Me perdonas? —Encrespé las cejas—. No volverá a ocurrir.

—¿Qué cosa? —Me miró lánguidamente, los ojos cansados y llenos de pena.

—Lo que sea que te haya molestado —Tomé su mano—. El beso, mis comentarios, mi imbecilidad… lo que sea.

—El beso está bien, los comentarios desastrosos —Apretó cada una de sus falanges contra mi piel.

—Estoy mejorando, puedes confiar en ello —Planté una sonrisa traviesa—. Y para que veas… quiero mostrarte algo que aprendí en Sing-Sing.

—Haré de cuenta que no tiene nada que ver los artes plásticas —Solté una carajada mientras tiraba de su mano hasta un viejo Mazda 323 NS MOD del año 1990.

Ciertamente era un auto antiguo para las fechas, donde los convertibles y autos con alerones y óxido nitroso eran la moda, pero para términos afines esto sí serviría para mi objetivo. Además tenía la ventaja de la tecnología de mi parte. Los automóviles cuyos modelos eran antes del dos mil, eran fáciles de saquear y robar. Tomé la majilla y esta no cedió al primer intento. Miré a mí alrededor pero no había nada, entonces recordé el arma en mi cintura. La cogí y golpeé fuertemente el vidrio con el mago de metal.

Enseguida abrí el seguro, entré y abrí la puerta del copiloto y antes de que pudiera hacer algo Clio ya había subido.

—Sabias que nueve de cada diez películas muestran lo mismo que hiciste tú. No creas que estar en Sing-Sing es una ventaja —Dijo alegremente.

—¿Ah sí? —Pregunté melodiosamente—. Pero supongo que Schwarzenegger no te enseñó a hacer esto.

Estiré mi mano hacia la parte baja del tablero eléctrico y menos de dos segundos tenía entre mis dedos una serie de cables de colores. Cogí unos cuantos para quitarlos de los fusibles coloridos y comencé a jugar con los cables. Unidos junto a las hebras de cobre, separando y juntando, apretando el acelerador de vez en vez para hacer contacto. Unas cuantas chispas más hasta que el automóvil encendió.

—¿Qué tal? —Dije triunfante—. La escuela de los criminales presenta, «Me robaron el auto, parte cuatro».

—Será mejor que dejes tus malas películas de criminales para otra ocasión. Acelera.

Lo hice, sesenta kilómetros en la partida inicial, derrapando un poco en el pavimento liso y gastado. Las llantas tampoco eran muy nuevas que digamos y si debía ser sincero dudaba que los escasos litros de gasolina aguantaran todo el trayecto hasta la mansión de Hudson. Miré el tablero y extraños recuerdos se arremolinaron en mi cabeza, había pasado tiempo desde que no conducía y las luces discretas del panel me dejaron un sabor similar a un deja-vu. Observé la carretera, tratando de esquivar a los seres que deambulaban sin temor por todas partes, asediando el coche de vez en cuando para infringir miedo, más nunca lo lograrían. Clio me indicó cada bifurcación en el camino, calles, avenidas, caminos.

CHICHTON ST.

RIVERSIDE DR.

SANDFORD ST.

Curvas y edificios maltrechos con el paso del tiempo. Tiempo que se acumulaba en las tejas, en las paredes, en los árboles y los juegos infantiles de un parque cercano. El óxido, la humedad… la neblina.

—A la izquierda en cuando acabe W. Sandford Street —Murmuró—. Y entramos de lleno a Nathan Avenue.

—¿Nathan Avenue? —Repetí desconcertado, aún tenía fresco el recuerdo de la señalética que había leído cuando coloqué un pie en este maldito pueblo de mierda—. ¿Es necesario?

—¿Qué ocurre? —Clio posó una mano tranquila sobre mi hombro y la miró delicadamente por cero coma veintitrés segundos antes de responder—. Es allí, donde todo comenzó ¿Verdad?

—Me trae recuerdos poco placenteros, pero tranquila, estaré bien —Susurré, quise sonar creíble hasta llegar a casa de Alexander.

—Izquierda —Continuó levemente—. Por Nathan, hasta la primera calle, Carroll Street, baja con la vía y dobla a mano izquierda nuevamente en Rendell Street. Sólo hazlo.

Asentí memorizando cada una de las cosas que me había dicho, izquierda, derecha, izquierda. Era fácil y así mantendría mi cabeza ocupada por algún tiempo.

Nathan Avenue lucía igual que como hace tres meses «Tres meses han pasado…» Las grietas imperantes durante todo el trayecto, Carroll con su singular gasolinera eran más puñales en mi hombro, como si una y otra vez recordara el ardor y el dolor del puñal de Abigail sobre mi carne. Un bidón olvidado en las cercanías del dispensador de gasolina me hacía creer que todo esto era casi irreal. Más allá de un club nocturno donde almas solitarias parecía inundar el lugar, noctambulas como las personas que debieron frecuentar aquel antro, incluso más allá del lóbrego hospital pude divisar la anhelada Rendell.

Viré sin muchos miramientos y con singular destreza al volante, disminuí la marcha repasando el pintoresco lugar. Las calles parecía tener vida mortuoria con aquellos arboles despojados de sus hojas y formados como militares en la acera, con precisión y cuidado, simétricamente molesto.

—Allí —Clio levantó una mano en dirección a una casa de grandes dimensiones cuyo pórtico enrejado daba la impresión de la típica casa embrujada—. Da miedo.

—Así es.

Estacioné el coche y le dediqué una larga mirada a la reja, las dependencias amuralladas hablaban de un tipo de casa muy lujosa y llena de seguridad. Bajé del auto a la misma vez que Clio, aunque ella llegó primero a la reja que yo. Miramos hacia adentro a través de los barrotes de acero, divisamos un camino lineal que se partía en dos rodeando una glorieta cuya agua se había esfumado. El césped amarillento y sin gracia me transportó de pronto a las pampas doradas de la Toscana, claro que estas no me parecieron tan hermosas. Al fondo y de una arboleda seca se alzaba un roble solitario con un columpio que en el camino había perdido una de las cadenas para afirmarse de una rama rota.

La casa parecía vacía y las imponentes gárgolas apostadas en las esquinas del techo me hacían vacilar a minutos. Las ventanas finamente decoradas y sus cortinas blancas daban la impresión de un lugar oscuro y sombrío, sin más vida que pequeños cuervos cantando de vez en cuando.

—¿Entramos? —Pregunto Clio, sutilmente.

—Sí, es sólo que… más vale que esta sea la casa —Apreté mis puños armándome de valor, como si realmente lo necesitase.

—Lo es —Afirmó señalando una placa dorada en uno de los pilares de la reja.

BALDWIN MASION.

—Bien, movámonos —Tomé el picaporte entre mis dedos y tiré de él sin mucho cuidado. La reja emitió un rechinido molesto antes de abrirse por completo y antes de cerrarse a nuestras espaldas. El camino de adoquines coloniales nos recibió con más de algún tropezón, tierra y hojas a la vez que nos acercábamos a la entrada principal decorada con pilares a los costados terminados en capiteles jónicos. Las puertas con hermosos vitrales y leones me dejó aturdido.

—Esto es… —Clio dejó la frase en el aire al abrir la puerta de entrada, miramos el interior boquiabiertos por aquel galimatías artístico y cultural—. El orden del caos… un choque entre occidente y oriente…

—Siglos y famosos exponentes en el mismo lugar… —Proseguí—. Un choque cultural en macros.

—Como Mégas Aléxandros… estuvimos tan ciegos todo este tiempo… —Mi respiración se aceleró al igual que cada uno de mis músculos se tensaron—. Alexander…

—¡Quiénes son ustedes! —Alzamos la mirada en busca de aquella voz otrora—. ¿Qué quieren y qué hacen aquí?

—Buscamos a Alexander Hudson —Dije, aunque fue en un todo bajo, la abovedada sala del recibidor fomento cada nota vocal—. Él secuestró a mi hermana.

—No puede ser… —La mujer envuelta en una bata color vino, de ojos negros sin brillo y los cabellos plateado daba la impresión más temible que haya visto antes—. ¡Eso es una mentira, mocoso!

—Con todo respeto señora… —Clio se interpuso entre ella y yo—. Lo que decimos es verdad, Hudson secuestró a su hermana y la tiene cautiva en algún lugar. Ayúdenos.

La mujer juntó el entrecejo y las arrugas de su frente, ojos y boca se acentuaron más. Su porte altivo y sus gestos faciales daban cuenta de su gran estoicismo y complejidad. Parecía que los años de esfuerzo latente había tallado su cara hasta dejarla de un toque rudamente femenino.

—Mi Alexander es incapaz de hacer tal aberración —Musitó casi para sí, mientras nosotros disfrutábamos de una mirada extrañada «¿Mi Alexander…?»—. Deben estar equivocados, es simplemente imposible. Hay un error.

—Me temo que no, señora…

—Elizabeth Zegers de Hudson —Movió su cabeza en el momento que pude apreciar un crucifijo apegado a su pecho y oculto tras el satén de la bata—. Soy la madre de Alexander.

«Madre…»

—Síganme, por favor —Se dio la vuelta cruzando una puerta doble en frente de nosotros. De inmediato el olor a té ingles nos inundó la nariz. A la vez que nos deleitábamos de cada pieza de arte en los rincones.

Los esposos Arnolfini, el óleo de Jan Van Eyck. La Creación de Adán, de Miguel Ángelo. La Asunción de la Virgen de Andrea de Castagno. En un rincón una esfera armilar, junto a un clavicémbalo. En el centro una mesa de caoba y encima una figura de la diosa de las serpientes de Cronos, la divinidad cretense de hace siglos. Y junto a la mesa sillas estilo Chippendale.

—Tomen asiento —Indicó Elizabeth mostrando una de las sillas. De inmediato nos sentamos reticentes de dañar algo de escultural valor—. ¿Té?

—No es un visita de cortesía —Solté cuando ella tomaba una tetera de porcelana y servía en su taza con decoraciones final y doradas—. ¿Dónde está Hudson?

—Él no está en este momento —Cogió su taza y sorbió algo de té—. Mi hijo no es un criminal. Es un hombre bueno, yo lo crié con el sudor mi frente cuando mi esposo murió. Alexander es mi orgullo.

—Nadie lo niega señora —Informó Clio pasivamente—. Pero puedo dar crédito de lo que mi compañero le dice. Hudson tiene a su hermana, es la verdad.

—¿Verdad? ¿Y qué es la verdad si no hay mentira? ¿Qué es el dolor si no hay sufrimiento? Y ustedes vienen hasta aquí a ensuciar el respetable nombre de mi hijo —Su voz se tornó grave—. Vuelvan la mirada y reconozcan que están mintiendo vilmente.

—¡Es mi hermana! —Me puse pie golpeando con furia la mesa—. ¡Él me la quitó! ¡Él es el que miente!

—Por décadas la familia Hudson ha tenido que enfrentarse a seres que ustedes, tan despreciables y ruines —Dejó la taza a un lado para continuar—. Váyanse de mi casa, ahora, o llamaré a la policía.

—¡Llame! —La reté—. Quiero ver que le contesten, quiero verla intentando pedir ayuda ¿Qué no lo entiende? ¿Qué no ha visto hoy por su ventana? ¡El mundo ya no existe afuera de estas paredes!

—Largo —Enmudecí, la mujer tiritaba de ira—. ¡Fuera de mi casa!

—¡No! —Exclamé—. ¡Abra los ojos! ¡Alexander dejó de ser su niñito bueno, él es un criminal!

—No es cierto… —La mujer se quebró, cayendo aterrada contra el suelo de mármol—. ¡Él es bueno! Sólo quiere hacer el bien… quizás no de la manera ortodoxa de la iglesia. Él cree distinto, es sólo eso…

—¿Y usted es creyente? —Dijo de pronto Clio—. El crucifico que porta, es de la cristiandad… Jesucristo que pereció en la cruz, y usted lo porta colgando del cuello. Alexander no cree… por eso la odia.

—¿Clio? —Llamé pero pareció no escucharme.

—Ayúdeme señora Hudson, a entender a su hijo —Ella se acercó tomando la mano de la anciana, no pude hacer más que retroceder «Más vale que funcione»—. ¿Qué hay detrás de Alexander?

—Él es bueno, tienen que ayudarlo, prométanmelo —Suplicó, Clio asintió—. Nunca fue rebelde, era un chico listo, de buen corazón, le gustaba ayudar a las personas, a sus amiguitos. Pasaba tardes enteras leyendo la Biblia a los pies de Jesús, los domingos asistía a misa e incluso me incitaba a que lo llevara más veces a la semana, aún recuerdo la tarde de otoño en que me expresó sus deseos de hacer el sacerdocio. No entiendo como cambió tanto y un día… cuando la lluvia aun caía… Alex, mi pequeño Alex… ya no era el mismo. Yo creí que fue culpa de la muerte de su padre, pero erré. Mi bebé se había convertido en un hereje ante los ojos del clero. Se me hace difícil olvidar su sonrisa cuando visitamos la Ciudad del Vaticano. Le fascinaba todo aquello, le hacía sentirse más cerca del Señor. Y esa tarde… él gritó que yo le había mentido, el mundo le mentía, que Dios no era Dios. El único ser poderoso era alguien a quien él llamaba maestro. Dijo que él le había abierto los ojos hacia un nuevo apocalipsis. La verdad infinita de un Dios malvado, destructor y prepotente.

Se agarró el pecho, afligida, negando con la cabeza. Las lágrimas embargaban su rostro sin remedio.

—Alex jamás habla de ello. Pero yo sé que ese hombre al cual llaman maestro, no es más que una víbora despreciable a la cual estoy dispuesta a aniquilar con mis propias manos —Su respiración se distorsionó, estaba dándole un ataque. Clio intentó socorrerla pero la anciana se negaba—. ¡Mike, Mike, amor mío, llévame contigo, arrebátame la vida te lo ruego! Mi niño… como ansío mecer a mi niño, Alex, una vez más, está tan solo… él sólo quiere el bien… lo han corrompido… él es… el creador de ángeles… ahora soy libre para entenderlo…

Y un suspiro acabo con su vida mientras el golpe seco de su cabeza fue aterrador. El té yacía frío sobre la mesa así como las manos inertes de Elizabeth sobre el mármol. Clio cerró sus ojos con la mano mirándome lánguidamente. Correspondí inclinándome para cargar a la anciana hasta algún cuarto de la mansión. La recostamos sobre la cama con dosel colocando una sábana carísima sobre su rostro y cuerpo.

—¿Y ahora? —Consulté mirando el bulto sobre la cama.

—¿Crees en Dios, Drew? —Guardé silencio.

—Cuando era pequeño… mi familia era católica —Confesé—. Más he pensado que, tal vez Dios está lejos para mí.

—¿Quisieras decir algo? —Ella me miró con desconsuelo, entendí el mensaje.

In nimine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti… amen —Me persigné lentamente, recordando las oraciones—. Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas sicut in caelo et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie, et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in tentationem, sed libera nos a malo… Amen.

—Tu latín es soberbio —Susurró mi compañera al final la oración.

—No creerás todo lo que dijo ¿Cierto?

—¿Por qué no? —Alzó una ceja—. Dale al menos el beneficio de la duda. Las palabras de un moribundo nunca son en vano. Ella decía la verdad.

—¡Alexander es todo, menos un mártir, meno un ángel!

—No lo has entendido —Se alejó abrazándose a sí misma, acercándose al alfeizar cercano de la ventana—. Alexander estaba perdido, como un perro sin amo. Dios le había abandonado a él también.

—¿Lo justificas? —Tomé su hombro y le giré con determinación—. Responde…

—Sólo trato de entenderlo —Me empujo a un lado—. Su vida nunca tuvo propósito hasta que conoció al maestro. Es una ficha más en este damero del horror. Un peón o un alfil, cercano al rey pero no extremadamente poderoso.

—¡Escúchate! —Estreché su cara entre mis manos—. Él no es el creador de ángeles, es un demente, no tiene corazón, no tiene límites. Y nos destruirá sin miramientos.

—Destruyendo al rey, las piezas caerán —Fijó su mirada castaña sobre mí, el valor y la empatía de Clio siempre lograban sorprenderme—. Hemos estado mal enfocados todo este tiempo… ¡Tenemos que encontrar al maestro!

—El maestro es terrible… —Balbuceé recordando las penúltimas palabras de Peter en el teatro—. Si Alexander es una piedra en el zapato, el maestro es una montaña altísima que hay que cruzar.

—Dinamitar —Corrigió resuelta, alejándose nuevamente de mí hasta un tocador neoclásico con un alto espejo—. No se trata de rescatar a Aline y ya. Debemos acabar con todo esto. No hay soluciones a medias.

—¿Y Alexander? —Inquirí cansado.

—Olvídalo —Indicó con lentitud—. Él ya no es important-

—¿Mamá?

Nos giramos al escuchar la presencia de alguien más en la habitación, allí en el umbral de la puerta estaba Alexander boquiabierto, petrificado observando la magra silueta de la sábana. No supe qué pensar. Atacarlo, matarlo. Las palabras de Clio se apelotonaban en mi mente, mientras que la voz de Elizabeth se arrullaba en mi corazón «Él sólo quiere el bien… lo han corrompido… Alexander es sólo una víctima más… ayúdalo»

—¡Qué le hicieron! —Avanzó raudo, la ira le invadía y no supe cómo reaccionar ante sus ojos dolidos. Me tomó del cuello del sweater arrastrándome hasta quedar frente a frente, sólo ahora podía notar cuán humano era Alexander «El pequeño Alex…»—. ¡La has matado!

—¿Qué se siente? —Dije entre dientes, no hice nada, sólo dejé que mi dolor se traspasara a él también—. ¿Qué se siente que te quieten lo más preciado de tu vida? ¡Lo único que te queda! ¡Qué si fui yo!

—¡Era mi madre!

—¡Es mi hermana!

—¡Basta! —Clio nos separó abrazándome para alejarme—. Alexander tú no eres así… eras distinto ¡Lucha por salir! Tú crees en Dios…

—¡Dios! —Apretó los puños—. Él no existe, no… ustedes están ciegos… encandilados por las luces que flotan delante de sus ojos… no tiene derecho ¡No lo tiene!

Caminó lentamente sin quitarnos la mirada y se subió a la cama arrastrándose con dolor, estrechando el cuerpo sin vida de su madre contra su pecho.

—Mamá… regresa… —Un sollozo «¿Estás llorando?» Lágrimas, gritos, inclemencias. Apretó el cuerpo, parecía un pequeño niño arrepentido, un cachorro sin su madre, perdido en la oscuridad—. No me dejes… perdóname… no quise…

—Debemos irnos… —Mascullé en el oído de Clio, tomé su mano y la apreté con suavidad. Ella correspondió, sabía que en ese momento pude haber tomado a Alexander para medio matarlo, Clio sabe que… a pesar de todo, puedo sentir el dolor de Hudson como el mío propio y no podía reprocharle nada, aunque de eso dependiera la vida de mi hermana.

«Yo puedo entenderte, Alexander…»


Alexander se aferró al cuerpo de su madre rogando que todo aquello fuera una vil mentira. Lloró como todas las noches en su vida, nadie nunca lo vio de esa manera, las lágrimas simplemente no eran sus amigas y jamás fue asiduo a derramarlas en público. Pero ahora su madre estaba allí inerte y sin capacidad para responderle. Para perdonarle. Para acariciarle la cabellera doraba a la vez que lo arropaba en la cama.

—Yo destruí esta familia… —Se lamentó besando la frente de su madre—. Perdóname madre…

Flashback

El sol de Roma golpeó fuerte en su cara cuando descendió de la limosina negra que le había transportado desde el aeropuerto hasta la Cuidad del Vaticano. Elizabeth acarició los mechones revoltosos que caían en la cara de su hijo mientras este sonreía. Alexander parecía inmerso en otro mundo, allí donde todo es más brillante. Las murallas altas y gruesas de la ciudad eran víctimas de la suspicacia del ojiverde y la cúpula de la basílica de San Pedro jamás brilló con tanta fuerza como aquel día.

La guardia Suiza les recibió con honores y el Obispo Casanova con una sonrisa cálida y fraterna.

En ese momento Alexander supo que su destino era seguir el camino de Dios.

Fin Flashback

—¿Mamá? ¿Recuerdas a Alice? —Alexander había abandonado el lecho de su madre para observar el árbol solitario con el columpio derruido—. ¿Yo la maté?

Flashback

Mira Alex… una mariposa gris… —La pequeña de cabello castaño claro y rizo señalaba el pequeño insecto sobre la planta verde del jardín—. Alex mira, mira… una mariposa de plata…

No es de plata, Alice… —Susurró Alexander acariciando la cima de la cabeza de Alice con tranquilidad, la niña en cambio se desvivía por su hallazgo—. Es hermosa…

¿Y yo? —La pequeña sonrió radiante mientras Alex la mirada con dulzura—. ¿Te casarás conmigo algún día?

Alexander rió lentamente, sabiendo que eso era imposible de concebir, más la niña no podía saberlo con sus seis años de edad. Ella volvió la mirada y la mariposa ya no estaba.

¿Dónde está?—Interrogó hasta que el rubio señaló el árbol donde colgaba el columpio de Alice—. Ha escapado, Alex… tráemela, la quiero para mí.

No, Alice, es un ser vivo, déjalo libre… no podemos poseerlo eternamente, ella morirá y te sentirás triste, no quiero verte llorar —Alexander plantó un pequeño beso en su mejilla—. Ahora ve a ordenar tu cuarto.

Pero era un obsequio para ti…

Yo estoy bien así…

La niña asintió y corrió dentro de la casa mientras Alexander leía un grueso libro de teología sentado en una de las bancas del jardín. Había pasado una hora sumido en la lectura cuando Alice le llamaba nuevamente.

¡Alex, mira! —Alexander levantó la mirada encontrándose con Alice en el balcón frontal, apuntando una maceta que colgada fuera como péndulos florales.

Alice baja de allí —Advirtió con sequedad dejando de lado la lectura de su libro—. Van a regañarte.

Pero a niña no hizo caso alguno subiéndose a la baranda del balcón para alcanzar la hermosa mariposa plateada que rehuía de sus manos.

¡Alice, baja de allí, ahora! —Y las palabras de Alexander se perdían y flotaban con el viento. El sol del atardecer bajaba lentamente con una cortina roja y anaranjada. Una brisa se levantó con fuerza y él podía sentir sus cabellos desordenándose con el pasar de los segundos. Pudo escuchar el violín de su primo tocando las primeras notas al atardecer. Y la sonrisa de Alice aflorando con más intensidad a la vez que se acercaba al macetero.

Segundos, sólo bastaron segundos para que la mariposa volara aterrada, segundos en que Alice perdía el equilibrio en el barandal, su cuerpo se inclinó hacia adelante. Segundos en que el libro de teología caía al piso. Segundos en que Alexander corría en dirección hacia la pequeña niña que caía rápidamente al suelo desde el segundo piso de la mansión.

¡ALICE!

Un estruendo, huesos fracturándose, carne rompiéndose, sangre en todas partes, el vestido blanco de Alice se teñía de rojo y su mirada verde permanecía inmutable. Centésimas de segundos y los brazos de una sirvienta amarraban a Hudson por el torso para alejarlo de allí. Entre lágrimas Alex se negaba, un jardinero corría a socorrer a la pequeña niña y una madre daba un grito desgarrador desde la entrada de la mansión. Alexander exclamaba al aire, ahora no escuchaba sus gritos, todo era lento y el movimiento negativo de la cabeza del jardinero les confirmaba lo peor.

Alice había muerto.

Minutos más tarde los paramédicos sacaban el pequeño cuerpo de la niña y horas luego de eso, Alexander se lanzaba inconsolable sobre el féretro blanco de la niña. Su padre intentaba separarlo pero no pudo, las personas enlutadas dejaban sus flores a los pies del cajón y Alex no tuvo más remedio que dejarla partir, viendo cómo se hundía en el agujero de tierra.

Esa tarde Alexander vio mariposas plateadas cuando dormía, vio mariposas plateadas paradas en su ventana, en el balcón, en el piso, en la tumba de Alice.

El pequeño Alex había dejado de existir. Y un hombre se alzaba con determinación ante el dolor.

Fin Flashback

—Alice… —Alexander se deshizo en el piso embargado por el dolor, las mariposas revoloteaban alrededor de él—. Ayúdame… hermana…

To be Continue


A/N: Calculo que han pasado dos meses con dos semanas desde que no actualizaba este FanFic y cuando leí el ultimo capitulo para comenzar el onceavo capitulo me he vuelto a encantar con Bloodworth. Ahora puedo decir que quizás este es el cap. más extraño de todos, cargado al drama y al angst sobre todo para nuestro Alexander, me he sentido mal por no actualizar pronto y cuando lo hago les entrego una capitulo tan falto de toda la esencia YSY, pero cuando releo esta entrega no paro de llorar, lo complicado de todo es que quiero transmitir el dolor de una perdida y el tema «Ezio's Family» OST de Assassin's Creed II me ha ayudado para este, les rogaría (Aunque no estoy en condiciones de pedirles nada XD) que la escucharan con los Flashbacks de Alex… es importante.

Espero que logren perdonarme todo el tiempo que estado K.O en este historia, pero ya vuelvo a la carga, espérense no más XD (Amenaza como las ancianas XD)

Okay, miren al cielo y vean las mariposas de plata que Alex les está dejando (Por cierto Alexander=Alex=The angel maker por si se confundieron)

Espero que comenten, aunque sea para lanzar tomates por tardarme.

Un saludo y recuerden, comenten, sugieran, critiquen, disfruten.