¡Buenas a todos nuevamente, queridos lectores!
Lamento, nuevamente, la tardanza. Pero estoy conforme con lo escrito, así que vale la pena, espero les guste...
Saben, escribiendo este capi me pasó algo muy extraño... colocando uno de los guiones del diálogo me apareció en la computadora un símbolo de escritura china.
Al traducirlo, era un nombre. Lian.
¿Curioso, no?
Bueno, paso a otra cosa que sino revelo mucho jajajaja
¡MUCHISIMAS GRACIAS POR TODO! De verdad, no saben cuánto aprecio las alertas de autor, reviews, pms, historias y autor favoritos. Lamento no poder responder en todos los casos, de verdad, me gusta responder a todos, agradecerles, pero mi email me deshabilita los links... y el resto es historia XDXD
Por eso agradezco desde aquí, porque leo todo con detenimiento y me llena de alegría todo lo que me mandan.
Los aprecio muchísimo, de verdad.
Espero les guste el capi, que lleva mucho empeño jajaja.
Disclaimer: Los personajes, nombres y lugares de SCC pertenecen al grupo CLAMP.
Shaoran PDV.
Humedad y moho. Eso fue lo primero que sentí en mi nariz, junto con un frío que difería del que reinaba en el ambiente. Podía sentir en mi espalda, esa presión, que era tan insignificante, y a la vez mortífera. Era como si supiera, esperara, o quizás deseara, que la bala saliera de aquel artefacto que presionaba mi espalda.
Aunque sabía que quien lo manejaba tenía intenciones muy distintas a quitarme la vida y hacerme feliz con ello, sabiendo que algún día la encontraría a ella arriba.
Claro que no me daría aquello. No y no.
—Qué dignidad la tuya —le susurré a la arpía a mis espaldas—. Obedecer, así como así, las órdenes de una esquizofrénica.
Se tomó una pausa, en la que la oí resoplar. Pensé que no iba a responder, sin embargo, me tiró hacia atrás, apuntando el arma a mi pellejo, y musitando en mi oído, amenazante.
—Déjame decirte, Shaoran Li, que tu futuro está mis manos, así que no tientes al destino, y a Dios.
Solté una risa burlona, desde la garganta; tenía quizás, un punto para atacarla.
—Si creyeras en Dios no estarías haciendo esto —le dije, ella no me soltaba—. Irías a la Misa del Domingo, no mentirías, estafarías o arruinarías vidas.
—Un alma, por el precio de tres me parece más que razonable, ¿Y quién dice? Quizás, y hasta tengas una Luna de Miel, Señor Li —rió, bajo, mientras me conducía hacia delante, para luego soltarme.
Me di vuelta y le di mi mirada más fría, a la que ella respondió con una sonrisa maligna.
Seguí avanzando, me encontraba a unos diez metros del altar.
Mis pasos eran lentos pero decididos. Levanté la cabeza, en un intento estéril que demostrar que bajo la actitud del cordero, se escondía la voluntad de un luchador romano.
Sin embargo, era como si una sombra, pesada y fría fuera tomándome, de brazos y piernas, tirando de mí hacia atrás. Sentía cómo mi aliento se quedaba entre las sombras, y el alma se me iba del cuerpo.
Cuando mis ojos se dirigieron al altar, me encontré con la mirada más hermosa y repulsiva que pudiera imaginar. Un par de ojos azules captaron mi mirada, grandes y expresivos, profundos en su abismo, oscuro, sombrío; como el mismo infierno, que quema en el alma, con su indiferencia a los deseos que nos consumen. En ese momento paré de caminar, y mi rostro se contrajo de pura rabia.
Y desesperación, porque en unos pocos minutos habría de unirme a aquella mujer por lo que me quedara de vida. Un sacerdote esperaba, amenazado a punta de pistola, allí. Jennifer, la madre de Emma, estaba sentada en el altar, con una sonrisa de suficiencia que me hacía encolerizar más y más.
Un hombre musculoso apareció, trayendo a Sakura, empujándola. Podía observar moretones leves en su rostro, y supuse, los tendría en las piernas también, porque le costaba caminar.
Aquello me partió el alma, y a la vez, hizo que mis pies se movieran, en busca de sangre.
—Apunta, Frederick. —ordenó Emma.
Volví hacia el camino que llevaba al altar, mientras Sakura me dedicaba una mirada desesperada, y negaba con la cabeza, su boca estaba tapada, por ello no podía hablar; no podría escuchar su voz, por última vez.
Y es que… ¿Mi tortura terminaría allí? Mi deseo y esperanza de verla viva… ¿Serían suficientes para mantenerme con vida?
Mi cerebro se desconectó de mis pensamientos, por unos segundos, dejándome sólo con sensaciones. Encargándose sólo de mi cuerpo.
Y suspiré, impotente. Miré hacia la figura sagrada, en el altar, luego, al sacerdote, suplicante.
Mas… mi voluntad era tan poca, que ni para creer me quedaba. Sólo podía concentrarla en avanzar.
Emma se acercó, tomó mi mano, me besó brevemente. Cerré los ojos y fruncí el ceño, esperando que pasara.
Esos labios me provocaban rechazo, eran la antítesis del deseo.
Escuché un gemido doloroso, proveniente de la boca de Sakura, al ver aquello. Mi única posibilidad fue verla con los ojos suplicantes de piedad, rebosantes de desesperación.
—Bienvenido, amor —susurró Emma. Su tono era casi un susurro; se regodeaba de mi desgracia, mientras sus finos dedos tomaban mi mentón, guiándome al altar.
—No me llames así. — escupí, en su cara.
—Vamos, que sabes hasta tú que soy demasiado para ti… —rió
—Una perra como tú jamás podría ser suficiente para nada, eres plástico puro—gruñí, entre dientes.
Ella bufó. Aquello bastó para que mi carcelera se separara de mi espalda, se adelantara y recogiera un frasco de las manos de Emma, quien se lo dio sin quitarme los ojos de encima.
Ahora ella tomaba a Sakura; Frederick me custodiaba ahora.
—Cálmate, lobito, que así no se le habla a una dama —reprendió, sonriendo burlonamente—. No querrás caer más bajo, ¿O sí?
—Quieres mi dinero, lo sé, ¡¿Para qué fingir? Te lo doy todo, ya, en este momento —le grité, separándome de ella—. ¡Demonios! ¡No compliques las cosas!
Ella seguía con esa sonrisa, se dio vuelta por unos momentos, diciendo, tranquila.
—Todavía no, Demetria. Esto se pone interesante.
Caminó rodeándome, con los tacones haciendo ruido, mientras pasaba la mano por mis hombros. Puso su cabeza sobre mi hombro, musitando.
—Aquí… no se trata sólo de dinero; tú mismo lo has dicho… ¿Para qué fingir? Eso quiero, tu dinero. Pero también algo más.
Y volvió a caminar hacia delante.
—Veamos, si tan mezquina creer que soy, dime… ¿Qué es lo que persigo, entonces?
Los segundos pasaron. No respondí.
—¿Sin respuesta? Oh, sé que la sabes…. Dila.
Me quedé mudo, no seguiría sus juegos.
—¡Dila! —ordenó, apuntando su dedo a Sakura.
Vi cómo le pegaban en el estómago, haciéndola doblarse de dolor, llorar aún más.
—¡Porque eres arrogante! ¡Por eso! ¡Quieres que me case contigo porque nadie puede rechazarte! —largué, rápidamente.
Me indicó con un dedo que avance, luego, que me siente.
—Qué fácil es manipularte… míranos, ¿No es acaso…tierno? Nos casaremos, por civil, y más importante, por Iglesia.
No respondí a sus exclamaciones.
—Estarás a mí unido legal y espiritualmente, hasta que la muerte nos separe… con mi nueva fortuna contrataré guardias —meditó—. No sea que quieras matarme. Luego, tendremos un pequeño heredero… ¿Quién dice? Quizás, y hasta me quede con mi mascotita…
Supe que se refería a Sakura, y el estómago se me dobló de ira.
—Una buena forma de que nos entendamos, ¿No lo crees?
Asentí con melancolía. Toqué el transmisor en mi pecho… el mismo no se encendió.
Y mi futuro desapareció, llevado por la sombra del abismo.
Miré nuevamente a ese par de ojos verdes; aquellos que significaban todo para mí.
Me levanté, en silencio y avancé hasta aquel espacio del altar, esquivando la mesa con mantel de raso blanco, a Emma y a su madre, donde estaban aquellas figuras religiosas en las que no creía.
Supuse, Emma eligió esa Iglesia, porque era católica… de palabra. No practicaba, ni menos.
En mi mente, resurgió Sakura de nuevo y pude ver al amor eterno como un fantasma. Puedes verlo, sentirlo y está allí. Mas no puedes poseerlo, ni tampoco tocarlo.
Suspiré, y dos lágrimas cayeron de mis ojos. Estiré los brazos a los costados, y susurré.
—Por favor…
Luego volví a sentarme, sin mirar atrás, con los ojos secos, nuevamente.
Tomoyo PDV
Desperté, extrañamente aturdida, y con recuerdos confusos en mi mente. Poco a poco, pasados los minutos, ellos se iban ordenando. El cuerpo, flojo, los ojos caídos, y una pesadez sin precedentes, se me hacían muy raros.
Algo que nunca me pasaba en las mañanas.
Giré la cabeza, cuando mi cuerpo respondió, aunque perezosamente. Mis ojos se encontraron con el despertador eran más de las cuatro de la tarde. ¿Cuándo yo me levantaba a tal hora de la tarde? ¿Habría tomado algún sedante por equivocación…?
Sedante.
Me levanté, como si de un espasmo nervioso se tratara, y salí de mi cuarto casi con rudeza. Ni siquiera me molesté en calzarme algún tipo de calzado. Me dirigí al cuarto de Eriol, el más cercano. Abrí la puerta, desesperada, y lo encontré despatarrado sobre la cama.
—¡Eriol, Eriol, Eriol! ¡Despierta, por favor! —susurré, de manera algo fuerte para un susurro.
Estaba desesperada. Lo sacudí, con rapidez e insistencia. Abrió los ojos, lentamente.
—¿Amor…?
—¡Por favor, Eriol, aclara rápido tu mente! ¿Cuál es el último recuerdo que tienes?
Se puso los anteojos, luego, miró hacia el techo y me indicó que esperara. Pasaron unos minutos hasta que se levantó, despacio.
—La cara de Shaoran y un dolor en el bra… —se interrumpió, mientras empalidecía más de lo común
Nos miramos, y un brillo de angustia nubló sus ojos.
—Se entregó. —musité, con la voz quebrada.
Creo que las palabras sobraban, y ambos supimos qué hacer. Salimos de la habitación, y yo volví a correr por los pasillos, hasta la habitación de Hien.
La misma estaba en el lado opuesto de la mansión, y en el camino, el corazón me latía con fuerza, el pulso tronaba en mis oídos, y las piernas me temblaban con cada paso.
Tragaba compulsivamente, y el camino se me hacía eterno. El sudor que corría por mi frente era frío.
Sentía que iba a caer por un abismo en cualquier momento; no podía respirar. Cuando llegué, hablé en un tono de voz nervioso.
—¡Señor Li, Señor Li! Por favor, levántese, su hijo… Li… Shaoran, se entregó, no lo encontramos por la casa y…— mi voz salía entrecortada por el llanto.
Se incorporó muy rápido, pude ver, incluso, cómo su cuerpo tambaleaba ligeramente a causa de la presión.
Luego vino hasta donde yo estaba y me dijo, con seriedad.
—Revisaremos todos los equipos, ve, fíjate en la computadora portátil que está en el primer piso, tercera puerta desde la entrada, en el living, allí —hablaba cada vez más rápido, y me costaba entenderle— veremos si es que Shaoran se llevó el transmisor.
Me habrá tomado llegar hasta abajo unos minutos… ¿Cinco, quizás? No lo supe con exactitud, pero me golpeó la imagen de todas aquellas personas enfrente de una notebook, intentando revisar señales e insertar códigos que yo desconocía por completo.
Un hombre joven, de unos veintidós años estaba enfrente de aquella computadora portátil, mirando rápidamente de un lado al otro de la pantalla.
—Esto indica que activó el transmisor alrededor de una hora atrás, a las tres y media. —declaró, serio.
—¿No se puede saber con exactitud su posición? —aquello, más que una pregunta, fue una orden de Ieran.
—En realidad, no. La señal es débil, lo que nos hace suponer que tiene que ser un lugar lejano y con muchos árboles cerca…
Eriol se mantuvo serio, y dirigió una mirada a Hien.
Algo… una imagen se dibujó en mi cabeza.
—¿Algún dato más? —pregunté.
—La última señal que tenemos es al norte, en esta zona, mire. —señaló el mapa.
Un recuerdo fugaz vino a mi cabeza.
—Allí… —susurré, tapando levemente mi boca. — hay una iglesia, recuerdo que fuimos al casamiento de uno de los asociados de mi madre cuando era pequeña.
Todos me miraron, expectantes.
—Queda muy alejada y, por otro lado, encontrarla es muy difícil, dado que está muy escondida, pero creo recordar vagamente el camino.
—Pues manos a la obra entonces. —ordenó Eriol.
Una voz, espectral, se alzó entre aquel silencio profundo, producido por la tensión.
—Esperen.
Todos nos congelamos, casi como si un viento frío, helado hasta lo inverosímil, hubiese entrado, dejándonos estáticos.
—No podemos ir con un ejército, como deduzco, llamarías, Hiraguisawa, por la forma en que tienes tu celular entre tus manos. —acusó Ieran.
Eriol apretó la boca, mirándola con exasperación y nerviosismo.
—Tampoco con armas, al menos, no todos. Piénsenlo, tienen a Kinomoto y a mi hijo, saben con qué amenazarnos.
—¿Y qué hacemos entonces, Ieran? ¡No tenemos otra opción! — gritó Hien.
Ella se mantuvo impasible, sin embargo, su mirada hacia él fue fría, como el hielo, contrastando enormemente con la de Hien, con la ira en forma de fuego.
Los segundos pasaron, y ninguno de los dos cedía en aquella batalla de miradas. Hasta que Ieran rompió el silencio.
—Iremos tú, yo, Hiraguisawa, Daidoji y por supuesto… Jasper —su mirada se tornó gélida, sin lugar a réplicas.
—¡Estás loca, loca! —gritó Hien, iracundo.
—Si tú quieres perder a tu hijo a manos de una sicótica asesina, no es ni mi problema, ni el de Shaoran —lo enfrentó.
—¡Claro, e iremos así como así, desarmados! ¡Indefensos!
—Claro que no —sentenció la mujer—. Iremos armados, pero con discreción.
Al tiempo que decía esto, la mujer sacó un arma de uno de los pliegues de su túnica.
—No sé tú, Hien, pero yo tengo varias licencias de armas.
Con ello cerró la conversación, dejando a Hien Li derrotado y furioso.
—Ahora, vamos. Tomaremos lo que haya en tus servicios de seguridad, Daidoji. No me dirás que no tus guardias no tienen ningún tipo de arma… ¿o sí? —me increpó.
Simplemente no contesté. El que calla, otorga, cité, en mi cabeza. Ieran pareció comprenderlo.
—Sólo para emergencias. —aclaré.
—Por supuesto.
—¡Vamos, rápido! —indicó Hien— Tomaremos el auto más grande, estable y rápido que tengas. —me dijo.
Asentí, y nos montamos en una carrera contra el tiempo.
Shaoran PDV.
Era increíble estar allí, sentado, esperando la sentencia para un crimen que no cometí. Era casi repugnante sentir esa mano sobre la mía. Insoportable, el fingir una sonrisa cuando tu mundo se cae.
La madre de Emma leyó el documento con una voz aterciopelada, en éxtasis. Supongo, sabía con certeza que todo esto acabaría bien para ellas.
¿Qué decir? Ni yo tenía esperanzas de que algo me salve.
—Ahora, firmen el contrato. —murmuró, emocionada, Jennifer.
Su sonrisa era chueca, amplia, tétrica. Me hizo dar escalofríos hasta en el fondo del alma, y mi mano tomó temblorosa el bolígrafo con el que escribiría.
—¿Cuánto tarda en matar ese veneno? —pregunté, sin meditar mis palabras.
Todos parecieron confundidos ante mi repentina exclamación.
—Vamos, explícale rápido, Demetria, para que firme. —ordenó Emma.
—Quince segundos, es reversible con un antídoto y provoca fuertes contracciones musculares, pérdida de la vista y parálisis hasta el momento de la muerte. —su tono de voz era frío.
Solté un gemido, disgustado. No podía hacerla pasar por ello, por nada del mundo. Ni siquiera por algún tipo de esperanza que pudiera estar naciendo.
Firmé, con la mano temblorosa y el rostro contraído. Los segundos me parecieron extremadamente largos, tortuosos. Cada movimiento de la muñeca me hacía sentir peor.
Y el tiempo me pegó en la cara de pronto.
Estaba casado con esa mujer.
Mas poco me importaba un papel, el dinero o lo que se pudiera obtener de mí. Me molestaba el título que esa arpía iba a darse. El de mi mujer. Iba a mentir de manera legal, con un anillo en su mano.
Un anillo que me haría ponerle en unos instantes, cuando estuviéramos unidos por una fuerza que, ella creía, era la mayor, la que haría que nunca nos separáramos.
A pesar de las distancias, a pesar de lo poco que la quería, siempre estaría atado —de alguna forma— a ella.
Aquello me hizo dar nauseas.
—Bien. —declaró Jennifer Lineé, contrayendo los músculos de su plástica cara, dibujando una sonrisa de marioneta.— Supongo que ahora viene el beso, ¿no?
Me eché hacia atrás, disgustado. Un gemido de dolor detrás me hizo ver que a Sakura le tiraban del pelo. Desesperado de que llegara a peores, la besé, casi con empeño. Temeroso de que todo hubiera sido en vano.
Ella se apretó contra mí. No pude aguantar la cercanía y la aparté, molesto. Mi cara, supe, revelaba el asco y el terror.
Emma lo confirmaría con sus comentarios, por supuesto.
—Ya te gustará, lo verás pronto.
Su tono intentaba seducirme, se acercó a mí, con su escote a centímetros de mi mentón, su mano en mi espalda, la otra, en mi cabeza.
—¿Acaso no ves que está tu madre? —fruncí el ceño, señalando a Jennifer—Podrías, al menos, respetarla a ella, si a mí me vas a obligar a semejante suplicio. —escupí.
La misma se retiró hacia atrás, y señalando al sacerdote, sonrió.
—Que empiece la boda.
La tomé de la muñeca, luego de que se levantara, tras seguirla por unos dos pasos.
En aquel momento, ella era el hielo, y yo, el fuego.
No dije absolutamente nada. Simplemente la miré, con toda mi furia, transmitiéndole con mi mirada todo aquello que difícilmente las palabras pudieran expresar de manera adecuada.
Lástima, odio, furia, tristeza, desesperación, fuerza de voluntad. Todo aquello mezclado, dando forma a sentimientos oscuros, de aquellos que los dioses de todas las religiones nos prohíben; sentimientos de los que el mismo demonio estaría orgulloso.
Por un momento, cedió ante mi cara impasible y mis ojos furiosos. Pude ver claramente cómo el hielo en sus ojos claros se derretía, dejando agua, de manera casi literal.
Sin embargo, como aprendí en aquel momento, el fuego siempre deja una superficie caliente, que quema y lastima, haciendo vapor el agua.
Fui yo mismo, quien, con mi expresión de odio siguiente, hice que su orgullo se elevara nuevamente, haciendo que el vapor se convirtiera en hielo, en un proceso de sublimación que no dejaría pasar el agua. Y la secaría de aquella superficie, dejando sólo un frío sentimiento, todavía más oscuro y sanguinario, entre los dos.
Era entonces más que algo personal, una batalla de egos.
La solté, como si su roce lastimara. Me indicó con la mano que la siga, hasta posicionarnos a unos metros de aquella mesa del terror. El sacerdote avanzó, amenazado.
—Hija, por favor… no me obligues a pecar así —susurró el hombre, apenado, sosteniendo un libro entre sus manos, nerviosamente—. No puedo unirte a este hombre para que destruyas su vida así.
Emma lo miró, entonces, con la barbilla alta.
—Si no quiere casarnos, padre, prepárese a ver a su amado Dios…
El hombre abrió aquel libro sagrado, y nerviosamente comenzó a hablar:
—Estamos aquí para celebrar… —las palabras salían apresuradas, temblorosas, con vergüenza.
En aquel momento dejé de escuchar.
Mi corazón latía a una velocidad que nunca pudiera haber imaginado, soportaría. La adrenalina llenaba mi sangre, y por consecuente, mis venas. Mis músculos estaban tensionados, listos para la carrera, y mi estómago, vacío, hacía que en mi garganta las nauseas se sacudieran en una danza desagradable.
Miré a Sakura, por una última vez, antes de cerrar los ojos.
Quise imaginar que no era Emma a quien tomaba de las manos, esperando que nos unan para siempre.
La reemplacé, en mi mente, por Sakura.
Y aunque los nervios no cesaran, la carga se hizo más llevadera.
Mi mente se envolvió en pensamientos del futuro que ambos siempre soñamos y tuve paz.
La voz del sacerdote me despertó a la cruel y opuesta realidad.
—Shaoran Li, ¿Aceptas como esposa a Emma Lineé? ¿Para amarla y respetarla…? ¿Para quererla y cuidarla…?
Mis ojos se dirigieron a Sakura, una vez más, y mirándola a ella, con lágrimas en los ojos y otras rodando por mis mejillas, musité:
—Acepto.
—Puede besar… a la novia —la voz del hombre parecía tanto aliviada, como llena de culpa.
Acerqué mi cabeza, dispuesto a terminar con aquello de una vez.
Un ruido nos hizo separarnos, y giré mi cabeza hacia la puerta. Un escalofrío que no supe interpretar me corrió por la espalda al ver lo que vi.
Estaba abierta de par en par, con la tenue luz entrando por detrás.
—Ni siquiera te atrevas —exclamó una voz, autoritaria.
Nos habían encontrado.
