Ni la historia, ni los personajes me pertenecen.

Capitulo 10

Bella se preparó para ir a trabajar a la mañana siguiente, preguntándose si podría ser feliz con el hombre que había comenzado a anhelar... pero al que no amaba, se apresuró a repetir con firmeza, en silencio.

El día anterior había aprendido muchas cosas. Para empezar, que el sexo con Edward Cullen era tan magnífico a la luz del sol como a medianoche. En segundo lugar, que conversar en la cama generaba una intimidad en la pareja que jamás antes habría imaginado, una intimidad de la que brotaban sonrisas y nuevas experiencias. Por mucho que las carantoñas de Edward no significaran que la amara, suponían una proximidad entre los dos completamente nueva para ella.

Y también había aprendido que ella no era más frígida o menos picante que la salsa mejicana que servían en la frontera. Bella no sabía por qué, pero posiblemente la razón fuera, aquella química increíble que surgía entre los dos. O quizá Edward fuera un amante superior. Lo cierto era que bastaba con que él la mirara para que se le derritieran los huesos. Cuando Edward la tocaba, ella no oponía resistencia.

Bella bajó contenta las escaleras aquella mañana, con esperanza en el futuro. AI entrar en la cocina, se dirigió directamente hacia la cafetera, deseosa de ingerir la cafeína necesaria para subsanar la falta de sueño de una noche agitada.

—Buenos días.

—Buenos días, Harry. Qué fácil me sería acostumbrarme a tener el café recién hecho todas las mañanas; creo que me estás malcriando.

—Tienes que tomar algo más que café. Siéntate y desayuna —dijo el cocinero.

—Solo una tostada, por favor. Llego tarde.

—¿A dónde vas?

No había sido Harry quien había hecho esa pregunta, sino Edward, su marido, que acababa de entrar por la puerta de atrás.

—A trabajar, claro —respondió ella.

—Tonterías. Eres mi esposa. No hace falta que trabajes —aseguró resuelto Edward acercándose a la cafetera.

Bella esperó a que él diera el primer sorbo de café antes de contestar. Luego, conservando la calma, poco dispuesta a discutir, añadió:

—¿En serio?

Edward debió creer, por su forma de preguntar, que ella estaba sorprendida ante tanta generosidad. Él sonrió, se inclinó hacia delante para besarla, y contestó:

—Por supuesto, cariño. Ya te dije que yo me ocuparía de mantenerte. Estamos bien de dinero, ¿verdad? —añadió en dirección a Harry.

Bella se enfadó. ¿Acaso creía Edward que podía ordenarle qué hacer con su vida? Sin decir ni una sola palabra, se volvió hacia Harry y añadió:

—Volveré poco después de las cinco, Harry. Si tienes algo que hacer, yo puedo preparar la cena por ti.

Acto seguido, Bella se dio la vuelta para marcharse, pero Edward la detuvo agarrándola del brazo.

—¿Es que no me has oído?

—Claro que te he oído —respondió ella aún con calma.

—Entonces, ¿por qué vas a trabajar?

—Porque quiero. Porque me comprometí a realizar ese trabajo antes de conocerte. Porque soy bibliotecaria. Porque tú vas hoy a trabajar también. Así que ¿por qué no voy a ir yo?

—Porque no tienes por qué —contraatacó él alzando la voz.

—Disculpa —dijo únicamente Bella, con una frialdad que no habría creído posible la noche anterior, mientras estaba en la cama con él.

—¡Maldita sea! —exclamó Edward sujetándola—. ¿Por qué no me escuchas? Llegamos a un acuerdo... —Edward se interrumpió y miró a Harry—. Eh... será mejor que vayamos a discutir esto a mi despacho.

—No tengo tiempo, llego tarde —contestó Bella, que seguía tirando pero no podía soltarse.

—¡Eres mi esposa! —exclamó Edward, atónito, al ver que ella no obedecía—, ¡Harás lo que yo diga!

—Haré lo que crea conveniente, Edward Cullen, y nada de lo que puedas hacer va a cambiar eso. Y ahora, si me sueltas... —respondió Bella comprendiendo que la luna de miel había terminado.

—¡El sábado, en la iglesia, prometiste obedecerme!

—No, no prometí eso. El párroco me preguntó si tenía alguna objeción que poner al sermón antes de la ceremonia, y yo le pedí que omitiera esa frase. Deberías haber escuchado —contestó Bella sacudiendo el brazo y librándose por fin de él, para marcharse sin perder más tiempo.

Edward se quedó de pie, rabiando. Podía haber corrido tras ella, por supuesto; pero, ¿qué habría ganado?, ¿qué habría hecho con ella? No tenía ni idea. Hasta el día anterior había estado convencido de que casarse había sido un paso brillante; en ese momento ya no estaba tan seguro.

—Jefe, no puedes hablarle así. He leído en la revista que...

—Harry, no voy a permitir que gobiernes mi matrimonio según las reglas que leíste una tarde en la consulta del dentista.

—Pues no veo por qué, tu feliz matrimonio ha durado lo mismo que mi espera —musitó Harry saliendo por la puerta de atrás, escapando de la furia de su jefe.

Tras un rato en soledad, reflexionando sobre la terquedad de cierta mujer, Edward volvió al establo y comprobó que todo el mundo se había enterado de sus problemas. Los trabajadores, encantados con los cambios que se habían producido en el rancho tras la llegada de Bella, le lanzaron unas cuantas indirectas tratando de ayudarlo.

—A las mujeres hay que hablarles con dulzura, regalarles flores.

—No estaría de más que te disculparas.

—¡Ocúpate de tus asuntos! —explotó al fin Edward, irritado—. Yo me ocuparé de Bella, es mi esposa.

Los vaqueros se marcharon cada uno a su tarea, dejándolo solo y deprimido otra vez. Pero lo único que lograría animarlo sería el regreso de cierta terca mujer a casa aquella noche.

A pesar de la discusión acerca del trabajo de Bella en la biblioteca, asunto del que no volvieron a hablar ninguno de los dos, ella encontró cierta satisfacción en su nueva rutina diaria. Pasaba el día realizando una tarea que le encantaba, y por las noches volvía a casa con su marido. Aquella palabra seguía siendo mágica para ella. Cada noche, tras subir las escaleras, Edward llamaba a su puerta y la llevaba a su cama. No había discusiones, solo un deseo que prendía cada vez que se tocaban.

Después de hacer el amor y, a pesar de las protestas de Edward, que quería que se quedara, Bella volvía a su dormitorio. Era su única arma para defenderse del poder creciente que él tenía sobre ella. Sin embargo, anhelaba envolverse en sus brazos, acurrucarse junto a él, escuchar su respiración, sentir sus manos acariciar todo su cuerpo haciéndola estremecerse... Pero se negaba a sí misma todos esos placeres.

Bella temía la llegada de su menstruación. Se estaba volviendo adicta a esas caricias. Un matrimonio normal podía acurrucarse, susurrar cosas en la oscuridad mientras ambos caían rendidos. Pero Edward no tenía interés en hacer esas cosas. Así que Bella siguió esperando, atemorizada. Pero jamás llegó la correspondiente menstruación.

Cuando llevaba ya una semana de retraso, Bella fue una mañana de sábado a Colorado Springs, donde nadie la conocía, a comprar un test de embarazo. Edward puso objeciones a que se marchara, ignorante por completo de la razón de aquel viaje. Había hecho planes para enseñarle los alrededores del rancho. Bella estaba deseando hacer aquella excursión, pero sentía una necesidad imperiosa de averiguar si estaba embarazada.

Esperó otra semana más y, por fin, al siguiente sábado, se hizo el test. El resultado fue positivo. Tenía ante sí un dilema. Si se lo decía a Edward, él sería feliz, pero dejaría de tener motivos para hacerle el amor. Bella también estaba emocionada ante la idea de tener un hijo, pero temía perder la intimidad con Edward. Su estado de ánimo aquel día, mientras él la llevaba a hacer la excursión pospuesta, enseñándole sus amadas tierras, osciló entre el júbilo y la depresión.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Edward.

—Sí, claro, ¿por qué?

—Pareces distraída —señaló él alargando los brazos para tomar sus manos—. ¿Estás segura de que no te cansas demasiado con ese trabajo?

—No, me gusta mi trabajo —respondió Bella.

Era la primera vez que él lo mencionaba. Edward aceleró, dejando atrás los pastos del sur, y añadió:

—¿Quieres ir a ver a Black Angus, mi toro premiado? Lo llamamos Rocky, pero ese no es el nombre con el que lo registramos.

—¿Es muy grande?

—Sí, es grande, pero es más manso que un bebé —repuso Edward lanzándole de pronto una mirada al vientre.

¿Habría adivinado su secreto?, se preguntó Bella enderezándose en el asiento. Aquel era el primer día que pasaban tantas horas juntos y a solas tras el primer domingo después de su boda. Bella estaba encantada con el comportamiento amable y caballeroso de Edward. No la amaba, pero se portaba bien. Compartieron un almuerzo que Harry les había preparado para el campo. Edward la obligó a comer más de lo que hubiera querido. Con el embarazo, comenzaba a tener náuseas y a sentir que se le revolvía el estómago. Pero el tiempo falló. Era noviembre, y de pronto se habían formado nubes en el cielo.

—Será mejor que lo guardemos todo y volvamos a casa —comentó Edward.

—¿Por qué?

—Creo que vamos a ver la primera tormenta de nieve de este invierno, y no querrás que nos quedemos aquí atrapados, ¿verdad?

Edward tenía razón. La nieve comenzó a caer justo cuando llegaron al establo. Aquella noche, al regresar, encontraron la chimenea encendida que Harry les había preparado. Bella se acurrucó en brazos de Edward satisfecha, delante del fuego.

—¿No te importa que nieve? —preguntó él mientras la abrazaba.

—No, me gusta el frío.

Edward tenía que estar ciego o loco si creía que ella no era feliz. De hecho, Bella era más feliz de lo que lo había sido nunca. Cuando aquella noche él la llevó a su cama, ella se alegró de no haber compartido la noticia con él. Quería vivir más días como aquel, tener más oportunidades de compartir la intimidad. En algún lugar, en el fondo de su alma, comenzaba a surgir la idea de que su matrimonio podía hacerse realidad. Algún día.

Por fin llegó diciembre. Edward salió de su dormitorio a la hora de siempre, aunque no debía empezar a trabajar hasta más tarde. Los días eran cada vez más cortos, y las tareas más ligeras. Aun así, ¿por qué no levantarse a la misma hora de costumbre? No había razón para quedarse en la cama, su mujer se negaba a compartirla con él. Sí, le permitía hacerle el amor. Incluso salía a su encuentro. El ingenuo regocijo de Bella ante sus caricias, sus suaves gemidos, su satisfacción y felicidad después de hacer el amor hacían que le costara bastante controlarse.

Al principio, Edward había achacado su urgencia a los tres años de celibato, pero después de hacer el amor todos los días durante seis semanas tenía que admitir que cada vez deseaba más a Bella. Al pasar por delante de la puerta del dormitorio de ella, Edward se detuvo. Un ruido le llamó la atención. Apoyó la oreja sobre la puerta y creyó oír que estaba vomitando.

¿Estaba Bella enferma? Edward estuvo a punto de abrir, pero lo pensó mejor. Quizá estuviera embarazada. Algunas mujeres experimentaban mareos y vómitos matutinos, aunque a Tanya no le hubiera ocurrido. Edward se sintió feliz. Por fin tendría a su hijo, la razón por la que había accedido a un matrimonio sin amor, la razón por la que él y Bella... De pronto dejó de sentirse feliz. Si Bella estaba embarazada, no habría necesidad de volver a compartir la cama. Quizá incluso ella se negara a que la tocara. Edward se quedó helado, pensando. No quería dejar de disfrutar de esa intimidad con Bella.

Pero ¿qué prisa había? Si ella no se lo contaba, él no tenía por qué admitirlo. Podía seguir haciéndole el amor. Quizá Bella ni siquiera lo supiera aún. Quizá creyera que estaba constipada. O quizá estuviera realmente constipada. Edward caminó de puntillas hasta las escaleras, fingiendo no haber oído nada.

Era el día de Navidad. El año anterior, por esas mismas fechas, Bella había estado a punto de tomar una decisión. Por entonces vivía sola en Denver, tras la muerte de su madre, tratando de decidir qué hacer con su vida. Sola e infeliz. Entonces surgió el empleo en Caliente, y decidió tener un hijo.

Bella se restregó el vientre, aún plano. Había notado que se le había ensanchado la cintura, que tenía los pechos más sensibles, y esos síntomas confirmaban el resultado del test. Pronto tendría que ir a la consulta del doctor Grable. Pero primero tenía que darle la noticia a su marido.

Bella decidió que aquel era el día más indicado. El regalo de Navidad de Edward sería su hijo, junto con una cartera de piel que le había comprado y un frasco de colonia. Era el mejor día para comunicarle que sus deseos se habían hecho realidad, junto al árbol navideño. Rose y el doctor Grable estaban invitados a cenar. Bella pasó la mañana en la cocina ayudando a Harry.

—No sé cómo agradecerte la cocina nueva, Bella.

Llevaba mucho tiempo esperando tener una de estas maravillas —comentó Harry mientras la ponía en marcha.

—¿Y por qué no se lo dijiste a Edward? Él te habría comprado una —respondió Bella.

—Ah, porque en realidad no la necesitaba. El jefe estaba tan mal, que me parecía una frivolidad molestarlo con algo así.

—Eres un buen hombre, Harry —dijo Bella, conmovida, besándolo en la mejilla.

—Eh, pero ¿esto qué es?, ¿tratando de seducir a mi mujer, Harry? —preguntó Edward desde la puerta, echándose a reír al ver cómo se había ruborizado el cocinero.

—Vergüenza te debería dar, Edward Cullen —dijo Bella en tono de reproche—. Solo estaba demostrándole a Harry cuánto lo apreciamos.

Edward atravesó la habitación y deslizó un brazo por los hombros de Bella con toda naturalidad. Cada vez la tocaba con más frecuencia, con más libertad, haciéndola sentirse más cómoda cada día.

—Lo siento, Harry, pero pensé que bastaría con la cocina. Detesto ver cómo se amontonan las facturas en Navidad —añadió Edward con una sonrisa—. Le has comprado un regalo a cada vaquero del rancho; ahora te llaman Santa Claus, Bella.

—Trabajan mucho —comentó Bella comprendiendo que hablaba en broma, ya que además había sido ella quien había pagado los regalos.

—Y yo también. ¿Habrá algún regalo para mí en el árbol?

—Ah, jefe, sabes de sobra que sí —contestó Harry—. El otro día te pillé husmeando.

—No me delates, Harry —protestó Edward tirando de Bella y llevándosela bajo la rama de muérdago para besarla.

Quizá Bella tuviera también su regalo de Navidad. Deseaba un matrimonio real, un marido de verdad, porque estaba descubriendo que no podía vivir sin Edward Cullen. Pero le daba miedo pensar en el nombre que recibía ese sentimiento.

La cena se sirvió, y a todo el mundo le gustó. Harry recogió los platos y se acercó a los barracones a pasar el rato con los vaqueros. Abrieron los regalos. Bella se había ocupado de comprar algo para Rosalie y Doc. Después de todo, si su vida había cambiado, era gracias a ellos. Doc la ayudó a recoger los papeles de los regalos.

—¿Te encuentras bien?

—¿A qué te refieres? —preguntó Bella, sobresaltada.

—Has cambiado, y me preguntaba si...

—Iré a tu consulta la semana que viene —admitió Bella, negándose a confesarle que estaba embarazada mientras no se lo hubiera comunicado a Edward primero.

—Ah, bien —respondió Doc sin añadir una palabra más.

Bella sabía que él no le diría nada, no obstante estuvo en ascuas el resto de la noche. Edward tenía que ser el primero en saberlo. Tras marcharse Rosalie y Doc, Edward la hizo sentarse en el sofá, frente al árbol de Navidad, la rodeó con ambos brazos y estrechó su cuerpo cerca del de él, sonriendo.

—Quiero que sepas que aprecio mucho los esfuerzos que has hecho esta Navidad. El rancho está muy alegre. Los vaqueros me dicen todos los días la suerte que tengo. Creo que harían cualquier cosa por ti.

—Son muy amables, muy tiernos.

—Vamos, Bella, son hombres. Jamás nadie había dicho de ellos que fueran tiernos —protestó Edward tirando otro poco más de ella.

—Me alegro de que todo el mundo esté contento. ¿Te han gustado tus regalos?

—Claro, necesitaba una cartera nueva desde...

—Pues aún no te he dado el regalo más importante —lo interrumpió Bella conteniendo el aliento, nerviosa y muerta de miedo.

—¿En serio? Pues yo no tengo nada más que regalarte.

—Me has dado más que suficiente —respondió Bella girando el anillo de casada en su dedo—. Los pendientes son preciosos.

—Entonces, ¿cuál es mi otro regalo?

—Tu hijo —confesó Bella en un susurro, tras unos instantes de vacilación.

Bella esperó a ver su reacción. Edward se quedó inmóvil, paralizado. ¿Acaso la noticia no lo hacía feliz? Él apartó la mano de sus hombros y se giró para mirarla a la cara, preguntando:

—¿Estás segura? —Bella asintió—. ¿Para cuándo?

—Creo que para primeros de agosto. Tengo que ir a ver a Doc la semana que viene.

—¿Lo sabe él?

—No, no se lo he dicho, pero hoy me ha preguntado cómo estaba y creo que sospecha algo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Edward, preocupado.

—Sí, estoy bien —respondió Bella, conmovida—. Por las mañanas me siento un poco mal, pero eso es todo.

—Deberías dejar de trabajar de inmediato —comentó él en tono de advertencia.

—No.

—Bella, sé razonable. No quiero que te arriesgues de ninguna forma. Este hijo...

El corazón de Bella se vino abajo. Ella esperaba gritos de entusiasmo, demostraciones de amor. Pero, en lugar de ello, se topaba con la cruda realidad: Edward solo pensaba en el bebé. Incapaz de soportar la desilusión, se puso en pie y dijo:

—Me voy a la cama. Gracias por los pendientes.

—Bella... —la llamó él.

Pero ella no hizo caso. Las lágrimas que caían por sus mejillas le impedían mirarlo a la cara o permanecer cerca de él. Tenía que esconderse en su habitación para curarse las heridas. A solas. No, a solas no. Tenía a su hijo.

Edward se sentó en el sofá. Bella se había enfadado, pero él no comprendía por qué. Llevaba semanas sospechando ese embarazo, pero hubiera preferido seguir ignorándolo. De pronto no tenía elección. No podía fingir que seguía habiendo una razón para plantar su semilla en ella, para estrecharla en sus brazos, para gozar de las sensaciones que ella despertaba en él cada vez que la tocaba. Pero a cambio tenía un hijo, su hijo. Su razón para seguir adelante. Edward se había pasado la vida soñando con un niño con quien construir el futuro, pero de pronto esa imagen no le parecía tan brillante.

Por Bella. Edward no sabía qué hacer con ella. Aquella noche subiría las escaleras como siempre pero, ¿se mostraría Bella receptiva a sus caricias?, ¿acudiría a su dormitorio de buen grado, se derretiría en sus brazos?

Edward caminó de un lado a otro del salón debatiéndose, pensando en qué hacer, hasta que se le hizo demasiado tarde sin darse cuenta. Finalmente subió las escaleras y abrió la puerta sin llamar. Bella estaba dormida de espaldas a la puerta. Cerró de nuevo sintiendo una amargura inesperada y volvió a su dormitorio solo. Bella había perdido su interés por él. Ya le había dado lo que quería: un hijo. Se metió en la cama, y se dispuso a soñar también con él. Pero, en lugar de eso, no hizo más que lamentar haber perdido a Bella.

Otro capítulo más, Muchas gracias por los comentarios y las alertas.

Gracias: Ananime, Brenda Valdez, Tannita, Karili, Alimago, JoselinaMadera, eddieIlove, Cristina, Berhenizita.

A las chicas que me pasaron su correo les mandare el archivo hoy en la noche. Subí el prologo y en minutos subo el primer capítulo de la nueva adaptación llamada COMO CONQUISTAR UN CORAZON, espero se den una vuelta por ese Fic y me den su opinión.

Besos