POV Hermione
Notaba el roce y la fricción de las cuerdas cada vez más apretadas. Parecía que habían decidido cobrar vida propia, y continuar por si solas su ascenso hacía mi cuello, como una serpiente cuando quiere cortar tu respiración. Al contrario de lo que muchos piensan, no es que las serpientes sean de los animales muy inteligentes, pero si tienen algo que las aleja mucho de otras especies, un marcado instinto asesino. Y es por eso que son tan respetadas. Es curioso aquellas cosas que se te pasan por la cabeza en momentos como este, yo por ejemplo, estaba preocupada por el estado de todo lo que llevaba en el bolsillo del vestido, hechizo de detección indetectable no quiere decir irrompible. Y si, me había puesto un vestido. Debía ser la rehén con más clase que habían tenido allí en mucho tiempo. No hacía falta pensar demasiado para saber que otros habían pasado por la misma situación que yo. Sólo esperaba estar en el grupo de aquellos que habían conseguido salir con vida.
A juzgar por cómo había empezado el día, nada hacía presagiar que iba a acabar atada a esa silla. Pero supongo que nadie se levanta una mañana pensando que todo va a joderse. Miré de nuevo a las cuerdas, todavía me quedaba algo de tiempo, tiempo en el que el héroe que está en un lío suele aprovechar para pensar en cómo salir de allí. En ese momento, es cuando muestra una habilidad innata para desatar nudos, o se saca un cuchillo oculto en la manga de la camisa. Pero yo no era una heroína, ni ocupaba las páginas finales de ninguna novela, si no que estaba en una habitación que cada vez se movía más. Aunque también podía deberse al mareo que tenía a causa de la herida que vertía la sangre pegajosa por el lado izquierdo de mi cara. Esa había sido la consecuencia de la última de mis ideas. Así que usé mi tiempo para pensar en cómo había llegado hasta allí, algo inútil puesto que aunque me hubieran dado la oportunidad, no hubiera cambiado ni uno sólo de mis actos de aquel día. Pero tampoco es que fuera a ser capaz de dejar la mente en blanco.
Aquella mañana me había levantado con tiempo, arreglándome con más esmero de lo habitual. Después de semanas usando una poción alisadora sobre mi cabello, esta parecía haber empezado a surtir un efecto más definitivo permitiéndome lucir pequeñas ondas en lugar de llevarlo recogido en una masa rizada sin forma. Era sábado, y tenía una cita en Hosgmeade así que había decidido prescindir de mis vaqueros y prendas de lana, y ponerme un vestido. No era algo demasiado extravagante, sólo un vestido negro recto, de cuello redondo y sin mangas, algo que cualquier chica podría tener en su armario, y que esperaba que la señora Granger no se diese cuenta que faltaba en el suyo. Winry lo había dicho una vez, "Desgraciadamente en esta vida no importa lo que seas, si no lo que parezcas. Y vestida así no conseguirá que la tomen por una Rossier". Y yo ese día necesitaba parecer una Rossier.
El Gran Comedor estaba más lleno de lo habitual aquella mañana. Podía deberse a que era el último fin de semana libre antes de que empezara el período de exámenes. Aun con todas las antorchas encendidas, me recorrió un escalofrío nada más entrar por lo que me aferré un poco más a las mangas de la gabardina que llevaba puesta. Me bastaron unos pocos pasos más en dirección a la mesa de Gryffindor para descubrir el porqué, Malfoy también había madrugado y estaba justo en frente, sentado con los de su casa y su mano se había parado en el camino a por una jarra de zumo. ¿Qué se supone qué debía hacer ante eso?
- Buenos días Hermione -dijo una voz a mis espaldas.
Tardé un poco más en girarme para darle una respuesta, pero mientras me decidía Malfoy apartó la mirada. Seguíamos pretendiendo ser unos extraños entonces, lo mismo que habíamos hecho las últimas seis semanas. Permanecer así lo hacía todo un poco más fácil, como cuando se te caen las piezas del puzzle al suelo y aprendes a caminar sin chocarte con ellas cuando lo correcto sería recogerlas. Pero ordenar aquellas piezas de nuevo en el lugar correcto implicaba reabrir heridas, y le conocía lo suficiente como para saber que hasta que él no quisiera escuchar no merecía la pena intentar explicarle nada. Así que allí estaba, sin atreverme a ponerle fin a nuestros continuos silencios, y esperando una señal, un movimiento de cabeza, algo que me diga que quieres reunirte conmigo. Que nos permita volver a hablar.
- Buenos días Neville -respondí por fin apartando la mirada e intentando disimular una sonrisa. No merecía la pena pagar ninguna de mis frustraciones con él.
- ¿Planes para hoy?
- Tenía pensado ir a Hosgmeade a por unas cosas.
- Ah, ya veo -me respondió. Parecía algo decepcionado-. Yo iré a la biblioteca y pensaba que si tú también ibas podía preguntarte unas cosas acerca de las guerras de los gigantes. Creo que hay algunas cosas que no apunté del todo bien.
- Esa lección fue de hace meses -le respondí algo más seca de lo que pretendía mientras nos sentábamos en la mesa.
- Lo sé, y debía haberte preguntado entonces. Pero no quería molestar cuando estabas acompañada.
No necesitaba analizar demasiado aquella frase para saber que se estaba refiriendo a la presencia de Viktor en el biblioteca, algo que sólo se había hecho más patente en las últimas semanas. Hice un cálculo rápido, y fue en ese momento cuando caí en la cuenta que no debía de estar durmiendo mucho últimamente, si teníamos en cuenta que asistía a todas las clases, pasaba conmigo las tardes en la biblioteca y se preparaba para la Tercera Prueba.
- Viktor no es mi carcelero -le respondí intentando suavizar el tono que había utilizado antes. A juzgar por su cara no lo conseguí-. Así que a la próxima, no dudes en acertarte por favor. Nos pasamos las tardes casi en completo silencio, Viktor se limita a ver como estudio y empieza a ser ya molesto.
- ¿Cuándo termine Neville podemos hacerlo el resto? -preguntó una voz al otro lado de la mesa. Levanté la vista sólo para encontrarme con la mirada de Ginny clavada en mi persona-. Porque la verdad, algunos llevamos semanas intentándolo y no hay manera.
Ginny Weasly era más perspicaz que la mayoría de los que estaban sentados a mi alrededor. Ron seguía devorando su desayuno, pero aquella acusación disfrazada de pregunta si que parecía haber captado la atención de Harry. Este me miraba con la duda escondida detrás de los cristales de sus gafas, pero al contrario de la pequeña pelirroja no había acusación en ellos. Aquellas muestras de cariño, deberían haberme conmovido, al fin y al cabo eran la prueba de que no se habían rendido conmigo. Pero en lugar de eso me dolían, porque todo ello estaba dirigido a la persona incorrecta, alguien que estaba segura no iba a volver.
- Claro -respondí algo forzada-. O podéis preguntarlo ahora mismo ¿Qué es tan importante qué no puedas decirme en voz alta?
Ahora fue a ella a la que se le cruzó una expresión de dolor, aunque se apresuró a disimularlo con rapidez. Había acertado en mis suposiciones, su intención había sido contarme algo de su relación con Michael Corner. Algo que ella mantenía en secreto por temor a como reaccionarían sus hermanos al enterarse. En esos momentos, debía parecerle un incordio eso de tener a seis hermanos siempre dispuestos a defenderla, pero aun con lo poco que les había visto interactuar entre sí, sabía que aquel enfado no le duraría mucho. Y que al final de un modo u otro encontraría el modo de contárselo. Porque así eran los Weasly, una familia unida por múltiples lazos de cariño, que no habían tardado en incluir a Harry entre todos ellos. De nuevo me sentí culpable por saber algo tan íntimo como eso, hasta que el sonido de las lechuzas entrando en el Gran Comedor se encargó de dispersar aquella sensación.
- Harry, para por favor - dije y nada más hacerlo supe que habría sido mejor seguir ignorando sus miradas como había hecho hasta ese momento.
- ¿Parar el qué?
Odiaba cuando intentaba suavizar sus formas conmigo, cuando todos lo hacían. Y en ese momento supe que no podía dejarlo pasar, esta vez no.
- Para de mirarme como si hubiera algo mal en mi. Sólo estoy un poco agobiada por el final del curso, eso es todo.
- Es solo que no pareces estar del todo como siempre. Se que yo también he estado agobiado con el Torneo pero si necesitas cualquier cosa de nosotros…
Hizo una pausa para pegarle un codazo a Ron y este se giró molesto, al ver cómo su tostada untada con abundante mermelada se hacía un estropicio en el cuenco de cereales. Me hubiese reído si no hubiese estado tan desconectada de todo lo que sucedía a mi alrededor. Harry y Ron se comunicaron con la mirada, como si ambos supieran algo que yo ignoraba. En ese momento Ron dejó de prestar atención a cómo se hundía su tostada y centró su atención en mí. A lo mejor intentaba actuar de forma comprensiva pero la verdad es que sólo consiguió agobiarme.
- Nosotros estamos también aquí para ti -continuó Harry-. Y cuando termine el torneo pasaremos más tiempo juntos, iremos a la cabaña de Hagrid y todo volverá a ser como antes.
- Tranquilo Harry, tú ahora debes concentrarte en hacerlo bien en la tercera prueba -le respondí esperando desviar la atención.
Por suerte para mí, Ron cayó de lleno en mi trampa. Mientras tanto, yo me encargué de atender a la lechuza que traía mi ejemplar diario de El Profeta, desenroscando el periódico de una de sus patas e introduciendo un sickle en la pequeña bolsita que portaba en la otra.
- Exacto tío, estas empatado con Cedric en el primer puesto. Si lo haces bien podrías ganar. ¿Te imaginas? Serías el ganador más joven en toda la historia del torneo.
- Mis pensamientos se centran más en conseguir salir vivo del laberinto.
- Vamos. Estoy seguro que nadie ha practicado tanto como tú. Y hasta Moddy piensa que tienes posibilidades, si no no te estaría ayudando tanto.
Cuando tuve El Profeta en mis manos y había pasado el tiempo suficiente como para dejar de fingir que estaba prestando atención a la portada, volví a hablar.
- ¡Oh no! Esa arpía lo ha vuelto a hacer.
Harry y Ron me miraron expectantes. Bueno sin duda había conseguido captar su atención, así que desplegué en la mesa el periódico por la página tres y empecé a leer.
¿Torneo entre campeones o duelo entre un Ex-auror y un Ex-Mortífago?
¡Gloria eterna! Eso es lo que le espera a uno de los participantes del Torneo de los Tres Magos cuando se alce con el Trofeo en poco más de dos semanas. Ese día vitorearemos al campeón, o campeona, de entre todos los campeones, un estudiante que habrá superado gracias a sus habilidades tres pruebas extremadamente peligrosas. Imagino que a estas alturas muchos de mis lectores estarán emocionados, y lo mismo puede decirse de los estudiantes que se encuentran en Hogwarts viviendo este acontecimiento en primera persona.
Pero no dejéis mis queridos lectores que esta excitación por la final actúe como una cortina que nuble vuestros sentidos. Como siempre, mi olfato de periodista me ha permitido ir más allá de lo que se ve a simple vista, y he aquí los resultados de una profunda investigación. Después de algunos peligros, y de haber recibido no pocas amenazas, incluida una del propio director Dumbledore en el que me prohibía acceder a los terrenos de la escuela, he dado con algo, algo que todos los implicados estaban desesperados por ocultar. Esto no es sólo un Torneo, si no también el escenario de una batalla que, al igual que el ajedrez, se juega entre dos personas, por turnos, movimientos planeados y recurriendo al uso de peones. ¿Y de qué peones estoy hablando os preguntaréis vosotros mis queridos lectores? Pues a través de dos campeones famosos, Harry Potter y Viktor Krum, manejados (con o sin conocimiento por su parte) por Alastor Moddy e Igor Karkarov.
Para aquellos a los que les falle la memoria, no tengan a mano un Pensadero o simplemente sean demasiados jóvenes para haber estado allí, deben tener en cuenta que fue el propio Alastor Moddy en su época de auror él que colocó a Igor Karkarov en Azkaban. No tuvo que resultarle una estancia muy placentera si al poco estaba en frente del tribunal de Wizengamot dando nombres y paraderos de los que poco tiempo atrás eran sus compañeros. Gracias a eso quedó libre, convirtiéndose en director de Durmstrang, cargo que sigue ocupando en el presente. Pero esta periodista se pregunta, ¿estar libre por colaboración es lo mismo que el perdón por sus acciones? Muchos que lo han visto en Hogwarts estos meses hablan de un trato seco pero cordial, incluso con aquellos a los que en el pasado se rumoreaba que no dudaba en torturar. ¿Estamos entonces ante la rendición de un ex-convicto? Esta periodista cree que sólo podría saberlo el propio Karkarov pero se ha negado a emitir declaraciones a este medio. Por ahora parece tan sólo centrado en que"su campeón" (como él se refiere a Viktor Krum) derrote a Harry Potter en todos los sentidos.
Por otro lado tenemos al ex-auror, Alastor Moddy, conocido desde hace mucho por Ojoloco Moddy debido a sus episodios de constante paranoia. Después de haber estado observando durante su estancia en Hogwarts y en base a los múltiples testimonios dados por los alumnos puedo afirmar que su fama es más que merecida. El director Dumbledore se ha encargado de tapar varios episodios, como el hecho de que este profesor se dedicó a lanzar Maldiciones Imperdonables durante una de sus clases, pero tal vez en su afán de proteger a su amigo de todo mal, ha ignorado el hecho de que Moddy parece decidido a conseguir que Harry Potter esté a la altura del Torneo. Esta reportera no duda que para enfrentarse a las pruebas hace falta una buena dosis de coraje, pero lo que si se pregunta es porqué debe proporcionarse ayuda a Potter por encima del resto. Según he podido averiguar, el señor Potter practica sus habilidades para esta última prueba en base a instrucciones precisas del propio Moddy. Sabiendo que él se encargó de llenar la mitad de las celdas de Akzaban durante la Primera Guerra Mágica, eso resulta una gran ventaja, ¿no os parece?
Parece que estos dos participantes se han dejado llevar y han perdido por el camino todos los valores que se supone deben poseer los campeones del Torneo. ¿Quién nos queda entonces? Como reportera, debo confesaros queridos lectores que tenía amplias expectativas puestas en la señorita Fleur Delacour, una campeona compitiendo en igualdad de condiciones en una competición en la que la mayoría son hombres. Pero la señorita Delacour parece haber ido perdiendo fuerzas conforme avanza el Torneo, y algunas personas cercanas comentan que todavía no ha superado el no haber podido rescatar a su hermana en la Segunda Prueba y que está bloqueada y aterrorizada ante lo que puede encontrarse en la Tercera. Aun así esta reportera quiere infundirle ánimos a Delacour y recordarle que de las 125 ediciones del Torneo, Beauxbatons ha ganado en 62 ocasiones, sólo una menos que Hogwarts. ¡Y hablando de Hogwarts! No podemos olvidar a nuestro otro campeón, él chico trabajador, amable y valiente y él único que parece no haber perdido la cabeza con todo esto, Cedric Diggory.
Aun con todo esta reportera, quiere desear infinita suerte a todos los campeones del Torneo ante la inminente prueba que se avecina. Y no lo olviden, ¡Gloria Eterna!
Rita Skeeter, reportera de El Profeta
El artículo no había dejado a nadie indiferente y la mayoría de las conversaciones a mi alrededor durante el tiempo que había permanecido en el Gran Comedor habían girado en torno a él. Ahora que estaba sola, sentía algo muy parecido a la euforia golpeándome el pecho. Había salido tan rápido del castillo que ahora que podía divisar Hosgmeade me vi forzada a disminuir el ritmo de mis pasos para no perder el aliento. Nada más hacerlo me encontré con que al final del camino, un grupo de chicas de Beauxbatons bloqueaban el paso, y en medio de todas ellas se encontraba Fleur Delacour. Desde donde me encontraba y sólo por sus gestos ya intuía que no estaba siendo una conversación agradable, y conforme me acercaba las palabras que podía oír no hacían más que confirmarlo.
- ¡Como has podido Colette! Lo de Gabrielle lo sabías sólo tú, y me has vendido a esa mujer. ¡He hecho el ridículo!
- No Fleur de verdad que yo no le he dicho nada.
- Yo sí que no he dicho nada, ¿puedes tú prometerme que no has comentado esto con nadie?
- No, no puedo -respondió la aludida mientras bajaba la cabeza-. Yo de verdad que lo siento Fleur, no sabía…
Una sonora bofetada por parte de Fleur puso fin a los lamentos de su amiga. Sin duda ese comportamiento distaba mucho del de princesita de cuento que nos había hecho creer a los que convivíamos con ella en Hogwarts. Cuando se dieron cuenta de mi presencia las chicas se quedaron mirándome, incluso Colette que estaba envuelta en una cortina de lágrimas mientras el resto del grupo se esforzaba en consolarla. Probablemente debería haber bajado la mirada e intentar seguir mi camino pero cuando Fleur se acercó sin duda interesada en averiguar cuanto había escuchado le sostuve la mirada desafiante. Después de todo, esa mañana no se trataba de ser Hermione Granger y no conseguiría nada si no empezaba a imponerme. Eso no le sentó nada bien, hasta que me di cuenta que Fleur no tenía manera de saber si yo entendía o no el francés. Ella no tenía porqué saber que los Granger habían insistido en ello hasta que se dieron cuenta que nunca me ajustaría al modelo de hija en el qué ellos tanto habían pensado. Aparté esos pensamientos de mi cabeza, esperando una reacción por su parte, algo que no tardó en llegar.
- ¿Qué haces tú aquí?
- Voy de camino a Hosgmeade -respondí prudente.
Fleur tenía los brazos cruzados frente al pecho, síntoma de que su enfado todavía duraba. Aun con una expresión dura en su rostro no había perdido ni un ápice de su gracia habitual y hasta se las había apañado para no despeinarse. No debía ser fácil ser amiga suya y estar siempre a su sombra, al menos a mi no me apetecía serlo así como tampoco me apetecía ser la próxima con la que pagara sus frustraciones.
- Supongo que ya has leído el artigulo. ¿Vas a vegg a Krum?
- Creo que no hay nadie que estuviera en el Gran Comedor que no lo haya leído. Y no, no voy a verle -le respondí tentada de cruzar yo también los brazos-. Al contrario de lo que piensa la mayoría de la gente estoy intentando mantenerme al margen.
- Tú eres la que mejog conoce a 'Arry y a Krum, ¿es ciegto todo lo que se dice?
- Creo que todos tenéis ayuda de una forma u otra -respondí con cautela-. Tú también tienes a Madame Maxime y todavía estas a tiempo de practicar algunos hechizos para superar el laberinto.
No sabía porque estaba siendo amable con alguien que ni siquiera me caía bien. Tal vez porque parecía estar mostrándose de una forma más genuina que en el resto de encuentros que habíamos tenido a lo largo del curso. Encuentros que podía contar con los dedos de una mano.
- Si. El agticulo también se equivoca sobre mi, mi amiga fue demasiado dragmatica con alguien que no debía. Solo necesito un poco más de tiempo para pensag a que me enfregto.
- Rita Skeeter es experta en darle la vuelta a las cosas. Créeme, se de lo que hablo. Demuestra que se equivoca con la tercera prueba, una vez dentro del laberinto no importarán los puntos, ganará él que se haga primero con la copa.
- Eso haré. Y también me encaggaré que mis amigas no hablen con nadie más. He tenido suficiente con un agticulo. Gracias por tu tiempo.
Dando por finalizada nuestra conversación se apartó. Quería seguir mi camino, y así lo hice al menos durante algunos pasos pero me detuve nada más oírles susurrar el nombre de Malfoy a mis espaldas, y como si un hilo invisible tirase de mí no pude evitar girarme para ver el inevitable final de Colette, como Fleur con una expresión dura como el acero le prohibía volver a reunirse con él y ella asentía en silencio. Era una sensación extraña, verla llorar así, y no saber si era más por los sentimientos de amistad para con Fleur o lo que pudiera sentir por Malfoy. Debía haber algo malo en mi dado que en lugar de conseguir arreglar mis propias relaciones, parecía que últimamente sólo se me diera bien destruir las de otros. Cuando me encontré con una mirada fría como el acero, supe que había quedado mirando demasiado tiempo.
- Un boggart -dije lo más rápido que pude.
Aquellas palabras habían salido de mi boca incluso antes de que hubiese terminado de formar un pensamiento en torno a ellas. Tardé unos instantes en componer una frase completa que tuviera sentido decir en voz alta, mientras Fleur me miraba con suspicacia.
- El año pasado, tuvimos una prueba de obstáculos parecida al laberinto en Defensa contra las Artes Oscuras. Tuvimos que lidiar con una piscina de Grindylows, ignorar las confusas instrucciones dadas por unos Hinkypunks y enfrentarnos a un Boggart. No sería descabellado que pusieran también uno en un laberinto, así como alguna criatura del Bosque Prohibido o lo que sea que la profesora Sprout lleve cultivando desde el semestre pasado en el invernadero que tiene siempre cerrado.
- ¿Porque me dices todo esto? -me preguntó.
Su suspicacia había dado paso a una expresión de sorpresa genuina. No era la única, ni yo misma podía decirle con seguridad lo que me había llevado a decir todo aquello. Tal vez sólo era una parte de mi, aquella que siempre intentaba arreglar lo que estropeaban el resto.
- No sé de que me hablas, solo estaba pensando en voz alta y da la casualidad que tú estabas aquí para oírlo. Además no estoy diciendo nada que no hayas podido deducir ya por ti misma después de haber pasado todo este año en el castillo.
Miré mi reloj, si no me apresuraba iba a llegar tarde. Después de recibir una sonrisa de Fleur a modo de agradecimiento y escuchar como instaba a sus amigas a volver al castillo para poder practicar me adentré en Hosgmeade. A esa hora de la mañana sus calles no tenían todavía el bullicio que les caracterizaba cuando recibían visitas de los estudiantes de Hogwarts, y tal vez conscientes de eso los magos y brujas que residían allí de forma permanente habían salido antes a terminar sus quehaceres. Pasé por delante de varias casas y establecimientos hasta que divisé la entrada de donde esperaba mi cita, un lugar en el que yo nunca había entrado, no al menos a propósito. Madame Puddipié no podía haber sido más cursi a la hora de decorar la cafetería que llevaba su nombre, nada más entrar me vi atrapada por una atmósfera de encaje y bordados de tonos pastel recargada y asfixiante. Volví a mirar mi reloj, eran poco más de las diez de la mañana. Al poco una camarera vestida de rosa me indicó que pasara al final de la estancia, donde parecían tener distintos habitáculos más reservados separados por varias cortinas rosas. Nada más atravesar una de ellas, me encontré con que mi cita me esperaba expectante y nada más verme me guiño un ojo detrás de sus gafas.
- Hola Rita -dije usando a propósito su nombre de pila mientras dejaba la gabardina en el asiento. Si le sorprendió que hubiese decidido ponerme un vestido en lugar de mis habituales vaqueros y suéteres de lana no lo mencionó.
- Hola querida.
¿Querida? Sin duda debía haberse tomado algo antes de venir para tratarme de un modo tan cordial. Eso o acababan de ascenderla a directora de El Profeta.
- Te noto de buen humor -dije mientras me sentaba para quedar justo en frente y me recordaba a mi misma que estaba tratando con un auténtico bicho. Un bicho alegre pero un bicho al fin y al cabo.
- Lo estoy querida, lo estoy. Quien me iba a decir a mi cuando nos conocimos que ibas a ser tú la que me encumbrara todavía más hacia el éxito.
- Creo que me estás dando más crédito del que merezco -le respondí con fingida humildad.
- Para nada. El artículo ha sido un éxito rotundo, tendrías que haber visto la cara de mi jefe cuando se lo presenté. Y la de mis compañeros… -dijo inclinándose hacia atrás como si así pudiera regodearse todavía más en su propio éxito -… Ver sus rostros marcados por la envidia ha sido el mejor de los regalos.
En ese momento, la camarera vestida de rosa volvió a hacer acto de presencia. Esta vez portando dos tazas y una jarra de metal consigo.
- Espero que no te importe que nos haya pedido un chocolate. Me ha parecido una buena forma de celebrar el éxito que hemos cosechado juntas. He supuesto que te gustaba, ¿a todos los adolescentes os gusta verdad?
Miré a la camarera con cautela, no me gustaba estar en un sitio de su elección, donde ella había llegado antes y había pedido una bebida. La conocía lo suficiente como para saber que bien podría haber echado Veritaserum en mi bebida. Sólo cuando vi que la camarera nos servía a las dos de la misma jarra y que Skeeter se llevaba su taza a los labios, cogí la mía.
- No se si a todos, pero a mi si.
- Bueno y ahora cuéntame, ¿cómo han sido las reacciones de mis lectores en Hogwarts?
Decidí complacerla extendiéndome en los detalles de todas las conversaciones que había escuchado en torno al artículo incluido mi encontronazo con Fleur Delacour y el resto de sus compañeras de Beauxbatons. En algunos momentos me preguntó también por mi reacción, y se mostró complacida al ver que había conseguido reflejar sorpresa aun cuando había conocido por adelantado grandes partes del artículo en el que habíamos estado trabajando las últimas semanas. Me había prestado a colaborar con ella por dos razones, la primera, necesitaba a alguien que investigara el paradero de Winry, alguien que tuviera más influencia que Malfoy y sobre la que yo pudiera influir. Y Rita Skeeter cumplía ambas cosas. Podría haber conseguido que Rita investigara por mi, observando un poco a Harry y contándole acerca de lo mucho que se quejaba últimamente de lo que le dolía la cicatriz, o simplemente podría habérmelo inventando todo. Al fin y a cabo mientras su columna se leyera, a Rita poco le importaba que lo estuviera escrito en ella fuese más mentira que verdad.
Pero había una segunda razón que me había llevado a relacionarme con alguien como ella, y era que gracias a su pluma podría hacer más daño a Igor Karkarov y Alastor Moddy de lo que lo hubiera hecho con mi varita. El hecho de saber que podía herirles a ambos, me hacía sentir que por fin se les daba una respuesta por todo lo que le habían hecho a los Rossier. Como el karma que se presenta años después y te hace pensar que tal vez debiste haber actuado de un modo distinto. Aunque ninguno de los dos supiera porqué o quién había orquestado aquel artículo, a mi me había bastado con la cara de disgusto que había puesto el Moddy desde la mesa de profesores, y los gritos de Karkarov que algunos aseguraban haber escuchado desde la orilla del Lago Negro.
- Bien. Y ahora que tú has conseguido lo que querías, ¿qué hay de lo que yo quiero?
- No te equivoques jovencita. Todavía no he conseguido todo lo que quiero, me falta por publicar un artículo. Uno centrado especialmente en tu amigo Harry, ¿algo qué quieras añadir antes de que salga a la luz?
- Lo que le puedas escribir acerca de Harry no se encuentra entre mis prioridades ahora mismo. Y ahora dime, ¿has averiguado algo acerca de lo que te pedí?
- Debo decirte que me ha sido muy difícil. Buscar una elfina doméstica teniendo tan sólo su nombre no es algo que se pueda hacer así como así. Aun con mis contactos…
- ¿Has encontrado algo o no? -le interrumpí impaciente.
- Si, mi pequeña señorita perfecta. He dado con algo. Según mis fuentes, se encuentra en el condado de Wilshire.
- Te consigo el artículo de tu vida y esto es lo que me das, ¿un condado entero donde buscar?
- Bueno tanto como el artículo de mi vida -ironizó Skeeter-. Ya destapaba primicias antes de que tu nacieras jovencita.
A pesar de mi frustración no pude evitar hacer un pequeño cálculo mental. Ella adivinó mis intenciones.
- Tampoco mucho antes de que tu nacieras. No soy tan mayor -se apresuró a aclarar-. Y volviendo al apacible condado de Wilshire, no hay muchas familias de magos que residan por allí. No debería serte difícil. Eso o puedes darme algo más acerca de tu amigo Harry Potter y puede que me plantee acompañarte.
La observé mientras ella se acababa su taza de chocolate esperando una respuesta. Por una parte, quería decirle que si, ofrecerle el testimonio que tanto anhelaba y que terminara aquel condenado artículo, lo que fuera con tal de recuperar a Winry. Pero estaba ante, tal y como ella se autodenominaba a veces, una fuente insaciable de cotilleos. Y sabía que su interés por Harry tenía la resistencia de una veleta, y que se podía girar y apuntarme con la misma facilidad con la que había dejado de hacerlo. Además, recurrir más a su ayuda me obligaría a compartir más de lo que ya había revelado acerca de mis intenciones al decirle que estaba interesada en una elfina en particular. Mi excusa de que lo hacía para comprobar las condiciones que sufrían los elfos domésticos no duraría mucho más. Así que hice lo más duro, me encogí de hombros y fingí que Winry no me importaba.
- Creo que ya he abusado lo suficiente Rita. Eres periodista y tienes cosas mejores que hacer averiguaciones porque una adolescente te lo pida. Investigaré por mi cuenta en cuanto empiece el verano.
- ¿Eso significa que no te irás a Bulgaria?
El bicho acababa de atraparme. Me quedé un instante mirando mi taza vacía, mientras ella sacaba su cuaderno y a Vuelapluma lista para escribir un cuarto de verdad y tres cuartos de invención en relación a mi respuesta.
- No. No voy a ir -dije por fin. Era una respuesta tan franca que no veía como podía tergiversarla.
- ¿Algún acontecimiento reciente qué te haya hecho cambiar de opinión?
- En realidad no. Pero es muy difícil hacerle entender una negativa a una persona que cada vez que lo dices te responde con un "piénsalo un poco más" o "tómate tu tiempo, no tienes que decidirlo ahora".
- Interesante -me respondió mientras se ajustaba las gafas-. ¿Me equivoco al pensar que la pequeña señorita perfecta no tiene mucha idea de cómo poner fin a una relación?
Dado que estaba en lo cierto, permanecí en silencio.
- No es algo que haga a menudo, pero permíteme darte un consejo. Una no llega a tener mi posición siendo escrupulosa, más de una vez he tenido que difuminar ciertos testimonios para que encajara en el conjunto final.
- Querrás decir mentir.
- Todo el mundo miente querida, hasta las personas buenas. A veces lo hacemos para mitigar algún golpe, hacer sentir al otro mejor, y otras veces para proteger a aquellos que nos importan. Una mentira para unos puede convertirse en una verdad para otros.
Pensé en mi propia situación con los Granger, cómo la mentira de que yo era su hija se había instalado de una forma tan convincente que a nadie se le hubiera ocurrido pensar lo contrario. Bueno, a nadie excepto a Malfoy. En eso nos parecíamos bastante, ambos aplicábamos la lógica donde otros daban por sentado lo que conocían hasta ese momento. De nuevo sentí una punzada, no resultaba agradable darme cuenta de esas cosas y no poder compartirlas. Pero ese no era el momento ni el lugar para pensar en ninguna de esas cosas.
- Él sin duda es alguien experimentado, así que no te servirá la típica excusa de "no eres tú soy yo" o "vamos a tomarnos un tiempo". Necesitas algo que sea más drástico, y si pudieras lograr que él se sintiera un poquito culpable sería fantástico. No hay nada mejor para mantener alejado a un hombre que él crea que vas a estar mejor si estáis separados.
- Síime llegan a decir meses atrás que estaría sentada en un mesa recibiendo consejos amorosos de Rita Skeeter no lo hubiera creído.
- La vida da muchas vueltas querida. Yo tampoco habría pensado que iba a escribir un artículo gracias a toda la información que me has dado.
- Bueno, no toda la información ha sido mía. No tenía ni idea de nada de lo que has escrito acerca de Delacour.
- Digamos que no eres mi única fuente. Pero no te me desvíes del tema principal. Se me ha ocurrido una idea. Y si… -dijo mientras se ajustaba de nuevo las gafas. Parecía ser un gesto que disfrutaba haciendo cuando le venía a la mente una idea que ella consideraba brillante-…¿Y si te asustara tanto la fama qué prefirieses llevar una vida más discreta?
- No creo que pueda volver a llevar una vida discreta.
Nada más decirlo me arrepentí de mis palabras. Todavía seguía distraída por lo de antes, y las palabras de Malfoy acerca de lo que significaba ser una Sangre Pura, y en concreto una Rossier, habían prendido tan rápido como una vela al encenderse.
- ¿Qué quieres decir con eso? -me preguntó mientras miraba de reojo a Vuelapluma.
- Nada, sólo estaba pensando en voz alta -sentencié-. Te agradezco tus consejos han sido bastante útiles. Y ahora de verdad creo que debería irme. No sería bueno que nos viesen juntas.
- No. Claro que no. Aunque algo me dice que pronto volveremos a estar en contacto.
- Bueno, nunca se sabe.
Me apresuré a levantarme sin saber muy bien como despedirme. No es que fuera a acercarme a ella y a darle dos besos a modo de despedida. No éramos amigas. Cuando ya iba a girarme en dirección a la puerta recordé algo.
- ¿Podrías hacerme un favor? ¿Podrías no nombrarme en él artículo sobre Potter? Ya sabes por nuestra reciente alianza y todo eso. Ahora que han dejado de llegarme amenazas y maleficios, no me gustaría que volvieran a empezar.
- No te preocupes. Con todo lo que tengo sobre Potter me da para llenar mi columna. Tú reputación estará intacta de cara al verano.
Le sonreí a modo de agradecimiento y me apresuré a descorrer la cortinilla para salir de allí antes de que pudiera decir alguna otra cosa que me comprometiese. Rita Skeeter abusaba de las mentiras en gran parte de sus artículos, pero a pesar de ellos todavía parecía conservar algunas habilidades como periodista y sabía como hacer sentir a su interlocutor para extraer la información que necesitaba. Sólo esperaba que no fuese lo suficientemente hábil como para ser capaz de juntar todas las piezas que necesitaba. Que yo misma le estaba dando sin querer. Me acerqué al mostrador donde una camarera estaba doblando pequeños manteles de encaje y le pedí la cuenta de mi chocolate.
- Serán 7 sickles por favor.
Rebusqué en los bolsillos pero sólo rocé mi varita con los dedos. Fue entonces cuando caí en la cuenta que me había dejado la gabardina en el asiento. Iba a empezar a maldecir cuanto escuché un suave tintineo procedente de la puerta. Miré de reojo y me di inmediatamente la vuelta al ver que Ginny acababa de entrar acompañada por Michael Corner. No tenía escapatoria así que me apresuré a ir de nuevo a la zona de reservados, suplicando que no me reconocieran de espaldas. Agarré con fuerza la cortinilla rosa que me separaba de dónde me había sentado con Skeeter mientras pensaba en una excusa para alargar nuestra conversación y esperar a que la parejita feliz se fuera, pero me quedé paralizada al escuchar unas voces al otro lado. Rita Skeeter no perdía el tiempo, y ya estaba de nuevo acompañada, acompañada por Malfoy.
- Una chica interesante, tu amiga Hermione Granger.
- ¿Por qué dices eso?
- Pensé que protestaría más acerca del artículo sobre Potter. Al fin y al cabo lo voy a presentar como alguien inestable y peligroso, pero a ella no parece importarle demasiado. ¿Algo que quieras comentarme al respecto?
- No sé porque piensas que puedo saber algo acerca de sus intenciones.
- La última vez que os vi en el sótano de la redacción de El Profeta, parecía que erais, mmm como lo diría, cercanos. Si esa es la palabra. Y no he podido dejar de pensar sobre ello. Además, me sorprende tanto interés que parece despertarte el estado de su relación con Krum. Eso unido a el repentino interés que tenéis ambos por un simple elfo doméstico. No te veo con interés en defender los derechos de estas criaturas.
- ¿No crees qué siendo un Malfoy no puedo estar interesado en cambiar algunas cosas?
- Podría entenderlo si apoyases un nuevo decreto estudiantil pero, ¿elfos domésticos? Lo siento pero no me lo creo.
- Por suerte para mi, ahora mismo importa bien poco lo que puedas creer o no. Puedes hacer dos cosas Rita, o seguir aprovechando todo lo que te doy y escribiendo artículos bajo mi supervisión, o empezar a escribir en una pared.
- Eso tenía sentido hace unos meses, pero ¿qué haré en verano? La historia de las vacaciones de un niño mimado no llenará mi columna.
A través de la cortinilla vi el rostro de Malfoy, estaba tenso. Por eso me sorprendió que se inclinase hacia delante con los codos apoyados encima de la mesa, reduciendo el espacio que le separaba de Skeeter. Ella no parecía molesta porque él se hubiera acercado, algo que no me gustó. En ese momento debería haber dejado de escuchar, debería haberme alejado pero en su lugar me aferré con los dedos a la cortinilla mientras esperaba que alguno de los dos volviese a hablar. Al final fue Malfoy él que tomó el primer paso.
- Te lo pondré más fácil Rita, ¿qué prefieres, hacer rodar tus bolas de mierda desde el jardín de tú casa o desde Azkaban? Porque una celda es lo único que te espera si destapo que eres un animago no registrado. En verano puedes escribir sobre lo que quieras, siempre que no nos impacte a Hermione o a mi, ¿he sido lo suficientemente claro?
- Aghh, esta bien -respondió ella frustrada-. Pero no me gusta que me chantajeen, no de esta manera.
- Tal vez deberías habértelo pensado mejor. Y hablando de pensar mejor las cosas, ¿qué le has dicho a Hermione acerca de lo que has averiguado? ¿Lo que acordamos?
Nada más oír eso sentí como todo el chocolate que había tomado se me revolvía en el estómago. Tragué saliva intentando contener el sabor amargo que había empezado a subir por mi garganta. Me mordí el labio para contenerme y no decir nada, sentía el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que pensé que no podría seguir escuchando su conversación. Pero las palabras de Skeeter atravesaron la cortina como si fueran dagas.
- Sí, sólo le he dicho que podría estar en el condado de Wilshire. No le he dicho nada más. Aunque ahora que estamos los tres aquí, tal vez quieras decírselo tú.
Lo que pasó a continuación fue como un sueño, Malfoy descorriendo las cortinas y mirándome con una expresión de sorpresa. Una que sólo yo podía ver, al igual que podía ver las sombras oscuras bajo sus ojos, sus uñas mordidas a escasos centímetros de las mías, ambos sujetando aquella cortina que ahora parecía sobrar. Al igual que todo el espacio entre nosotros, al igual que el silencio que se había instalado entre nosotros, hasta que todo quedó oculto bajo una máscara de fingida indiferencia.
- Me he dejado la gabardina -conseguí decir.
Él se quedó mirando al asiento un instante como procesando mis palabras hasta que lo tomó entre sus manos y me lo extendió. Lo cogí lo más rápido que pude y todavía confusa, como si no hubiera terminado de salir de aquel sueño, salí del reservado en dirección a la parte delantera del local. Había pasado el tiempo suficiente para que las mesas hubiesen comenzado a llenarse, me quedé un momento mirando a la puerta, lo más que quería en ese momento era salir de allí. Pero conocía a Malfoy, me seguiría e intentaría darme alguna explicación. Pero yo no era capaz de escuchar nada más, nada de lo que pudiera decirme bastaría para perdonarle que me hubiese ocultado el paradero de Winry. No cuando era él único que sabía cuanto me importaba, él único que sabía que la estaba buscando, al único que había acudido en busca de ayuda. Y él sólo había jugado con todo ello. Fue entonces cuando me fijé en una mesa un poco más discreta situada en una esquina, en el lado contrario de la barra, y antes de que terminara de pensar, mis piernas actuaron y me senté justo en medio de Ginny Weasly y Michael Corner, mientras aferraba la gabardina entre mis manos. Ambos se quedaron mirándome estupefactos, nada que no pudiera soportar.
- ¿Por qué no vas a pedir una bebida Corner? -le exigí con un tono que no parecía mío.
Ginny Weasley a pesar de su sorpresa inicial debió hacerle algún tipo de gesto porque al instante Corner se había levantado en dirección a la barra. Fue entonces cuando noté como un sabor salado y me di cuenta que había empezado a llorar. Me concentré en el horrible tapete de la mesa, y por una vez apliqué algo que había visto en Skeeter. Un cuarto de verdad y tres cuartos de mentira.
- Esa mujer es horrible. He intentado detenerla, pero no he podido. Va a publicar algo acerca de Harry, Ginny. Algo horrible.
Sabía que no se me daba bien mentir, me costaba mucho mantener el contacto visual y cuando lo hacía mis ojos no paraban de moverse hacia los lados delatándome. Es por ello que sólo levanté la vista cuando terminé de pronunciar aquellas palabras y por suerte para mí, funcionó con Ginny.
- Oh Hermione, ¿es por eso has estado tan agobiada últimamente? ¿Por qué no nos has dicho nada?
- No quería agobiar más a Harry.
- Tienes razón. Y mi hermano Ron no sería capaz de guardar un secreto. Perdóname, he sido una tonta. Me di cuenta que algo te pasaba pero debía haber indagado más.
Me pasó la mano sobre los hombros, una mano con la que intentaba sin duda reconfortarme. Pero yo me sentía incómoda. En el momento en que había visto que mi mentira surtía efecto me había alegrado. Sólo después caí en la cuenta que debería haberme sentido culpable, debería haber sentido algún tipo de remordimiento por estar engañando a alguien que me consideraba una amiga. Que la satisfacción al ver que lo había logrado pasase por encima de todo lo demás, me alarmó. Tal vez era el síntoma de que algo no iba bien, que me estaba ahogando al igual que la arena cuando se hunde bajo las olas en la playa.
- ¡Mira por donde vas!
Ginny y yo nos giramos al instante, sólo para ver como Michael Corner increpaba a alguien al ver que parte de su cerveza de mantequilla se le había derramado sobre su camisa. Lo primero que se me vino a la cabeza fue que era posible que estuviera enfadado porque se había puesto una camisa de botones porque iba a salir con Ginny, un pensamiento que se diluyó en el momento en que vi que uno de los botones se desprendía porque alguien le había cogido con fuerza del cuello de la camisa. Y ese alguien era Malfoy. Todo en mí se aceleró nada más verle y supe que no estaba preparada para hablar con él. Aun así me quedé mirándole, suplicante, deseando que no descargase toda su frustración con Corner. Nos quedamos mirándonos no se cuanto tiempo y por primera vez en semanas vi que ya no chocaba con un muro de hielo cuando nos encontrábamos. Resultaba ridículo que aquello estuviera pasando en un momento como ese. Por suerte para mí, una chica de pelo rubio intervino y convenció a Malfoy para que soltara a Corner. Sólo cuando vi cómo se llevaba a Malfoy a los lavabos caí en la cuenta que se trataba de Greengrass, la chica de mi año que estaba en Slytherin. Ella me miró por un momento, igual que había hecho en clase de pociones semanas atrás, pero dado que dudaba mucho que tuviera algo que decirme, le retiré la mirada con rapidez. Ya había tenido suficientes duelos de miradas por una mañana.
POV Draco
Entré en el baño de Madame Puddipié con la respiración acelerada y los nervios a flor de piel. Me quedé plantado en la puerta con mi pecho subiendo y bajando con rapidez y no fue hasta que dos chicos de dentro se subieron rápidamente la cremallera y me increparon molestos que fui consciente que Daphne había entrado detrás de mi. El zumo de calabaza que había tomado aquella mañana amenazaba con salir de mi estómago, así que me encaminé al diminuto lavabo y abrí el grifo para poder mojarme la cara. Al ver que no salía nada le di una patada y perforé la tubería. En ese momento si que salió agua pero en todas las direcciones, y no paró hasta que Daphne lanzó un Reparo.
- Parece que alguien se ha levantado con el pie izquierdo esta mañana -dijo mientras me tendía una de las pocas toallas secas que parecían quedar en el baño-. Levantarse con el pie izquierdo es una expresión muggle. Creo que significa algo así como que ese día vas a tener mala suerte.
- No deberías interesarte por ese tipo de cosas Daphne.
- Y no lo hago. Pero lo escuché por casualidad el otro día en el pasillo y ya sabes lo curiosa que puedo llegar a ser.
- Si en ese sentido te pareces mucho a ella.
- ¿Me parezco a quién?
En ese instante decidí que tenía que parar de hablar. Me aproximé al bordillo de la ventana que daba a la calle de atrás del local, había varios cubos de metal que contenían la basura que generaba la cafetería. Incluso un sitio que aparentaba ser tan refinado, generaba su propia mierda. Me pasé la toalla por el pelo mientras intentaba dispersar la imagen de Hermione en mi cabeza. Me había esperado una mirada hostil, como cuando te cruzas con alguien que no te cae muy bien. Y en su lugar sólo había percibido una mirada sombría, lucía agotada y triste. Y después me había hablado con calma, con una fría calma poniendo palabras donde yo no era capaz. Aunque sus palabras no habían sido las que yo esperaba. "Me he dejado mi gabardina" Nuestras primeras palabras después de semanas sin hablarnos. Y yo ni siquiera había sido capaz de contestarle.
- ¿Problemas con una chica? -me preguntó Daphne.
Di un respingo y me giré en su dirección. Por unos momentos había olvidado que estaba allí.
- ¿Por qué lo dices?
- Vi a Colette llorando de camino hacia aquí.
- ¿Por qué todos os empeñáis en relacionarme con ella?
- Bueno, cuando te vimos desaparecer del baile de Navidad después de haber estado bailando con ella pensamos que se trataba de un capricho. Aunque tengo que decirte que Pansy se puso echa un basilisco cuando no apareciste hasta la mañana siguiente. Pero es que los últimos meses has estado mucho tiempo ausente, y no puedes decir que es por haber estado practicando Quidditch porque los campos están cerrados. Y en Pascua ni siquiera apareciste en la merienda que organizamos en la mansión.
- Pansy no puede pretender que acuda a cada estupidez que se le ocurra hacer en su casa.
- En realidad fue en la mía -me dijo haciendo una mueca.
- Siento no haber podido ir. ¿Le diste mis disculpas a tus padres?
- Claro -me respondió encogiéndose de hombros.
Eso era una de las cosas que apreciaba de Daphne, que te cubría aunque no hubieses decidido compartir con ella el motivo que te había llevado a hacer una cosa u otra. No podía decirle que todas mis ausencias se debía a que había estado con Hermione, que durante la noche del baile de navidad me había quedado inconsciente y había despertado en medio de la Cámara de los Secretos con un dolor punzante en el hombro. Todavía no sabíamos porque había sucedido y si alguien había intervenido de algún modo para que Hermione y yo hubiésemos acabado conectados de la forma que lo estábamos. Pero probablemente si me lo encontrase le daría las gracias. Y después le exigiría que nos dise una buena explicación. Semanas antes saber que fuésemos felices o infelices nuestro lazo era irrompible había sido algo que me había reconfortado. Ahora me mataba verla así.
- Lo de Colette ha sido un entretenimiento. Le puse fin hace semanas.
En concreto hacía seis semanas que había cortado toda relación con ella. Y por pura ironía había sido a Hermione a la primera a la que se lo había dicho.
- Y por si le quedaba alguna duda, le conté a Skeeter todo lo que ella me había dicho acerca de Fleur Delacour.
- Entonces no creo que exista ninguna posibilidad de recuperación. ¿Ya no tenemos que preocuparnos por verla en las vacaciones en Francia? -me preguntó sin ocultar una sonrisa.
- Al menos no será porque yo tenga pensado invitarla.
- Tampoco saldrá de nosotros. Además, Pansy no la aguanta. Y el resto no queremos aguantar a una Pansy enfadada.
- Pansy debería empezar a dejar de tomarse tan a pecho todo lo que yo haga o deje de hacer. Empieza a resultar molesto.
- Tal vez deberías hablar con ella. Aunque nos estamos desviando, ¿qué ha pasado para qué hayas estado a punto de pegar a alguien como Corner?
- Nada por lo que debas preocuparte. Y ahora, me vas a disculpar pero por mucho que me guste tu compañía no puedo pasarme todo el día sábado escondido en un baño.
- Tampoco es mi intención, créeme. Es sólo que tenía que contarte una cosa acerca de un sueño que tuve. Uno en el que tu aparecías.
- ¿Me has traído a solas hasta un baño por que has soñado conmigo? -le respondí burlón-. No pensaba que eras de esas.
- Y no lo soy. No ha sido un sueño de la clase en la que puedas estar pensando -me dijo poniéndose más seria de pronto-. Tú, bueno siempre has sido consciente de lo que me sucede a veces, ¿verdad?
Noté como respiraba hondo, estaba nerviosa. Estaba claro que no era un tema del que le fuera fácil de hablar. Así como algunas familias no estaban destinadas a nada, a otras parecía que nos habían tocado jugar un papel mucho más grande que el nuestro. A través de generaciones la sangre mágica se había ido pasando, así como las responsabilidades y también las maldiciones. Y la familia Greengrass había destacado por tener una especial conexión con sus ancestros.
- Desde pequeña supe que mis ancestros tenían grandes planes para mí, ¿sabes? Me concedieron un gran don, una conexión directa con ellos, pero también numerosas cargas. De vez en cuando invaden mis sueños, susurran cosas… Anoche me mostraron a una chica caminando sobre las olas, estaba de espaldas así que no podía verle la carga pero su cabello era como una humareda enredándose y desenredándose sobre sus hombros. Tu también estabas allí, en la orilla contemplando los restos de un barco que había naufragado en alta mar. Un montón de cuerpos flotaban en el agua.
- Vaya, ¿tus sueños son siempre tan agradables?
- No te burles por favor. No te lo contaría si no creyese que es un señal de peligro. Mis ancestros están intranquilos, y para serte sincera yo también. ¿Sabes lo que es percibir que va a pasar algo horrible y no tener ni idea de qué va a ser? O a quien le va a afectar, o si tus seres queridos acabarán resultando heridos.
- De acuerdo, de acuerdo -dije alzando las manos en una señal amistosa-. ¿Sucedía algo más en tu sueño?
- Si, una cosa más. Llegado un momento ella introduce sus manos dentro del mar y al sacarlos estaban manchadas de rojo. Los mares estaban formadas por sangre.
- Encantador Daphne, encantador. Si fuera tú estaría deseando levantarme por las mañanas.
- Pero, ¿tú me crees verdad?
Parecía cansada después de toda aquella declaración, pero también ansiosa por conocer que pensaba al respecto.
- Se lo que es dar con algo totalmente inesperado y querer que alguien crea en ti. Así que si, voy a tomarte lo suficientemente en serio como para mantenerme alejado de los mares embravecidos, ¿de acuerdo?
- Te lo agradezco. Y también agradezco tu compresión, no estaba segura como iba a ser tu reacción.
Su expresión era perpleja y agradecida a partes iguales, como si no hubiera imaginado que yo pudiera llegar a tomarla en serio. Realmente se había arriesgado mucho al desvelarme algo como aquello, una cosa es saber que una familia posee habilidades para la Adivinación y otra bien distinta es encontrarte con alguien que te las demuestra in situ. Fue entonces cuando me di cuenta que sujetaba su varita debajo de la manga de su jersey. Parecía dispuesta a lanzarme un hechizo desmemorizante si empezaba a actuar como un idiota.
- Para serte sincero, yo tampoco. Y ahora, de verdad que tengo que salir de aquí. O no llegaré a tiempo de pedirle disculpas a una chica.
- ¿No decías qué lo de Colette había acabado?
- No me refiero a ella. Y se supone que tú no tenías que saberlo -dije sonriendo por primera vez en semanas-. Pero la arpía de Rita Skeeter ha puesto una ligera dosis de Veritaserum en el chocolate, aunque por suerte no es muy habilidosa en pociones que digamos y no ha surtido demasiado efecto.
- Prefiero dejar de hacer preguntas entonces, a ver si me voy a enterar de algo que no deba saber.
- Mejor.
Daphne se apartó de la puerta y yo me lo tomé como una invitación para salir de allí. Nada más hacerlo me encontré con un más que abarrotado Madame Puddipié, con todas las mesas estaban ocupadas, la mayoría por estudiantes de Hogwarts que compartían una cita romántica. Miré a la esquina del fondo, allí no había rastro de Hermione solo estaba el imbécil de Corner, cogiéndole la mano a la chica Weasly y susurrándole cosas. Cualquier persona que no hubiese tenido tantas cosas que ocultar se hubiera acercado y les hubiera preguntado donde estaba Hermione, pero yo no podía. Pero eso no era algo que yo pudiera hacer.
- Es increíble como la poca gente pura que queda se rebaja a salir con gente cada vez más mediocre. No es de extrañar que el mundo mágico se vaya a la mierda -les espeté cuando pasé por su lado en dirección a la puerta.
Insultar, burlarme de otros, ser un matón. Eso era algo que se me daba bastante mejor. Al principio había sido por pura diversión, diversión que se había convertido en un hábito conforme pasaban los cursos. Ahora sin embargo, había empezado a tener otra serie de consecuencias. Algunos Slytherin con una sangre bastante menos pura se permitían el lujo de no tomarme lo bastante en serio cuando hablaba y a mis oídos había llegado que cuando no estaba presente me consideraban una especie de niñato obsesionado con la pureza de la sangre. Aunque ahora mismo poco podía importarme lo que ellos opinaran, en algún momento se arrepentirían de haberme subestimado.
- Menudo idiota. Ignórale Michael -escuché que le decía la pelirroja.
No pude evitar sonreír de satisfacción al sabe que mi comentario les había afectado. Pero esa sonrisa quedó pronto diluida por algo mucho más permanente, el paso del tiempo, con sus minutos y sus horas. Cuando empezaba a caer la tarde, había buscado en todos los locales de Hosgmeade y registrado literalmente todos los rincones del Castillo en los que se me había ocurrido buscar, el Gran Comedor, los invernaderos y las aulas vacías. Cuando vi a Potter entrenando en una de ellas estuve tentado de lanzarle un maleficio por la espalda, pero dado que la última vez que lo había hecho había acabado convertido en un hurón, decidí no hacerlo. No quería perder el tiempo teniendo un encontronazo con el profesor Moddy. La última hora me la pasé en las escaleras, viendo como entraban y salían los alumnos de la sala común de Gryffindor hasta que pude quedarme con la contraseña. Mi malhumor había ido aumentado con el paso de las horas. Si Hermione no quería salir a hablar conmigo, entraría yo. Saber que si lo conseguía se pondría hecha una furia al verme allí, consiguió animarme un poco.
Decidí esperar hasta que fuese un poco más tarde y disminuyera la actividad en el Castillo para poder entrar. Siendo fin de semana tendría que esperar hasta bien entrada la noche para colarme en la sala común de Gryffindor. Entré en mi propia sala y me senté en uno de los sillones mirando como el fuego crepitaba en la chimenea y escuchaba de fondo las conversaciones que se sucedían a mi alrededor. Pronto un forcejeo entre Nott y Goyle captó levemente mi atención. Como era de esperar para cualquiera que tuviera ojos en la cara, Goyle salió victorioso dejando a Nott en el suelo. Solo cuando dio unos cuantos pasos y me tendió un diminuto sobre arrugado, me metí de lleno en la situación.
- ¿Qué porras es esto Goyle? -le pregunté mientras cogía aquel pequeño sobro. No llevaba remitente solo mi nombre escrito en el dorso con una letra horrorosa.
- Llegó con el correo de la tarde. Y al parecer Nott tenía más curiosidad de lo normal en revisar correspondencia que no es suya.
Giré la cabeza hacía al lado contrario a donde se encontraban todos intentando controlar mi enfado. Primero Blaise y ahora Theodore. Con ello quedaba confirmado que no podía contar con nadie. Aunque bueno, Goyle no me había fallado y Crabbe en apariencia tampoco, aunque no podía esperar que todos mis problemas se desvanecieran con un par de matones. No, estaba claro que iba a tener que encargarme de todo yo sólo. Como siempre había hecho. Aquellos pensamientos sombríos no sirvieron para apaciguar mi enfado, así como tampoco lo hicieron los cuchicheos que Pansy intercambió con Blaise.
- ¿Deseas aportar algo Pansy? -le pregunté mientras le fulminaba con la mirada. A su favor tenía que decir que no conseguí intimidarla pues me la sostuvo durante unos segundos antes de contestar.
- No estoy a favor de espiar el correo ajeno. Pero si lo ha hecho para averiguar porqué te comportas de una forma tan extraña últimamente no puedo oponerme.
- Solo por curiosidad, ¿en qué estoy raro según tú?
La dejé hablar, al fin y al cabo tenía que hacer tiempo y no me vendría mal algo de diversión.
- No pareces estar interesado por nada, te pasa la mayor parte del día ausente pensando en a saber qué y hablar contigo es muy parecido a hacerlo con una pared.
- No paras de mirar a la mesa de Gryffindor pero cuando te decimos de ir a meternos con Potter o a apoyar a Diggory siempre dices que no -añadió Nott.
Escuchar aquellas palabras, como de acusación, por parte de Nott fue lo que me hizo levantarme del sofá. Maldito fuera Nott y su capacidad de observación, estaba seguro que si aquello se alargaba en el tiempo acabaría por darse cuenta que siempre miraba al mismo sector de la mesa donde se sentaba la misma persona. Esa conversación acababa de perder toda su gracia.
- Tu deberías cerrar la boca Theo. Después de lo hoy no eres el más adecuado para hablar.
Nada más decir aquello me giré esta vez en dirección a Pansy.
- Y en cuanto a ti, ¿desde cuándo crees tener el derecho a preocuparte por mi?
- Soy tu amiga, pues claro que puedo preocuparme -me respondió a la defensiva.
- No. No te estás preocupando como una amiga. Si te estuvieras comportando como una amiga harías como Daphne, que ha tenido la virtud de no abrir la boca.
En ese momento Daphne Greengrass que no había levantado su cabeza del libro en el que estaba absorta hasta ese momento, desplazó su intención de sus páginas y me sonrío. Nadie tenía porque saber que habíamos mantenido una conversación escasas horas antes.
- Oh, por favor -dramatizó Blaise Zabini acercándose todavía más hacia donde estábamos.
- A nadie le interesa lo que tengas que decir Blaise -le interrumpí.
- ¿Pero qué he hecho yo? -preguntó ofendido.
Quería acusarle, decirle cara a cara lo cabreado que estaba por lo que nos había hecho a Hermione y a mi en el Callejón Diagon. No se me olvidaba el resentimiento con el que me había acusado de juntarme con quien no debía, y como se había burlado al relacionarme con Hermione, a la que se había referido por su apellido muggle. Y tampoco olvidaba como toda mi sangre fría se había ido al traste cuando vi que había encerrado a Hermione en el sótano de la redacción de El Profeta. Con ese historial, tenía todo el derecho a descargar mi enfado contra él.
- Ya que tienes tantas ganas de intervenir Blaise, contéstame a esta pregunta. ¿Todas las chicas con las que te has liado son igual de pesadas?
Me aseguré de que aquellas palabras tuvieran el tono preciso de desprecio que esperaba que hiciesen entender de una vez a Pansy donde estaba su sitio.
- Porque si es así no se como lo aguantas -continué. Y a sabiendas de que Pansy me estaba mirando estupefacta ante el espectáculo que estaba ofreciendo de forma pública en la sala común, hice una referencia directa a ella-. Debería haberte quedado claro después del baile Pansy. Aprende a ponerle fin a lo nuestro o seguirás haciendo el ridículo.
La miré de frente nada más haberlo dicho y a juzgar por la forma que se había rodeado con los brazos parecía que le había dolido.
- Oh por favor, ¿cuánto te ha durado lo de Colette? ¿Unas semanas? Aunque según se dice fue un tiempo bien aprovechado -se burló Blaise de nuevo. A este paso iba a acabar llevándose un puñetazo.
- ¿Y qué si lo fue? -respondí a la defensiva.
Aunque me esforzaba por ocultarlo, no me gustaba ser objeto de murmuraciones en ese sentido. Siempre me había parecido algo demasiado privado como para que otros estuvieran comentado sobre ello. Una postura de lo más desfasada según Blaise, y el muy astuto lo estaba usando para intentar intimidarme. Aún así por primera vez Pansy se había callada como si no fuera capaz de enfocar una respuesta a todo aquello. Al menos todo aquel despropósito estaba sirviendo para algo.
- Por si a alguien más le importa, cualquier interés que pudiera tener por las francesas está más que superado. Y si alguno todavía quiere intentarlo con una francesa desconsolada estaré más que dispuesto a darle un par de consejos. Y ahora, creo que es hora de ponerle fin a esta ridícula conversación.
Salí de la sala común con la misma rapidez con la que había entrado. Y sólo cuando llegué al patio del reloj me acordé de la estúpida nota que llevaba en mi bolsillo. Escrito en su interior ponía, "Te espero en la Sala de los Menesteres". La sala de los menesteres, también conocida como la sala que viene y va, es una de esas estancias en Hogwarts que no sabes muy bien donde vas a encontrarte, y que apariencia va a tener. Y un lugar perfecto para reunirte sin ser visto. Me adentré corriendo en uno de los pasillos, deseando no encontrarme con ningún profesor y poder acceder pronto a la sala. Si Hermione llevaba esperándome allí desde media tarde seguro que estaba como poco, algo enfadada por mi tardanza. Pronto vi como una puerta empezaba a formarse sobre la pared y al poco me vi entrando en una pequeña habitación, flanqueado por estanterías con lo que parecían ser tarros de pociones.
- Muy graciosa Hermione. Si esto es por la poción de Snape, lo siento -dije a la par que conjuraba un Lumos.
Unas voces chillonas procedentes de uno de los lados del pasillo principal, me hicieron detenerme. Giré a la derecha sólo para encontrarme con un par de elfos domésticos, una balbuceando en una cama y otro intentando hacerle tragar algo de un botijo. Sólo cuando me acerqué un poco más caí en la cuenta que era capaz de reconocer a uno de ellos.
- ¿Dobby? -pregunté sin poder ocultar su sorpresa.
- Señorito Malfoy, Dobby le ha estado esperando mientras atendía a su amiga Winky.
Habían pasado casi dos años desde la última vez que le había oído dirigirse a mi como "señorito Malfoy". Y aunque sabía que trabajaba en las cocinas de Hogwarts, sabía que había intentando no cruzarse en mi camino. Aunque fuera un elfo libre el apellido Malfoy todavía le inspiraba respeto. Aunque eso no explicaba que estaba haciendo allí.
- ¿Por qué estoy aquí Dobby? Si has venido a recuperar tu empleo porque no aguantas más a Dumbledore te advierto que no es el mejor momento.
- Señorito Malfoy, con el mayor de los respetos déjeme decirle que Dobby jamás volvería a trabajar para su familia. Antes Dobby prefiere… -dijo mientras movía sus manos nervioso, como buscando la forma de continuar -... Dobby prefiere ahogarse en el Lago Negro señorito.
- ¿Puedes decirme al menos porque estoy aquí, aparte de para escuchar insultos hacia mi familia?
Eso elfo estaba empezando a colmar los límites de mi ya menguada paciencia.
- Dobby no pretendía ofender -me replicó con voz chillona-. Todo empezó está mañana cuando Dobby se despertó y se dio cuenta que Winky no se había presentado al servicio. Dobby terminó de hacer todas sus tareas y fue a buscarla. Dobby la encontró saliendo de las Tres Escobas. Verá, Winky tiene una terrible adicción a la cerveza de mantequilla.
- No podría importarme menos la condición de tu amiga elfina. ¿Por qué estoy aquí?
- A eso iba. Dobby volvió al castillo cargando con Winky, para poder desemborracharla como ha hecho ya otras veces. Y Dobby vio algo raro, vio al chico de Durmstrang, Viktor Krum diciéndole a la señorita Hermione que fuera con él a algún sitio. A Dobby le parecía extraño porque no parecía que fuese una petición agradable.
Una sensación muy parecida al pánico me invadió. Después de todo lo que había escuchado esta mañana era fácil imaginar la escena, Hermione intentando romper y Viktor Krum no tomándoselo demasiado bien. Y de eso parecía que habían pasado horas.
- ¿Estás diciendo que Krum se llevó a Hermione a algún sitio? ¿Pudiste ver a dónde?
- No señor. Pero la señorita Hermione se acercó a donde estaban Dobby y Winky antes de irse. Y le dijo a Dobby que si no volvía a la sala común en una hora, que le dijese al heredero de la antigua familia que había servido lo que había pasado. A Dobby le sonó muy extraña esa petición y al parecer al señor Viktor Krum también. Pero la señorita Hermione le dijo que había quedado con su compañero Neville para ver algo acerca de unos gigantes. Por eso a Dobby le había sonado extraño, porque la señorita Hermione no le pidió que le avisara a él si no a usted.
- Dobby esto es muy importante, necesito que te concentres -le dije mientras me arrodillaba y le cogía por los hombros con urgencia. -. ¿A dónde demonios se la llevó?
- Dobby no necesita concentrarse, Dobby lo recuerda muy bien. El señor Krum se llevó a Hermione al barco donde duermen los estudiantes de Durmstrang.
No necesitaba que me dijera nada más, y aunque sabía que no estaba jugando limpio en cuanto Dobby se dio la vuelta respiré hondo y le lancé un Obbliviate. No podía permitir que recordara ni nuestra conversación, ni la que había mantenido con Hermione. Y por supuesto no podía dejar que las compartiera con nadie. Sabía que los efectos de esos hechizos no siempre funcionaban del todo bien con las criaturas mágicas pero esperaba que por esta vez fuese suficiente. Por suerte, la otra elfina había estado dormida murmurando desde que yo había entrado por lo que no tuve que perder tiempo con ella.
No tardé en alcanzar las orillas del Lago Negro y nada más hacerlo me encontré con mi primer problema, como llegar y subir al buque de Durmstrang. Miré mi traje negro, impoluto, desde luego no resultaba el atuendo apropiado para echarme a nadar. Aun así, lo hice y cuando ya me había alejado de la orilla, utilicé el encantamiento casco-burbuja para bucear en dirección al barco. Era la primera vez que lo utilizaba, pero esperaba que durara lo suficiente como para acerarme lo suficiente. Las aguas del Lago Negro eran tan oscuras que era imposible ver nada cuando miras hacía abajo y me recordó a cuando habíamos estado en la Cámara de los Secretos. Habían pasado tan sólo seis meses pero se me antojaba mucho más lejano en el tiempo.
La proa del barco tenía el dibujo de un dragón con la boca abierta en el mascarón, dragón que parecía lanzarme una mirada amenazadora ante lo que estaba a punto de hacer. Buceé un poco más hasta uno de los costados, y lancé un Ascendio que me permitió llegar a agarrarme a una de las cuerdas situadas debajo de la barandilla. Cuando conseguí una posición un poco más estable, intenté ver que tenía más arriba y menos mal que lo hice despacio porque justo en ese momento estaban pasando dos estudiantes que no me vieron porque justo estaban concentrados en la otra dirección. Todo el interior del barco estaba cubierto de una madera oscura y húmeda, lo que confirmaba todavía más la teoría de muchos en Hogwarts, que aquel barco había sido rescatado de las profundidades del océano. Tres grandes mástiles que sujetaban velas de distintos tamaños se alzaban sobre mi cabeza, y justo en él del centro parecía encontrarse un pequeño puesto de vigilancia. Miré hacía abajo, al parecer no era posible subir a un barco sin hacerte una abertura en el pantalón. Justo cuando iba a adentrarme un poco más en el barco, un grupo de alumnos que pasaba por delante frustro mis planes y tuve que volver a esconderme, esta vez entre dos cañones de hierro, mientras suplicaba que no les diese por mirar a sus pies.
- ¿Cuánto tiempo llevan encerrados? -dijo uno de ellos.
- Más de una hora, esta vez Krum se lo ha buscado. Eso le pasa por haberse juntado con alguien de su condición.
Reconocí su voz, era uno de los ayudantes de Karkarov, su nombre era Poliapov, Politoff o algo por el estilo. Recordaba haberlo visto en el baile de navidad bailando con Pansy.
- ¿Con alguien de su condición? -preguntó alguien al que no conocía.
- No creeréis que Karkarov está encantado, ¿verdad? -respondió con el desprecio marcado en su voz-. Nuestra escuela no admite a "nacidos de muggles", y ahora resulta que nuestro campeón decide prendarse de una.
Tenía el desprecio marcado en su voz, y yo tenía ganas de partirle la cara desde que se había referido a Hermione como "alguien de su condición". Cabezota, insolente, inconformista, brillante y un poco obsesionada con los libros. Hermione no necesitaba ser clasificada como parte de ninguna condición en la que intentaran encajarla cuando podía crear una ella sola. Aun así, cuando le vi señalando a un habitáculo de madera al fondo del barco, me alegré de haberle dejado hablar.
- Ahora mismo no me gustaría estar en la piel de Krum. No me extraña que Karkarov se haya encerrado con ellos dos en su despacho.
El valor que había conseguido reunir para llegar allí, se vio superado de nuevo por una sensación pánico, aunque este era distinto al que había sentido cuando Dobby me había dicho que Krum se había llevado a Hermione. El primero me había dado el impulso necesario para llegar a aquel barco, pero él que me invadía ahora se había instalado en mi espalda dejándome paralizado en mi sitio. Una cosa era enfrentarme a alguien como Krum, alguien con más serrín que cerebro y con el factor sorpresa a mi favor. Y otra cosa era tener que lidiar con Karkarov, un antiguo mortífago que había matado y torturado durante la Primera Guerra Mágica. Con tantas velas negras y luces tenues, el barco tenía un aspecto fantasmal. Y así iba a acabar yo, convertido en un fantasma al igual que Myrttle si no tenía el suficiente cuidado. Era el momento de replantearme mis opciones, salir de allí sigilosamente, buscar a Snape y pedirle ayuda. No podía enfrentarme yo sólo a un mortífago, no había ninguna posibilidad de que le venciera. Despertaría a Snape si era preciso, se lo contaría todo y él me ayudaría a traer a Hermione de vuelta. No era la primera vez que veía como manejaba a Karkarov, como Karkarov le temía. Hermione sólo tenía que resistir un poco más, Hermione sólo…
Un fuerte golpe en la cabeza se encargó de borrar aquella línea de pensamiento. Fue un auténtico milagro que nadie hubiese oído mi expresión de dolor nada más recibirlo. Instintivamente me llevé la mano hacía donde había sentido el golpe, el lado izquierdo, intentando aliviar el dolor. Cuando la retiré tenía los dedos pegajosos, y entonces supe que ya no podría salir de allí y volver al Castillo. No sin Hermione.
Avancé despacio por uno de los laterales del barco, esforzándome por estar tan agachado y oculto como me fuera posible. No volví a encontrarme con más estudiantes de Durmstrang hasta que llegue al despacho al que habían señalado. Estaba al final de un estrecho pasillo flanqueado con algunas puertas. Desde donde me encontraba, a mitad del pasillo no podía escuchar nada de lo que sucedía en su interior. Lo más probable es que Karkarov hubiera colocado algún hechizo anti-escucha pero aun así merecía la pena intentarlo. Tan sólo pude dar unos pasos en dirección a la puerta porque nada más hacerlo vi como esta se movía. Miré a los lados, no tenía tiempo de volver atrás así que abrí la puerta de mi derecha, y entré. La habitación estaba totalmente a oscuras, y no me atrevía a conjurar ningún Lumos, por lo que mi única fuente de luz provenía de la diminuta abertura que había dejado para no cerrar completamente la puerta. Escuché como se cerraba otra puerta, así como el ruido de unos pasos a través del pasillo.
- Te prohibo tener esa cara Viktor. Ya lo has visto, ella no estaba dispuesta a colaborar.
- No había ninguna necesidad de golpearla, ¡ninguna!
Escuché como alguien daba una patada con fuerza a una de las paredes del pasillo. Sin duda se trataba de una discusión entre Krum y Karkarov. Debería haberme tranquilizado que él la estuviera defendiendo a Hermione, pero tan sólo saber que Karkarov se había atrevido a pegarla y Krum no lo había impedido, aun estando en la misma habitación, hacía que se me revolviera el estómago. Si no hubiera traído a Hermione a un sitio como este en primer lugar ella no estaría encerrada en una habitación con un golpe en la cabeza y yo no estaría detrás de una puerta jugándome el pellejo. Estúpido, estúpido, estúpido le grité en mi mente aun a sabiendas de que no podía oírme.
- Tranquilízate muchacho. Con el Veritaserum hablará. Y ahora acompáñame a por una poción. No quiero que nadie sospeche que ha podido sufrir algún daño.
Bien, si se alejaban lo suficiente podría entrar en el despacho. Me apoyé de espaldas contra la puerta de madera y sujeté con fuerza mi varita. Miré a mi alrededor, intentando distinguir algo de lo que había delante de mi, pero había tan poca luz. De pronto, como cumpliendo mi deseo, parte de la estancia se iluminó. Se iluminó con la luz de las antorchas situadas en el pasillo. Karkarov acababa de abrir la puerta. Sabía que era él por el pelo largo y enredado que le caía por encima de la túnica y por el fuerte olor a alcohol que desprendía. Yo estaba justo detrás, pegado a la pared apenas oculto por la puerta y en cuanto se diera la vuelta me vería. Me vería y mi plan de rescate de Hermione se habría acabado incluso antes de empezar. Aferré con fuerza mi varita, mientras intentaba recordar alguno de los hechizos defensivos que nos habían enseñado en clase, pero mi mente parecía haberse quedado en blanco, incapaz de reaccionar ante lo que se me venía encima. Me quedé allí, esperando a que se girara y yo recibiera el impacto de un hechizo, pero no sucedió. En su lugar salió de allí murmurando algo de que Poliakov no debía haber dejado la puerta abierta. Sólo cuando estaba seguro que se habían marchado me encogí apoyado contra la puerta hundiendo la cabeza entre las manos. Fue encones cuando fui consciente de la fría capa de sudor que me había invadido. Lo único que me hizo salir fue saber que Hermione estaba al otro lado.
Miré a ambos lados del pasillo y avancé en silencio en dirección al despacho. Cogí el pomo de la puerta, y le lancé un Alohomora, cogí el pomo y cuando intenté girarlo fui incapaz. Karkarov le había puesto algún hechizo anti-apertura. Maldije para mis adentros. Lanzar un Bombarda sería demasiado ruidoso, y podía dañar a Hermione. Sólo me quedaba una opción, algo tan arriesgado como la mayoría de mis acciones de aquella noche. Un antiguo hechizo, que se había dejado de utilizar porque existía el riesgo de hacer estallar la puerta. El tiempo jugaba en mi contra, y no podía permitirme dudar, así que lo dije, Portaberto. Al instante siguiente la cerradura empezó a arder y la puerta se abrió.
Ante mis ojos, tenía una habitación completamente recubierto de madera, con un escritorio y multitud de objetos mágicos así como unos pocos libros en sus estantes. Una lámpara de araña colgaba del techo, una pluma descansaba sobre un tintero. Todo lo que puedes esperar encontrar en un despacho, excepto que en medio de todo ello estaba Hermione, atada de manos y pies a una silla y apenas dejándose caer sobre ella. El pánico, el maldito pánico que me recorrió de pies a cabeza al verla así no entraba en mis planes. De algún modo mis piernas actuaron antes de que mi mente lo hiciera y medio temiéndolo, medio queriéndolo avancé a trompicones hacia donde ella se encontraba. Fuera lo que fuese lo que le habían dado parecía estar surtiendo efecto y no sólo en ella. Yo mismo me notaba espeso y mis movimientos estaban siendo mucho más torpes. Me puse en cuclillas en frente de ella y le aparté el pelo de la cara. Al hacerlo descubrí unas pecas en las que nunca me había fijado, eso y que mis dedos temblaban.
- ¿Hermione?
No me respondió. Le obligué a alzar la cabeza, suplicando que abriera los ojos. No fue hasta que escuché un débil murmullo que solté todo el aire que había estado conteniendo. Me apresuré a liberarla de las ataduras, y nada más hacerlo noté como dejaba caer su cuerpo contra mí, primero su cabeza y después el resto. Como si intentara usar el mío propio como si fuera un refugio. La sujeté como pude, estaba temblando, los espasmos recorrían todo su cuerpo. Sentí como hervía de rabia e impotencia, incapaz de hacer nada más que estar allí parado. Todos mis planes de huida se habían evaporado en cuanto la había visto. Pronto, ella empezó a ser consciente de lo que estaba sucediendo, hasta que al final me miró y consiguió decir algo coherente, mi nombre.
- Draco, ¿eres tú de verdad? -preguntó mientras me recorría el rostro con la mirada. Extendió su mano, como si estuviera tratando de asegurar. Los ojos le brillaban.
Nos quedamos mirándonos unos instantes y rompiendo todo lo que quedaba de su resistencia me abrazó con fuerza. El alivio me recorrió de arriba a abajo.
- Apenas puedo creerme que estés aquí. Pensé que no vendrías, que nadie sería capaz de encontrarme.
Siempre había pensado en ella como una persona fuerte, alguien capaz de resistir todo lo que se le venía encima. Pero ahora que notaba sus huesos debajo del vestido, me parecía más frágil que nunca. Escucharla tan de cerca, su aliento rozándome al hablar, era como si sus palabras quemaran nada más salir de sus labios. Rocé su pelo con la punta de mis dedos. Quería seguir abrazándola y a la vez no quería, no debía querer hacerlo. Me aparté un poco, buscando el aire y la lucidez que me faltaban sólo para encontrarme con que ella se había quedado mirándome, como si pudiera leer lo que estaba pensando justo en ese momento. Debía estar escrito con total claridad, como en las páginas de un libro abierto.
- Draco. Se que este no es el momento ni el lugar, pero yo quería decirte…
- No lo digas -le interrumpí mientras la obligaba a levantarse-. Si lo dices, se hará realidad. Y no podremos retractarnos. Hermione yo...
- ¡No! -me respondió con fuerza. Fuerza que no sabía de donde era capaz de sacar-. No lo estamos haciendo bien, repetimos una y otra vez lo mismo sin avanzar. Y, ¡lo odio!
Parecía como si estuviera intentando reflejar toda lo que había sentido en semanas en unas pocas palabras. Me quedé callado y ella me malinterpretó por lo que trató de continuar explicándose. Pero si no hablaba ella, lo haría yo. Y eso sería peor. Así que no la detuve.
- Se ha sido en gran parte por mi culpa que hayamos estado sin hablarnos. Y lo siento. Durante estas semanas, no has dejado de aparecer una y otra vez en mi mente, y me he imaginado tantas veces pidiéndote disculpas y tantas veces e intentado convencerme de que era mejor así. Pero no lo es, no es lo quiero.
- Yo tampoco quiero eso.
Mi respuesta había salido antes si quiera de que la hubiera visualizado en mi mente. Antes de que la hubiera pensando. Y ya no pude detener todo lo que seguía a aquella afirmación.
- No quiero que estemos separados, ya apenas soporto verte por los pasillos y fingir que no te conozco. No me perdono haberte dejado sola, no se si quiera si puedo perdonarme esto. Que hayas acabado aquí dentro…
- No es culpa tuya -se apresuró a decir-. Yo pensé que tenía que ponerle fin y eras la primera, la única persona en realidad a la que quería avisar cuando todo hubiese acabado.
- ¿Y tenías qué venir sola? -le reproché mientras le sujetaba por los hombros.
Una expresión de sorpresa inundó su rostro. Sabía que estaba perdiendo los papeles, que él más mínimo ápice de autocontrol que pudiera tener acababa de evaporarse.
- Nos habíamos peleado.
Sabía que estaba intentando explicarse pero no la dejé. No podía pedirme que mantuviera la calma o que atendiera a razones después del estado en el que la había encontrado.
- No me importa que nos hubiésemos peleado. No puedes dejarme al margen cuando te enfrentas algo cómo esto.
- Bueno. No es como ni pudiera acercarme a tu Sala Común y decírtelo -me respondió-. Además, si Dobby no llega a aparecer…
Se estaba poniendo a la defensiva, la estaba haciendo enfadar y yo no estaba siendo amable pero no me importó. No podía hablarle de otro modo, no en mi estado de ánimo.
- ¡Exacto! Tú seguridad no puede depender de la palabra de un elfo doméstico -le reprendí elevando la voz.
- ¿Por qué estas siendo tan duro?
- Porque los amigos son duros. Al resto puedes engañarles, pero a mi no. Conmigo no vas a conseguir que te vea como tu quieras si no por como eres realmente.
- ¡Y no lo hago! Simplemente no comparto todo. ¿Sabes por qué no te dije nada del estúpido viaje a Bulgaria? Porque sabía que reaccionarías así al ver que lo estaba considerando. Qué estaba pensando en si quería o no embarcarme en todo esta locura de los Sangre Pura. Tú y yo no somos amigos. Un amigo me dejaría la oportunidad de elegir.
- Dado que tú decisión puede afectar a mi familia, nuestra familia, tenía todo el derecho…
- ¿El derecho a qué? ¿A decidir sobre mi vida como si yo fuese una marioneta? Entérate Draco, no soy una muñeca a la que puedas tener encerrada en una torre de marfil. No soporto cuando actúas así.
- ¿No lo soportas? Bueno pues dime entonces qué debo hacer para mantenerte a salvo. Porque la otra opción según tú es dejarte a tu aire. Y sólo hay que ver como has acabado.
Por primera vez desde que había entrado en esa habitación se apartó de mi. Dio un par de pasos hacia atrás y aunque todavía estaba débil, no me dejó acercarme a ayudarla a mantenerse en pie. En lugar de eso, se tambaleó hasta el escritorio de madera y se apoyó con las manos de espaldas. Le oí coger aire una, dos, tres veces antes de volver a hablar. Cuando lo hizo su voz sonó un poco menos chillona, estaba intentando controlar su enfado.
- Es obvio que no esperaba que todo se fuese tan de las manos. Además, tu acababas de mentirme acerca de lo de Skeeter. Aun sabiendo todo lo que me importa Winry. ¡Winry! La única conexión con mi pasado. A veces siento que quieres ser el único al que yo pueda recurrir. Como si quisieras aislarme del resto de personas que quieran ayudarme. No lo entiendo, y no es justo.
- ¿Qué no es justo? Te voy a hablar de cosas que no son justas, cómo que me hayas hecho venir hasta aquí por algo que podrías haber hablado, no sé, en la biblioteca, ¿a lo mejor? Donde estarías a salvo. Pero aquí estamos, en el barco de un antiguo mortífago.
Lo único que obtuve fue un sollozo como respuesta. Mierda. La había hecho llorar. De pronto me noté especialmente cansado, como si todo lo que le hubiera dicho hubiese acabado por consumir toda mis fuerzas. Me pasé la mano por el pelo varias veces antes de ser capaz de mirarla para volver a hablar. Cuando lo hice, intenté sonar calmado, intenté hacerla entender aunque no fui capaz de dejar de temblar.
- Cuando sentí el golpe en la cabeza, cuando sentí la sangre bajando por mi cara, te juro que pensé… -empecé pero no fue capaz de ponerle fin a esa frase. Sería inevitable que la imagen se posara en mi cabeza y no era algo para lo que me sintiera preparado-. En ese momento no me importó que este fuera el barco de Karkarov. Estoy aquí, solo con mis manos y un par de hechizos de duelo. Y estaba dispuesto a enfrentarme a un antiguo mortífago. Por ti.
Me acerqué hacia donde estaba, aunque sólo había dejado caer unas pocas lágrimas sus ojos permanecían vidriosos y sus manos estaban aferradas a la mesa. Como si temiera caerse si dejaba de hacerlo. Podía oler los restos de su perfume. Las lágrimas habían empezado a secarse sobre su cara. No me contuve, quería abrazarla, ella no se resistió cuando lo hice. Ambos estábamos temblando.
- No creo que hubiera podido hacer esto por alguien más que no fueras tú. Se que tal vez no debería, no debería sentir nada de lo que siento. Pero por ahora, sólo quiero pedirte una cosa, por favor, hazme caso por una vez… -la miré, y para mi sorpresa por primera vez no vi ningún atisbo de duda. Como si fuera capaz de decirme que si, aunque yo le dijese que destruyese el mundo. Bien. Eso lo hacía todo más fácil-… por favor, prométeme que saldrás de aquí.
Apenas me dio tiempo a ver como sus ojos se abrían por la sorpresa, la empujé hacia un lado y grité un maleficio mientras me giraba. Justo debajo del marco de la puerta se encontraba Viktor Krum, que se apartó con rapidez. Lancé de nuevo otro maleficio, y él contraatacó y los dos rayos chocaron, haciendo saltar chispas por toda la habitación. No veía la forma de controlar mi furia, instantes antes mi prioridad había sido Hermione, retenerla a mi lado, pero eso había cambiado. Ahora sólo quería lanzarle por los aires, darle su merecido. Y lo iba a hacer. Si algo me había enseñado mi padre es que nadie hería a nuestra familia y vivía sin afrontar las consecuencias.
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