Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer. Yo solo les he dado una historia alternativa.

Bad Things

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Capítulo 11

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Hacía más de tres semanas que habíamos dejado atrás Evansville. Pero a diferencia de la primera que vez que había salido huyendo de casa de mi madre, ahora no lo hacía, ahora no olvidaba. Había aceptado mi realidad, o lo estaba intentando.

Era hora de afrontarlo.

Seguía en contacto con Paul y, para mi sorpresa, Renée me llamaba semanalmente.

Con el primero la relación se basaba principalmente en un intercambio de mensajes. Pero no podía negar que me habían encantado el par de fotos que me había enviado de su familia. Me hacía sentir integrada. Yo había intentado corresponderle enseñándole un poco de Forks.

Y Renée… Bueno, era extraño. En nuestras conversaciones parecía mucho más abierta y ya no podía detectar ese toque de resentimiento que solía teñir sus palabras. Hablábamos del estado de Charlie, que seguía resistiendo —tenía un corazón fuerte y lo sostenía incluso más tiempo de lo que los médicos habían previsto—; y de cosas banales: de mi trabajo y del suyo, del tiempo… pero parecía que poco a poco me mostraba un poco más de ella.

Me revolví en la cama poniéndome boca arriba. Volvía a tener el día libre y no me apetecía nada. Quería ir a trabajar, estar ocupada sirviendo a los clientes, comprobando pedidos e incluso fregando vasos. No quería tiempo para pensar.

Desde que habíamos vuelto Edward me animaba a hablarlo y lo hacía, solo que no necesitaba veinticuatro horas libres para hacerlo. Acaricié las sábanas dónde debería estar su cuerpo, él sí trabajaba hoy.

Llevaba tiempo intentando librar los lunes, como yo, pero era muy difícil, ya que el aserradero cerraba los domingos, pero al día siguiente estaba a pleno rendimiento. Aun así, había logrado librar algunos y siempre hacíamos una excursión o algo especial. Pero habiendo sido tan reciente el viaje, no podía pedir más favores.

Me desperecé y finalmente salí de la cama. Abrí la ventana y me quedé un rato extasiada contemplando el reflejo del sol en las aguas del Calawah. Emitía destellos que iluminaban toda la fachada.

Pronto estuve desayunando allí fuera.

El móvil sonó encima de la pequeña mesa de jardín. Angela.

—Buenos días, dormilona —canturreó.

—¡Eh! Que ya estoy terminando el café —me defendí y ella se rio al otro lado de la línea.

—¿Te apetece ir a comer a La Push? Luego podemos pasar la tarde en First Beach.

El plan sonaba genial. Tenía unas ganas locas de tumbarme en la arena y, si era valiente, mojarme los pies en el mar.

—¡Hecho! ¿A qué hora vamos? ¿Paso a recogerte?

Al final Angela me recogió un par de horas después. Un solo coche, ahorro energético y además era beneficioso para el medioambiente. No vives en la Península de Olimpic sin concienciarte con la naturaleza y el bienestar.

Nos dirigimos a Three Rivers, que se había vuelto sorprendentemente concurrido ese verano. Era un buen sitio para comer y el personal era muy amable. Ángela los conocía, al final la zona aunque extensa se convertía en un pequeño pueblo.

—¿Qué van a tomar, señoritas? —Jared sonreía socarrón.

—Hola a ti también, Jar.

—¿Angy? ¿Eres tú? Hacía siglos que no te veía. —Su tono burlesco hizo que mordiese el labio para no sonreír.

—Sí, sí, sé todo lo sarcástico que quieras. Pero tú tampoco te has acercado a visitar a los locales.

—¿Vosotros… locales? No creo que tengas sangre de la tribu.

—¡Jared, deja de molestarlas! —Leah le regañó desde la barra.

Era curioso ver cómo interactuaban, era cierto que a pesar de estar a apenas quince millas podían tardar meses en verse, pero siempre hacían algún tipo de teatrillo al encontrarse.

Jared nos trajo nuestras hamburguesas y tras un poco más de charla nos dejó para atender a los numerosos turistas que empezaban a abarrotar el local.

—Tengo que traer a Edward aquí, esta es la mejor hamburguesa de salmón.

—Eso dice Ben, ya sabes que yo soy más carnívora.

—¿Cómo es que no se ha animado a venir a la playa? Pensé que era adicto a las aguas paralizantes del Pacífico.

—El abuelo Cheney quería revisar las cuentas, otra vez. —Puso los ojos en blanco, resignada.

En cierta forma era enternecedor cómo el hombre buscaba pasar tiempo con su nieto. No era que desconfiase de cómo Ben llevaba el negocio, ya había superado la prueba hacía bastante, pero a pesar de que él iba a verlo casi cada semana, el anciano seguía exigiendo su participación en el negocio, una clara fachada para estar con él.

Los padres de Ben se habían mudado y ya solo quedaban él y su abuelo en el pueblo. El anciano, aunque tenía su camarilla, echaba de menos una presencia más constante de su familia.

No podía imaginarme lo que significaría tener a tus abuelos tan cerca. Renée era hija de soltera, y mi abuela Frances murió cuando yo apenas tenía dos años. Y nunca conocí a mis abuelos paternos. Mamá me contó que ella tampoco los había conocido, que habían fallecido cuando Charlie era joven.

—¿Pedimos postre? —Angela me sacó de mis pensamientos con su entusiasmo por el mejor batido de la comarca.

Y lo era. Fue cantando las alabanzas de la bebida todo el camino hasta First Beach. Estiramos las toallas cerca de uno de los troncos varados, que tapaban parte de la brisa.

—Rose dice que vendrá si cuando salga de trabajar sigue despejado. —Angela estaba ojeando su móvil.

—¿Tenemos cobertura aquí? —pregunté echando una mano a mi bolso de playa—. Pensaba que en La Push no había señal.

—Solo en algunas zonas y depende de cómo sople el viento. Dicen que tiene que ver con los árboles y…

Angela se convirtió en un sonido de fondo, mientras un escalofrío me recorría la espalda al ver dos llamadas perdidas: una de Renée y otra de Paul.

Había pasado. No necesitaba oír las palabras para saberlo.

Me disculpé vagamente con Angela y marqué el número de mi madre. El tono de la llamada se peleaba en mi cabeza con el sonido abrumador de mi corazón. Podía sentir el pulso en cada parte de mi cuerpo: las muñecas, la garganta, los oídos.

Caminé por la orilla, intentando mantenerme serena a medida que los segundos pasaban sin obtener respuesta. La llamada se cortó. Renée no había contestado y no tenía activado el buzón de voz.

Giré en mi recorrido y vi a Angela parada a cierta distancia, mirándome atenta. Dibujé una mueca en mis labios que podría haber sido cualquier cosa excepto el intento de sonrisa que era en realidad.

Pulsé el nombre de Paul en la pantalla y volví a poner el aparato en mi oreja, seguí caminando esta vez hacia James Island, con la mirada fija en esos árboles que desafiaban a los elementos, manteniéndose allí arriba.

Un tono, dos tonos…

—Dame un momento. —Paul susurró y en el silencio que vino se escucharon sus pasos a través de la línea—. Hemos intentado hablar contigo. —Su voz se volvió más alta después de cerrar una puerta—. Ha sido hace un par de horas, su… su corazón —carraspeó, pero su voz siguió sonando afectada—, ya no pudo más. Pero era lo mejor. Está descansando. Está… bien. —La palabra sonó como un gemido.

Sabía que debía decir algo, hacerle saber que estaba aquí. Debería pensar qué hacer ahora, tenía que ponerme en marcha. Pero tenía mi vista clavada en esos malditos árboles, esas plantas que vivían siglos que, sin saber muy bien cómo, conquistaban los lugares más insospechados para quedarse, para vivir, para persistir.

El contacto de la mano de Angela hizo que apartase la mirada y que finalmente me fijase en ella. Noté por primera vez cómo las lágrimas bajaban por mis mejillas y cómo mi respiración salía en silenciosos sollozos.

—P… Paul. —Fue difícil empezar a hablar de nuevo. El nudo que se cerraba en mi garganta empeoraba con mi respiración entrecortada—. Cuándo será…

No podía decir entierro. ¡Dios, por qué estaba siendo tan complicado si sabía que esto iba a pasar!

—Papá estipuló que quería ser incinerado. Será mañana por la tarde y el funeral en… no sé en dos días, creo. Si quieres venir dímelo e intentaré retrasarlo.

—Llegaré a tiempo. —Fueron las primeras palabras firmes que abandonaron mis labios y me di cuenta que Angela también estaba al teléfono, gesticuló "Edward" en mi dirección antes de que volviese a centrarme en lo que estaba pasando a millas de distancia—. ¿Y… y mi madre?

—Está bien, está… —Se interrumpió para contestar a alguien que lo estaba llamando—. Estoy hablando con Bella —fue la sencilla respuesta que dio—. Sí, voy. ¿Puedes hablar con ella? —Oí cómo Paul hablaba con alguien más, pero cuando volvió conmigo el tono urgente de su voz me hizo entender mucho más que sus palabras—. ¿Bells? Tengo que volver con mi madre, pero Chloe lo sabe todo —hizo especial hincapié en las palabras— y te dirá lo que necesites, ¿sí?

No esperó mi respuesta, escuché cómo le entregaba el teléfono a su mujer y como le susurraba algo antes de marcharse.

—¿Hola? —La voz de Chloe era calmada.

—Sigo aquí. —Por fin había reaccionado y me movía con Angela hacia nuestras cosas, no podríamos volver a Forks hasta que terminase de hablar, no podía perder esta conversación por falta de cobertura, pero sentía la necesidad de hacer algo.

—Paul me ha dicho que vendrás, si te parece bien te mandaré un mensaje o te llamaré con la hora del funeral y la dirección, no sé si conoces el cementerio de Oak Hill.

—Creo que sí.

—Bien, allí tienen un mausoleo y será donde pondrán la urna… —Iba a seguir dándome más detalles pero la interrumpí.

—¿Sabes algo de mi madre?

—Está bien, está aquí, en una sala adyacente. Ella… Ella estaba con él cuando pasó.

Nos subimos al coche en cuanto colgué el teléfono.

Angela se despidió con un abrazo y un "llama si nos necesitas". Edward ya había llegado, pasé junto a su coche y antes de alcanzar la puerta de casa ya estaba entre sus brazos.

—Lo siento mucho —susurró contra mi pelo. Yo solo pude asentir mientras notaba cómo las lágrimas volvían a derramarse.

Dentro él ya tenía las maletas prácticamente terminadas.

—Ya he reservado vuelos, mañana salimos a las cinco de la madrugada de Seattle, llegaremos a la una y media al aeropuerto de Evansville.

—Pero tienes que trabajar —protesté débilmente cuando me di cuenta de que venía conmigo.

Edward me rodeó con sus brazos y alzó mi rostro para que lo mirase a los ojos.

—No te voy a dejar ir sola. —Me acarició la cara, limpiando las lágrimas a su paso y yo me levanté sobre mis pies para darle un beso, tierno, pausado y necesitado.

Era increíble que después de todo lo ocurrido me sintiese huérfana, pero así era.

Para mi sorpresa cuando cogimos el coche no nos dirigimos a Port Angeles, sino en dirección contraria. Paramos en el aeropuerto de Forks, justo antes de salir del pueblo y allí nos esperaba Tom, un vecino del pueblo, con su avioneta lista para despegar.

Edward había previsto todo, aterrizaríamos en Seattle en una hora y pasaríamos la noche en uno de los hoteles cercanos al SeaTac.

Durante esa hora Tom y Edward mantuvieron una conversación casual, mientras yo me limitaba a asentir e intentar sonreír en el momento adecuado. El viaje fue rápido, y en poco tiempo ya estábamos en el hotel. Habíamos cogido algo de comer en una cafetería del aeropuerto, pero lo cierto era que no tenía apetito.

Me pegué una ducha y cuando salí del baño Edward estaba sentado a los pies de la cama esperándome. No me dijo nada, pero fue precisamente ese silencio el que me hizo hablar.

—Intentaron avisarme antes, pero ya sabes cómo es la cobertura en La Push. —Hice un gesto con la mano antes de sentarme en su regazo y apoyar mi cabeza en su cuello—. Renée estaba con él, fue la única que pudo despedirse. —Bajé la voz a un murmullo—. Me alegra que no haya muerto solo, que alguien que le quisiera estuviese con él para sostenerle la mano.

—Él sabe que le queríais, que era querido. —Apretó su abrazo, haciéndome sentir arropada.

—Hace unas semanas, cuando empeoró, firmó una cláusula de no reanimación, así que las enfermeras y el médico que acudieron al aviso no pudieron hacer nada, solo certificar su muerte. Después fue Renée quien avisó a Paul y él al resto de la familia.

Nos tumbamos bajo las sábanas aún abrazados, quedaban pocas horas para tener que volver al aeropuerto. Me dormí sin apenas darme cuenta, a pesar de que no creía que fuese posible. El cansancio venció y me dio paz en una inconsciencia sin sueños.

Muchas gracias a todos los que hayáis llegado hasta aquí.

Y en especial a Dra B. Swan por sus consejos y beteo; y a May Blacksmith por dejarme un hueco en su blog.

Nos leemos

Ebrume