Capítulo 11

Carlisle Cullen ignoró las palabras de su hijo y se volvió hacia Bella.

— ¿Quieres invitarlo a entrar o le digo que se vaya?

La joven se mordió el labio inferior para reprimir una sonrisa ante la expresión ultrajada de Edward.

—Que pase. Le dije que podía ver a Nessie cuando quisiera.

—No vengo a verla a ella, sino a ti.

Esme tomó a su marido del brazo.

—Si nos necesitas estaremos en la cocina, Bella.

Como no había puerta entre la sala y la cocina, no tendrían mucha intimidad, pero Bella lo prefería así. Una mirada a Edward le había bastado para desear consolarlo. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro tenso, como si sufriera.

—No podemos hablar aquí; vamos al dormitorio —dijo él.

—No —se resistió ella—. Podemos hablar en voz baja. Además, no tenemos nada de lo que hablar.

—Sí tenemos. Ayer no me comprendiste bien. Me costó averiguar dónde estaba el error, pero al fin me di cuenta.

— ¿En serio? Creía que te lo había dejado claro.

—Sí, pero sabía que tenía que haber algo más, porque yo te ofrecí lo que tú me pediste en octubre. Por eso no entendía tu negativa. Pero ahora la comprendo.

Bella se alejó unos pasos de él. Estaba segura de que lo comprendía todo mucho mejor que Edward.

—Pues explícamelo —dijo.

El hombre lanzó una mirada de frustración en dirección a la cocina, donde se oía charlar a sus padres.

— ¡Maldición! No quiero que nos oigan.

—Si hablas bajo, no lo harán —cruzó los brazos sobre el pecho y esperó.

—No fue lo que tú creíste. No quería decir que viviríamos juntos como… hermanos —su rostro enrojeció, pero mantuvo la mirada fija en ella.

Bella parpadeó varias veces, tratando de procesar sus palabras. Creía que… Aquello nunca se le había pasado por la cabeza. Sabía que la deseaba. Su intimidad había sido increíble. No tenía mucha experiencia, pero sí sabía eso.

—Nos entendemos bien juntos —continuó él—. Esa parte nunca ha sido un problema. Y cualquiera podrá entender que tenga una relación. Soy un hombre y necesito…

— ¿Sexo? —preguntó ella, solo para pincharlo.

— ¡Shhh! —exclamó él. Miró con nerviosismo hacia la cocina.

—Tus padres saben que hemos hecho el amor, Edward. Si no, no habría nacido Nessie.

—Ya lo sé —hizo una pausa—. Bien, ahora que hemos aclarado esto, podemos casarnos.

—No.

Edward se acercó a ella.

—No intentes decirme que a ti no te gustaba, Bella Swan.

La joven levantó la barbilla.

—No, no lo negaré. Pero yo estaba enamorada de ti.

— ¿Estabas? —preguntó él, con el ceño fruncido.

—Vale, lo sigo estando.

Edward sonrió y tendió una mano hacia ella.

—Entonces todo va bien.

—No.

— ¡Deja de decir eso! —dio unos pasos por la habitación—. ¿Por qué no va bien?

—Porque tú no nos quieres ni a Nessie ni a mí. Ya te dije que Nessie no puede competir con un fantasma. Y yo tampoco tengo intención de hacerlo. He estado sola toda mi vida, Edward. Nadie me quería. Pero eso no significa que no vayan a quererme nunca. Algún día encontraré a alguien que pueda querernos a Nessie y a mí. Y hasta entonces, estaremos bien solas.

— ¿Quieres que diga que te quiero? —gritó él, con furia—. Vale, puedo decirlo. Te quiero, Bella. Por favor, cásate conmigo. ¿Eso es lo que quieres oír?

Bella lo miró con fijeza.

—No, eso es lo que quiero que sientas, Edward. No que lo digas para salirte con la tuya.

— ¡Maldita sea! —murmuró él.

La tomó por los hombros y la besó. Un beso ardiente, lleno de deseo, que hizo que le temblaran las rodillas.

Cuando la soltó, dio media vuelta y salió del apartamento sin despedirse.

Bella se apoyó en la pared para no caer al suelo. El deseo recorría su cuerpo. Hasta que conoció a Edward, pensó que lo que leía sobre el sexo era pura invención, pero después de dos meses con él, aprendió a creer en la magia del amor compartido. Hasta que él le dijo que el amor solo existía por su parte.

Pero ella lo seguía deseando.

Carlisle le tocó el brazo.

— ¿Estás bien? —preguntó.

Ni siquiera lo había oído acercarse.

—Sí. Sí. Solo cansada.

—Hemos terminado de limpiar —anunció Esme—. Cierra la puerta cuando salgamos y prométeme que te meterás en la cama.

—Sí —asintió Bella, a la que no se le ocurría nada más que decir.

Unas lágrimas acudieron a sus ojos cuando se metió en la cama. Pero no quería llorar. Había tomado una decisión y confiaba en que Edward la aceptara.

Una semana después, Edward entró en la cocina a las ocho y encontró a Jake sirviendo la cena. El dueño de la casa llevaba siete días trabajando mucho y comiendo poco.

Jake empezaba a preocuparse por su jefe. Había perdido peso, tenía los ojos hundidos y los vaqueros ya no le quedaban ajustados.

— ¿Esta noche vas a comer o vas a mover la comida en el plato como haces últimamente? —preguntó.

Edward lo miró de hito en hito y tomó un mordisco de asado. El cocinero se sentó a su lado.

—Emmett ha venido a verme hoy.

El otro levantó la cabeza.

— ¿Hay algún problema?

—Sí. Tú. Está preocupado por ti.

— ¡Eso es ridículo!

—Y los muchachos también. Se preguntan qué enfermedad es la tuya y si será contagiosa.

Edward estuvo a punto de atragantarse con la comida; tuvo un ataque de tos.

—Vamos, jefe, estás igual que después del accidente, cuando parecía que preferirías morir a vivir. Los perros están engordando con la comida que te dejas en el plato. Y eso no es sano.

—Estoy bien —murmuró Edward, dejando el tenedor en la mesa.

—Tienes que comer más —protestó Jake.

Edward tomó de nuevo el tenedor, y ambos guardaron silencio un rato.

—Esta mañana he hablado con Esme. Alice y Bella tienen mañana su revisión médica.

Edward miró al cocinero.

— ¿Por qué?

—Porque las mujeres van a ver al médico a las tres semanas y a las seis semanas, para ver si todo va bien.

—No tiene ningún problema, ¿verdad?

—Creo que Alice está bien —le aseguró Jake, con aire inocente.

— ¡Maldición, tú sabes que me refiero a Bella!

—Supongo que sí —dijo Jake con deje de duda—. Ya sabes que lo pasó peor que Alice.

—Claro que lo sé. ¿Mañana a qué hora?

—Tu madre no lo ha dicho.

Miró con fijeza a su jefe, que tomó otro bocado para distraerlo.

—Pero ha dicho que Nessie está creciendo. Y que sigue siendo preciosa.

— ¿Y qué esperas que diga ella? —murmuró Edward.

Pero le dolía el corazón. No había vuelto a ver a Bella ni a la niña desde el día en que la besó para mostrarle lo que se perdía. O eso era lo que se decía a sí mismo.

Y la realidad era que el torturado era él. No podía dormir pensando en ella. Quería tenerla a su lado, tomar a Nessie en brazos y verla crecer personalmente.

Se había repetido una y otra vez que solo tenía que decirle que la quería… y que fuera cierto. Decirle que ya no pensaba en Tanya, que ya no lloraba a su hijo.

Dejó caer la cabeza con los ojos cerrados.

—Eh, muchacho, no te estás durmiendo, ¿verdad? No quiero que entierres la cara en mi asado especial.

—No, estaba pensando.

Lo mismo que pensaba una y otra vez día y noche.

Echó la silla hacia atrás y se puso en pie.

—Eh, tienes que comer más —protestó Jake.

Pero Edward estaba ya en la puerta.

—Esta noche no.

Caminó por el pasillo hasta el pequeño cuarto que usaba de despacho y llamó a Aro por teléfono.

—Aquí Vulturi.

—Soy Edward.

—Hola, ¿qué tal?

—Muy bien. ¿Quieres cenar conmigo en el café mañana por la noche?

—Vale. ¿Ocurre algo?

—No mucho. Jake está cansado de mi compañía. He pensado darle un respiro y cenar fuera.

—Muy bien. Yo terminaré sobre las seis. ¿Te viene bien?

— ¿Qué te parece a las seis y media? Así tendrás más tiempo por si surge una urgencia.

—De acuerdo. Hasta mañana, entonces.

Edward se sentó a la mesa y tomó la carta que le ofrecía la camarera. No porque la necesitara. Había comido allí muchas veces. Aunque no desde su ruptura con Bella en el octubre anterior. Demasiados recuerdos.

Ojeó la carta para comprobar que no había habido cambios. Luego la cerró y miró hacia la puerta, esperando a Aro.

Esme le habría dicho lo que quería saber, pero no estaba dispuesto a preguntárselo a ella. No quería que Bella supiera que se interesaba por su salud. No le daría esa satisfacción.

Vio a Aro y lo saludó con la mano.

—Siento llegar tarde —se disculpó el médico, sentándose frente a él.

—No importa. ¿Ya sabes lo que quieres comer?

—Desde luego, a menos que hayan cambiado el menú —sonrió Aro.

Cuando terminaron de pedir, Edward miró a su amigo y descubrió que este también lo observaba.

— ¿Estás bien?

—No empieces tú también —protestó Edward—. Jake no me deja en paz ni un minuto.

—Has adelgazado mucho. ¿Te ocurre algo? ¿Quieres que te haga una revisión?

—No. He perdido el apetito y no duermo bien. Eso es todo. Se me pasará.

Llegó la camarera con las ensaladas.

— ¿Mucho trabajo hoy? —preguntó el ranchero al médico, cuando se quedaron solos.

—No más que de costumbre. ¿Qué tal las vacas? ¿Paren mucho?

—Como siempre.

Comieron un momento en silencio.

—Me han dicho que a Bailey le coceó ese toro que tiene —dijo al fin Edward, que buscaba un tema normal de conversación.

—Sí. Se empeña en tratarlo como a una mascota, pero es un animal mezquino.

—Creo que el mes pasado le ofrecieron una buena cantidad por él.

—Pues debería haberla aceptado —sonrió Aro.

— ¿Cómo está Alice? —preguntó Edward, acercándose a su objetivo—. Creo que tenía hoy la revisión.

—Bien.

— ¿Y Bella?

Aro lo miró un momento.

—Bien.

—Eso no es decir mucho.

El médico suspiró.

—No puedo hablar de mis pacientes con la gente. Y tú lo sabes.

—Solo quiero saber si está bien. No te pido un informe detallado.

—Ya te he dicho que lo está.

Llegó la camarera con los filetes y Edward le pasó el cuenco de ensalada.

—Puede retirarlo.

La mujer se alejó.

—No has comido mucho —comentó Aro—. La ensalada es buena.

—Sí. ¿Bella está comiendo bien?

—Seguro que mejor que tú. Ella no parece un fantasma.

— ¿Y Nessie? ¿La has visto también?

—Sí. Tienes una niña preciosa. Y no ha llorado nada, que es más de lo que se puede decir de tu sobrino. Ese niño tiene unos pulmones increíbles.

— ¿Ha puesto peso?

—Sí, ya pesa doscientos cincuenta gramos más que al nacer.

— ¿Y Bella no tiene problemas criándola?

—No. ¿Quieres que te envíe su carpeta?

Edward asintió con la cabeza antes de darse cuenta de que el otro le estaba tomando el pelo.

—Eh, eso no está bien.

—Cómete el filete.

Edward tomó el cuchillo y el tenedor y jugó un poco con la comida. Pero no tenía apetito. Solo podía pensar en su familia.

Aro observaba a su amigo y veía que apenas comía. Lo cual explicaba sus mejillas hundidas y su palidez. Según sus cálculos, había perdido al menos cinco kilos desde la última vez que lo viera.

Había llegado el momento de recurrir a la artillería pesada.

Esa misma noche, Jasper y Carlisle veían un partido de béisbol en la sala de estar de la casa del primero.

Esme, Alice y Bella se hallaban en la cocina, supuestamente fregando los platos.

Alguien llamó a la puerta y Jasper se puso en pie.

— ¿Crees que será Edward?

—No creo. Esme ha llamado para invitarlo, pero Jake le ha dicho que ya tenía planes.

— ¿Otra mujer? —preguntó el abogado, con el ceño fruncido.

—No —le aseguró Carlisle.

Jasper abrió la puerta.

— ¡Aro! Entra —recordó la revisión de su mujer de esa mañana—. ¿Va todo bien? ¿Les ocurre algo a Alice o al niño?

—No, todo va bien por ese lado. Pero hay un problema —añadió el médico—. Aunque no con los niños ni con sus mamás.

Carlisle se puso en pie.

— ¿Quieres que me marche?

—No, Carlisle. Vengo a verte a ti.

— ¿Le pasa algo a Esme? —preguntó el hombre, preocupado.

—No. Se trata de tu hijo.

— ¿Edward? Edward no está enfermo.

El médico respiró hondo.

— ¿Cuánto hace que no lo ves?

— ¿Le ocurre algo? —preguntó Jasper.

—Acabo de cenar con él. Ha perdido por lo menos cinco kilos esta semana. Tiene las mejillas hundidas, está pálido…

—A lo mejor tiene gripe. ¿Lo has examinado? —preguntó Carlisle.

— ¿En el café? No. Le he preguntado si quería pasar por mi consulta, pero me ha dicho que no. Por eso he venido. Creo que tú eres el único que puede convencerlo.

Carlisle se frotó la barbilla.

—No sé. Jake dice que se mata trabajando. Pero lo intentaré. Iré mañana a hablar con él.

—No esperes mucho más —le advirtió Aro.

— ¿Tan mal está?

—Me temo que acabará pillando algo. No puede tener mucha resistencia.

El médico charló un rato más con ellos y luego se despidió.

Esme asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

— ¿Eso ha sido la puerta? ¿Ha venido alguien? —vio el rostro alterado de su marido—. ¿Qué ocurre?

—Ha venido Aro. Me ha pedido que hable con Edward. Dice que no está bien.

— ¿Edward? No digas tonterías. Nunca está enfermo. Es fuerte como un toro.

—Parece que ahora no come ni duerme.

Esme abrió mucho los ojos.

—Oh, no —susurró—. Es como cuando el accidente. Aro tuvo que darle algo para dormir. ¿Por qué ahora no…?

—Edward dice que no le pasa nada.

— ¿Y qué vamos a hacer? —preguntó la mujer, con labios temblorosos. Se abrazó a su marido.

—Hablaré mañana con él. Lo convenceré de que vaya a la consulta. Todo irá bien, te lo prometo.

Entraron Alice y Bella en la estancia.

— ¿Qué ocurre? —preguntó la primera de inmediato.

—Nada —gruñó Carlisle, consolando todavía a su esposa.

Lo evidente de su mentira hizo que Bella se adelantara.

—Si queréis que me vaya para hablar…

Esme se volvió hacia ella.

—No digas tonterías. Es solo que… Díselo tú, Carlisle.

—Ah, Edward no se encuentra muy bien.

El corazón de Bella empezó a latir con fuerza a causa del miedo.