Joder, es que ni yo misma me creo que haya podido actualizar tan pronto! Esto de haber acabado los exámenes (aunque me queden dos de ingles._.) sienta de maravilla. Ya no recordaba lo que era actualizar a estas horas de la noche sin tener que pensar en que al día siguiente tengo examen*-* Bueno, también hay malas noticias: por esta semana los tengo todos acabados, pero la semana que viene tengo orales de inglés y uno de biología, por lo que supongo que volveré a estar ausente por unas dos semanas.. Pero volveré! Espero que disfrutéis del capítulo:)


Capítulo once

Después de que Hermione zanjara el tema sobre ayudar a Ron, todos los magos subieron a sus respectivas habitaciones para dormir, puesto que era tarde y ya estaban muy cansados. La brigada de magos del Ministerio había vuelto a casa, exceptuando a Kingsley, que aceptó la oferta de la señora Weasley de quedarse durante unos días para ayudar a Ron a preparar su defensa en el juicio.

A Hermione no le importaba dormir con Ginny, siempre había dormido con ella cuando se quedaba a pasar la noche en la Madriguera. Pero esa vez Ron no la quería alejada de él, la necesitaba a su lado, respirar su aire, sentir su calor. Después de todo lo que había pasado no quería sentirse solo, necesitaba la compañía de Hermione.

-¡Anda que Harry se ha pensado lo de dormir con Ginny! –Le dijo Ron a Hermione cuando Harry salió por la puerta con sus cosas en la mano, listo para pasar la noche con Ginny–. Más vale que vigile, que ahora estoy de vuelta…

-Ron, son novios. No empieces a comerte la cabeza con lo qué Harry y Ginny hacen o dejan de hacer, tienes que preocuparte en lo que tú y yo hacemos o dejamos de hacer –le contestó Hermione con una sonrisa pícara en el rostro.

Las orejas del pelirrojo enrojecieron al recordar la noche en el hotel de Australia en el que Hermione y él habían hecho el amor por primera y única vez. No habían hablado del tema y habían actuado con total normalidad, pero el hecho de tener a Hermione delante de él insinuando cosas que comprendía pero no quería llegar a comprender por miedo a enrojecer le ponía todavía más nervioso.

-No me como la cabeza, ya lo hemos hablado muchas veces: es mi hermana y solo quiero protegerla.

Hermione le sonrió tiernamente y fue a rebuscar entre sus maletas. Sabía que el libro estaba ahí, dentro de alguna de ellas. Lo que no recordaba era donde estaba. Pero tenía que estar: siempre llevaba ese libro encima.

-¿Qué buscas ahora? –inquirió Ron, que se había levantado de la cama y dirigido hacia donde se encontraba la chica.

-Historia de Hogwarts –le contestó ella con un brillo en los ojos.

-Estás muy guapa cuando algo te apasiona de verdad.

-¿Qué? –preguntó ella, con el desconcierto dibujado en su rostro.

-Se te han iluminado los ojos cuando has dicho lo del libro. Igual que siempre –Ron hizo una pausa y continuó-. Recuerdo cuando te conocí y nombraste ese libro por primera vez delante de mí, lo recuerdo como si fuera ayer. Tus ojos se iluminaron. Y cada vez que has hablado de ese libro en mi presencia, tus ojos se han vuelto a iluminar.

Hermione pensaba que su corazón dejaría de latir de un momento a otro por culpa de las palabras de Ron. Lo que acababa de decirle era precioso, no podía dejar de pensar en lo mucho que lo amaba. Y tenerlo delante diciéndole esas palabras ayudaba a que su pulso aumentara rápidamente.

-Te observo desde que te conocí, Hermione. Siempre que no mirabas yo estaba observándote. Podría describir todos tus movimientos y hacerlo perfectamente, porque siento que he nacido para eso.

Hermione se había emocionado. Nunca nadie le había dicho nada parecido, ni siquiera Viktor Krum. Amaba a Ron con toda su alma y él le estaba dedicando las palabras más sinceras que pudo jamás pronunciar.

-¿Y esta declaración de amor a qué viene? –le preguntó Hermione, con la voz llena de emoción.

-Me apetecía decirte cuánto te quiero –le contestó Ron acercándose a ella y besándola.


A la mañana siguiente el sol entró por la ventana de la habitación. La luz del día despertó a Hermione, que sonrió al recordar las palabras de Ron la noche anterior y al verse envuelta sus brazos. Besó la frente del chico y éste se despertó, aunque seguía todavía con el sueño en el cuerpo y sólo se movía bajo las sábanas, sin hacer ningún ademán de levantarse.

-Tenemos que empezar a preparar tu defensa, Ronald.

-Pero ahora estoy durmiendo… -le contesto Ron, que estaba en un estado entre medio dormido y medio despierto.

-¡Ronald!

Como Ron seguía durmiendo, Hermione fue rápidamente a por un vaso de agua bien fría y se la echó al pelirrojo por encima. Y esta vez sí, Ron salió de la cama precipitadamente y se dijo a sí mismo que siempre que Hermione estuviera despertándole se levantaría de la cama sin rechistar.

-¡Como eres! Podría estar incendiándose la casa y tú seguirías durmiendo tan tranquilo…

-Lo siento, Hermione. Ya me conoces, yo…

-Tú eres un dormilón, Ronald Weasley –le dijo ella acercándose y dándole un beso de buenos días.

Los dos se sonrieron y bajaron a desayunar. El olor de la comida recién hecha entró por las fosas nasales de Ron, que sentía tremendamente la necesidad de volver a comer algo cocinado por su madre. Como había estado buscando los horrocruxes junto con Harry y Hermione, eran muchos los desayunos que se había perdido, y puesto que cuando acabó la guerra, unas semanas después fue con Hermione a Australia, el deseo de comer las ricas comidas de su madre aumentó.

-Tortitas… -dijo más para sí mismo que dirigiéndose a nadie en concreto.

El desayuno fue muy animado: por la mañana temprano había llegado una lechuza del Ministerio de Magia con la carta en la que aparecía la futura citación de Ron para declarar en el juicio, pero toda la familia, incluidos Harry, Kingsley y Hermione olvidaron por un momento el futuro que se acercaba con rapidez a medida que pasaban las horas y disfrutaron de un agradable desayuno, tanto por la comida como por la diversión. George había estado muy deprimido desde la muerte de Fred y, aunque entendía el motivo por el que Ron había partido a Australia con Hermione, se sintió muy solo cuando éste se fue. Y como le volvía a tener allí quería aprovecharlo, pasarlo bien juntos como buenos hermanos que eran, por lo que estuvieron bromeando durante todo el rato en el que estuvieron desayunando. Pero todo lo bueno termina, y eso no iba a ser una excepción.

Al acabar se reunieron todos en el salón. Ni siquiera la señora Weasley se había molestado en recoger la cocina, que estaba hecha un desastre con todo lleno de platos y cubiertos sucios.

-Esto es más importante. Además, siempre puedo limpiar más tarde –había dicho mientras abrazaba a Ron con cariño.

Una vez todos sentados, Kingsley empezó a hablar:

-Bien, esto es lo que hay: supongo que vosotros, Arthur y Molly, ya sabréis como funciona el tema de la magia en Australia, aunque puedo deducir que los más jóvenes no tenéis ni idea.

Kingsley miró las caras desconcertadas de los chicos, que no sabían de lo que le hablaba.

-Es simple –prosiguió-: Australia no tiene un Ministerio de Magia como el nuestro. Al ser un país mucho menos poblado, el Ministerio de Magia controla directamente todo el continente.

-¿Y por qué no vino una brigada de su Ministerio? –Inquirió Ron.

-Porque, puesto que vosotros sois residentes en Reino Unido, la misión de ir al lugar de los hechos a por vosotros pasó a ser nuestra. No tiene mucho sentido para ellos hacerse cargo de vosotros, porque los juicios siempre se llevan a cabo en el país en el que resides.

-Entiendo… -murmuró Ron.

Todos observaron a Kingsley, esperando que dijera algo que pudiera ayudarles, una pista, lo que fuera.

-Hay algo más que debo deciros –todos le miraron, expectantes-: he hablado con un mago que está siguiendo el caso de Ethan. Los padres de Hermione ya han declarado, por el momento no se les necesita más, así que seguramente puedan estar de vuelta en cuestión de semanas.

Hermione empezó a sollozar a causa de la emoción. Deseaba con toda su alma volver a abrazar a sus padres.

-Y, bueno, en cuanto a Ethan… Me han dicho que los médicos muggles le han hecho pruebas y que no está muy bien de la cabeza.

-¡Lo sabía! Esa pinta de muggle que no ha roto un plato en su vida no podía ser para nada buena –dijo Ron, causando las risas entre los presentes.


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