¡Muuuuuuuuy buenas tardes! Este fic solía ser actualizado los miércoles, pero a partir de ahora lo hará los domingos, como el ir a misa (? LOL. Me ha quedado un capítulo larguillo, triste, removedor de conciencias y perfecto para ir introduciendo el Pones, que ya es hora. Y a decir verdad y aunque suene un poco pagado de mí misma, adoro cómo me ha quedado, así que espero que a vosotras os guste también aunque sea un poquito :DD
In other news, se lo quiero dedicar a la fantásticamente genialosa amante del Pones y la vainilla *redoble de tambores* Ariana. ¡FELICES 18! *otra vez* *Tira confeti, se ahoga con los papelitos* *Vale, no*. Lol, en serio, feliz cumpleaños, no puedo regalarte un unicornio de esos tan adorables que quieras morirte de amor, pero puedes imaginarte a los dos gays más gays de la historia de los gays haciendo travesuras encima de uno de ellos *guiño guiño* (Ya podéis ir todas a felicitarla, allez, allez).
Y me dejo de tonterías, que me enrollo más que las persianas. Hope you like it :DD
Parte X.
1 de noviembre de 1944.
Existe un refrán popular que dice que el roce hace el cariño. Como buen dicho, se trata de una frase sencilla, concreta y escueta, una lección de vida en apenas un puñado de palabras que no necesita ser ampliada ni explicada porque todo el mundo la entiende, incluido Dougie, aunque nunca haya estado de acuerdo con ella. ¿Por qué el roce debería hacer el cariño? A lo largo de sus casi 17 años se ha topado con muchas personas con las que ha entablado una relación más o menos cordial y no por ello les ha cogido el más mínimo cariño, prácticamente se podría decir todo lo contrario. Desde que su padre decidió hace unos cinco años que con once ya era lo bastante hombre como para acompañarle a su lugar de trabajo e ir aprendiendo las rutinas y deberes de un militar en ciernes, Dougie ha podido conocer a personas de lo más variopintas: generales del mismo rango que su padre con egos más grandes aún que sus barrigas cerveceras, secretarias insulsas y manipulables cuya única opinión sobre la guerra era que su sueldo era lo suficientemente amplio como para poder quejarse, hijos de soldados o dirigentes con los que le mandaban a jugar al patio cuando sus trece años resultaban no ser demasiados para escuchar cómo sus mayores decidían el futuro de una nación basándola en estallidos de bombas y muertes de miles de inocentes, por no mencionar señoritas de compañía, soldados del tres al cuarto, chicas de la limpieza o dependientas de fruterías, droguerías o carnicerías a las que ha podido conocer durante los cinco minutos que duraba la compra con su madre. ¿Significa eso que les tiene algo de cariño a todos y cada uno de ellos? Nada más lejos de la realidad. Sería más acertado decir que, de toda esa gente, lo único en claro que ha sacado es que son más escoria que la que su padre manda a campos de concentración. Él jamás podría encariñarse de personas con una mente tan cerrada y reaccionaria como esas, así que jamás ha entendido ese refrán, hasta ese momento.
Para principios de noviembre, las gallinas del corral de los Jones corretean de un lado para otro agitando sus alas para combatir el que probablemente sea el invierno más frío en más de diez años, arrejuntándose con el gallo y frotándose contra él en un gesto que más que sexual es instintivo, buscando algo de calor, aunque Poynter siga pensando que en realidad están en celo y lo que quieren es otro tipo de calor, mucho más primitivo.
Para principios de noviembre, Dougie se conoce de memoria y con los ojos cerrados el camino de su casa en el centro de Munich hasta la casona de Danny, separadas por más de tres kilómetros que remonta casi a diario a lomos de la bicicleta roja de su hermana, aunque el color esté quedando sepultado por los restos de barro que adquiere por el camino y que no se molesta en limpiar porque va a volver a ensuciarse al día siguiente y es agua y tiempo perdido.
Para principios de noviembre, el rubio es un asiduo en esa casa y, si no fuera porque es tan distinto físicamente a los hermanos, podría pasar perfectamente por un hijo más de Kathy.
La buena mujer había puesto el grito en el cielo cuando le vio entrar aquella tarde de octubre a su salón, acompañando a su hijo, que portaba un enorme saco como si fuera un Papá Noel prematuro. No le dio tiempo a gritarle a su Danny que estaba castigado por desobediente sin postre, sin salidas y sin Dianne hasta que cumpliera ochenta años, porque el pecoso se le adelantó, dejando el saco en el suelo y llenándolo todo de polvo. Seguidamente y, tras ganarse una mirada huraña de la mujer que le había dado la vida y en ese instante parecía querer quitársela, le explicó con toda la calma y veracidad del mundo cómo eran las cosas en realidad, exponiendo que la comida que él había fingido llevar a esa casa hacía unas dos semanas, en realidad pertenecía a Dougie y a su altruista y generoso corazón que, sabiendo que lo estaban pasando mal en un aspecto tan importante como la alimentación, no había dudado en donarles caritativamente algo de la comida que guardaban en su casa.
Danny temía que su buena madre le diera la vuelta a la sartén e interpretara el gesto del rubio como un intento de hacerse sentir a sí mismo superior o seguir hundiendo a los demás en su miseria, como si le debieran la vida por regalarles las migajas que le caen de los platos a su familia, pero gracias a un Dios en que no cree, no lo hizo. Simplemente frunció los labios, miró de arriba abajo a un Dougie algo asustado y después volvió a sentarse en su sillón a seguir tejiendo uno de los jerséis que confeccionaba cada año dando así su permiso y beneplácito para que el muchacho se quedara.
Después de ese día, en que Dougie ayudó a Danny a colocar las toneladas de comida que les había llevado, mientras Vicky, sentada como una señorona en la silla de la cocina criticaba su orden al ubicar cada alimento en las estanterías, Kathy tuvo una charla algo más extensa y profunda con su hijo sobre el alemán. Generoso o no, Dougie seguía siendo hijo de quien era, y Danny sólo pudo aferrarse a la pobre excusa de que él confiaba en el rubio para decirle que sus cuellos no corrían peligro. Kathy confió a su vez en su hijo y Poynter se convirtió en un asiduo durante todo el mes de octubre, cada día con nuevos sacos, hasta que a principios de noviembre, la despensa estaba llena como nunca antes lo había estado.
Sus nudillos golpean tres veces seguidas la puerta de madera, dejando un silencio corto dominar la quietud de la tarde-noche, y luego dos golpecitos más, pequeños y algo más cantarines. A los pocos días de empezar a visitarles, Danny sugirió que quizás sería necesario que tuviera una seña entre ellos, una especie de contraseña, para no asustarse cada vez que sonara la puerta y el corazón se les subiera a la garganta. Acordaron tres toques, un silencio, y otros dos más tras mucho debatir y no ponerse de acuerdo.
- Pero un, dos y al tres paro, ¿o al tres me abres?- preguntó Dougie estudiando la estrategia para no dejar cabos sueltos.
- No. Un, dos, tres y luego te abro.
- Entonces son cuatro...
- ¿Qué van a ser cuatro? Un, dos, y al tres te abro.
- Eso no es lo que acabas de decir, me estás haciendo un lío.
Y optaron por dividir los golpecitos en series de dos, así ninguno de los dos podría confundirse.
De cualquier manera, la puerta se abre y Danny aparece tras ella. El frío comienza a hacerse presente incluso en el interior de las viviendas, por lo que tiene todo el sentido del mundo que haya sustituido los pantalones cortos del verano en que se conocieron por esos gordos y fuertes de pana parduzca malconjuntados con un jersey de punto azul celeste. Sus rizos, totalmente revueltos, caen algo más largos de lo normal ocultando sus ojos, dándole un aspecto cuidadosamente descuidado y atractivo que no pasa desapercibido para Dougie. ¿Y si se dejara crecer él también el pelo? ¿Le harían caso las chicas? ¿Le dejaría su padre o diría que tiene el aspecto de uno de esos indomables cantantes de country americanos?
- ¡Hombre!- exclama Jones, abriendo un tanto más la hoja de madera para que Dougie pueda entrar por ella con comodidad.- Ya pensaba que no venías, ¿has visto qué hora es?
- ¿Qué hora es?
- Casi las ocho, sueles venir a las seis.
Le muestra la arañada esfera de su reloj y Dougie le coge la muñeca para acercársela a los ojos, que le escuecen debido al frío. Las ocho menos veinte para ser más exactos, ni siquiera sabía que fuera tan tarde...
El pequeño deja escapar un suspiro de cansancio mientras se quita la mochila de los hombros y cuelga el abrigo en el perchero del recibidor como hace cada día, bajo la atenta y algo preocupada mirada de Danny.
- ¿Estás bien?
- Estoy teniendo un día de mierda...- confiesa.
Arrastra los pies hasta el salón, autoinvitándose, y se deja caer contra uno de los asientos del tresillo envolviendo todos sus movimientos en pesadez y agotamiento. Clava los codos en las rodillas, haciendo que sus manos sirvan de soporte a su propia cabeza, y su rostro se pierde tras el flequillo rubio que cuelga ante él, un gemidito de hastío y desfallecimiento escapando de sus labios casi en contra de su voluntad que alertan a Danny de que el pequeño no está para nada bien.
- Eh, bola de pelo rubia- le llama, sentándose a su lado sin saber si ponerle una mano en el hombro para que sepa que está ahí y puede hablar con él, o si decirle que le cuente lo que le ocurre, o simplemente tratar de distraerle. Hace tantos años que todos sus amigos están muertos, que él no se acuerda de cómo ser de nuevo el Danny gracioso y dicharachero que era antaño.- ¿Qué te pasa?
Dougie levanta la cabeza, algo roja por tenerla agachada, y mira bajo los rizos rebeldes de Danny sus ojos azules, esperando no tener que hablar y que él pueda adivinarlo por sí mismo, pero no parece hacerlo, sólo devolverle una mirada compasiva cuando ve que el alemán está a punto de echarse a llorar.
- Hoy hace un año de la muerte de mi tía, ¿sabes? – no, no lo sabía, y Danny no sabe hacer otra cosa que exhalar todo el aire que guardan sus pulmones ante la noticia. ¿Alemanes muertos? ¿Quién ha dado la vuelta a la guerra?- Era la única persona de mi familia que me entendía y que me dejaba ser quien de verdad quiero ser y la echo muchísimo de menos.
- Lo... Lo siento mucho, Dougs.
- Además, no he dormido bien- comienza a explicar el pequeño.- Anoche me acosté pronto porque hoy iba a ser un día "muy importante y ajetreado" y quería estar descansado, pero... Los gritos, no dejaban de oírse gritos, y disparos, y alaridos de dolor y de auxilio. Incluso con la ventana cerrada, seguía escuchando cómo aquellas mujeres rogaban por la vida de sus hijos y sólo callaban tras el estallido de un nuevo disparo. Quería salir, te lo prometo- le mira, con sus ojos verdes muy abiertos, tratando de disculparse con él para aliviar su conciencia.- Quería salir a la calle, y... No sé, quizás ayudarles a escapar, o tratar de... de despistar a los que estuvieran haciendo guardia en esos momentos, no lo sé. Algo útil, algo en lugar de taparme la cabeza con la jodida almohada para no seguir oyendo los malditos gritos que se me han quedado clavados en la mente, como si no dejara de oírlos en ningún momento.
- Dougie...
- Pero al final me dormí, ¿sabes? Creo que he dormido dos horas. Bertha me ha despertado y hemos desayunado todos juntos fingiendo que nadie había escuchado nada la noche anterior. Teníamos que ir al cuartel, mi padre y yo, y cuando he salido a la calle aún no habían retirado todos los cuerpos, ¿sabes? Todavía había... niños reventados contra la acera de mi casa, el suelo teñido de sangre... Algunos incluso todavía tenían los ojos abiertos. ¿Sabes lo que es, Danny? HA sido como si estuvieran congelados en el tiempo, pidiendo auxilio, sin que nadie pudiera auxiliarles ya...
Danny no responde. El enano habla mirándose las manos con la cabeza algo gacha y no tiene duda de que está llorando aunque no pueda verle la cara. Claro que lo sabe, claro que sabe lo que es encontrarte un panorama como aquél, ver la mirada perdida de personas que pasan a engrosar las listas de muertos, su identidad perdiéndose en fosas comunes donde languidecer hasta el fin de los tiempos. Claro que lo sabe, tuvo que ver a su padre en esa macabra situación, pero sabe que no servirá de nada recordarle a Poynter que no es el primero en ver un muerto, porque eso no cambiará el hecho de que su amigo esté prácticamente en estado de shock.
- Y no quería mirarles, sé que eran personas, que tenían una vida, pero ya no, ahora sólo... sólo son muertos. Decenas de ellos. ¿De dónde salís? ¿Cómo es posible que sigáis quedando tantos? ¿Es que no sois capaces de estaros quietos de una puta vez e impedir más muertes?
- Nosotros no hemos empezado esta guerra.
- Ya lo sé, pero no quiero que os sigan aniquilando como si fuerais ganado. Mi padre ha sonreído, casi como si estuviera contemplando un cuadro, como si eso fuese arte. No sé cómo no le he vomitado encima. Y luego hemos ido a la oficina. A ordenar más ejércitos, a idear más estrategias, y más estadísticas, y manejo de armas, y control de población... ¿Sabes cuál es nuestro lema? "En una guerra como esta, los civiles no cuentan". ¿Y sabes qué cojones significa? Que si te tengo que meter ahora mismo una bala en la cabeza, te la voy a meter, porque es mi trabajo y para lo que están entrenando. Como si fuera un perro tirado por una correa. Papá me ha dicho hoy dos veces que está orgulloso de mí, y cada vez que lo hace me dan arcadas. He llegado tan destrozado a casa que sólo quería morirme, ni siquiera quería venir. No tenía ganas de estar pedaleando media hora con el maldito frío que hace mordiéndome los huesos.
- No tienes porqué venir todos los días, Doug...- el rubio alza la mirada y la fija en la de su amigo. Se siente terriblemente estúpido, pueril e inmaduro contándole a él sus penas de niño rico de la ciudad como si esperase que se compadeciera de él. ¿Qué puede esperar siquiera? Danny lleva una vida mucho más jodida que la suya, luchando simplemente por seguir respirando, y jamás le ha oído quejarse. – Deberías haberte quedado en casa y descansar.
- Ya, pero no quería pasar tanto tiempo allí, a veces siento que me ahogo. Además, te prometí que te traería esto.
Echa mano a la mochila de cuero que llevaba con él y abre las correas que la mantienen cerrada y a salvo de ojos curiosos. No se molesta en imprimirle emoción al momento, y deja sobre la mesita del té del salón de los Jones el ejemplar del Der Stürmer correspondiente a ese mismo día, primero de noviembre de 1944. Cierra de nuevo la mochila mientras Danny lo toma con ansia y ojea la portada, leyendo por encima los titulares y pies de foto en un intento de tomar una visión e idea general de las noticias que grita aquél periódico.
- Lo he robado de la oficina de mi padre, no creo que se den cuenta de que falta uno...- se pasa una de sus finas manos por la frente, elevando el flequillo de sus ojos y dejándolos libres y mira al pecoso con los hombros caídos y expresión expectante.- Es antisemita, así que no creo que te siente muy bien lo que dice...
- ¿Lo-lo has leído?
- ¿Yo? Que va, no me entero de nada de lo que dicen los periódicos. La información siempre se publica manipulada y tergiversada para que la población piense lo que a gente como mi padre le interesa, pero en el cuartel se oyen cosas totalmente distintas.
- No tenías que haber venido sólo para traerme el periódico, de verdad, mírate. Estás helado y tienes una cara de muerto que incluso asusta.
- ¿Podrías, simplemente, darme las gracias y dejar de recordarme tú también que lo hago todo mal?
- No quería decir eso, Doug- Danny se olvida del periódico y de las ganas que tiene de recibir noticias sobre cómo va la guerra y el avance de los soviéticos, y le suelta de cualquier manera de nuevo por la mesita, centrando todas sus atenciones en el rubio que lagrimea a su lado. Tras unos instantes más de dudas, opta por reposar una de sus enormes manos en la espalda del pequeño, tan estrecha que prácticamente la cubre entera con ella, y la frota con calor y cariño, tratando de transmitirle algo de apoyo, de hacerle ver que no le está desmoralizando y que sólo quiere que se sienta un poco mejor consigo mismo.
Y es en ese momento, en el que el alemán vuelve a mirar a Danny, a su primer amigo en muchos, muchos años a los ojos, cuando Dougie empieza a creer que ese dicho puede llevar algo de razón y puede, sólo puede, que él se esté encariñando con el rizoso de manos de trol.
- Muchas gracias, enano.
Sí, no se le ha olvidado que el mes pasado, cuando llegó cargado de comida para un regimiento, le dijo que jamás le daría las gracias dos veces, pero se lo merece por todo lo que está haciendo por ellos. Se merece eso y más, así que ejerce cierta presión sobre su espalda y le empuja contra sí mismo hasta que puede tenerlo entre sus brazos y estrecharle contra su pecho durante un par de segundos que al rubio se le hacen eternos. Salvo su hermana, nadie tiene nunca ningún gesto mínimamente cordial o cariñoso con él; todo son órdenes, mandatos, prisas y, dado que está a punto de cumplir diecisiete años, dan por hecho que ya es un hombrecito maduro que no necesita ese tipo de contacto. Pero se equivocan, y no saben cuánto. Hay quien dice que el contacto humado ayuda a mitigar el dolor, y Dougie tampoco lo había creído hasta que siente cómo las yemas de los dedos de Danny se hunden entre sus vértebras y los indomables rizos le hacen cosquillas en la mejilla o el párpado. En principio pillado en falta y reticente, Poynter no sabe cómo devolverle el abrazo, así que se limita a apoyar sus manos también en la espalda de su amigo y darle un par de palmaditas frías y suficientes.
Cuando Danny se separa de él, Dougie ya no tirita. Parece haber entrado en calor, bien por el abrazo, bien por el calor de la chimenea encendida, y sus ojos dejan de verter lágrimas. Permanece en silencio porque considera que ya ha hablado demasiado ese día (y porque, recordemos, si antes se sentía ridículo ahora directamente podría morirse, que la tierra se abriera bajo sus pies y le tragara sin decir ni "mu". Si su padre le hubiera visto llorando como una nenaza lamentándose por sus problemas seguramente le habría molido a palos para endurecerle y hacerle un hombre completo) y sorbe sonoramente por su recta y fina nariz, pasándose la manga de su jersey por ella para eliminar el agüilla que ha ido cayendo.
A Jones se le deforma la cara ante la entrada veloz de una idea estupenda en su cabeza y sus orbes azules se abren hasta el punto que parece que se le van a salir de la cara.
- ¡Tengo una idea!- exclama, alzando el dedo índice de su mano izquierda como si solicitara cobertura para poder llevarla a cabo.
Se pone en pie y el enano le imita, esbozando el principio de una sonrisa en sus labios, cuando un par de toques en la puerta de entrada les obliga a permanecer quietos en el salón. Danny mira el reloj, comprobando que son algo más de las ocho de la tarde, y sale disparado hacia el recibidor sin darle ninguna indicación a Dougie.
Éste oye cómo la puerta se abre, un saludo de una voz femenina, y la puerta vuelve a cerrarse. El sonido de las bastas ropas de alguien rozándose contra la pared, supone que desprendiéndose de algún abrigo tal y como él ha hecho, y después, silencio.
En verdad sabe de quién se trata sin necesidad de verla. Su cerebro ya reconoce su timbre de voz después de haberla visto en un par de ocasiones en esa casa, así que no le cabe duda de que Danny ya se va a olvidar de él. Nadie haría caso a un mocoso asustadizo teniendo a un bellezón de metro sesenta, piernas de infarto y sonrisa de anuncio al lado.
Sin embargo, agudiza un tanto el oído por puro interés morboso y masoquista. Puede oír sus besos. Al principio, dos semanas atrás, cuando Dianne entraba en casa y saludaba a Danny con esa efusividad tan suya, se le hacía incómodo encontrarse en la misma estancia que ellos, como si estuviera violando su intimidad pese a que la intrusa era ella, así que apartaba la mirada y fingía hablar con Vicky sobre algo de enfermería que no comprendía. Ellos invertían un par de minutos más en ponerse al día...
- ¿Qué tal el trabajo?
- Oh, muy bien, es encantador ver a los niños aprender gracias a ti.
- Cómo te quiero, eres la mujer perfecta.
- Yo te quiero más, tengamos hijos y muramos gordos y endeudados.
...(puede que no fuera exactamente así, pero así lo entendía Dougie) como si no se hubieran visto el día anterior, e intercambiaban saliva hasta que parecían cansarse y darse cuenta que no estaban solos en la habitación. Entonces Dianne se daba la vuelta, ese remolino que hacían sus faldas y vestidos al moverse (y que Dougie sabía que volvía loco a Danny), y los saludaba a todos con su preciosa sonrisa llena de dientes blanquísimos y perfectísimos.
Pero no le entendáis mal, Dougie no odia a Dianne. De hecho, la muchacha es muy simpática con él, siempre intenta animarle, ha confiado en él desde el primer momento, y bromean juntos e incluso Kathy una vez les permitió encender la radio y Dianne insistió en que quería bailar un rock and roll con él, y sabe Dios que hacía años que no se reía tan fuerte. Casi se podría decir que la tiene algo de cariño, pero lo que no soporta de ella es que, cada vez que aparece, el resto del mundo deja de existir para Danny. Como si le cerraran las miras de sus ojos y sólo pudiera mirarla a ella. Y hoy Dougie le necesita. Necesita que le cuente esa genial idea que había tenido para terminar de levantarle el ánimo, que bromeen hasta que tenga que volver a casa antes de que se le haga muy tarde, y que le ayude a olvidar el que está siendo el peor día de su vida. Pero Dianne entra por la puerta, y Dougie desaparece de la escena.
- ¡Dougie!- grita la chica, sorprendida de verle allí. Se suelta de la mano de Danny, a la cuál estaba firmemente agarrada, y rodea el cuello del rubio con sus bracitos de porcelana para darle un sonoro beso en la mejilla que le deja el tímpano rehilando.- Dan dice que no estás teniendo un buen día...
- ¿Eh? No te preocupes, estoy bien...
- Tus ojeras no dicen lo mismo...
- No sabía que las ojeras hablasen- le espeta, y por un segundo, la sonrisa desaparece de los rosados (y besuqueados) labios de la alemana, aunque se recomponga en seguida a ese corte y vuelva a ser el rayito de luz que ilumina la vida de Jones.
- ¿Por qué no hacemos un pastel? El chocolate es capaz de curar cualquier cosa.
- Gracias, pero no tengo ganas.
Le dedica una sonrisa, una de esas fugaces, falsas y casi terroríficas, y la regatea tras recoger su mochila para salir del salón y poder volver a su casa. Danny tenía toda la razón, no debería haber ido.
Recoge su abrigo del perchero, viendo el de la alemana colgado junto al suyo desprendiendo un grato y sensual olor al perfume que gasta la chica, y se lo pone rápidamente para salir de allí cuanto antes. Con un poco de suerte, podrá llegar a su casa antes de las nueve, librarse de cenar y meterse directamente en la cama a ver si con otro poquito más de suerte el mundo decide seguir girando sin él.
- Eh, eh- le detiene Jones con tan sabias palabras, agarrando una de las correas de la mochila antes de que pueda colgársela a la espalda y se le escape del todo.- Quédate, Dianne hace muy buenos pasteles, te va a encantar.
- Que no, de verdad, estoy cansado, y no quiero... molestaros o interrumpiros o lo que sea.
- No digas tonterías, sabes que a los dos nos gusta estar los tres juntos. Dianne te adora – Dianne, Dianne, Dianne, todo Dianne. Dice tantas veces su nombre que va a terminar por perder hasta el significado, pero al menos ve en sus ojos que la petición que le está proponiendo es real y sincera, que no quiere que se vaya.
- Otro día.
Termina de colgarse la mochila y Danny claudica, dando un paso atrás.
- ¿Quieres que te acompañe a casa al menos? Sigues sin tener buena cara...
- No hace falta, quédate con ella y haced ese pastel.
- ¿Vendrás mañana?- un "por supuesto" se perfila en sus labios cuando se acuerda de algo que no había recordado hasta ese momento, otro de los motivos por los que ese día está siendo para olvidar.- ¿Qué pasa?
- No puedo... Mi padre quiere que le acompañe a un viaje que tiene que hacer a Berlín y salimos pasado mañana por la mañana. Tendré que hacer la maleta, así que no creo que pueda.
- Vaya...- si Dougie no fuera tan poco espabilado ni Danny tan reacio a mostrar sus emociones, ambos se habrían dado cuenta de la decepción que tiñe sus rostros en ese momento. – Pues hasta... ¿cuándo vuelves?
- Estaremos tres o cuatro días...
- Pues hasta el... ¿martes?
- Hasta el martes.
Ambos asienten, integrando esa información en su memoria a largo plazo y el recibidor se sume durante un par de segundos en un silencio no incómodo pero sí difícil de llenar, un silencio que parece buscar unas palabras que ninguno de los dos ha aprendido a pronunciar todavía, al fin y al cabo, hay cosas que no se enseñan en la escuela, y puede que esta sea una de ellas. ¿Cómo afrontar algo a lo que no has tenido que enfrentarte antes? Hay que aprender sobre la marcha.
Tal como hace Danny, que restriega el sudor frío de sus manos contra la pana de sus pantalones y se balancea sobre las puntas de sus zapatos, en ese gesto que tanto le caracteriza y que siempre suele indicar que la situación le incomoda o no sabe cómo finalizarla.
- Hasta el martes- repite Dougie, abrochándose el abrigo y abriendo la puerta rápidamente, el gélido frío golpeándole la cara con crudeza.
- Hasta el martes- exhala el judío viendo el algo regordete cuerpo de su amigo embutido en su parca alejarse hacia su bicicleta (en esta ocasión no ha traído la de su hermana), montarse en ella y desaparecer de su parcela engullido por las sombras.
Un instante después, Dianne saca su cabecita rubia desde el salón y se apoya en el marco de la puerta en un gesto coqueto que Danny ni observa ya que su vista se pierde en la estela que Dougie ha dejado a su marcha. "Cuatro días son muchos días", piensa antes de cerrar la puerta, voltear, y mirar a su novia con forzada alegría.
- Bueno, ¿hacemos ese pastel?
Cerca de las nueve y cuarto, Dianne abandona la casa. Kathy y Vicky avisaron antes de salir que alrededor de las nueve y media de la noche volverían de la visita médica que tenían que hacer, y Danny prefiere que no vean allí a su chica cuando lleguen o le freirán a preguntas que no le apetece responder.
El pastel recién hecho se enfría en el refrigerador cuando la puerta se abre con estrépito y Vicky irrumpe en su hogar soltando improperios contra el Dios del Tiempo por soplar tan frío sobre toda Alemania y tan caliente sobre, por ejemplo, Las Bahamas, a las que resulta que se muere por ir.
- ¿Danny?- inquiere su madre, cerrando la hoja de madera e ignorando lo exagerada que es a veces su hija mayor.
- ¡En el salón!
- Al calor de la chimenea, a veces pienso que eres el listo de la familia- bromea su hermana, dejándose caer a su lado con un torpe golpe y quitándose los zapatos para calentarse los pies al calor de la lumbre.
Permanecen un par de minutos en silencio hasta que la mayor de los hermanos Jones advierte el silencio que envuelve a su hermano pequeño. Cuando era más pequeño aún tenían la sensación de que era hiperactivo, siempre correteando y saltando y tirándose de todos lados, pero parece que el tiempo le ha reducido las revoluciones por minuto. Sin embargo, Vicky sabe que es otra cosa lo que le hace estar tan paradito, con las manos entrelazadas abrazándose sus propias rodillas y la mirada fija en las filigranas que dibuja el fuego dentro de la chimenea, coloreando sus ojos azules de un tono carmesí brillante que le hace parecer, al mismo tiempo, amenazador y vulnerable.
- ¿Te ocurre algo, Dan?- inquiere, olvidándose de sus pies para centrar su atención en él.
- Dougie ha estado aquí.
- ¿Y qué? Viene día sí, día no.
- Hace un año que murió su tía, ¿sabes?, justo hoy.
- ¿Qué tía?
- No lo sé, resulta que tiene una tía, bueno, tenía, y al parecer era importante para él. Y encima ha tenido un día de mierda, de esos que hacen que te plantees el suicidio- exhala un suspiro y aparta la mirada del fuego por miedo a quedarse ciego, aunque la posa sobre las cutículas mordisqueadas de sus dedos, reticente a posarla sobre la sabia y sincera mirada de su hermana.- Y luego ha venido Dianne, y Dougie ha decidido irse a su casa... Y yo... Creo que debería haber hecho algo más por él.
- ¿Algo como qué?
- No lo sé... ¿Acompañarle? ¿Tratar de... distraerle un poco? Algo en lugar de dejar que se fuera como se ha ido.
- ¿Te sientes culpable por algo que no has hecho?
- Es mucho peor que sentirse culpable por algo que sí se ha hecho.
- ¿Dan, puedo serte sincera?
- Lo vas a ser aunque me niegue...
- ¿Qué estás buscando en ese chiquillo? – hace una pausa dramática no premeditada para que la pregunta le cale hondo al cerebro de corcho de su hermano pequeño y sigue hablando con la misma seriedad, estirando la espalda incluso. – Quiero decir...
- Sé lo que quieres decir, Vic.
- Dan, ese niño se muere por tener a alguien que le quiera, y a alguien a quien querer. ¿Es que no has visto lo perdido y desamparado que está? Es como si estuviera dispuesto a cualquier cosa por conseguir un poco de cariño, por tener a alguien que le comprenda y le apoye. ¿Te has preguntado por qué casi no habla de su familia? ¿O de esa tía, que en paz descanse, de la que no sabíamos nada? ¿Te has dado cuenta de que en realidad no sabemos nada de él, y no se molesta en cambiar ese hecho? Parece como si tuviera miedo a mostrarse tal como es, o como si se avergonzara de su familia y tuviera pavor a perdernos también a nosotros, a ti. Y no me malinterpretes, no estoy diciendo que seas un interesado, porque te conozco mejor que nadie y sé que jamás te moverías por interés material, pero la guerra es capaz de cambiarnos a todos, y tú deberías tener claro qué buscas en Dougie. ¿Le quieres porque de verdad sois amigos... o porque te sale rentable? Ese chiquillo no se merece sufrir ni llevarse una decepción, así que deberías planteártelo antes de que se encariñe más contigo y sea demasiado tarde.
Danny también conocía aquél refrán, ese de "el roce hace el cariño", y había confiado en él durante sus dieciocho años de vida, pero nunca le había observado desde el otro lado. Quizás una visión egocéntrica siempre le había obligado a plantear esa frase popular desde el lado protagonista, de ser él quién pudiera cogerle cariño a otra persona, pero nunca se había visto a sí mismo como sujeto, así que no sabía qué era no corresponder a alguien. Hasta ese momento.
¿Y si Vicky tiene razón? ¿Y si Dougie se está encariñando de él y él no de Dougie? ¿Y si el pequeño se lleva una decepción y deja de visitarlos? ¿Qué le dolería más en ese supuesto, no poder verle... o carecer de todo lo que supone tener a Dougie como amigo? ¿De verdad se ha convertido en una persona tan interesada y mezquina por culpa de la guerra?
Un suspiro escapa de sus desiguales labios y Vicky se levanta tras golpearle con cariño el hombro derecho, orgullosa de haber sembrado la semillita en su cerebro y haber revuelto su conciencia. Dougie es un buen partido, pero no se merece que nadie se aproveche de él, ni siquiera su hermano.
Le deja a solas y él vuelve a contemplar las llamas de la chimenea bailando a placer ante sus ojos, creando figuras que desaparecen en cuestión de segundos y que no podrá retener en su memoria, como estrellas fugaces a las que no da tiempo a admirar en todo su esplendor porque son eso, fugaces, efímeras, momentos puntuales a los que tienes que saber aferrarte antes de perderlos.
Y ni siquiera sabe lo que quiere con respecto a Dougie. ¿Quiere que sea una de esas estrellas que cruzan el cielo de su existencia una sola vez en la vida y dejan una estela evanescente que apenas si crea una huella tangible, o una llama firme y duradera que le marque y le queme para el resto de sus días?
Tiene cuatro días para decidirlo.
JAJEJEIEJEJUJOU. That's all. Antes de que sus vayáis sin comentar, malas personas, un par de cositas: el periódico que Dougie le lleva a Danny existió de verdad, era un periódico antesemita de la época que informaba sobre el avance de la guerra y que solía circular en ambientes militares, como si fuera una publicación para los cuerpos de la ley. Y el lema que Doug dice, es una frase real que pronunció uno de los hombres de confianza de Hitler antes de la caída del Tercer Reich, lol. Es lo que tiene ver "El Hundimiento" (muy recomendable, por cierto). Como veis, será un fic pero me estoy tomando en serio la historia.
Y ahora sí, eso es todo. Y comentad, mujeres, que de 100 visitas sólo comentan 5 y así no me animáis :_
Feliz semana y feliz 10 aniversario :D
