Undécima

En el que todo es como debió haber sido (o así creyeron), y finalmente conocemos el nombre del pequeño jotun, el viejo y el nuevo.

Laufey no se detuvo sino hasta muchos kilómetros lejos de la ciudad. Ahí desmontó y miró alrededor, era una planicie sin otra cosa que montículos dispersos de nieve, una fuerte tormenta se había desatado poco después de que salió de la ciudad. Claro que no le molestaba, ni siquiera al oso que hasta parecía disfrutar los vientos helados que barrían la planicie, pero el pequeño bulto en sus brazos había comenzado a temblar casi en cuanto salió del palacio, la tela que le envolvía no le ofrecía mucho abrigo; no le sorprendía, el clima era idóneo para un jotun adulto, pero no expondría a ninguno de sus hijos.

Para ese momento el oso se había echado sobre su costado, emitía gruñidos denotando lo mucho que disfrutaba estar ahí. Su nombre era Núpr, y era sin duda la criatura más irascible que había conocido, perfecta para ser su montura personal pero demasiado complicada, sólo unos cuantos podían acercársele sin riesgo de ser mordidos, uno de los encargados de los establos que cuidaba de él, dos de los generales más viejos, el mismo Laufey y sus hijos, los tres. El rey jotun puso al niño en el piso, a un costado del animal, era el único sitio que podía fungir como refugio contra las ráfagas de viento.

Todos creían que se había llevado al chico para matarlo, y así estaba bien, porque si su plan funcionaba sería mejor para todos creer que el kvikindi estaba muerto.

Si no, Laufey no quería pensar en eso, tendría que matarlo él mismo. No se consideraba alguien supersticioso pero si lo hacía, quebraría una de las reglas más sagradas, y suponía que a Ymir no le importarían las condiciones, un crimen era un crimen.

El chico se sacudió débilmente, estaba muy malherido, a ese paso sólo era cuestión de tiempo para que muriera, no en ese momento, no por esas heridas pero pronto ocurriría si las cosas seguían de ese modo.

Como Farbauti, él no odiaba a su hijo, aún lo veía como un defecto pero no le profesaba la indiferencia que ella le tenía, había tratado de despreciarlo y negarlo, pero no pudo. La vida hubiera sido distinta si él no fuera rey, así habría podido darle un lugar verdadero y reconocer sus indudables talentos, no los promedio de los jotnar pero el niño tenía sus propios atributos, se había dado cuenta. Pero el trono de Jotunheim se imponía, y como tal, no podía glorificar a alguien como ese hijo defectuoso.

Lo observó por algunos minutos, pensando en cuántas cosas pudo haber hecho si hubiera sido un jotun normal, con su mente brillante y su seid, o si Jotunheim fuera más tolerante; pero eso siempre fue algo imposible.

—¡Guardián! —gritó al cielo— Sé que puedes oírme, llama a tu rey, dile que demando verlo. Dile que debe pagar su deuda.

No tenía la certeza que el guardián de Asgard le prestara atención, y si lo hacía, que cumpliera su petición. Se sentó recargando la espalda contra Núpr, tomó nuevamente al niño y lo sostuvo mientras esperaba la respuesta de Asgard. Le descubrió un poco el rostro, contempló las marcas de violencia y las que él le había heredado. No importaba lo defectuoso y deforme, ni lo que había hecho, ese niño seguía siendo su hijo.

Se puso de pie cuando sintió la peculiar atmósfera previa a la activación del Bifröst, la había visto muy pocas veces pero se la había grabado bien; después vino la luz multicolor. Cuando la luz desapareció vio a Odin montando su caballo de seis patas.

—¿Qué quieres Laufey? —gritó Odin, los vientos de la tormenta habían cesado casi en su totalidad—, ¿cómo puedes tener el descaro de demandar verme después de lo que hiciste?, ¿qué deuda tengo contigo?

El gigante no estaba equivocado, Odin no estaba ahí porque él lo había llamado, sino por su orgullo. Ningún asgardiano toleraría la idea de estar en deuda con un jotun.

—Jamás dije que conmigo, Padre-de-Todo, con él.

Colocó el pequeño bulto en el piso, Odin se mostró confundido, desmontó y se acercó con cautela, descubrió la tela y retrocedió.

—¿Qué barbaridad es ésta?

—¿Qué esperabas?, ¿que lo recibiríamos con los brazos abiertos después de lo que hizo?

—Pero esto

—Te lo dije esa vez, lo condenaste a una vida miserable en ese entonces, y lo hiciste una segunda vez al no detenerte a pensar en las consecuencias de tu ceguera.

Odin estaba furioso y arrepentido, no concebía cómo los jotnar podía haber sido tan crueles y lo estaba con él mismo por no haber tratado de hacer más para asegurarse que el niño estaba bien.

—Dijiste que viviría.

—Y ha vivido, está vivo, pero sólo gracias a Ymir. Nadie lo va a matar pero tampoco nadie lo va a ayudar, Si no haces algo, morirá de cualquier modo, sólo es cuestión de tiempo.

—Eres su padre

—Pero también soy rey, y Asgard me ha obligado a elegir a quién debo proteger, y él no es uno de ellos.

—¿Qué quieres que haga?

—Ya te lo dije, paga tu deuda con él.

Laufey creó una cuchilla de hielo, Odin se puso en guardia pero el jotun no lo atacó sino que clavó el arma a un lado del niño.

—Llévalo contigo o mátalo, si no lo llevas, será más piadoso si lo matas.

—No puedo.

—Salvó la vida de tu hijo a costa de un gran riesgo para él, tu vástago le prometió llevarlo con él y tú no sólo no preguntaste, tampoco fuiste capaz de pensar más allá, de qué pasaría con él.

—¿Quieres que críe un jotun en Asgard?

—Jamás dije que tú lo hicieras, tendrá menos problemas si no lo haces tú, no me cabe duda.

—No puedo —repitió el rey asgardiano.

—Mátalo entonces.

—¿De verdad es lo que quieres?

—No

Odín no sabía qué hacer, ni siquiera consideró tomar el cuchillo de hielo, portaba a Gugnir, sería más rápido, más misericordioso, sólo que no lo sería.

—Lo llevaré conmigo, es un cambia formas, sé que estará bien a donde decida dejarlo, su vida será más sencilla.

—Es un jotun deforme, cambiaformas, usuario de seid y miembro de la casa real, su vida jamás será sencilla.

El asgardiano estuvo de acuerdo en eso, se inclinó y tomó al niño, jamás pensó que viviría para ver un jotun tan ligero.

—¿Cómo se llama?

Laufey recordó cuánto tiempo habían pasado él y Farbauti eligiendo el nombre, cuando esperaban con entusiasmo el nacimiento.

—No importa, nadie lo ha usado en mucho tiempo para nombrarlo, todos lo llaman kvikindi.

Kvikindi —repitió Odin, criatura, adefesio, no le sorprendió.

Los reyes subieron sobre sus respectivas monturas, se miraron una última vez, eso no era ninguna clase de tregua ni disculpa ni nada cercano al inicio de un restablecimiento de relaciones, en ningún momento dejaron ver al otro como su enemigo.

Laufey palmeó la cabeza del Núpr, que veía con hambre al caballo de Odin. El asgardiano agitó las riendas, levantó la mirada al cielo, a punto de llamar a Heimdall.

—Lotpr —dijo Laufey antes de que Odin desapareciera—, su nombre es Lotpr.

El rey gigante hizo que su montura echara a andar, aunque sus pensamientos siguieron con su hijo. Farbauti había elegido el nombre, en honor a un antepasado de Laufey, el rey jotun fundador de Utgard. En ese entonces ella creía que sería una bendición y una promesa de que el niño haría grandes cosas, cuando quedó claro que el producto del embarazo no sería normal, ella quiso cambiar de idea, incluso se negó a nombrarlo pero Laufey decidió mantener el nombre elegido.

—Aprisa —espoleó al oso y lo hizo correr, deseoso de alejarse tan pronto como fuera posible de ahí.


Odin llamó al guardián del Bifröst, quien lo activo. Sujetando con fuerza su nueva carga, y una vez que llegó al observatorio del Bifröst vio a Heimdall.

—Un mal presagio Su Majestad —le dijo el guardián cuando llegó—, ¿a dónde debo enviarlo?, ¿en dónde lo dejará?

Odín percibió el desprecio en su tono, no fue necesario verlo para saber que veía al pequeño bulto con irritación. Heimdall fue uno de los más insistentes en una rápida represalia hacia los jotnar, pero Odin decidió en contra, como rey sabía que no había peor castigo que la comprensión de saber que estaban condenados. A pesar de su diplomática decisión, aún había mucha rabia contra el reino de hielo, y decidió no decir nada en contra de las incursiones que se realizaban desde ese día, ni de las sangrientas actividades que los asgardianos realizaban, Heimdall no podía ir a vengarse, pero sin duda estaba encantado de enviar a todos los que se lo pedían.

El rey se preguntó a dónde, lo miró de nuevo, la culpa y el remordimiento le hizo desistirse de enviarlo a Alfheim y Vanaheim, supuso que sería idóneo que se quedara en Asgard, debía buscar una familia en las afueras de la ciudad.

—No he pensado en eso —murmuró pensativo.

—No digan tonterías —interrumpió Frigga entrando al observatorio—, no es momento para eso, déjame verlo.

Odin abrazó al niño con fuerza, tratando de imponer su voluntad, pero bastó una mirada de la reina para que su decisión flaqueara y se lo entregará, ella ni siquiera le dio oportunidad de bajar del caballo.

Frigga se dio cuenta que sus manos temblaban cuando recibió al pequeño bulto de las manos de su esposo, no era muy grande ni pesaba demasiado, una pequeña mano azul se asomaba de entre la tela, no se movía, pasó saliva, bien podía ser un cadáver. Lo acunó del mismo modo que hizo con Thor, y le descubrió con lentitud, peleando contra el desprecio que se había acumulado hacia los de su raza.

Al verlo sintió cómo sus rodillas temblaban y se doblaban bajo su peso, Odin brincó de su caballo y se apresuró a su lado. Desde antes de lo ocurrido con Thor, había visualizado a alguien que le acompañaría a lo largo de su vida, no tenía claro quién era sólo sabía que pronto llegaría alguien para estar al lado de su hijo, y ocupar un lugar muy importante en sus vidas. Ahora que lo tenía en sus brazos, supo que ese acompañante había llegado.

Odin soltó un suspiro resignado cuando comprobó que su esposa estaba bien, al verla abrazando al niño, al contemplar su gesto y el modo en que lo veía, supo que la decisión ya estaba tomada, incluso antes de que él le dijera a dónde y a qué iba, y quién era el niño, ella ya había decidido que se quedarían con él.

No podía decir que estuviera satisfecho con la decisión ni que le entusiasmara tener un hijo adoptivo jotun, mucho menos que ése hijo fuera uno de Laufey, pero las visiones de Frigga nunca se habían equivocado, y aunque él jamás quiso entender los modos de la magia (a pesar de ser usuario de seid), sabía lo mucho que esas visiones se ligaban a la voluntad de las Nornas y lo poco que él podía hacer contra ellas.

—Espera por Eir, lo llevaremos de inmediato, no te canses —le dijo Odin cuando vio el brillo dorado de su seid.

Ella negó con la cabeza y colocó sus manos sobre el pecho del pequeño, sin dejar de infundirle seid de sanación soltó un suspiró.

—Sí, tenemos que llevarlo con Eir, su estado es más delicado de lo que pensé. ¡Qué criaturas tan salvajes son los jotnar! Primero iban a permitir que muriera, ¿y ahora esto?

Frigga ardía de rabia al ver las condiciones del pequeño jotun, se preguntó cómo habría sido la vida para él si Odin no lo hubiera devuelto,si hubiera crecido con ellos, y agradeció a las Nornas por esa segunda oportunidad, podría revertir lo que no pudo ser.

El chico de pronto se movió, sacando a los reyes de sus pensamientos. La infusión de seid sin duda había reanimado el propio, que debía estar casi agotado. El pequeño jotun levantó débilmente una mano para colocarla sobre su pecho, donde la dejó caer, exhausto, después trató de abrir los ojos, Frigga y Odin se miraron entre sí, sorprendidos y sin saber qué decir o hacer si el chico recuperaba la consciencia.

Ambos vieron los párpados moverse lentamente y mostrar un par de ojos rojos, los cuales recorrieron los rostros de ambos reyes. Odin giró la vista de inmediato, luchando contra el instinto de atacar cada vez que veía a un jotun de frente. Frigga por su parte fue capaz de mantenerse mirándolo, aunque con cierto esfuerzo, sonrió.

—Hola pequeño —musitó dándole confianza y esperando que no reaccionara con temor al encontrarse con desconocidos.

Pero el chico ni siquiera se movió, la contempló largamente y vino la reacción más sorpresiva que cualquiera de los tres presentes hubiera esperado, la piel azul cambió a un pálido rosado, y los ojos rojos pasaron a ser verdes. El chico, los reyes y el guardián se miraron por algunos segundos, después el cambiaformas perdió de nuevo la consciencia y su aspecto regresó al natural.

—Hay que llevarlo con Eir —declaró Frigga.

Tomó la tela que cubría al niño y la lanzó lejos con un gesto de desagrado, después se quitó una de mantas que formaban parte de su túnica, lo cubrió con ella, y aseguró al niño entre sus brazos.

Odin extendió ambas manos para ayudarla pero ella ya estaba de pie antes de que él lo hiciera, y fue más allá, montó a Osviv y sujetó las riendas.

—¿Qué esperas? tenemos que llevarlo de inmediato. Su vida no corre peligro pero si perdemos tiempo no le haremos ningún favor.

Odin recordó vagamente a la Frigga que llegó de Vanaheim para ser su esposa, era una tímida y delicada princesa criada para ser consorte de un rey, su conducta y maneras eran dignas de una futura reina, pero Asgard nunca fue sólo salones dorados, lujos y finezas, así que invariablemente llegó el momento que la cultura guerrera asgardiana contagió a la princesa vanir, y desde ese entonces podía comparársele con cualquier valquiria. Su energía, arrojo y valentía le dieron una posición aún más sólida entre la sociedad Æsir.

Al verla sobre la montura, sujetando con una mano las riendas y con el otro al niño, Odin rió con una gran carcajada.

—Vamos entonces mi reina —replicó olvidando por un momento el suceso, la adopción silente de su nuevo hijo jotun.

Él montó detrás de ella y tomó las riendas para que Frigga pudiera sujetar al niño, después hizo correr a Osviv a lo largo del puente arcoiris. Sabía que no necesitaba decir nada a Heimdall, que lo que había pasado ahí sólo se quedaría entre ellos.


En Jotunheim, Laufey fue recibido por silencio, todos callaban a su paso. Comprendió que su plan había funcionado, todos en el palacio (y pronto en toda Utgard) creerían que había matado al kvikindi. Nadie se atrevería a juzgarlo, de hecho, estaba seguro que muchos festejarían, porque hizo lo que muchos pensaron pero nadie se atrevió.

Ahora que los había liberado de tan desagradable presencia, se habría ganado un nuevo respeto de parte de su gente. Dudaba que alguien quisiera confrontarlo por su decisión, por violar la voluntad de Ymir, era de esa clase de cosas que nadie mencionaba, pero en el fondo querían que pasara.

—Lo hiciste —dijo Farbauti cuando entró a las habitaciones reales.

No era una pregunta, sino una afirmación. Él no hizo nada por confirmarle o negarle, no tenía ánimos de eso, aún menos cuando vio que sus hijos estaban ahí.

—¿Lagr? —preguntó Helblindi.

—Ya no más —replicó la reina.

—¿Padre? —ahora fue turno de Byleistr.

Pero Laufey no respondió, agitó una mano generando una pequeña ventisca, un movimiento característico cuando estaba por perder el control e indicaba a otros que se mantuvieran lejos. Los príncipes retrocedieron, la reina no hizo ningún intento por acercarse.

El rey gigante salió de la habitación, sin un destino ni un pensamiento concreto, de hecho no había nada claro en su mente, sólo una cosa, el convencimiento de que, aunque no había ocurrido en verdad, su segundo hijo estaba muerto para él.


El caballo de seis patas corrió a toda prisa a lo largo de la calzada que conectaba el Bifröst con el palacio real, no era una vista habitual ver a ambos reyes cruzar la ciudad, muchos se preguntaron qué era lo que pasaba pero nadie se atrevió a detenerlos.

Una vez en el palacio, Odin avanzó a toda prisa con Frigga detrás de él, caminando con el mismo paso rápido y el niño envuelto enteramente en su capa, nadie de los que los vio pudo decir qué llevaban con ellos.

Llegaron al ala del palacio donde se reunían los sanadores, Odin ordenó que llamaran a Eir y los dejaran solos, todos obedecieron de dos reyes quedaron solos en espera de la sanadora en jefe.

—Debemos pensar en qué decir a los demás, no podemos declarar de pronto la existencia de un príncipe sin explicar de dónde vino.

—Entonces es en serio ¿quieres que nos quedemos con él? —preguntó Odin, esperanzado de que ella hubiera pensado mejor las cosas, que no sólo se hubiera dejado llevar por la emoción del momento.

—Claro que sí, él estaba destinado a ser parte de nuestra familia, si no en ese entonces, ahora.

El rey soltó un suspiro, no tenía sentido discutir, su esposa había decidido.

—Ya pensaremos en una historia, lo importante es que Eir se asegure que viva —comentó.

—¿Cómo puedes pensar en eso? —ella exclamó— caro que va a vivir, tal vez no sea tan diestra como Eir pero sé mis trucos.

Odin asintió, consciente que era inútil discutir con Frigga, aún más en un asunto en el que ella había tomado una decisión. SI hubiera querido habría podido imponer su decisión (con un costo muy alto para él sin duda) pero no quiso insistir, Odín aún se sentía culpable y ahora responsable del pequeño jotun.

—Necesitará un nombre —murmuró Frigga acariciando la cabeza del niño.

—Ya tiene uno.

Kvikindi recordó Odin decir a Laufey.

—No puede ser ése, no puede usar un nombre jotun —exclamó la reina. .

—Pero es un jotun.

—No, ya no lo es, ahora es mi hijo, ya lo viste, cambió su aspecto, también cambiará su nombre.

—Frigga —murmuró Odin—, podemos sellar su apariencia para que luzca como un Æsir, pero sus memorias…

—Las sellaremos también, no recordará nada, Eir puede ayudarme a hacerlo.

—No sé, Frigga.

—Lo haremos —declaró la reina, decidida—. Crearemos una historia, se la diremos a todos, nadie dudará, ni él, ni Thor, nadie.

—¿Cómo crees que tome nuestro hijo la noticia?

—Le encantará.

Odin vio al niño aún abrazado por su esposa, pensó en la advertencia de Heimdall. Si dejaban un sólo cabo suelto, sólo era cuestión de tiempo para que alguien descubriera la verdad, y ya podía pensar lo que le pasaría al niño si Asgard descubría quién se había convertido en su nuevo príncipe.

—¿Cómo le llamó Farbauti?

—Lotpr.

El rostro de Frigga se iluminó y recorrió el rostro del niño delicadamente con su mano.

—Ya está.

—¿Qué?

—Su nombre, si va a tener un aspecto y una historia asgardianas, su nombre será también de aquí —ella acarició su cabello—. Bienvenido a casa, Loki —finalizó posando un beso sobre la frente del pequeño.