Capitulo 11 – Cruces unidas
-...¿Qué estás diciendo?...No puedo...entender nada en absoluto...-balbuceó el muchacho español, sin esperar recibir palabras tan sumamente fuertes y que le causasen dolor como puñaladas, estaba ido y en pleno shock.
Roderich no tuvo remedio que contar lo que estaba sucediendo y puramente la cruel verdad. Manteniendo la mente fría.
-Date cuenta de una vez, Antonio. –sentenciaba duramente al explicarse y darle a entender -...Lovino se está muriendo, no hay nada que hacer. No podrá sobrevivir siendo tan pequeño.
Parecía una broma. Una cruel y horrorosa broma pesada, tal cual la estaba viendo España. Estando sentado en uno de los sillones de la sala principal, de repente sintió que con mucha presión, todo su pecho le comenzaba a pesar por toneladas, ardiéndole como una daga ardiendo al rojo vivo atravesándole por la espalda. El resto de su cuerpo lo sintió frio por unos instantes, congelado, costándole poder tomar aire. Emma y su hermano permanecían en el salón, prestando atención a todo lo que le había hablado el austríaco. Pero el decirle la verdad, había conseguido aterrorizar y destruir en pedazos el interior del español, estallando en un profundo pánico.
-¿E..estas...estas bromeando Rod?...-murmuraba el castaño mirando al suelo y sujetándose con ambas manos en los posa brazos de la silla, siendo incapaz de controlar sus temblores-..es..imposible que me estes diciendo algo como esto...
-Abre los ojos, se acabó. No se puede hacer nada por una nación que va a morir...-dijo insistiendo en que viese la realidad.
Finalmente su pánico terminó tomandole control con la ira y la desesperación.
-¡Cállate! –gritó furiosamente, levantándose con brusquedad y mirando al aristócrata con furia en sus ojos y demasiada presión en su mente- ¡Debes estar de broma! ¡¿Pretendes decirme que le deje morir?!
Al momento, el refinado joven se echó un poco hacia atrás ante la furia de Antonio, pero continuaba mirándole serio y distante, sin poder hacer nada más.
-¡Ya te he dicho que no podemos hacer nada! No existe ninguna otra forma –Austria no pudo evitar poner un gesto de disgusto por más que trataba de decírselo.
-¡BASTA! –en un devastador grito se lanzó sobre él, y de forma intimidante lo agarró de sus chorreras con ambas manos, atrayéndole con fuerza y haciendo que lo mirase, perdiendo el total control de sí mismo.
La muchacha belga chilló asustada al ver al jefe España lanzarse sobre Roderich como si fuese una bestia feroz a punto de devorarlo. Sin embargo, el rubio no quiso que ella interviniese, por lo que la detuvo antes de que fuese a separarlos.
Antonio respiraba completamente agitado y angustiado, agarrando su traje fuertemente del cuello. Miraba los ojos púrpura del austriaco furioso con él, mientras lo podía despedazar con la mirada.
-...Deja de verle como si lo único que fuese para ti sea un desecho –susurraba jadeante el español, desafiándole con su mirada - ¡No voy a dejarle morir!
Apretó su mandibula con fuerza, estando cara a cara con el país de la pasión, quien sus ojos reflejaban un odio profundo al ver que pretende dejar que su subordinado muera sin más.
Lo miraba con un gesto muy molesto y acabó por soltarse de su agarre, dando un bufido seguido de una mueca de disgusto con la reacción agobiante del castaño.
-No va a durar por mucho más tiempo, reconócelo. Es de por sí muy inestable, y si no se despierta de la inconsciencia no sirve nada –terminó por sentenciar, dándole a entender. No solo no quiere ninguno que le pueda ocurrir, pero no hay muchas soluciones-...Llegaste muy tarde Antonio.
Parpadeó rápidamente, oyendo sus palabras y percatándose de todo, su forma de actuar tan antinatural de él y su estado de pánico. Llegaba tarde, y tal como había podido presentir, de eso se trataba. En su interior, estaba viéndose como el causante de que Romano estuviese muriendo, por no estar a su lado, por haber hecho semejante crueldad.
El muchacho español comenzó a caer al suelo apoyándose en sus propias rodillas. No podía razonarlo con precisión, todo su mundo acababa de derrumbarse.
Oscurecía a medida que avanzaban las horas, y con el invierno recién llegado, la noche no tardaba nada en aparecer. El ambiente era silencioso y muy doloroso a la vez, tan callado que podía cortarse incluso con un cuchillo.
Sin quitarse ninguna de sus ropas, Antonio miraba al menor dormido en la cama, pasando la noche en vela una vez que el austriaco se marchó poco después. Era incapaz de pensar en ello, Lovino solo dormía plácidamente, no todo lo contrario, que no llegaría a despertarse más. Añoraba ver el color de sus grandes ojos, aquel color miel tan curioso y verdaderamente bonito, pese a que normalmente se veían enfurruñados, al castaño le gustaban mucho ver esos ojitos. De forma delicada pasaba su mano por sus mejillas blanquecinas, siempre estaban rositas, siempre, eran como pequeños tomates según él. Y ahora el cuerpo infantil del italiano carecía de color, muy pálido. Verle con ese aspecto, lo mataba por dentro.
En un momento de la noche, Emma entró sigilosamente al dormitorio dándose cuenta que continuaba allí.
-Es muy tarde...necesitas descansar –murmuró mientras se acercaba al joven España, preocupándose de que no pueda dormir.
Al darse cuenta de su presencia la miró componiendo una agotada sonrisa.
-Ah...lo siento...-susurró mirándola levemente- querría dormir pero...hace mucho que dejé de poder dormir...
-Pero estas en casa...ahora podrás dormir bien- siguió insistiendo Bélgica
-Eso es lo que pensaba antes –dijo interrumpiéndola y bajando la mirada. Viendo lo que le ocurría a Romano poco podría conciliar el sueño.
La rubia también bajó lentamente la mirada, y traía con ella una pequeña caja de madera, a la que pretendía mostrársela al español que se percató de aquella cajita, y confundido la volvió a mirar.
-Todas estas cartas las ha escrito Lovino durante los últimos meses –sonrie dándole la cajita, donde se ven muchas cartas escritas en tinta
Antonio miraba toda la cantidad de cartas completamente sorprendido.
-¿Qué?...- sacaba cada una mirándolas todas costándole creerlo- ¿Lovi me ha estado..escribiendo cartas? –levantó la cabeza en dirección a Emma.
-¡L..Lo siento muchísimo! –saltó de pronto disculpándose con un tono bastante apenado – n..no podía decírselo..no sabíamos de qué forma mandarlas..
Cuando le entregaba el menor una carta, para que no supiese que en realidad se veía imposible mandárselas, ella las mantenía guardadas en esa caja de madera y la dejaba escondida en un pequeño hueco del sótano, con tal de que no las encontrase.
España sonrió amable y poso las manos en sus hombros para calmarla.
-Emma gracias...por haber cuidado tanto de Lovi –dijo completamente agradecido, no podía estar más honrado con ella.
La muchacha de ojos verdes brillantes miró fijamente al castaño y también terminó por sonreírle dulcemente.
-...Te ha escrito cada dia, esforzándose mucho por aprender a escribir bien –murmuraba encogiéndose de hombros, mirando al pequeño enfermo-..no ha querido nada más que verte. Si llegase a despertarse estoy segura que se pondrá muy feliz..
Sus palabras aún sonaban con esperanza, pero a la vez con aguda pena y dolor. Antonio veía a la chica sufriendo, y le dio fe.
-Lo hará. –dijo con deseos convencidos- Podrá abrir los ojos, ya lo verás.
Asintió lentamente, y formó una sonrisa. Finalmente la joven le deseó buenas noches y en silencio volvió a salir de la habitación.
Las horas se pasaban como si fuesen una eternidad, empezó a leer las cartas, una tras otra. Por algunos momentos, era casi escuchar la voz de su pequeño subordinado, en cada una de las palabras escritas.
"Hola España.
Hoy Emma me ha llevado a comprar al mercado que hay en la ciudad. Tu tierra es bastante rara y con gente igual de extraña que tú, pero debe ser porque eres un bastardo raro. Pero da igual.
Había muchos niños y uno de ellos ha empezado a reírse de mi ropa y decir que es de niña...!N..no es de niña¡ ¡Y además es tu culpa para que sea como mi hermano idiota¡
No te creas que me importa, soy muy maduro.
Y bueno...también la he ayudado a comprar ingredientes para la cena, ¡así sabrás que me porto tan bien como siempre! I..Incluso...ya no vienen ardillas tontas a mojarse en mi cama...!no es mentira¡
...Si vinieses a casa verías cómo me he portado tan bien...ya soy mayor y todo un cavaliere.
Aunque...siempre que pienso que vendrás pronto me miento a mi mismo. No quiere decir que te eche de menos ni nada de eso. ¡No me importa si vienes o no¡ Pero...Si llegas a volver, te lanzaré un pomodoro podrido, idiota.
Vuelve Pronto.
Italia Romano"
-Lovi...-susurraba el español leyendo las cartas y mirando al menor tendido sobre la cama.
Con cada carta, se le formaba una sonrisa mientras leía, pero a medida que aumentaban, los sentimientos de Romano se expresaban como mejor podía intentar sobre el pergamino. Muchas de ellas, parecían verse borrosas, como si la tinta se manchase por gotas de lágrimas. El corazón de Antonio se rompía mientras leía, pero lentamente, sus propias lágrimas terminaron por manchar una de las cartas que sostenía. Temblando, abrazó al pequeño inconsciente y débil, suplicando que despertara.
-Lovi...Lovi...p..por favor abre los ojos...estoy en casa..estoy por fin en casa...-lloraba el muchacho español con Romano entre sus brazos, desesperado, y sufriendo repleto de dolor, sintiendo que apenas respiraba.- No puedo dejar que te lo lleves...no ahora...por favor...
Entre miles de súplicas por mantenerle a su lado, Antonio tomó su crucifijo, y mientras tenía al menor en sus brazos, comenzó a rezar. Lo mantuvo posado en el pecho de su secuaz, dando plegarias dejándole su propia cruz puesta en su corazón. Aquella pequeña cruz, a él mismo le había hecho luchar y seguir hacia delante, y ahora, lo único que suplicaba se trataba de la vida de Lovino. Aún era un niño, todavía le quedaba mucho por conocer, no podía permitir que se le arrebatara esa pequeña vida que no conoce el mundo más allá de enormes casas.
Al abrazarlo con sumo cuidado, pudo sentir su piel muy fría, helada, consiguiendo que la desesperación se hiciese más y más grande. España lo mantuvo abrazado a él dándole calor y llorando envuelto en terror y miedo por perderle. En un instante, vio cómo la mano izquierda del italiano se mantenía cerrada, como si estuviese protegiendo algo en ella.
"¿Por qué? Estando inconsciente no podría tener fuerzas para moverse..."
Quitandose la confusión, tomó su pequeña mano, y al querer ver lo que estaba sujetando, sus ojos se abrieron casi de sobresalto.
-La cruz...-llegó a susurrar impactado, no daba crédito.- Es la cruz que le dí...¿cómo es posible?..
Recordaba perfectamente el dia que se marchó. Y supo que el crucifijo lo tiró frente a él. Percatandose, por fin se dio cuenta de lo que pudo haber hecho en el momento del accidente, y rompió en llanto abrazando al menor.
-...¡Lovi!..-sollozaba sintiéndose culpable por lo que había sucedido, por todo lo que hizo- es mi culpa...es mi culpa...nunca debi irme...no estarías asi...por favor...despierta...-susurró lleno de lágrimas que caían por su rostro, pasando el resto de la noche llorando en silencio, con su subordinado entre sus brazos. Ya no pudo dormir, solo lo mantenía protegido con su calor.
Amaneciendo, el cielo permanecía gris, pero con una luz tenue, con el Sol siendo tapado por muchas nubes. Los ojos de Antonio entrecerrados esperaban a poder ver algún gesto de Lovino, pero no ocurría nada. Le dolían los párpados, enrojecidos por los llantos durante la noche. No podía más, y el cansancio, lentamente comenzó a hacerle cerrarlos.
"No quiero que este tan frio...tan congelado..."
En el puro silencio, se oyó un fino suspiro, como un susurro. No se podía ver nada, todo estaba oscuro. Abriendose muy despacio, unos pequeños ojos intentaban ver algo, aunque estaba borroso. El español, de nuevo volvía a impedir que cayese dormido, y al momento de abrirlos, su cuerpo entero se petrificó. Los estaba abriendo, Romano estaba despertando.
Igual estaba viendo su propio sueño, fue lo único en lo que pensó. Pero el pequeño que tenía a su lado, con mucha lentitud terminó por completo de abrirlos.
-Estoy soñando...¿verdad? –se preguntó el mayor con incredulidad- es demasiado real...
En medio de sus inquietudes, se escuchaba una frágil respiración, y entre suspiros, sonó una vocecilla.
-...Es...pa..ña..
De inmediato, sintió un golpe de impresión dentro de su pecho. Ya no sabía si lo que estaba viendo, y escuchando, se trataba de una broma de su mente, pero Antonio rápidamente se acercó cauteloso a Lovino, quien parecía mirar al techo.
-L..Lovi...-dijo tembloroso, llevando amabas manos hacia aquel rostro- estoy aquí...¿p..puedes oírme?
Por fin, la visión borrosa poco a poco desaparecía, logrando enfocar hacia alguien, a quien no parecía reconocer del todo.
-...Es..paña?...-susurró muy bajito, sin fuerza en su voz, mirando en dirección a la persona que le hablaba.
-S..si..soy yo, Lovi..soy yo..estoy en casa..-Antonio temblaba tanto que le costaba tomar aire, estaban a punto de escaparse lágrimas de sus pupilas.
-...No...-susurraba el menor como si realmente solo estuviese cansado- ...Siempre..te vas...veo..que te vas...todas..las noches...
Apretó la mandibula con fuerza, ya era inútil contener las lágrimas, salían por sí solas, sin parar. Rápidamente, atrajo su pequeño cuerpo hacia él, esperando que no estuviese teniendo un sueño. Temblaba sintiendo miles de emociones al mismo tiempo, y entre sus sollozos, el menor de cabello rojizo se abrazaba muy lentamente a su hombro, y susurraba bajito.
-...No eres..España...-continuaba delirando, mientras unas finas gotas se derramaron por sus mejillas, como si en realidad no hubiese estado tanto tiempo sin consciencia, sino viviendo uno de sus muchos sueños- España...se marcha...muchas noches...todas...
Pudo oír cómo Lovino también lloraba sobre su hombro. No sabía si soñaba, si tal vez todo aquello no era más que una simple ilusión...pero no podía más que abrazarle en un llanto.
La joven belga entró en el dormitorio asustada con los gritos y sollozos, viniendo seguida de su hermano, despertados inesperadamente por el alboroto. Pero inmediatamente Emma pudo ver a Antonio abrazando al menor, y al contemplar a Romano despierto, se llevó las manos a la boca, tampoco creyendo lo que veía. Un milagro, o tal vez una bendición. Poder ver su pequeño Lovino con vida podía tratarse de un milagro.
Continuará….
