SEGUNDA PARTE: LINAJE

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Veintisiete años después

(En un futuro lejano)

Diario de Rita Skeeter. 10 de abril de 2037.

Viajo en el tren caminó del pueblecito donde vive Hermione Weasley. No estoy ya para desapariciones, así que tengo que desplazarme por medios muggles. Voy a verla para que me conceda una entrevista y así reunir toda la información posible para mi último libro, con el que pienso retirarme. Espero que no haya problemas. La señora Weasley lleva años viviendo sola.

Rita Skeeter cerró su diario cuando el tren se detuvo en la estación. Se enfundó su abrigo de piel, su sombrero y tomó su bastón para, lentamente, salir de allí. En cuanto bajó a la estación, un hombre sentado en un carro tirado por un caballo la esperaba.

¿Rita Skeeter?

Soy yo. ¿Este es mi medio de transporte?

El camino hasta el hogar de la señora Weasley no está asfaltado y hay muchos baches. Este el mejor modo. ¿Sube?

Rita se acomodó en el carro, al lado del cochero. Tras darle un latigazo a la pobre bestia, se pusieron en camino. Después de media hora de viaje, Rita divisó una pequeña casa en lo alto de una colina, al lado de un acantilado. Finalmente acabaron por llegar. En el diminuto porche había una mujer entrada en años que la esperaba.

La señora Skeeter, señora Weasley —dijo el cochero.

Gracias, Tim. Te veré esta noche en la Taberna de Missy.

Hasta esta noche, señora.

El cochero puso rumbo de nuevo al pueblo. Rita caminó hasta Hermione.

Gracias por concederme esta entrevista.

Lo que sea con tal de que me dejes en paz, Rita. Entra.

Accedieron a la casa. Rita se sentó en un sofá y Hermione le sirvió una taza de té. Inmediatamente sacó su pluma a vuelapluma, muy desgastada pero todavía muy eficaz, así como un cuaderno de notas. Hermione se sentó en un sillón, viendo que su entrevistadora ya estaba preparada.

¿Qué quieres saber?

Han pasado cuarenta años desde que tu marido se convirtió en líder de los licántropos. Desde aquel entonces, los primeros veintisiete no ocurrió nada relevante, pero pasado ese tiempo... Cuéntame.

—¡Feliz cumpleaños!

Hugo sintió como todo su rostro enrojecía, pero estaba encantado con lo que veía. Sus padres le habían preparado una fiesta por su diecisiete cumpleaños y, lo que era más, una fiesta por su mayoría de edad. Habían venido todos: sus padres, en uno de los pocos momentos en que podían estar juntos, su hermana, su tío Harry, aunque ningún lazo de parentesco lo unía a él, sus amigos... Estaban todos.

—Felicidades, cariño —lo felicito su madre.

Su padre se acercó a él y le dio su primer regalo, un reloj, cumpliendo así la tradición de regalar uno a todo mago que cumple la mayoría de edad. Tras eso, la fiesta transcurrió con total normalidad. Cuando hubo terminado, quedaron sólo los cuatro integrantes de la familia, hasta que su padre alegó que tenía que irse. Su madre lo besó y le deseó las buenas noches, pero en cuanto se marchó, bajó la mirada y se quedó callada. Rose prefirió quedarse callada también, pero Hugo dejó lo que estaba haciendo y subió con todos sus regalos a su habitación, donde se encerró.

Maldita sea. Conocía las circunstancias, pero eso no quitaba que su padre tuviese que marcharse así por las buenas. Durante veintisiete años su madre había dormido más veces sola que acompañada de su marido, aunque no le importaba porque, efectivamente, conocía las circunstancias.

Su padre era el líder de los licántropos. Hacía exactamente veintisiete años había vencido al anterior líder y se había hecho con su título, muy a su pesar. Hugo a veces pensaba que las celebraciones de sus cumpleaños siempre se habían visto enturbiadas por aquel acontecimiento, pero sus padres siempre se afanaban por dar lo mejor de sí. Y su padre siempre estuvo presente en todos sus cumpleaños.

Dejó todos los regalos encima de su cama y cogió el rotulador rojo para tachar otro día en el calendario. Ya iba quedando menos para volver a Hogwarts y cursar su último año. En dos días iría al Callejón Diagon para comprar por última vez lo que necesitase para el curso. En cuanto pasase el año, no sabría que hacer. Siempre se decía que ya lo decidiría. De repente, llamaron a la puerta. Era Rose.

—¿Pasa algo?

—¿Puedo quedarme un rato aquí? Mamá ha empezado a llorar.

Asentí y los dos se sentaron en la cama. Hugo abrió una bolsa con chucherías y empezaron a comérselas. Rose y Hugo siempre habían tenido una conexión especial, al contrario que otros hermanos. Cada vez que su padre se marchaba, sabían que su madre rompería a llorar, así que preferían mantenerse alejados.

Rose masticaba un regaliz. Hacía dos años que había dejado la escuela y ahora trabajaba en el Ministerio. Ni siquiera vivía ya en el hogar familiar, sino que tenía su propio apartamento, pero seguía viniendo mucho al hogar familiar para hacer compañía a su madre, sobretodo cuando Hugo estaba en Hogwarts.

—No soporto que papá esté fuera.

—Ya sabes por qué tiene que salir —dijo Rose.

—Pero es injusto, somos su familia, no esos peludos.

—Te recuerdo que papá es tan peludo como ellos.

Estuvieron en silencio. Su madre entró en la habitación. Había hecho todo lo posible por borrar el rastro de sus lágrimas, pero se hacía evidente que había estado llorando.

—Rose, cariño, ha llamado Sarah.

—Oh, entonces será mejor que me vaya. Buenas noches, Hugo.

—Buenas noches, Rose.

La joven se despidió de su madre y se marchó. En cuanto a Hugo y su madre, ambos se quedaron mirándose hasta que esta cerró la puerta, deseándole buenas noches. La relación entre Hugo y ella siempre había sido tirante, porque Hugo nunca había aceptado que su padre tuviese que marcharse siempre y dejarla sola, todo lo contrario que Rose. Cansado, decidió irse a dormir.

Horas después, aunque a él le parecieron minutos, se despertó. Pudo oír el inconfundible estallido provocado por una aparición, el cual venía del salón. Inmediatamente notó los pasos apresurados de su madre que bajaban hasta donde había tenido lugar la aparición. Lentamente, Hugo se levantí y salió de la habitación. Pudo ver que la luz del salón se había encendido. Alguien estaba jadeando. Se acercó hasta la escalera.

—Vale, tranquilo, no te muevas mucho. Eso es, siéntate en el sofá.

—No quiero mancharlo de sangre.

¿Sangre?, pensó Hugo.

—Eso es lo de menos. Me preocupa más que Hugo se entere.

—¿Está dormido?

—Sí. ¿Qué ha pasado?

—Están desatados. No sé si es que creen que llevo demasiado tiempo en el cargo o qué, pero se están volviendo violentos. O quizás es que algunas facciones han alzado la voz en mi contra.

—Si esto sigue así, te matarán.

—Tranquila, no pasará. No pueden hacer nada. No cuentan con la simpatía de las demás facciones.

—En cuanto uno de ellos te mate, contará con toda la simpatía que quiera. ¿O acaso has olvidado de qué va el juego?

—Las cosas han cambiado, Hermione.

—Estoy seguro de que esas facciones que se han levantado piensan igual que Greyback. ¿Acaso crees que podemos volver a la situación de después de la guerra? ¿Quién haría entonces lo que tú hiciste?

—Bueno... siempre tenemos un plan B.

—Ni se te ocurra. Ya sabes lo que eso implica y no estoy dispuesta a que Hugo pase por eso. Jamás.

—Baja la voz, Hugo podría oírnos. Mira, mejor que dejemos el tema de momento. Tengo muchos partidarios entre las facciones, podrá lidiar con esto.

—Espero que tengas razón... Y que sepas lo que haces.

Se dispusieron a subir, por lo que Hugo se marchó a su habitación. En cuanto se metió en su cama, no pudo dejar de pensar en todo lo que había oído.

Días después caminaba junto a su hermana Rose por el Callejón Diagon. Sus padres habían decidido darse un tiempo juntos, así que los dejaron a solas.

—¿Papá llegó herido? —preguntó Rose.

—Dijo que no quería manchar el sofá de sangre. Me imagino que tuvo que ser algo gordo. Creo que ha tenido problemas con los licántropos.

—¿Crees que será grave?

—No lo sé. Sonaban preocupados, pero lo que más me preocupa a mí es que me mencionasen.

—¿Qué dijeron?

—Hablaron de un plan B. Y mamá decía que no me haría pasar por algo. No sé a qué se referirá, la verdad.

—Yo tampoco. No sé, ya sabes que papá tiene una vida muy arriesgada. Y los licántropos son salvajes. Yo creo que es normal.

—¿Cuántas veces has visto que papá llegué herido a casa?

Rose no dijo nada. Nunca, efectivamente. Y eso si ellos no lo había visto, porque la única cicatriz que le vieron a su padre era la de la mordedura que lo infectó hacía ya años.

Días después, la noche antes de que Hugo volviese a Hogwarts, tuvieron cena familiar. A decir verdad, la cena fue muy silenciosa.

—Estáis todos muy callados. ¿Ocurre algo?

—No, simplemente quería saber, papá, si algún licántropo te hirió el otro día.

Todos se quedaron en silencio. Ron miraba a su hija de forma seria, mientras que Hermione estaba pálida.

—¿Cómo te has enterado? —preguntó su padre.

—Os oí la otra noche.

—Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas, jovencito —le reprendió Hermione.

—Mamá, tengo diecisiete años. Soy mayor de edad, así que podéis contarme a mí y a Rose que diantres está pasando. ¿Qué les pasa a las facciones esas? ¿Tengo algo que hacer yo que tú, mamá, no quieres que haga?

—Por muy mayor que seas, hijo, esto no te incumbe para nada. Esto está por encima de ti. Ahora te recomiendo que subas a tu habitación y termines de empacar tus cosas —ordenó su padre.

—Pero...

—¡Ahora!

Hugo se levantó y se marchó, subiendo las escaleras fuertemente. En cuanto llegó a su habitación, la cerró de un portazo. ¿Pero qué se creían? Hablaban de él a sus espaldas ¿y no podía enterarse de qué iba la cosa? Era injusto. Él era quien siempre había estado de lado de su madre mientras él se iba por ahí, a hacer correrías con los licántropos. Él era quien había estado cuidando a su madre, secando sus lágrimas, junto a su hermana, que se negaba a ver la realidad. Él era el que lo había hecho todo, no su padre, que siempre los abandonaba. Y ahora venía herido a casa. ¿Acaso pretendía esconder la realidad? Pasase lo que pasase, su padre tenía problemas y estaba dispuesto a averiguar lo que estaba ocultando.