Disclaimer: Los personajes de Naruto y la historia Corazón Salvaje no me pertenecen sino al Mangaka japonés Masashi Kishimoto y a la escritora mexicana Caridad Bravo Adams. Este fic es hecho con fines recreativos no pretendo buscar ningún tipo de remuneración o reconocimiento, simplemente lo comparto con ustedes porque realmente me gusta la historia y los personajes de Naruto.
Hola meus amores, ¿Cómo me les va? Yo estoy feliz, si ya leyeron el aviso sabrán las razones. Hoy les traiga el capítulo 4 de la segunda parte, espero que les guste.
Ya saben que la historia se divide en tres, este es el penúltimo de la segunda titulada: Hinata, ya se acerca la recta final con Sasuke no Akuma.
Como siempre, espero disfruten de la lectura, pido disculpas si encuentran algún error, es que últimamente estoy algo distraída, de igual modo, nos leemos al final del capítulo.
SEGUNDA PARTE
HINATA
CAPÍTULO 4
Desviado cien kilómetros de la ruta que debieran seguir para llegar a Uzushiogakure, sacudido aún por las recias marejadas en la que las ráfagas secundarias de un ciclón lo han envuelto durante muchas horas, lleva el Kaima su azarosa marcha por los oscuros mares encrespados... Roto, desarbolado, con las bodegas aún mediadas de agua, con la maquinaria inútil, navega, no obstante, con extraña precisión, impulsado por su única vela de proa, guiado por las recias y expertas manos de aquel que a los veintiséis años es el más audaz navegante de aquellas aguas. Atento al ruido, alzando de cuando en cuando la cabeza para mirar la bitácora que se balancea sobre la rueda del timón, duro y alerta como si se hubiera hecho de piedra para las horas de la ruda batalla, Sasuke no Akuma parece sólo atento a la marcha del barco... Por la cubierta que aún bañan las olas, agarrándose a las paredes, se acerca un hombre hasta su lado, y Sasuke interpela:
— ¿Qué pasa, Suigetsu, por qué dejaste la vela?
—Está en buenas manos. Juugo y Kimimaro, están con ella, y como la tormenta va amainando, pensé que podías necesitar relevo... ¿Sabes que el capitán está mal herido? ¿Que el timonel y el primer piloto se fueron al agua? ¿Que el único que manda a bordo es el oficialito ese que vino a prendernos, que de marino no tiene nada? —mostró su sonrisa afilada el segundo del Luzbel.
—Sí, Suigetsu, sé perfectamente todo eso.
—El barco está, como quien dice, en nuestras manos. Y si no es por nosotros, anoche naufragamos, nos hubiéramos estrellado contra las rocas de La Tortuga, habríamos encallado en un bajo, o quizás hubiésemos caído en el centro del huracán...
—Sí, Suigetsu, sé eso. Ve a atender a tu trabajo. Suigetsu ha vacilado. Sobre los montes de la isla Tortuga, el viento ha barrido las nubes, y asoma con tono sonrosado la primera luz del alba. Sasuke consulta de nuevo la brújula, y después ordena:
—Dentro de media hora cambiará el viento. Mira a ver si pueden alzar otra vela en el palo que queda intacto, para que viremos cuando el tiempo cambie.
— ¡Y podremos irnos hasta el fin del mundo! —se alboroza Suigetsu con la esperanza a duras penas contenida—. Si me autorizas, yo me encargo de limpiar el guardacostas de los pocos que nos están estorbando... ¡Con ellos no podemos llegar muy lejos... nos denunciarán!
—No, Suigetsu, no vamos a matar a nadie.
—Pero Sasuke, esta es la oportunidad, la única oportunidad que tienes y que tenemos todos. ¡Pon proa al continente, desembarcamos en Nanakuza, y ahí que nos busquen!
—No, Suigetsu, no vamos a escapar. —Y en tono autoritario, ordena—: ¡Levanta la otra vela, Suigetsu, haz lo que te mando!
—Está bien, patrón. Por ti, no por mí lo decía. Yo no tengo juicios ni cargos, a mí no pueden hacerme nada, pero tú eres muy tonto con volver a meterte en la boca del lobo...
—Ve a lo que te he mandado, Suigetsu. Vamos a virar. ¡En Uzushiogakure debe estarme esperando una dama a la que quiero volver a ver, pague por ello el precio que pague!
Conteniendo el gesto rebelde, obedece Suigetsu a la voz de Sasuke. Su figura se encoge, se aleja desvaneciéndose en la estrecha cubierta mojada, mientras por el lado contrario de la caseta del timón otro hombre aparece, los ojos como brazas, el rostro pálido y demudado. De una ojeada parece medir de pies a cabeza al recio hombretón que ahora sólo parece atento a llevar el barco. En el suelo, a su lado, envuelto en su chaqueta de marino, una niña pelirroja duerme como un ángel y el rostro del joven oficial se crispa de extrañeza mirándolo, para volver luego a contemplar con temor y curiosidad al que llegó al Kaima prisionero y atado... Largo rato vacila como si escogiera cuidadosamente las palabras que va a dirigirle, como si luchara entre dos temores, conteniendo con esfuerzo su ansiedad... hasta que fuerza al fin una sonrisa diplomática:
—Salimos del apuro, ¿verdad? Amainó la tormenta, y si no miro mal, lo que hay al frente de nosotros son montañas...
—El Sanbi, el Juubi, el Hachi... ¿Conoce usted la isla Tortuga?
—En este caso, lo único importante es que usted la conoce. La capital se llama Genta... Tengo entendido que es un puerto importante. Usted sabrá cómo nos acercamos. —De pronto, el oficial cambia su tono, y con cierta alarma, interpela con voz grave—: Oiga, ¿por qué se desvía? ¿Por qué vuelve así el barco? ¿Qué es lo que se ha propuesto? ¡Si piensa que va a burlarse de mí...!
—Cálmese, oficial, y quite la mano del revólver... Quítela, o soltaré el timón y nos iremos todos al infierno.
—Ya está quitada. Abusa usted de la situación... ¿No va a llevar el barco a Genta?
—Que yo sepa, no se nos ha perdido nada por allá.
—Escuche usted— parece decidirse el oficial—, yo no sé de qué está acusado ni qué cargos hay en su contra. Me he limitado a cumplir las órdenes de mis superiores arrestándolo y encargándome de su custodia en este barco hasta entregarlo a las autoridades de El Remolino. Ya sé que las cosas han cambiado... No ignoro que le debemos un favor enorme...
—Pero eso es lo de menos, ¿verdad? —Observa Sasuke con fina ironía—. Ya pasó la tormenta, ya no tiene usted miedo... estamos a la vista de una isla Kumogakurense... ¡Qué cómodamente cumpliría usted su misión desembarcando, refiriendo lo que ha pasado y haciéndonos trasladar a la cárcel de Genta! ¿Piensa que voy a, tener la candidez de entregarme de nuevo a sus sabuesos, para sufrir toda clase de vejaciones y brutalidades?
—Le prendimos en la forma usual... Tenía usted ficha de ser hombre muy peligroso —pretende disculparse el oficial, algo apurado—. Lamento de veras lo que ha pasado. Yo no tuve intención de mostrarme particularmente duro con ustedes...
—Particularmente, no, claro. Tampoco era preciso... Bastaba con la forma usual de tratar a los que caen entre las mallas de vuestras leyes sin tener influencias, blasones o fortuna. ¡Pobres gentes, pobres diablos! ¿Para qué guardamos consideraciones? ¡Vale tan poco la vida de un hombre en desgracia! La de usted mismo, oficial, ¿qué vale ahora que el barco está en mis manos? ¿Ve usted? Hemos virado... Proa al Norte... Su isla Kumogakurense queda atrás... Ahora los papeles se han cambiado... Me bastaría hacer una seña a uno de mis hombres para que le arrojaran a usted de cabeza al mar...
— ¿Qué dice? ¿Juega conmigo? ¿Qué es lo que se ha propuesto?
—Nada. A lo más, ofrecerle una lección que no va usted a aprovechar. ¡Qué poco vale la vanidad de unos galones, de un titulito de oficial, cuando un hombre está frente a la desgracia!
— ¿Qué va a hacer? —Pregunta cauteloso.
—Nada. Vamos rumbo a El Remolino... Cumplirá su misión, sólo con unas horas de retraso.
— ¿A El Remolino? ¡Pero estamos muy lejos, las máquinas no funcionan! ¡No podremos llegar!
—El viento se encargará de empujamos. Llegaremos navegando a vela, que es lo único que entiende Sasuke no Akuma...
—Realmente, no encuentro palabras —declara el oficial sorprendido, agradecido—. A El Remolino... ¿Cuándo piensa usted que podemos llegar?
—Estaremos en Uzushiogakure mañana por la tarde, si el viento no cambia.
—Si es así, contará con nuestra gratitud más completa, y si puedo hacer algo por usted...
—Sí. Que llenen mi pipa de tabaco y ordenar que le den algo de comer a mis hombres...
Sasuke ha vuelto a mirar la bitácora, ha desviado levemente a estribor y ha extendido la ardiente mirada de sus ojos oscuros por el ancho mar que lentamente va aplacándose, mientras el sol desgarra las nubes y baña con luz dorada su frente altanera, su pecho ancho y alto, sus brazos de bíceps poderosos, su negra cabellera alborotada, sus labios que se aprietan como si no quisieran dejar escapar la clave dolorosa de su alma, la que va, sobre los vientos y los mares, hasta Hinata Hyūga...
…
—Sí, aquí enfermé... Aquí estuve a punto de morir... Aquí agonicé, y sus cuidados me salvaron...
Cruzados los brazos, el rostro con la expresión incrédula de quien escucha un inverosímil relato, oye Naruto las palabras de Hinata en aquella misma cabina del Luzbel donde la vida de Hinata cambiara. Todo el dolor y toda la esperanza de las horas vividas entre aquellas paredes parecen renacer en este instante en que, juntas las manos, revive la ex-novicia las horas pasadas...
—Un triste rincón, Hinata. Me duele el alma de considerar que por mí, por culpa mía...
—No es triste para mí este rincón, Naruto.
—Si he de juzgar por tu aspecto, tendré que darte la razón. Pero no, no puedo creer lo que afirmas. Hay cosas que no caben en la razón, y la razón no puede aceptarlas. Ya sé que quieres defenderlo, que alzas entre tú y yo tu reserva como un muro de hielo, y creo adivinar por qué lo haces... No necesito pensar mucho para calcular lo que has debido sufrir entre estas paredes, el horror de vivir aquí compartiéndolo todo con un hombre que tan lejos está de tu educación y de tus costumbres... La mujer que tú eres, Hinata...
—La mujer que yo fui, Naruto, tal vez, como supones, no era capaz de comprender a Sasuke. La que actualmente soy...
— ¡Basta! —Corta Naruto impulsado por la ira—. No cambian de ese modo los corazones ni las conciencias. Tu transformación es física, exterior nada más... Estás más hermosa, más deseable, eres como una flor capaz de hacer arder los sentidos del hombre con sólo contemplarte. Pero, ¿a qué precio has logrado eso? ¿Qué sufrimiento, qué sacrificio has tenido que dar a cambio de lo que has logrado? ¿Qué es en realidad ese hombre para ti, Hinata?
—Mi esposo... Ya lo sabes...
— ¿Compartías con él esta cabina?
—No... Bueno... quiero decir... —vacila Hinata.
— ¡Por Dios te pido que me hables claro! Mientras estuviste enferma lo viste a tu lado; pero, ¿después...? Dime la verdad; no mientas, Hinata... ¡Por Dios vivo, no mientas!
—Yo estaba sola aquí... —balbucea Hinata—. Él fue para mí el mejor, el más amable y respetuoso de los amigos...
— ¡Ah! —Prorrumpe Naruto en una exclamación de triunfo—. ¿Nada más?
—Bueno, después que estuve enferma, nada más...
— ¿Y antes? Dímelo todo, Hinata. Te lo pido de rodillas, te lo suplico como un hermano, y te juro que nada de lo que me digas he de usarlo contra Sasuke, si tú no quieres que lo haga... Pero hay en tus relaciones con él algo extraño, incomprensible, algo de que necesito estar seguro, y tú no vas a negármelo. ¿Es Sasuke tu esposo en realidad? ¿Fuiste suya?
No lo sé, Naruto —duda Hinata haciendo un esfuerzo—. Mi vida se ha partido, se ha bifurcado... Todo fue distinto desde aquella noche... Hay un paréntesis de sombra y de horror que inútilmente he tratado de recordar. Fue como si muriera, como si cayera al fondo del infierno. Después fue como un lento resucitar. La mujer que fui hasta aquella noche odiaba a Sasuke no Akuma; la otra, la que volvió a la vida entre estas paredes, la que se miró por primera vez a sí misma como mujer en el agua clara de una fuente, cuando las manos de Sasuke me inclinaron sobre aquella agua, la que aprendió de sus labios la sonrisa y de sus ojos a mirar al sol, esa mujer... esa mujer ama a Sasuke, y le pertenece. Es la verdad, Naruto, ¡toda la verdad!
Hinata ha terminado llorando, ha inclinado la frente, se ha cubierto el rostro con las manos, y permanece inmóvil, dejando resbalar aquel llanto que produce en Naruto inquietud y tortura...
— ¿Por qué lloras Hinata? ¿Por quién lloras? ¡Dime por quién son esas lágrimas!
— ¿Qué más te da? ¿No estamos listos para partir ya? ¡Pues partamos!
—Como mandes. Solamente estaba esperando el parte de la Capitanía del Puerto. Se ha mandado hacer una investigación sobre la suerte del guardacostas...
— ¿Qué quieres decir? ¿El barco en que llevaron a Sasuke no ha llegado aún a El Remolino?
—Hace una hora no había llegado. Pero no hay motivo mayor para alarmarse. Ese, y todos los barcos que estaban en la ruta del Sur, se desviaron por el temporal. Ya irán apareciendo, ya aparecerá el Kaima...
— ¡Si es que no ha naufragado! —Augura Hinata con exaltación y angustia—. Si algo le ha ocurrido a Sasuke en ese maldito guardacostas, si ha perdido ahí la vida, ¡no podría perdonar jamás a los culpables!
—Confío en que no haya sido la cosa tan grave, al menos para librarme de la amenaza de que no me perdones jamás —comenta Naruto con forzada calma. Y cambiando de pronto, exclama—: ¡Oh! Creo que está ahí la chalupa con los panes...
Ha ido hacia la borda, y Hinata tras él, tensa y desesperada. Pero el rápido paso de Naruto se adelanta. Un momento habla con el marinero que acaba de trepar la escala del Luzbel, de una hojeada lee el parte que éste ha puesto en su mano, y se vuelve a Hinata, que llega anhelante...
—Tu Sasuke no Akuma está a salvo. Este es un despacho cablegráfico del Teniente Ōtsutsuki, que fue el encargado de apresar a Sasuke y de llevarlo custodiado hasta entregarlo a las autoridades de El Remolino...
— ¿Qué dice? ¿Qué dice ese despacho?
—"Kaima llegó a Uzushiogakure tras capear temporal en La Tortuga. Capitán herido y cinco bajas tripulantes. Salvó situación, pericia Sasuke no Akuma. Ruego pedir sean tenidos en cuenta servicios especiales". Y firma Itachi Miura, Teniente de Brigada especial ANBU Umigakurenses en la Isla de Taro.
—Naruto ha leído el despacho y luego, con suave ironía, comenta—: Un largo cablegrama y una buena noticia para ti, ¿verdad?
— ¿No lo es para ti? ¿Acaso deseabas que Sasuke...?
—No, Hinata —asegura Naruto noblemente—. Contra todo cuanto he deseado, Sasuke es mi enemigo, más enemigo a cada instante, pero no deseo para él una desgracia. No puedo desearla, porque lo más amargo de todo esto es que nunca se aborrece por completo a un hermano. No podemos abominar de nuestra propia sangre, sin abominarnos nosotros mismos un poco, y sin sentir también el dolor que causamos... —Hace una pausa, y reponiéndose ofrece—: Y ahora sí, voy a cumplir tu deseo y a dar las órdenes para zarpar...
…
— ¿Cómo? ¿Usted? ¿Sola?
—Sí, Gobernador, totalmente sola. Mi pobre suegra está extenuada...
—Recibí unas líneas de ella, rogándome...
—Una audiencia más. Pero tardó usted tanto en responder... Ella estaba rendida... Logré que descansara, y tomé su lugar. Supongo que para usted es igual. —Suave, comedida, una gentil sonrisa en los frescos labios, responde Sakura a las inquietas preguntas del gobernador de El Remolino, volviéndose luego hacia su única acompañante—: Aguárdame aquí, Anko. Seguramente el señor Gobernador me hará pasar a su despacho para que hablemos un poco más...
Tobirama Senju ha vacilado. Son más de las siete de la noche, y un silencioso criado negro ha encendido las grandes lámparas del despacho, a cuya luz dorada, Sakura Hyūga y Haruno parece más bella que nunca. Sin esperar otra invitación, cruza por la puerta entornada, dejando al otro lado a la doncella acompañante.
—Realmente, mi joven señora, mucho me temo que hayamos agotado el tema esta mañana —intenta disculparse el gobernador, algo turbado—. Hablé a doña Samui con absoluta sinceridad, puse las cartas boca arriba, pero este asunto va complicándose más y más hasta llegar a ser desesperante. Además, todo parece ponerse de acuerdo para darle un tono espectacular...
—Entonces, ¿es verdad lo que cuentan? ¿Se portó Sasuke heroicamente? ¿Salvó el barco?
—Si hemos de creer a Itachi Miura, habría para condecorar al tal Sasuke no Akuma.
— ¿Y por qué no hemos de creerlo?
—No compagina esa actitud con los cargos que se le hacen, pero basta un poco de fantasía para que la imaginación popular se desborde y la opinión pública comience a voltearse en contra nuestra, especialmente en contra de Naruto y de su hermana, la señora Hinata.
—Pero el nombre de Hinata no figura en ese proceso para nada...
— ¿Quién ignora que es ella la clave de todo este enredo? Jueces y testigos están deseando tirar de la manta. Por algo no quería yo hacer caso de las acusaciones, por algo me resistí tanto al empeño de Naruto. Pero éste puso las cosas en un terreno que no pude negarme, y ahora... ¡Ahora vaya usted a saber hasta dónde llegará el fango!
— ¿Y si yo le pidiera a usted un enorme favor personal?
—Estoy a su disposición, pero le suplico...
—Quisiera hablar a solas con Sasuke no Akuma. Desde luego, una entrevista absolutamente privada. ¿Por qué no me da la oportunidad?
— ¿A usted? ¿A usted, precisamente? ¿No sería encender las habladurías todavía más?
—Pero si no se entera nadie...
—Esas cosas, por mucho que quieran ocultarse... Una mujer como usted no pasa inadvertida...
—Puedo cambiar de ropa con mi doncella, aprovechar la oscuridad de la noche, taparme totalmente la cara con este chal. Yo me encargo de hacer las cosas con una discreción absoluta. Si usted me da el salvoconducto, corre de mi cuenta todo lo demás. Nadie sabrá nada. Quedará entre usted y yo, y los dos sabemos callar. —Se ha acercado a él sonriente, insinuante, envolviéndole en la vaharada de perfumes que su persona exhala, y sonríe viendo temblar las manos arrugadas—. Se lo agradeceré toda la vida, Gobernador. Estoy absolutamente segura de conseguir que las cosas cambien. Un salvoconducto, cuatro líneas suyas firmadas con su sello, y...
—Está bien. Aguarde...
El gobernador ha firmado. Todavía vacilante mira a Sakura, que sonríe triunfadora, arrebatándole casi el papel de su mano.
…
—Uzushiogakure... Uzushiogakure, ¿verdad?
—Sí, Hinata, estamos llegando. Pero si aún tengo derecho a darte un buen consejo, si aún puedo suplicarte algo, te ruego, te pido que sigas camino para Mangekyō... Tu madre te aguarda allá... Tu hermana quedó muy angustiada... mi propia madre...
Tomando las manos de Hinata, como en un repentino arranque, ha hablado Naruto, y tiembla la súplica en su voz que se quiebra de angustia. Pero Hinata retrocede, esquivando aquellas manos y rechazando con decisión:
—No me moveré de Uzushiogakure; no me alejaré de Sasuke. Y si hay algo que de veras quieras hacer por mí, si soy yo la que aún puedo rogarte, suplicarte, implorarte algo, es justamente que me ayudes a acercarme a él esta misma noche. Es preciso que yo le vea, que yo le hable, que sepa lo que piensa y lo que siente... Tú puedes hacerlo, para mí es indispensable. ¡Creo que me volvería loca si me lo negaras!
—Está bien, Hinata, cálmate. No necesitas suplicarme de esa manera... Haré lo posible... Creo que, como esposa legal de Sasuke no Akuma, tienes derecho a llegar hasta él. Y si es preciso, yo mismo he de llevarte.
…
Arrastrando a su doncella, envolviéndose en el amplio chal de seda para ocultar lo más posible su rostro y su talle, baja Sakura a toda prisa las anchas escaleras de la casa de Gobierno hasta salir por aquella puerta lateral, algo disimulada, que esquiva los grupos de curiosos y la vigilancia oficial de la entrada del frente. Allí está parado el coche que la trajera; rápidamente, ama y sirvienta suben a él, y Sakura ordena al cochero:
—Óyeme. Vas a dar la vuelta muy despacio... Vas a llevarnos al paso por detrás del Hospital y acercarte al Fuerte de Uzushio por el costado. Cuando estemos allí, te diré lo que haces. ¡Anda... arranca...!
— ¡Ay, mi ama! —Se lamenta la asustada Anko—. Usted como que va a meterse en un lío muy grande...
—Baja las cortinillas y desvístete —recomienda Sakura excitada—. Vamos a cambiarnos de ropa. Dame tu blusa y tu falda. Vas a ponerte mi vestido, y a envolverte en mi chal. Me darás tu pañuelo... ¡No, espera! Con el chal voy a quedarme yo, para taparme la cara si hace falta. Toma este velo...
— ¡Ay, mi ama, mi ama...! —Se queja Anko—. Usted como que se ha vuelto tarumba con tanto susto...
— ¡Haz todo lo que te digo, sin replicar, estúpida! Tenemos los minutos contados... Cuando pasemos junto al Fuerte, voy a bajarme. Al quedarte sola, levantas las cortinas para que te vean... Te tapas bien la cara con el velo, escondes las manos... Mejor todavía, ponte estos guantes. Vas a dar una vuelta por las calles principales: por el Paseo del Puerto, por la Avenida Víctor Hugo... Quiero que te vean muchos y que todos crean que soy yo la que estoy paseando...
—Pero, mi ama...
—Uzushiogakure es una colmena de chismes. No faltarán los comentarios. Todo el mundo conoce los coches de los Uchiha... Bueno, ya llegamos... Dentro de media hora pasarán a buscarme por este sitio. —Y alzando la voz, representa la comedia—: Kiba, para un momento. Voy a dejar a Anko haciendo unos encargos... Entérate bien de la dirección de esa modista, Anko. Dentro de media hora volveremos por ti. —Ha saltado a tierra, y ordena—: ¡Sigue, Cirilo! Por el centro y sin parar en ninguna parte. Apura un poco a los caballos ahora...
Sakura ha quedado sola juntó a la sombría fortaleza. Nadie se ve a lo largo de la desierta calle. Un centinela hace la guardia junto a las rejas, a la luz temblorosa de un mechero de gas. Ciñendo más el chal a su cabeza y a su cuerpo estatuario, Sakura va hacia aquel hombre, al que informa imperiosamente:
— ¡Traigo un permiso del señor Gobernador para ver en seguida al detenido Sasuke no Akuma!
…
—El Gobernador no está en la ciudad, Hinata. Salió para Fuerte de Konoha hará una hora escasa, y probablemente permanecerá allí varios días. Acabo de hablar con el secretario.
— ¿Y a quién dejó encargado de sus asuntos?
—Por lo visto, a nadie. Sus asuntos marchan solos, y solamente con un permiso firmado por él se puede visitar en la cárcel a un detenido, en vísperas de proceso. Lo siento, Hinata, lo siento con toda mi alma...
—Entonces, ¿quieres decir que te das por vencido?
—No se me ocurre qué puedo hacer... Se me cierran los caminos legales...
—Y tú, naturalmente, no sabes otros. Está bien, Naruto. Gracias por todo. Entonces, déjame.
Naruto se ha puesto de pie cerrándole el paso, deteniendo su gesto de huida. Están ya en Uzushiogakure, en la antesala de aquella pequeña casa, muy cerca de los muelles, donde por tantos años habitara el notario Chōza Akimichi. Es allí a donde Naruto ha llevado a Hinata buscando para ella un lugar apartado de los hoteles, un sitio familiar donde librarla de la curiosidad que ya rodea su nombre. Por la única ventana abierta penetra el ruido de la pequeña y populosa dudad, y en la puerta de la vetusta estancia aparece la figura familiar de Chōza Akimichi, con una expresión de profunda sorpresa en los ojos cansados:
— ¡Hinata... Naruto...! ¡Pero cuánto honor!
—Perdónenos por haber tomado su casa por asalto, más Hinata pretende un imposible. Su único deseo es ver a Sasuke esta misma noche, pero el Gobernador ha salido para Fuerte de Konoha y sólo él puede dar el salvoconducto necesario.
—Perdóneme si me cuesta trabajo comprender lo que usted me dice, Naruto.
—No me sorprende su asombro, Akimichi. Pero esto no es nada... Hinata les reserva a todos grandes sorpresas.
—Ya lo veo. Su actitud es verdaderamente admirable. Creo que puedo ayudarla, hija mía. Quien hizo la ley, hizo la trampa. Yo conseguiré que hable usted esta noche con Sasuke.
— ¡Akimichi...!
Hinata ha ido hacia el notario, estrechándole las manos, tensa de gratitud el alma, mientras el viejo servidor de los Uchiha deja desbordarse el torrente de su sinceridad:
—Cuente conmigo para todo. ¡Para todo! También yo, a pesar mío, sufro y tiemblo por la suerte del hombre, como temblé por la del muchacho. También yo pienso que, en el fondo, Sasuke...
— ¡Basta! —Ataja Naruto con brusquedad—. No necesita usted hacer glorificación. Con que le cumpla a Hinata la palabra que ha dado, será bastante. Sus declaraciones son absolutamente extemporáneas, Akimichi...
—Dispénseme, Naruto, no siempre puede uno callarse —recuerda Akimichi con dignidad y haciendo esfuerzos por no perder el gesto ecuánime y afable—. Pero, en fin, dispénseme, y manos a la obra. En la puerta está el coche. Venga usted conmigo, Hinata, habrá que aprovechar la oportunidad en el instante en que se presente...
—Voy yo también —indica Naruto.
—No es necesario —rehúsa Hinata.
—Iré aunque no desees mi compañía. No he hecho lo que he hecho para negarte el apoyo en el momento en que más puedas necesitarlo...
— ¡No quiero forzar tus sentimientos!
—Tú tienes un plan, y yo otro, Hinata. No estoy estorbando el tuyo, ni estoy cerrándote el paso, como supones. Al contrario, quiero que libremente hagas lo que te dicte tu conciencia... Permíteme a mí satisfacer a la mía en cambio. Si Akimichi hace el milagro de conseguir la entrada al Fuerte de Uzushio, te dejaré a solas con tu Sasuke...
…
Mi amo... Mi amo... Mire para allá... Al llamado de Karin, Sasuke se ha alzado despacio en el oscuro rincón donde deja su cuerpo reposar. Es una de las enormes galeras semi subterráneas, abiertas en el mismo corazón de las rocas, base y entraña del viejo castillo de Uzushio, una de tantas fortalezas que, como banderas de conquista, clavaron los gobiernos coloniales sobre aquellas islas. El techo es muy bajo, las paredes chorrean humedad, pero a través de la larga reja que queda justamente a la altura de la cabeza de la muchacha, se ve el piso de granito del ancho patio, el arco de la entrada interior, el farol, y, a su luz vacilante, la silueta de una mujer que parece discutir con el centinela, enseñar una vez más el papel que trae, ceñir luego con más fuerza, al cuerpo estatuario, el chal de seda, y seguir, a una seña del centinela, los pasos del guardián cargado de llaves...
—Es el ama... —señala Karin.
— ¿Hinata? ¿Hinata aquí?
—Seguro que viene a sacarnos, patrón. Ella no quería que los soldados me llevaran... Ella es muy buena...
— ¡Calla!
El corazón de Sasuke ha temblado. Con un esfuerzo de su vista de águila ha podido percibir las cosas más claras a pesar de la oscuridad. La mujer que se acerca, alta, delgada, flexible, de andar sensual, tiene algo en el aire que no concuerda con la falda de colorines, con el típico traje de las mujeres más humildes que parece llevar como un disfraz. Un rayo de insensata esperanza ha bañado su alma... Cada uno de aquellos pasos que siente acercarse, es como un golpe de su corazón, estremeciéndolo, despertándolo, haciéndolo latir de nuevo al influjo caliente de la sangre... Como un lanzazo de oro, con herida luminosa, siente que ama a aquella mujer, que tiembla por ella, que por ella aguarda, que a sí mismo se presenta ya cien explicaciones, cien disculpas... Conteniendo el aliento ve abrirse las rejas, alzarse la mano del carcelero para poner un hachón encendido en el garfio de la entrada, y retroceder, dando paso a la mujer que se acerca a la luz rojiza y humeante de aquella iluminación primitiva...
— ¡Sasuke... mi Sasuke...!
Sakura se ha arrojado en los brazos, que no la rechazan, que la sostienen sin estrecharla, que la oprimen tensos de una emoción sin nombre, mientras el alma entera de Sasuke, un instante asomada a la luz del día, tiembla antes de sepultarse, cayendo hasta el fondo del más profundo abismo de su vida, mientras murmura sorprendido:
— ¡Tu... Tú... Eras tú...!
— ¿Quién sino yo podía venir a buscarte donde estés, como estés, por encima de todo? ¿Quién sino yo te quiere con toda el alma, Sasuke? ¡Con toda el alma!
…
—Por aquí, con cuidado —recomienda el viejo Akimichi—. Deme usted la mano, Hinata, el piso está muy resbaladizo, pero es precisamente en este patio donde tenemos que aguardar.
— ¿No le dio ese hombre ningún papel? —pregunta Naruto en voz baja y malhumorada.
—No puede dármelo. Como alcalde de la fortaleza, es suya toda la responsabilidad de lo que ocurra con los presos, pero no tiene autoridad para firmar salvoconductos. Ni siquiera en un caso tan delicado como éste se atreve a dar una orden verbal, pero nos proporciona la oportunidad de que aprovechemos el cambio de guardia. Ahora hablaré con el cuidador de estas galeras, que es el hombre de las llaves. Durante casi quince minutos está este patio sin guardia de soldados, y es el tiempo en que Hinata puede entrar a la galera de Sasuke y hablarle sin testigos, mientras usted y yo la esperamos...
— ¡Sí, sí, se lo agradeceré toda mi vida! —asegura Hinata.
—Espere —advierte Akimichi—. Creo que nuestro preso tiene un visitante...
A través del anchísimo patio han visto la luz rojiza del hachón que ilumina la galera. Están en el ángulo que forman dos gruesos muros, y sobre sus cabezas, por los estrechos pasadizos de los muros, cruzan los centinelas montando guardia...
—En cuanto dejen de cruzar esos fisgones, nos acercamos, y entra usted en la celda, Hinata —indica el notario—. Tengo entendido que lo encerraron solo con la muchacha que era grumete de su barco. Los demás están en el otro patio...
— ¡Por favor, calle!
Hinata ha creído oír una voz, una palabra, una frase que el aire lleva hasta sus oídos, y contiene la respiración para escuchar, pero sólo llega a ella el paso monótono de los centinelas, sólo ven sus ojos anhelantes aquella reja iluminada tras la que se mueven formas confusas...
…
Bruscamente, Sasuke ha retrocedido, cortando de un tirón el nudo de aquellos brazos ceñidos a su cuello, como si al arrancarlos quisiera arrancarse también la angustia que le ahoga, que le atenaza la garganta, como si toda esta angustia estallara en un impulso brutal contra aquella que palidece frente a su rudeza...
— ¿Para qué has venido? ¿Qué vienes a buscar aquí? ¿Quién te mandó a mí? ¿Tu hermana? ¿Tu marido?
— ¡Basta, Sasuke! Nunca fui a ti mandada, he venido por mi propia cuenta, porque estoy de tu parte, porque no quiero hacerme cómplice de la infamia tramada contra ti... He venido, ya te lo dije, ya lo grité al entrar: ¡He venido porque te quiero. Te quiero, aunque cien veces me hayas despreciado, aunque rechaces mis caricias, aunque respondas con insultos a las palabras con las que te entrego el alma... He venido exponiéndome a todo, ¿y esa es la gratitud que me demuestras? ¡Si tú supieras lo que he sufrido, lo que he llorado por no haber tenido el valor de ir contigo! Hice mal... Sé que hice mal... Merezco tus insultos, pero no tu odio; merezco tu rencor, pero no tu desconfianza. ¿Por qué estoy aquí, sino porque te quiero, porque no puedo vivir sin ti?
— ¿Y tu hermana? ¿Dónde está tu hermana?
Sasuke ha detenido el ademán con que Sakura va a arrojarse en sus brazos, creyendo al fin vencida su resistencia. Y más que su ademán, es rotunda valla de hierro aquella pregunta que ha escapado de sus labios con fuerza brutal, y que otra vez restalla imperiosamente:
— ¿Dónde está tu hermana? ¿Qué hace? Está de acuerdo con Naruto, ¿verdad? ¿Fue cosa suya todo esto? ¿Fue cosa suya?
— ¿Es todo cuanto se te ocurre responderme? —reclama Sakura ofendida.
— ¡No estoy respondiendo, sino preguntando! ¿Qué sabes de Hinata? ¿Fuiste tú con Naruto a Taro? ¿Fue él solo a buscarla? ¿Qué movió todo esto? Una carta de Hinata, ¿verdad? ¡Por Dios vivo, habla!
— ¿Es eso todo lo que te interesa? —reprocha Sakura indignada—. ¿Mi amor, mi locura, mi presencia aquí, exponiéndome a cuanto me expongo, no significan para ti absolutamente nada? ¡Eres un miserable, un ingrato, y yo la única estúpida en todo esto! ¿Qué me importa que te acusen de lo que quieran, que te juzguen jueces comprados y que te hundan para siempre en una cárcel? ¿Qué me importa que acaben contigo si tú no eres más que un ingrato?
— ¿Qué estás diciendo, Sakura? —pregunta Sasuke visiblemente anonadado—. ¿Qué es lo que has dicho?
— ¡Que eres un estúpido, un iluso, un niño a quien cualquiera engaña! Te interesa Hinata, te importa lo que ella pueda pensar de ti, estás tratando de averiguar conmigo si es ella quien te ha denunciado, ¿verdad? Pues bien, sólo un tonto haría semejante pregunta.
— ¿Por qué un tonto? ¡Yo no hice nada contra ella! ¿Qué dice ella que hice?
— ¡Ah, no sé! Probablemente horrores, cuando Naruto toma la actitud que ha tomado... Naruto y todos... Doña Samui, hasta mi pobre madre, que no se mete en nada, casi se volvió loca cuando le llevaron la carta de Hinata...
— ¿La carta de Hinata? ¿Escribió Hinata a tu madre?
— ¿Es que no lo sabes?
—Tenía la sospecha, pero no hubo tiempo material de que llegara la carta que yo pensé pudiera ser la suya... Para que esto haya sido provocado por una carta de Hinata, ha tenido que escribir desde antes, desde mucho antes... Pero, ¿cuándo? ¿Cómo?
—Oí decir algo de un médico...
— ¡Ah! ¡El doctor Mitokado! Escribió el doctor Mitokado, ¿eh?
—Cuando yo digo que eres un tonto, que te fías del primero que llega...
—Yo no me fío de nadie, y de ti menos que de nadie. ¡Probablemente mientes para hacérmela odiar! ¡Quieres que la aborrezca, que la juzgue traidora! No es la primera vez que intentas hacérmelo pensar. ¡Quieres que la odie, que vaya contra ella!
—Pienso que es ella la que tiene que odiarte... Y si tú, como hombre, te has vengado...
— ¡No me he vengado! De ella no tenía por qué vengarme. No me hizo ningún daño voluntario... Fue una víctima de las circunstancias... Víctima de tu maldad y de tus intrigas; víctima del egoísmo y de los celos de Naruto... Fui contra ella en un momento de ceguera, pero ni es culpable, ni... —Sasuke se interrumpe de pronto y con gran ira, pregunta—: ¿Por qué te sonríes de ese modo?
—Perdóname. Sasuke —se disculpa hipócritamente Sakura, disimulando su satisfacción—. Cálmate. Eres un verdadero tigre... No hay que tomar así las cosas... Si tuvieras un poco más de mundología, no te sorprenderías por nada... Ya veo que Hinata te interesa extraordinariamente... ¡Eres el más imbécil de los hombres, el más ciego y el más estúpido! ¿No te das cuenta de que, en realidad, las únicas víctimas somos tú y yo?
— ¿Tú? ¿Tú, víctima?
— ¡Tú y yo! Me refiero a los hechos... ¿Dónde estás?
—Detenido, desde luego. Pero no me pueden acusar de nada. He demostrado quién soy durante el temporal, y ahora le haré frente a lo que venga, y mi inocencia quedará probada. No hice nada contra Hinata... Tengo testigos...
— ¡Qué ingenuo eres! Piensas que van acusarte de haberla maltratado? ¡No! Hay mil cosas de las que te acusan... Mil cosas que tienen un fondo de verdad... Mil cosas con las que van a hundirte sin remedio... Ya lo verás... Hinata no te acusa... ella queda al margen. Probablemente, si la llaman a declarar, lo hará en favor tuyo. Puede que hasta te dé públicamente las gracias por tus atenciones cuando estuvo enferma. ¿Qué importa eso, si está bien segura que no vas a escapar, porque te han tendido un lazo del que nadie se salva?
— ¿Qué dices, Sakura?
—Cuando lo supe, no pude soportarlo... me jugué el todo por el todo... Con engaños logré que mi suegra me trajera a la capital. A espaldas suyas, aunque usando su influencia y su dinero, llevo tres días luchando para que las cosas no sean tan malas para ti. He movido influencias, me he valido de mis antiguas amistades, he llorado y suplicado a los pies del Gobernador...
— ¡No... No es posible! ¡No es verdad lo que dices!
— ¿Cómo crees que he entrado? Mira: un salvoconducto firmado por su mano. Lo obtuve, prometiéndole en tu nombre, jurándole, que serías comedido en tus declaraciones de mañana. Quieren aplastarte, pero le tienen miedo al escándalo, sobre todo mi suegra. Ya sabes... te odia, te aborrece...
— ¡Esa sí!
—Y también los demás —desliza Sakura, suave y pérfida—. ¿Crees que no conozco el sistema monjil de mi hermana? Sola contigo, entregada a tu albedrío, seguramente se puso tierna, cariñosa y suave... Hasta te haría creer que le gustabas...
— ¡Jamás! ¡Nunca perdió la dignidad! ¡Nunca dejó de ser la mujer alta y pura que...!
— ¿Qué es eso? ¿Qué es eso, Sasuke? —interrumpe Sakura algo asustada al escuchar el toque de una corneta lejana.
—No sé... Probablemente el cambio de guardia...
— ¡Oh, qué loca soy! Tengo que irme, tengo los minutos contados...
— ¡No te irás después de haberme enloquecido! ¡No te irás sin acabar de hablar!
—Pues bien, no me interrumpas y óyeme hasta el final. Todo esto vino por las cartas o por las noticias de Hinata. A mí no se me informó más que a medias, pero estoy absolutamente segura de que esa es la verdad. Ya sabes que ella quiere a Naruto, que lo quiso siempre, y yo tuve la candidez de decírselo a él. Halagado en su vanidad de hombre, está ahora completamente de parte de Hinata, y quiere quitártela por todos los medios y sin importarle nada.
— ¡Canalla...! —Se crispa Sasuke mordiendo las palabras—. Pero, ¿y ella?
—Ella es cera blanda en sus manos...
— ¡No! ¡Mientes! Ella me dijo que su vida había cambiado, que al lado mío todo era distinto... Que era feliz... Sí... me dijo que sentía algo qué podía llamarse felicidad. ¡Me lo dijo bien claro!
—Hinata es maestra en las artes del disimulo. No olvides nunca ese pequeño detalle. Naruto quiere deshacerse de mí, y cualquier cosa que tú digas de nuestro pasado la usará en contra mía para lograrlo...
— ¿De nuestro pasado?
—Tienes que callarte eso, Sasuke. ¡Callar, pase lo que pase! Te acusarán de contrabandista, de pirata, por deudas, por embargos, por riñas... Amontonarán cargos contra ti... A Hinata no la nombrarán, no quieren que tú hables de ella, quieren evitar el escándalo, ya te lo dije antes... Y si tú no lo provocas, el Gobernador me ha prometido que los jueces serán benévolos. Si no provocas un escándalo, puedo salvarte, y te salvaré, Sasuke, te salvaré... Seré yo quien te salve.
…
—Hinata, ahora es el momento —señala el viejo notario al oír el toque lejano de una corneta.
—Vamos —invita Naruto.
—No, Naruto, sería una imprudencia —advierte Akimichi—. Usted y yo aguardamos.
Hinata sabe perfectamente lo que tiene que hacer, ¿verdad? Dé la vuelta, camine sin dejar la sombra del muro. El hombre de las llaves le abrirá, la dejará pasar... Cuando suene de nuevo la corneta, despídase y vuelva aquí por el otro lado... Saldremos del Fuerte sin ser vistos, y de lo que usted hable esta noche con él dependerá seguramente el juicio de mañana...
Con paso rápido y silencioso le ha dado Hinata la vuelta al ancho patio. Ya está cerca, muy cerca, a sólo un paso de la larga reja. A la altura de sus rodillas, saliendo de la galera semi subterránea, el resplandor rojizo del hachón. Temblando, se ha inclinado para mirar un momento... Sí, allí se encuentra Sasuke, pero no está solo. Una mujer está junto a él... una mujer de espaldas a la reja, y los ojos de Hinata se agrandan de sorpresa, de espanto... No puede verle aún la cara, pero tiembla como si un grito de su propia sangre denunciara la sangre hermana que hay bajo aquel disfraz. Sus rodillas se han doblado, sus manos se aforran a la reja, a su oído llega, como el veneno más sutilmente destilado, una voz demasiado familiar, la voz trémula de deseos y de ansias de Sakura:
—No tienes que agradecerme nada. Soy tuya para siempre, como tú eres mío, y nadie te arrancará de mi corazón porque te quiero y soy tuya, Sasuke, sólo tuya, aunque no podamos proclamarlo, aunque nos sea preciso fingir y callar... por lo menos hasta que logres salvarte, hasta que se abran para ti las puertas de esta cárcel, hasta que venzas todos los obstáculos... Entonces iré a donde me lleves y te perteneceré en cuerpo y alma, aunque ya te pertenezco de ese modo.
Hinata ha cerrado los ojos, se ha mordido los labios hasta sentir en ellos el sabor amargo de la sangre. Luego, como impulsada por una fuerza irresistible, se ha arrancado de aquella reja y ha echado a andar como una sonámbula.
…
—Hinata, ¿de regreso ya? —Se sorprende Akimichi—. Pero todavía no ha sonado el cambio de guardia...
— ¿Tan pronto? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —indaga Naruto también sorprendido.
—Nada —proclama Hinata con voz ahogada.
—Pero, ¿por qué? ¿Acaso el carcelero...? Me había prometido abrir la reja...
—La reja no está cerrada, pero Sasuke no se encuentra solo... Supongo que se trata de su abogado... Alguien que promete salvarlo...
—Entonces, ¿no quiere usted verle? —pregunta Akimichi.
—Le veré en el juicio.
—En el juicio no tienes por qué presentarte —refuta Naruto—. Las acusaciones que hay contra él no te conciernen, y ni siquiera como testigo estás citada.
—De todos modos, iré. Mañana estaré en el juicio cumpliendo con mi deber de decir la verdad. Esta noche no tengo nada que hacer junto a él. Llévame a casa, Naruto, llévame a casa...
— ¡Chist! —Silencia Akimichi—. Creo que ya sale el visitante. Si, como usted supone, es el abogado, me gustaría hablarle...
— ¡No, no! ¡Vámonos, vámonos! ¡Llévame en seguida, Naruto! ¡Cuanto antes!
…
—Me dejas ir sin una palabra, sin un consuelo, sin una esperanza...
Sakura ha llegado hasta Sasuke, clavándole en el brazo los finos dedos nerviosos, y ha buscado con ansia sus pupilas a la luz rojiza del humeante hachón que ya se apaga... El nada responde, nada ha respondido durante mucho rato en el que la ha oído sin escucharla ausente el alma y amargos los labios. No, no piensa en ella, no la ve frente a él. Su imaginación le lleva lejos, muy lejos, recorriendo hora por hora, día por día, etapa por etapa, aquel extraño viaje en que el Luzbel surcó los mares llevando a Hinata Hyūga. Cree verla, cree escucharla, y murmura como para sí:
—Hinata... Hinata capaz de fingir, de mentir, de engañar... Hinata como todas: hipócrita y liviana...
— ¿Cómo todas dijiste? —Se ofende Sakura, y con perfidia agrega—: Hipócrita, sí; pero no la culpes, pues es natural... es fiel a su amor por Naruto, como yo lo soy al mío. Las Hyūga somos fíeles, aunque tú pienses lo contrario...
— ¡Déjame! —se revuelve Sasuke airado.
—Naturalmente que tengo que dejarte... Ya viene el carcelero. Acaso cuando te quedes solo pienses en cuánto he arriesgado por acercarme a ti y en todo el amor que desprecias al despreciarme. ¡Eres cruel, Sasuke, cruel e ingrato, pero en la vida esas deudas se pagan! Vine en son de paz, pero no olvides que quien puede salvarte puede también perderte, que tu libertad, y acaso tu vida, están en mis manos...
— ¡Si es así, puedes hacer de ellas lo que quieras!
— ¿No te importa? No te importa más que Hinata, ¿verdad? Pues si he de hablarte con franqueza, no te creo. Estás fingiendo para enloquecerme, para torturarme... ¡Siempre tuviste un placer salvaje en hacerme llorar! Vas a arrepentirte... ¡Te juro que vas a arrepentirte! ¡Si llegas a lograr que yo me convierta en tu enemiga, desearás no haber nacido, Sasuke!
—Hinata... Hinata... ¿No me oyes? Como regresando con una sacudida, Hinata ha vuelto levemente la cabeza para mirar a Naruto sentado junto a ella, en el carruaje detenido frente a la entrada principal del Fuerte de Uzushio, y Chōza Akimichi contempla con inquietud y desconsuelo a aquella espléndida pareja que parece ignorarlo: ella, como hundida en sus pensamientos; él, arrastrado a ella como por una fuerza superior a su voluntad...
—Has dado una gran prueba de sentido común no entrando en esa celda en la que iba a verte un extraño. Sin embargo, me hubiera gustado saber qué clase de abogado va a defender a Sasuke no Akuma...
Naruto ha observado con ansia el rostro de Hinata, que permanece inmóvil, impasible, cerrado en un misterio que es para él insoportable. Sólo un reflejo de angustia se asoma a las cristalinas pupilas de Hinata, cuando recorren la ancha plaza, para volverse luego a él, interrogadora:
— ¿Qué esperamos aquí? ¿Por qué no nos vamos?
—Cuando gustes... Si quisieras ser absolutamente razonable y me permitieras llevarte hasta Mangekyō... Allí están todos...
—Perdóneme, Naruto —interviene Akimichi—. Olvidé decirle que doña Samui y Sakura están en Uzushiogakure desde ayer por la tarde. En vano les advertí que probablemente usted se disgustaría, pero doña Samui respondió que tampoco se cuidaba usted mucho de no disgustarlas a ellas...
—Hacía más de veinte años que mi madre no visitaba Uzushiogakure —advierte Naruto visiblemente molesto—. Siempre se negó a acompañar a mi padre. Odiaba la ciudad, el camino, el carruaje por largas horas... ¿En qué lugar están? ¡No habrán ido a un hotel!
—Doña Samui se ha instalado en la vieja casa de ustedes, cerrada desde la última vez que don Fugaku estuvo en Uzushiogakure, hace más de quince años... Trajo servidumbre, y parece decidida a pasar una temporadita...
—Las haré desistir de ese capricho absurdo. Nada tienen que buscar en la capital, ni tú tampoco, Hinata. Vamos allá... Creo poder convencerlas... Lo único razonable que pueden hacer es seguir camino esta misma noche...
—No me lleves a tu casa, Naruto. ¡Te lo ruego, te 1o exigiré si es preciso! No iré sino a mi casa...
— ¿A tu casa? ¿A tu casa de cerca de la playa? ¡Pero es absurdo! Allí ni siquiera tienes servidumbre...
—Quiero estar sola, quiero proceder libremente como lo que soy: la legítima esposa de Sasuke... y tu adversaria en el juicio contra él. Es el lugar que me corresponde, y sabré llenarlo a pesar de todo...
— ¿A pesar de todo? ¡Es una forma de confesar que le debes ofensas a Sasuke! Sin embargo...
—Sin embargo, cumpliré con mi deber, Naruto. Llévame a mi casa, o me bajaré del coche e iré yo sola por mis pasos...
—No puedes quedarte sola en un lugar como ése...
—Sola he de estar desde ahora en adelante. Entiéndelo de una vez por todas, Naruto. Debo estar sola, quiero estar sola, necesito estar sola...
Ha temblado en sus ojos el fulgor de una lágrima, y Naruto Uchiha se muerde los labios para contener la frase rabiosa a punto de escapar, y acata:
—Está bien... como quieras... —Y alzando la voz, ordena al cochero—: Ibiki, toma el camino de la playa. Vamos a la casa de los Hyūga...
…
Como una sombra ha cruzado Hinata las anchas habitaciones cerradas. No se ha detenido ni siquiera para abrir las ventanas; como si una ráfaga de desesperación la impulsara, corre hacia el ancho patio, llega hasta la arboleda del fondo, se hunde entre la hojarasca, abre la puertecilla de la verja que da sobre los acantilados, y un instante queda inmóvil sobre la negra roca, frente al mar ahora bañado por un plenilunio de plata... Una fina lluvia salobre la baña a cada golpe de mar, pero ella avanza sobre las rocas resbaladizas hasta el mismo borde en el que bruscamente la tierra se acaba... Allá está el Luzbel... Ve balancearse sus desnudos mástiles, y un dolor quemante, que tiene amargura de celos, se desborda en lágrimas que llegan a sus labios más amargas que la espuma salobre que arroja el mar:
—Sasuke... Sasuke... Aún eres de ella, aún le perteneces... Para siempre le pertenecerás... Eres mendigo de sus besos, esclavo de su carne... No es cierto que te quiera con toda su alma. ¿Acaso tiene alma? ¡No, no la tiene ni vale la pena de tenerla! ¡Qué feliz serás con ella en esas islas salvajes! ¡Con cuánta ansia la amarás sobre las playas desiertas...! Y yo seré sólo una sombra de quien un día tuviste piedad...
— ¡Hinata... Hinata...! Pero, ¿está loca? ¡Va a resbalar, va a caer al abismo! Por favor, venga... Venga... —Chōza Akimichi se ha acercado a Hinata y la ha arrastrado, casi a la fuerza, del borde del acantilado, y clava en ella su angustiada mirada interrogadora—: Hinata, ¿qué hacía usted allí? ¿No iría usted a...?
—No, Akimichi, soy cristiana...
—Pero, ¿por qué ha cambiado de ese modo? ¿Qué pudo hacer que usted cambiara así? ¿Quién estaba con Sasuke?
— ¿Qué importa un nombre? —Evade Hinata con profunda desilusión—. Yo cumpliré con mi deber mañana... Nada más... Y ahora. Akimichi...
Sobreponiéndose al sollozo que ahoga su garganta, Hinata ha extendido el brazo con significativo ademán que señala a Akimichi el camino de la desierta calle...
—No puedo dejarla sola, Hinata. Le rogué a Naruto que me dejara regresar, con la esperanza de que mi presencia no le desagradara, que mi compañía le fuese tolerable... Pero...
—Perdóneme, Akimichi, pero en este instante... —rehúsa Hinata conteniendo a duras penas su impaciencia.
—Me doy cuenta que en este instante no está usted para cortesías, y no es eso lo que espero, sino realmente no molestarla. Además, tenía un interés, una esperanza que usted ha desvanecido... No era un abogado quien estaba en la celda de Sasuke, sino una mujer, ¿verdad?
—Sí, Akimichi... No, no era un abogado... Pero, ¡por Dios, calle!
—Callaré... ¡quién lo duda! Desde luego que tengo que callar. Pero, ¿quiere que le diga lo que haría yo en su lugar? Decirlo a gritos, no guardar consideraciones de ninguna clase. Ya basta, ¿sabe usted? ¡Ya basta!
— ¡Le he rogado que calle! Y también que me deje, Akimichi. No va a ocurrirme nada. Sólo necesito estar sola, hallarme a mí misma...
—Perdóneme, Hinata. Sólo estaba calculando sus sentimientos, tratando de ver y de palpar hasta el final lo que de pronto me pareció un imposible. Usted, mi pobre niña, ama a Sasuke...
— ¡No... No...! ¿Por qué tengo que amarlo? —Protesta Hinata sin convicción—. Guardo para Sasuke un poco de gratitud, eso es todo...
—Hinata, ¿por qué no hablamos con franqueza? —Se decide Akimichi—. No me mire como un enemigo de Sasuke... No lo fui nunca. No me mire como un empleado de la casa Uchiha... Lo fui y, probablemente, lo seré hasta que me muera. Pero los sentimientos son aparte... Bueno, la verdad es que no debo seguir hablando. Sería indiscreto...
—No, Akimichi, no es indiscreto. Sé perfectamente quién es Sasuke, y por qué seguiría usted sirviendo a la casa Uchiha aun poniéndose de su parte. Además, eso es un secreto a voces, que creo no lo ignora nadie... Lo saben esos jueces, que verán de qué lado se inclina la balanza; lo sabe el populacho, que ya murmura; lo sabe la aristocracia, que finge ignorar lo que en cierto modo la mancha; y, seguramente, lo sabrá ese gobernador que huye para esquivar responsabilidades...
—Va usted muy lejos, Hinata...
—No, Akimichi. Quise ir muy lejos, pero fue sólo tras un sueño imposible... Otra vez estoy en la realidad, he despertado, y son estas piedras, es esta playa, es este mar, quienes me imponen la verdad que el corazón rechaza. El sueño quedó lejos... en las playas de Senkan, en las viejas calles de la isla de La Pequeña Blanca, en la fuente donde se asomaron juntos nuestros rostros, buscándonos el alma... El sueño sólo vivió en mí, sólo estuvo en mi mente, sólo yo le di calor humano. Era una ilusión, y se ha desvanecido; un castillo de naipes que el primer soplo ha derrumbado. Sasuke es el que siempre fue, el que siempre será, sólo que se han perdido las rutas, se han enredado los caminos... Él es el que fue siempre, y yo no soy nada, no soy nadie...
—Se equivoca... Usted es la única que puede sacar a Sasuke del abismo en que está... No se deje llevar por un sentimiento de violencia...
—No, Akimichi, ya no... Eso fue antes, cuando mis ojos estaban deslumbrados. Fue un momento de luz vivísima, fue la única hora de sol de mi vida, pero el sol se ha apagado y ahora marcho otra vez a tientas por el túnel de sombras... Pero no se preocupe, conozco demasiado los caminos del dolor y del abandono... Los conozco tanto, y me son tan familiares, que no tengo sino que dejarme llevar por ellos... En el camino de mi vida, la única intrusa es la esperanza. Y ahora, déjeme, Akimichi, y váyase tranquilo... Nos veremos mañana en los tribunales...
— ¿Acepta mi compañía? ¿Puedo venir a buscarla?
—No quedaría bien, Akimichi. Usted es el notario de los Uchiha, y yo la esposa del acusado...
—Tengo que confesar que no le falta razón. Pero, prescindiendo de ciertas formalidades... Bueno, ¿no hay nada que pueda hacer por usted?
—Creo que sí. Junto a Sasuke está encerrado la niña, contra la que no puede haber ningún cargo. Haga que la pongan en libertad...
—Me ocuparé de eso con todo mi empeño... Y, cumpliendo sus deseos, debo decirle: hasta mañana...
—Hasta mañana, Akimichi...
Con la cabeza baja se ha alejado el anciano, pero Hinata no contempla su figura borrosa... La luna se ha ocultado entre las nubes, y el viento trae aquel lejano llamado de campanas que es para Hinata como la resurrección de su pasado... Cree vivir meses atrás; las blancas manos buscan inútilmente, por instinto, el rosario que otro tiempo colgó en su cintura; luego, caen con gesto de supremo cansancio, y otra vez pasa aquel pensamiento golpeando su frente como un ala al pasar:
—Todo fue un sueño... un sueño, y nada más...
…
— ¡Naruto... Naruto de mi vida...!
Sakura ha llegado junto a Naruto... Va trémula, convulsa, sin que las ansias e inquietudes que finge le hayan impedido atender al último detalle de su tocado: pálidas las mejillas, encendidos los labios, sombreados los grandes ojos oscuros, tibia, suave y perfumada, cuando se arroja en brazos de Naruto, en quien aquel contacto no provoca el efecto deseado. Grave y frío, la detiene, retrocediendo un paso, al tiempo que la interpela:
— ¿Quieres hacerme el favor de recobrar la calma? Quiero que me digas por qué te encuentro en otro lugar de donde te he dejado.
—No fue culpa mía. Doña Samui se empeñó en que les esperáramos acá. Yo no quería venir... Ella me trajo...
—Entonces, será ella quien me lo diga...
— ¡No, no, Naruto! ¡Aguarda!
—Acabas de decirme que fue ella. Además, no quiero discutir contigo ni pedirte cuentas de nada. Ya que mi madre se ha empeñado en echar sobre sí toda la responsabilidad, ya que te has puesto a su voluntad y a su amparo...
— ¡Yo no me he puesto al amparo de nadie! Es tu madre, y admito las cosas por no disgustarte, pero creo que ya fue bastante. Me casé contigo, no con ella...
—No protestes tanto... Acaso le debes más de lo que supones...
—Aunque de verdad le deba la vida, aunque hubieras sido tú de veras capaz de matarme, te repito lo mismo: Es contigo con quien estoy casada... Es tu amor lo único que me interesa...
— ¿De veras? —Comenta Naruto con franca incredulidad—. ¿Te interesa mi amor?
— ¡Qué ciego y qué malo eres preguntándomelo de esa manera! —se queja Sakura fingiéndose dolida—. ¿Por quién, sino por tu amor, he sido mala? ¿Por quién, sino por ti, sacrifiqué a mi propia hermana? ¿Por quién, sino por ti, me estoy muriendo de pena? ¡Mi Naruto...!
Se ha arrojado en sus brazos, que esta vez no se atreven a rechazarla, y mientras los grandes ojos azules bajan hasta mirarla con mirada cada vez menos dura, ella esgrime de nuevo el arma eterna de sus lágrimas:
—Necesito saber que me quieres como antes... Necesito saber que me has perdonado... Necesito saber que no te importa nada ella, para no volverme loca de celos... ¡para no odiarla!
— ¡Basta! Hemos cometido grandes errores... Estoy esforzándome por enmendarlos. Por culpa tuya, y mía también, han ocurrido cosas que no debieron ocurrir nunca... He asumido toda la responsabilidad, y lo mejor que puedes hacer, si deseas complacerme, es volver a Mangekyō y aguardar allí al lado de tu madre...
— ¡Sola, abandonada, sin ti...! Al fin y al cabo, ¿a quién le importa que esté yo aquí? No le hago daño a nadie. No hago más que aprovechar los momentos libres que quieras dedicarme... ¡Me siento tan sola, tan desesperada cuando tú no estás! A la que debes mandar a Mangekyō, con mamá, es a Hinata.
—Quise hacerlo; quise alejarla a todas ustedes de este asunto tan desagradable, y afrontarlo y resolverlo yo solo, pero Hinata no escucha mis consejos. Me ha recordado que no es ya sino la esposa de Sasuke no Akuma.
—Efectivamente —corrobora Sakura conteniendo su despecho—. ¡Me da una rabia! Es absurdo, Naruto... Le hicimos mucho daño... mucho daño...
—Es lo que temo, Sakura. Le hicimos tanto daño, que no podrá perdonarnos jamás, que no nos perdona y su desquite es esa adhesión a Sasuke, con la que parece insultarme.
— ¿Adhesión a Sasuke? —se alarma Sakura, tragando bilis— ¿Hinata es adicta a Sasuke?
—En cuerpo y alma. Al menos, esa es su actitud... Actitud que me enfurece, que me ofende, pero frente a la que no tengo fuerza moral. Al fin y al cabo, de cuanto haya sufrido con él, somos nosotros los responsables.
—A lo mejor no ha sufrido tanto... Hinata es tan rara... A lo mejor le gusta esa fiera...
— ¿Puede gustarle? ¿Crees tú que pueda gustarle? —Naruto ha mirado a Sakura de un modo extraño, oprimiéndole el brazo con los dedos crispados, otra vez al desnudo la cruel herida de su amor propio—. ¡Responde! ¿Crees que pueda gustarle? Tú eres mujer, y...
— ¡Por Dios, Naruto, me estás lastimando! Y además, pensando otra vez esa cosa horrible... ¡No vuelvas a ponerte como un loco! ¡Me das miedo...!
—A veces pienso que eres como una niña: inconsciente, alocada... Entonces te perdono de todo corazón. Pero otras, otras... ¡Esto es peor que una pesadilla!
— ¡Espanta la idea mala! ¿Acaso no te he confesado ya toda la verdad?
— ¡Júrame que no hay más de lo que me has confesado! ¡Júramelo!
—Bueno... por... por... ¡Te lo juro por nuestro hijo! Por ese hijo que no ha nacido... Que se muera sin ver la luz del sol... ¡Que no nazca si miento, Naruto! ¡Que no te dé yo el hijo que voy a darte, si no estoy diciéndote la verdad!
La mano de Naruto ha resbalado por sobre la cabeza de Sakura, sujetándola por los cabellos; la ha obligado a mirarlo, hundiéndose en el fondo de sus pupilas inescrutables, pero sólo ve unos frescos labios que tiemblan, unos grandes ojos húmedos de lágrimas, siente alrededor de su cuello el tibio dogal de unos brazos suaves y perfumados... Entonces, vacila, rechazándola un poco:
—Acabaría por volverme loco. En realidad, más vale no pensar...
—Eso... eso... No pienses, querido. Además, ¿por qué tienes que atormentarte tanto? Al fin, la batalla está ganada, pues Sasuke está en tus manos, lo tienes totalmente en tu poder; ¿verdad? ¿Depende de ti perderlo o salvarlo?
—Ya no, Sakura. Fui yo quien le acusé, quien moví mis influencias para que fuese procesado, pero el proceso será imparcial, los jueces obrarán con absoluta libertad de criterio. No podía hacerlo de otro modo, Sakura, sin despreciarme a mí mismo. Quise traerlo para librar a Hinata de su poder, para arrancarla de sus garras... Una vez aquí, le juzgarán con estricta justicia, y el castigo que reciba será el que realmente merezcan sus faltas. Seré cruel, pero no cobarde. Podrá odiarme más de lo que me odia ya, pero no tendrá el derecho de despreciarme, porque no voy a herirlo por la espalda. Todo está en el criterio verdadero de la justicia... Y ahora, por favor, déjame solo. Vete a descansar...
— ¿Y tú no vienes? —Suplica Sakura insinuante—. Te lo ruego, amor mío, no tardes demasiado...
Sakura ha desapareado tras la vieja cortina de damasco, y aún flota en el aire su perfume, aún siente Naruto en el cuello y en las manos la cálida sensación de su roce, aún tiene grabada en su pupilas la dulce sonrisa con que le ha dicho adiós, la mirada insinuante con que le ha invitado a seguirla, desplegando frente a él toda la fuerza sutil de sus encantos... Se ha ido y, al volver la cabeza, Naruto Uchiha ve clavados en él otros ojos, oscuros y profundos, que le miran como taladrándole. Primero es sorpresa; después, el vago desagrado que aquella presencia le produce siempre...
— ¿Qué pasa, Kin?
—Nada, señor Naruto, salí para advertirle que la señora se ha sentido mal toda la tarde... Que desde mediodía está en la cama...
—Lo lamento muchísimo. Supongo que ya han llamado al médico...
—La señora no me ha dejado llamarlo. Dice que son sus achaques de siempre, que no vale la pena de molestar a nadie... Ha tomado sus gotas y su calmante, y, a ruego mío, ha reposado toda la tarde. Ahora duerme, y me permito suplicar al señor, que la deje descansar...
—Naturalmente... En realidad, debería estar tranquila en Mangekyō. Estas cosas no son para su salud delicada...
—Perdóneme, señor, ya voy a retirarme. Pero antes, como la señora no puede informarle, pienso que acaso necesite alguna información que esté a mi alcance.
—No necesito nada, Kin —rehúsa Naruto con sequedad.
—Tal vez le convenga saber que la señora Samui está terriblemente preocupada por el escándalo que pueda provocarse. Quería decirle, además, que la señora no pudo usar la audiencia privada que el gobernador le había otorgado para esta tarde...
—Bien —comenta Naruto cada vez más impaciente—. Supongo que no se habrá perdido nada con ello...
—Claro que no se ha perdido nada —replica Kin con suave perfidia—. La señora Sakura la ha aprovechado...
— ¿Cómo? ¿Qué? —se sorprende Naruto.
—Quiero decir, que fue en lugar del ama...
— ¿Quieres decir, mandada por mi madre?
— ¡Oh, no!, la señora no ha hablado con nadie; pero la señora Sakura mandó preparar el coche, y fue con Anko. Volvió hace apenas media hora...
— ¿Qué estás diciendo? El gobernador no está en Uzushiogakure. Se fue desde las cinco de la tarde a Fuerte de Konoha.
—Entonces, no sé nada. Repito lo que dijo Anko en la cocina: que habían estado toda la tarde con el señor gobernador... ¿Quiere el señor que llame a Anko para preguntarle?
—No, Kin —rechaza Naruto con impulsos de ira—. No suelo tomar informes de los criados. Ya me informará mi esposa de ese asunto, si lo cree necesario. Puedes volver junto a mi madre.
—Gracias... Con su permiso...
Rápidamente ha salvado Naruto la distancia que le separa hasta llegar a la puerta de aquella alcoba en la que supone está Sakura. Tras la conversación con Kin, le ha hervido en las venas la sangre: duda, desconfianza, certeza casi de la perfidia de la que es su esposa, y un violento deseo de castigar en ella su propia ingenuidad, le impulsan ciegamente.
— ¡Sakura... Sakura...! ¡Ábreme esa puerta en el acto! ¿No me oyes? ¡Abre esa puerta! ¿Quieres obligarme a saltar la cerradura?
—Señor Naruto... Pero, ¿es usted? —exclama Anko, calmosa y encantada, tras abrir la puerta de par en par.
— ¿Dónde está tu ama?
—La señora Sakura se está bañando. Ayudándola estaba yo... y por eso tardé en abrir la puerta. Espérese... espérese, señor, que voy a avisarle...
— ¡Quieta!
Inmóvil a la voz de su amo ha quedado Anko, mientras los ojos de Naruto la miden de pies a cabeza y recorren la estancia. En medio de la habitación, antecámara anexa a la alcoba que efectivamente ocupa Sakura, la jovial y calmosa sirvienta seca con el delantal sus desnudos brazos cubiertos de burbujas de perfumada espuma. Un tanto paralizado en su primer impulso, contenida la fiera bocanada de ira que le subió a la cabeza, Naruto examina el rostro de Anko, como midiendo y valorando el crédito que puedan merecer sus palabras, y, sin poder evitarlo, escapa de sus labios la pregunta:
— ¿Saliste con tu ama esta tarde?
—Sí, señor, la pobre señora estaba tan triste...
—Ya. Y fueron a ver al gobernador, ¿verdad?
—La señora Sakura estaba muy apenada con la enfermedad de doña Samui...
— ¡Ya! Y por eso decidió dejarla sola, valiéndose de una audiencia que no era para ella.
— ¡Ay, señor, si usted viera las vueltas que le dio la señora Sakura antes de usarla! Pero como la señora Samui estaba desesperada porque no había conseguido nada...
—Sakura decidió proceder a sus espaldas, ¿eh? cuéntame todo lo que pasó esta tarde, cuéntamelo minuto por minuto, punto por punto... ¡Cuéntamelo sin vacilar, sin pensar qué excusa vas a darme o de qué mentira vas a valerte para disculparla!
— ¿Disculpar a quién, señor?
— ¡A quien sea! Dímelo todo, pronto y claro. Fueron a ver al gobernador usando la audiencia de mi madre, sin que mi madre lo supiera...
—Yo no sé si la señora Samui sabía algo, pero la señora Sakura le dijo al secretario que necesitaba hablar con el gobernador, urgente, urgente...
— ¿No entraste con ella? ¿No oíste lo que hablaron? ¿Estaba o no estaba el gobernador?
—Estaba... ¿No es un señor alto, flaco, de cabello blanco y ojitos negros? Estaba. Y saludó a la señora Sakura y la hizo pasar, y habló con ella un ratito... ¿Quiere que le diga la verdad?
— ¡Naturalmente! ¿Es que no acabas de entender que quiero saberlo todo, todo, hasta los menores detalles?
—Pues la verdad es que estuvimos un ratito nada más. Yo dije en la cocina que habíamos estado toda la tarde, para que rabiaran los criados, y la Kin, que se da tanta importancia. Estuvimos un ratito nada más, y después pasó una cosa muy graciosa...
Anko ha tragado en seco, mirando un instante a su amo sin pestañear, como si despertara, como si sonámbula se detuviera al borde de un abismo y mirara hacia abajo estremeciéndose de espanto. Luego sonríe, haciendo un arma de su sabida estupidez...
— ¿Qué pasó? Acaba. ¿Cuál fue esa cosa que te hizo tanta gracia?
—Pues... pues que la señora quiso pasear. Con tanta pena, con tanta carrera, con tanto susto, y la señora Sakura mandó al cochero que diera vueltas y vueltas por todas las calles, y estuvo de lo más contenta. A la señora no le gusta el campo...
— ¿Y después del paseo...?
—Después del paseo vinimos para casa.
— ¿Sin ver a nadie? ¿Sin hablar con nadie? No intentes decirme una cosa por otra, no busques una mentira, porque te va a costar muy caro. ¿No hicieron sino pasear?
—Toda la tarde, mi amo. Por las calles, por los muelles, por el Fuerte... Después vinimos para acá, y la señora me mandó que le preparara el baño porque quería que usted la encontrara bien linda cuando llegara.
Naruto ha movido la cabeza como si espantara una idea amarga. Luego, se vuelve a la voz que suena a sus espaldas:
— ¿Hasta cuándo crees que voy a esperarte, Anko? ¡Oh... Naruto! Naruto mío, qué pronto complaciste mi súplica. ¿Despachaste ya tu trabajo?
Sin responder a Sakura mira Naruto a las dos mujeres. El rostro de Anko sólo tiene su eterna expresión de tontería satisfecha; el de Sakura se enmascara con su mejor sonrisa.
— ¿Por qué no me hablaste de tu visita al gobernador?
— ¡Oh!, ¿lo sabes? ¿Quién te dijo?
—Quiero saber por qué me lo ocultaste.
Sakura ha suspirado con gesto de resignación. Ha estado escuchando el diálogo de Anko y de Naruto, tiene estudiadas todas las actitudes, todas las palabras, hasta aquel gesto de constricción, hasta aquel ingenuo balbucear que otra vez la hacen aparecer como una adolescente:
—Naruto de mi alma, soy una estúpida, no hago más que disgustarte... pero me da tanta pena que por causa de mi hermana pelees con tu madre... y le prometí a doña Samui...
— ¿Qué prometiste?
—Ya estoy faltando a mi promesa... Prometí callarme... Doña Samui quiere evitar a toda costa el escándalo, para eso me trajo a Uzushiogakure, para que entre las dos suplicáramos, buscáramos... El antiguo gobernador fue amigo de mi madre... Doña Samui pretende que suspendan el juicio, pero no le digas que yo te lo dije, pues me aborrecerá... Júrame que no me denunciarás, Naruto. Tu pobre madre, por amor a ti, y no se lo tomes a mal, no quiere que tu nombre se vea envuelto en el escándalo, y quiere echarle tierra al asunto... Yo prometí ayudarla, pero soy muy torpe, no logré nada...
— ¿Le hablaste al gobernador?
—Sí, pero no te alarmes. Le aseguré que había ido por cuenta propia, que tú no sabías nada, que doña Samui no sabía nada tampoco, que era cuenta mía. Me dio su palabra de callar... convinimos en callar todo el mundo...
—Entonces, ¿te arriesgaste a recibir un desaire, para nada?
—Para nada, Naruto. Pero, de todos modos, más vale que haya sido yo, y no doña Samui. Te aseguro que no sé a qué lado inclinarme, y estaba tan apenada con el fracaso, que no me atreví a volver a la casa y me puse a pasear, a dar vueltas... ¡Tenía tantas ganas de estar en una ciudad! Odio el campo, Naruto. Por no disgustarte, no te he insistido más sobre ese punto. Fue un paseo inocente. Pregúntale a Anko...
Apenas vuelve la cabeza Naruto para mirar a Anko. Con gesto satisfecho, las manos bajo el blanco delantal, sonríe la aludida, como quien recibe ya los parabienes y los regalos que sabe le aguardan al confirmar:
—El señor me preguntó, y yo se lo dije todo, toditito, mi ama. Como usted me tiene mandado que no le diga nunca mentiras al amo, por eso yo...
…
—Sí... Es la muchacha que han encerrado con el patrón de la goleta. Indebidamente, ¿sabes? Y ésta es la orden que traigo para llevármela. Pero antes voy a hablar con él, de modo que abre la reja y déjanos en paz. ¡Anda...!
Obedeciendo mohíno al papel sellado que el notario Akimichi ha puesto bajo sus ojos, el carcelero franquea la doble reja de aquella galera semi subterránea, donde apenas llegan las primeras luces del alba... En el rellano que hace las veces de lecho y de banco, con la chaqueta de marino de Sasuke como cabezal, duerme Karin con aquel sueño feliz y descuidado, típico en ella cuando se siente al amparo de aquel hombre, y sacude Sasuke la hermosa cabeza de rebeldes cabellos, mirando hacia la reja que se abre, avanzando un paso para reconocer con esfuerzo la figurilla familiar que, antes de bajar los oscuros escalones, alza la mano en gesto entre cordial y burlón:
—Buenos días, Sasuke no Akuma... Lamento en el alma volver a encontrarte en semejante lugar.
—Supongo que no habrán faltado sus buenos oficios para lograrlo —augura Sasuke con su habitual sarcasmo.
—Pues vas muy lejos en tus suposiciones —replica el notario algo molesto—. Nada hice para que te atraparan, y no hubieran podido atraparte si desde tiempo atrás hubieses hecho un poco más de caso a mis consejos, en vez de despreciarlos...
—No estoy para sermones... Siéntese si quiere, y hable de lo que venga a hablarme. Supongo que lo envían con alguna proposición. ¿Quién es ahora? ¿Doña Samui? ¿Naruto?
—Hinata Hyūga...
— ¡Ah! —Se impresiona Sasuke—. ¿Y qué solicita mi ilustre esposa? ¿Los datos para pedir la anulación del matrimonio? ¿Mi anuencia para divorciarse? ¿O simplemente la seguridad de que estoy bien encerrado, con doble reja, y en el lugar más inmundo que pudo hallarse en todo el Castillo de Uzushio? Si es eso, puede dársela cumplida. Dele la seguridad absoluta de que hasta el último tripulante del Luzbel, todos estamos bien encerrados, y sobre todos caerá el castigo que les corresponde por el crimen de haberla mirado con los ojos limpios y el corazón alegre, por el delito de amarla y respetarla... Que todos, hasta la pequeño Karin, estamos pagando en buena moneda aquella estancia suya en el Luzbel, en la que no pensamos haberla molestado tanto ni haber llegado a ofender hasta el último extremo a tan ilustre dama...
—Sasuke, ¿quieres no decir más disparates? —Reprende Akimichi—, ¿Quieres cambiar ese tono tan injusto y tan desagradable?
— ¿Desagradable? Puede... ¿Injusto? ¡Injusto, sí, es verdad! No es ése el tono que debo usar para hablar de ella. Debo decir que es la comediante más refinada, la más cruel y vengativa de las simuladoras, la más malvada de las pérfidas... ¡Todo eso es mi ilustrísima esposa! Pero, ¿qué quiere de mí? ¿Qué más pretende? ¡Acabe de hablar, Akimichi!
—Estoy esperando que me des la oportunidad, hijo de mi alma —replica Akimichi algo sofocado—. Te dije que venía por un encargo, pero no se refiere a ti precisamente. Mira este papel, y vete enterando...
— ¿Una orden de libertad para Karin? ¡Ah! ¿Aún le resta un poco de compasión? ¿La conciencia le dio un ramalazo, o le despertó una parte del espíritu de justicia? Al menos, salva de todo esto a Karin. Podía haberlo hecho antes...
—Trató de hacerlo, y no la dejaron. Ni es ella quien les ha encarcelado, ni la creo responsable de lo que te pasa. Por el contrario... Está muy disgustada, terriblemente disgustada con Naruto por la forma en que él ha llevado las cosas...
—Ya... —desprecia Sasuke, sarcástico—, ¡Santa Hinata! ¡Oh, tierno corazón de mujer cristiana! Al réprobo hay que quemarlo con leña verde para que la hoguera no prenda tan de prisa y que el tormento dure más...
Rabiosamente ha dicho Sasuke las últimas palabras encarándose a Akimichi, que retrocede para tomar aliento, abrumado por la violencia con que la cólera de Sasuke estalla, tratando de encontrar en vano la palabra que ha de calmarlo:
— ¡Sasuke... Sasuke, siempre el mismo rebelde, siempre el mismo lobo furioso! Por si no lo sabes, quiero decirte una cosa: vas a un juicio legal; van a juzgarte, según las leyes, jueces imparciales, y no se te va a acusar de más delitos que los que has cometido en realidad.
—El secuestro de Hinata...
—No está entre los cargos. Claro que no sé lo que dirá ella ante los tribunales...
— ¿Ante los tribunales? ¿Piensa ir personalmente? ¡Esa sí que es una noticia extraordinaria! Pensé que delegaría en su ilustre defensor y cuñado, que buscaría el amable refugio de los jardines de Mangekyō. Es allí donde está, ¿no es cierto? ¡Es allí donde la ha llevado Naruto!
—Hinata está en su casa, y no creo que se preste a nada que no le apruebe su conciencia. También haces mal al suponer que Naruto es capaz de comprar un tribunal para que te condene. Aunque tú no lo creas, van a tratarte con justicia, porque Naruto es un enemigo leal; o mejor dicho, creo que ni siquiera es tu enemigo...
— ¡Pues hace mal, porque, después de esto, yo lo seré de él con toda mi alma! Dígale que se cuide, que se defienda, que al fin estamos en la única forma que podemos estar: como enemigos claros y francos. Y ahora...
—No me iré sin la niña.
Ambos han vuelto la cabeza. La luz del día que nace penetra ya por la larga reja de la galera, dando de lleno sobre la muchacha pelirroja que se incorpora del banco de piedra, mientras sus grandes ojos asustados van de uno a otro de aquellos dos hombres. Pero la voz de Sasuke resuena imperiosa:
— ¡Levántate, Karin! ¿Recuerdas al notario Akimichi? Viene a buscarte. Ese papel que tiene en la mano es la orden de libertad. ¡De tu libertad!
— ¿Para mí? ¿Para mí sola...?
—Para ti sola. Y supongo que Santa Hinata pensará que con eso ya ha hecho demasiado.
—No envenenes a la niña. ¿Tú qué sabes? —Reprocha Akimichi—. Vengo a buscarte en nombre de tu ama, hijita: la señora Hinata ha logrado que te pongan en libertad y quiere que te lleve a su lado.
— ¿Sin el patrón? ¡Yo no quiero dejarlo, patrón! ¡Déjeme con usted! ¡Yo no quiero irme con nadie!
— ¿Ni con tu ama que tanto se preocupó por ti? Pues eres bien ingrata...
—No le crea, Akimichi, simplemente aprendió a desconfiar, se encargaron de enseñárselo —explica Sasuke. Y dirigiéndose a la muchacha, le aconseja—: Pero ahora no hay razón, al menos para ti. Anda, ve con Santa Hinata y sírvela como cuando estabas en el barco. Yo no te necesito aquí, y ella, seguramente, te cuidará bien. Siempre será un descargo para su alma...
—Lamento mucho que no quieras entender que Hinata no es culpable de nada —se queja Akimichi.
— ¿De nada? Está usted muy seguro, Akimichi. ¿Podría asegurar con la misma firmeza que no fueron las cartas de Hinata las que movieron a Naruto? Ahora quiere amparar a Karin, seguramente como una expiación por la imprudente sinceridad de una carta que me ha hecho parar en el Castillo de Uzushio.
—No conozco bastante a Hinata como para poder asegurar lo contrario, pero aun siendo así, no habría nada que reprocharle.
—Usted no, claro... Pero yo soñé demasiado...
—Sasuke, ¿qué tratas de decirme? —se sorprende Akimichi, emocionado.
— ¡Nada! —El toque de una corneta llega hasta ellos, y Sasuke advierte—: Cambian la guardia. Creo que debe usted marcharse. Si su permiso no era para visitarme...
—Era sólo para recoger a Karin y, en efecto, debo marcharme. Dentro de dos horas estarás frente al tribunal que ha de juzgarte, y supongo que no te faltará un buen abogado...
—Responderé yo mismo a las acusaciones del tribunal —señala Sasuke con altivez. Y dirigiéndose a Karin le ordena—: Ve tranquila, muchacha. Iré a buscarte tan pronto como me devuelvan la libertad.
Ha acariciado con su mano ancha la enmarañada cabecita escarlata. Luego vuelve la espalda, alejándose hacia el fondo de la galera, mientras Akimichi sale silenciosamente llevando a Karin de la mano. Sasuke ha vuelto hacia las rejas, se ha inclinado hasta mirar la estrecha franja de cielo azul que asoma sobre los muros almenados, y ha sentido que aquel trozo de cielo es como un fino puñal de recuerdos clavándose en su alma, y murmura como para sí:
Gratitud... gratitud... Sin embargo, ella dijo: felicidad... Y había luz de dicha en sus ojos. ¿Por qué se iluminaban? ¿Sabía ya, tenía la esperanza de escapar? ¿Qué había en sus pupilas? ¿Era la luz del triunfo? ¿Se burlaba acaso? Había amor en sus ojos... pero, ¿para quién era ese amor?
Sus manos se han cerrado sobre las duras rejas, ha inclinado la frente y ya no mira el cielo azul, sino los negros y carcomidos muros del patio... Una ola de inmensa amargura pasa por su alma y, en esa ola, su esperanza naufraga, al protestar:
—Sí, era amor... ¡Amor... para Naruto!
…
Una ola gigante se apaga en la playa, casi bajo los pies de Hinata, y luego el mar parece aquietarse. La luz del día que nace, aquella misma luz que los ojos de Sasuke contemplan a través de las rejas de su galera, baña de pies a cabeza el cuerpo grácil de la mujer que se ha detenido un instante, clavando las diáfanas pupilas en el ancho mar... Casi le parece mentira haber regresado... Está en su isla convulsa, en la tierra que le viera nacer, entre los negros acantilados y la pequeña playa que fue tálamo del amor tormentoso de Sakura y Sasuke. ¿Por qué ha vuelto con ansia a aquel lugar? ¿Qué anhelo desesperado, de revolver el puñal en su propia herida, la impulsa? ¿Qué deseo insensato de matar, a fuerza de martirio, un sentimiento que ya la afrenta, la empuja hacia aquel lugar? Ella misma no lo sabe. Como si con sus manos monjiles empuñara las cuerdas del silicio para herir sus carnes, así toma aquel pensamiento que la desgarra, azotando en él sus sentimientos, sus ensueños, su loco amor por Sasuke... Ha llegado a la entrada de la gruta y, como antaño Sakura, es ahora ella quien pronuncia aquel nombre, como si lo besara al pronunciarlo:
— ¡Sasuke... mi Sasuke...! —Más reaccionando con amargura, repele—: Pero no... Nunca fue mío... Jamás... Jamás... ¡Es de ella, de la que supo ahogarlo con su perfume, de la que supo sepultarlo en su fango! ¡Sólo por ella vivía, sólo por ella esperaba...!
Ha caído de rodillas, con el mismo temblor convulso que un día sacudiera a Sakura en aquel mismo lugar. Y, como ella entonces, deja correr las lágrimas amargas...
¡Debo olvidar, debo arrancarme del corazón su imagen...! ¡Oh...!.
Repentinamente ha pensado en Naruto, ha recordado su antiguo amor, el que envenenara su adolescencia, el que le hiciera vestir los hábitos, el que sólo es ya como una sombra sobre su alma. No... No quiere a Naruto, casi le sorprende pensar que alguna vez le amó, y su imagen se borra, mientras se hace más fuerte la de Sasuke, como si se levantara, trazada con caracteres de fuego, desde el fondo de su alma...
"Sasuke, el pirata... Sasuke, el salvaje... Sasuke no Akuma..."
Pero sus ojos lloran sin que ella pueda detener esas lágrimas. Por encima de sus palabras hay algo que se clava en su corazón y en su carne: aquellos brazos estrechándola, aquellos labios sobre los suyos, aquella mirada de odio o de amor que ardía como una hoguera en los ojos de Sasuke...
"Amor... Sí... amor por Sakura. ¡Su amor de siempre! ¡Su amor, que no se acaba!"
…
Con paso leve, con ademán ondulante, con tierna sonrisa, con cálida mirada, toda ella carne de tentación y de deseo, Sakura se ha acercado a Naruto, cruzando aquella estancia anexa a la alcoba, en cuyo rincón, sobre una vieja mesa, ha amontonado Naruto notas y papeles, desdeñando los delicados fiambres, la botella de champaña entre el cubo de hielo derretido, las perfumadas frutas y las sabrosas confituras a las que no parece haber prestado la menor atención...
—Naruto mío, ¿hasta cuándo?
—Por favor, déjame acabar...
—Pero acabar, ¿de qué? Te has pasado la noche sentado frente a esos papeles sin hacer más que releerlos y mirarlos...
— ¿La noche? —murmura Naruto desconcertado—. Sí... claro... Es increíble... Pasó la noche ya, y hoy es de día...
— ¿Te das cuenta de que he pasado la noche esperándote? —insinúa Sakura con una queja mimosa.
—Dispénsame. Ya te advertí que tenía muchas cosas de qué ocuparme. Supongo que tú sí te habrás acostado y habrás dormido algo, ¿no? Perdóname... No me he dado cuenta de que pasaba el tiempo, y...
—Naruto, ¿Adónde vas?
— ¿Dónde he de ir sino a bañarme, a afeitarme, a cambiarme de ropa? Como estoy, no puedo presentarme en los tribunales...
— ¿Vas a los tribunales? Podías hacer que te representaran... Si vas personalmente, te harán pasar un rato horrible... Tú tienes derecho de enviar un abogado en tu lugar. ¿Por qué no mandas a Akimichi, por ejemplo?
—Akimichi no sabe nada de este asunto. Ni ha intervenido, ni yo deseo que intervenga, sin contar con que, probablemente, no aceptaría la comisión. Siente demasiada simpatía por Sasuke...
— ¿Qué puede importar eso? ¿No eres tú quien le pagas?
—No pago su conciencia, Sakura. Su corazón y sus afectos le pertenecen totalmente...
—Ya... Tienes miedo de que no apriete bien los tornillos... Estás muy empeñado en hacer condenar a Sasuke... ¡Pobre Sasuke!
— ¿A qué viene ahora compadecerlo? —Se revuelve Naruto con visible malhumor—. Más natural sería que te compadecieras de tu hermana. Ella es la única víctima de todo esto.
— ¡Qué razón tienen los que dicen que debe uno morirse antes de confesar una falta! Ahora no piensas más que en Hinata...
—Aunque así fuera, ya era hora de que alguien pensara en ella...
—Sientes no haberlo hecho hasta ahora, ¿verdad? —espeta Sakura con cierta ira.
—Pues bien... Si así fuera...
—Si así fuera, ¿qué? —apremia Sakura colérica—. ¡Acaba! ¡Dímelo de una vez! Si así fuera, no harías sino corresponder al afecto callado y solícito que ella guardó para ti durante tanto tiempo... Si así fuera, no harías sino corresponder al amor que mi hermana te tuvo siempre, a ese amor que no supiste ver y que ahora te pesa, ¿verdad? ¡Dilo claro, dilo de una vez! ¡Di que te pesa, que sientes haberte casado conmigo y no con ella! ¡Acaba por fin de confesarlo!
— ¡Basta! ¡No tienes sino un ridículo ataque de celos! Lo único que yo estoy haciendo, es remediar una falta tuya.
— ¿Y si no hubiera sido una falta, sino el ejercicio de mi legítimo derecho a defenderme? ¿Si hubiera preferido ver a mi hermana casada... con cualquiera, con Sasuke no Akuma, con tal de no verla al lado tuyo?
— ¡No inventes ahora eso!
— ¡No es una invención, es una verdad que salta a la vista! ¿Y sabes cuál es la única manera de convencerme? ¡Permitiendo que Sasuke sea puesto en libertad! Haciendo lo posible, y lo imposible, para que lo absuelvan los jueces, y devolviéndole lo que le has quitado. Si no lo haces, pensaré que toda tu protección a Hinata no es más que por celos. ¡Sí... por celos de Sasuke!
— ¡Basta! Acabarás por volverme loco si sigo escuchándote. Y además, ya está bien justo el tiempo. Voy a ir a ese tribunal para sostener mi acusación y para darle a Hinata la oportunidad de tomar el camino que quiera. Para eso hice cuanto he hecho, y hasta el fin lo llevaré, porque hasta el fin tengo que llevarlo. —Y dando un portazo violento, Naruto sale de la habitación dejando a Sakura sola y furiosa hasta tal extremo, que le hace amenazar con rabia:
— ¡Estúpido... grosero! ¡Pero no harás condenar a Sasuke! ¿Quieres guerra, Naruto? ¿Quieres guerra descubierta? ¡Pues tendrás guerra!
…
Apoyando la mano en las rugosas paredes de la gruta, Hinata se ha puesto de pie. No sabe cuánto tiempo ha pasado. No sabe cómo ni por qué llegó a aquel lugar, donde la noción de la realidad se pierde, donde su alma parece naufragar en el océano amargo de mil recuerdos y sentimientos encontrados... Pero la voz de bronce de la vieja campana, la sacude, despertando su voluntad y trayéndola al momento presente... Con paso inseguro, emprende la terrible ascensión de los acantilados, mientras murmura:
— ¡Dios mío... Esas campanas... la hora, el juicio...!
Las puertecillas del fondo se abren dando acceso al paso perezoso de los jueces y de los escribanos. En los asientos reservados para las personas importantes, va espesándose la concurrencia aristocrática, la flor y nata de la pequeña sociedad Remolineña, especialmente en su representación masculina: médicos, abogados, comerciantes, alguno que otro nombre ilustre en Konoha, ahora dorado al sol de las plantaciones de cacao, de café, de caña... Todos van llegando como al descuido, todos se acercan al olor picante de aquel escándalo que envuelve al nombre más alto y las arcas mejor repletas de la isla. Han venido hasta plantadores de Fuerte de Konoha y hacendados del Sur, que se saludan como si les sorprendiera encontrarse... También se ven los uniformes azules de los marinos y los de colores más brillantes de las oficialidades de tierra... Pero el cuchicheo calla de repente, las cabezas se vuelven, los ojos se fijan con una atención más profunda cuando, esquivando la mano inoportuna de los gendarmes que le guardan, cruza el acusado el corto trecho que le separa de su tribuna... El presidente del tribunal agita una campanilla de vibrante tintinear, y ordena:
— ¡Silencio... Silencio! Ocupe su tribuna, acusado. Diga su nombre, apellido, edad y profesión.
Sasuke ha sonreído con su sonrisa amarga, recorriendo de una sola mirada la ancha sala del tribunal. Todos los ojos están fijos en él, todos los oídos lo escuchan con ansia, y de repente siente que es un símbolo de su vida: ¡el mundo contra él, y él contra todo!
— ¿No me ha oído, acusado? Su nombre, su apellido, su edad, su profesión...
—Excuse su Excelencia si me tomé un momento para pensar —se disculpa Sasuke con sarcástico respeto—. En realidad, no es fácil dar respuesta a sus cuatro preguntas. No creo que nadie se haya tomado el trabajo de bautizarme: no tengo nombre. Ningún hombre reconoció jamás ser mi padre: no tengo apellido. Que yo sepa, no existe ningún testigo de mi nacimiento... la fecha es indeterminada: no tengo edad. ¿Mi profesión? Cada uno la llama como le conviene llamarla. En realidad, no tengo profesión, pero como la respuesta es obligatoria, repetiré las palabras de los demás: soy Sasuke no Akuma, el contrabandista, el pirata...
— ¡Su respuesta es absolutamente insolente, acusado! No le ayudará esa actitud frente a este Tribunal.
—Ninguna actitud que yo tome, ha de ayudarme...
— ¡Basta! Limítese a responder cuando se le pregunte.
—Perdón —acata Sasuke en tono irónico—. Creí que su Excelencia me hablaba directamente, y me tomé la libertad de explicarle...
— ¡Silencio todos! —Ordena el presidente agitando de nuevo la campanilla—. Y usted, acusado, procure guardar mayor respeto y compostura en sus respuestas hacia este Tribunal. ¡De pie, para escuchar el acta del proceso!
Sasuke se ha limitado a cruzar los brazos, mientras un menudo hombrecillo de cabellos canos se agita en su toga, desenrollando el fárrago de las acusaciones, y comienza a leer:
—"Hoy, veinte de marzo de mil novecientos dos, en la ciudad de Uzushiogakure y ante este Tribunal, se presenta el acusado, Sasuke, sin apellido, conocido por Sasuke no Akuma, de edad aproximada entre los veinticinco y los veintiocho años, de raza blanca, estatura un metro ochenta, cabellos negros, ojos negros, barba afeitada, profesión pescador o marino en barcos de cabotaje, estado civil casado, propietario de la goleta Luzbel, con patente de esta ciudad; de otra parte, el acusador, don Naruto Uchiha y Uzumaki, de edad veintiséis años, ciudadano de Konoha, natural de El Remolino, de cabellos rubios, ojos azules, barba afeitada, complexión delgada, estatura un metro ochenta, contribuyente número uno de los municipios de Nida, Shoda, Ichibi, Kage, Kuma, Uzushiogakure y Fuerte de Konoha, propietario de las fincas denominadas Mangekyō, Sharingan y Tsukuyumi, con residencia en esta ciudad y en las antedichas fincas, estado civil casado, oficial de la reserva, graduado en Konohagakure, ante este tribunal reclama, contra Sasuke sin apellido, conocido por Sasuke no Akuma, por deudas, cohecho y abuso de confianza, y presenta otros cargos que hacen del llamado Sasuke no Akuma un individuo indeseable, como contrabandista, defraudador del fisco y transporte indebido de pasajeros, a más del secuestro de una niño conocida por Karin, y numerosos juicios de faltas por riñas, injurias, juegos prohibidos, golpes y heridas en individuos que a su debido tiempo, y como testigos, se irán presentando. El acusador pide la detención inmediata de Sasuke, la investigación de sus hechos delictuosos, el embargo de su única propiedad, consistente en la goleta Luzbel, para cubrir el pago de su deuda, y la entrega, a quien corresponda, de la muchacha secuestrada. Pide, asimismo, sea juzgado Sasuke, y castigado, de acuerdo con las leyes, a las penas correspondientes, vigentes en los Artículos 227 y 304 de nuestro actual Código Penal. He dicho".
La mirada de Sasuke ha recorrido otra vez, lentamente, la sala, mirando uno a uno cada rostro vuelto hacia él. Desde el respetable presidente del tribunal a los gendarmes de altas botas y sable en bandolera que le guardan en actitud expectante, como dispuestos a saltar sobre él al primer movimiento... Luego, sus pupilas parecen dilatarse, su boca se crispa en un gesto de sarcasmo, de ira, casi de asco... Toda su atención se fija en un solo rostro, de claros ojos y rubios cabellos, impecablemente vestido, pulcramente afeitado, un poco pálidas las mejillas, un algo incierto el paso: el hombre de quien la sangre le hace hermano...
—En su calidad de acusador, este tribunal cede la palabra a don Naruto Uchiha y Uzumaki —expone el presidente.
—No ocupo por mi gusto el lugar del fiscal, señores magistrados —empieza a explicar Naruto en tono seguro y pausado—, ni es la pequeña deuda personal que tiene conmigo Sasuke no Akuma lo que me ha hecho acusarlo, denunciarlo, promover su extradición y ponerlo, al fin, ante este tribunal. Es mi deber indeclinable, es mi situación de ciudadano de El Remolino, y de jefe de mi familia, consanguínea y derivada, lo que me ha obligado a asumir la actitud que hoy presento. El hombre a quien acuso pertenece a ella por razones de enlace matrimonial. Eso, todos lo saben. Anticipándome a las insinuaciones maliciosas, a las alusiones veladas, a las medias palabras, proclamo también ante este tribunal que no ignoro, y él sabe, que otros lazos de sangre nos atan... Mi declaración es insólita, y muchos juzgarán que improcedente y hasta indecorosa. Muchos juzgarán que debería yo callar lo que a mi paso todos murmuran, lo que a mis espaldas todos comentan, lo que no es un secreto para nadie, lo que, a pesar suyo, llena desde los primeros momentos el pensamiento de los señores magistrados y de cuantos se hallan presentes en este tribunal. Ya que todos lo piensan, prefiero yo decirlo sin titubeos: Sasuke no Akuma es mi hermano...
— ¡Silencio! ¡Silencio...! —ordena el presidente agitando furiosamente la campanilla en un vano intento de acallar los murmullos, las exclamaciones y el alboroto que las palabras de Naruto han levantado en la sala.
—Pero olvidemos este detalle, mellada el arma que algunos pensaban esgrimir contra mí —prosigue Naruto dominando la situación—. Considero a Sasuke un sujeto indeseable en nuestro ambiente y comunidad: díscolo y violento, pendenciero y audaz, irrespetuoso de las leyes, burlador de las ordenanzas, y, lamentablemente, de baja calidad moral... No soy yo quien va a afirmarlo, sino los testigos que uno a uno van a presentarse ante este tribunal... testigos de las tristes hazañas de Sasuke no Akuma... desde la tripulación de ese barco que sólo sirvió para transportar contrabando y carga robada, hasta la pequeña Karin, arrancada de manos de sus parientes con el pretexto sentimental de no ser bien tratada... Antes de proseguir mi acusación, pido la presencia del primer testigo ante este tribunal...
…
— ¡Válgame Dios! ¿Qué es eso. Anko? —pregunta Sakura asustada.
— ¿Pues qué va a ser, mi ama? La gente... —explica Anko calmosa—. Cuando estábamos abajo y usted andaba preguntando, yo me asomé por la ventana, y allí estaban todos: el juez, los gendarmes, Sasuke no Akuma y el señor Naruto, habla que te habla...
Pálida, jadeante, toda nervios y excitación, cruza Sakura con su rápido paso una de aquellas galerías que sirven de antesala al salón de los tribunales. A pesar de su audacia, tiembla; por encima de su determinación, hay en sus frescas mejillas una palidez extraña; los ojos verdes, asustados, miran a todas partes, y sólo es un sedante para su excitación terrible la plácida calma con que Anko sonríe dando vueltas y vueltas a su largo collar, entre sus dedos.
—Si ha empezado ya el juicio, no habrá tiempo de nada.
—Pues claro que hay tiempo, mi ama. No se mortifique tanto. Deje usted que vayan al juicio y que digan y digan hasta que se cansen. El gobernador se lo arregla a usted todo, todo, todo...
— ¡Calla! El viejo gobernador es un imbécil. Sólo a él se le ocurre desaparecer en un momento semejante.
—De tonto no tiene nada, al contrario. El vio que se iban a enredar los cordeles y seguro que determinó: yo mejor me largo... Porque es lo que yo digo: quien manda, manda, y el señor gobernador...
— ¿Quieres callarte y no seguir diciendo tonterías? Por culpa tuya hemos llegado tarde. Cállate y ayúdame a pensar. Necesito hablar con los jueces, con los jurados; necesito ponerme en contacto con los que van a juzgar, antes de que el juicio haya ido demasiado lejos...
Repentinamente, una de las puertas laterales sé ha abierto y un hombre joven, con uniforme de oficial Umigakurense, aparece en su marco. Impulsada por su intuición maravillosa, Sakura va hacia él sin vacilar, y saluda:
—Buenos días. ¿Es usted uno de los testigos contra Sasuke no Akuma? —Ha avanzado hasta estar muy cerca de aquel hombre, que desconcertado retrocede un paso, y sus verdísimos ojos parecen medirle y valorarle con una mirada de miel y fuego. Luego, se acerca aún más hasta el desconcertado joven y melosa, le halaga—: Creo que puedo adivinar, quién es usted, por su uniforme y por sus maneras. ¿Se trata del oficial que le tomó prisionero en Taro? Por ahí se dice que tiene usted cosas horribles que contar de Sasuke...
—Lo que tengo que contar, señorita —aclara el oficial en tono de reserva—, podrá escucharlo si pasa al departamento del público. Fuera de la Sala de Audiencia no puedo informarle, pues está prohibido hablar con los testigos. No sé si usted lo sabe...
—Yo sólo sé que lo que necesito es hallar a un amigo, alguien en quien confiar, un hombre lo bastante discreto para guardar silencio y lo bastante audaz para ayudarme. Perdóneme si me dirijo a usted sin conocerle, señor oficial, pero estoy desesperada...
Sakura ha avanzado hacia Itachi Miura, que esta vez no retrocede... Permanece mirándola muy de cerca, como si el fuego de aquellos ojos verdes le deslumbrara, como si el acento ardiente y apasionado de aquellas palabras paralizara su voluntad...
—Usted es un héroe, lo sé. He oído los comentarios; las cosas que hizo usted en ese horrible viaje...
—En ese horrible viaje, si hubo un héroe no fui yo precisamente, sino Sasuke no Akuma. Pero, repito, tengo prohibido hablar con nadie, señorita. Salí un instante de la sala de testigos, y tengo que volver en seguida, porque me van a llamar...
— ¡Escúcheme, por favor! No es posible que me vuelva así la espalda... ¿No tendrá usted piedad de una pobre mujer?
—Yo, sí... pero... Es que... —balbucea el oficial, confuso.
—Usted va a declarar contra Sasuke...
—Yo voy a decir sólo la verdad, señorita, la absoluta verdad de lo ocurrido durante el viaje, que no creo perjudique a ese hombre, sino al contrario... De lo demás, no sé absolutamente nada, pues ignoro hasta los motivos del proceso. Responderé cuando me pregunten, y nada más...
—Sasuke no Akuma es inocente; ¡ha caído en una trampa, en una celada! ¡Todos están contra él! El gobernador me había prometido ayudarme, pero no ha querido enemistarse con la gente poderosa que quiere perder a Sasuke por motivos particulares. Es un asunto personal, absolutamente ajeno a la justicia, lo que ha hecho a Naruto Uchiha acusarlo. ¡Es preciso que me ayude usted a salvarlo!
—Pero, ¿cómo? ¿En qué forma?
—A veces, una palabra salva.
—No será la mía, por desgracia. La suerte del juicio depende de otros testigos, no de mí, señorita. Hay, por ejemplo, un hombre con el brazo aún entablillado. Creo que fue víctima de una agresión. Seguramente lo que él diga tendrá peso, como lo tendrá la declaración de la muchacha que, según dicen, ha secuestrado. También hay algunos pequeños comerciantes, creo que perjudicados por él... Ya le digo, soy el menos indicado...
— ¡Yo necesito hablar con todos ésos! Escúcheme... Usted no va a negarme un favor insignificante...
Ha apoyado su mano suave y cálida en el brazo del oficial, y el perfume sutil que impregna su persona llega hasta el joven envolviéndolo con una tibia sensación que debilita su voluntad. Con angustia, mira a todos lados, fijando luego los ojos en aquellas bellísimas pupilas de mujer clavadas en las suyas como hipnotizándole. Itachi siente desmoronarse su fortaleza. Y comprendiéndolo así, Sakura insiste, zalamera:
—Confío en usted... El corazón me dice que debo confiar... Es mi buena estrella la que lo ha hecho asomarse... Usted puede hacer llegar algunos recados de mi parte a los testigos de esa sala...
— ¡No, no, imposible! —protesta el oficial confundido.
—No diga esa palabra tan dura, no mate así mis últimas esperanzas... Sólo dos cosas... aunque no sean sino dos cosas. Ponga usted este dinero en manos del hombre del brazo entablillado y diga en su oído la consigna; ¡Hay que salvar a Sasuke no Akuma! También puede hacer llegar a manos de Sasuke un papel de mi parte...
— ¡No es posible! Está estrictamente prohibido, tenga en cuenta que yo, menos que nadie, por mi calidad de oficial, y de oficial extranjero...
— ¿Qué le importan a usted las leyes de Konoha? —Refuta Sakura con tierna insinuación—. Además, no le estoy pidiendo que haga nada, absolutamente nada público, sino particular. El papel que quiero que haga llegar a sus manos, en privado. Son solos unas líneas... unas líneas para sostener su ánimo... Justamente aquí traigo un trocito de papel. Si tiene usted un lápiz...
—Sí, aquí lo tengo... Pero... —vacila el oficial.
—Préstemelo un instante. Son unas líneas. Unas líneas nada más, pero esas líneas van a darle fuerzas, cambiarán su ánimo. Estoy plenamente segura que después de leerlas... —Ha arrebatado el lápiz de la mano vacilante del oficial, ha escrito unas breves líneas a toda prisa, ha doblado luego el papel en cuatro, dobleces, cerrando ella misma, con la dulzura de sus dedos suaves, la mano que se niega a tomarlo, al tiempo que suplica—: Sé que hallará usted la forma de que Sasuke lea esto antes de que comience a declarar. Y sé también que hará usted lo que le digo...
—Si su empeño es tan grande... Pero lo cierto es que yo... yo... —habla confuso el oficial.
—Usted tendrá mi gratitud, para siempre —insinúa Sakura provocativa—. Para siempre y en todo lugar, tendrá usted en mí una amiga... Una amiga para todo... Créamelo, oficial... ¿Su nombres es...?
—Itachi... Itachi Miura, para servirla... Pero... —Se detiene un momento y, con vivo interés, pregunta—: ¿Y usted, señorita? ¿Puedo saber con qué nombre debo recordarla?
—Lo sabrá demasiado pronto... Confío en su caballerosidad... Confío hasta el extremo de decirle algo con lo que me juego hasta la vida. ¡Recuérdeme como a la mujer que da su sangre por Sasuke no Akuma!
N/A: Y hasta aquí llegamos hoy. Sakura haciendo de las suyas como siempre… Naruto celoso de Sasuke, pero sin dejar de ser justo con el juicio imparcial… Hinata sufriendo creyendo lo que no es… y Sasuke, bueno ese está igual que su amada Hyūga. Esto es un enredo total.
Me causa gracia la parte donde Anko le miente a Naruto, ella ya iba a soltar toda la sopa y zas, la idiota que reacciona a tiempo y arregla la mentira.
Y Karin, awww, qué ternurita :3, cada vez que llego a sus escenas, me entran ganas de comérmela a besos.
Bueno también les pongo aquí lo del aviso, sí, me voy a mudar por motivos de trabajo a otro estado, ahora casi no tendré tiempo de actualizar tan frecuentemente, pero no los voy a abandonar, es una nueva oportunidad que no quiero desaprovechar y que seguramente deparará grandes cosas a futuro.
Ando algo melancólica, voy a extrañar mi casa, a mi familia, mi cuarto, a mis Baby's (tengo dos terremotico que se llaman Kimi y Chiquita)… a mis vecinos que tanto quiero, a todos. Creo que FF será una vía de escape para cuando me sienta solita en mi nueva vida, pero como dicen por ahí, quien no arriesga no gana y tengo muchas esperanzas en esto.
Con respecto a lo otro, bueno, mi tía ha estado serena, tomando todo con calma, siguiendo su tratamiento al pie de la letra y eso me deja más tranquila ahora que tengo que irme. Todos están contentos con esta nueva oportunidad.
Con respecto a los reviews, bueno creo que responderé la siguiente vez, jajaja ando algo ocupada haciendo mis maletas, es estresante porque no hallo un lugar para meter mi nebulizador (hola, asmática a la vista), es lo único que me falta por empacar y creo que terminaré llevándolo en mi bolso de mano (y pesa como tres kilos).
Bueno, ya sin más que añadir —aquí me puse a escribir a lo tonto como si ustedes quisieran saber mis dilemas con el equipaje xD—, me despido de ustedes.
Hasta una próxima oportunidad, nos leemos pronto.
Sayonara!
Lis
PS: Los que me siguen seguro ya vieron la nueva historia que voy a empezar después de esta, me van a matar porque me pasé al lado oscuro, yo escribiré SasuSaku, jajaja pero es porque en lo que tengo pensado requiere ajuro y porque sí SasuSaku —nótese que se me salió lo venezolano—. Ese va a ser un long-fic y va a estar tratando temas fuertes, que reflejan muchos de los problemas que enfrentan día a día algunos de nuestros países latinoamericanos.
No sé si será tan largo como BL&R o si será más corto, no sé… la duración irá saliendo sobre la marcha, ya llevo algo adelantado, en especial las historias detrás de nuestros cuatro protagonistas principales, Itachi, Hinata, Sasuke y Sakura.
Espero ver a muchos de ustedes por allá cuando empiece a publicarla.
Ahora sí, nos leemos pronto, chaito…
