Capitulo 9 b. – Desahogo

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Milo observó su pierna congelada con incredulidad, sin creer que de verdad lo había hecho, tragó saliva y continuó acercándose, pero ésta vez no impidió que un par de lágrimas salieran por sus ojos. Camus, sintiéndose el bastardo más grande del planeta, congeló la otra pierna, consiguiendo que el griego no pudiera avanzar más y lo mirara dolido, pero no se mermó su necedad. El escorpión continuó acercándose, con un esfuerzo que sintió sobrehumano; sin embargo, el francés lo atacó con su Polvo de Diamantes, lanzándolo hasta el otro lado de la sala y congelándole el pecho, un hombro y gran parte el brazo izquierdo, haciéndole más difícil el respirar y moverse.

—Vete, Milo—dijo en voz baja, dándole la espalda, y sintiendo que se le destrozaba el corazón, si es que aún quedaba algo de él, al ver a su amigo en ese estado, pero tenía que alejarlo para cumplir con su deber, para cumplir con la voluntad de su maestro que por tanto tiempo se dedicó a despreciar. Debía deshacerse de sus sentimientos y para ello debía empezar por romper el lazo que lo unía a Milo, después de eso, lo demás sería más sencillo.

—No…

— Pero que necio e… —pero el francés no acabó de hablar. Se había girado para zanjar, de una vez por todas con esa discusión, pero lo que vio lo dejó completamente congelado.

Milo tenía su brazo extendido y frente a sus ojos, la uña de su índice reproducía fielmente el aguijón de un escorpión. Rojo, brillante y amenazador. El flequillo ocultaba sus ojos, mientras su imponente presencia le daba a Camus la perfecta imagen de lo que era una persona entrenada para ser un verdadero asesino. Su respirar era dificultoso por el pecho congelado, y mantener el brazo extendido le suponía un esfuerzo titánico por el hombro congelado, pero no se detuvo y tampoco mostró alguna emoción de arrepentimiento al lanzar su primera Aguja Escarlata.

El dolor lo hizo tambalearse, pero no se dejó caer y tampoco dejó escapar el grito que se formó en su garganta, extendió el brazo e inmovilizó al griego con su anillo de hielo, pero a pesar de perder la capacidad de continuar moviéndose, el muchacho le impidió irse con su propia técnica de inmovilización.

—Restriction

El aprendiz de escorpión lucía increíblemente amenazador, increíblemente poderoso y tan imponente, que de pronto el francés ya no se sintió tan seguro de lo que estaba haciendo. Incapaz de liberarse del poder de su amigo, lo vio romper el anillo de hielo y lanzar una nueva Aguja Escarlata.

— ¿Qué haces, Escorpión?—dijo para sustituir el grito de dolor, pero sin evitar que unas lágrimas salieran por las comisuras de sus ojos.

—Si no me dirás la verdad por las buenas, te la sacaré por las malas—pronunció con una frialdad tal, que pensó que habían intercambiado los papeles.

—Sabes que he sido entrenado para soportar el dolor de una tortura como ésta, tus métodos no van a funcionar conmigo. Llegarás a Antares, me matarás y no conseguirás más verdad que la que ya he dicho: no quiero volver a saber nada de ti, ni de nadie.

—Yo también he sido entrenado para separar mis emociones de mi trabajo, Acuario—empezó a decir luego de lanzar un tercer ataque y sin bajar su brazo, reafirmando sus palabras por la mirada fría y la tranquilidad perturbadora que mostraba—. Sin piedad, sin clemencia, sin misericordia— dijo con voz calma y acercándose a sólo centímetros de donde el francés continuaba inmovilizado y sangrante—. Ése es mi segundo precepto y ¿Sabes cómo es que puedo cumplir con él sin sentir que mi conciencia me destrozará luego? Porque separo mis emociones de mi misión como Santo de Athena, ¿porqué, si yo puedo hacer eso sin dejar de ser yo mismo, tú no puedes hacerlo?

Camus sintió que la Restricción se debilitaba, la respiración del griego se había dificultado más y ya tenía ligeros temblores en el cuerpo y, aún así, continuaba en esa postura gallarda y amenazadora. Lo vio trastabillar, debilitado por el dolor en sus extremidades y en el pecho, además de la creciente incapacidad para llenar sus pulmones de oxígeno. Su habla comenzó a entorpecerse conforme crecían los temblores involuntarios y entonces ya no pudo evitar que las emociones resurgieran de su interior estampándose en su rostro y manando a borbotones por sus ojos al ser testigo de cómo al escorpión dejaba caer su brazo y daba pasos hacia atrás buscando con que detenerse.

De inmediato reconoció todos esos síntomas. Hipotermia, pensó en el mismo instante que era liberado de la Restricción. El francés dio un paso atrás, asustado, echando abajo todo su teatro de indiferencia y su plan de herir lo suficiente a Milo como para ser enviado al diablo.

—Milo, déjame ayudarte—se acercó a él, buscando sostenerlo y encendiendo su cosmos para brindarle calor, pero el moreno lo rechazó, dándole un empujón y ayudándose del muro para sostenerse.

— Eres un imbécil, un gran idiota y estás muy equivocado si crees que me iré—empezó a decir tiritando y con los escalofríos recorriendo su cuerpo—. Dime, Acuario, dime los preceptos de tu signo—dijo con una tranquilidad abrumadora y señalándolo— ¡Dímelos!

—Honrar a Athena…—tartamudeó en el mismo instante que terminó de hablar, al tiempo que se lanzaba sobre el griego e intentaba inmovilizarlo, pero éste lo impidió echándose hacia atrás y dándole un empujón que lo hizo caer al suelo.

—Sigue…—pidió con amenaza y Camus sólo aceptó al darse cuenta que no aceptaría su ayuda si no hacía lo que le pedía.

—Romper con el pasado, liberarte y alcanzar la indiferencia—sin despegar los ojos del griego, Camus apenas podía articular las palabras y su mente trabaja a mil por hora para hacerlo recordar todos sus preceptos—. No permitir que sentimientos o lazos de cualquier tipo interfieran en la causa de Athena—tragó saliva y se puso de pie con cautela—. Mantener la templanza ante cualquier situación. Pensar con la cabeza y no con el corazón. No permitirnos estar a merced de las pasiones. Athena antes que nada y que nadie— finalizó y volvió a intentar acercarse y esta vez lo logró; tomó al griego de las muñecas y lo miró furioso—. Estate quieto, puedes morir.

— ¿Ves? Todavía te importo.

Camus abrió la boca y los ojos al caer en cuenta de lo que su amigo había intentado demostrarle, pero la sorpresa no le permitió decir nada. Milo sonrió y suspiró aliviado, fijando sus azules ojos en las aguamarinas del galo.

—Malinterpretas tus propios preceptos, tonto. "Romper con el pasado y alcanzar la indiferencia", no se refiere a que te deshagas de todo lo que sientes, sino que rompas con tu dolor por tomar la vida de Oleg, que pienses detenidamente en todas tus enseñanzas y entiendas que no ha sido tu culpa, que así debió ser, que hoy o en treinta años iba a ocurrir y que alcances la indiferencia…Camus, dime, ¿Qué es la indiferencia?

—Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado—respondió rápidamente, asustado de que el escorpión pudiera volver a cometer una locura.

—Exacto… que dejes de sentir esa repugnancia hacia ti mismo por lo que has hecho, no ha sido tu culpa. No puedes deshacerte de tu humanidad porque entonces dejarías de ser un humano…no puedes proteger al mundo y a la humanidad si tú eres incapaz de sentir. Ni la misma Athena se deshace de sus emociones, entonces ¿Por qué tu si? "No estar a merced de tus pasiones" "Pensar con la cabeza…" eso, amigo, significa que no hagas una idiotez como la que acabo de hacer yo—finalizó, viendo las lágrimas de Camus y pasando sus brazos engarrotados por el frío, a su alrededor para estrecharlo en un fuerte abrazo—. No me puedes apartar de tu vida, ni a mí ni al resto de tus amigos, porque te queremos, porque nos preocupas y nos importas. Yo estoy aquí para ofrecerte mi brazo cada vez que caigas y mi hombro para cada lágrima tuya, no me importa perseguirte hasta Siberia y gritarle al mundo que eres mi mejor amigo, pero no te abandonaré nunca…no me abandones tú a mí.

—Lo maté, Milo. Yo lo amaba como a mi padre, como mi maestro, como mi amigo y… está muerto, por mi culpa…

—Él está orgulloso de ti.

— ¿Cómo saberlo?

—Lo sé, porque yo estoy orgulloso de ti.

El Acuario encendió su cosmoenergía y envolvió con ella a su amigo, proporcionándole el calor del que había sido desprovisto y mitigando con ella la hipotermia que amenazaba con avanzar a la siguiente fase. Ambos se dejaron caer de rodillas en el suelo, mientras Camus seguía rodeándolo con su cosmos, lloraba con el rostro sobre el hombro del griego, quien no decía nada y se limitaba a abrazarlo con fuerza, sintiendo que la opresión de su pecho se disipaba junto con las amargas lágrimas del francés. Milo nunca pensó que su amigo fuera capaz de llorar tanto por tanto tiempo y mucho menos que sollozara tan desenvuelto, pero no pudo evitar sonreír al saber que se debía a la confianza que le tenía.

Si lo conocía bien, que lo hacía, iba a estar deprimido por un tiempo, pero él se encargaría de darle ánimos, de levantarlo en cada tropezón y de que supiera que estaba ahí siempre, a su lado. Quizá esa era una mancha que ni él, ni nadie, iba a ser capaz de borrar de su alma, pero al menos le aligeraría la carga del remordimiento.

Que se vuelva igual de frío e insensible como Oleg, que sea un Acuario modelo, sin sentimientos, sin interés por nadie, mostrando indiferencia, frialdad y laconismo en cada momento de su vida. Pero, eso sí: ¡que nunca se atreviera a tratarlo a él de esa forma o lo golpearía tan duro que a sus ancestros les darían nauseas! ¡Que sea así con los demás, a él que le importa como trate al resto de la gente! Además, estaba seguro que en el futuro pensaría otra forma menos…extrema, de enseñar esa técnica y, en todo caso de que no fuera así, él estará ahí para acompañarlo hasta el final.

Para cuando Camus se hubo tranquilizado, los pensamientos de Milo se habían reducido a la sencilla decisión de no perder a su mejor amigo, aún cuando este se mostrara indiferente al mundo, había comprobado que al menos él no le era indiferente. El Santo de Acuario se puso de pie y se adentró en su cocina para preparar café, seguido de cerca por su amigo, quien no lo perdía de vista. A punto estaba de romper con el silencio cuando llamaron a su puerta. Milo abrió, encontrándose con un soldado que le entregó una misiva.

—El funeral de tu maestro será en una hora—dijo al terminar de leer el breve anuncio—. ¿Vas a ir? —el aludido asintió ligeramente, observando su café y sin fijarse mucho en Milo.

—Es mi deber como Santo de Oro, despedir a un compañero—comentó con voz ausente luego de dar un sorbo a su bebida—. Y mi deber como aprendiz, despedir y honrar a su mentor.

—Iré a vestirme—anunció luego de unos segundos de silencio—, ¿Vengo por ti o nos vemos allá?

—Nos vemos allá.

—Muy bien…—se dirigió a la puerta y a punto estuvo de salir cuando Camus lo detuvo con sus palabras.

—Milo…muchas gracias.

—Aún no me agradezcas, todavía tenemos mucho que hablar—dijo antes de salir y cerrar la puerta tras él.

El evento fue una ceremonia breve, solemne y silenciosa, presidida por el Patriarca. Los aprendices a los que se les había permitido asistir al funeral, vestían ropas negras junto con capas del mismo color, mientras los Santos de Athena lucían sus armaduras y la orden dorada había sustituido la habitual capa blanca por una negra en señal de respeto y luto. Milo se encontraba junto a Zuleika y ambos miraban de reojo a Camus, fijándose en su actitud fría y estoica mientras era colocada la lápida con el nombre de Oleg.

—Dime que es sólo actuación—murmuró la amazona al oído de Milo sin despegar la mirada de Camus.

—No estoy muy seguro todavía, aún tengo que hablar con él—respondió, igualmente en voz tan baja que apenas se escuchaban entre ellos.

—Milo, quiero encargártelo mucho, mi maestro y yo volveremos a Italia esta misma noche.

—No te preocupes, Zu, lo dejas en buenas manos.

—Lo sé…quiero decirte algo, es importante, porque quiero tu apoyo en la locura que voy a cometer.

—Dime…—respondió, sintiéndose preocupado nuevamente— ¿Por qué a mí? —pensó conforme escuchaba a la amazona.

—Él vio mi rostro y decidí…decidí amarlo, Milo. Pero, no quiero quedarme sólo con el sentimiento y observarlo a lo lejos, se lo diré y…

—Zuleika ¿sabes lo que estás diciendo? Es deshonroso, es un pecado... no podemos tener relaciones amorosas, mucho menos nosotros que seremos Santos de Oro, se supone que somos el ejemplo a seguir, ¿tienes idea de lo que significa esto?

—Ya lo sé, es en lo primero que pensé, pero…yo lo amo demasiado, Milo. Dime que me ayudarás que…nos apoyarás si él acepta estar conmigo, por favor, eres mi único amigo—Milo dejó caer la cabeza y miró sus pies, lo pensó unos minutos; todo aquello era una locura. Camus acababa de jurar ante medio Santuario, en presencia del Patriarca y Athena sus juramentos, sus votos. No podía apoyarlos, era casi como cometer traición, pero tras un interminable silencio, asintió con resignación—. Gracias—susurró la amazona y se fue a la Casa de Cáncer cuando la ceremonia finalizó.

Milo iba a irse junto a Camus, pero entonces vio a Eneas entre los Santos de Oro y decidió esperar por él. Su maestro ya se veía como el hombre que él conocía y poco o nada había del que vio en los peñascos de Santuario. Cuando se quedó solo junto con Dante y Moses, el muchacho se acercó y se plantó delante del Santo, quien le sonrió y lo despeinó con cariño, luego su mano se dirigió a su hombro, el cual apretó al mismo tiempo que soltaba un largo suspiro.

—Espero que no sea muy tarde—dijo con un dejo de melancolía.

—Él estará bien, maestro.

—Que bueno, me alegro mucho. ¿Qué pasó? Todo el Santuario sintió la pelea que tuvieron—preguntó, reparando en el rostro sonrojado, los labios azulados y la nariz ligeramente quemada por los ataques de Camus.

—Casi me mata de una hipotermia—respondió, encogiéndose en hombros y sacando una expresión incrédula de los tres caballeros de oro—. Aunque yo le agujeré la camisa...

—Tu pupilo me cae bien, Eneas, está completamente loco—rió Moses, lanzándole una mirada aprobatoria y satisfecha al imaginar lo que había hecho.

—Al menos espero que haya valido la pena—repuso, no muy convencido, el Santo de Escorpión.

—Igual yo—intentó bromear, para aligerar la tensión de su maestro, pero al ver que el único que reía era Moses, soltó un largo suspiró y se puso serio—. Necesitaré más tiempo, maestro.

— ¿Cuánto? —preguntó con algo de preocupación por la vida de su alumno.

—Un mes…

—Es mucho tiempo—ésta vez habló Dante, pero dirigiéndose a Eneas.

—Hablaré con el Patriarca y veré que puedo hacer, pero no te prometo más de una semana ¿de acuerdo? —le dijo con severidad, pero luego volvió a acariciarle el cabello y lo despedirlo con una sonrisa.

Volvió al templo de Acuario con los ánimos por el suelo; sentía el cuerpo pesado y los párpados peleaban contra su voluntad de mantenerlos abiertos, de un momento a otro se sintió extremadamente cansado y los calambres en los muslos, aunados al insoportable dolor en los pies, lo estaban matando. No recordaba haberse sentido tan cansado ni siquiera luego de algún entrenamiento, pero ese día había sido demasiado desgastante emocionalmente para agregarle el desgaste físico.

Milo volvió a entrar a los privados de su amigo sin anunciarse, pero no lo encontró en la sala. Buscó en la cocina, en los baños y en su habitación, pero nada. Algo preocupado pensó en todos los posibles lugares en los que podría estar el francés; luego de unos segundos, se dirigió a la habitación más grande del templo que perteneciera a Oleg y entró sin hacer ruido, pero también la encontró vacía. Sin embargo; no se fue, sino que entró y paseó la mirada, encontrándose con la puerta de madera que guiaba a la legendaria biblioteca de Dégel, lo pensó unos segundos, recordando las veces en que le había pedido a Camus que lo dejara entrar ahí y éste se había negado rotundamente. Sonrió como un niño a punto de hacer una travesura y abrió la puerta de la biblioteca, encontrando tras ella la espalda del galo, sentado frente a una caja de madera repleta de libros.

Contrario a lo que se imaginó, la biblioteca no lucía descuidada ni era un lugar sombrío que oliera a viejo y a humedad, sino que era un lugar muy amplio y cuyos grandes ventanales dejaban pasar grandes cantidades de luz, reflejándose contra el brillante mármol negro del suelo y las paredes blancas. Milo admiró el lugar unos segundos más, para luego cerrar la puerta tras él y acercarse a su amigo, adoptando una actitud más indulgente se sentó en una silla a su lado y recargó los codos en la mesa para apoyar el mentón en sus manos y observar al francés. Camus, por su parte, se preguntó en qué momento había entrado el escorpión sin que él se hubiera dado cuenta, pues de un momento a otro ya lo tenía sentado frente a él, abrió la boca para preguntar, pero el griego le ganó la palabra.

—Lamento no haber estado aquí ¿podrás perdonarme un día? —le dijo, sin despegar sus ojos de los de él y sonriendo como disculpa.

— ¿Perdonarte? ¿De qué hablas?

—De haber dejado que esa amazona fuera en tu ayuda, yo debí estar ahí, lo lamento. Y también lamento haberte hecho tres nuevos hoyos...

—No digas tonterías, yo soy quien debe pedirte perdón…perdón de rodillas—dijo, fijando su mirada en los dedos del griego, que aún no recuperaban su saludable tono bronceado, pero éste sonrió y negó con la cabeza, pidiéndole con la mirada que se olvidara de eso— ¿Por qué estás aquí? Eneas me dijo que estabas en Milos.

—Mi maestro envió por mí, creyó que te haría falta un amigo —explicó omitiendo todos los detalles de la historia—. Corrí como enfermo mental desde la isla hasta aquí y descubrí dos cosas: que aún no alcanzo la velocidad luz y que odio la barrera del Santuario que me obligó a correr como una persona normal.

—Gracias, Milo, por estar aquí. Tu presencia me tranquiliza.

—Ni lo menciones. ¿Cómo te sientes?

— ¿Cómo me siento? —meditó la pregunta y luego desvió la mirada hacia uno de los ventanales—aún me doy asco…no sólo maté a mi maestro; mancillé el honor de Zuleika y casi te mato…de verdad lo lamento—bajó la mirada como si atravesara por todas las penas del purgatorio; sin embargo, Milo le jaló el cabello para sacarlo de sus pensamientos y le sonrió.

—Ya te dije que lo de Oleg no ha sido tu culpa…

—Eso no quita que me duela su muerte, Milo. No creí que tuviera que presentarme a su entierro tan rápido…

—Te entiendo, pero no te culpes de nada más…Zuleika me contó lo que pasó entre ustedes—dijo algo dudoso, consiguiendo que Camus abriera los ojos perplejo y contuviera la respiración como preparación para el sermón que estaba seguro que caería sobre su cabeza—. No tengo que decirte que hiciste una soberana estupidez...pero de mi boca no saldrá una palabra.

— ¿Qué decidió ella? —preguntó, ignorando totalmente el nerviosismo y el regaño silencioso de su amigo.

—No me lo dijo—mintió—, tendrás que preguntárselo a ella.

Camus bajó la mirada y suspiró resignado. Un largo silencio se hizo presente entre los dos jóvenes y, sintiendo que si no rompía con él caería dormido en cualquier momento, Milo llamó la atención de su amigo jalándole un mechón de cabello y posando la mejilla en su mano.

— ¿Quieres que lo hablemos? —preguntó inclinándose un poco más en la mesa, preparándose para las reacciones de su amigo, pero éste lentamente negó con la cabeza.

—Hoy no, ya ha sido suficiente de eso para mí, espero que lo entiendas.

—Claro, será en otra ocasión entonces—el Acuario creyó que con esas palabras, el griego iba a levantarse y a irse, pero por el contrario, recargó la otra mejilla en su otra mano y observó la caja antes de preguntar: — ¿Qué estás haciendo?

—Son las bitácoras de otras generaciones—dijo señalando con la cabeza la caja frente a él.

— Ah, así que tú también tienes que leerlas —comentó sin interés sacando una al azar y leyendo el nombre y el año en la portada.

—No puedo hacerlo, he estado aquí sentado tanto tiempo y no he podido, ni siquiera, abrirlas—sus ojos se tornaron nostálgicos y se pusieron vidriosos, por lo que el ojiazul, alarmado, se puso de pie e izó a su amigo por la ropa.

—Entonces no las leas, vamos ¿no tienes hambre? Vayamos a comer algo. ¿No tienes criados que nos preparen algo rico?—Milo insistió animadamente, pero su sonrisa se borró al ver que su amigo no se levantaba y que sus ojos se ocultaban tras el flequillo.

—No quiero…—luego alzó la mirada con súplica y colocó su mano en el brazo del griego—quédate, no hace falta siquiera que me pongas atención, pero déjame leerte éstos libros. Se supone que tengo que hacerlo en privado, porque son secretos de mi signo, pero, por favor, no me dejes solo con todo esto…no puedo hacerlo solo, no te estoy pidiendo nada más que tu compañía, por favor.

Milo alzó ambas cejas ante semejante petición y se quedó completamente inmóvil por un largo rato, mirando fijamente el rostro suplicante del francés y buscando en él, algo que le dijera que era una broma o que había escuchado mal, pero no lo encontró. Tragó saliva e instintivamente su mirada se dirigió a la puerta en busca de alguien que los hubiera escuchado, pero ésta permanecía cerrada. Volvió a mirarlo largamente y cuando su cuerpo se recuperó de la tensión, aspiró profundamente y le hizo un ademán para que lo esperara.

Camus frunció el ceño, pero permaneció en su lugar mirando la puerta, ansioso. Tras largos minutos de espera, el francés bajó la mirada sintiéndose muy dolido y creyendo que el griego lo había dejado ahí, al final no lo culpaba, pues si alguien se llegaba a enterar de lo que acababa de pedirle, seguramente las consecuencias no serían nada gratas. Sin embargo, cuando estaba por volver a su habitación, el muchacho apareció en la puerta, seguido de una mujer pequeña y delgada que lucía muy nerviosa.

—Estoy sumamente cansado Camus, hoy corrí mucho y me hiciste pasar un buen susto hace rato—el aludido asintió, creyendo que su amigo se excusaba para no hacer lo que le había pedido—. No me malinterpretes, vayamos a tu habitación, Semele ya me hizo el favor de llevar una mesa y comida, yo necesito una cama, ya no aguanto los pies y—se rascó la nuca y sonrió nervioso—sólo quería avisarte por si me duermo antes de que termines de leer.

Camus parpadeó numerosas veces, pero antes de poder decir cualquier cosa, Milo cargó la caja de diarios ayudado por la criada de Acuario – quien encontró por casualidad mientras hurgaba en la cocina – y salió de la biblioteca en dirección a su habitación. Camus los siguió segundos después y se encontró con una mesa dispuesta a un lado de su cama, con varias bandejas llenas de fruta, pastas – que reconoció como la cena del día anterior – pan dulce, agua, leche y vino. El griego ya se había adueñado de gran parte de la cama, engullendo con ahínco un plato de pasta, a penas dejándole el espacio suficiente para sentarse.

— ¿Y bien? ¿Cuándo planeas empezar? —le dijo antes de llevarse la copa a los labios y beber un sorbo de vino.

—No deberías beber alcohol.

— ¿No te gusta? —preguntó con verdadera sorpresa y recibiendo una negativa del otro— Que hombre más aburrido eres, Camus de Acuario, te pierdes de los verdaderos placeres de la vida—dijo haciendo un asco con la boca y con voz socarrona, y luego de terminarse el contenido de la copa de un solo trago, la llenó con agua y la dejó en el buró para el francés.

—En verdad, no deberías beber y mucho menos de esa manera, Milo. Aún no tienes la edad…—lo regañó, sentándose a su lado y sacándose los zapatos para subir los pies a la cama.

—Ahora suenas como mi maestro—se sopló el flequillo y rodó los ojos—. Si alguien me dice algo, les diré que el Santo de Acuario me dio permiso de tomar un par de tragos, al fin, ya es justo que te toquen un par de azotes a ti—le dirigió una mirada retadora al mismo tiempo que terminaba el contenido de su propia copa—resignado, Camus tomó uno de los diarios al azar y leyó el nombre y la fecha antes de mirar a su amigo, quien ya se encontraba muy entretenido lanzando uvas al aire y atrapándolas con la boca.

— ¿Dégel de Acuario, 1730 para iniciar?

—Suena bien, busca una página en la que mencione a Kardia de Escorpión, siempre quise saber cómo era él.

— Estaba loco…

—Mira quién habla de locos—rodó los ojos y soltó una risa traviesa—. Empieza a leer de una vez, creo que ese par de tragos ya están comenzando a afectarme y, ebrio y con sueño, no te duraré mucho—luego soltó una sonora carcajada y se acomodó mejor entre las mullidas almohadas de su amigo.

Camus se aclaró la garganta, abrió el diario en la primera página y comenzó a leer en voz alta y entonada las memorias de Dégel, mientras Milo escuchaba atentamente, comiendo y bebiendo ocasionalmente conforme avanzaba la lectura, de vez en cuando hacía un comentario o intercambiaba algunas bromas u opiniones con respecto al texto. Pasaron largas horas muy entretenidos en eso, hasta que el cansancio, finalmente, venció a Milo, quien se quedó profundamente dormido y amenazando con no despertar en un par de días.

Los siguientes días y durante un mes completo, Milo pasó el tiempo en la biblioteca del templo de Acuario, desde el amanecer hasta muy entrada la noche, mostrándose realmente interesado e impaciente por conocer los detalles, pues había sido Dégel quien más se había esmerado en sus bitácoras y las había colmado de detalles en un lenguaje que dejaba por demás al descubierto que había sido una persona muy culta. El registro de la vida de las seis generaciones de santos de Acuario que se encontraban archivadas, antes y después de Dégel eran muy similares: todos narraban algunos detalles de su infancia y su entrenamiento, los nombres de sus maestros, su relación con otros santos y amazonas, así como algunos perdían la formalidad y criticaban abiertamente a sus compañeros. Pero todos comenzaban a volverse más tajantes, breves y parecían haber sido escritos por mera formalidad, conforme el tiempo pasaba y los santos iban haciéndose mayores. Igualmente, todos narraban de su combate por la armadura de Acuario, pero todos tenían la delicadeza de omitir los detalles del evento.

Al final del mes de Septiembre, Eneas ya no pudo retrasar más el entrenamiento de Milo y le anunció que volverían a la Isla de Milos, donde pasaría dos años más. Por aquella fecha, ya habían finalizado con casi todos los diarios y sólo faltaban los de Oleg por leerse y, dado que Camus se negó rotundamente a iniciar su lectura y dejarlo a la mitad, ambos acordaron que los leerían al regreso del escorpión.

— ¿Estarás bien? —preguntó Milo el día de su partida, sentado en la mesa de la biblioteca, terminándose, por fin, una de las mejores botellas de vino de la bodega de Acuario.

—Claro, no te preocupes por mí. Yo también ya tengo que iniciar con mis deberes de Santo Dorado—sonrió y le quitó la botella, regañándolo con la mirada al notarla vacía.

—Nunca hablamos de lo que pasó—dijo con aquella manía de mirarlo a los ojos con brutal insistencia, que había adoptado cuando quería hacerlo hablar a como diera lugar.

—Se me pasó el tiempo…no me mires así ¿quieres? Es en serio, con las bitácoras…no puedes negarme que hasta tú estabas muy interesado con la vida de Dégel… no, no es cierto. Tú nada más venías a saber más de Kardia—soltó una carcajada cuando Milo lo miró con asco por el comentario tan fuera de lugar.

—No me hacen gracia tus comentarios…

—Pero ¿Por qué?—pero notando que Milo no iba a convencerse con su respuesta y que tampoco cambiaría el tema, suspiró resignado—, será una de las cosas que dejaremos pendientes para cuando vuelvas. Quizá podamos tomar una misión juntos y hablar largo y tendido ¿te parece?

— ¿Me lo prometes?

—Sí, lo prometo. Vete tranquilo, estaré bien—dijo, levantándose y recogiendo el desorden que su amigo había dejado en la mesa.

Finalmente Milo se convenció y, tras despedirse de su amigo, salió de la Casa de Acuario.

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N/A: Hoy tengo varias cosas que decir =/:

Primero, ¿Qué creyeron? ¿Que Nekane iba a ser buena onda e iba a dejar por la paz a Camus luego de su prueba? ¡Pues no! aún le tengo preparadas algunas otras piedras en el camino a mi sexy caballero de los hielos. ¿Qué pasará entre él y Zuleika? ¿Es verdad que ya le tocan unos buenos azotes al Acuario?

Segundo: ¿Alguien ya se dio cuenta de quién aprendió Zuleika a "levantarle" el ánimo a la gente? Igualita a su maestro ¿verdad?

Tercero: ¿Qué dónde diablos está Máscara de Muerte? ¿Nekane le tiene una repulsión y odio especial y por eso no ha aparecido por el fic? Pues la verdad...si. Jajaja, pero no se preocupen, que pronto aparecerá haciendo de las suyas.

Cuarto: Milo es una verdadera ternura y no me dejarán mentir en eso.

Y hablando de Milo, por favor, nadie me odie ni a mí ni a Camus-sexy por casi matar a Milo, es que el francesito esta algo loquito...además, Milo le agujeró la camisa =P...

Y por último: Scorpiomasei, Achernan Sideri y Kaliope23 aseguran por el rayo de Zeus que mi fic es un yaoi de closet ¿están ustedes de acuerdo?

Gracias por leer, besos y abrazos.