Aclaración:
Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación.
Capitulo 11
Más de quince días después Hinata se encontraba frente al espejo de la tienda que su modista tenía en Bond Street. La enérgica mujer francesa estaba comprobando cómo le quedaba el último vestido que había creado para la Belle Hyuga, una espléndida prenda de seda de color azul pálido con un escote en forma de corazón que se hundía en el valle formado entre sus senos. No cabía ninguna duda: se trataba del vestido de una cortesana.
Hinata seguía con la mirada las manos de la modista mientras le alisaba la larga y pulcra raya de la falda a la altura de las caderas y la cintura. No podía evitar pensar que según las apariencias se estaba convirtiendo en lo que fingía ser, y, a pesar de ello, había descubierto la joya más valiosa que había visto nunca.
Solo podía pensar en Naruto.
-A él le encantará, mademoiselle -murmuró la mujer, y sus ojos oscuros brillaron con orgullo ante su creación.
-Oh, sí -asintió Hinata, admirando la destreza de la mujer. Apenas podía esperar a ver la cara de Naruto cuando vislumbrara el atrevido escote.
-¿Es para alguna ocasión especial?
-Para ir al salón Argyll.
-Pensaba que era para una cena.
-No, el rosa es para la cena. Este es para el baile de las cortesanas.
Algo había surgido entre ellos desde lo ocurrido aquella noche en la biblioteca, algo que había crecido como el brote tierno y verde de una flor hasta entonces desconocida. Hinata había olvidado lo que era sentirse a salvo, ser feliz.
Siguieron adelante con su farsa: reuniones tumultuosas, conciertos, veladas, visitas a Vauxhall, el salón Picadilly, el teatro, la ópera, el parque. Naruto ya no hablaba de Toneri ni de lady Fûka. Hinata evitaba mencionarlos, consciente de que el uno de agosto llegaría muy pronto y, con él, el fin del acuerdo que ella y Naruto habían firmado. Antes de que llegara esa fecha, quería que la invitase a quedarse junto a él indefinidamente como su amante.
Era la solución perfecta en medio de un mundo terriblemente imperfecto, tal vez fuese la única solución. Nunca podría volver a ser una persona respetable, y no le agradaba la perspectiva de ponerse otra vez en venta cuando su plan hubiese concluido. ¿Qué probabilidades tenía de encontrar a un protector en el que pudiese confiar la mitad de lo que confiaba en su duque remilgado y lleno de obligaciones morales? Además, se atrevía a pensar que estaba aprendiendo a hacer feliz a Naruto.
Se había enterado de que cierto día, en plena sesión de la Cámara de los Lores, él se había echado a reír a carcajadas sin ninguna razón aparente. Luego, para diversión de sus colegas, había votado la moción equivocada, y había tenido que ponerse en pie ante el escaño del gran canciller y cambiar su voto negativo por uno positivo.
Kiba Inuzuka había ido a visitarla la última semana, pero Naruto se había negado a dejarlo entrar; un incidente que, para su sorpresa, la había hecho sentirse protegida antes que molesta.
No habían vuelto a gozar de un momento íntimo como el que habían vivido en la biblioteca, pero todo había cambiado entre ellos. Hinata comprendió de forma lenta pero segura que los dos se estaban quitando sus máscaras, derribando la fachada del otro y convirtiéndose en muy buenos amigos. Además, ella tenía ahora unas setecientas cincuenta libras de las tres mil que necesitaba para sacar a su padre de la prisión de Fleet.
Dejó a un lado sus cavilaciones al darse cuenta de que su modista parisina le había hecho una pregunta.
-¿Qué tal está madame Anko? ¡Es tan guapa! Hace mucho que no la veo.
-Está otra vez embarazada -murmuró Hinata en tono confidencial.
La mujer se quedó parada y alzó la vista boquiabierta.
-¡Mon dieu! Pero ¿no tiene ya cinco hijos?
-Seis... Este es del coronel Umino.
La modista habló entre dientes con un alfiler en la boca e inclinó la cabeza.
-Tenga cuidado, mademoiselle.
-Oh, lo tendré, créame -aseguró Hinata. Tsunade le había dado instrucciones exhaustivas sobre el empleo de una pequeña esponja atada a una bobina de hilo, su única defensa contra el embarazo junto al uso inteligente del calendario.
Se trataba de un método desarrollado en Europa que garantizaba un pleno placer por ambas partes. En Inglaterra esa modalidad anticonceptiva era recomendada incluso por los sabios comadrones a las mujeres con una salud delicada para las que un embarazo podía resultar peligroso. También se podían emplear condones elaborados con tripas de cabra, pero Tsunade decía que ninguna compañera con amor propio se dignaba utilizar uno, lo cual era perfecto, pues a Hinata la idea le resultaba repugnante. Si ninguna de aquellas cosas funcionaba, había ciertos remedios caseros que le habían enseñado a fabricar que podían poner fin al embarazo, como el cornezuelo, el áloe o los preparados de plomo.
-Les six enfants! -murmuró la mujer francesa-je ne sais pas cómo mantiene la figura. Cuando la modista terminó de colocar alfileres en varias zonas, Hinata volvió al vestidor, se quitó el vestido cuidadosamente y se puso su elegante traje vespertino de inspiración militar.
Llevaba una chaqueta corta de velarte azul oscuro con mangas muy ceñidas, botones de latón y charreteras doradas por encima de un vestido de muselina blanca. Extendió cuidadosamente un cheque para pagar el exorbitante vestido de baile, encantada de que Naruto hubiera ingresado doscientas cincuenta libras más en su cuenta, gracias a Dios, no eran para pagarle por lo que le había hecho, sino simplemente porque la asignación para el vestuario constituía una parte de su trato.
Mientras salía de la tienda y caminaba en dirección a su elegante vis-á-vis negro, pensó con orgullo en las cien libras que había invertido en un fondo. Era una cifra que aumentaría lentamente con un interés del cinco por ciento, pero al menos ya había empezado a crecer.
Hinata tampoco se olvidó de dar las gracias a su protector comprándole un regalo, una pequeña chuchería a modo de detalle. Ese día, antes de ir a la tienda de la modista, había escogido una elegante petaca de plata para ir de caza en la que había hecho grabar al platero una irónica dedicatoria subida de tono:
Para Naruto, con un beso, Que su excelencia moje sus labios para futuras partidas de veintiuno. De su Hinata, felizmente conquistada.
Junio de 1814
Aquel pequeño recuerdo haría buena compañía a la caja de exquisito brandy del mercado negro francés que su hermano corsario, lord Gaara, acababa de enviarle, pensó Hinata mientras Konohamaru, el joven mozo de cuadra, le abría la puerta del carruaje. Le entregó el paquetito con los diversos objetos que había comprado en las diferentes tiendas y le pidió que lo pusiera en el maletero.
Al echar una ojeada por casualidad a la calle abarrotada, vio a Toneri Otsutsuki sentado en su carroza, fumando un puro y mirándola fijamente. No la saludó llevándose la mano al sombrero ni dedicándole una de sus desconcertantes sonrisas, se limitó a seguir mirándola, sin hacer el menor movimiento para acercarse. Con la sensación primaria de una presa al ser acechada, Hinata notó que un escalofrío le descendía por la columna cuando se dio cuenta de que había estado sentado fuera todo el rato, observándolas a ella y a su modista a través de la ventana de la tienda.
-Será mejor que vayamos a casa-dijo Konohamaru con inquietud al reparar en la presencia de Toneri, pero Hinata sacudió la cabeza y cobró ímpetu. No había huido del alcaide de la prisión de Fleet, y desde luego no iba a huir de Toneri Otsutsuki. Se negó a regresar a toda prisa a la mansión. Todavía no había acabado de hacer sus recados.
-No, Konohamaru. Llévame a casa de Tsunade Senju, por favor. -El último ingreso de Naruto implicaba que le debía a Tsunade otro cheque por el veinte por ciento. Esperaba que su mentora no estuviera con ningún cliente en ese momento, pues desde hacía mucho tiempo no disponían de ocasiones para hablar.
Toneri permaneció sentado y contempló cómo se alejaba sin hacer ningún movimiento para seguirla. Hinata soltó un suspiro de alivio y miró otra vez hacia delante, bastante cansada por las abundantes salidas hasta altas horas de la noche. Necesitaba un respiro de aquel torbellino social, pero esa noche tenían planeado asistir a una fiesta después del concierto al aire libre en honor del héroe prusiano que se encontraba de visita, el general Killer Bee. No le dio importancia a su cansancio. La idea de salir a cualquier parte con Naruto la llenaba de una feliz excitación.
Miró por la ventanilla mientras los caballos negros tiraban de su vis-á-vis por las atestadas calles de la ciudad. Dirigió una mirada inexpresiva a la gente que la observaba al pasar, siguiendo con los ojos el carruaje como si supieran lo que ella era. Probablemente lo sabían.
Echó un vistazo atrás con cautela y vio que Toneri la seguía en su carruaje, aunque un carro de reparto y una carreta se habían colocado en medio. Nerviosa, miró de nuevo hacia delante. Finalmente Konohamaru detuvo el vis-á-vis con suavidad frente a la casa de Tsunade.
Toneri paró su carruaje más abajo, a escasa distancia de ella, y siguió observándola. Konohamaru bajó del asiento del conductor de un salto y fue hacia la puerta para anunciar su llegada y comprobar si Tsunade estaba disponible. Al ver que uno de los dos lacayos grandes y rudos respondía a la puerta, Hinata se sintió suficientemente segura para salir del carruaje, aunque Toneri no estaba muy lejos. Descendió del vis-á-vis y se dirigió a la puerta dando grandes zancadas justo cuando Tsunade salía para recibirla.
No señaló a Toneri porque resultaba incómodo ser el objeto de la obsesión de un hombre inestable. En lugar de ello, forzó una sonrisa jovial cuando Tsunade apareció en el portal de su casa. La reina de las cortesanas se quedó boquiabierta y abandonó su habitual talante divertido para lanzar una exclamación de envidia al ver el carruaje y los caballos de Hinata.
-¿No los habías visto? -preguntó Hinata con una sonrisa, cruzando la acera en dirección a ella-. Creía que ya te los había enseñado. Estoy estupenda, ¿verdad?
-¡La grande cortesana! -gritó Tsunade con una risa cantarina, al tiempo que le daba un cariñoso abrazo-. Tú y tu carruaje tenéis un aspecto tan magnífico que casi no puedo soportarlo. Ven, entra y toma una taza de té.
Hinata obedeció de buena gana cuando Tsunade tiró de ella hacia dentro.
-Ah, mi pequeña protegida, has puesto la ciudad patas arriba -exclamó Tsunade poco después, cuando se instalaron cómodamente en el sofá una enfrente de la otra, sosteniendo las tazas del té en sus platillos sobre el regazo. Era la misma habitación en la que Naruto le había hecho su atrevida propuesta semanas antes-. ¡Uzumaki, nada más y nada menos! Si tuviera tu edad te odiaría. Pero en realidad siento un orgullo casi maternal por tus éxitos: ¡Naruto Uzumaki y la Belle Hyuga! La gente no habla de otra cosa. Así pues, cuéntame -dijo Tsunade, lanzándole de soslayo una mirada perspicaz-, ¿qué tal se porta tu duque?
-Bien. En general creo que está de mejor humor que cuando fui con él por primera vez...
-No, tontorrona, me refiero a qué tal se porta en la cama.
-¡Tsunade! -Hinata se echó a reír y se puso colorada, ya que ni siquiera ella conocía la verdadera naturaleza de su relación.
-Me imagino que una persona tan escrupulosa como él debe de ser o un auténtico pelmazo o alguien lleno de perversiones. Así que ¿cuál es su caso? Pasmada, Hinata abrió la boca para hablar pero ningún sonido salió de ella.
-¡Oh, vamos, suéltalo, Hinata! Sabes que no se lo diré a nadie.
-Sí que lo harás. Se lo dirás a Dan Katô y a Jiraya... y luego me enteraré de que en el Parlamento se discuten las magistrales... actuaciones de Naruto.
Tsunade se rió alegremente y se recostó contra el sofá.
-Bueno, tal vez sea realmente un hombre virtuoso. -Suspiró y bajó la mirada con aire contemplativo-. Ah, Hinata, qué ideal: es rico, poderoso, condenadamente guapo, generoso y buen amante. Debo confesar que me preocupas.
-¿Por qué? Como ves estoy en una situación perfecta.
-Demasiado perfecta. -Tsunade sacudió la cabeza-. Me he fijado en cómo lo á bien sentir atracción por tu protector, incluso cariño, pero por tu propio bien te ruego que no olvides la regla principal.
Se quedaron mirándose fijamente. Naturalmente, Hinata la sabía de memoria: «No te enamorarás». Bajó la mirada hacia su té.
-Claro que no, Tsunade.
-Mírame, Hinata. ¿Estás enfadada?
-Es solo que... ¿Cómo se creó esa regla? -soltó-. ¿Por qué no podemos enamorarnos?
-Ya sabes por qué... ¡Porque se pierde la partida! Quien se declara primero pierde. Ya lo sabes, Hinata. Mira lo que me pasó a mí.
-¿Qué te pasó? Eres la mujer más deseada de Inglaterra...
-Entregué mi corazón, el hombre resultó ser tan guapo como traidor, y lo rompió en mil pedazos al volver con su mujer. Y ahora todos mis amantes me disgustan... pero tengo que seguir recibiendo clientes porque esta es la única vida que conozco. Y si me paro a pensar en ello, me doy cuenta de que soy bastante desgraciada. -Tsunade miró hacia la chimenea y lanzó un suspiro melodramático-. No quiero que te pase lo mismo que me ocurrió a mí. Ponte guapa y muéstrate alegre y cruel, Hinata. Pero no te enamores nunca.
-Pero, Tsunade -aventuró Hinata-, lord Asuma Sarutobi se casó con Kurenai...
-No, ni hablar -le espetó Tsunade enfadada-. Por cada Kureani hay cientos de nosotras que acaban sin un centavo, viejas y viviendo en barrios de mala muerte.
-¡En barrios de mala muerte!
-Dios sabe que iré a parar a uno por culpa de mis acreedores.
-Tonterías, Tsunade. Sabes perfectamente que podrías casarte con Dan Katô en un santiamén.
-Pobre insensato -dijo ella con pesar-. Lo quiero demasiado para aceptar, porque sé que esa unión no le convendría a mi pequeño marqués, ni a mí tampoco.
-Puede que sea más joven que tú, pero todo el mundo sabe que te quiere.
-¿Que me quiere? -Tsunade posó una mano en la mejilla de Hinata con expresión de tristeza-. Basta de tonterías románticas. Ya me remuerde bastante la conciencia por haberte metido en este maldito mundo. No quiero ver cómo te destruye. No quiero ver que cometes los mismos errores que cometí yo cuando tenía quince años y acababa de empezar. Por muy espléndido que sea Naruto, se largará un buen día. Cuando Asuma Sarutobi se casó con Kurenai no era un político en alza del Parlamento.
Hinata no dijo nada, y se limitó a contemplar el suelo en señal de rebeldía.
-Hinata -dijo Tsunade-, ¿crees que la suerte de Kurenai es tan maravillosa ahora que es lady Sarutobi? Pues te equivocas si piensas así. Ninguna de las mujeres de la sociedad la aceptará nunca, ni siquiera le dirigen la palabra, aunque ella se comporta de forma intachable. Si consiguieras que el conde Uzumaki te propusiera matrimonio, se armaría tal escándalo que arruinaría su carrera como hombre de Estado. Si le arrebataras eso, si le permitieras sobre todo a él, elegir entre el placer y el deber, se arrepentiría y con el tiempo te acabaría despreciando, y entonces ¿en qué situación estarías?
-Sé que lo que dices es cierto, pero Naruto no es como los demás. Es bueno y cariñoso, y noble de verdad...
-¡No quiero oír más! -gritó Tsunade exasperada, y saltó del sofá tapándose los oídos con las manos-. Vas a destruirte. Tienes que evitar encariñarte con él. Sácale todo lo que puedas, pero estate preparada para dejarlo en cuanto notes la menor señal de que empieza a aburrirse.
-Pero eso es tan despiadado...
-Es la realidad, querida. Te estoy enseñando a sobrevivir. Al ver a Tsunade tan angustiada se levantó y estiró el brazo para cogerle la mano.
-No te enfades conmigo. Lo estoy haciendo lo mejor que puedo. Sabes que siempre oiré tus consejos -mintió, simplemente para poner fin a la discusión. Tsunade no lo sabía todo, pensó Hinata rebelándose. Tal vez la regla principal resultase acertada en circunstancias normales, pero su situación con Naruto era distinta.
Tsunade se hizo la ofendida hasta que Hinata abrió su bolso y le extendió un cheque por valor de cincuenta libras, el veinte por ciento del último ingreso de Naruto. El cheque ayudó a mitigar su mal humor. Hablaron de otros temas hasta que por fin Hinata se levantó y se despidió de ella. Cuando regresó a su vis-á-vis, reparó en que Toneri se había marchado. Konohamaru no le comentó que hubiera tenido ningún problema con el baronet.
Se dirigieron hacia la mansión. Hinata miró varias veces por la ventanilla trasera y escudriñó las calles para asegurarse de que Toneri no la estaba espiando desde algún sitio cercano. Satisfecha por fin de haberse librado de él, apoyó la barbilla en el puño y se dedicó a mirar por la ventanilla del carruaje, convenciéndose de que Tsunade no entendía nada.
Naruto no era como uno de los galanes egocéntricos que pululaban alrededor de las hermanas cortesanas.
De repente vio una pareja de rostros familiares en medio del ajetreo, en la esquina de Regent y Beak Street. Retrocedió a los días en que vendía naranjas al reconocer al golfillo de ocho años del que se había hecho amiga, Tenzo, que barría el cruce para que pasara un caballero con sombrero de copa, mientras, para su horror, su hermano de nueve años, Hibachi, situado un paso por detrás de él, ¡le robaba al hombre el contenido del bolsillo! Hinata tiró de la cuerda del freno con todas sus fuerzas. Konohamaru detuvo el vis-á-vis prácticamente de forma inmediata. Ella no esperó a que le abriera la puerta, sino que saltó del carruaje y se dirigió hacia la esquina, y una vez allí cogió de las orejas a los dos niños.
Comenzó a tirar de ellos sin la menor delicadeza en dirección al carruaje.
-¡Oiga, señora, suéltenos!
-¡Soy yo, bobos! ¿No me reconocen?
-¿Señorita Hinata? -gritó Tenzo, boquiabierto.
-¿Se puede saber qué pretenden? ¿Que los cuelguen? ¡Entren en el coche! ¡Ahora mismo!
-¡Sí, señora!
-Sí, señorita Hinata.
Pálidos y repentinamente escarmentados, subieron al vis-á-vis. Lanzándoles una mirada de ira mientras el corazón le palpitaba de miedo, Hinata se preguntó si alguien había presenciado el robo de Hibachi. Entró en el carruaje y se sentó enfrente de los muchachos.
El espantoso olor de las mugrientas criaturas inundó el carruaje, estaban tan desnutridos que los dos cabían perfectamente en el asiento individual situado frente a ella. Hinata se cruzó de brazos y los miró con el entrecejo fruncido.
-Estoy escandalizada y horrorizada por lo que han hecho, chicos. Dámelo. -Tendió la mano. Hibachi se revolvió en su asiento y sacó un reloj de bolsillo de oro.
-Eres un niño muy malo y travieso -le dijo-. ¿Tienes idea de lo que podría pasar si alguien te hubiera visto robar esto? Los dos niños intercambiaron miradas de abatimiento.
-Eso es -dijo Hinata en tono severo-, irías a la cárcel.
-¿Te dan de comer en la cárcel, señorita Hinata? -preguntó Hibachi.
-Qué impertinencia -exclamó ella, ocultando a duras penas la tristeza que le causó aquella pregunta. Sintió el impulso de abrazarlo, pero tenía que reprenderlo, ya que el hecho de darles cualquier motivo para que siguieran aquel camino de delincuencia sería fatal. Dios santo, no podía volver a dejarlos en la calle. Hibachi agachó la cabeza.
-Lo sentimos, señorita Hinata.
-Sé que lo sienten -dijo ella seriamente-. A partir de ahora no volverán a robar, pero tampoco pasaran hambre. Tenzo, Hibachi, voy a llevarlos a un sitio donde los cuidarán como es debido.
-¿Qué sitio? -preguntó Hibachi, con un recelo instantáneo.
-Un colegio.
Las cejas de Tenzo se arquearon.
-¿Un colegio?
Hinata asintió firmemente con la cabeza, llena de determinación. Podía cancelar el pedido del próximo vestido. Aquellos niños tendrían un techo sobre la cabeza, ropa limpia con que cubrirse y comida en el estómago aunque ella tuviera que sacar dinero de sus fondos.
-No quiero ir a ningún colegio -dijo Hibachi un instante después, mirándola con el entrecejo fruncido.
-Me da igual -replicó Hinata.
-¿Cómo es que ya no vendes naranjas? -soltó Tenzo de sopetón.
-Mira qué ropa más fina lleva, Ten. Se dedica a hacer la calle -dijo Hibachi como cualquier sufrido hermano mayor. Desconcertada, Hinata se quedó mirando al muchacho con la boca abierta y se quiso morir de vergüenza. Cerró la boca de golpe y apartó la vista, recordándose que después de haber vivido en la madriguera aquellos niños habían visto de todo. A pesar de ello, se alegraba sinceramente de que no le hubieran preguntado por qué le parecía bien prostituirse y sin embargo consideraba que estaba mal que ellos robaran, pues no habría sabido qué responder. El sentimiento de culpa arrasó su conciencia por haberse olvidado de aquellos pobres granujas durante más de un mes, absorta en sus propios problemas.
Se asomó e indicó a Konohamaru que siguiese por Edgware Road hasta Paddington. Cuando daba clases en la academia de la señora Ayame había oído hablar de una escuela benéfica fundada por la Sociedad Filantrópica. Seguro que podía convencer al director para que admitiese a aquellos niños abandonados.
Cuando llegaron Hinata cogió a los niños de la mano para evitar que salieran corriendo y los condujo con determinación hasta el edificio bajo de ladrillo.
Ella y los jóvenes alumnos fueron recibidos con inquietud por la secretaria. Hinata solicitó ver al director. La secretaria accedió a vigilar a los niños, que se sentaron obedientemente en la sala de recepción mientras ella era acompañada hasta el despacho del director. Esperó impacientemente un par de minutos y luego alzó la vista con una serenidad distante cuando apareció un hombrecillo de rostro enjuto, nariz aguileña y aspecto de entrometido.
-Siento haberla hecho esperar, señorita. Soy el señor Webb. ¿En qué puedo ayudarla? - pronunció en un tono nasal lleno de pompa.
-Gracias por recibirme, señor Webb. He venido porque me gustaría matricular a dos niños en su escuela. Las comisuras de los labios del hombre se curvaron hacia abajo.
-Me temo que estamos casi al completo. ¿Nacieron en esta parroquia? Hinata vaciló.
-¿Ha traído sus partidas de nacimiento, señorita...?
-Hyuga, Hinata Hyuga...
El hombre arqueó la ceja izquierda. Hinata se maldijo a sí misma en el mismo instante en que su nombre completo salió de sus labios.
Sabía que gozaba de fama -o mala fama- en la ciudad, pero ¿quién demonios iba a pensar que el director de una escuela benéfica había oído hablar de ella? Él levantó la cabeza y la observó como un pajarillo de mal genio.
-¿Qué relación guardan los niños con usted? -preguntó con suspicacia.
-Son amigos míos. Señor Webb, estos niños necesitan cobijo. Han estado viviendo en la calle. No tienen nada que comer...
-Un momento -la interrumpió-. ¿Viviendo en la calle? No parecen en absoluto apropiados a nuestro centro, señorita Hyuga. No puedo permitir que corrompan al resto de los niños.
-¡Señor! -exclamó Hinata, desconcertada-. No van a corromper a nadie.
-Tenemos huérfanos, pero todos proceden de hogares decentes de pobres respetables. Estoy seguro de que esos pilluelos son muy desgraciados, pero si no me trae las partidas de nacimiento no tengo la obligación de acogerlos.
-Tal vez no me haya explicado bien. -Hinata forzó una sonrisa irresistible-. Le estoy ofreciendo dinero a cambio de la matrícula y la manutención. Son unos niños buenos y encantadores. Solo necesitan recibir una educación que les sirva para trabajar algún día, y encontrar un lugar en la sociedad.
-Señorita Hyuga -la interrumpió él de nuevo-, los niños como ellos no son bien recibidos aquí. Ni tampoco las mujeres como usted. Hinata se quedó boquiabierta.
-¿Las mujeres como yo? No puede condenar a los niños por mi culpa.
-Este es un centro cristiano decente, señorita Hyuga. Estoy seguro de que lo comprenderá.
-¿De verdad? No me parece que sea muy cristiano. ¿Acaso no tuvo Jesús una amiga prostituta?
-Buenos días, señora -respondió él fríamente.
-Señor Webb, está condenando a esos niños a la horca.
-Son sus padres quienes tienen la obligación de enseñarles una conducta virtuosa.
-No tienen padres. Yo soy la única persona adulta que conocen.
-En el asilo de pobres de Marylebone se ocuparán de ellos... Hinata reprimió una maldición.
-No entregaría al asilo ni a un perro de la calle. Le pagaré más...
-No podemos aceptar su dinero, señorita Hyuga, teniendo en cuenta cómo lo ha obtenido.
-¿Y qué sugiere que haga con ellos, señor Webb? Porque no puedo dejarlos otra vez en la calle.
-Tal vez debería cuidar de ellos usted -apuntó el hombre, lanzando rápidamente una mirada mojigata a su caro vestido y observando luego por la ventana su espléndido carruaje- Parece que se lo puede permitir. Hinata se levantó furiosa, tan avergonzada que fue incapaz de articular palabra. Se dio la vuelta haciendo girar la muselina de su vestido y salió del pequeño despacho con aire majestuoso.
-Hibachi, Tenzo, vámonos. -A pesar de lo humillada que se sentía, abandonó el centro con la cabeza en alto llevando a los niños de la mano. Notó cómo el director la seguía con la mirada en actitud crítica. Metió a los niños en el carruaje y ordenó a Konohamaru en un tono glacial de cólera que los llevara a la mansión Uzumaki. Miró por la ventana con los brazos cruzados mientras los dos muchachos, asustados por su furia contenida contemplaban su rostro con ansiedad.
-¿No... no nos han querido, señorita Hinata? -preguntó Tenzo cautelosamente.
-No es eso, cariño. Simplemente no tenían espacio para ustedes -consiguió decir ella en un tono más sereno-. No se preocupen, todo va a salir bien. «No sé qué voy a hacer con ustedes.»
A Naruto seguramente le daría un ataque de apoplejía si los llevaba a la mansión, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Mientras pensaba en ello se dio cuenta de que Naruto no tenía por qué saber que estaban allí. Cada muchacho realizaría un trabajo a cambio de la manutención. Hibachi podía ocuparse de los perros, y Tenzo podía servir como ayudante de cocina. Hinata no veía ninguna otra opción viable.
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Continuará...
