DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia es de mi autoría.
N/A: Este fic contendrá incesto y confronte religioso y social, lean bajo su gusto y responsabilidad.
EL PLACER DEL PECADO
*·.&.·*
Esta es la historia de dos jóvenes prohibidos desde el mismo instante de su creación.
Una historia de amor fraternal destinada a un caótico fin.
Un amor que simplemente es cenizas antes de que el fuego se encienda.
Un amor corrompido, repudiado, condenado… Un amor de pecado.
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CANCIONES DEL CAPÍTULO:
If you only knew de Shinedown&
If I told you de Jason Walker
Un golpe.
Un llamado.
Dolor.
Esme se había ido en silencio cuando vio que su pequeña se había perdido una vez más en aquellos mundos de pensamientos restringidos e inhóspitos para ella, para todos.
Isabella ni siquiera lo notó. Ella tan solo se sentó en la cama abrazando las rodillas contra su pecho y descansando su mejilla en ellas mientras miraba sin ver aquella descolorida cortina. Viendo más allá de lo que veía. Viendo como la luz del extraño sol creaba luces y sombras de diversos matices sobre y detrás de la tela.
El toque a su puerta la sacó al fin de su ensoñación diurna, de su paseo por aquellos senderos mentales que apenas se le estaban comenzando a mostrar. Analizando. Pensando. Sintiendo.
Sintiendo.
Una vibración.
Un escalofrío en su espina dorsal.
Un cosquilleo en sus palmas.
Una boca de pronto demasiado reseca.
Era él.
¿Por qué había comenzado a sentir de aquella forma cuando él estaba cerca? ¿Por qué su cuerpo se ponía en 'alerta' por así decirle? ¿Por qué sentía los nervios a flor de piel y su corazón desbocarse? ¿Por qué ahora? ¿Por qué todo había cambiado entre ellos? No lo entendía. No lo sabía ¿Quería siquiera saberlo?
Mil preguntas invadieron su cabeza en cuestión de milésimas de segundos.
Un nuevo toque y un suave 'adelante' fue lo que rompió con su debate mental, con aquella lista repentina de dudas.
―Mmm… Puedo irme si estás ocupada ―dijo él nada más entrar mirándome con intensidad por tan solo un breve y demasiado corto segundo para luego concentrarse mirando por la ventana.
―No, tranquilo, ya ha venido Esme a despertarme y ahora me toca cambiarme y bajar a tomar algo ―dijo ella como a la carrera, intentando sonar forzadamente casual ¿Por qué? Se preguntó.
Isabella se levantó de la cama para ir hacia el placard a buscar algo de ropa, demasiado nerviosa y confundida para tan solo quedarse allí tirada en la cama.
― ¿Ya tienes todo listo para partir? ―preguntó de pasada para que el silencio no se alargara hasta hacerse incómodo para ambos.
¿Desde cuándo tenían silencios incómodos entre ellos? Se preguntó la joven abriendo las puertas de su guardarropa y casi llegando a meterse dentro. Quería desaparecer.
Ellos. Ellos quienes habían pasado horas inconmensurables e incontables tan solo mirándose tirados en el pasto o sobre el colchón que de niños compartían hasta altas horas de la noche antes de dormir. Silencio. El silencio siempre había sido su amigo… Hasta hacía poco al menos
¿Por qué? –pensaba triste y apesadumbrada. Todavía incapaz de voltearse a mirarlo a pesar de ya tener en sus manos las prendas a vestir.
La simple pregunta dejó completamente descolocado al joven, quien nerviosamente se encontraba embrujado con la vista bien formada y juvenil de su tierna hermana. Aquellas diminutas prendas que usaba para dormir no hacían nada para ocultar sus delicadas y aun muy inocentes curvas… ni la completa desnudez debajo de estas.
Su mirada se estrechó sin quererlo o pensarlo y Edward estuvo enormemente agradecido de que ella no se hubiera dignado a verlo todavía ya que estaba seguro que de hacerlo en aquellos momentos se encontraría frente a ella con una mirada cargada de completa e irracional lujuria. Con sumo esfuerzo cerró los ojos y pensó en su viaje, en el bosque, en sus padres, en cualquier cosa que le hiciera bajar la calentura que había embargado su cuerpo en tan solo un instante.
¡Dios! ¿Acaso ya no podía pasar un segundo a su lado sin pensarla e imaginarla desnuda temblando de placer bajo su cuerpo? No, al parecer no –se dijo resignadamente-. Finalmente, y al ver que nada funcionaba pero siendo consciente de tener los segundos contados, hizo lo impensable; recordó con extremo detalle como se follaba a una de las tantas zorras del instituto la semana pasada en una fiesta… E, increíblemente, aquello le bajó de golpe su muy emergente problema.
Ironías de la vida… Allí estaba él, a escasos y peligrosos pocos metros de su 'hermana', la mujer más deseable de la tierra para él y él se obligaba a recordar algo que en aquel momento ella misma inspiró… porque esa era la cruel verdad. Él podía follarse a cualquiera durante horas y horas, podía estar fumado bebido o lo que fuera y seguir follando como un animal tan solo porque en cada penetración, en cada estocada a un maleable cuerpo femenino, él imaginaba que era el cuerpo de su hermana el que profanaba y que las gustosas respuestas que recibía su cuerpo provenían de ella y no de aquellas golfas de la que ni el nombre recordaba.
¿Podía ser esto más retorcido y enfermizo? No, mucho se temía que no. Suspiró cansado y resignado… una vez más.
Edward estaba ya exhausto con tan solo respirar aquel aire enviciado de su aroma y aun no había logrado articular ni una mísera palabra, así que con esfuerzo y más esfuerzo obligó a su cerebro a reaccionar para encontrar una respuesta coherente, lo cual sería genial si él pudiera siquiera recordar la dichosa pregunta.
― ¿Disculpa? ―pronunció en cambio dándose por vencido antes de quedar como aún más idiota de lo que ya era ante sus ojos.
―Mmm… Que si ya tienes todo listo… ―dijo ella estándose muy quieta aun de cara a la ropa y apretando las prendas contra su pecho. Como si las palabras que fuera a escuchar fuera como dagas lanzadas directamente a lo que frágilmente se hallaba debajo de su esternón.
―Sí.
―Ah.
Pequeños monosílabos que gritaban enormes testamentos de crudas y prohibidas palabras detrás. Todo contradictorio. Todo tan difícil.
Silencio.
Incomodidad.
Sentencia.
―Iré a cambiarme. Enseguida regreso.
Huida ejemplar.
Impotencia.
No podía, no podía, no podía.
Isabella en verdad sentía que no podía hacer frente a aquello. En verdad se sentía incapaz de verlo partir… de decirle 'adiós'.
Corrió a encerrarse en aquel precioso y muy femenino baño tomando tanto aire como pudo para evitar que el primer cristal descendiera por su rostro a sabiendas de que tras ese vendrían muchos más y de que, una vez rota la presa, el caudal sería devastador. Y no era momento.
Como una autómata ella se quitó el pequeño pijama sintiendo vergüenza a que él la hubiera visto así. Una vergüenza extraña, desconocida hasta ahora para ella. Obvió el pensamiento, el sentimiento. Tomó las ropas y se las colocó con prontitud desesperante para salir de allí de una vez y enfrentar el último día, el último día de aquella gran tensión que le provocaba su presencia.
Mientras tanto el joven peleaba furiosamente consigo mismo dentro de su mente. Sería mejor irme ahora que no estaba. Debía quedarse al menos para tener el recuerdo de su despedida. Mejor irse para no cometer una locura. Quedarse para llevarse un recuerdo sincero y reciente que lo abrigara y acompañara en las solitarias noches. Irse. Quedarse. Irse. Quedarse… Irs…
Ella salió al fin y él con ojos cerrados simulaba mirar fuera de su ventana. Elección truncada o inconscientemente rechazada, no importaba ahora. Respiró todo lo que le permitieron sus pulmones y se giró con lentitud hacia ella.
Dolor.
El sentimiento tan repentino y profundo ante su sola visión le hizo encogerse levemente.
―Te extrañaré Edward ―dijo entonces ella con voz queda sin saber con aquellas tan simples y mínimas palabras hizo que todo el mundo y el pronto rumbo de aquel joven se tambaleara, sin saber que hizo que su corazón latiera de una forma en la que ya hacía mucho no latía, sin saber que hizo a su alma sangrar por ansiar tanto, tanto más.
Se acercó.
Su mente voló.
Su corazón latió. Sintió.
Y el tiempo se ralentizo.
Un extraño momento suspendido por entre las arenas del tiempo.
Una mirada.
Palabras calladas. Sentimientos en ebullición.
Reconocimiento.
Dolor.
Confusión.
Resignación.
Sí, aquellos sentimientos abundaban en aquel ambiente pero gran parte de ellos eran copiosamente recelados, guardados e incluso batallados.
―Yo también… No sabes cuanto Bells ―le dijo él entonces en un susurro que los marcó a ambos.
Lapsus de tiempo inmóvil.
Violenta pausa del destino.
Aquel cariñoso apodo que tan solo él usaba con ella porque el mismo joven no había dejado a nadie más usarlo con ella diciendo que ese era SU llamado… Y que hacía tanto se había perdido entre los débiles murmullos del viento.
―Oh, Edward…
No midió consecuencias. No tuvo malos recuerdos. No hubo distancias… No pudo evitarlo.
La joven completamente emocionada se lanzó a sus brazos, abrazándolo con tanta fuerza que hasta resultaba rayano en lo doloroso mientras que él, abrumado en diversas y terribles sensaciones actuó por acto reflejo envolviendo sus brazos alrededor de aquella grácil y esbelta cintura que hace tiempo lo volvía loco.
El placer de tocar aunque fuera de forma efímera el cuerpo prohibido.
El placer de dejarse sentir por aunque fuera un breve momento que ella en verdad le pertenecía.
El placer de hacer oídos sordos a los enervantes pensamientos de corrección y hacer la vista gorda a la imagen mental en que ella era la pequeña hermana suya. Nada, ya nada le importaba a él en cuanto sus brazos la rodearon con todo el amor que sentía y había mantenido reprimido hasta el momento. Nada le importaba desde el mismísimo instante en el que ella llenó su frío y tieso cuerpo con su calor y emoción.
Él se sentía como el granizo. En el punto exacto en que al caer las pequeñas piedras con violencia natural unas contra otras comienzan casi invisiblemente a crear esas pequeñas chispas de fuego.
Sus brazos se mantuvieron inmóviles alrededor, con el miedo latente de que ante el más mínimo movimiento de su parte la burbuja en la que se hallaban de pronto se rompiera, casi al punto de evitar respirar. Respirar muy cerca de su oído por cierto.
Una tentación.
Una perdición.
Ella. Isabella se encontraba siendo arrastrada por una marea tan fuerte de sentimientos que sabía no podía controlar. El problema; el problema era que en realidad no sabía si quería hacerlo siquiera.
Un abrazo que marcaba un tiempo irreal, como si fuera una dimensión paralela. Una dimensión en la que sabían no se podían quedar y en la que no sabían en realidad si querían hacerlo.
Difícil.
Difícil de quedarse entre sus brazos.
Aún más difícil dejarlo partir.
Decisiones.
En el mismo instante, casi como si sus mentes y pensamientos estuvieran mágicamente conectadas, ambos se apretaron contra el otro. Tan fuerte que sus músculos resintieron, que sus tendones se estiraron a lo imposible. Tanto que quien los viera de fuera no sabría distinguir donde terminaba uno y comenzaba el otro.
Irreal.
Como ya dije por facebook explicaré en los caps para que sepan porqué me desaparecí así de la nada tanto tiempo. Primero estuve sin net y luego -lo peor-, se me inundó la casa y mi cpu murió ='(... Fueron meses laaaaargos jejeejee pero bueno, estoy de vuelta y tengo que reescribir todo así que les pido que aguanten un poquito más ok?
Mil gracias por los comentarios o mensajitos preguntando dónde y cómo andaba, y a quienes se preocuparon ;). Tarde lo que me tarde voy a terminar las historias, eso sí quiero que lo sepan porque puede q en algún momento vuelva a estar sin net... pero volveré jajajaja -parezco terminator jajajaja-...
GRACIAS ESPECIALES A:
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POR MANDAR ESOS TAN APRECIADOS RWS! ;)
Ahora sí, Nos leemos en cuanto pueda! Besotes y cuídense mucho ¡FELICES FIESTAS!...
*Guada*
