Nada más amaba Harry Styles que el dia miércoles ya que podía sentarse tranquilamente en el sillón de su confortable y cálido despacho para tomar su café mientras leía los últimos cotilleos de la web de Pérez Hilton.
Era su pequeño momento, ese que ansiaba durante toda la semana. Sin embargo, aquel miércoles, una llamada interrumpió su adorada paz.
H-¡Buenas tardes señorita Cabello! —la saludó apoyando sus piernas sobre la mesa— ¿Qué tal ha ido su mañana? He echado de menos mi llamada de buenos días.
Un silencio fue su respuesta, solo interrumpido por el sonido del tráfico y, al parecer, un sollozo mudo.
H-¿Mila? ¿Eres tú? ¡Si le has robado el móvil a mi amiga devuélvelo inmediatamente!
C-No. Soy... soy yo... —titubeó de forma casi inaudible— Harry, te necesito, ¿dónde estás?
H-Estoy en el trabajo, tenemos una crisis importante con la mercaderia. Mi equipo está lleno de incompetentes —giró los ojos apretando los labios ante el recuerdo de aquel espantoso acontecimiento— ¿Qué te pasa? ¿Estás... estás llorando?
C-Es... es ella, Harry. Es Lauren —musitó intentando contener el llanto— Te necesito, no sé que hacer. Estoy... estoy tan sola.
H-¿Lauren? —frunció el ceño intentando asimilar los hechos— No te escucho muy bien… ¿Por qué lloras por Lauren?
C-Hemos discutido. Me llamó imbécil... o quizás no lo hizo... ¡No lo sé! Pero hemos discutido y... —guardó silencio, girando una esquina— No sé por qué me afectó tanto, en realidad.
H-Yo tampoco lo sé. Se supone que es una más —dio un sorbo a su café— ¿Qué importa si te llamó imbécil o no lo hizo? —unos cuantos nuevos sollozos fueron su única respuesta— Mila... deja de llorar, por favor.
C-No puedo... quiero pero no puedo —intentó serenarse sin mucho éxito— ¡Y si importa! Importa y mucho. No lo entiendes, ¿no? ¡Se avergüenza de mí!
H-¿Estás segura? Quiero decir... a veces eres un tanto paranoica y te tomas las cosas muy a la tremenda. Quizás...
C-Esta vez no —le interrumpió convencida— Le invité a un picnic, en el parque. ¡Incluso vestí a Donna para la ocasión! Quería pasar tiempo con ella, realmente quería hacerlo y ella... ella solo se avergonzó de mí y de mis ideas. Y también insultó a Donna y a mi mantel de cuadros —dejó escapar un suspiro de resignación— Es igual a todos.
H-Bueno, si es así que se vaya a la mierda —dejó la taza de café en la mesa y volvió a sentarse erguido— ¿Qué más da? Sales con otra y punto, Boston está plagado de mujeres hermosas deseosas de estar contigo.
C-No es tan fácil...
H-¿Camila? No estarás enamorándote, ¿verdad? —Y, otra vez, solo consiguió un silencio como respuesta.
Silencio que casi hace que Harry cayese de la silla por la impresión.
H-¡Te estás enamorando! ¡Oh dios mío! Houston tenemos un problema.
C-No lo estoy. Yo... ¡No lo sé! ¿Cómo podría saber si lo estoy o no?
H-No tengo un libro de directrices para que sepas si estás enamorada o no, Mila. Trabajo en una cadena de supermercados, no en un consultorio amoroso.
C-Resopló y negó con la cabeza mientras esperaba el semáforo— No lo estoy, sería imposible que así fuese. Yo... —carraspeó y alzó la barbilla— Solo estoy confundida. Es eso.
H-Entiendo... —asintió lentamente con la cabeza, sin confiar mucho en su palabra— Yo solo puedo decirte una cosa. Se supone que cuando llegaste a Boston querías vivir el momento, decías que era por una causa justa —puso los codos sobre la mesa— Eso implica también dejarse sentir, prohibirte amar no es la mejor manera de disfrutar del día a día.
C-Yo no me prohíbo amar, solo que la miro y es perfecta. Con su vida hecha, su mundo admirable, sus proyectos de futuro... ¿Y yo qué? ¿Qué tengo? —negó con la cabeza— ¿Qué puedo darle? Sabes como son las cosas y esto es imposible.
H-Todo tiene solución, Camila. Nada es irreversible.
C-Esto no la tiene. Se terminó, para siempre. Punto y final —sentenció y, de inmediato, se paralizó por completo al alzar la vista— Tengo... tengo que colgar.
Y, por el rostro completamente estupefacto de Harry, os aseguro que lo hizo.
No, no había visto a un fantasma, tampoco a Demi, mucho menos a Donna manteniendo relaciones sexuales en plena calle puesto que estaba cobijada en uno de sus brazos. Había visto a la persona que menos esperaba ver en aquel preciso momento.
Ahí, sobre la acera, sentada en los escalones de su edificio.
Sí, en efecto, os estoy hablando de Lauren Jauregui.
Camila intentó salir de su estado de shock y agachó la cabeza subiendo los escalones como si no la hubiese visto, rápidamente, casi ahogando a Donna por los propios nervios de aquella situación inesperada e incómoda. Buscó las llaves en su cesta, buscó y buscó pero no las encontraba. Teniendo en cuenta que llevaba medio centro comercial en su interior no fue un hecho muy incomprensible.
Un coche paró frente a su puerta y, como si realmente hubiese sido contratado para la ocasión, Please don't leave me de Pink comenzó a sonar en aquella calle casi desierta al noroeste de Boston.
"I can be so mean when I wanna be, I am capable of really anything. I can cut you into pieces when my heart is... broken."
—Camila, espera —susurró Lauren con voz quebrada poniéndose tras ella— Hablemos, como adultas. No seas así.
—¿Qué no sea cómo? —giró para mirarla sin dejar de buscar las jodidas llaves que al parecer habían desaparecido en la profundidad infinita de la cesta— ¿Ésta es tu forma de disculparte? ¿Atacándome de nuevo?
—¡No! Tenía una disculpa preparada. Te lo juro. Solo... —suspiró con fuerza y agachó la cabeza— A veces me pones un poco nerviosa.
—¿Tenías una disculpa preparada? —rió con ironía— ¿Crees que esto es un juicio, Lauren? ¡Estoy dolida! —exclamó alzando la vista— Estoy llorando, por tu culpa. ¿Para qué has venido? No me interesa lo que quieras decirme.
"I always say how I don't need you but it's always gonna come right back to this."
Finalmente encontró las malditas llaves y las introdujo en la cerradura con manos temblorosas. Lauren, lejos de tomar eso como una despedida, la siguió por las escaleras sin darse por vencida.
—He venido porque necesitaba hacerlo —reconoció subiendo tras ella— Te seguí, pero Diana me encontró y empezó a hablarme sobre un cliente y... —hizo un aspaviento— Da igual, eso no importa. Estoy aquí, ¿no?
Camila paró en seco en mitad del rellano de la primera planta y alzó las cejas girándose hacia ella.
"Please, don't leave me."
—¿Crees que lo que dices se puede borrar por el simple hecho de que estés aquí? ¡No! —exclamó casi haciendo caer a Donna del susto— Las palabras que dices a veces te condenan para siempre. Deberías saberlo, eres abogada.
—Siento lo que te dije, siento como te traté; yo... —mordió su labio inferior— Simplemente estoy bajo mucha presión y me desbordé —se disculpó agachando la cabeza.
—Lo sé, sé que ese caso es importante para ti y para tu carrera —respondió tras un breve silencio— Pero también sé que te avergüenzo, Lauren. Sé que por mucho que quiera parecerme a ti y encajar en tu vida eso es imposible. No estamos hechas la una para la otra, somos demasiado diferentes.
Intentó seguir su camino, subir finalmente a su apartamento y encerrarse a llorar como una niña pequeña abrazada a su querida mascota mientras comía chocolate y veía "Desayuno con diamantes"; pero Lauren, de nuevo, tomó su brazo impidiendo su enésima huída.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo voy a avergonzarme de ti? ¡Si te he dicho que te quiero! —la miró fijamente y tomó aire— Me gustas tal y como eres, no tienes que cambiar por mí, no necesito que lo hagas. ¿No lo ves? Siempre vuelvo. —sonrió de medio lado— Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, Camz. Y no digas más que no estamos hechas la una para la otra, porque es justamente lo contrario —acarició su rostro secando los restos de sus lágrimas— Somos perfectas juntas.
Las palabras de Lauren, lejos de hacerla flaquear, solo consiguieron un nuevo ataque.
—¿Perfectas? ¿A qué llamas perfección? ¿A mis locuras y a como te avergüenzas de ellas? —se soltó de su agarre y siguió subiendo las escaleras— ¡Veo tu cara, Lauren! Si no me matas es porque eres incapaz de aplastar a una hormiga. Odias a Donna, odias mis ataques de locura y mis ideas delirantes —tomó aire apoyando las manos en sus piernas tras la dificultosa subida— No me digas que me quieres porque lo único que tú quieres es a esa persona que eres cuando estás conmigo.
Un nuevo silencio las invadió justo frente a la puerta de su casa. Esa misma puerta de aquel viejo edificio marrón que a pesar de los meses aún no sentía como un verdadero hogar; ese apartamento que era el único con las ventanas azules del barrio y de todo el noroeste de Boston, pero que sin embargo para ella seguía carente de vida.
Camila alzó la vista y miró a Lauren sin poder evitar que una nueva lágrima escapase por su rostro e, irguiéndose en sí misma tras recuperar el aliento, suspiró con pesadez.
—Lo que ha pasado hoy solo me ha dejado claro lo que ya sabía —metió la llave en su cerradura— No soy más que un soplo de aire fresco en tu rutinaria vida. Eso solo es lo que te doy y solo eso es lo que te hace volver una y otra vez —giró el rostro para mirarla de nuevo— No vuelvas a decir que me quieres por como soy porque es mentira.
Dicho esto abrió la puerta, esperando que Lauren entendiese que aquella vez el enfado no se le pasaría de un momento a otro. Estaba dolida, estaba decepcionada y, lo que es peor, se sentía defraudada. Quizás hasta engañada.
Pero, por si aún no os habéis dado cuenta, Lauren Jauregui no era de rendirse tan fácilmente. Por lo tanto, puso un pie en la puerta y entró sin más en aquella casa; lugar que por cierto pisaba por primera vez.
—¿Sabes lo que yo creo? —entrecerró los ojos— Creo que estabas esperando que cometiese el más mínimo error para alejarme. Porque sientes algo por mí, por mucho que te empeñes en negarlo, y eso te aterra —negó con la cabeza para luego alzar la barbilla— ¿Pero sabes qué? Tu actitud solo me deja claro que eres una cobarde.
—¿Cobarde? —rió sin gracia dejando a Donna en su pequeño rincón de la casa— No me conoces en absoluto, Lauren. No sabes nada de mí ni de mi vida. ¿Puedes irte? —señaló la puerta— Por favor.
—No me iré a ningún sitio. Eso tenlo claro. Y me importa una mierda si me sigues alejando una y mil veces. No pienso irme. Llama a la policía, a los bomberos o al FBI —fue hacia el sofá blanco del salón y se sentó— No voy a moverme de aquí.
A pesar de sentirse defraudada por aquella mujer cabezota y orgullosa, Camila no pudo contener la sonrisa ante esa actitud decidida y casi podría decirse que un tanto masoquista. ¿Cuántas veces la había alejado? ¿Y cuántas veces ella había vuelto? ¿Cuántas veces más tendría que echarla de su vida para que comprendiese que aquello no podía ser?
—¿Porque eres así? —preguntó tras un breve silencio— Podría lanzarte a Donna... seguro que eso haría que salieses corriendo.
—Ya estoy acostumbrada a su mirada psicópata, no le tengo miedo —elevó los hombros encendiendo el televisor. Camila siguió parada junto a la puerta con los brazos cruzados, sin dejar de mirarla.
—No has respondido a mi pregunta...
Lauren cerró los párpados, apagó el televisor que no había durado más de un minuto encendido, y alzó la vista hasta encontrarse con aquella mirada capaz de lograr que perdiese cualquier resquicio de compostura.
—Soy así porque estuve pensando y yo también tengo una de esas sensaciones de las que me hablaste cuando montamos en globo, de esas como cuando estás a punto de bañarte en la playa.
—¿Ah sí? —frunció el ceño sin saber a que venía eso— ¿Y con qué?
—Pues... —se levantó lentamente y caminó hacia ella— Esa sensación es la que tengo cuando estoy montada en Otom, en dirección a tu casa y sé que estoy a punto de verte. Los coches pasan, el aire me roza la cara y yo estoy cada vez más nerviosa porque sé que en unos minutos tú bajarás y me regalarás una de tus sonrisas —tomó su rostro entre las manos y vagó por sus ojos— No hay nada que me haga sentir más viva, no hay nada que ame más que verte salir por esa puerta dispuesta a regalarme cientos de ideas delirantes.
En toda historia de amor, hay un momento en el que el protagonista sabe que está perdidamente enamorado. No porque algo cambie de repente o suene una reveladora música de fondo o un gran cartel con neones rosas y corazones le indique que finalmente ha llegado el momento. No. Simplemente lo sabe.
Y, os aseguro, que ese momento suele ser inolvidable.
Lauren ya había tenido su momento, ahora fue el turno de ella.
Camila Cabelllo supo que estaba enamorada de Lauren Jauregui un veintidós de diciembre a la una y treinta y dos minutos de la tarde, para ser exactos.
Finalmente, después de siete días y de luchar contra ello con todas sus fuerzas, tuvo la absoluta certeza de que aquel sentimiento no se parecía a ninguno que había experimentado por nadie en toda su vida.
Ya no había solución, no podía dar marcha atrás. Una vez que se cruza esa línea la persona pasa a ser inmediatamente otro idiota enamorado más que se suma al clan capitaneado por un ridículo niño con pañales al que llaman Cupido.
Tras esta declaración, Camila solo pudo guardar silencio y titubear una y otra vez sin saber que decir. ¿Qué podía agregar? ¿Acaso lo que dijese le haría cambiar de opinión? ¿Realmente quería que cambiase de opinión? Cientos de pensamientos se agolpaban en su mente mientras esos ojos verdes la observaban con un amor y una devoción que no había visto jamás.
Solo pudo suspirar. Un suspiro hondo y profundo, a sabiendas de que aquel sentimiento nuevo, y por lo tanto desconocido, solo podía traerle problemas. Pero ya lo sabemos, los enamorados son todos unos masoquistas y ella al formar parte del clan no iba a ser diferente.
Lauren se acercó lentamente hasta esos labios que pedían a gritos ser besados, sabiendo que algo había cambiado en Camila y que aquella vez no la apartaría.
Sin embargo, una entrada triunfal rompió el mágico momento.
—¿Que demonios te hizo esa zo... —exclamó Harry, abriendo la puerta con nerviosismo— ¡Lauren! Que alegría verte —corrigió rápidamente al ver a la susodicha en aquel pequeño salón de paredes amarillas.
Camila se giró para mirarle y sonrió ampliamente.
—¡Harry! Has venido muy rápido.
Éste frunció el ceño. Claro que había llegado rápido, casi tuvo que sobornar el taxista para que fuese a 120 kilómetros por hora.
—Estaba aquí, con Lauren, y ella... —la miró sin poder evitar una idiota sonrisa— Ella se quedará a comer, ¿quieres hacerlo tú también?
Lauren miró primero un tanto confusa a Camila para luego sonreír, también como una completa idiota; Harry las observó a ambas perplejo sin entender una soberana mierda de lo que había pasado.
Pero tenía hambre, mucha hambre, por lo tanto aceptó.
—Será un placer almorzar con dos damas tan hermosas —sonrió haciendo una especie de reverencia.
A veces la vida nos lleva a situaciones que nunca habíamos imaginado. Momentos e instantes que llegan sin que realmente sepamos como ha pasado. Nos dejamos llevar por impulsos y luego nos vemos en lugares que jamás pensamos pisar con personas con las que nunca habríamos predicho estar.
Eso mismo era lo que pensaba Lauren Jauregui mientras estaba sentada en aquella mesa de madera con Harry y Camila, tomando un delicioso almuerzo y compartiendo aire con un hurón que dormía pacíficamente como el 90% de su tiempo. No tenía ni la menor idea de porque estaba allí y no comiendo con uno de sus clientes con quien tenía concretada una cita, pero así era; ahí estaba y he de decir que extrañamente cómoda.
—Y entonces entré en mi despacho y Donna estaba comiendo galletas sobre mi escritorio —soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza— Pensé que a Diana le daría un infarto. ¡Lo juro!
Los tres rieron al unísono y Camila le dio un sorbo a su vaso de agua.
—Tú porque la tenias detrás —sonrió en el recuerdo— Yo la tenía en frente y pensaba que se le saldrían los ojos —soltó una nueva carcajada— ¡Fue genial!
Nuevas risas se escucharon en aquel pequeño apartamento y un ambiente lleno de cordialidad y familiaridad los cobijó. Muy distinto a aquellos gritos y reproches que se habían escuchado hacía menos de una hora, como si realmente aquel acontecimiento jamás hubiese ocurrido.
Pero sí lo había hecho. Por como Camila observaba de reojo a Lauren mientras comía sus berenjenas al horno, la certeza que había sentido a la una y treinta y dos minutos seguía ahí.
Intacta.
—Camila suele hacer esas cosas —acotó Harry negando con la cabeza— Una vez me visitó al trabajo, con Donna vestida muy adecuadamente con un bañador, dispuesta a pasar un día perfecto de playa —abrió los ojos ampliamente— ¡En mitad de una reunión con uno de nuestros acconistas! Tendrías que haber visto su cara, creía que la vena de su frente iba a estallar de un momento a otro.
—¡No fue así! —se defendió frunciendo el ceño— Haces que parezca una desequilibrada mental y no lo soy. Vosotros no lo entendéis... Donna me manifiesta sus deseos silenciosamente.
—Si ya... —rió Harry pinchando un trozo de su plato— Cada vez que veo su rostro compungido cuando le pones uno de tus modelitos, tengo miedo de que una noche coja sus galletas y huya lejos de ti.
—O que te muerda y te mate —añadió Lauren, señalándola con el tenedor.
—Ya te he dicho que está vacunada... no me mataría.
Harry miró a Lauren, alzando las cejas.
—Nunca he podido constatar eso de la vacuna, ten cuidado.
—No os soporto —se levantó conteniendo la risa— Será mejor que lleve al amor de mi vida a dar su paseo antes de la siesta —sonrió cogiéndola en brazos y poniéndole su hermosa bufanda— ¡No toquéis el postre hasta que vuelva! Demasiado que no me lo he tomado antes de la comida por respeto a vuestros extraños gustos.
Dicho esto, Camila se fue con Donna a pasear enfrascada en su caperucita rosa y extrañamente feliz sin saber muy bien el motivo. O sabiéndolo pero intentando ignorarlo al menos por quince minutos.
Lauren se levantó recogiendo los platos para llevarlos al fregadero.
—Yo lo hago —se ofreció Harry, apartándola lentamente— No querrás manchar ese carísimo traje de Prada. ¿Nueva temporada?
—¡Sí! Al fin alguien que entiende de moda. Y no pasa nada, ya he perdido dos por culpa de Camila —negó con la cabeza abriendo el grifo y tomando uno de los platos— Una pérdida más no supondría ninguna desgracia.
Harry la observó con una sonrisa y le ayudó a enjuagar lo recientemente enjabonado, como dos viejos amigos que se conocieran de toda la vida junto con miradas cómplices carentes de silencios incómodos que hacían que Lauren se sintiese extrañamente como en casa.
—Te gusta de verdad, ¿no?— le preguntó de la nada.
—¿Limpiar los platos? —elevó los hombros— No es una de mis tareas preferidas pero me ayuda a relajarme.
—¡No! —soltó una carcajada— Hablo de Mila. Te gusta.
Lauren lo miró en silencio durante unos segundos y asintió tendiéndole uno de los vasos.
—Muchísimo.
—Bien, entonces hay algo que debes saber de ella —le dijo finalmente después de pensar muy bien sus palabras, girándose y apoyando sus manos en la encimera— Ahí donde la ves, tan alegre y despreocupada, ha sufrido más de lo que puedes llegar a imaginar —miró al suelo pensativo— No ha tenido una vida fácil, aún no entiendo como muchos días tiene fuerzas para levantarse por las mañanas. Yo en su situación no sé como habría reaccionado, sinceramente.
—¿Lo dices por tener que dejar sus estudios? —cerró el grifo y se secó las manos.
Harry asintió de nuevo.
—Entre otras tantas cosas...
—¿Entre otras cosas? ¿Qué le pasó? —imitó su postura y lo observó arrugando la frente— ¿Por qué abandonó? Siempre que quiero saberlo me cambia de tema.
—No es asunto mío contártelo, Lauren —alzó la vista— Es algo personal y supongo que cuando esté preparada te hablará de ello.
—Muchas veces me pregunto si algún día lo hará —mordió su labio inferior en el pensamiento— Es decir... realmente me cuesta mucho poder llegar a ella, es como... es como si siempre que tirase un ladrillo de su infranqueable muro pusiese cinco más.
—Así es Camila —se encogió de hombros— Le cuesta mucho abrirse, teme que le hagan daño o quizás se debe a que nunca había encontrado a nadie capaz de interesarse lo suficiente como para hacerlo —la observó en silencio— Hasta que apareciste tú.
Lauren sonrió de medio lado y volvió la vista al suelo, concentrada en sus múltiples pensamientos.
—¿Y qué puedo hacer para que me deje entrar?
—Has llegado más allá de lo que nadie jamás pudo, eso te lo aseguro. No obstante debes darle tiempo, todo esto es algo nuevo para ella.
—También lo es para mí.
—¡Entonces maravilloso! —alzó los brazos— Podréis aprender juntas.
Ambos rieron y terminaron de colocar los últimos restos de la mesa en sus respectivos lugares; Lauren recapacitando en lo que Harry le había dicho y éste maquinando una y otra vez en su cabeza las palabras exactas que debía decir.
—Me gustas, Lauren —expresó finalmente— Muchísimo. No solo eres preciosa y con un gusto excelente para la moda, también eres inteligente, educada y tienes un maravilloso futuro por delante —sonrió para luego serenarse de repente— Pero, quiero que tengas clara una cosa.
—¿Qué?
Se acercó a pocos centímetros de ella y la miró fulminantemente.
—Si vuelves a hacerla llorar, aunque solo sea una pequeña lágrima; el mordisco de Donna te aseguro que no será el mayor de tus problemas. ¿Entendido?
Lauren abrió los ojos ampliamente y asintió confusa con la cabeza.
—En... entendido.
—Perfecto. Todo claro entonces.
Harry caminó hacia el sofá y se sentó en él con las piernas cruzadas, satisfecho por haber hecho su labor de gran caballero cuidando a su pequeña princesa. Lauren siguió estupefacta aferrada a la encimera, sin saber muy bien que decir. Creo que estaba un poco aterrada; no estaba acostumbrada a recibir amenazas de ese tipo, mucho menos por alguien que llevaba puesta una chaqueta con un ridículo broche confeccionado con una inmensa pluma.
Sin embargo, las palabras salieron solas de su garganta.
—Harry…
—Dime —alzó la vista de la revista que estaba leyendo.
—Nunca le haría daño, me importa demasiado. Jamás en mi vida haría nada que pudiese lastimarla.
—No lo pongo en duda —la observó detenidamente— Pero el corazón de Camila es mucho más frágil de lo que puede parecer a simple vista.
Como si supiese que estaban hablando de ella, Camia irrumpió en el apartamento con Donna bajo el brazo y sus mejillas sonrosadas por el frío. Nerviosa, tan hiperactiva como siempre, quizás incluso más.
—¡No os lo vais a creer! —exclamó entusiasmada intentando recobrar el aliento— He encontrado a la novia perfecta para Donna. La seguimos diez minutos pero al doblar la esquina se esfumó —frunció el ceño— De todas formas saldré mañana a la misma hora y espero que podamos volver a verla.
Lauren y Harry la miraron completamente perplejos.
Daba igual cuanto tiempo pasase con ella, jamás terminaría de acostumbrarse a sus rarezas. Y no me extraña, Harry llevaba seis meses siendo su mejor amigo/vecino y aún muchas veces no la comprendía.
—¿Quién te dice que Donna es lesbiana? —alzó las cejas, descreído.
—¡Claro que lo es! Es mi hija —respondió convencida— Además, su tío también es gay, ¿cómo saldría heterosexual? —preguntó dejando al susodicho animal de nuevo en su rincón.
Harry giró los ojos.
—El hecho de que tú lo seas no quiere decir que ella también lo sea, ¡Mira a tus papas y a ti!
—Pues ella lo es y punto —afirmó tajante, sentándose agotada en una de las sillas— No os habréis comido el postre, ¿verdad?
Camila los observó y comprendió de inmediato que algo raro estaba pasando en esa habitación.
Digamos que ella tenía un sexto sentido, como el de Marley la camarera. Sabía exactamente cuando dos personas habían hablado o comentado algo que les llevaba a sentirse incómodos.
Y, de no tener ese don, no hubiese sido muy complicado percatarse de que la tensión podía cortarse con un cuchillo de untar mantequilla.
—No —respondió finalmente Lauren— Estábamos esperándote.
Harry se levantó de su asiento dando una palmada en sus piernas.
—Yo, con todo el dolor de mi corazón, tendré que perderme la deliciosa tarta de chocolate —se puso su abrigo para marcharse— Louis me está esperando, hoy finalmente le quitan el parche.
—¡Oh! Lo había olvidado —exclamó golpeando su frente— Ya iré con Donna a visitarlo. Y no te preocupes, te guardaré una porción —lo abrazó con fuerza.
—Gracias, pero intento conservar la línea —sonrió al apartarse de ella— Esta tarde tendré una intensa clase de baile con Lucy para poder bajar este gran banquete —acarició su barriga y miró a Lauren— Un placer verte de nuevo.
—El placer ha sido mío —sonrió amablemente.
Dicho esto, Camila acompañó a Harry los ínfimos pasos desde el salón a la entrada y le despidió con un nuevo abrazo.
Siempre estaban abrazándose, era como una tradición irrompible entre ellos.
Cerró la puerta y giró hacia Lauren, apoyada en la pared junto a la cocina.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó frunciendo el ceño— Estabais algo... tensos.
—No pasó nada —elevó los hombros despreocupada— Harry solamente actúo como lo que es, un gran amigo.
—No me digas que te amenazó… —apretó la mandíbula, algo ruborizada— Sé que por teléfono actué como si te odiase, pero no era necesario que...
No pudo terminar su frase, Lauren la interrumpió acercándose hasta ella y poniendo un dedo en sus labios.
Camila vagó por sus ojos, completamente ensimismada en aquel rostro hermoso lleno de una paz extraña que nunca antes había visto.
—Eso ya no importa —sonrió cálidamente— Podríamos volver a donde lo dejamos antes de que él llegase... —acercó su cuerpo contra el de Camila y besó lentamente su cuello.
Ésta cerró los ojos por unos segundos, dejándose llevar por esa proximidad y ese deseo contenido desde hacía poco pero intenso tiempo. Porque sí, la deseaba más que a nada; de una forma casi sobrehumana. Sin embargo, sus nervios como siempre le jugaron una mala pasada.
—¿Te gusta la tarta de chocolate? —la interrumpió, apartándola lentamente.
Lauren la observó con una sonrisa pícara en su rostro. Una sonrisa desconocida también hasta entonces, sin duda.
—Me gustas más tú —susurró con voz queda.
Ella abrió los ojos ampliamente y caminó nerviosa hasta la cocina para coger dos platos y dos cucharas para el postre.
—Harry... no te ha dicho nada, ¿verdad? —preguntó titubeante mientras sacaba el pastel de la nevera.
—¿Qué debería de haberme dicho? —se apoyó en la encimera.
—No lo sé... ¿De que hablasteis? ¿De mí? ¿De mi vida?
—No, solo me dijo que no te hiciese daño —se encogió de hombros y la miró fijamente— Que has tenido... una vida difícil.
Camila asintió procesando lo escuchado mientras cortaba el pastel e intentó, sin mucho éxito, parecer despreocupada.
—¿Nada más?
—Nada más —se acercó hasta ella y la abrazó por detrás apoyando su barbilla en el hombro— ¿Por qué tanto misterio, Camzi? ¿No confías en mí?
—¡Claro que confío! —exclamó girando sobre sí misma— No es misterio... solo... solo que conozco a Harry y puede ser muy hiriente cuando alguien me lastima. No es que tú me hayas lastimado demasiado, solo que se acerca Nochebuena y... —tomó aire y la miró con tristeza buscando una explicación coherente— Es la primera navidad que pasaré lejos de mis padres, iban a venir pero tienen mucho trabajo en casa con los huéspedes. No lo estoy llevando del todo bien y él solo quiere cuidarme.
—Entiendo... —agarró su cintura y miró hacia el suelo con cierto nerviosismo— En realidad, ahora que lo dices, tenía una propuesta para ti. Pero no sé... —titubeó— Realmente no sé si vas a aceptarla o no.
—¿Una propuesta? —abrió los ojos ampliamente y buscó su mirada— Lauren, no creo en el compromiso. Sé que esto a ti te ha afectado mucho, pero no es...
—No voy a pedirte que nos casemos, al menos todavía —la interrumpió con sorna— Me preguntaba si... ¿Te vendrías conmigo a Portland por Navidad?
Camila intentó no parecer demasiado estupefacta ante aquella propuesta; pero su cara absolutamente perpleja y sus ojos casi salidos de sus órbitas dejaron claro que, a pesar de ser muy buena actriz, no lo era bajo situaciones de presión máxima.
—¿Qué?
Lauren sonrió ante tan adorable imagen y apartó un mechón de pelo de su rostro.
—Tú, yo y mi familia. ¿Que te parece? —sonrió aún con más entusiasmo— Así no pasarás Nochebuena sola. Ellos son estupendos, estoy segura de que les encantarás.
—No puedo... —titubeó, humedeciendo los labios— No puedo dejar a Donna sola. Lo pasa muy mal con los cohetes. Es más, una vez se escondió dentro del bolso de una de las invitadas y ella se fue de casa con Donna dentro y tuvimos que... —fue interrumpida de nuevo con un dedo en sus labios.
—Donna también puede venir, no hay problema.
—No es necesario que hagas esto, Lauren. No quiero que lo hagas simplemente para demostrarme que no te avergüenzas de mí.
—No lo hago por eso —arrugó la frente— Quiero que vengas porque me apetece. Pero si no quieres no pasa nada, solo era una idea —se alejó de ella camino al sofá.
Una mano en su muñeca y un abrazo inesperado, se interpusieron en su camino.
—Me encantaría... —le susurró al oído para luego alejarse y mirarla frunciendo el ceño— Pero no es una presentación formal, ¿verdad?
Lauren soltó una carcajada.
—Si no quieres que lo sea, no lo será.
—Preferiría que piensen que somos amigas —jugó con el cuello de aquel caro vestido.
—¿Acaso somos algo más? —preguntó alzando las cejas con sorna.
Camila la observó arrugando la nariz.
—No me gusta cuando me miras como si estuviese en un juicio.
—No me gusta cuando evades mis preguntas... —le espetó con el mismo tono acaramelado.
—Las amigas no se besan ni se acercan insinuantemente —le dijo a modo de reflexión, sonriendo de medio lado— ¿Eso responde a tu pregunta?
—A medias, pero me gusta eso que dices de besar... —estrechó aún más su cuerpo contra el de Camila— ¿Cómo besarías a tu no-amiga?
Y obviamente, después de lo dicho, se besaron.
Un beso diferente quizás. Diferente a los que se habían dado anteriormente, al menos así lo fue para Camila. Tierno, dulce, despreocupado pero intenso a partes iguales. Un beso de esos que se dan sin más, con una normalidad y una soltura que solo la rutina puede ofrecer. Un beso que le dejó claro que estaba metida hasta el cuello en una relación no declarada como tal pero que sin duda alguna lo era.
Porque da igual el nombre que le pongamos a las cosas, da igual si lo llamamos de una forma u otra, dos personas enamoradas que no podían estar más de tres horas separadas la una de la otra solo puede tener una denominación: pareja.
—Siento mucho la pelea de hoy… fue un tanto absurda y siento que perdí valiosos minutos de mi vida. De hecho, solo he cumplido un punto en mi lista —comentó con un deje de tristeza, al separase de sus labios y rozar su nariz con la de Lauren.
—¿Y eso es poco?
—Según mis cálculos... —pensó por un instante— Tendría que haber cumplido al menos uno más. Hoy fue un día perdido en todos los sentidos.
—No creo que sea del todo perdido —sonrió, observándola con un brillo inusual en sus ojos— Pero, aún así, haré que recuperes el ritmo. ¿Qué te parece?
—¿Eres maga? —sonrió alegremente— ¿Puedes hacer que vuelva atrás en el tiempo?
Lauren rió y negó con la cabeza.
—No, pero si puedo hacer que todos tus sueños se hagan realidad.
Si a Camila le quedaba alguna duda de que estaba completa y perdidamente enamorada de Lauren Jauregui, tras esta declaración de intenciones lo tuvo claro: la amaba, ya no había forma de remediarlo. Y, para su sorpresa, tampoco quería hacerlo.
No, aquel día no había sido para nada un día perdido en la vida de Camila Cabello. Quizás, aunque ella no lo sabía, ese día fue el más importante de su vida.
Al menos hasta entonces.
