Despierto y estiro el brazo para abrazarla, pero no está. Me levanto y me pongo la ropa interior, miro el reloj, son las nueve de la mañana. La busco por la casa pero no aparece, empiezo a preocuparme, de repente se oye una llave y la veo entrar. Viene en chándal, con el pelo recogido en una coleta y con los cascos del MP4 puestos. Cierra la puerta y me sonríe, pero yo no lo hago, aún no se me ha pasado el susto. -¿Qué pasa?-Tomo aire lentamente, me doy la vuelta para no gritarle y empiezo a sacar cosas de la nevera y de los armarios para preparar el desayuno. Kate se acerca y se sienta en el taburete de la barra de desayunos. –Rick, ¿por qué estás enfadado?-Cojo dos croissants y los parto por la mitad, colocándolos en la tostadora, luego preparo dos cafés y después me giro para mirarla, parece confundida. –Estamos en un país extraño, huyendo de un asesino, solo tenemos un móvil y no podemos comunicarnos entre nosotros, despierto y tu ya no estás, ni te molestas en dejarme una nota, ¡¿sabes lo preocupado que estabas? ¿Es que solo piensas en ti?! -Agacha la cabeza y susurra un lo siento apenas audible y sube para ir a ducharse, sin atreverse a mirarme. Suspiro, me he pasado, la llamo con una voz mucha más suave pero no contesta, la tostadora suena, el desayuno está listo. Lo preparo todo en la barra y espero a que termine de ducharse, cuando baje le pediré disculpas.

El agua caliente se lleva el cansancio, el sudor y también las lágrimas. Golpeo la mampara con frustración, hace unos días no le hubiera dejado que me gritase así, pero ahora soy otra… me da miedo hacer algo que le siente mal, la ultima vez se marchó y lo nuestro estuvo a punto de acabar para siempre. Tiene razón… no me he dado ni cuenta, no estoy acostumbrada a despertar con alguien, hace más de una año que no lo hacía, debí dejarle una nota, entiendo que esté tan enfadado, pero me duele que me hable así y más después de la maravillosa noche que hemos pasado. Cierro el grifo y me envuelvo en una toalla, me tumbo en la cama, no me apetece bajar, está muy enfadado conmigo, me siento culpable, no me atrevo a bajar, así que cierro los ojos y me quedo en la cama.

Hace más de media hora que no suena el agua de la ducha pero Kate sigue sin bajar. Me he pasado siete pueblos, caliento de nuevo el desayuno y lo coloco en una bandeja, subo las escaleras, ella está en el centro de la cama, envuelta en una toalla, con los ojos cerrados. Dejo la bandeja en la mesita de noche y me tumbo a su lado, me agacho junto a ella y hablo sobre sus labios. –Lo siento mucho Kate, no debí gritarte, pero estaba asustado, perdóname por favor. –Ella me acaricia suavemente la nuca, enredando sus dedos en mi pelo. –Siento haberte asustado, tengo que acostumbrarme a la nueva rutina, perdóname tú a mí. –Acaricio con ternura su mejilla y le sonrío. –Olvidémoslo, el desayuno está listo, después de la carrera tendrás hambre. -La ayudo a incorporarse y desayunamos en la cama, los croissants están deliciosos, creo que podre acostumbrarme a este desayuno italiano. Ella a mi lado parece que está de acuerdo conmigo. Luego se levanta y me sonríe, nuestra discusión ya ha pasado al olvido. –Demos una vuelta, quiero conocer la catedral, ver tiendas, disfrutar de nuestras vacaciones. –Le sonrío y asiento, me ducho mientras que ella se viste. En una hora estamos los dos listos, la tomo de la mano y salimos a dar un paseo. Hace calor, pero no es agobiante, cuando llegue julio será mucho peor, pero aún se puede aguantar. Nuestro primer objetivo es Santa María, en la puerta un guardia le pide a Kate que enseñe el bolso, me pregunto si pedirán el bolso también para ir a misa. El interior de Santa María es sencillo, luminoso, aunque sinceramente por fuera es mucho más bonita. Sin embardo, las pinturas de la cúpula son increíbles, Kate a mi lado está extasiada, tomo una foto de ella sin que se dé cuenta y sonrío, se la ve feliz, sin preocupaciones, tranquila. Cuando salimos le digo que pose junto a la fachada de la catedral, cubierta de mármoles de múltiples colores, mucho más bonita que la catedral de Nueva York, desde luego.

Esta plaza es preciosa, tras hacernos unas cuantas fotos entramos en el baptisterio y vemos las famosas puertas, luego nos dirigimos a la plaza de la Signoria, donde está el Palacio Vecchio, que parece un cubo de piedra con una larga y delgada torre donde hay un reloj. Esa plaza, lugar de ejecuciones en otros tiempos, es ahora el centro de la ciudad. Cientos de turistas como nosotros pasean y se hacen fotos con la copia del David del Miguel Ángel, con la fuente de Neptuno y con la placa que conmemora la ejecución de Savoranola. La galería Uffizi está justo al lado, pero ya la visitaremos otro día, tenemos tiempo de sobra. Preferimos ir al Mercado del Jabalí, donde está la famosa fuente, que según la tradición te hace volver a Florencia si tocas su boca. Paseamos por los puestos donde Rick se empeña en regalarme un precioso colgante de cristal de murano. No me deja más opción que aceptar, primero porque me encanta y segundo porque no quiero desilusionarle. Mientras que se distrae mirando algo para Alexis y Martha busco algo que le pueda gustar a él y encuentro el regalo perfecto. Lo compro a toda prisa y lo guardo en el bolso, ya se lo daré cuando sea el momento apropiado. Entre puestos y fotos se nos ha ido la mañana así que volvemos a casa para comer. Hoy me toca cocinar a mí y preparo unos deliciosos escalopines a los cuatro quesos, tal y como mi madre me enseñó a hacerlos, con la diferencia de que con ingredientes italianos están mucho mejor. Rick se ocupa de preparar una ensalada y luego nos sentamos en la mesa a comer. Sonrío halagada, no para de decirme que está delicioso, creo que a partir de ahora cocinaré más. Toma la copa de vino y la alza mirándome a los ojos. –Vamos a brindar cariño, por nosotros. –Imito su gesto y me llevo mi copa a los labios, el vino esta increíble. Será que estamos de vacaciones o que en Italia todo sabe mejor, pero la comida y el vino me están encantando. Dejo la copa en la mesa y le tomo de la mano. –Rick siento mucho lo de esta mañana, te prometo que voy a hacer todo lo posible porque esto funcione, no quiero perderte, eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Beso cariñosamente su mano y se la aprieto con suavidad. –No vas a perderme cariño, esta mañana estaba preocupado y me pasé, perdóname, sé que me quieres y quieres que todo esto funcione, tranquila, vamos a ser muy felices. –Nos sonreímos y nos besamos, el beso va cobrando intensidad pero ella se aparta, la miro confundido. Me mira a modo de disculpa. –Lo siento cariño, esta mañana me he puesto mala. –Suspiro y asiento, habrá que esperar, le doy un último beso y empiezo a meter los platos en el lavavajillas mientras que ella recoge la cocina. Luego Kate sube a ver los libros de la biblioteca y yo me pongo una película, maldiciendo por lo bajo. Cuando termina la película voy a buscarla, está tumbada en la cama, con las manos sobre su abdomen y los ojos fuertemente cerrados. Me siento a su lado y acaricio sus manos, la miro preocupado. –Kate ¿quieres que te traiga algo? –Ella niega con la cabeza, se limita a cogerme la mano en señal de agradecimiento y decirme que está bien, que se le pasará. Conozco lo suficientemente bien esa frase gracias a Alexis, es un sinónimo de tráeme chocolate y un ibuprofeno, pero no tenemos botiquín, así que le llevo una tableta de chocolate y le digo que voy a salir a comprar a la farmacia, deberíamos tener lo básico. Una media hora después Kate sigue en la cama, pero ahora está de lado, gimiendo. Le doy la pastilla y la abrazo cariñosamente. – ¿Por qué no intentas dormir?, la pastilla hará efecto en un ratillo.

Es un encanto, ya no recordaba lo bien que se siente una cuando te cuidan durante estos días. Cierro los ojos e intento dormir, él me tiene abrazada y me acaricia la mano, sin hablar, limitándose a estar ahí y con eso es suficiente. Poco a poco me voy quedando dormida. Cuando despierto ya no está conmigo, lo escucho abajo en la cocina, está cantando. El ibuprofeno ha hecho su trabajo y me siento mucho mejor así que bajo y me rio al verlo con un delantal de flores y un cucharón de madera en la mano lleno de chocolate. Está haciendo una tarta y en el horno hay un salmón con verduras que huele de maravilla. –Hola bella durmiente, ¿estás mejor? –Le beso y asiento. –Gracias por cuidarme. –Me responde con una palabra que para mucha gente no tiene importancia, pero para mí es la palabra más romántica del mundo, siempre.