Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.


11. (IN)COMUNICATIVO


Todo el mundo lo sabía. Castle era un charlatán, hablaba mucho. Simplemente era incapaz de cerrar la boca. Parecía que era la única cosa que estaba más allá de sus capacidades. Pero que otra cosa podía esperarse de él; después de todo era su fuerte, las palabras.

A veces, Beckett pensaba que Castle hablaba sólo por hablar, sólo por hacer algo, y también estaba convencida de que disfrutaba haciéndolo con la única intención de molestarla o llamar su atención. Pero después de tanto tiempo, Beckett había aprendido a bloquear lo que no necesitaba ni quería escuchar. Hasta ahora, ella pensaba que lo había oído todo de él. Habían pasado por todas las clases de múltiples e incesantes teorías que Beckett creía a Castle capaz de conjurar. Desde sus favoritas, y más populares, de espías, conspiraciones y la CIA, hasta las teorías pervertidas, paranormales… e incluso de viajes en el tiempo y alienígenas. Pero aparentemente su imaginación no tenía límite, especialmente cuando casos raros se cruzaban por su camino, lo que muy a pesar de Beckett, ocurría bastante a menudo. Era entonces cuando la salvaje creatividad de Castle entraba en acción y las locas teorías comenzaban a brotar de su boca. Cuando esto sucedía, ni él, ni su mente, ni su lengua eran controlables. Bueno…, había unas pocas maneras con las que ella era capaz controlarle y hacerle callar, pero esas técnicas no eran decentes para poder usarlas en público, algunas de ellas ni siquiera eran decentes para poner en práctica cuando estaban los dos a solas.

Así que cuando, tres días antes, Beckett entró en su última escena de crimen y vio a su víctima tendida en el suelo en medio de una plaza pública, llevando solamente unos bóxers blancos, cubierto con cientos de billetes de un dólar, y con una flecha antigua saliéndole del corazón, Kate sabía que sería el típico relato de Richard Castle donde ficción se encuentra con la vida real. Y como ella ya había anticipado, una mirada al cuerpo e inmediatamente la mente de Castle empezó a tramar escenarios y a conspirar con un Robin Hood moderno como protagonista. Pero no se quedó allí, claro que no. Su teoría evolucionó y terminó siendo una versión macarra y oscura de Cupido propia de los hermanos Grimm. Así que, como era de esperar, tras tres largos e insufribles días soportando su incesante parloteo, Kate finalmente estalló y le ordenó a su compañero seriamente que se fuera a casa para así poder dejarla concentrarse y resolver el caso sin sus constantes distracciones.


Esa noche, en su ascensión al loft, ella intentó llamarlo al móvil por quinta vez, pero después de siete tonos saltaba al buzón de voz. Ahora se sentía mal; quizá había sido demasiado dura con él. Cuando Beckett salió del ascensor, un lejano pero sonoro retumbo llenaba el pasillo y se percató de que venía de dentro del loft. Kate llamó a la puerta y esperó. Diez segundos más tarde llamó dos veces al timbre. Aun así nadie respondió. Con el puño cerrado, golpeó más fuerte pero sin ninguna respuesta. Iba a sacar su teléfono cuando la puerta se abrió de golpe y Martha casi chocó con ella al salir del apartamento.

—¡Oh, hola querida! —exclamó Martha por encima de la fuerte música que sonaba dentro del loft.

—Hola Martha.

—Bueno querida, me encantaría quedarme y hablar pero tengo un poco de prisa. Ya llego tarde… Richard está dentro —la mujer dijo, guiñándole un ojo a Beckett. En ese momento la canción que había estado sonando terminó pero un segundo más tarde empezó otra—.¡Oh, ha estado así las dos últimas horas! —la mujer puso los ojos en blanco a la vez que agitaba un brazo dramáticamente, y luego se apresuró hacia el ascensor.

—Eh… de acuerdo —Kate asintió sin saber muy bien a qué se refería Martha.

—Nos vemos luego cariño. ¡Adiós! —y se marchó.

Kate cerró la puerta principal tras de sí y se dirigió directamente a la oficina de Castle, la que parecía ser el origen de la fuerte música, y distinguió la voz masculina de él mezclada con la voz del cantante. Lentamente abrió la puerta y asomó la cabeza en el interior. Para nada esperaba ella ver eso; se quedó totalmente boquiabierta. Castle, descalzo, con unos pantalones de estar por casa y la camiseta remangada hasta los codos, se movía delante de uno de esos micrófonos con pie de principios de siglo, el cual Beckett se dio cuenta que no estaba enchufado, y estaba cantando a pleno pulmón como si estuviera dando un concierto de rock. El grupo en cuestión estaba actuando en la gran pantalla plana de la televisión, y Castle no sólo cantaba con ellos sino que también imitaba todos sus pasos de baile. Todavía en la puerta, Beckett se apoyó contra el lateral de la gran librería que separaba la oficina de la sala de estar, y se limitó a observar y disfrutar de la actuación, espléndida al igual que tremendamente divertida.

Al final del segundo estribillo, en la cúspide de la melodía, Castle dio un salto en el aire, agarró el micro por la base y se lanzó al suelo, deslizándose sobre las rodillas. Y entonces la vio, apoyada contra el marco de la puerta, mirándolo desde arriba con una expresión de suficiencia en el rostro. Por unos segundos se quedó totalmente pasmado. Jadeando forzosamente, con la frente y la línea del cabello brillando con sudor, y una pequeña gota rodándole por la sien, Castle se sonrojó ligeramente.

—Hola —dijo ella con diversión, mordiéndose el labio con fuerza para no reír, aunque todo su cuerpo estaba empezando a sacudirse con carcajadas internas.

—…Ah...eh… ¿Cuan…? ¿Cuánto tiempo llevas ahí? —tartamudeó él con el ceño fruncido, todavía tirado en el suelo.

—Lo suficiente —dijo ella con una sonrisa presumida y cruzándose de brazos—. ¿Nos estamos divirtiendo? —Beckett arqueó las cejas—. Por favor, no pares por mí… Me gustaría ver el final.

Castle le dirigió una mirada seria y profunda. Era esa clase de mirada que Beckett conocía a la perfección, esa mirada que le decía que Castle estaba planeando algo. El puente de la canción llegó a su fin y el tercer estribillo comenzó.

—¡Yeaaaah! —Castle se impulsó hacia arriba y, de un gran salto, se levantó del suelo, y empezó a cantar de nuevo, esta vez actuando para ella—. Oh my, feels just like I don't try, looks so good I might die… —se fue acercando a ella con pasos lentos pero decididos, clavando una mirada seductora directamente en los ojos de su chica, agarrando el pie del micrófono como si fuera una guitarra y el micro pegado a la boca. Cuando llegó delante de ella, apartó el micrófono a un lado y le susurró, cantando suavemente muy cerca de sus labios—, …Everybody loves me.

Kate iba a besarle pero él, sin parar de cantar, se echó hacia atrás mientras dejaba caer el micro al suelo, obviamente todavía muy metido en su papel de rockero.

—Head down, swaying to my own sound, flashes in my face now,...

La cogió de la mano y, de un tirón, la atrajo hacia sí, sus cuerpos colisionando y el golpe robándole el aire de los pulmones a Beckett. Presionados el uno al otro, Castle empezó a mover las caderas, llevándola con él al ritmo de la música… Y sólo cuando hubo terminado la canción, dejó él que Kate le devorara los labios.


Todavía era temprano cuando Beckett se obligó a sí misma a abandonar la calidez de la cama de Castle con él todavía profundamente dormido. Le dio un suave beso de despedida y le dejó una nota diciéndole que la llamara cuando se despertara.

A media mañana, cuando salió de Interrogatorio, Kate finalmente recibió un mensaje de Castle diciéndole que llegaría en un rato. Acabando de atrapar al malo, Beckett decidió no posponerlo y ponerse de inmediato con el tedioso papeleo para cerrar el caso. Veinte minutos más tarde Castle estaba entrando por la puerta. Sigilosamente se sentó en su silla al lado del escritorio de Beckett y cruzó las piernas, colocando su chaqueta, cuidadosamente doblada, sobre su regazo. Cuando ella desvió la mirada de la pantalla del ordenador para mirarle, él le dedicó una pequeña sonrisa, pero el gesto no le llegó a los ojos.

—Hola… —dijo ella; él respondió con un murmuro. Beckett esperó un momento pero él sólo bajó la vista al escritorio de forma casi nerviosa—. ¿No vas a preguntar qué ha pasado con el caso? —Castle abrió la boca pero se lo pensó mejor y permaneció callado— ¡Oh, venga vamos! Creí que habíamos hecho las paces ayer y que me habías perdonado.

Castle le sostuvo la mirada por un largo minuto y luego suspiró profundamente. Le hizo un gesto con la mano a Beckett para que se acercara. Ella miró a su alrededor antes de inclinarse hacia él.

—No estoy enfadado —susurró en voz muy baja.

—¿Entonces?

Los ojos de Castle se movieron por encima de la mesa, y cogió un bloc de notas y un bolígrafo. Escribió algo rápidamente y giró el papel para que ella pudiera leer. He perdido la voz. La mirada de Kate voló al rostro de Castle y le observó con los ojos muy abiertos. Él la miró con cara de pena. Una divertida sonrisa se extendió en los labios de Beckett y empezó a reírse.

—¡Dios! ¿Por qué no pasaría esto tres días antes? —exclamó ella sarcástica sin dejar de reír. Él frunció el ceño y apretó los labios, molesto—. No pongas esa cara, Castle. Es culpa tuya. Eso te pasa por hacer el tonto delante de un micrófono durante más de dos horas —Kate alargó el brazo, le pellizcó la mejilla y, con una sonrisa burlona le dijo—, Míralo por el lado bueno… Calladito estás más guapo.

Ella le informó de que el caso estaba cerrado y no había razón para que se quedara en la 12; ella estaría las próximas horas ocupada rellenando formularios y documentando pruebas para el fiscal. Pero Castle se negó a marcharse, diciendo que no tenía nada mejor que hacer. Kate no se opuso; al fin y al cabo, ¿qué mal podía hacer Castle ahora que no podía hablar? Pero Beckett no podría haber estado más equivocada…


—Oh. Dios. Mío —gruñó ella entre dientes, cerrando los ojos y pellizcándose el puente de la nariz—. ¡¿Qué he hecho yo para merecer esto?! —él la miró con ojos inocentes, levantando las manos en son de paz—. ¡Incluso afónico me sacas de quicio!

Sí, era cierto que había estado callado durante la última media hora, pero no significaba en absoluto que no le hubiera puesto los nervios a flor de piel. Al igual que su vocabulario, los recursos de este hombre para sacarla de sus casillas no tenían límite. Había demostrado que no necesitaba el uso de las palabras para molestarla. Le bastaba, por ejemplo, con una lata de refresco vacía. Después de prepararle un café a Beckett, Castle se había puesto a soplar en el hoyo de la lata intentando interpretar la quinta sinfonía de Beethoven. No había llegado al décimo acorde cuando Beckett le arrebató la lata de las manos. Así que, el siguiente paso de Castle fue ponerse a silbar la versión de Triggerfinger de 'I Follow Rivers', y cuando ella le dirigió una mirada asesina, Castle logró estar totalmente quieto durante exactamente tres minutos antes de ponerse a tamborilear los dedos sobre la superficie de la mesa.

—¡Ya no aguanto más! —se levantó de la silla y le indicó con un brazo—. Sí quieres hacer algo útil y ayudar, hay seis cajas llenas de documentos en la sala de conferencias que necesitan ser ordenadas, catalogadas y archivadas. Así, por favor, te pido que me hagas el gran favor de meterte ahí dentro y dejarme trabajar tranquila. No te pido que te vayas, sólo… —no sé vio capaz de terminar la frase; lo único que logró soltar fue un gruñido de frustración. Sin protestar, él se levantó y se metió en la sala de conferencias—. Gracias —suspiró profundamente y se dejó caer de nuevo en la silla.

Durante el siguiente cuarto de hora parecía que por fin le había puesto a raya, hasta que Kate levantó la vista y vio la cabeza de Castle asomada delante de una de las ventanas de la sala, mirándola. Cuando sus miradas se cruzaron él sonrió y meneó las cejas, pero cuando ella entrecerró los ojos, a él se le borró enseguida esa sonrisa tonta de la cara. Beckett volvió la cabeza y siguió trabajando, pero al cabo de un minuto, notó una cierta presión invisible cerniéndose sobre ella. Miró de reojo y vio que Castle seguía observándola desde la sala. Cuando ella se levantó, él enseguida se dio la vuelta e hizo ver que estaba ocupado. Sin decir una palabra, Kate bajó las persianas de la sala y cerró la puerta al salir, dejándolo totalmente aislado.


Media hora más tarde, el móvil de Beckett sonó con la entrada de dos nuevos mensajes de texto.

—Me aburro… —Castle

—…MUCHO —Castle

Beckett alzó la vista y vio que una de las persianas se movía; probablemente Castle la había estado espiando. Antes de que le diera tiempo a dejar el teléfono de nuevo sobre la mesa, el móvil volvió a sonar en su mano; esta vez con un triple pitido.

—Eres adorable cuando te enfadas —Castle

—Incluso cuando te enfadas conmigo —Castle

—Y tengo hambre —Castle

Kate se puso en pie y abrió de golpe la puerta de la sala de conferencias. Sobresaltándose, Castle dio un bote en la silla y rodó un metro hacia atrás hasta chocar contra la pared que tenía detrás. Beckett cerró la puerta y, con una expresión seria, se acercó hasta estar justo encima de Castle, haciendo que él tuviera que doblar mucho el cuello hacia atrás para poder mirarla a la cara. Castle, quién tenía su propio móvil entre las manos, pulsó el botón de enviar sin apartar sus ojos asustados del rostro duro de ella. Un segundo más tarde, el teléfono de Beckett sonó en su mano y ella abrió el mensaje.

—Te quiero —Castle

Manteniendo la expresión más seria e intimidadora de que era capaz, Kate se inclinó, muy lentamente, hacia delante, apoyando las manos en los reposabrazos de la silla en la que estaba sentado Castle, hasta que sus rostros estaban a apenas un par de centímetros de distancia. Castle intentó echarse hacia atrás pero estaba totalmente atrapado entre el cuerpo de Kate y el respaldo de la silla. Los ojos verdes de ella perforaban los aterrorizados ojos azules de él. Castle tragó saliva con fuerza. Beckett fue a hablar cuando la puerta de la sala se abrió.

—¡Ups! ¡Vaya! ...¿Interrumpo algo? —dijo Esposito con una sonrisa.

—¡Sí! —dijo Kate volviéndose hacia su detective, al mismo tiempo que Castle asomaba la cabeza por alrededor del brazo de Beckett y negaba fervientemente.

—De a…cuer…do —respondió Espo petulante, con un doble significado remarcando su tono de voz.

—Espo —intentó llamar Castle, desesperado por ser salvado, pero no le salió más que un ronco sonido de la garganta. El detective cerró la puerta, dejándolos a solas de nuevo.

Beckett se volvió hacia Castle; él cerró los ojos con fuerza y se preparó para lo peor.

—¿Tienes… hambre? —dijo ella en voz baja y en un tono seco.

Se acercó más a él, le cogió de la barbilla y…

…le rozó suavemente los labios con los suyos.

Irguiéndose, Beckett se rió por lo bajo ante la atónita expresión de Castle, extendió una mano en su dirección y le dijo con una sonrisa:

—Vamos a comer algo, Castle.


Gracias! :D